Prologo de El Libertino

martes, 23 de agosto de 2016

Mi querida amiga, Misthyka Elemental, dice que pensó en mí cuando leyó esta frase… ¿Por qué creéis que sería? :- )
Empiezo a pensar que ya me conocéis demasiado ;-)
Besos y abrazos desde la mansión, mis queridos amigos, y en especial a lady Misthyka por su maravillosa frase de regalo
Sayiid
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"La gente dice que pienso demasiado en las mujeres, sin embargo, después de todo ¿qué hay más importante en lo que pensar?"

(Auguste Rodin)  


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lunes, 22 de agosto de 2016


Pocos días después, le tocó a la misma compañera que me había proporcionado el placer de esta escena. Era una muchacha de unos dieciséis años, rubia y con la cara más interesante del mundo; no dejé de ir a contemplarla mientras trabajaba. El hombre con quien debía unirse era por lo menos tan viejo como el pagador de rentas. Hizo que se pusiera de rodillas entre sus piernas, le fijó la cabeza agarrándola por las orejas y le hundió en la boca una verga que me pareció más sucia y repugnante que un trapo de cocina arrastrado por un arroyo. Mi pobre compañera, al ver acercarse a sus labios frescos aquella porquería, quiso apartar la cabeza, pero no en vano la tenía nuestro hombre bien agarrada por las orejas como a un perro.

-         ¡Vamos, puta! -le dijo- ¿Te haces la difícil?

Y, amenazándola con llamar a la Fournier, quien seguramente le había recomendado que fuera complaciente, logró vencer sus resistencias. Ella abre los labios, retrocede, vuelve a abrirlos y finalmente traga, hipando, con su boca gentil, aquella reliquia infame. Desde aquel momento, ya sólo se oían los insultos del criminal.

-         ¡Ah, bribona! -dijo el hombre furioso-. ¡Cuántos aspavientos haces para chupar la más hermosa verga de Francia! ¿Crees que nos vamos a lavar todos los días para ti? ¡Vamos, puta, chupa, chupa el confite!

Y excitándose, a medida que hablaba, con la repugnancia que inspiraba a su compañera, tanto es verdad, señores, que el asco que nos proporcionáis se convierte en un aguijón para vuestro goce, el libertino se extasía y deja en la boca de aquella pobre muchacha pruebas inequívocas de su virilidad. Pero la muchacha, menos complaciente que la vieja, no traga nada, y mucho más asqueada que aquélla, vomita al punto todo lo que tenía en su estómago, y nuestro libertino, abrochándose, sin preocuparse de ella, se burla entre dientes de las consecuencias crueles de su libertinaje.
Llegó mi vez, pero más afortunada que las dos precedentes, era al amor mismo al que estaba destinada, y sólo me quedó, después de haberlo gozado, el asombro de encontrar gustos tan extraños en un joven tan bien formado para agradar. Llega, me pide que me desnude, se tiende sobre la cama, me ordena que me ponga en cuclillas sobre su cara y que trate, con mi boca, de hacer descargar una verga muy mediocre pero que me recomienda y cuyo semen me ruega que trague, en cuanto lo sienta correr.

-Pero no permanezcas ociosa entre tanto -añade el pequeño libertino-, que tu coño inunde mi boca de orina, la cual te prometo tragar como tú tragas mi semen, y, además, que tu hermoso culo lance pedos contra mi nariz.

Le obedezco y cumplo a la vez mis tres cometidos con tanto arte que la pequeña anchoa descarga pronto todo su furor en mi boca, y trago la eyaculación mientras mi adonis hace otro tanto con mi orina, y todo eso sin dejar de respirar los pedos con que no dejo de perfumarlo.

-En verdad, señorita -dijo Durcet-, te hubieras podido ahorrar el revelar las puerilidades de mi mocedad.

- ¡Ah! ¡Ah! -dijo el duque riendo-. ¿Cómo es posible que tú, que hoy apenas te atreves a mirar un coño, lo hicieras mear en otro tiempo?

-Es verdad -dijo Durcet-, me avergüenzo de ello; es terrible tener que reprocharse vilezas de esta índole, ahora, amigo mío, cuando siento todo el peso de los remordimientos..., ¡deliciosos culos! -exclamó en su entusiasmo, besando el de Sophie, que había atraído hacia sí para manosearlo unos momentos-. ¡Culos divinos, cuánto me reprocho el incienso de que os he privado! ¡Oh culos deliciosos, os prometo un sacrificio expiatorio, juro ante vuestros altares no volver a extraviarme en mi vida!

Y habiéndolo calentado un poco aquel hermoso trasero, el libertino colocó a la novicia en una posición muy indecente, sin duda, pero en la cual podía, como se ha visto antes, hacer mamar su pequeña anchoa mientras él chupaba el ano más lozano y más voluptuoso del mundo. Pero Durcet, demasiado hastiado para poder entregarse a tal placer, encontraba muy raramente su vigor; por más que fue chupado, por más que se le hizo, tuvo que retirarse en el mismo estado de desfallecimiento, y denostando y blasfemando contra la muchacha, tuvo que aplazar para otro momento más oportuno los placeres que la naturaleza le rechazaba a la sazón.

No todo el mundo era tan desgraciado; el duque, que había pasado a su gabinete con Colombe, Zélamir, Brise-cul y Thérése, lanzó rugidos que demostraban su felicidad, y Colombe, que escupía con toda su fuerza en el momento de salir, no dejó la menor duda sobre el templo que había sido incensado. En cuanto al obispo, con las nalgas de Adélaïde sobre su nariz y la verga del hombre en su boca, se divertía haciendo lanzar pedos a la joven, mientras Curval, de pie, haciendo soplar su enorme corneta a Hébé eyaculaba locamente.

Se sirvió la cena. El duque sostuvo la tesis de que si la felicidad consistía en la completa satisfacción de todos los placeres de los sentidos, era muy difícil ser más feliz de lo que ellos eran.
-Esta afirmación no es la de un libertino -dijo Durcet-. ¿Cómo puedes ser feliz, desde el momento en que puedes satisfacerte en todo momento? La felicidad no consiste en el goce, sino en el deseo, en romper los frenos que se oponen a ese deseo. Ahora bien, ¿se halla todo eso aquí, donde sólo tengo que desear para tener? En cuanto a mí, puedo jurar que desde que estoy aquí, mi semen no ha corrido ni una sola vez en homenaje a los objetos presentes. Sólo se ha derramado por los que no están, y por otra parte, creo, falta algo esencial para nuestra felicidad. Es el placer de la comparación, placer que sólo puede provenir del espectáculo de los desgraciados, y aquí no los hay. Es lo esencial para nuestra dicha. De la contemplación de aquel que no goza de lo que yo tengo y que sufre nace el encanto de poder decir: soy pues más feliz que él; allí donde los hombres sean iguales y donde esas diferencias no existan, la felicidad no existirá nunca. Es el caso de un hombre que sólo aprecia la salud cuando ha estado enfermo.

-En este caso -dijo el obispo-, tú basarías un placer real en poder contemplar las lágrimas de aquellos que están abrumados por la miseria.

-Por supuesto -contestó Durcet-. No hay en el mundo tal vez voluptuosidad más sensual que ésta de que has hablado.

-¿Qué, sin aliviarla? -dijo el obispo, deseoso de que Durcet se extendiera sobre un tema tan del gusto de todos, y que era tan capaz de tratar a fondo.

-¿Qué entiendes por aliviar? -dijo Durcet-. Pero la voluptuosidad que nace para mí de esa dulce comparación entre su estado y el mío no existiría si yo los aliviara, porque entonces, al sacarlos de su miseria, les haría gozó durante unos momentos de una felicidad que, al ponerlos a la par conmigo, eliminaría todo el goce de la comparación.

-Bueno, según eso -dijo el duque-, sería preciso de alguna manera, para establecer mejor esta diferencia esencial de la felicidad, sería preciso, digo, agravar su situación.

-Sin duda alguna -dijo Durcet-, y eso explica las infamias que se me han reprochado toda la vida. La gente que ignoraba mis motivos me llamaba duro, feroz y bárbaro, pero burlándose de todas sus denominaciones yo seguía mi camino, hacía, convengo en ello, lo que los mentecatos llaman atrocidades, pero establecía goces de comparaciones deliciosas, y era feliz.

-Confiesa el hecho --dijo el duque- de que más de veinte veces hundiste a desgraciados para halagar en este sentido tus gustos perversos.

-¿Más de veinte veces? -dijo Durcet-. Más de doscientas, amigo mío, y podría sin exageración citar a más de cuatrocientas familias reducidas hoy a la mendicidad y que no representan nada para mí.

-¿Has sacado algún provecho de ellas, por lo menos? -preguntó Curval.

-Casi siempre, pero a menudo también lo he hecho sólo por esta perversidad que casi siempre despierta en mí a los órganos de la lubricidad; haciendo el mal tengo erecciones, encuentro en el mal un atractivo lo bastante excitante como para despertar en mí todas las sensaciones del placer, y a él me entrego por él mismo, sin otro interés ajeno.

-Ese gusto es el que mejor puedo concebir -dijo Curval-. Cien veces he dado mi voto cuando estaba en el Parlamento para hacer ahorcar a desgraciados que yo sabía eran inocentes, y nunca cometí esas pequeñas injusticias sin experimentar dentro de mí un cosquilleo voluptuoso, allá donde los órganos del placer de los testículos se inflaman pronto. Juzgad lo que he sentido cuando he hecho algo peor.

-Es cierto -dijo el duque, que empezaba a calentarse manoseando a Zéphyr- que el crimen tiene suficiente encanto como para inflamar todos los sentidos sin que se esté obligado a echar mano de otros recursos, y nadie concibe como yo que las canalladas, incluso las más alejadas del libertinaje, puedan causar la erección como las que le son propias. Yo que os estoy hablando, he tenido erecciones robando, asesinando, incendiando, y estoy perfectamente seguro de que no es el objeto del libertinaje lo que nos anima, sino la idea del mal, y que en consecuencia es sólo por el mal por lo que tenemos erecciones y no por el objeto, de tal suerte que si el objeto estuviese desprovisto de la posibilidad de empujarnos a hacer el mal no tendríamos erecciones a causa de éste.

-Nada es más cierto -dijo el obispo-, y de ahí nace la certidumbre del mayor placer por la cosa más infame y de cuyo sistema uno no debe apartarse, a saber, que cuanto más quiera uno suscitar el placer en el crimen, más necesario será que el crimen sea horrible, y en cuanto a mí, señores, si me es permitido citarme, os confieso que estoy a punto de no volver a experimentar esa sensación de que habláis, de no experimentarla, digo, por los pequeños crímenes, y si éste que cometo no reúne tanta negrura, tanta atrocidad, tanto engaño y traición como sea posible, la sensación ya no nace.

-Bueno -dijo Durcet-, ¿es posible cometer crímenes tal como se conciben y como dices tú? En lo que a mí se refiere, confieso que mi imaginación siempre ha estado en eso más allá de mis medios; siempre he concebido más de lo que he realizado, y siempre me he quejado de la naturaleza que, al darme el deseo de ultrajar, me quitaba los medios de hacerlo.

-Sólo se pueden cometer dos o tres crímenes en este mundo -dijo Curval-, y una vez cometidos, todo queda dicho. El resto es inferior y no se experimenta nada. Cuántas veces, ¡redios!, no he deseado que se pudiera atacar al sol, privar de él al universo o aprovecharlo para abrasar al mundo; esos serían crímenes, y no los pequeños extravíos a que nos entregamos que se limitan a metamorfosear al cabo del año a una docena de criaturas en montículos de tierra.

Y con todo esto, como las cabezas se calentaban, lo que ya habían sufrido dos o tres muchachas, y las vergas empezaban a endurecerse, se levantaron de la mesa para ir a derramar en las lindas bocas los chorros de aquel licor cuyo picor demasiado fuerte hacía proferir tantos horrores. Aquella noche se limitaron a los placeres de la boca, pero inventaron cien maneras de variarlos, y cuando se hartaron fueron a tratar de buscar en algunas horas de descanso las fuerzas necesarias para volver a empezar.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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miércoles, 17 de agosto de 2016




El sexo se acaba cuando te subes los pantalones, mientras que el amor nunca te abandona.

Kingsley Amis


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lunes, 15 de agosto de 2016




OCTAVA JORNADA

Como los castigos de la víspera habían impresionado mucho, al día siguiente no se encontró ni pudo encontrarse a nadie en falta. Continuaron las lecciones con los jodedores, y como no hubo ningún acontecimiento hasta la hora del café, empezaremos a hablar de este día a partir de entonces. El café era servido por Augustine, Zelmire, Narcisse y Zéphyr. Se reanudaron las jodiendas entre los muslos, Curval se apoderó de Zelmire y el duque de Augustine, y después de haber admirado y besado sus lindas nalgas, que aquel día, no sé por qué, tenían una gracia, unos atractivos, un sonrosado que no habían sido advertidos antes, después, digo, que nuestros libertinos hubieron acariciado y besado aquellos encantadores culitos, se exigieron pedos, como el obispo, que tenía a Narcisse, había obtenido ya algunos, se oían los que Zéphyr soltaba en la boca de Durcet..., ¿por qué no imitarlos? Zelmire había tenido éxito, pero Augustine, por más que hizo, por más que se esforzó, por más que el duque la amenazó con un castigo semejante al que había soportado la víspera, nada soltó, y la pobre pequeña había empezado ya a llorar cuando un pedito la tranquilizó; el duque respiró y, satisfecho por aquella prueba de docilidad de la niña que tanto amaba, le endilgó su enorme instrumento entre los muslos y, retirándolo en el momento de la descarga, le inundó completamente las dos nalgas. Curval había hecho lo mismo con Zelmire, pero el obispo y Durcet se contentaron con lo que se llama la "pequeña oca y, después de la siesta, pasaron al salón, donde la bella Duelos, engalanada aquel día con todo lo que mejor podía hacer olvidar su edad, parecía verdaderamente hermosa bajo las luces, y hasta tal punto que nuestros libertinos, excitados, no le permitieron continuar sin que antes no hubiese mostrado sus nalgas a la reunión.

-Verdaderamente tiene un hermoso culo -dijo Curval.

-Y bueno, amigo mío -dijo Durcet-. Te aseguro que he visto pocos que sean mejores.

Y recibidos estos elogios, nuestra narradora se bajó las faldas y reanudó el hilo de su historia de la manera que el lector leerá, si se toma la molestia de continuar, cosa que le aconsejamos en interés de sus placeres.

Una reflexión y un acontecimiento fueron la causa, señores, de que lo que me falta por contaros no se encuentre ya en el mismo campo de batalla; la reflexión es muy sencilla: fue el desgraciado estado de mi bolsa lo que la suscitó. Después de nueve años de vivir en casa de la Guérie, aunque gastara poco, no había podido ahorrar ni cien luises; aquella habilísima mujer, mirando siempre por sus intereses, encontraba siempre el medio de guardar para ella las dos terceras partes de las entradas y rebañaba todo lo que podía del otro tercio. Este manejo me disgustó y, vivamente solicitada por otra alcahueta llamada Fournier para que me fuera con ella, y sabiendo que la Fournier recibía en su casa a viejos calaveras de más tono y más ricos que los que recibía la Guérin, me decidí a despedirme de ésta para irme con la otra. En cuanto al acontecimiento que vino a apoyar mi reflexión, fue la pérdida de mi hermana; la quería mucho y no fue posible quedarme más tiempo en una casa donde todo me la recordaba sin poder encontrarla.
Desde hacía seis meses mi querida hermana era visitada por un hombre alto, enjuto y negro, cuyo rostro me desagradaba infinitamente. Se encerraban juntos, y no sé qué hacían en la habitación, porque mi hermana nunca quiso decírmelo, y nunca se colocaban en el sitio donde yo hubiera podido observarlos. Sea como fuere, una hermosa mañana, mi hermana se presentó en mi habitación, me besó y me dijo que su fortuna estaba hecha, que era la mantenida de aquel tipo que no me gustaba nada, y todo lo que supe es que todo lo que ella iba a ganar debíase a la belleza de sus nalgas. Dicho esto, me dio su dirección, arregló cuentas con la Guérin, nos besó a todas y se fue. Como podéis imaginar, dos días después me presenté en la dirección indicada, pero allí no sabían ni de qué hablaba yo; me di perfectamente cuenta de que mi hermana había sido engañada, porque no podía creer que desease privarme del placer de verla. Cuando me lamenté de lo que ocurría con la Guérin, advertí que ésta sonreía malignamente y rehuía explicarse. De aquí deduje que ella estaba en el misterio de toda la aventura, pero que no quería que yo lo descubriese. Todas estas cosas me afectaron mucho y me hicieron tomar mi partido, y como no tendré ocasión de volver a hablaros de mi hermana, os diré, señores, que a pesar de las pesquisas que hice, de las precauciones que tomé para descubrir su paradero me ha sido imposible volver a saber qué había sido de ella.


-Creo que veinticuatro horas después de haberse despedido de ti había dejado de existir dijo la Desgranges-. Ella no te engañaba, sino que fue ella misma la engañada, pero la Guérin sabía de qué se trataba.

- ¡Dios del Cielo! -exclamó entonces la Duclos-. ¿Qué estás diciendo? ¡Ay! Aunque no la veía, acariciaba la idea de que estaba viva.

-Andabas muy equivocada -dijo la Desgranges-, pero no te había mentido; fue la belleza de sus nalgas, la asombrosa superioridad de su culo lo que le valió la aventura en la que creyó encontrar su suerte y significó su muerte.

-¿Y el hombre alto y enjuto? -preguntó la Duclos.

-Era sólo un intermediario, no trabajaba por su propia cuenta.

-Sin embargo -dijo la Duclos-, la había visto asiduamente durante seis meses.

-Para engañarla -contestó la Desgranges-. Pero prosigue tu relato. Estas aclaraciones podrían aburrir a esos señores. Como esta historia me atañe, ya les daré buena cuenta de ella.

-Nada de sentimentalismos, Duclos -dijo secamente el duque al ver que la 'narradora se esforzaba por retener sus lágrimas involuntarias-. Aquí no hay lugar para penas de esa índole y aunque se hundiese toda la naturaleza no lanzaríamos ni un solo suspiro; dejemos las lágrimas para los imbéciles y los niños, pero que jamás mancillen las mejillas de una mujer razonable y que estimamos.

Después de oír estas palabras nuestra heroína se contuvo y pronto reanudó su relato.

Debido a las dos causas que acabo de explicar, tomé mi partido, señores, y como la Fournier me ofrecía mejor alojamiento, una mesa mejor servida, partidas de placer más caras aunque más penosas, y siempre partes iguales en los beneficios, sin ningún recorte, me decidí inmediatamente. La señora Fournier ocupaba entonces una casa entera y su serrallo estaba compuesto por cinco lindas muchachas; yo fui la sexta. Seguramente aprobaréis que haga aquí lo que he hecho respecto a la casa de la Guérin, es decir, que describa a mis compañeras a medida que representen un papel.
Desde el día siguiente al de mi llegada, se me dio trabajo, porque había mucha clientela en casa de la Fournier, y cada una de nosotras se ocupaba cinco o seis veces al día; pero sólo os hablaré, como he hecho hasta ahora, de las escenas que puedan llamar vuestra atención por su singularidad o extravagancia.
El primer hombre que vi en mi nueva casa fue un pagador de rentas, hombre de unos cincuenta años. Me hizo arrodillar, con la cabeza inclinada sobre la cama, y él se instaló igualmente sobre la cama, arrodillado, de modo que como su verga rozaba mi boca, que me había ordenado mantuviese muy abierta, no perdí una sola gota de su eyaculación, y el libertino se divirtió extraordinariamente ante las contorsiones y los esfuerzos que yo hacía para no vomitar aquel repugnante gargarismo.
Ahora, señores, prosiguió la Duelos, contaré seguidas, aunque sucedieron en épocas diferentes, cuatro aventuras de este mismo tipo que sucedieron en casa de la señora Fournier. Estos relatos, bien lo sé, no disgustarán a Durcet, quien me agradecerá que lo entretenga durante el resto de esta sesión con algo que es de su gusto y que me proporcionó el honor de conocerlo por primera vez.

- ¡Vaya! -dijo Durcet-. ¿Me darás un papel en tu historia?

-Si me lo permitís, señor -contestó la Duelos-, y con el ruego de que aviséis a esos señores cuando llegue a vuestro asunto.

-Y mi pudor... ¿qué? ¿Vas a exhibir delante de todas esas muchachas mis indecencias?

Y como todos se echaron a reír ante el temor burlón del financiero, la Duelos prosiguió:

Un libertino tan viejo y tan repugnante como el que acabo de describir, me dio la
segunda representación de esta manía; hizo que me tumbara desnuda sobre una cama, se tendió en sentido contrario sobre mí, puso su verga dentro de mi boca y su lengua en mi coño, y en esta posición exigió que le diese las titilaciones de voluptuosidad que pretendía debían proporcionarme su lengua. Yo chupaba como una condenada. Se trataba de mi virginidad para él, lamió, removió y se afanó en todas sus maniobras infinitamente más para él que para mí. Sea como sea, yo me sentía neutra, feliz de no sentirme asqueda, y el libertino descargó; operación que, siguiendo las indicaciones de la Fournier, hice que fuera lo más lúbrica posible, apretando mis labios, chupando, exprimiendo en mi boca el jugo que soltaba y pasando mi mano sobre sus nalgas para cosquillearle el ano, episodio que él me sugirió y en el que puso todo lo que pudo de su parte... Cuando el asunto hubo terminado, el hombre se marchó, no sin antes asegurarle a la Fournier que nunca se había topado antes con una muchacha como yo que lo hubiese satisfecho tanto.

Poco después de esta aventura, curiosa por saber qué venía a hacer en la casa una vieja bruja de más de setenta años y que llegaba con el aire de esperar algún trabajo, se me dijo que efectivamente lo hacía. Presa de curiosidad por saber qué diablos podría hacer tal esperpento, pregunté a mis compañeros si no. había allí una habitación desde donde se pudiera atisbar, como en casa de la Guérin. Habiéndoseme contestado que sí la había, una de las muchachas me condujo a ella, y como había lugar para dos nos instalamos allí, y he aquí lo que vimos y lo que oímos, porque, como las dos habitaciones sólo estaban separadas por un tabique era muy fácil no perderse ni una palabra. La vieja llegó primero y, tras haberse contemplado en el espejo, se arregló, como si creyera que sus encantos tendrían todavía algún éxito. Al cabo de unos minutos, vimos llegar al Dafnis de aquella nueva Cloe, éste debía tener a lo sumo sesenta años, era un pagador de rentas que vivía holgadamente y le gustaba más gastar su dinero con pelanduscas de desecho como aquella que con lindas muchachas, y esto en razón de aquella singularidad del gusto que vosotros, señores, comprendéis tan bien y explicáis mejor. El hombre se adelanta y mira de arriba abajo a su dulcinea, la cual le hace una profunda reverencia.

-No hagas tantas historias, vieja puta -dijo el libertino- y desnúdate... Pero antes, a ver, ¿tienes dientes?

-No, señor, no me queda ni uno -dijo la vieja, mostrando su boca infecta-. Podéis mirar...

Entonces nuestro hombre se aproxima y, cogiéndole la cabeza le da en los labios uno de los más ardientes besos que he visto dar en mi vida; y no solamente besaba, sino que chupaba, devoraba, hundía amorosamente su lengua hasta la putrefacta garganta, y la buena vieja, que desde hacía mucho tiempo no se había encontrado en semejante fiesta, se lo devolvía con ternura... que me resultaría muy difícil describir.

- ¡Vamos, desnúdate! -dijo el financiero.

Y mientras tanto se desabrocha la bragueta y se saca un miembro negro y arrugado que no tenía trazas de aumentar mucho de tamaño. Cuando la vieja se ha desnudado del todo, y ofrece a su amante un viejo cuerpo amarillento y arrugado, seco, colgante y descarnado, cuya descripción, sean cuales sean las fantasías que podríais tener sobre este punto, os causaría demasiado horror para que yo me atreva a emprenderla; pero lejos de sentirse asqueado, nuestro libertino se extasía; coge a la vieja, la atrae hacia él sobre el sillón donde estaba meneándosela mientras esperaba que ella se desnudara, le hunde otra vez la lengua dentro de la boca y, volviéndola de espaldas, ofrece su homenaje al reverso de la medalla. Vi perfectamente cómo manoseaba sus nalgas, es decir, los dos pingos que caían ondeantes sobre sus muslos. Pero fuesen como fuesen, el hombre las separó, pegó voluptuosamente sus labios a la cloaca inmunda que encerraban, hundió en ella su lengua varias veces, y todo eso mientras la vieja trataba de dar un poco de consistencia al miembro muerto que meneaba.

-Vamos al grano -dijo el platónico enamorado-. Sin mi plato fuerte, todos tus esfuerzos serían inútiles. ¿Has sido advertida?

-Sí, señor.

-¿Y sabes qué es lo que tienes que tragar?

-Sí, corderito; sí, palomo. Tragaré, devoraré todo lo que tú hagas.

Entonces el libertino la echa sobre la cama boca abajo, y en esta posición le mete en el pico su floja verga, se la hunde hasta los cojones, le toma las dos piernas de su goce y se las coloca sobre los hombros, de modo que su hocico se encuentra rozando las nalgas de la vieja. Su lengua se instala al fondo del agujero delicioso; la abeja que busca el néctar de la rosa no chupa, de una manera más voluptuosa; la vieja, por su parte, también chupa, nuestro hombre se agita. - ¡Ah, joder! -exclama al cabo de un cuarto de hora de este ejercicio libidinoso-. ¡Chupa, chupa, puta! ¡Chupa y traga!, ¡redios!, ya llego, ¿no te das cuenta? Y besando todo lo que se ofrece a él, muslos, vagina, nalgas, ano, todo es lamido, todo es chupado, la vieja traga, y el pobre vejestorio que se retira tan mustio como antes, y que verosímilmente ha descargado sin erección, sale avergonzado de su extravío, y gana lo más rápidamente posible la puerta para no tener que ver, sereno, el cuerpo, repugnante que acaba de seducirlo.

-¿Y la vieja? -pregunta el duque.

-La vieja tosió, escupió, se sonó, se vistió lo más rápidamente que pudo y salió.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)




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viernes, 12 de agosto de 2016




Algunas mujeres pueden ser capaces de fingir orgasmos, pero hay hombres que pueden ser capaces de fingir relaciones enteras.

(Jimmy Shubert)


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jueves, 11 de agosto de 2016




Había en casa de la Guérin una habitación bastante agradablemente construida y que nunca servía más que para un solo hombre; tenía doble techo, y esta especie de entresuelo bastante bajo, donde sólo podía permanecer acostado, servía para instar al libertino de singular especie cuya pasión calmé yo. Se encerraba con una muchacha en esta especie de escotilla, y su cabeza se situaba de manera que estaba a la misma altura de un agujero que daba a la habitación superior; la muchacha encerrada con el mencionado hombre no tenía otra faena que la de menearle la verga, y yo, colocada arriba, tenía que hacer lo mismo a otro hombre, el agujero era poco ostensible y estaba abierto como por descuido, y yo, por limpieza o para no ensuciar el piso, tenía que hacer caer, al masturbar a mi hombre, el semen a través del agujero, y así lanzarlo al rostro del que estaba al otro lado. Todo estaba construido con tal ingenio que nada se veía y la operación tenía un gran éxito: en el momento en que el paciente recibía sobre sus narices el semen de aquel que estaba arriba, él soltaba el suyo, y todo estaba dicho.
Sin embargo, la vieja de la que acabo de hablar, volvió a presentarse, pero tuvo que tratar con otro campeón. Este, hombre de unos cuarenta años, hizo que se desnudara y le lamió en seguida todos los orificios de su viejo cadáver: culo, coño, boca, nariz, axilar, orejas, nada fue olvidado, y el malvado, a cada lamida, tragaba todo lo que había recogido. No se limitó a esto, hizo que mascara pedazos de pastel, que tragó también a pesar de que ella los hubiese triturado. Quiso también que conservara en la boca tragos de vino, con los que ella se lavó y gargarizó, y que él luego se tragó igualmente, y mientras tanto, su verga había tenido una erección tan prodigiosa que el semen parecía listo para dispararse sin necesidad de provocarlo. Cuando se sintió en trance de soltarlo, volvió a precipitarse sobre su vieja, le hundió profundamente la lengua en el agujero del culo y descargó como una fiera.

- ¡Y, dios! -exclamó Curval-. ¿Es necesario ser joven y linda para hacer que el semen corra? Una vez más diré que, en los placeres, es la cosa sucia lo que provoca la eyaculación, y cuanto más sucia, más voluptuosidad ofrece.

-Son las sales -dijo Durcet- que se exhalan del objeto de voluptuosidad las que irritan a nuestros espíritus animosos y los ponen en movimiento; ahora bien, ¿quién duda de que todo lo que es viejo, sucio y hediondo contiene una gran cantidad de estas sales y, por consiguiente, más medios para suscitar y determinar nuestra eyaculación?

Se discutió todavía durante un rato esta tesis, pero como había mucho trabajo por hacer después de la cena, se sirvió un poco antes de la hora, y en los postres, las jóvenes castigadas volvieron al salón donde deberían soportar los castigos junto con los cuatro muchachos y las dos esposas igualmente condenadas, lo que representaba un total de catorce víctimas. A saber: las ocho muchachas conocidas, Adélaïde y Aline, y los cuatro muchachos, Narcisse, Cupidon, Zélamir y Giton. Nuestros amigos, ya ebrios ante la idea de las voluptuosidades tan de su gusto que los esperaban, terminaron de calentarse la cabeza con una prodigiosa cantidad de vinos y licores, y se levantaron de la mesa para pasar al salón, donde los esperaban los pacientes, en tal estado de embriaguez, furor y lubricidad que no existe nadie seguramente con deseos de encontrarse en el lugar de aquellos desgraciados delincuentes.

En las orgías, aquel día, sólo debían asistir los culpables y las cuatro viejas encargadas del servicio. Todos estaban desnudos, todos se estremecían, todos lloraban, todos esperaban su suerte, cuando el presidente, sentándose en un sillón, preguntó a Durcet el nombre y la falta de cada persona. Durcet, tan borracho como su compañero, tomó la libreta y quiso leer, pero como todo lo veía borroso y no lo lograba, el obispo lo reemplazó, y aunque tan ebrio como su compañero, pero llevando mejor el vino, leyó en voz alta alternativamente el nombre de cada culpable y su falta; el presidente pronunciaba inmediatamente una sentencia de acuerdo con las fuerzas y la edad del delincuente, siempre muy dura. Terminada esta ceremonia, se impusieron los castigos. Lamentamos muchísimo que el orden de nuestro plan nos impida describir aquí los lúbricos castigos, pero rogamos a nuestros lectores que nos perdonen; estamos seguros de que comprenderán la imposibilidad en que nos encontramos de satisfacerlos por ahora. No perderán nada con ello.

La ceremonia fue muy larga: catorce personas tenían que ser castigadas, y hubo episodios muy agradables. Todo fue delicioso, no hay duda, puesto que nuestros cuatro canallas descargaron y se retiraron tan fatigados, tan borrachos de vino y de placeres, que sin la ayuda de los cuatro jodedores que vinieron a buscarlos no hubieran podido llegar nunca a sus aposentos, donde, a pesar de todo lo que acababan de hacer, les esperaban todavía nuevas lubricidades.

El duque, que aquella noche tenía que acostarse con Adélaïde, no quiso. Ella formaba parte del número de las castigadas, y tan bien castigada que, habiendo eyaculado en su honor, no quiso saber nada de ella aquella noche, y tras ordenarle que se acostara en un colchón en el suelo dio su lugar a la Duelos, que como nunca disfrutaba de su favor.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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miércoles, 10 de agosto de 2016




El amor nunca muere de muerte natural... se muere de ceguera, 
de los errores y de las traiciones.

(Anais Nin)


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lunes, 8 de agosto de 2016




SEPTIMA JORNADA


Los amigos no se preocuparon más de ir cada mañana a prestarse a una hora de lección de la Duelos. Fatigados de los placeres de la noche, temiendo además que esta operación les hiciera eyacular demasiado temprano, y juzgando además que esta ceremonia los hartaba muy de mañana en perjuicio de las voluptuosidades y con personas que tenían interés en tratar con miramientos, convinieron en que cada mañana les sustituiría uno de los jodedores.
Las visitas se efectuaron, de las ocho muchachas sólo faltaba una para que hubiesen pasado todas por la lista de los castigos, era la bella e interesante Sophie, acostumbrada a respetar todos sus deberes; por ridículos que pudieran parecer, los respetaba, pero Durcet, que había prevenido a Louison, su guardiana, supo tan bien hacerla caer en la trampa, que fue declarada culpable e inscrita por consiguiente en el libro fatal. La dulce Mine, igualmente examinada con rigor, fue también declarada culpable, con lo cual la lista de la noche se llenó con los nombres de las ocho muchachas, de las dos esposas y de los cuatro muchachos.
Cumplidas estas obligaciones, ya sólo se pensó en ocuparse del matrimonio que debía celebrarse en la proyectada fiesta del final de la primera semana. Aquel día no se concedió ningún permiso para las necesidades públicas en la capilla, monseñor se revistió pontificalmente, y todos se dirigieron hacia el altar. El duque, que representaba al padre de la muchacha, y Curval, que representaba al del muchacho, condujeron a Michette y a Giton respectivamente. Ambos iban magníficamente ataviados en traje de ciudad, pero en sentido contrario, es decir, el muchacho iba vestido de mujer, y la muchacha, de hombre. Desgraciadamente, nos vemos obligados, por el orden que hemos dado a las materias, a retrasar todavía por algún tiempo el placer que sin duda experimentaría el lector al enterarse de los detalles de esta ceremonia religiosa; pero ya llegará sin duda el momento en que podremos informarlo de esto.
Pasaron al salón, y fue mientras esperaban la hora del almuerzo, cuando nuestros cuatro libertinos, encerrados solos con la encantadora pareja, los hicieron desnudarse y los obligaron a cometer juntos todo lo que su edad les permitió respecto a las ceremonias matrimoniales, excepto la introducción del miembro viril en la vagina de la muchachita, la cual hubiera podido efectuarse porque el muchacho tenía una erección muy intensa, y que no se permitió tal cosa para que nada marchitara una flor destinada a otros usos. Sin embargo, se les permitió que se tocaran y acariciaran, la joven Michette se la meneó a su maridito, y Giton, con ayuda de sus amos, masturbó muy bien a su mujercita. Sin embargo, ambos empezaron a darse cuenta de la esclavitud en que se encontraban para que la voluptuosidad, incluso la que su edad permitía experimentar, pudiera nacer en sus pequeños corazones.
Se comió, los dos esposos fueron al festín, pero a la hora del café, cuando las cabezas se habían ya calentado, fueron desnudados, como lo estaban Zelamir, Cupidon, Rosette y Colombe, que aquel día estaban encargados de servir el café. Y en ese momento del día como estaba de moda la jodienda entre los muslos, Curval se apoderó del marido, y el duque de la mujer, y los enmuslaron a los dos. El obispo, después de haber tomado café, se envició con el encantador culo de Zelamir, que chupaba mientras lanzaba pedos, y pronto lo enfiló en el mismo estilo, mientras Durcet efectuaba sus pequeñas infamias en el hermoso culo de Cupidon. Nuestros dos principales atletas no eyacularon, más pronto se apoderaron de Rosette y de Colombe y las enfilaron como los galgos y entre los muslos, de la misma manera que acababan de hacer con Michette y Giton, ordenando a estas encantadoras niñas que meneasen con sus lindas manos, según las instrucciones recibidas, los monstruosos extremos de las vergas que sobresalían de sus vientres; y mientras tanto, los libertinos manoseaban tranquilamente los orificios de los culos frescos y deliciosos de sus pequeños goces. Sin embargo, no se eyaculaba; sabiendo que habría placeres deliciosos aquella noche, se contuvieron. A partir de aquel momento, se desvanecieron los derechos de los jóvenes esposos, y su matrimonio, aunque formalmente efectuado, no fue más que un juego; cada uno de ellos regresó a la cuadrilla que le estaba destinada, y todos fueron a escuchar a la Duclos, que continuó así su historia:

Un hombre que tenía más o menos los mismos gustos que el financiero que acabó el relato de ayer, empezará, si lo aprobáis, señores, el relato de hoy. Era un relator del Consejo de Estado, de unos sesenta años de edad, y que añadía a la singularidad de sus fantasías la de querer sólo mujeres más viejas que él. La Guérin le dio una vieja alcahueta, amiga suya, cuyas nalgas arrugadas semejaban un viejo pergamino para humedecer el tabaco. Tal era el objeto que debía servir para que nuestro libertino efectuara sus ofrendas. Se arrodilla delante de aquel culo decrépito, lo besa amorosamente; se le lanzan algunos pedos en la nariz, se extasía, abre la boca, se le lanzan más pedos y su lengua va a buscar con entusiasmo el viento espeso que se le destina. Pero no puede resistir al delirio a que lo arrastra tal operación. Saca de su bragueta una verga vieja, pálida y arrugada como la divinidad a la que inciensa. - ¡Ah! pee pee, queridita -exclama, meneándose la verga con todas sus fuerzas-. Pee, corazón, sólo de tus pedos espero el desencantamiento de este enmohecido instrumento. La alcahueta redobla sus esfuerzos, y el libertino, ebrio de voluptuosidad, deja entre las piernas de su diosa dos o tres desgraciadas gotas de esperma a las que debía todo su éxtasis.

¡Oh terrible efecto del ejemplo! ¡Quién lo hubiera dicho! En aquel momento, como si se hubieran dado la señal para ello, nuestros cuatro libertinos llaman a las dueñas de sus cuadrillas. Se apoderan de sus viejos y feos culos, solicitan pedos, los obtienen y se encuentran a punto de ser tan felices como el viejo relator del Consejo de Estado, pero el recuerdo de los placeres que los esperan en las orgías los contiene, y despiden a las dueñas. La Duclos prosigue su relato:

No haré hincapié en lo que viene ahora, señores, porque sé que tiene pocos seguidores entre vosotros, pero como me habéis ordenado que lo diga todo, obedezco. Un hombre muy joven y gallardo tuvo la fantasía de hurgarme el coño cuando tenía la regla; yo me encontraba tumbada de espalda, con los muslos abiertos, él se había arrodillado delante de mí y chupaba, con sus dos manos debajo de mis nalgas, que levantaba para que mi coño estuviera a su alcance. Tragó mi semen y mi sangre, porque obró con tanta habilidad y era tan guapo que descargué. El mismo se meneaba la verga, se hallaba en el séptimo cielo, diríase que nada en el mundo podía causarle más placer, y me convenció de ello la ardiente y calurosa eyaculación que pronto soltó. Al día siguiente vio a Aurore, poco después a mi hermana, al cabo de un mes nos había pasado revista a todas y prosiguió así hasta despachar sin duda todos los burdeles de París.
Esta fantasía, convendréis en ello, señores, no es sin embargo más singular que la de un hombre, amigo en otro tiempo de la Guérin, la cual le proporcionaba la materia que necesitaba, y cuya voluptuosidad nos aseguró que consistía en tragar abortos; se le avisaba cada vez que una pupila de la casa se encontraba en tal caso, él acudía y se tragaba el embrión, extasiado de la voluptuosidad.

-Yo conocí a ese hombre -dijo Curva-, su existencia y sus gustos son la cosa más cierta del mundo.
-Sea -dijo el obispo-, pero también es cierto que yo no lo imitaría nunca.
-¿Y por qué razón? -preguntó Curval-. Estoy seguro de que eso puede producir una descarga, yo si Constance quiere dejarme hacer, le prometo, ya que está embarazada, provocar la llegada de su señor hijo antes de término y de comérmelo como si fuese una sardina.
- ¡Oh, sabemos el horror que le inspiran las mujeres embarazadas! -contestó Constance-. Sabemos perfectamente que usted se deshizo de la madre de Adélaïde porque estaba embarazada por segunda vez, y si Julie quiere seguir mis consejos, se cuidará.
-Cierto es que detesto la progenitura -dijo el presidente-, y que cuando la bestia está repleta me inspira una furiosa repugnancia; mas pensar que maté a mi mujer por eso, podría engañarte; has de saber, puta, que no necesito ningún motivo para matar a una mujer, y sobre todo una vaca como tú, a la que te impediría que parieras tu ternero si me pertenecieses.
Constance y Adélaïde se echaron a llorar, lo cual empezó a poner en evidencia el odio secreto que el presidente sentía por aquella encantadora esposa del duque, quien, lejos de sostenerla en esta discusión, contestó a Curval que debía perfectamente saber que la progenitura le gustaba tan poco como a él, y que si Constance estaba embarazada, todavía no había parido. Aquí las lágrimas de Constance se hicieron más abundantes; se encontraba en el canapé de su padre, Durcet, quien, por todo consuelo, le dijo que si no se callaba inmediatamente la sacaría afuera a patadas en el culo a pesar de su estado. La infeliz mujer hizo caer sobre su corazón lastimado las lágrimas que se le reprochaban y se limitó a decir:  ¡Ay, Dios mío, qué desgraciada soy! Pero es mi destino, al que me resigno". Adélaïde, que tenía los ojos llenos de lágrimas, era hostigada por el duque, que deseaba hacerla llorar más, logró contener sus sollozos, y como esta escena un poco trágica, aunque muy regocijante para el alma perversa de nuestros libertinos, llegó a su fin, la Duelos reanudó el relato en los siguientes términos:


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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viernes, 5 de agosto de 2016




¿Qué hacer cuando el que seca tus lágrimas 
es la fuente de ellas?


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miércoles, 3 de agosto de 2016




Puesto que a los señores les gustan tanto estas rarezas, dijo nuestra historiadora, lamento que no hayan refrenado un instante su entusiasmo, porque lo que tengo que contar aún esta noche surtirá mayores efectos. Lo que el señor presidente considera que faltaba para perfeccionar la pasión que acabo de narrar se encontraba palabra por palabra en la pasión que seguía; me molesta que no se me diera tiempo para acabarla. El viejo presidente Saclanges ofrece de un extremo a otro las singularidades que el señor Curval parecía desear. Se había escogido para enfrentarse con él a nuestra decana; era una alta y robusta muchacha de unos treinta y seis años, borracha, mal hablada, pendenciera, procaz, aunque, por otra parte, era bastante hermosa; el presidente llega, se le sirve cena, los dos se emborrachan, los dos pierden el control, los dos vomitan dentro de sus respectivas bocas, tragan y se devuelven mutuamente lo que se prestan, caen finalmente sobre los restos de la cena y sobre la porquería con que acaban de regar el suelo. Entonces me mandan a mí, porque mi compañera estaba ya fuera de sí y sin fuerzas. Sin embargo, era el momento más importante del libertino; lo hallo en el suelo, con la verga levantada y dura como una barra de hierro; empuño el instrumento, el presidente balbucea y blasfema, me atrae a él, chupa mi boca y descarga como un toro revolcándose una y otra vez sobre sus basuras.
Aquella misma muchacha nos dio poco después el espectáculo de una fantasía por lo menos tan sucia; un gordo monje que la pagaba muy bien se colocó a horcajadas sobre su vientre, los muslos de mi compañera estaban todo lo abiertos que era posible y fijados a unos grandes muebles, para que no pudieran moverse. En esta posición, se sirvieron algunos manjares sobre el bajo vientre de la mujer, a pelo y sin plato. El buen hombre coge algunos pedazos con su mano, los hunde en el coño abierto de su dulcinea, los revuelve una y otra vez y se los come sólo cuando se encuentran completamente impregnados de las sales que la vagina le proporciona.

-He aquí una manera de almorzar completamente nueva -dijo el obispo.

-Y que no os gustaría, ¿verdad, monseñor? -dijo la Duelos.

-¡No, me cago en dios! -contestó el servidor de la iglesia-. No me gusta lo suficiente el coño para eso.

-Bueno -dijo nuestra narradora-, escuchad entonces el relato que cerrará mis narraciones de esta noche, estoy segura de que os divertirá más.

Hacía ocho años que vivía yo en casa de Mme Guérin. Acababa de cumplir diecisiete años, y durante todo aquel tiempo no había habido un solo día sin que viera todas las mañanas a cierto recaudador de impuestos con el que se tenían toda clase de atenciones. Era un hombre de unos sesenta años, gordo, bajo, y que se parecía bastante al señor Durcet. Como él, tenía lozanía y era entrado en carnes. Necesitaba una nueva muchacha cada día y las de la casa sólo le servían como mal menor o cuando la de fuera faltaba a la cita. El señor Dupont, tal era el nombre de nuestro financiero, era tan exigente en la elección de las muchachas como en sus gustos, no quería de ninguna manera que la muchacha fuera una puta, excepto en los casos obligados, como he dicho; era necesario que fuesen obreras, empleadas de tiendas, sobre todo de modas. La edad y el color de la tez estaban también reglamentados, tenían que ser rubias, entre los quince y los dieciocho años, ni más ni menos, y por encima de todas las cualidades era preciso que tuvieran el culo bien moldeado y, de una lisura tan absoluta que el más pequeño grano en el ojete era un motivo de exclusión. Cuando eran vírgenes, las pagaba doble.
Aquel día se esperaba para él una joven encajera de dieciséis años cuyo culo era considerado como un verdadero modelo, pero él ignoraba que se le había preparado este regalo, y como la joven mandó aviso de que no la esperaran porque aquella mañana no había podido zafarse de sus padres, la Guérin, que sabía que Dupont no me había visto nunca, me ordenó que me vistiera de burguesa, que tomase un coche al final de la calle y que llegara a la casa un cuarto de hora después que hubiese llegado Dupont, ante quien debería representar mi papel, haciéndome pasar por una empleada de una casa de modas. Pero por encima de todo, lo más importante era que me llenase el estómago con media libra de anís y después con un gran vaso de un licor balsámico que ella me dio y cuyo efecto debía ser el que se verá en seguida. Todo se realizó lo mejor que se pudo; felizmente habíamos dispuesto de algunas horas para que nada faltase. Llego poniendo cara de boba, me presentan al financiero, quien al principio me mira atentamente, pero como yo estaba muy alerta, no pudo descubrir en mí nada que desmintiera la historia que le habían contado.

-¿Es virgen? -preguntó Dupont.

-No por aquí -dijo la Guérin, poniendo una mano sobre mi vientre-, pero lo es por el otro lado, respondo de ello.

Y mentía descaradamente. Pero no importa, nuestro hombre se tragó la mentira, que es lo que se necesitaba.

-Arremángala, arremángala -dijo Dupont.

Y la Guérin levantó mis faldas por detrás, haciéndome inclinar ligeramente hacia ella, y descubrió al libertino el templo entero de su homenaje. El hombre mira, toca un momento mis nalgas, las abre con sus dos manos, y satisfecho sin duda de su examen, dice que el culo está en condiciones de ser aceptado. Luego me hace algunas preguntas sobre mi edad y mi oficio y, contento con mi pretendida inocencia y el aire de ingenuidad que adopto, me hace subir a su aposento, porque tenía uno en casa de la Guerín, donde sólo entraba él y no podía ser observado desde ninguna parte. En cuanto entramos, cierra la puerta con cuidado y, tras haberme contemplado unos momentos, me pregunta en un tono bastante brutal, carácter que marca toda la escena, me pregunta, digo, si es realmente verdad que nunca me han jodido por el culo. Como formaba parte de mi papel ignorar semejante expresión, me hice repetir, asegurándole que no comprendía lo que quería decir, y cuando por gestos me dio a entender lo que quería decir de una manera en que no había medio de seguir demostrando ignorancia, le contesté, asustada y pudorosa, que nunca me había prestado a tales infamias. Entonces me dijo que quitara solamente las faldas, y en cuanto hube obedecido, dejando que mi camisa continuase ocultando la parte de delante, él la levantó por detrás todo lo que pudo debajo de mi corsé, y como al desnudarme mi pañuelo del cuello había caído y mis pechos quedaron al descubierto, se enfadó.

-  ¡Qué el diablo se lleve tus tetas! -exclamó-. ¿Quién te pide las tetas? Esto es lo que me hace perder la paciencia con todas esas criaturas, siempre esa impúdica manía de mostrar las tetonas.
-                 
Y cubriéndome rápidamente, me acerqué a él como para pedirle excusas, pero advirtiendo que le mostraba la parte delantera de mi cuerpo en la actitud que iba a tomar, se enfureció una vez más:

-¡Eh!, no te muevas de como te había colocado, ¡dios! -dijo, agarrándome por las caderas y poniéndome de modo que sólo le presentase el culo-. Quédate así, joder, me importan un bledo tus pechos y tu coño, lo único que necesito es tu culo.

Mientras decía esto se levantó y me condujo al borde de la cama, sobre la cual me instaló tumbada sobre el vientre, luego, sentándose en un taburete muy bajo, entre mis piernas, se encontró en esta disposición con que su cabeza estaba justamente a la altura de mi culo. Me mira un instante más, luego, no encontrándome aún tal como quería, se levantó para colocarme un cojín bajo el vientre, para que mi culo quedara más atrás, vuelve a sentarse, me examina, y todo esto con la mayor sangre fría, con la flema de un deliberado libertinaje. Al cabo de un momento, se apodera de mis dos nalgas, las abre, pone su boca abierta en el agujero sobre el cual la pega herméticamente y, en seguida, siguiendo la orden que había recibido e impulsada por la necesidad que de ello tenía, le largo a la garganta el pedo más ruidoso que había recibido en su vida, se aparta furioso.

-¡Vaya, pequeña insolente -me dijo-, tienes la desfachatez de lanzar un pedo dentro de mi boca!
                 
-¡Oh, señor -le contesté, disparando una segunda andanada-, así es como trato a los que me besan el culo!
         
        -Bueno, suelta pedos, suelta pedos, bribona, ya                     que no puedes retenerlos, suelta tantos pedos como           quieras y puedas.

Desde aquel momento, ya no me contuve más, nada puede expresar la necesidad de soltar ventosidades que me dio la droga que había bebido, y nuestro hombre, extasiado, ora los recibe en la boca, ora en las narices. Al cabo de un cuarto de hora de semejante ejercicio, se acuesta finalmente en el canapé, me atrae hacía él, siempre con mis nalgas sobre su nariz, me ordena que se la menee en este posición, sin interrumpir un ejercicio que le proporciona divinos placeres. Suelto pedos, meneo una verga blanda y no más larga ni gruesa que un dedo, a fuerza de sacudidas y de pedos, el instrumento finalmente se endurece. El aumento de placer de nuestro hombre, el instante de su crisis, me es anunciado por un redoblamiento de iniquidad de su parte; es su lengua ahora lo que provoca mis pedos, es ella la que se mete hasta el fondo de mi ano, como para provocar las ventosidades, es sobre ella donde quiere que los suelte, desvaría, me doy cuenta de que pierde la cabeza, y su pequeño instrumento riega tristemente mis dedos con siete u ocho gotas de un esperma claro y gris que lo calman por fin. Pero como en él la brutalidad fomentaba el extravío y lo reemplazaba inmediatamente, apenas me dio tiempo para que me vistiera. Gruñía, rezongaba, en una palabra, me ofrecía la imagen odiosa del vicio cuando ha satisfecho su pasión, y esa inconsecuente grosería que, cuando el prestigio se ha desvanecido, trata de vengarse despreciando el culto usurpado por los sentidos.


-He aquí un hombre que me gusta más que todos los que lo han precedido -dijo el obispo-: ¿no sabes si al día siguiente tuvo a su pequeña novicia de dieciséis años?

-Sí, monseñor, la tuvo, y al otro día una virgen de quince, aún más linda. Como pocos hombres pagaban tanto, pocos eran tan bien servidos.

Como esta pasión había calentado cabezas tan acostumbradas a los desórdenes de esta especie, y recordado un gusto al que ofrendaban de una manera tan completa, no quisieron esperar más para practicarla. Cada uno recogió lo que pudo y tomó un poco de todas partes, llegó la hora de la cena, en la que se insertaron casi todas las infamias que acababan de escuchar, el duque emborrachó a Thérèse y la hizo vomitar en su boca, Durcet hizo lanzar pedos a todo el serrallo y recibió más de sesenta durante la velada. En cuanto a Curval, por cuya cabeza pasaban toda clase de caprichos, dijo que quería hacer sus orgías solo y fue a encerrarse en el camarín del fondo con Fanchon, Marie, la Desgranges y treinta botellas de champaña. Tuvieron que sacar a los cuatro, los encontraron nadando en las olas de su porquería y al presidente dormido, con la boca pegada a la de la Desgranges, quien aún vomitaba en ella. Los otros tres se habían despachado a su gusto en cosas parecidas o distintas; habían celebrado sus orgías bebiendo, habían emborrachado a sus bardajes, los habían hecho vomitar, habían obligado a las muchachas a soltar pedos, habían hecho qué sé yo qué, y sin la Duelos, que no había perdido el juicio y lo puso todo en orden y los mandó a acostarse, es muy verosímil que la aurora de dedos rosados, al entreabrir las puertas del palacio de Apolo, los hubiera encontrado sumergidos en su porquería, más semejantes a cerdos que a hombres.
Necesitados de descanso, cada uno se acostó solo, para recobrar en el seno de Morfeo un poco de fuerzas para el día siguiente.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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martes, 2 de agosto de 2016




"Todo en la vida trata sobre el sexo, excepto el sexo. El sexo trata sobre el poder."

(Oscar Wilde)

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Frase robada a mi buena amiga, Misthyka Elemental. Gracias y disculpe el atraco, milady :- ) 

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