Prologo de El Libertino

jueves, 29 de septiembre de 2016

Buenas noches, mis queridos amigos y amigas de La Mansión.
Esta noche no os traigo sexo, lujuria ni desenfreno…
Esta noche os traigo cultura.
¿Y qué tipo de cultura?, me diréis…
Pues os traigo  una crítica coral de ese libro maravilloso, sorprendente, extraordinario, asombroso, prodigioso, portentoso, descomunal y admirable.
Una crítica coral de ese libro que nos enseñó a todos en lo que consistía de verdad el BDSM.
Que equivocados estábamos, amigos y amigas…
Que lejos andábamos de la realidad…
Menos mal que esta celebérrima trilogía nos sacó de dudas y nos dio las claves para ser verdaderos y auténticos Am@s y sumis@s.
Y ya sin más os dejo con el reportaje.
Espero que lo disfrutéis como yo lo he disfrutado :- )
Feliz velada en la mansión

Sayiid

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video


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miércoles, 28 de septiembre de 2016




VALOR

Atrévete y sal…
Sal de esa oscura cueva en la que habitas…
Sal de esa gruta fría y húmeda en la que llevas desde que tienes uso de razón…
Atrévete y sal…
Sal de esa caverna donde todo es oscuridad y miedo, temor y recelo…
Atrévete y sal…
Sal de esa sima y se tu misma…
Sin miedo al que pensarán, al que dirán….
Atrévete y sal…
Sufrirás el ardor de la incomprensión…
El deslumbramiento de la intolerancia…
La ofuscación del miedo a no ser aceptada…
Pero a la vez…
A la vez descubrirás que hay más gente como tu…
Que no eres la única que siente lo que tú sientes…
Que otros y otras, antes, dieron ese difícil primer paso…
Atrévete y sal…
Y sé lo que quieras ser, sin miedo a lo que digan o piensen los demás…
Atrévete y sal…
Atrévete a ser feliz….

Sayiid

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martes, 27 de septiembre de 2016




“Como las ciudades en guerra, todas la mujeres tienen un flanco indefenso. Cuando se les descubre, la plaza se rinde inmediatamente”.

Marqués de Sade


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lunes, 26 de septiembre de 2016




EVA

Ven y come de la manzana, me dijo…
Ven y pruébala…
Es sana, es dulce, es jugosa…
Te concederá  el más preciado de los regalos…
El entendimiento…
La conciencia de ti mismo…
La capacidad de aprender cada día algo nuevo, algo distinto…
Ven y muérdela…
Pero yo dudaba, pues el Señor había dicho: “De Este Árbol No Comerás”.
Ven, saboréala…, me decía…
Ven, paladéala…
Pero yo me resistía, pues mi Señor es Mi pastor, y con Él nada me falta…
Ven y te mostrará el camino del placer y de la lujuria…
El camino del goce amoral  y de la  lubricidad…
De la concupiscencia y el desenfreno más carnal…
Ven y muerde la manzana…
Y aunque yo soy Sayiid y no soy Adán…
ya no dudé nunca más…

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domingo, 25 de septiembre de 2016




“Sólo el latido unísono del sexo y el corazón 
puede crear éxtasis”.

Anaïs Nin


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sábado, 24 de septiembre de 2016




EL CURRICULUM 

Secretaria Diplomada se ofrece para  trabajo a jornada completa.
Titulada en entrega, sumisión y obediencia.
Licenciada en artes eróticas y amatorias.
Nivel excelso en el dominio de las lenguas, principalmente francés y griego.
Atenta, servicial, solícita y complaciente con sus superiores.
Graduada en perversiones varias e inmoralidades lóbregas, incluyendo spanking, beso negro, shibari, beso blanco, bondage,  fetichismo, etc
Doctorada en BDSM por la Universidad Divino Marqués de Sade, en el castillo de Roissy.
Disponibilidad veinticuatro horas, siete días a la semana.
Se acompañan referencias gráficas.
Razón y dirección de contacto: la mansión de Sayyid

Sayyid


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viernes, 23 de septiembre de 2016




“Madame, me he convertido en una puta a través de la buena voluntad y en una libertina a través de la virtud”.

Marqués de Sade


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jueves, 22 de septiembre de 2016




Y allí estábamos los dos…
Ella, atada al dosel de mi cama… Sudorosa, jadeante, hermosa como una diosa en el Olimpo de la lujuria y el deseo…
Y yo, sentado frente a ella… Agotado, satisfecho, gozando de la visión de tan hermosa hembra que aún lucía las rojas marcas de mi fusta en su cuerpo…
Un hombre y una mujer…
Un Amo y una sumisa.
¿Una sumisa?
No, aún no…
Su mirada desafiante me decía que aún no…
Su gesto altivo me decía que aún no…
Su pose  firme, aunque cansada, me decía que quizás había sometido  su carne, que quizás había usado su cuerpo, que quizás había gozado de sus deliciosas virtudes…, pero que su alma aún permanecía libre, que aún no me pertenecía, y que jamás me pertenecería…
Y ese pensamiento, lejos de irritarme, arrancó una cínica sonrisa de mis labios…
Pues su actitud sólo significaba una cosa…
Una única y excitante cosa…
Y era que pasaría muchas más noches gozando de ella, de su cuerpo y de su compañía, hasta que comprendiera que, lo supiera o no, era mía desde el mismo día en que nació…

Sayiid


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martes, 20 de septiembre de 2016




“Al mismo tiempo la otra mano separó suavemente sus 
piernas y comenzó a subir el viejo camino que tantas 
veces había recorrido en la oscuridad”.

Edith Wharton


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lunes, 19 de septiembre de 2016




Ya de vuelta en la mansión,
mis queridos compañeros,
pues las holganzas se acabaron,
y se os echaba mucho de menos.

Volvemos con ahínco,
con ganas y con tesón,
retirando ya el telón
pues comienza la función,
el jolgorio y el cachondeo,
la ironía y el faranduleo,
el morbo y la excitación…

Será un año de historias,
de cuentos y de poesías,
de sometimientos y orgías,
y hasta de alguna inspiración…,
de nuestro amigo, el Satiricón.

No renunciemos a nada…
no nos neguemos ni una sola vivencia,
y el que tenga problemas de conciencia
que se arme de paciencia,
o se ausente del salón,
pues en esta, nuestra mansión,
no hay lugar para recatados,
para pudorosos ni avergonzados,
para injuriados o  agravados,
ni para decentes de “representación”.

Seamos nosotros mismos…,
no nos dejemos manipular,
y que cada uno disfrute a su modo,
pues para todos placeres habrá…

Y ya me despido, mis queridos amigos,
pues no quiero ponerme pesado,
y prefiero sentarme al lado,
de algún delicioso “bombón”,
para observar nuestro salón,
y dentro ya de él,
de nuestros gozos la representación…

(Sayyid)


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viernes, 2 de septiembre de 2016




Se hicieron de rogar,
más por fin llegaron,
y aquí me encontraron,
presto a jugar y disfrutar…

No serán largas,
ni demasiado lujosas,
quizás sean lujuriosas,
o quizás algo disolutas,
quizás sean más enjutas
de lo que se podría esperar…

Más sean como sean,
bienvenidas por mi serán,
pues todo cuerpo mortal,
de descanso y relax precisa,
y aunque hasta Rajoy me critica,
por de mi labor desertar,
no creo que ni él mismo vaya a pensar
que a mis vacaciones yo voy a renunciar…

Duro soy, sin lugar a dudas,
nada dado a ñoñerías,
y aunque os deje,
eso si,
de manera temporal,
y sin remordimientos ni titubeos,
siento cierta desazón en mis fueros
por nuestra mansión abandonar…

¿Abandonar yo os he dicho?
Vive Dios que me equivoco,
pues yo no echo nunca el cerrojo,
y libremente podréis pasar.

Y seguirá siendo esta humilde morada,
lugar de dulces y cálidos encuentros,
de placenteras historias y lujuriosos cuentos,
aunque esté ausente, por un tiempo, el patrón.

Y a mi vuelta,
mis queridos amigos y amigas,
retomaremos con ilusión,
con alegría y desenfreno,
las veladas en la mansión.

Sea pues un “hasta pronto”,
un: “nos vemos en un ratito”,
un :“vuelvo en un momentito”,
o quizás en vez de uno sean dos…

Disfrutad de esta, vuestra casa, mis queridos amigos…
y haced de ella un lugar de lujuria y desenfreno,
un lugar donde se junte lo bello y lo obsceno…
y no dejéis de hacer nada de lo que no haría yo…

Hasta pronto, mansioneros,
pues la espera será muy corta,
y antes de que siquiera  añoréis,
al divino marques dando la nota…,
de vuelta estaré en la mansión

(Sayiid)

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miércoles, 31 de agosto de 2016




“Hay coños hechos de pura alegría que no tienen nombre ni antecedentes y éstos son los mejores de todos”.

Henry Miller


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martes, 30 de agosto de 2016




Iba la Duclos a proseguir sus relatos, cuando se oyeron los rugidos acostumbrados y las blasfemias corrientes de las descargas del duque, el cual, rodeado de su cuadrilla, perdía lubricamente su semen, excitado por Augustine, y haciendo con Giton, Zéphyr y Sophie pequeñas cochinadas, muy semejantes a las que salían en los relatos.

-¡Ah, santo Dios! -dijo Curval-. No puedo soportar esos malos ejemplos; no hay nada que haga descargar tanto como ver que alguien descarga, y he aquí a esa putita -dijo, dirigiéndose a Aline- que no podía hacer nada hace un rato y ahora hace todo lo que se quiere... No importa, me contendré... ¡Ah!, por más que cagues, puta, por más que cagues, no descargaré.

-Veo bien, señores -dijo la Duclos-, que después de haberos pervertido corre de mi cuenta volveros a la razón, y para lograrlo voy a reanudar mi relato, sin esperar vuestras órdenes.

- ¡Oh, no, no! -dijo el obispo-. Yo no soy tan reservado como el señor presidente; el semen me pica y tengo que soltarlo.

Y tras haber dicho esto, se le vio hacer delante de todo el mundo ciertas cosas que el orden que nos hemos prescrito no nos permite revelar todavía, pero cuya voluptuosidad hizo derramar pronto el esperma que bullía en sus cojones. Durcet, entregado completamente al culo de Thérèse, no oyó nada, y puede creerse que la naturaleza le negaba lo que concedía a los otros, porque no permaneció mudo generalmente cuando le concedía sus favores. La Duclos, al ver que reinaba la calma prosiguió el relato de sus lúbricas aventuras:

Un mes después, vi a un hombre que casi era preciso violar para una operación muy semejante a la que acabo de contar. Cago en un plato y se lo coloco bajo la nariz, en el sillón donde se encontraba instalado leyendo un libro, como si no hubiese advertido mi presencia. Me insulta, me pregunta cómo soy tan insolente para hacer semejantes cosas delante de él, pero cuando huele la mierda la mira y la manosea, yo me excuso por haberme tomado tal libertad, él sigue diciéndome tonterías y acerca la mierda a su nariz, no sin decirme que ya volveríamos a vernos otra vez y que sabría cómo las gastaba.
Un cuarto personaje sólo empleaba para semejantes fiestas a viejas de setenta años; lo vi actuar con una que tenía por lo menos ochenta. Estaba acostado en un canapé, la matrona, a horcajadas encima de él, le soltó el paquete sobre el vientre, mientras le meneaba una vieja y arrugada verga que casi no descargó nada.
En casa de la señora Fournier había otro mueble bastante singular: era una especie de silla agujereada en la que un hombre podía instalarse de tal manera que su cuerpo aparecía en otra habitación y su cabeza se encontraba en el lugar del orinal. Yo estaba a su lado, arrodillada entre sus piernas y chupándole entretanto la verga con gran afición. Esta singular operación consistía en que un hombre del pueblo, alquilado para eso, y sin saber a ciencia cierta qué hacía, entrase por el lado donde estaba el asiento de la silla, se sentase encima y soltase su paquete de mierda, el cual caía a bocajarro sobre la cara del paciente que yo trataba; pero era necesario que aquel hombre fuese precisamente de baja condición y crapuloso; era preciso, además, que fuese viejo y feo, sin lo cual no era aceptado por el cliente, quien lo veía antes de la operación. No vi nada, pero lo oí todo: el instante del choque fue el de la eyaculación de mi hombre, su semen se disparó hacia mi gaznate a medida que la mierda le cubría el rostro, y lo vi salir de la habitación en un estado que me confirmó que lo habían servido bien. El azar, una vez terminada la representación, me hizo topar con el gentilhombre que acababa de actuar; era un bueno y honrado auvernés un peón albañil que estaba encantado de haberse ganado un escudo con una ceremonia que le había aliviado el vientre y le resultaba más dulce y agradable que cargar la gaveta. Era espantosamente feo y' debía tener más de cuarenta años.

-Reniego de Dios -dijo Durcet-. Eso es.

Y, tras haber dicho esto, pasó a su gabinete con el más viejo de los jodedores, Thérése y la Desgranges. Unos minutos después se le oyó rebuznar, y al regresar, no quiso comunicar a la compañía los excesos a los que se había entregado.

Se sirvió una cena que por lo menos fue tan libertina como de costumbre. Como los amigos, habían tenido la idea, después de aquella cena, de ir cada uno por su lado, en vez de divertirse juntos unos momentos, como tenían por costumbre hacer, el duque ocupó el tocador del fondo con Hercule, la Martaine, su hija Julie, Zelmire, Hébé, Zelamire, Cupidon y Marie.
Curval se apoderó del salón de los relatos con Constance, que se estremecía cada vez que tenía que encontrarse con él, y a la que estaba lejos de tranquilizar, con Fanchon, la Desgranges, Brise-cul, Augustine, Fanny, Narcisse y Zéphyr.
El obispo pasó al salón de reuniones con la Duelos, quien aquella noche fue infiel al duque para vengarse de la infidelidad que cometía él llevándose a la Martaine, con Aline, Bande-au-ciel, Thérèse, Sophie, la encantadora muchachita Colombe, Céladon y Adonis.
Durcet se quedó en el comedor, tras quitar las mesas, donde se extendieron alfombras y colocaron cojines. Se encerró allí, digo, con Adélaïde, su querida esposa, Antinoüs, Louison, Champville, Michette, Rosette, Hyacinthe y Giton.
Un recrudecimiento de lubricidad, más que otra causa, había sin duda dictado aquel arreglo, porque las cabezas se calentaron tanto durante aquella velada, que por unanimidad nadie se acostó, y resulta difícil imaginar cuántas suciedades e infamias hubo en cada habitación.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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lunes, 29 de agosto de 2016




“La perversión es sólo otra forma de arte. Es como la pintura o el dibujo o la escultura. Excepto que, en lugar de pintura, nosotros los pervertidos usamos el sexo como nuestro medio”.

C.M. Stunich


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domingo, 28 de agosto de 2016




Acababa de llegar a casa de la Fournier una nueva compañera que, por el papel que va a representar en el detalle de la pasión que sigue, merece que la describa al menos a grandes trazos. Era una joven modista, pervertida por el seductor del que os he hablado cuando la Guérin y que trabajaba también para la Fournier. Tenía catorce años, los cabellos castaños, los ojos marrones y llenos de fuego, el rostro más voluptuoso que sea posible ver, la piel blanca como el lirio y suave como el satén, bastante bien formada, aunque un poco gorda, ligero inconveniente que tenía por resultado el culo más rozagante y lindo, el más rollizo y blanco que haya existido en París. El hombre que le mandaron, como pude ver a través del agujero, la estrenaría, ya que la chiquilla era virgen, y seguramente por todos los lados. Un bocado como aquel sólo se entrega a un gran amigo de la casa: en aquel caso se trataba del viejo abad de Fierville, tan conocido por sus riquezas como por sus orgías, gotoso hasta la punta de los dedos. Llega todo infatuado, se instala en la habitación, examina todos los utensilios que le serán necesarios, lo prepara todo y llega la pequeña; la llamaban Eugénie. Un poco asustada de la figura grotesca de su primer amante, ella baja los ojos y se ruboriza.

-Acércate, acércate -le dice el libertino-, y muéstrame tus nalgas.

-Señor... -dice la niña, aturrullada.

-Vamos, vamos -dice el viejo libertino-; no hay nada peor que estas pequeñas novicias; no conciben que uno desee ver un culo. ¡Vamos, arremángate, arremángate!

Y la pequeña, temiendo disgustar a la Fournier, a la cual había prometido ser muy complaciente, se arremanga a medias por detrás.

-Más arriba, más arriba -dice el viejo calavera-. ¿Crees que me voy a tomar ese trabajo yo mismo?

Finalmente el bello culo aparece entero. El abad lo contempla, ordena a la muchachita que se mantenga erguida, luego le dice que se incline, le hace cerrar las piernas, luego que las mantenga abiertas y, apoyándola contra la cama, frota un momento con rudeza todas sus partes delanteras, que ha descubierto, contra el hermoso culo de Eugénie, como para electrizarse, como si quisiera atraer hacia sí un poco del calor de aquella bella criatura. De esto pasa a los besos, se arrodilla para hacerlo más cómodamente y, teniendo con sus dos manos las lindas nalgas lo más abiertas posible, acaricia los tesoros con los labios y la lengua.

-No me han engañado --dijo-, tienes un hermoso culo. ¿Cuándo cagaste por última vez?

-Hace un rato -contestó la pequeña-. La señora, antes de mandarme subir, me hizo tomar esta precaución.

- ¡Ah! ¡Ah!... De manera que no tienes nada en el vientre... -dijo el libertino-. Bueno, vamos a comprobarlo.
           
Y, tomando la jeringa, la llenó de leche, y regresó junto a la chiquilla, apunta, la cánula e inyecta la lavativa. Eugénie, que había sido prevenida, se presta a todo, pero apenas el remedio se halla dentro de vientre el viejo va a acostarse en el canapé, de bruces, ordena a Eugénie que se ponga a horcajadas sobre él y le eche toda la cosa en la boca. La tímida criatura se coloca como se le ha ordenado, empuja, el libertino empieza a masturbarse, con su boca fuertemente adherida al agujero para no perder una sola gota del precioso licor que suelta. Lo traga todo con gran cuidado, y apenas llega al último trago, pierde el semen que lo sume en el delirio. ¿Pero qué es ese mal humor, esa repugnancia que hace presa en todos los libertinos después de la caída de sus ilusiones? El abad, rechazando a la pequeña después de haber terminado, se abrocha, afirma que ha sido engañado al prometerle que se le haría cagar a aquella niña, que seguramente no había cagado nada y que él ha tragado la mitad de sus excrementos. Hay que puntualizar que el abad solo quería la leche. Rezonga, blasfema, lanza pestes, dice que no pagará nada, que no regresará jamás, que no vale la pena ir allá para pequeñas mocosas como aquélla, y se va, no sin antes soltar otras invectivas que ya encontraré ocasión de citar en otra pasión en la que constituyen su esencia y que aquí sólo son accesorias.

- ¡Qué hombre más delicado pardiez! -dijo Curval-. ¡Enfadarse porque recibió un poco de mierda, cuando hay quienes se la comen!

-¡Paciencia! ¡Paciencia, monseñor! -dijo la Duclos-. Permitidme que mi relato siga el orden que habéis exigido y veréis que llegamos a los singulares libertinos a que habéis aludido.

Dos días después me toco a mí. Como se me había avisado, me contuve durante treinta y seis horas. Mi héroe era un viejo capellán del rey, gotoso, como el precedente: una tenía que acercársele desnuda, pero con el coño y los pechos cuidadosamente cubiertos. Esto me había sido recomendado de una manera especial, tras haberme dicho que si el hombre, desgraciadamente, descubría algo de estas partes del cuerpo, no lograría nunca que descargara. Me acerco, él examina atentamente mi culo, me pregunta cuál es mi edad, si es verdad que tengo muchas ganas de cagar, de qué clase es mi mierda, si es blanca, si es dura y mil otras preguntas que parecían animarlo, porque poco a poco, mientras hablaba, su verga se levanta y me la muestra. Este pito de unas cuatro pulgadas de largo por dos o tres de circunferencia, a pesar de su animación, tenía una aire tan humilde y lastimoso, que casi se necesitaba un lupa para advertir que existía; sin embargo, a requerimiento del hombre, la cojo y, advirtiendo que mis sacudidas excitaban sus deseos, se puso en situación de consumar el sacrificio.

-¿Pero es de veras, pequeña, que tienes ganas de cagar? Porque no me gusta que me engañen; veamos, veamos si realmente hay mierda en tu culo

Y dicho esto, me hunde el dedo del medio de su mano derecha hasta mis cimientos, mientras que con la izquierda sostenía la erección que yo había suscitado en su verga. Aquel dedo buzo no tuvo necesidad de ir muy lejos para convencerse de la necesidad real que yo le había asegurado que experimentaba; apenas hubo tocado, fue presa del éxtasis.
      
- ¡Oh, redios! -dijo-, no me ha engañado; la gallina va a poner y yo acabo de tocar el huevo.

El disoluto, encantado, me besa el trasero y, al ver que yo lo apremio, porque ya no puedo aguantar más, me hace subir a una especie de armatoste muy semejante al que tenéis aquí en la capilla, señores; una vez allí, con mi culo perfectamente expuesto ante sus ojos, podía yo cagar en un orinal colocado un poco debajo de mí, a dos o tres dedos de su nariz. Este armatoste había sido hecho para él, y lo usaba con frecuencia, porque venía casi cada día a casa de la Fournier, para ocuparse tanto con extrañas como con mujeres de la casa. Un sillón colocado debajo del círculo que sostenía mi culo, era el trono del personaje.
En cuanto me ve en esta postura, se sitúa en su lugar y me ordena que empiece. Viene el preludio de algunos pedos; los respira Finalmente aparece la mierda; se extasía y grita excitado:

- ¡Caga, pequeña, caga, angel mío! ¡Hazme ver la mierda que sale de tu hermoso culo!

Y  ayudaba con sus dedos a que saliera, apretando el ano para facilitar la explosión; mientras tanto, se meneaba la verga, observaba, se embriagaba de voluptuosidad, y al transportarlo por fin el exceso de placer, sus gritos, sus suspiros, sus manoseos, todo me convencía de que llegaba el último episodio del placer, de lo cual me convenzo volviendo la cabeza y viendo su pito en miniatura descargar algunas gotas de esperma en el mismo orinal que acababa yo de llenar. Este se marchó sin mal humor, me aseguró incluso que me haría el honor de volver a verme, aunque yo estaba persuadida de lo contrario, pues sabía que nunca veía dos veces a la misma muchacha.

- Comprendo perfectamente eso -dijo el presidente, que besaba el culo de Aline, su compañera de canapé-. Es preciso estar como estamos, es preciso verse reducido a la escasez que nos abruma para hacer cagar más de una vez un mismo culo.

- Señor presidente -dijo el obispo-, tu voz entrecortada me demuestra que se te ha puesto dura.

-  ¡Ah! ¡Nada de eso! -dijo Curval-. Estoy besando las nalgas de tu hija, que ni siquiera ha tenido la amabilidad de soltar un simple pedo.

- Tengo más suerte que tú -contestó el obispo-, porque tu mujer, que acaba de dedicarme la más bella y copiosa cagada...

- ¡Silencio, señores, silencio! -dijo el duque, cuya voz parecía ahogada por algo que le cubría la cabeza-.
¡Silencio, pardiez! Estamos aquí para escuchar y no para obrar.

-Es decir, no haces nada -repuso el obispo-. ¿Y es para escuchar para lo que te has instalado debajo de tres o cuatro culos?

-Bueno, tiene razón. Prosigue, Duclos. Será más prudente para nosotros escuchar tonterías que hacerlas, hay que reservarse para luego.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)




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