
Esbozó los primeros
vaivenes, las primeras sacudidas de un trabajo de hombre, pero se lo impedí,
contrayendo lo más que pude el ano alrededor de su verga, ahogándola, por así
decirlo, entre mis nalgas y el fondo de mi vientre. En verdad, resultaba
profundamente delicioso, constreñirle de ese modo, inmovilizarle y guardarle
mientras seguía empalmado como un pequeño soldado dentro de mis entrañas.
Acostada de lado, a diferencia de cuando me doblaban en dos cuando me
enculaban, me parecía sentir en todas su longitud su altiva y elástica delgadez
en la carne sólida e íntima de mi vientre y el contacto de la adorable lanza
rígida. Empecé a gozar muy suavemente, mediante pulsaciones adormecidas,
soñadoras, contrariamente a lo que hasta entonces sólo ocurría mediante
desgarros o sacudidas. Era como un pulso de placer, que latía en lo más
profundo de mí, alrededor de la verga del niño. Incluso el dolor que subsistía
en el ano, mantenido abierto a la fuerza, se volvía familiar y dulce. El niño
no se molestó por que mantuviera en suspenso su propio goce. Sin abandonar mi
presa, mi total dominio sobre él, despegué imperceptiblemente el flanco del
suelo, y por sí mismo mi juvenil amante deslizó la mano, luego con todo el
brazo me rodeó la cintura, con la seguridad y el calor de un hombrecito, y por
fin cerró los dedos muy posesivamente sobre mi vulva. Pero también me divertí
prohibiéndoselo. Cubrí su mano con la mía, le aflojé y le alargué los dedos
hasta que comprendió que debía dejarlos sueltos y flexibles, y entonces los
utilicé, como un peine con vida, para acariciarme el clítoris, los labios, las
ninfas, el hueco mismo de la vagina. El niño reía entre dientes con este nuevo
artilugio. Y yo pronto empecé a gemir por lo bajo y a mugir de placer: la
extrema situación provocada por el suave cepillo humano se unía a la que
renacía, como renacen las olas, presta a rodar y a desencadenarse entre mis
nalgas y en lo más profundo de mis entrañas. La niña que me había dado una
azotaina vino a su vez a acostarse a nuestro lado, justo delante de mí,
acompañada de una amiga. Intentaban imitarnos con los medios de que disponían.
Cada una enfilaba un dedo en el ano de la otra y, con la mano libre, le
entreabría y le acariciaba, primero con cierta prudencia, luego siempre con
mayor fogosidad las partes genitales, de manera que no tardaron en gemir
mutuamente. Esta visión, sus vocecitas alteradas y también, después de todo, el
recuerdo no menos vivo y no menos carnal de haber sido azotada por esas niñas
rompieron las últimas ataduras de mi excitación. Por otra parte, mi insidioso
pequeño amante se aprovechó de que mi atención se encontraba dividida desde que
me masturbaba con sus manos para volver a ponerse en marcha entre mis nalgas.
Avanzaba y retrocedía muy bien, distendiéndome sólo lo justo, asustándome sólo
en el instante en que creía que iba a salir de mi, antes de cambiar su
movimiento, esta especie de estiramiento de la carne por la carne, y de
tensarse en lo más húmedo y más palpitante de mi vientre.
–¡Espérame! ¡Espérame! –le
supliqué, jadeante.
Y en verdad parecía
comprenderme; se retuvo hasta el instante mismo en que, descompuesta, inundada,
solté en el interior de la vagina y entre sus dedos todo el flujo convulsivo de
mi placer, mientras, exactamente en el mismo momento, me la ensartaba por
última vez con un gran espasmo desgarrador y desgarrado, y descargaba a su vez
su joven y ardiente semen, lo cual nos hizo gritar a los dos.
Después, me sentí
totalmente feliz. Dormí un poco en el caluroso atardecer, mientras los niños,
incansables como sólo pueden serlo ellos, proseguían sus juegos, cantos y
danzas.
“Cruel Zelanda” (Jacques Serguine)
==========================================