Prologo de El Libertino

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Permitidme, o dulce y hermosa,
Delicada y adorada amiga,
Dedicaros, sin inquina,
Estos versos, que no son prosa.


Y aunque a simple vista parecer pudiera
Que es mi musa el gran Quevedo,
No es el maestro el que me inspira
Sino vuestro coño depilado y terso.


Pues os imagino, navaja en mano,
Gozando de vuestra dulce tarea,
Y no puedo dejar de pensar
Que fuera yo el encargado de aplicar,
La crema que os ha de calmar
Con suave masaje ese intenso ardor

Que martiriza vuestra húmeda entrepierna.


Os dejo pues aquí escritos
Estos breves e impúdicos versos del genio
Para que vos disfrutéis de ellos
Como yo disfruto de vos cuando os imagino…


El Satiricón





Rapándoselo estaba cierta hermosa,
hasta el ombligo toda arremangada,
las piernas muy abiertas, y asentada
en una silla ancha y espaciosa.

Mirándoselo estaba muy gozosa,
después que ya quedó muy bien rapada,
y estándose burlando, descuidada,
metióse el dedo dentro de la cosa.

Y como menease las caderas,
al usado señuelo respondiendo,
un cierto saborcillo le dio luego.

Mas como conoció no ser de veras,
dijo: «¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?
Que no es ésta la leña deste fuego».

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Atribuido alguna vez a Quevedo.
Fechado hacia 1580-1595.
[De Pierre Alzieu, Poesía erótica del Siglo de Oro, Crítica, Barcelona, 2000.]

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