Prologo de El Libertino

martes, 1 de diciembre de 2009




Era una noche de luna llena, su luz brillaba con una fuerza peculiar y mi mirada quedó prendada a ella durante unos segundos, pero pronto desvié los ojos hacia la carretera. Faltaban quince minutos para llegar a su casa y despedir el día como siempre, tristes y cabizbajas debido a la incompatibilidad que nos unía.

De repente los ojos de un gato negro deslumbraron mi cara, frené en seco, él me sonrió y siguió su camino. Sin pensarlo puse el intermitente y fui detrás. Ella me miró extrañada pero no dijo nada.
El camino era estrecho y pedregoso y los árboles y matorrales tapaban el cielo. Ambas estábamos un tanto nerviosas, pero si saber por qué deseábamos seguir adelante. El camino comenzaba a estrecharse a nuestro paso y la anchura del coche era demasiado grande para seguir, así que puse el freno de mano y apague el motor.
Noté como algo se apoderaba de mi cuerpo, un escalofrío brotó de entre mis piernas y entonces la miré. Ella estaba hermosa, ese día se había puesto un vestido azul que le estilizaba el cuerpo. Me acerqué y le besé la mejilla. No hacia nada, estaba inmóvil, quería irse y quedarse al mismo tiempo. Volví a mirarla de abajo hacia arriba y al llegar a su cara vi sus ojos marrones. Me estaba mirando y de repente sonrió. Instintivamente me acerque y la besé en los labios; los tenia calientes y húmedos al mismo tiempo, la mezcla perfecta, pensé. El beso había sido corto y extraño y decidida a repetirlo me acerqué de nuevo, pero sus manos tocaron mi mejilla y me apartaron lentamente.
Estuvimos un cierto tiempo sin decir nada, sin mirarnos. Ella pensaba en sus cosas y yo no pensaba nada, mi mente era un papel en blanco. Pronto despertó, se acercó y me susurró al oído –bésame.
Nos besamos apasionadamente, ella jugaba con mi boca, mezclando la pasión con la dulzura, hasta conseguir una sensación perfecta. Ambas flotábamos.
Mis manos no tardaron mucho en reaccionar, pero ella ya se me había adelantado. Manipuló mi cuerpo a su antojo, mientras yo concentraba toda mi atención en el beso.
Comencé a controlarlo, provocando en sus manos más actividad.
Incliné la cabeza y le bese en el cuello, tenia ganas de ir mas rápido pero no podía. Su cuello estaba muy suave y eso me facilitó el trabajo, la mordí lentamente y sin apretar, pero ponto cambié el ritmo y mis dientes mordieron con fuerza. Sabía que eso le encantaba pero dejé de hacerlo. Quería provocarla, hacerle sufrir.
Le quité el vestido, y empecé por sus senos. Los acaricié lentamente hasta notarlos duros, me incliné y le besé el abdomen, subí poco a poco, jugando con ella y provocándole una sensación de necesidad y de placer. Mi lengua comenzó a jugar con su pezón derecho, mientras mi otra mano acariciaba el otro. Ella deseaba que bajase, que centrase mi atención en otro sitio, no era difícil de darse cuenta ya que su cuerpo me lo decía, sus movimientos lo suplicaban. Y así lo hice.
Mi mano se deslizó por su piel y pronto llegué a sus piernas; desde las rodillas subía lentamente pero antes de llegar a su sexo volvía a bajar. Ella se moría, gritaba de rabia, quería que la tocase por dentro, pero yo mandaba.
Después de encender su cuerpo, mi mano empezó a subir, hasta llegar a ella. Empecé a acariciarle por fuera, siempre esperando a que ella diese el paso, esperando a que ella me suplicara que siguiese.
Mis manos, ya empapadas empezaron a rozar sus labios; estaban más húmedos que nunca. Los acaricié lentamente, aumentando el ritmo cuando era necesario pero nunca hacia caso a sus súplicas, me gusta hacerme de rogar.
Me adentré con ganas, quería sentirla de nuevo, ambas deseábamos notarnos como hacia tiempo. Así que comencé a tocar su clítoris, su parte más emocionante y brutal. Ya estaba preparado y lo acaricie de nuevo, con más fuerza pero sin excitarla demasiado. Buscaba que cada momento fuese único, buscaba llegar al clímax y parar antes de lograrlo, tenía la necesidad de que se tocara ella, de que al ver que yo no iba demasiado rápido, saciara su apetito sexual con sus propias manos, y así lo hizo.
Su mano se deslizó por su cuerpo y rozó la mía. Mientras yo me iba apartando, ella se encontraba en el mejor momento de la noche. Yo ya no estaba. Disfrutó unos segundos, dos dedos de su mano estaban en lo más profundo de su cuerpo. Los movía con soltura aun siendo su primera vez, disfrutaba con su cuerpo, se mordía los labios cada vez que forzaba el movimiento y entonces, la besé.
Paró bruscamente hasta el punto que pensé que se había hecho daño. Me cogió del brazo y mi mano volvió al punto en el que había acabado minutos antes.
Comencé haciéndome de rogar pero ella no podía aguantar mas, entonces un dedo de mi mano entró en ella, su grito aceleró mis movimientos hasta el punto de notarla por cada poro de mi piel.
Pronto sentí la necesidad de meter otro, aumentando, así, su placer. Parecían gritos de dolor, pero ambas sabíamos lo que significaban.
Su flujo aumentaba y pronto llegaría al orgasmo. Mi ritmo iba al compás de sus bruscos movimientos en el asiento. Ya no podía jadear mas, sus fuerzas se estaban acabando y necesitaba gritar por última vez. Mi muñeca estaba ya dolorida. Cambiaba los movimientos intentando sorprenderla y así calmando el dolor intenso que sentía.
Pronto dejó de importarme, y me centré en el punto al que ambas deseábamos llegar. Ya quedaba poco, me incorporé y forcé mi mano al máximo, mis penetraciones eran ahora fuertes e intensas. Me miró con los ojos muy abiertos, ya faltaba menos. Aumente al máximo mi velocidad y gritó.
Su cabeza cayó encima de su hombro izquierdo, su boca estaba entreabierta, parecía estar dormida.
Mis dedos salieron de su interior, la acaricie por la superficie y me incorporé para tocar su cara.
Descansó durante unos minutos.
Abrió los ojos, me miró y sonrió. Ahora mandaba ella.

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