Prologo de El Libertino

martes, 29 de diciembre de 2009




La escalera.



Me enorgullezco de considerarme un tipo bien educado y, siempre que la ocasión lo permite, incluso galante con las damas que se cruzan en mi camino.


Siempre me detengo en los pasos de cebra, cedo el asiento a las damas en el autobús, y abro la puerta para que las señoritas pasen delante de mí.


Es por eso que aquel día, al coincidir ambos en la puerta del ascensor de la oficina, me disponía yo a cederla el paso cuando, con cierto desagrado, comprobamos que el susodicho artefacto se había puesto en huelga aquella lluviosa mañana de lunes.


Yo ya la había visto otras veces, claro. Ella es una de esas mujeres que no pasa desapercibida. Alta, morena, con una preciosa melena azabache que le llega casi a la cintura, siempre bien maquillada, aunque sin exceso, con unos preciosos ojos y unos de esos labios rojos y sensuales que tanto me habían atraído siempre.


Pero ella trabajaba en la planta cuarta y yo en la séptima, así que nuestros encuentros se habían limitado a breves viajes en el ascensor. Precisamente ese ascensor que hoy se negaba a funcionar.


Así que tras las consabidas protestas por empezar tan mal el día, nos dirigimos los dos hacia la escalera interior del edifico, esa escalera que jamás nadie utilizaba y a la que se accedía por una puerta del hall del inmueble.


Mientras caminábamos hacia la puerta tuve tiempo de fijarme en cómo iba vestida aquella mañana. Botas altas de tacón, minifalda negra por encima de la rodilla, medías de seda que, según mi calenturienta imaginación, iban sujetas a un hermoso liguero de encaje negro, camisa blanca con sus dos botones superiores desabrochados, y una chaqueta corta, también de color negro, que remarcaba su estilizada figura.


Por supuesto, y sé que nadie lo habría dudado aunque no lo dijera aquí, la cedí el paso al cruzar la puerta y entré detrás de ella.


Normalmente un caballero siempre ha de ceder el paso a una dama, excepto en una ocasión, y es precisamente al subir unas escaleras, ya que si se deja que la señorita vaya un par de escalones por delante de ti, su hermoso culo y sus preciosas piernas queda a una altura ideal para poder deleitarse con emoción y precisión, y esto, quieras que no, puede resultar molesto o desagradable para la citada dama.


No obstante, al haberla cedido yo el paso en la puerta e ir ambos con prisa, mi encantadora acompañante se adelantó a mis intenciones, que, a decir verdad, no eran del todo puras, y comenzó a subir la escaleras delante de mí.


Estratégicamente me retrasé un instante, lo justo para poder disfrutar de la hermosa vista de sus piernas enfundadas en esas suaves medias que tan bien las contorneaban.


Evidentemente ella se dio cuenta de mis intenciones, pero lejos de reprochármelo, se limitó a subir despacio para darme la oportunidad de observarla con la más intensa de las dedicaciones.


La vista de sus piernas que ascendían hasta adquirir la redondeada forma de un precioso y duro culo me provocaron un más que evidente endurecimiento en mi entrepierna. Endurecimiento que fue máximo cuando al permitirla que se adelantara un par de escalones más, pude comprobar, bajo su falda, que mi imaginación se había quedado corta en cuanto al detalle de su liguero negro de encaje ya que, no solo lo llevaba, sino que además, era lo único que llevaba puesto.


La visión, breve pero intensa, de su depilado coño moviéndose acompasadamente entre sus piernas, provocó en mi tal calentura, que no pude por menos que, adelantando mi mano, acariciar su glúteo derecho con toda la suavidad de la que pude hacer gala, y, puesto que no encontré resistencia, seguir ascendiendo por la suave colina de sus curvas hasta rozar su húmedo sexo con mis dedos.


En ningún momento ella dijo nada, ni siquiera se atrevió a mirarme a los ojos, pero, parándose en el descansillo del tercero, permitió que la alcanzara y que mi boca se uniera con la suya, pudiendo yo así saborear el dulce sabor de su lengua.


Mis manos ya acariciaban su cuerpo y las suyas ya desataban mi duro sexo.


Con una leve presión sobre sus hombros, se arrodillo entre mis piernas y acomodó mi dilatada polla en su cálida boca, iniciando así una suave mamada que me hacia estremecer de placer una y otra vez.


Considerando que yo soy, como ya he dejado claro anteriormente, un caballero ante todo, decidí que no está nada bien recibir tanto sin dar nada a cambio, así que levantándola del suelo, le di la vuelta y, apoyándola sobre la barandilla de la escalera, le levanté su falda y penetré con mi duro sexo su coño mojado, comenzando una batalla de embestidas, de idas y venidas, de avances y retrocesos tan intensos como placenteros, hasta que mi acompañante en tan maravilloso viaje se vino entre espasmo de placer, pudiendo yo así, una vez cumplido mi deber de caballero agradecido, dejarme llevar por la lujuria y permitir que mi densa y caliente leche inundara su ya encharcado coño.


Una vez terminada la batalla, nos recompusimos la ropa lo mejor que pudimos y, cediéndola una vez más el paso, la acompañé hasta la cuarta planta, donde nos despedimos sin palabras continuando yo mi camino hasta la séptima, que es donde suelo hacer que trabajo.


Desde ese día le ruego a los dioses de la electrónica que estropeen el ascensor, al menos un día a la semana, y a los dioses de la oportunidad, que pongan a mi sumisa compañera de viaje en mi camino, aunque a decir verdad, me temo que esta vez son los dioses los que han decidido cederle el paso a otro.

Sayiid


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