Prologo de El Libertino

domingo, 13 de diciembre de 2009


Los ojos que estaban clavados en ella hicieron vibrar su pulso. Lo miró ella. En su rostro había el frenesí de la pasión, pasión silenciosa como una tumba, y esa pasión la había hecho suya. Por fin los habían dejado solos, sin que espiaran los otros e hicieran comentarios y ella sabía que podía confiar en él hasta la muerte, un hombre de verdad, firme, constante, un hombre de inflexible honor hasta la yema de los dedos.
Su rostro y sus manos se movían
nerviosamente y un temblor la recorrió. Se echó bien hacia atrás para ver dónde estallaban los fuegos artificiales y se tomó la rodilla con las manos para no caer hacia atrás al mirar para arriba y no había nadie que pudiera ver excepto él y ella cuando ella reveló todas sus graciosas piernas hermosamente formadas, así, esbeltamente suaves y delicadamente redondeadas, y a ella le pareció escuchar el jadear de su corazón de varón, de ronco respirar, porque ella sabía de la pasión de hombres así, de sangre ardiente, porque Berta Supple le contó una vez como secreto profundo y le hizo jurar que nunca acerca del inquilino que estaba con ellas de la Oficina de Descentralización de los Distritos Congestionados que tenía fotografías cortadas de los diarios de esas bailarinas de pollerita y piernas al aire y ella dijo que él acostumbraba hacer algo no muy lindo que se podía imaginar a veces en la cama.

Pero esto era enteramente distinto de una cosa así porque ella podía casi sentirlo acercar su cara hacia la suya y el primer rápido y ardiente contacto de sus hermosos labios. Además había absolución mientras uno no hiciera eso otro antes de casarse y debería haber mujeres confesores que entendieran sin que uno lo dijera y Cissy Caffrey también a veces tenía esa vaga especie de soñadora mirada en los ojos de manera que ella también, querida, y Winny Rippingham tan loca por las fotografías de actores y además era por esa otra cosa viniendo como venía.

Y Juancito Caffrey gritó que miraran, que había otro, y ella se echó hacia atrás, y las ligas eran azules para hacer juego a causa de lo transparente, y todos vieron y gritaron miren, miren, que allí estaba, y ella se echó todavía más para atrás para ver los fuegos artificiales y algo raro estaba volando por el aire, una cosa suave de aquí para allá, oscura. Y ella vio una larga candela romana subiendo por sobre los árboles, alto, alto, y, en el apretado silencio, todos estaban sin respiración por la excitación mientras aquello subía más alto y más alto y ella tuvo que echarse más atrás y más para mirar arriba, alto, alto, casi fuera del alcance de la vista, y su rostro estaba bañado de un rubor divino, encantador por estar tirada hacia atrás y él podía ver sus otras cosas también, sus culotes de nansú, la tela que acaricia la piel, mejor que esos calzones enagua, verdes, cuatro chelines once, por ser blancos, y ella dejó y vio que él veía y entonces fue tan alto que se dejó de ver un momento y ella estaba temblando con cada miembro por estar tan inclinada hacia atrás él tuvo una vista completa muy arriba de su rodilla donde nadie nunca ni siquiera en la hamaca o vadeando y ella no tenía vergüenza y tampoco la tenía él de mirar en esa forma inconvenientemente porque él no podía resistir al espectáculo de esa maravillosa revelación semiofrecida como esas bailarinas de faldillas portándose tan inconvenientemente delante de los caballeros que están mirando y él seguía mirando, mirando.

De buena gana ella le habría gritado ahogadamente, extendiendo sus brazos blancos como la nieve para que viniera, para sentir sus labios sobre su blanca frente el grito del amor de una joven, un pequeño grito estrangulado, arrancado de ella, ese grito que ha venido resonando a través de las edades. Y entonces un cohete salió y bang estalló a ciegas y ¡Oh! Entonces la candela romana estalló y era como un suspiro de ¡Oh! Y todos gritaron ¡Oh! ¡Oh! Embelesados y se derramó un torrente de lluvia de hebras de cabello de oro y ellas vertían y ¡Ah! Eran todas gotas de rocío verde de estrellas cayendo con otras de oro. ¡Oh, tan hermoso! ¡Oh tan suave, dulce, suave!.


Después todo se deshizo como rocío en el aire gris: todo quedó en silencio. ¡Ah! Ella lo miró al inclinarse hacia adelante rápidamente, una emocionada y corta mirada de tierna protesta, un tímido reproche bajo el cual él enrojeció como una niña.

(…) Ése era el secreto de ellos, solamente de ellos, solos en la encubridora penumbra y nadie sabía ni diría nada, excepto el pequeño murciélago que voló suavemente en la oscuridad de aquí para allá y los pequeños murciélagos no son indiscretos.

Fragmento del "Ulises", de James Joyce

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