Prologo de El Libertino

sábado, 31 de enero de 2009

CAPITULO VII

La cena fue tranquila, relajada. Hablamos un poco de nosotros, tratamos el tema de los limites de nuestra relación, y poco a poco fuimos conociéndonos un poco mejor. Las bolas chinas no parecían molestarle tanto, una vez sentada, pero aun así tenía que mantener una presión constante con sus muslos, lo que provocaba que su sexo permaneciera constantemente estimulado.
Después de los postres, y tras tomarnos un café, decidí que ya era el momento de regresar a casa… a nuestra casa.
Pagué la cuenta y salimos del restaurante, yo con paso decidido y ella esforzándose aun por andar si que las ya resbaladizas bolas, acabaran en el suelo a la vista del resto de comensales.
Al llegar a la puerta de la casa, María rebuscó en su bolso y me entregó un llavero con todas y cada una de las llaves del chalet. Me dio también un mando para abrir la puerta del garaje, y me preguntó se quería meter el coche dentro.
- No, dejémoslo aquí fuera. En realidad tengo otros planes para el garaje.
Salimos del coche y yo recogí una bolsa negra de deportes del maletero, encaminándonos los dos hacia la puerta de nuestro nuevo… hogar.
Pasamos a la casa y cerré la puerta con llave detrás de mi. Ya en el salón, me senté en un sillón y le pedí a María que me trajera una copa, cosa que hizo inmediatamente, y que pusiera algo de música suave.
Después de darme la copa, ella se arrodilló frente a mí, con sus manos en la espalda y sus ojos mirando al suelo. Estaba preciosa allí delante mía, con su negra melena cayéndole sobre los hombros.
La mantuve allí, unos instantes, disfrutando de su entrega, de su sumisión, mientras me deleitaba con mi Coñac.
- Desnúdate, le dije
- Y ya puedes quitarte las bolas chinas, o tu sexo acabara completamente macerado. Por hoy ha sido suficiente
- Si Amo, como tú me ordenes.
Se sacó las bolas chinas, las dejó sobre un platito en la mesita auxiliar, y comenzó a desnudarse delante de mí. La camisa primero, botón a botón, despacio, mostrándome sus senos liberados, con sus negras aureolas de las que emergían, duros, sus pezones.
Después la falda, dejando a la vista su hermoso sexo depilado para mi, húmedo y turgente, delicioso y deseable a la vista, al tacto y seguramente también al gusto.
Cuando iba a seguir desnudándose, la paré:
- Es suficiente, déjate las medias y las botas
Ella permaneció allí, delante mía, desnuda, la cabeza baja, las manos detrás, en su espalda, entreladazas. Se la veía azorada, nerviosa, desvalida, indefensa, entregada… pero a la vez no podía ocultar la excitación que sentía.
- Ven aquí, ponte de rodillas mirando hacia la puerta
María así lo hizo, quedando de rodillas, de espaldas a mí. Yo abrí la bolsa que había traído del coche, y sacando un suave pañuelo de seda, lo doblé y pasándolo por delante de su cara, oculté sus negros ojos, dejándola vendada e invidente.
A continuación saqué de la bolsa una suave cuerda de color morado, y pasándola entre sus brazos, procedía a maniatarla con sus manos a la espalda. Ella se dejaba hacer sin ninguna queja o protesta. Una suave música nos acompañaba, y su respiración cada vez era mas entrecortada, más jadeante, mas excitada.
Una vez vendada y atada, la levanté del suelo y la llevé hasta el cercano sofá que había en el salón. Coloqué un cojín para que se sintiera mas cómoda, e hice que apoyara en el su cabeza, quedando tumbada sobre el, con su precioso y deseable culo a la vista.
La dejé allí, presa de su incertidumbre, mientras volvía hasta el sillón a recoger algo más de la bolsa.
Lo que para mi fue apenas un minuto, detrás de ella, observando su desnudo cuerpo, sus relucientes muslos, sus duros senos… a ella debió de parecerle una eternidad, puesto que ni sabia cuanto tiempo tendría que estar así, ni que es lo que estaba haciendo yo.
Por eso, cuando sintió la mordedura del cuero de mi fusta sobre su culo, no pudo reprimir un grito, más de sorpresa que de dolor.
- No debes gritar, María
- Lo siento, Señor, no lo esperaba
- Shhhh, nada de excusas
A ese primer azote le siguieron unos cuantos más. No demasiado fuertes, ya que sabía que era su primera vez y no deseaba ponerla aun a prueba. Pero la continuidad del castigo hizo que sus glúteos fueran adquiriendo un delicioso color dorado, fruto de la estimulación sanguínea que recorría ahora esa parte de su cuerpo.
Ninguna queja más salió de sus labios, y soportó el castigo con valentía, con entereza.
Su sexo, que momento antes estaba húmedo y abierto, se había cerrado de nuevo al sentir la fusta tan cerca. Sin embargo su respiración seguía siendo agitada, y de sus labios entrecerrados se escapaban suaves gemidos de placer.
Ante tan maravilloso espectáculo, no desee esperar mas y, liberando mi ya inhiesta polla, la penetré allí mismo, por detrás, fuertemente, sintiendo el calor de su culo azotado, mientras le apretaba sus duros senos y le decía al oído, entre susurros, lo deliciosa que era y le agradecía el placer que me estaba dando.
Mis embestidas eran cada vez más fuertes, más cortas, y yo notaba como su cuerpo se arqueaba para que la penetración fuera aun mayor. Oía sus gemidos, sus gritos de dolor y placer cuando mis dedos pellizcaban sus duros pezones, o cuando mis dientes mordían su blanco cuello. Yo la poseía y ella se enterraba en mí.
Así estuvimos un rato, amándonos, poseyéndonos, penetrándonos… compartiendo saliva y sudor… suministrándole placer y dolor… hasta que sus gemido se incrementaron, y yo pude presentir que el momento de la explosión de su goce estaba ya muy cerca.
- Por favor, no puedo más, voy a correrme… Mi Señor, ¿puedo correrme?
- Puedes hacerlo, si… entrégame tu placer esclava… hazlo mío
Y mientras ella gritaba de placer, yo me dejaba llevar y sentía, a cada espasmo, como mi esencia la llenaba y como oleadas de placer recorrían mi columna vertebral, haciéndome perder el sentido de la realidad…
Lo siguiente que recordaba era que estaba sentado en el suelo, jadeante aun del esfuerzo y el goce, y María, mi sierva, permanecía apoyada en el sofá, con sus manos atadas a la espalda y sus rodillas apoyadas en el suelo, presa de la fatiga.
Procedí a desatarla, le retiré el pañuelo de los ojos, la besé tiernamente en los labios, y agradeciéndole su entrega, la ordené que se retirara a su habitación.
Yo me quedé un rato más en el salón, disfrutando mi nueva adquisición.
Para ser el primer día, lo cierto es que la aventura se presentaba muy prometedora.

viernes, 30 de enero de 2009

Hoy es un día especial.
Hoy se ha acercado a la mansión una gran amiga; cavabaja.
Y no ha venido de vacio... solo que en vez de traernos unos pasteles o una botellita de vino (cosas que en esta mansión jamás serán despreciadas, por supuesto), nos ha traido uno de sus maravillosos escritos.
Poesia sin versos... prosa que es pura poesia... cavabaja.
Mi buena amiga, donde otros solo vemos una fria pantalla y un teclado, tu eres capaz de ver y de sentir cientos de cosas, a cada cual mas bella.
Tu conviertes los numeros y las palabras en sentimientos, deseos, esperanzas...
Muchas gracias por tu regalo, amiga.
Yo ya lo estoy disfrutando y espero que los demás lo disfruten también.
Tambien espero, deseo y confio en que esta no sea tu última aportacion a la mansion.
Te guardaremos una habitación por si te quedas por aqui.
Lo dicho, un beso y muchas gracias...







Busco en la pantalla… unos ojos que reflejen mi mirada… unos labios que acompañen mis suspiros… unos oídos que recojan mi risa… busco olores presentidos… busco el roce de una piel… sólo la imaginación puede hacer realidad el sueño.

Con lo que sé… me sobra para soñar… saber más sería hacer realidad un sueño… y los sueños son más bellos… de día sueño con la incógnita de tu presencia… cuando apareces, solamente, disfruto del momento… y de noche, de nuevo sueño, con el sueño de reencontrarte.

No he visto tus ojos… no he oído tu voz… no puedo oler tu piel… ni probar el sabor de tus labios… ni sentir el roce de tus manos… ¿Con qué siento entonces lo que siento? … debe de haber sin duda, un sexto sentido.

Sin verte, ya sé que mis ojos buscarían los tuyos para brillar con una luz nueva… Sin haber oído tu voz, sé que sonaría en mis oídos como esa música que compartimos… Sin oler aún tu piel, sé que tu aroma despertaría en mí ansias de renovación… Sin probar el sabor de tus labios, presiento que en ellos encontraría la dulzura infinita… Sin rozarse nuestras manos, sé que mi cuerpo vibraría con resonancias nunca sentidas… ¡Ves qué bellos son los sueños!
No es curiosidad… es necesidad… necesito poner nombre a mi sueño… mi boca desea pronunciar tu nombre… mis oídos esperan con impaciencia escuchar ese sonido escapando de mis labios… mi mano tiembla ávida de escribirle… y mis ojos le buscan desesperadamente en la blancura del papel mientras te escribo estos torpes sentimientos.

La noche que no vienes… aunque mi corazón confía… mi mente le recuerda… “todo está en sus manos… tú no puedes hacer nada… sólo desear que siga gustando de tu compañía… sólo esperar”… y él confía… hace de la esperanza… su mejor amiga.
Buceo en el fondo de mi alma… para encontrar mis mejores y más puros sentimientos… para conseguir al igual que Sherezade… que cada noche sientas la necesidad de buscarme… para compartirlos conmigo… y así seguir gozando de tu querida presencia.
Despojada de la triste nostalgia… de las noches vacías de sueños… de las lágrimas tibias… y de los fríos silencios… mi alma vuelve a dar frutos… y agradecida, te rinde tributo… volcando su esencia en estos regalos escritos.

Vuela mi imaginación… y me veo ante ti… con mis ojos clavados en tus ojos… con la boca entreabierta para recibir tus labios… con mis senos henchidos para rozar tu pecho… con la piel ardiente para abrazar la ofrenda de tu carne.
Era puro deseo… no me hubiera extrañado que tu mano… traspasando la pantalla hubiera acariciado mi mejilla encendida… alimentada por el volcán que ardía en mi pecho… mi alma te sentía tan cerca, que mi cuerpo no entendía por qué nadie sofocaba su ansiedad… el deseo se convirtió en dolor… dolor de nostalgia… dolor de ausencia… dulce dolor que conseguía que mi alma sintiera que de nuevo volvía a la vida.

Sé como soy…. Y nunca voy a pedir disculpas por sentir lo que siento… sé de mi insolencia y sé de mi falsa seguridad… pero también sé que sólo soy yo, cuando me permito sentir sin medida… sin miedo y sin vergüenza… sino quieres saberlo “no enciendas la luz, que tengo desnuda el alma”…
-Cavabaja-

jueves, 29 de enero de 2009

CAPITULO VI

Complacido por el comportamiento de María, regresamos al coche y decidí invitarla a cenar, como celebración de nuestro nuevo acuerdo.
Nos dirigimos a un tranquilo restaurante que había, no muy lejos de donde estábamos, y aparcamos el coche en un garaje subterráneo que quedaba muy próximo al restaurante.
Una vez aparcado el coche, y antes de bajarnos, decidí comenzar a poner a prueba a María.
- ¿Contenta con el acuerdo?
- Mucho, si
- ¿No tienes miedo a lo que te espera?
- No se que es lo que me espera, Señor
- ¿Y no te da miedo el no saber?
- No. Ya le dije que no hacía esto sólo por el dinero. Hay algo que me hace confiar en usted; por eso he puesto mi vida en sus manos.
- Hermosas palabras; mira, quiero regalarte algo….
Y saqué del bolsillo de mi chaqueta una cajita en cuyo interior descansaba una pulsera de plata con una fecha grabada. La fecha se correspondía con el día de hoy.
- Quiero que lleves siempre puesta esta pulsera; es un símbolo que indica que me perteneces a mí y solamente a mi. No te la quites nunca. Si todo sale bien, dentro de unos meses serás digna de llevar mi collar, pero de momento tendrás que conformarte con llevar esta pulsera.
- Será para mi todo un orgullo llevarla.
Estaba radiante, preciosa, con los ojos brillantes y un atisbo de lujuria en la mirada. ¿Me estaba retando. No lo se, pero pasando mi mano derecha sobre su nuca, la atraje hacia mí, besando su sensual boca, mordiendo sus labios y paladeando el calido sabor de su saliva, mientras mi mano izquierda exploraba entre sus muslos, la húmeda cavidad de su sexo.
Permanecimos así un rato, besándonos y acariciándola, aprendiendo a descubrir sus zonas más sensibles, hasta que su respiración comenzó a acelerarse y vi que estaba próxima a alcanzar un orgasmo.
Sin dejar de acariciarla, acerque mi boca a su oído y, susurrándole las palabras, le dije:
- A partir de hoy, tu placer me pertenece. Jamás podrás correrte sin mi permiso, y si lo haces, recibirás un severo castigo. No lo tomes a broma, por que yo hablo muy en serio.
- Entonces, mi señor, por favor, deja de acariciarme o me correré sin remedio.
- No, no lo harás… no hasta que yo te lo permita… y aun no es el momento.
- Intentaré aguantar, mi señor.
Seguí torturándola un rato más, acercándola y alejándola del momento de su deseado orgasmo, hasta que consideré que ya estaba lo suficientemente excitada.
En ese momento, retire mi mano de su sexo, y abriendo la guantera del coche, saque de ella una caja de cartón, de la que extraje unas bonitas bolas chinas, rojas y azules, que introduje sin ninguna dificultad en su dilatado sexo.
El problema era que, al no llevar ropa interior, no teníamos donde atarlas, por lo que le dije:
- Procura mantener las bolas dentro de tu coñito, mi sierva; no querrás que el camarero tenga que recogértelas del suelo, verdad?
- ¿Y como podré hacerlo?
- Bueno, ya te las apañaras. Vamos… tengo hambre. Recuerda que siempre has de ir a mi lado o ligeramente detrás de mí; y habla sólo cuando se te pregunte.
- Si mi Amo.
Y así descendimos del coche y nos fuimos hacia el restaurante. Al principio sus pasos fueron muy inestables, por miedo a que se le saliesen los bolas de su coñito, pero pronto aprendió a contraer los músculos de su vagina para evitar que eso sucediera.
Lo malo, claro, es que al apretar esos mismos músculos y tener las bolas bailando dentro de su sexo, sus esfuerzos para no correrse eran cada vez más difíciles de llevar a cabo.
Su cara arrebolada… su respiración entrecortada y a veces jadeante, su manera de apretar las piernas para no perder el paso… toda su indefensión… comenzaron también a estimular en mí el deseo por aquella mujer que, desde ese instante, era ya mía

miércoles, 28 de enero de 2009




CAPITULO V
Llegamos al despacho de mi abogado a eso de las siete menos veinte. El ya estaba esperándonos y nos hizo pasar inmediatamente. El y yo ya nos conocíamos hace tiempo y sabía perfectamente a que íbamos allí. Nos hizo pasar, nos sentamos los tres, hizo que nos trajeran unos cafés, y cerrando la puerta y ordenando a su secretaria que nadie nos molestara, nos pusimos a tratar el tema de la reunión.
- Bueno, Jaime, ¿Qué te parece?
- Muy hermosa, si. ¿Le has explicado en que consiste vuestro acuerdo?
- Muy por encima, por que dice que no tiene dudas.
- ¿No tiene usted dudas, señorita?
- No, ninguna
- Conoce usted las cláusulas de el contrato
- No necesito conocerlas, confío en Mi Señor
- Aun así, tengo que leérselas, para que no pueda después decir usted que las desconocía, así que, si me lo permite…
Y Jaime, mi abogado, empezó a leerle a María las cláusulas de nuestro acuerdo, mientras yo me entretenía en acariciar su, ahora ya húmedo sexo, bajo su falda.
Ella sentía una mezcla de excitación y de vergüenza , al ver que yo actuaba sin recato delante de un extraño, pero ya había entrado en su papel de sumisa y me dejaba hacer sin decir nada que pudiera molestarme.
Además, mi mano acariciando su sexo, estaba consiguiendo que nada de lo que la rodeaba en ese momento, tuviera ninguna importancia…
- Y eso es todo, señorita, ¿está usted de acuerdo en firmar los documentos?
- María, le dije, Jaime te está preguntando
- Oh si, perdon, discúlpeme, si, si… estoy de acuerdo.
- Muy bien, pues firme usted aquí, y mañana mismo ingresaré en su cuenta el dinero necesario para que satisfaga usted su deuda con su exmarido, pasando desde ese momento, a pertenecer a mi cliente.
- Yo ya le pertenezco, dijo ella.

martes, 27 de enero de 2009

Desde siempre he creído que las mujeres, en general, y esta en particular, son más inteligentes y más "calculadoras" que nosotros, los hombres, pobres diablos que nos creemos los reyes del mundo...
Pero hoy tengo aquí la prueba de que, una vez más, siempre llevo la razón.
Así que si no os lo creéis... pinchad en este vídeo, y vereis que es verdad.



¿Tengo o no tengo razón?

lunes, 26 de enero de 2009

Capitulos cuarto y quinto de la historia.
Donde comenzamos a conocernos.


CAPITULO IV

A la mañana siguiente la llamé para concretar nuestra cita por la tarde, con el abogado.
- Buenos días María
- Buenos días, Señor
- ¿Has dormido bien?
- No Señor, he tenido una noche llena de sueños que apenas me han dejado descansar.
- Confío en que tus sueños hayan sido agradables
- Si que lo han sido, mi Señor.
- Muy bien, yo te llamaba para quedar esta tarde. ¿A que hora regresas a casa?
- A las cuatro y media ya estaré allí, mi Señor.
- Perfecto. Pasaré a recogerte a las seis. Iremos a ver a mi abogado. Y como es un hombre muy detallista, quiero que vayas muy hermosa para mí. Iras poco maquillada, no me gustan los excesos. Llevarás el pelo suelto, una camisa blanca de mangas largas abotonada en el frente y falda negra por encima de las rodillas. Botas o zapatos, pero ambos con tacón, puedes elegir lo que más te guste. Y por supuesto nada de ropa interior.
- Como usted desee.
- Por cierto, me gustan las mujeres depiladas.
- Pues así iré, mi Señor.
- Muy bien, a las seis en tu casa. Recuerda que no me gusta esperar.
- Lo recordaré.

CAPITULO VA las seis en punto llegué a su casa y ella ya estaba esperándome. Llamé a la puerta y esta vez la espera fue muy corta. Es como si estuviera esperando que yo llamara al otro lado de la puerta.
Entré directamente al salón y ella entro detrás de mí.
Le pedí que me sirviera una copa, para así poder examinarla a conciencia.
En principio parece que había cumplido todas mis indicaciones.
Llevaba el pelo suelto, sujeto al frente con una fina diadema de color negro. Pendientes pequeños, nada llamativos, maquillaje suave y labios pintados de rojo (imaginé que para sentirse más segura).
Una blusa blanca abotonada hasta arriba, que dejaba ver un cuello esbelto y apetecible.
La blusa no era excesivamente estrecha ni tampoco tan amplia como para que no se marcaran por debajo de ella sus deseables pechos, que se movían al ritmo de su respiración.
Una falda negra, entallada, por encima de las rodillas, y unas botas, negras también, acompañadas de unas negras medias que torneaban sus piernas.
La observaba sentado en un sillón, y cuando se acercó a darme mi copa, mi mano derecha se introdujo bajo su falda, y acariciando la cara interna de sus muslos, avanzó hasta encontrar su calido sexo.
Ella dio un respingo y se puso rígida, pero no dijo nada y se dejó hacer. Complacido observe, primero, que efectivamente llevaba su sexo depilado y, segundo, que la excitación del momento comenzaba a jugarle una mala pasada.
Creo que el saberse excitada por la situación la hizo sentirse más indefensa aun.
Le pedí que se sentara, y tomándome tranquilamente mi wozka, le volví a preguntar si aun esta dispuesta a cumplir nuestro acuerdo.
Me dijo que si, que estaba completamente dispuesta, y que, aunque podría parecer que lo dijera sólo por agradarme, que quería que supiera que no lo hacía solo por el dinero.
Mirándola a los ojos, supe que decía la verdad.

domingo, 25 de enero de 2009

Dicen que los hombres y las mujeres somos muy diferentes.
Siento deciros que yo, personalmente, no estoy de acuerdo.
Y mucho menos después de ver este vídeo...
Tenemos nuestras diferencias, si, pero en el fondo...

Feliz domingo para tod@s




Sayiid

sábado, 24 de enero de 2009



Esta noche os dejo aquí los capitulos segundo y tercero de a historia de María.
Confio en que os agrade.
Poco a poco la historia irá entrando en "calor".


CAPITULO II
Aunque ya había tomado mi decisión nada más salir de aquella casa, decidí tomarme mi tiempo y madurarla convenientemente, ya que era importante decidir la manera de llevar a cabo lo que deseaba. Por eso me relajé compartiendo mesa y mantel con mis amigos, y pasé la tarde del domingo tranquilamente en casa, escuchando música, leyendo, e imaginando a la enigmática María, allí sola, en su casa.
Por otra parte, quería también poner a prueba su carácter, y comprobar su reacción frente a tan inusitada oferta, por lo que decidí sacarla, si no de contexto, si al menos de tiempo y lugar.
Es por eso que no marqué su teléfono hasta la misma madrugada de aquel domingo, cuando las manecillas del reloj ya pasaban de las dos de la mañana. Sabía, por que así lo había dicho ella, que madrugaba para trabajar, así que supuse que a esa hora estaría ya en la cama, placidamente dormida. Quería, una vez más, comprobar su reacción y ver como actuaba, si con aceptación, con ira o con sumisión.
Así que, marcando el teléfono que me había dado, esperé pacientemente a que el tono sonara unas cuatro o cinco veces antes de escuchar su adormilada voz…

- ¿Dígame?
- Hola María, soy yo
- Hola
- ¿te sorprende que te llame a estas horas?
- No, esperaba su llamada
- ¿Si?. Me agrada saberlo. ¿No será quizás un poco tarde para ti?
- No, puede llamarme cuando quiera
- Muchas gracias, te lo agradezco. Te llamo por que quiero hacerte una oferta que espero sea de tu agrado.
- Dígame usted.
- Quiero hacer una compra, pero no es la casa en si lo que me interesa. Mi oferta es la siguiente: yo te daré el dinero que tienes que darle a tu exmarido por la casa y tu podrás seguir siendo la dueña y viviendo en ella. De esta manera podrás conservarla. A cambio de ese dinero, tu pasaras a servirme durante un periodo de seis meses, transcurrido el cual, si no deseas seguir conmigo, podrás libremente rescindir el contrato y quedarte con toda la casa. Todo esto, por supuesto, lo firmaré ante un notario. No pienses que deseo engañarte.
Si mi propuesta no te satisface, convenceré a mis amigos para que se queden con la casa, y así, pase lo que pase, tus problemas económicos quedaran siempre solventados.
- Es decir, no compra usted la casa… sino a mi.
- Si, más o menos esa es la idea.
- ¿Y en que consistirán mis servicios?
- Pasarás a pertenecerme. Serás completamente mía día y noche, siempre a mi disposición. Vestirás a mi gusto, vivirás a mi gusto, y tendrás que satisfacer todos mis deseos, siempre y cuando no supongan algún problema moral o ético para ti. Por supuesto, tampoco podré poner en riesgo tu salud física o psíquica.
- Es decir, quiere usted que me convierta en su sumisa particular.
- Eso es, me alegra no haberme equivocado al pensar que no desconocías el tema; eso hará que sea todo mucho mas sencillo
- No lo conozco en profundidad
- Bueno, no necesito que me contestes ahora mismo. Comprendo que es una proposición un tanto… sorprendente, y que tendrás que pensártelo con tranquilidad. Imagino que te surgirán muchas dudas que tendremos que hablar, si decides tomar mi oferta como una posible opción.
- Sólo tengo una duda.
- Tu me dirás
- ¿Cuándo empieza mi servicio?
- ¿Es esa tu única duda?
- Si, Señor
- Pues si quieres, desde ahora mismo.
- Que así sea.
- Bien, entonces ya iremos concretando más tranquilamente tus deberes y obligaciones. Ahora puedes descansar. Te llamaré mañana para concretar el tema económico.
- Como usted desee.
- Que pases una feliz noche
- Gracias

CAPITULO III

Nada más colgar el teléfono sentí esa extraña sensación de éxtasis que se siente cuando uno ha conseguido aquello que deseaba. Lo cierto es que había imaginado que iba a ser todo mucho más complicado, y a decir verdad, tanta facilidad no resultaba especialmente tranquilizadora, pero de momento no había nada definitivo, tan sólo unas palabras través de una comunicación telefónica.
Por supuesto, tendría que poner a prueba a María antes de entregarle esa importante cantidad de dinero, pero ahora me sentía satisfecho de mi mismo, por lo que decidí que era hora de dejar reposar mi cuerpo y mi mente. Tiempo habría de avanzar en el tema.

viernes, 23 de enero de 2009

Bienvenidos y bienvenidas todos a la Mansión.
Permitidme recordaros que sus puertas estarán siempre abiertas y que siempre sereis bien recibidos.
Pasad, pasad y acomodaos; estáis en vuestra casa.
Este, más que mi blog, espero que sea el blog de todos aquellos que deseeis formar parte de él.Todos los que queráis participad simplemente tendréis que mandarme vuestras colaboraciones a mi dirección de correo electrónico (Sayiid@hotmail.es) y podréis ser participes todos de esta aventura.
También se admiten criticas, sugerencias y, por supuesto, alabanzas. Estas ultimas serán especialmente tenidas en cuenta...
Y para empezar el blog, os pondré el primer capitulo de una larga historia que estoy escribiendo a ratos. Es una novela erótica basada en el mundo de la Ds.
La idea original no es mía, sino de mi buena amiga cavabaja, una mujer con unas ideas tan peligrosas, que ni ella misma conoce su autentico poder.
Aprovecho la ocasión para mandarles un beso a cavabaja y a Marsalada (principales impulsoras de que se reabra este blog), y besos y abrazos para todos los demás amigos y amigas que me soportan a diario sin apenas quejarse.
Muchas gracias a todos y espero veros por aquí a menudo...

Sayiid
CAPITULO I

Mi historia comienza una fría mañana de Febrero. Era domingo, y había quedado con una pareja de amigos para ir a tomar algo antes de comer. Cuando llegué a su casa, para mi sorpresa, los planes habían cambiado. Habían quedado para ir a ver un chalet que estaba en venta en las afueras de la ciudad. Ciertamente, no eran los planes que yo tenía en mente, y menos para un domingo por la mañana, pero mis amigos insistieron en que los acompañara porque mi opinión les sería de mucha ayuda. Como tampoco tenía nada más que hacer, decidí acompañarlos después de conseguir que me prometieran que la visita sería corta y que después me invitarían a comer como pago a mi “sacrificio".
El viaje no fue demasiado largo. Además, desde mi perspectiva en el asiento posterior, pude solazarme con la visión de las preciosas piernas de la mujer de mi amigo. Se había puesto una faldita corta, amplia, de vuelo, y al sentarse, como por descuido, dejó que la falda se recogiese bajo su bien torneado trasero, dejando a mi vista, y a la de su marido también, claro está, unas preciosas piernas enfundadas en unas suaves medias de seda negra. Una buena manera de amenizar el viaje.
Al llegar a nuestro destino, se trataba, más que de un chalet, de una pequeña mansión situada en lo alto de una loma, aislada del resto de casas de la zona, al que se accedía por un camino de grava que subía hasta la puerta principal. Era una casa grande, con amplios ventanales, y un porche de madera con su correspondiente balancín para sentarse cómodamente a ver las puestas de sol. Una “casita de muñecas”, pensé al verlo.
Según se encargó de contarme la mujer de mi amigo, girando su preciosa carita hacia mí, y descubriendo, no sin cierto deje de orgullo por su parte, como mis ojos seguían la curva de sus piernas hasta aparecer ligeramente insinuada la blonda de sus medias, la casa pertenecía a una mujer recién divorciada, que la ponía en venta por que necesitaba el dinero para darle la parte que le correspondía a su ex marido. La típica historia aburrida de siempre.
Aparcamos en la entrada y pude ver que en la parte trasera de la casa había una caseta de madera, de esas prefabricadas, de un tamaño considerable, suficiente para que una persona pudiera vivir en ella, si al menos no con comodidad, si con cierto confort. Me sorprendí imaginando al ex de la vendedora durmiendo allí más de una noche después de que ella le hubiese echado de casa. No sé porque, pero en mi mente ya la había catalogado a ella como una de esas mujeres rencorosas, con mal genio, incapaz de hacer feliz a un hombre. Como ya veremos más adelante, aquel día, mi intuición estaba claramente de vacaciones.
Subimos las escaleras que conducían al porche, yo detrás de mis amigos, más que por educación, por poder disfrutar una vez mas de las estupendas piernas y el fantástico culo de mi amiga, y me quedé ligeramente detrás de ellos mientras mi amigo llamaba a la puerta.
Pasados unos instantes apareció en el umbral la divorciada. Desde luego no era como yo la había imaginado. Era morena, con el pelo largo, no demasiado alta, delgada, pero con formas rotundas, pechos generosos y un algo en la mirada que me atraía sin saber por qué. Llevaba el pelo recogido en una coleta, y vestía una camiseta ajustada y unos vaqueros gastados. Me gustó el detalle de que fuera descalza, pese al frio que hacía en la calle.
Nos invitó a pasar y amablemente nos ofreció un café que rechazamos. Mi amigo estaba interesado en ver la casa por si le podía interesar como inversión. Yo, como no tenía el más mínimo interés especulativo, me dediqué a descubrir algo más de la mujer que nos había recibido en su casa a través de sus cosas.
Nos mostró la cocina, limpia y ordenada, a pesar de ser menos de las doce de la mañana de un domingo. Me agradó el orden que reinaba en la casa. Lógicamente, ella sabía que íbamos a ir, pero aun así, se notaba que el orden era lo normal, no una excepción. El salón era más de lo mismo, aunque me llamó la atención una pintura que representaba a una mujer en posición sumisa, con la cabeza baja y las manos a la espalda, de rodillas. Un cuadro que, sin ser excesivamente provocador, si que llamaba la a tención. No pude resistirme a preguntarle quien era el autor de tan preciosa pintura.
- Lo pinté yo hace un par de años
- ¿Es usted pintora?
- Solo como hobby
- Un gran trabajo
- Gracias.
Seguimos visitando la casa, de dos plantas. Yo tenía especial interés en ver su dormitorio, ya que la curiosidad comenzaba a anidar en mí. Y cuando entramos en él, no pude sentirme para nada decepcionado.
Era un dormitorio clásico, con muebles de madera antigua, y una cama de barrotes, de hierro forjado, que son mi debilidad.
Sobre la cómoda, semiocultos por un pañuelo negro de seda, pude ver unas pequeñas pinzas unidas por una cadenita de plata. Mi observación no pasó desapercibida, pues ella, inmediatamente, se acercó y, tapándolas con el pañuelo, las metió en un cajón, disculpándose por el desorden, lo cual era muy extraño, ya que su habitación estaba igual de ordenada que el resto de la casa.
Mirándola a los ojos le dije que no se preocupara, que estaba todo bien y ella, en ese instante, y por primera vez, dejó de mirarme y bajó su mirada como si supiera que su secreto había sido descubierto por mí.
Una vez inspeccionada la parte alta de la casa, bajamos de nuevo a la primera planta y allí observé una puerta de madera que encerraba un cuarto que no nos había enseñado. Picado por la curiosidad le pregunté a donde llevaba esa puerta, y me dijo que era una escalera interior que llevaba desde la casa al garaje que estaba en la parte de abajo.
Le pedí si podía enseñárnoslo, lo que extrañó a mis amigos, ya que se estaban dando cuenta de que mi desinterés inicial por la visita, había dado paso a una especie de curiosidad por todo lo que escondía aquella casa.
Ella accedió a enseñarnos el garaje, pero la mujer de mi amigo dijo que no le apetecía bajar por aquella angosta escalera, y el nos dijo que bajáramos nosotros, que nos esperarían fuera, echando un vistazo al jardín.
Precedido por la dueña de la casa, bajamos la escalera y dimos a un amplio garaje, limpio y
ordenado, pero en el que no había ningún vehículo. Ella, sin decirle nada, me explicó que su ex marido se había llevado el coche, un todoterreno, y que ella prefería usar el transporte público para ir a su trabajo, ya que la parada del autobús estaba justo al final del camino que conducía a la casa.
Ni que decir tiene que eso a mí no me importaba lo más mínimo, pero lo que si llamó mi atención fueron unas argollas ancladas en una de las paredes, y un gancho que colgaba del techo.
Al inquirirla sobre el significado de tales elementos, ella, bajando de nuevo la mirada y sintiéndose, esta vez si, totalmente azorada, solo consiguió decir entre dientes que a su ex marido le gustaba la caza y que usaba esas argollas para prepararla. Le pregunté que, si era por eso, que donde estaba el congelador donde metía la carne ya preparada, y ella, sin contestar a mi pregunta, me dijo:
- Será mejor que subamos, sus amigos ya deben estar echándonos de menos.
- Por supuesto, faltaba más; usted primero, por favor
Subimos los dos por la estrecha escalera hasta la planta de arriba y cuando nos dirigíamos hacia la puerta para avisar a mis amigos, le dije lo mucho que me había gustado su casa y que por favor, me diera un teléfono de contacto para poder hablar con ella si me decidiera a comprarla.
Ella extrañada me dijo:
- ¿Pero no eran sus amigos los que estaban interesados en la casa?
- Bueno, si, así es, pero dígame lo que pide por ella y haré cuentas
- Como guste, me da igual vendérsela a ellos que a usted.
- ¿Seguro?
Una vez más, y ya iban tres, agacho su cabeza y acercándose a un mueblecito de la entrada me apuntó su número de móvil y lo que pedía por la casa.
- No me ha puesto su nombre
- Me llamo María
- Muy bien María, puede que tenga usted noticias mías en unos días.
Y cediéndole el paso, salimos a la calle, donde mis amigos nos esperaban apoyados en el coche, listos para irnos.
Después de la despedida, nos dirigimos de vuelta a la ciudad comentando los pormenores de la vivienda, y para sorpresa, una vez más, de mis amigos, yo le saque a la casa todas las pegas que se me ocurrieron, con objeto de disuadirles de su primera intención que era hacerse con ella.
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