Prologo de El Libertino

sábado, 31 de octubre de 2009






















Noche de Todos los Santos.

Noche de brujas y espíritus.
Noche de calderos y escobas.
De visiones y encuentros…
Noches de carneros erguidos a dos patas…
Noche de hongos alucinógenos y hierbas afrodisíacas…
De conjuros y lamentos…
Noche de Santas Compañas..
De fuegos fatuos y apariciones…
De brebajes malolientes y hechizos de mal de ojo…
Noche de entrega de vírgenes a o Demo…
Noche de sapos y culebras…
De búhos y lobos…
De gusanos que se arrastran por la tierra…
Esta es la noche…
No busquéis aquí calabacitas con velitas en su interior…
Ni siluetas de murciélagos esqueléticos de cartón…
Eso son inventos de las nuevas tierras que, al no tener tradiciones, se las inventan.
Nosotros no necesitamos inventarnos nada porque tenemos magos y brujas,
Druidas y robles,
Bosques mágicos y lunas llenas.
Tenemos el Necronomicon y los gatos negros…
Brujas con verrugas y espíritus errantes,
Bosques mágicos y casas encantadas…
Incluso tenemos a nuestro Don Juan y a su entregada Inés.
No, amigos míos, no… no busquéis en esta Mansión cartelitos de Halloween
Ni bolsitas de chuches, ni calabacitas sonrientes, ni trucos ni tratos…
Aquí los tratos se firman con sangre, no con glucosa…
Esta es mi Mansión y aquí se celebran ritos, no fiestas de disfraces.
Si lo que buscáis es pasarlo bien y reíros y disfrazaros de bruja o de hombre lobo,
Os habéis equivocado de lugar…
Id, aullad, cantad, reíd, follad… pero por ahí al lado,
Porque aquí, en la Mansión,
Los espíritus siempre serán tratados con el mayor de los respetos.
Noche mágica, noche especial, noche única, noche mística…
Visitantes, vivos o muertos, sed bienvenidos a Mi Mansión…
Y poned cuidado de al lado de quien os sentáis…


Sayiid





viernes, 30 de octubre de 2009

Porque en las relaciones BDSM, como en todo en esta vida, o se tiene verdaderamente claro lo que se quiere... o luego pasa lo que pasa...
¿Y TU? ¿LO TIENES CLARO?




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jueves, 29 de octubre de 2009




Conversaciones con Sayiid


- Mi Señor… ¿debe una esclava amar a su Amo?. ¿Y puede un Amo amar a su sierva?

- Mi dulce esclava… ven, siéntate en el suelo, aquí a mi lado; apoya tu cabeza en mis rodillas y déjame que te explique, mientras me solazo acariciando tu suave cabello.
Por supuesto que un Amo debe amar a su esclava. ¿Acaso no debe un Amo proteger a su sierva? ¿Y cómo se podría proteger y cuidar algo a lo que no se ama? Ciertamente, mi esclava, un Amo ha de sentir amor por su sierva. Ha de amarla y protegerla. Ha de sentir por ella cariño, amor, deseo y pasión. Solo así podrá cuidarla como se merece. Ahora bien, mi entregada esclava, si bien es cierto que un Amo puede y debe amar a su esclava, no es menos cierto que una esclava no solo ha de amar a su Amo, sino que ha de sentir autentica adoración por él. ¿Cómo si no podría una mujer entregarse a un hombre, si no lo viera inmenso, perfecto, puro y sublime como un dios? Solo si le ama así, solo si le ve como un ser superior podrá sentir la paz necesaria para entregarse a él. Ninguna mujer, por muy sumisa que sea, se entregaría jamás a un hombre en el que no confiara. Es precisamente ese el problema, pues es ciertamente imposible conseguir que una mujer te vea así eternamente. Somos seres humanos, mi sierva, de carne y hueso, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Y será entonces, cuando veas mis defectos, cuando compruebes que soy tan humano como tú, cuando dejarás de verme como me ves ahora, y me verás simplemente como un hombre que te domina. Y es entonces, mi esclava, cuando te preguntarás cuales son mis meritos para dominarte, y ese será el principio del fin, puesto que mi poder sobre ti no emana de mí, sino de ti misma. Eres tú, mi esclava, con tu entrega, la que me haces Amo tuyo. Yo podría dominarte a través del miedo, del dolor, del chantaje, pero… ¿sería entonces un Amo o un simple maltratador? Jamás, mi sierva, te haría algo así. Yo deseo tu entrega, no tu miedo. Pero llegará el día en que veas en mí más defectos que virtudes y me abandonaras. Y el problema, mi dulce sirvienta, es que en ese momento comprenderás que, si has sido incapaz de confiar en mi, en tu Amo, en ese que te descubrió tu verdadero yo… jamás podrás confiar en ningún otro, puesto que ellos ya serán meros continuadores de mi tarea. Es por eso, sierva mía, que debemos aprovechar nuestro tiempo y disfrutarlo al máximo mientras, cada vez que te mire, pueda ver cómo te brillan los ojos de excitación. El día que tus ojos pierdan ese brillo significará que tu entrega y nuestro contrato habrán finiquitado. Y ese día los dos moriremos un poco más aun.

- Pero Amo, yo…

- Shhhhhhh, calla mi esclava, no digas nada… tan sólo mírame y hazme feliz.

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miércoles, 28 de octubre de 2009


Atada y sometida

Tu cuerpo, desnudo y sudoroso, estimula mi lujuria.

Las rojas marcas que cruzan tu piel, mi imaginación.

Los suaves gemidos de dolor de tu garganta, mi ternura.

Los rudos nudos que fijan tus muñecas, mi dominación.


Tus ojos cerrados me muestran tu entrega.

Tus piernas abiertas, tu aceptación.
La humedad caliente de tu sexo, tu placer.
Las calladas lágrimas de tus ojos, tu condición.


Eres mía porque así te siento.
Eres mía y por eso te deseo.
Eres mía porque tú me lo permites.

Eres mía por deseo de los dos.


Tiembla la fusta en mi mano cuando te miro.

Se inflama mi deseo cuando te someto.

Me siento un dios cuando te utilizo.

Estallo de placer cuando te tengo.


Tu entrega me une a tu vida,

Tus cadenas me atan a ti,

Soy tu Amo, tú ya eres mía,
Tanto como yo lo soy de ti.

 

Pues tu entrega es lo que mas deseo,
Y es tu alma lo que ansío de ti.
A cambio yo te doy mi cuerpo,

Te doy mi mente y me doy a ti.


Y que el destino que nos ha unido,

Jamás se arrepienta de traerme aquí,

Pues es tu esencia lo que yo necesito,

Porque la necesito para poder vivir…


Sayiid

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martes, 27 de octubre de 2009

Estamos a finales de octubre, pero ya que el tiempo aun acompaña...
¿Porque no sacar a pasear a tu "perrita"?
Por lo visto es lo que piensa esta Ama.
Y por lo visto a su sumisa no le importa lo más minimo.
Disfrutad del paseo y de la vida... y de todo lo que podais.

lunes, 26 de octubre de 2009

"Porque"
 
Porque aunque yo ya no forme parte de tu vida, tu siempre formaras parte de la mía…

Porque aunque me tengas por insensible, yo siento tanto como el que más…

Porque aunque tú ya no aceptes mis regalos, ellos seguirán ahí, esperándote…

Porque te llames como te llames, para mí siempre seguirás siendo la misma…

Porque a pesar de todo lo pasado, siempre ocuparas un hueco en mi corazón…

Porque te dejé elegir, y te equivocaste…

Porque ya no crees en mi ni me dejas creer en ti…

Porque siempre creíste que lo nuestro era imposible…

Porque probablemente ni siquiera leas mi dedicatoria…

Porque me apetece regalarte esta canción.

Por todo eso y por todos los años vividos a tu lado…


FELICIDADES EN TU DÍA

 
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domingo, 25 de octubre de 2009



Solo yo no encuentro espina que oprimir,
dolor que amar,
alianza en que morir gozosamente.
Tu estás conmigo, pero yo voy solo.
Tan dentro estas de mi que no pronuncio
mas que tu nombre y como de tu boca.
Querer ver es no ver,
alargar las manos es perderte. Y tú preguntas
por mí en tu reino cada tarde, y llamas.
En lo que no soy yo te busco y, sin embargo,
eres yo mismo; mi arca, mi abandono
mi búsqueda de ti,
oh pan de cada día,
mas mío que mi carne
y mi hueso emboscado.
Todo es cadena, pero tu me arrastras
a la vertiginosa quietud en donde moras,
a lo hondo de mi casa, a la recóndita cámara,
en la que me esperas coronada,
sol de sol y modelo de jardines,
para enredarme con el gesto en que
se olvidan de sí mismos los amantes

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jueves, 22 de octubre de 2009

La primera vez... el despertar al mundo de los sentidos, de los deseos, de las necesidades...
La primera vez de un joven curioso y atrevido...
Quizás no fue como él esperaba pero... que deliciosas son siempre las primeras veces... y las otras...




FRUTAS EN LA SIESTA


La casa era inmensa, lejos de la ciudad.
Había en ella muchas habitaciones frescas y luminosas; un aljibe con brocal de piedra; extensos prados sembrados de frutales, y tenía mi madre sirvientas que con diligencia atendían nuestras necesidades y también caprichos.
Éramos muchos de familia: mis padres, mis abuelos, mis hermanas, y mi tía María de la Soledad.
 -Solita nunca se casará- dijo ese mediodía mi madre, durante la comida, al entrar en el comedor trayendo una enorme bandeja con frutas, interrumpiendo la conversación de mis hermanas, que hablaban de noviazgos y de bodas
-porque no hay varón en los alrededores que la merezca.
 -Y agregó mientras depositaba la bandeja:
 -La fruta es buena, tiene mucha vitamina.
-Tía Solita siempre tiene una bandeja llena en su cuarto, dijo mi hermana.
Ella asintió con la cabeza.
-Los hombres son todos unos cerdos, únicamente piensan en una cosa que yo me sé- retomó el hilo la abuela; y dirigiéndose a María de la Soledad:
-Los hombres no te hacen falta para nada, Solita, que así estás muy bien. Si tuviera que volver a casarme, me lo pensaría dos veces.
Y dirigió una mirada irónica por encima de las gafas al abuelo, frunciendo el ceño y alzando las cejas. Él no se inmutó, entretenido como estaba en llevarse una breva rosada a la boca.
Tía Solita sonreía, a menudo abstraída, mostrando los dientes blancos y casi perfectos, tal vez algo separados, sin hacer caso a los comentarios de mamá ni a los consejos de la abuela.
El escote cuadrado de la blusa, con volantes blancos, era otra bandeja custodiando extraños frutos silvestres. Alargó una mano con suavidad y cogió una naranja, que comenzó a darle vueltas entre los dedos, presionando aquí y allá con los pulgares mientras la giraba. La fruta cedía bajo sus manos finas, de uñas perfectas y largas, lacadas de rojo intenso. Como asestando una puñalada certera, la uña del pulgar practicó un agujero redondo en la fruta, del que surgieron gotas doradas, que se apresuró a recoger con la punta de la lengua. Enseguida pegó su boca al orificio; como una sanguijuela asesina fue sorbiendo el líquido hasta dejarla vacía, aplastada, y abandonó el ollejo en el plato con indiferencia. Se chupó la punta de los dedos uno por uno, los ojos fijos en un punto perdido entre las flores rosas del empapelado.
Yo era un adolescente inquieto correteando de continuo por toda la casa, metiéndome en sitios insólitos, escondiéndome debajo de las mesas, detrás de los cortinados, dentro de los armarios, espiando siempre a los mayores, llevando y trayendo recados, cuchicheando con las criadas y levantándoles las faldas.
-¡Señorito Rodrigo! Se lo diré a su madre.
Vanas amenazas que jamás cumplían, y que, de ocurrir, mamá nunca creería.
Durante una siesta, cuando todos dormían bajo los ventiladores de techo, encerrados a cal y canto dentro de los tupidos mosquiteros de gasa, y los pájaros gorjeaban con pereza entre el follaje umbrío, protegidos del sol abrasador, me introduje sin ser visto en el cuarto de tía María de la Soledad, que era un santuario de silencio.
El aroma de la madera encerada de los muebles y el suelo embebía el aire fresco detenido en aquél ámbito eternamente.
Había flores en un búcaro, recogidas esa mañana del jardín, y el polen amarillo furioso formaba un círculo sobre la superficie oscura del mueble.
Al abrir ligeramente uno de los cajones de la cómoda, escapó un intenso olor a jabón y a lavanda, y entreví un paquete de cartas manoseadas.
La cama era muy alta, con una enorme y mullida almohada de impecable blancura.
Con cuidado volví a cerrar el cajón, y me acerqué a la cama.
Hundí mi cara en la almohada y aspiré profundamente el olor que encerraban sus plumas: el olor de María de la Soledad, la estela de lavanda y menta que dejaba a su paso, que todo lo impregnaba.
Oí pasos viniendo por el patio y me escondí detrás de un cortinado.
Al poco entró ella y cerró la puerta con llave. Las persianas estaban bajadas y el sol entraba desgarrándose en tiras, formando renglones alternos de luz y de sombra en el suelo y los muebles.
Se sentó al tocador y permaneció largo rato mirándose al espejo.
Como en un rito se llevó las manos al pelo y comenzó a quitarse horquillas hasta que éste cayó abundantemente sobre los hombros y la espalda.
Desde mi escondite podía ver su perfil recortado contra el rosa intenso de la pared.
María de la soledad era muy hermosa a pesar de sus treinta años de soltera.
Uno a uno fue desabrochando los botones de nácar de la blusa con escote de encaje, dejando al descubierto su pecho moreno, sus senos prietos coronados por pezones oscuros, casi negros, que cogió con ambas manos y comenzó a acariciar, sin quitar la mirada del espejo.
Sentí por vez primera, el fuego que produce vértigo, apoderándose de mí, recorriéndome y acumulándose con más intensidad en mis mejillas, y también percibí una urgencia más abajo, allí donde nace el misterio, la imprudencia, que a veces, ajena a mi voluntad, se rebela insinuando perfiles indiscretos, que me obligan a huir hacia los rincones.
María de la Soledad se puso de pie, se dirigió al otro extremo de la habitación con la blusa abierta, los pechos temblorosos surcados de luz. Abrió un amplio armario cuyas puertas tenían espejos en su reverso, se alejó unos pasos y, sin dejar de enfrentarse a ellos, comenzó a desnudarse, quitándose la blusa y las múltiples enaguas blancas, cremosas, que encerraban su cuerpo.
Olor a hierbas salvajes, a menta y a eucalipto.
Ante mis ojos perplejos, fue apareciendo un cuerpo tallado en maderas oscuras; sus glúteos macizos y redondos se doraban con cada trazo de sol, y desde allí descendían sus piernas de carnes apretadas, maduras y fuertes.
Por primera vez reparé en sus pies desnudos, que eran diminutos y rosados.
Desde mi escondite, ansiaba acariciar aquel cuerpo, que, como una cebra pintada con rayas de luz, se movía displicente en la siesta.
Ya desnuda, se dirigió al centro de la habitación, hacia una mesa donde estaba la enorme bandeja con olorosas frutas: manzanas, cerezas, duraznos, plátanos, uvas, ciruelas verdes y rojas, mangos, guayabas y damascos.
Tomó el frutero en sus manos, se sentó en el suelo, sobre la alfombra de yute, y esparció el contenido alrededor suyo.
 El sol debía estar en su cenit, cuando María de la Soledad se tendió sobre la alfombra y comenzó a acariciar su cuerpo con las frutas, frotándose los muslos con la piel suave de los duraznos, colocando manzanas brillantes entre sus pechos, en frágil equilibrio sobre sus pezones, disputando con sus labios el color de las cerezas, detectando el frescor de las ciruelas con los párpados cerrados, aplicándolas sobre ellos como un bálsamo.
Detrás de la cortina, mi piel se humedecía con el bochorno de la siesta, y con ése otro calor abrasador que nacía entre mis muslos y se extendía como un reguero por todo mi cuerpo.
María de la Soledad, suspiraba sobre la alfombra, cubierta por un ligero rocío, abierta de piernas, dirigiendo hacia mi escondite su mata convexa de vello renegrido.
Sobre su vientre, la depresión del ombligo impedía que rodara una ciruela roja como un coágulo. Con una manzana acarició, arriba y abajo, arriba y abajo, aquel vértice que, ante cada estímulo, insinuaba una sístole rosada mordisqueando la fruta.
Enseguida, mis azorados ojos vieron cómo aquella abertura devoraba una uva, y luego otra.
María de la Soledad desgranaba un racimo alimentando su boca secreta.
Luego, de rodillas y con la cabeza echada hacia atrás, las uvas, una a una, fueron reapareciendo, como enormes lágrimas verdes y redondas, cayendo sobre la alfombra y rodando hacia todos los lados.
Noté algo deslizándose a lo largo de un canal interior muy oculto, una especie de mudo llanto intermitente, que emergía dejando manchas transparentes en mi ropa interior. Delatores vestigios de mi inquietud velada, que inducen a la risa a las sirvientas, cuando lavan la ropa en los barreños y cuchichean con ojos brillantes de malicia.
 -Parece que el señorito Rodrigo se nos está haciendo un hombre...
No podía evitar ese fluir entre mis piernas, lento pero implacable. Mis manos luchaban por permanecer en silencio, por evitar asir y sosegar ese martillo en las sienes que ensordecía mis oídos, que amenazaba con reventarme los tímpanos.
Estaba seguro que María de la Soledad, tarde o temprano, escucharía mis múltiples latidos delatores, retumbando detrás de la cortina.
Sus manos tropezaron con un plátano dorado que logró extraer de su estuche. Sus uñas, a punto de clavarse en la piel gruesa de la fruta, se detuvieron rozándola. La incisión quedó trunca y el plátano salió indemne de sus dedos, para desaparecer en la oscuridad azulada de su entrepierna, que con espasmódica gula adaptaba su garganta a la curvatura de la fruta. Una centella pareció sacudir su cuerpo, y ella se incorporó con un gemido, luego dejó caer la cabeza hacia adelante, el torrente de pelo negro se precipitó formando una cortina de destellos que ocultaron su vientre, impidiéndome continuar viendo aquel festín. Un nuevo estertor la llevó a sacudir la cabeza hacia atrás, al vuelo su cabello dejó expedita mi visión, y mis ojos atónitos contemplaron cómo aquella fruta se perdía entre las sombras de sus muslos.
Mis pantalones estaban a punto de estallar, mis dedos ágilmente fueron liberando botones de uno en uno, dejando sitio al volumen cálido que amenazaba abrasarse, ahogarse entre líquidos.
En ese instante, una manzana rodó accidentalmente hasta situarse a pocos centímetros de mi escondite; su rumor llenó la estancia y la siesta como un trueno.
 Enseguida se abrió una brecha de silencio al que sólo mis sienes traicionaban.
María de la Soledad, arrastrándose entre frutas, con el plátano alojado en su escondite, se acercó en su busca. Ante su proximidad me quedé paralizado. Las piernas me sostenían milagrosamente, como a una estatua de carne aguardando el hálito de vida, sintiendo el sonoro golpeteo de mi corazón inflamando mis sienes, con mi rebelde fruto entre las manos madurando el deseo.
Ella debió de descubrir mis pies asomando por debajo de la cortina, porque se incorporó y retrocedió espantada, cubriéndose con las manos los pechos, y apretando los muslos entre los que asomaba un extremo de la fruta dorada.
Gruesas gotas caían de mi frente, me ardían las palmas de las manos.
 -¿Rodrigo?-dijo con un hilo de voz,- ¿eres tú?
No pude contestar, mi garganta se hallaba ceñida por un puño de miedo y vergüenza. Al cabo de un instante, y sin quitar los ojos de mi escondite, se aproximó, descuidando sus manos que hasta ese entonces habían escamoteado de mi vista su pudor, y asiendo con furia la cortina la abrió de un tirón brusco, dejándome al descubierto.
Me echó una mirada de acero, recorriendo mi cuerpo de arriba a bajo, como un estilete abriéndome en canal:
 -¡Cerdo! Me has estado espiando durante todo este tiempo.
Y agarrándome del pelo me llevó hasta el centro de la estancia, allí donde se hallaban las frutas desparramadas sobre la alfombra. De pie, perplejo y humillado, vi los ojos oscuros de mi tía, que poco a poco se fueron ablandando.
El plátano cayó al suelo con un ruido sordo. Un leve rictus malicioso apareció en el rostro moreno de María de la Soledad, me acarició la cabeza y me dijo:
 -Te gustaría tocarme, ¿verdad?
Temblaba enmudecido, mirando fijamente al suelo, al plátano que yacía humedecido entre manzanas y limones, ante unos pies desnudos, rosados y perfectos, con uñas pequeñísimas y redondeadas como botones de nácar. Me abrazó suavemente. María de la Soledad era calentita como el tazón del desayuno en las mañanas de invierno. Sus brazos me apretaron aún más y mi cabeza quedó hundida en su pecho, entre duraznos cuyos picos afilados herían mis mejillas, y el olor a lavanda y a menta me sofocaba.
Mientras me acariciaba, susurrándome palabras que yo nunca había oído, y que sonaban dulces como almíbar, mi ave secreta volvió a tensar sus alas al contacto con unos muslos suaves.
María de la Soledad se arrodilló ante mí, la tomó entre sus manos.
-Este pajarito es muy travieso y un goloso.
A punto de perder el sentido, clavé la mirada en una de las ventanas, y a través de la persiana de bambú entreví líneas de paisaje inundado de sol, el verde matizado por los rojos vivaces de los malvones del patio, las jaulas de los canarios colgadas de las pérgolas, el blanco relumbrante de las sábanas tendidas en la cuerda, levemente agitadas por la brisa cálida, aleteando como palomas inmensas.
 -Veo que tú también tienes frutitas aquí- dijo pellizcándome suavemente.
 -Una fresa salvaje muy glotona... dos cerezas muy tersas, maduritas, con sus pipas dispuestas a sembrar a los vientos... una deliciosa bananita de plata algo verde aún, pero muy prieta ella, pelada y lista para ser engullida...
Su boca, una ciruela madura y caliente por el sol del mediodía, llena de vivacidad y energía, pareció devorar todas aquellas frutas que ella había enumerado.
Mis manos buscaron temblando sus senos, hallando enormes peras de agua maduras, con peciolos lacerantes de pura dureza.
Sin dejar el objeto de su apetito, sus manos comenzaron a despojarme de la ropa. Cerré los ojos y pude oír las voces de algunas sirvientas que comenzaban a recoger la ropa tendida al sol, sus risas, y las órdenes de mi madre.
Un penetrante olor a melones maduros subía hasta mí, despedido por cada uno de los poros de la piel de mi tía Solita.
María de la Soledad subió su boca por mi pecho hasta llegar a mi boca, donde dejó caer un beso distraído.
Se apartó un momento de mi cuerpo, me miró y dijo:
 -Qué buen mozo eres, Rodrigo. Cuando seas un muchacho las chicas perderán la cabeza por ti.
 Con una mano me sujetaba del cuello, con la otra recogió el plátano del suelo y lo devolvió a su estuche, cuyas tapas rosadas pronto lo velaron. Me cogió por los hombros obligándome a reclinarme, y me tumbó sobre la alfombra, boca arriba.
-Así, mi niño -murmuró.
Recogiendo mis piernas, las subió y colocó por encima de sus hombros. Yo me dejaba llevar por esas manos imaginando que era una fruta más, pulpa a su tacto y jugo en su boca. Con un espasmo de sus glúteos y su vientre, expulsó la mitad del plátano que emergió con violencia de aquella granada abierta y, mientras con una mano tapaba mi boca, con la otra cogió el alargado fruto y lo guió por vericuetos virginales con fuerza, de un golpe certero, a la par que me decía pegándome sus labios a un oído:
-Esto es por estar espiándome, ¡cochino!
Creí morir de dolor y contuve las lágrimas, hasta que María de la Soledad, con enorme pericia, comenzó a pasar la fruta de su cuerpo al mío, rítmicamente, deslizando calores y trasladando humedades de un sitio a otro, intercambiando cobijo a ese huésped certero cuya dureza hería la tarde, y templaba cuerdas insólitas e insospechadas, hasta que en la siesta estalló un grito único como el canto de un pájaro que muere.
Un intenso perfume a frutas inundó la estancia, el olor salvaje de los mangos, la fragancia refrescante de las manzanas, la acidez de los pomelos y limones, la embriagadora dulzura de los duraznos y las ciruelas.
Ella se incorporó, echó hacia atrás su pelo negro, cogió una manzana del suelo, con una uña larga y carmesí le hizo un corte a lo largo del ecuador, girando los hemisferios en sentidos contrarios la partió en dos con un chasquido, y colocó uno de ellos cubriendo mi fruto desfallecido, que de inmediato sintió una ráfaga de frescura. María de la Soledad extrajo el plátano todavía alojado en mi cuerpo, lo peló con la misma habilidad con la que había desgarrado en dos la manzana, se puso de pie y se alejó rumbo al cuarto de baño, mientras lo engullía, sin volver la cabeza.
Yo me quedé en el suelo, desnudo, como un ollejo de naranja estrujado, con el pecho cubierto por el alarido húmedo de mi fruto salvaje, mientras oía el agua correr eliminando toda impureza, todo rastro de frutas.
Durante la cena, María de la Soledad, con el cabello sujeto a la nuca, con sus múltiples enaguas olorosas a manzana y su perfume de azahar en el cuello, con los dedos jugueteando en los botones de su blusa, se comportó como si nada hubiera ocurrido durante la siesta, pero a los postres, cada vez que se llevaba una fruta a la boca, y demoraba el mordisco acariciando con los labios la piel fresca, bajaba los ojos negros púdicamente.

Norberto Luis Romero

miércoles, 21 de octubre de 2009





"Nunca voy a ver películas donde el pecho

del héroe es más grande que el de la heroina"

Groucho Marx

martes, 20 de octubre de 2009

Amo y sumisa...
Dos cuerpos... un alma...
Dos vidas... un sentimiento...
Dos personas... una sola entidad...
Amo y sumisa...  unidos hasta la muerte...
Porque solo la muerte puede romper un lazo eterno....



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lunes, 19 de octubre de 2009




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"Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes."

Napoleón Bonaparte.

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Manejar el silencio es más difícil que manejar el látigo.

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viernes, 16 de octubre de 2009




"Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora"

"Carta de una desconocida"- Stefan Zweig
Tributo de la sumisa sonia a su amo Quinn.
Pasión, entrega, dolor... ¿no es ese el verdadero amor?.
Dar todo a cambio de nada...
Vaya desde aquí mi reconocimiento a todas esas mujeres que tienen el orgullo de poder
llamarse a si mismas "sumisas".

Sayiid




miércoles, 14 de octubre de 2009

Mira que tengo mala suerte, que todo aquello que me gusta... es ilegal, es inmoral o engorda;
Bueno, la verdad es que hay una cosa que me gusta hacer que adelgaza, sobre todo si se
practica a menudo... pero esa es ya otra historia

Sayiid

Vivo condenado en hacer lo que no quiero
De tan bien comportado a veces yo me desespero
Si hago alguna cosa siempre alguien va a decir
Que esto o aquello no se debe hacer.


Qué me importa a mí, ya no sé más qué es lo cierto
Y cómo he de saber o qué es lo que debo hacer
Qué culpa tengo yo, amigo dímelo
Será que lo que a mí me gusta
Es ilegal, es inmoral o engorda


Yo sé que me perdí entre mil filosofías
Me he vuelto un ser callado y también desconfiado
Procuro andar derecho en buena dirección
Más ciertas cosas siempre me llaman la atención
Trato de andar bien pero yo no soy de fierro


Me pongo a pensar y no puedo cambiar
Qué culpa tengo yo amigo dímelo
Será que lo que a mí me gusta
Es ilegal, es inmoral o engorda


Si a alguien yo conozco en un encuentro casual
Y todo anda bien en una charla informal
Cálida la noche, sugiere disfrutar
De mi terraza toda la belleza del mar
Más la noche es una niña, delicias del café al despertar


Entonces qué hay que hacer ya no quiero más saber
Si como alguna cosa que no debo comer
Si lo que a mí me gusta
Es ilegal, es inmoral o engorda


Será que lo que a mí me gusta
Es ilegal, es inmoral o engorda
Si lo que a mí me gusta
Es ilegal, es inmoral o engorda



martes, 13 de octubre de 2009

Hoy toca un poquito de humor, que falta nos hace a tod@s...
Eso si, debidamente aderezado con unas preciosas fotos, que no solo de chistes vive el hombre y la mujer...

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VIRGEN TRAS SEIS MATRIMONIOS.


Un guardia civil de tràfico, se casa con una mujer que ya se había casado anteriormente 6 veces. La noche de bodas, en la habitación del hotel, la novia le dice:

-¡Por favor, mi amor, sé delicado, que yo todavía soy virgen!

El novio, perplejo, pues conocía la existencia de los 6 matrimonios anteriores, le pidió que le explicara cómo era posible que siguiera virgen después de 6 matrimonios, a lo que ella respondió:

-Verás cariño... mi primer marido era psiquiatra, y sólo le interesaba hablar sobre el sexo.
-Mi segundo marido era ginecólogo, y sólo le interesaba examinarme el aparato sexual.
-Mi tercer marido era filatélico, y sólo le interesaba lamer.
-Mi cuarto marido era Director de Ventas, y decía que sabía que tenía el mejor producto pero que no sabía como utilizarlo.
-Mi quinto marido era funcionario, y decía que sabía perfectamente cómo hacerlo, pero que no estaba seguro de que fuera trabajo de su competencia.
-Mi sexto marido era informático, y decía que si el aparato funcionaba, mejor era dejarlo tranquilo y no tocarlo.

Entonces el marido le pregunta:

-¿Y, después de tantos fracasos, cómo te decidiste a casarte, otra vez?

A lo que la mujer le responde:

-Pues porque tú eres guardia civil de tràfico,cariño, por lo que estoy completamente segura de que, tarde  temprano,vas a acabar jodiendome.

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Una señora muy desagradable, fea, ácida, con cara mala leche, rencorosa y con el pelo sucio y grasiento, entra en una tienda con sus dos niños.
La señora les grita, les insulta, les regaña, les estruja y zarandea sin parar.
El encargado de la recepción, atónito ante la escena,  se dirige amablemente a la señora y le dice:

- ¡Buenos días señora, bienvenida a nuestra tienda! Tiene usted dos niños muy hermosos... ¿son gemelos?
La repelente señora deja un momento de gritar y, con una mirada entre agria y burlona, le responde al encargado:
- ¡Por supuesto que no! El mayor tiene ya 9 años y el otro casi los 7. ¿De dónde diablos saca usted que podrían ser gemelos? Es usted ciego o es estúpido...?
Y el encargado le responde:
No señora, ni soy ciego, ni estúpido... ¡Simplemente es que no puedo creerme que a alguien como usted se la hayan follado dos veces!




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lunes, 12 de octubre de 2009

Estimados vivitantes de la mansión.
Como siempre os he dicho, es este un lugar de encuentro para todos aquell@s que sepan vivir el mundo del BDSM con respeto y educación. Es por eso que hoy, aunque esta sala esté más bien dirigida a Amos y sumisas, quiero dejar un regalo para todos aquellos sumisos que, bien por casualidad, o bien por mor del destino, entren en el blog.
Espero que estas imagenes sirvan para desatar vuestra imaginación.
Si así es, me daré por satisfecho.
Atentamente:

Sayiid




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domingo, 11 de octubre de 2009




En la soledad de mi mundo
de mi abismo
espero acechante en la oscuridad
el momento para matarme.

En la soledad de mi sueño
no deseo vivir
no quiero seguir,
sólo dormir para no volver.

La soledad de mi mundo ha vuelto a nacer,
cubierta de indiferencia
llena de miseria.

En la soledad de mi vida
mi premio es amarte,
mi castigo perderte

No hay marcha atrás
no tengo otro camino.

En la soledad de mi alma
quisiera perderme
quisiera olvidarme de cosas dichosas.

En la soledad de mi muerte
aspiro a la vida,
me arrepiento cada día.

En la soledad de mi ser
anhelo volverte a ver
y decirte por una vez
lo mucho que te amé.


(Amorexia)

sábado, 10 de octubre de 2009

Átame nudos de conciencia
que yo ato cabos para tanta coincidencia
Átame lazos de buen humor
a los latidos aburridos de mi pecho.
Átame para que no huya ni un solo grito de este amor,
ni tu perfume.
Átame las manos, anúdame el silencio.
Átame a la punta de tu amor.
Hila muy fino mi madeja de palabras..
Hila un poema y se lo das a la esperanza...
si es que distraes el amor...
pues no se puede en el amor perder el hilo
con cuidado que no alcanza..

Ricardo Montaner



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viernes, 9 de octubre de 2009



El agotado marinero, cansado ya de esperar en su aislado faro, esa señal que nunca le llegaba, miró por última vez la inmensidad del mar, y decidió que ya era la hora de finalizar su inútil espera.

No hacía tanto que la mujer que él anhelaba, le había dicho que era un ser sin alma ni corazón. Ahora lo entendía. Ciertamente así era. Se sentía un ser carente de alma y sin corazón, pero no porque no lo hubiera tenido, sino porque hacía ya mucho tiempo que él le había entregado su alma y su corazón a aquella mujer que una noche, sin esperarlo, se cruzó en su camino.



Él le había entregado su alma y su corazón, y ella los había despreciado como quien desprecia algo sin valor. Los había despreciado como quien desprecia una silla vieja o un libro ajado. Pero ella ignoraba que quizás fuera aquella vieja silla la que podría darle el descanso que tanto anhelaba, y aquel desgajado libro, el que la llevara a mundos de fantasía que ella ni siquiera había imaginado jamás.



Él solo esperaba una señal. Habría vuelto a su lado a pesar de sus dudas, de sus miedos, a pesar de conocer sus defectos y sus virtudes. Pero ella jamás le enviaría esa señal, simplemente porque ya no deseaba tenerle a su lado.



Así lo entendía él ahora, mientras el viento salado y húmedo le mojaba la cara y la ropa, sintiendo su piel seca y tirante, dura como un caparazón que le protegería de todo…



Él agotado marinero sabía que esa señal que anhelaba ya nunca llegaría, como también sabía que era llegado el momento de huir de allí, de recorrer mares y puertos huyendo de su sirena, de aquella hembra cuyo sólo recuerdo era capaz de hechizarle.



Viviría una nueva vida. Conocería nuevos lugares, nuevas ciudades, nuevas gentes, nuevas mujeres… y como Dante con su amada Beatriz, jamás le sería infiel, por mucho que estuviera con otras, ya que su alma y su corazón, esa alma y ese corazón de individuo desalmado, se quedaría siempre con ella, aunque jamás supiera valorarla.



A ella ya no le importaría que él partiera a lugares desconocidos, puesto que ya nada quería saber de él. No siquiera tendría ya que despedirse de ella. Entre ellos ya estaba todo dicho.



El agotado marinero se levantó, echó una última mirada a su pasado, a todo lo que dejaba atrás, y con paso firme y decidido, comenzó a caminar hacia el puerto, ese puerto del que partiría al amanecer, para no volver nunca más.


Sayiid

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