Prologo de El Libertino

jueves, 31 de diciembre de 2009

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Por que siempre serás mía... en cuerpo, alma y mente...



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martes, 29 de diciembre de 2009




La escalera.



Me enorgullezco de considerarme un tipo bien educado y, siempre que la ocasión lo permite, incluso galante con las damas que se cruzan en mi camino.


Siempre me detengo en los pasos de cebra, cedo el asiento a las damas en el autobús, y abro la puerta para que las señoritas pasen delante de mí.


Es por eso que aquel día, al coincidir ambos en la puerta del ascensor de la oficina, me disponía yo a cederla el paso cuando, con cierto desagrado, comprobamos que el susodicho artefacto se había puesto en huelga aquella lluviosa mañana de lunes.


Yo ya la había visto otras veces, claro. Ella es una de esas mujeres que no pasa desapercibida. Alta, morena, con una preciosa melena azabache que le llega casi a la cintura, siempre bien maquillada, aunque sin exceso, con unos preciosos ojos y unos de esos labios rojos y sensuales que tanto me habían atraído siempre.


Pero ella trabajaba en la planta cuarta y yo en la séptima, así que nuestros encuentros se habían limitado a breves viajes en el ascensor. Precisamente ese ascensor que hoy se negaba a funcionar.


Así que tras las consabidas protestas por empezar tan mal el día, nos dirigimos los dos hacia la escalera interior del edifico, esa escalera que jamás nadie utilizaba y a la que se accedía por una puerta del hall del inmueble.


Mientras caminábamos hacia la puerta tuve tiempo de fijarme en cómo iba vestida aquella mañana. Botas altas de tacón, minifalda negra por encima de la rodilla, medías de seda que, según mi calenturienta imaginación, iban sujetas a un hermoso liguero de encaje negro, camisa blanca con sus dos botones superiores desabrochados, y una chaqueta corta, también de color negro, que remarcaba su estilizada figura.


Por supuesto, y sé que nadie lo habría dudado aunque no lo dijera aquí, la cedí el paso al cruzar la puerta y entré detrás de ella.


Normalmente un caballero siempre ha de ceder el paso a una dama, excepto en una ocasión, y es precisamente al subir unas escaleras, ya que si se deja que la señorita vaya un par de escalones por delante de ti, su hermoso culo y sus preciosas piernas queda a una altura ideal para poder deleitarse con emoción y precisión, y esto, quieras que no, puede resultar molesto o desagradable para la citada dama.


No obstante, al haberla cedido yo el paso en la puerta e ir ambos con prisa, mi encantadora acompañante se adelantó a mis intenciones, que, a decir verdad, no eran del todo puras, y comenzó a subir la escaleras delante de mí.


Estratégicamente me retrasé un instante, lo justo para poder disfrutar de la hermosa vista de sus piernas enfundadas en esas suaves medias que tan bien las contorneaban.


Evidentemente ella se dio cuenta de mis intenciones, pero lejos de reprochármelo, se limitó a subir despacio para darme la oportunidad de observarla con la más intensa de las dedicaciones.


La vista de sus piernas que ascendían hasta adquirir la redondeada forma de un precioso y duro culo me provocaron un más que evidente endurecimiento en mi entrepierna. Endurecimiento que fue máximo cuando al permitirla que se adelantara un par de escalones más, pude comprobar, bajo su falda, que mi imaginación se había quedado corta en cuanto al detalle de su liguero negro de encaje ya que, no solo lo llevaba, sino que además, era lo único que llevaba puesto.


La visión, breve pero intensa, de su depilado coño moviéndose acompasadamente entre sus piernas, provocó en mi tal calentura, que no pude por menos que, adelantando mi mano, acariciar su glúteo derecho con toda la suavidad de la que pude hacer gala, y, puesto que no encontré resistencia, seguir ascendiendo por la suave colina de sus curvas hasta rozar su húmedo sexo con mis dedos.


En ningún momento ella dijo nada, ni siquiera se atrevió a mirarme a los ojos, pero, parándose en el descansillo del tercero, permitió que la alcanzara y que mi boca se uniera con la suya, pudiendo yo así saborear el dulce sabor de su lengua.


Mis manos ya acariciaban su cuerpo y las suyas ya desataban mi duro sexo.


Con una leve presión sobre sus hombros, se arrodillo entre mis piernas y acomodó mi dilatada polla en su cálida boca, iniciando así una suave mamada que me hacia estremecer de placer una y otra vez.


Considerando que yo soy, como ya he dejado claro anteriormente, un caballero ante todo, decidí que no está nada bien recibir tanto sin dar nada a cambio, así que levantándola del suelo, le di la vuelta y, apoyándola sobre la barandilla de la escalera, le levanté su falda y penetré con mi duro sexo su coño mojado, comenzando una batalla de embestidas, de idas y venidas, de avances y retrocesos tan intensos como placenteros, hasta que mi acompañante en tan maravilloso viaje se vino entre espasmo de placer, pudiendo yo así, una vez cumplido mi deber de caballero agradecido, dejarme llevar por la lujuria y permitir que mi densa y caliente leche inundara su ya encharcado coño.


Una vez terminada la batalla, nos recompusimos la ropa lo mejor que pudimos y, cediéndola una vez más el paso, la acompañé hasta la cuarta planta, donde nos despedimos sin palabras continuando yo mi camino hasta la séptima, que es donde suelo hacer que trabajo.


Desde ese día le ruego a los dioses de la electrónica que estropeen el ascensor, al menos un día a la semana, y a los dioses de la oportunidad, que pongan a mi sumisa compañera de viaje en mi camino, aunque a decir verdad, me temo que esta vez son los dioses los que han decidido cederle el paso a otro.

Sayiid


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lunes, 28 de diciembre de 2009

Como dicen que "Año nuevo, vida nueva", yo he decidido, en pleno uso de mis facultades, darle un giro de  180 grados a mi vida y, a partir de hoy, dejaré de ser Sayiid el Amo, para convertirme en sayiid el sumiso.
Se que muchas de vosotras os apenareis con la noticia y que más de uno respirará aliviado, pese a no comprender el por que de mi decisión... pero es algo que he meditado tranquilamente y creo que es el camino que he de seguir. Sólo espero de vosotr@s vuestra comprensión y apoyo.
Y para demostraros mi nuevo cambio de rol, os dejo aquí una poesía que, aunque no es mía, ha sido adaptada por mi con pequeños retoques y que explica un poco el por que de todo esto.
Sinceramente vuestro....

sayiid.





ÉL LE CANTA A ELLA UNA POESÍA



¡Qué feliz soy amor mío!
pronto estaremos casados
el desayuno en la cama,
un buen zumo y pan tostado
con huevos revuelticos,
todo listo y bien temprano.


Saldré yo hacia la oficina
y tú rápido al mercado,
pues en sólo media hora
debes llegar al trabajo.


Y seguro dejarás
todo ya bien arreglado
pues sabes que en la noche
me gusta cenar temprano.


Eso sí, nunca te olvides
que yo vuelvo muy cansado
así que a la noche cena
y un masaje bien ganado.


No iremos nunca de tiendas
ni de restaurantes caros
ni gastaremos el dinero
ni despilfarraremos los cuartos.


Tú guisarás para mí
sólo comida casera,
yo no soy como esa gente
que les gusta comer fuera.


¿No te parece querida
que serán días gloriosos?
Y no olvides que muy pronto
yo seré tu amante esposo.


Y ELLA LE RESPONDE EN VERSO:


¡Qué sincero eres mi Amo!
¡Qué oportunas sus palabras!
Usted espera tanto de mí
que me siento intimidada.


Pero he de decirle con cariño,
Con respeto y disimulo,
Que no puedo complacerle
Porque no me sale del... rulo.


Yo no sé hacer huevos revueltos
como su madre adorada,
y se me quema el pan tostado,
de cocina yo no sé nada.


A mí me gusta dormir
casi toda la mañana
ir de tiendas, ir compras
con la Mastercard dorada


Tomar té o cafecito
en alguna linda terraza.
Comprar todo de diseño
y la ropita muy cara.


Ir a los conciertos de Luismi
Y cenar en la Tramontana,
E ir de viaje al Caribe
A tostarme en sus lindas playas.


Piénselo bien mi Señor,
que la boda no está pagada,
que yo devuelvo mi vestido
y Usted su traje de gala,
y que los dos tan amigos…
y aquí no ha pasado nada.


Y así el domingo siguiente,
con letra bien destacada,
en el periódico matutino,
este anuncio así constaba…


HOMBRE JOVEN Y BUEN MOZO
BUSCA ESCLAVA UN POCO TARADA
PUES SU EX FUTURA EX ESPOSA
AYER LO MANDÓ A… GRANADA

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sábado, 26 de diciembre de 2009



El sexo es una de las nueve razones para

 desear la reencarnación. Las otras ocho no

 son tan importantes.


Henry Miller

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jueves, 24 de diciembre de 2009

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Primer día post-loteria

Cabreado me he levantado,
Mi suerte me ha abandonado,
La lotería no me ha tocado,
Otro año malhumorado.


El banco ya me ha amenazado
Pues la hipoteca yo no he pagado,
La luz ya me la han cortado
Y la mansión me la han embargado.


Menos mal que aquí a mi lado,
A mi esclava yo he atado,
Y su cuerpo fustigado
Me excita con su descaro.

Con sus labios me ha besado
Con sus manos, acariciado,
Con su boca me he saciado,
Con su cuerpo me he relajado.


A su lado yo he sudado
Y mis problemas he olvidado
Pues con ella me he desfogado
Y ambos lo hemos disfrutado.


Con mi fusta la he azotado,
Con mis manos la he acariciado,
Con mi sexo la he gozado,
Y con su boca me ha matado.


Y lo cierto es que, bien pensado,
El día no ha sido tan malo,
Pues aunque pobre y arruinado,
Una sierva yo he encontrado.


Una esclava que me ama,
Que me mima y que me quiere,
Que me cuida y me soporta,
Y que a cambio nada quiere.


Es por tanto, digo yo,
Para sentirse gozoso,
Afortunado, dichoso,
Y hasta un poco generoso.


Así que esta noche, mi sierva,
Voy a hacerte yo un regalo…
En el suelo dormirás,
A los pies de tu amado Amo.


Y por haberme complacido
Y haberme levantado el ánimo,
Por ser tú, yo te permito,
Que la alfombra hayas usado.


Y no me des las gracias, mi sierva,
Que se que no las merezco,
Y que yo todo esto lo hago,
Por ser de natural espléndido.


Y así mañana será
Otro día y otra historia,
Y tú a mis pies estarás,
Como decretan las normas.

(El Satiricón)

(Para magdala, por su dedicación)

martes, 22 de diciembre de 2009

Mujer anónima que me sigues y me acompañas... que me alientas y desesperas... que me das vida y placer... amor y dolor ... guerra y paz...
Mujer anónima que me excitas y me envenenas... que me das vida y que me matas...
Mujer anónima para todos, excepto para mi...
Gracias por estar ahí.



lunes, 21 de diciembre de 2009




"Conserva la calma en las discusiones,

porque el apasionamiento puede convertir el

error en falta y la verdad en descortesía"

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Hoy traemos a La Mansión uno de esos cuentos clásicos que tan bien se adaptan al espiritú navideño que nos embarga.
Bueno, la verdad es que ni el cuento es tan clásico, ni el espiritú que a mi me ha embargado al leerlo ha sido, digamoslo así, demasiado navideño.
Pero al fin y al cabo, no esperariais de mí que os trajera aquí un cuentecito de esos, ¿verdad?.
Espero que a vosotr@s también os guste y ya sabeis, si os sabeis algún otro cuento... mandadmelo a mi buzón para que lo podamos disfrutar tod@s.
Feliz domingo pre-navidad.




La madrastra de Blancanies


Desde que el espejo habló, desde que el jodido espejo dijo: “Blancanieves es la más bella del
reino”, se había vuelto loca. Era una locura feroz, roedora. Nadie podría decir que la madrastra
desvariaba, pero la obsesión por mantenerse eternamente joven y hermosa, por ser la más bella, la
tenían trastornada. Su vida transcurría entre el gimnasio, la peluquería, la casa de masajes, la
esteticién y la tiendas de alta costura. Gastaba el presupuesto nacional en cosméticos y tratamientos.
Además de dedicar la casi totalidad del día al hedonismo de mantener su cuerpo en adobo, follaba
más que Mesalina porque bien es sabido que el semen es el potingue perfecto para conservar el
cutis fino y delicado. No solo fornicaba para mejorar su piel, también lo hacía porque le divertía
mucho y en la variedad encontraba el gusto. Todos su mayordomos habían pasado por la piedra,
también los managers y los peluqueros y los masajistas, los gimnastas del gim y los infantes, condes
y marqueses reinos vecinos. Todos los que no habían cumplido cuarenta habían mojado el manubrio
en su almejilla.
Le gustaba pavonearse como una morsa en celo ante sus conquistas, le chiflaba sobretodo dejarlos
boquiabiertos ante su belleza simpar, ante su elegancia natural. Más tarde los apabullaba con su
artes de tigresa blanca y los secaba hasta que enfermaban. Entonces los abandonaba. Y buscaba un
nuevo amante al que exprimir. Jodía con desesperación, agarrándose a la vida como posesa,
intentando por todos los medios que Eros venciese a Tánatos. Esta actitud suya no había sido
siempre así, de jovencita aspiraba a joyas y riquezas, de hecho si se casó con el rey había sido tan
solo porque era el rey y jamás le había amado, pero disfrutaba mucho siendo reina consorte y
acompañándolo a cenas y recepciones. Cuando enviudó fue cuando se obsesionó con su aspecto, el
tic tac del reloj no cesaba y comenzó a ver signos inequívocos de que estaba envejeciendo, y luego
el puto espejo diciendo la frase envenenada que se clavó en su vientre como un puñal.
Tuvo que matarla, a su hijastra, a la bella Blancanieves. No le dejaba dormir la envidia de su
juventud y creciente lozanía con lo cual se quitó ese peso de encima sin remordimientos. Se
disfrazó de bruja, la envenenó y se tiró a los siete enanos, primero uno a uno y luego a todos juntos.
Después se fue a hablar con un médico estético. Las promesas publicitarias de un cuerpo más
bonito, más esbelto, más terso, de tetas puntiagudas y cinturitas de avispa, no caían en saco roto.
Así que allí estaba, furiosa, porque era ya una buena hora más tarde de la que le habían citado. La
iba a atender el mismísimo cirujano, que le explicaría en que consiste la operación: anestesias,
cicatrices, convalecencias... Una señorita de edad indefinida debido a sus múltiples operaciones, le
había hecho pasar. La madrastra la observó altiva y la descalificó interiormente al instante, aunque
la enfermera iba arregladita y era una monada plasticosa, rubia de aspecto vulgar, que desde luego,
no era tan bella como ella. Después de un vistazo de arriba abajo, se sintió más atractiva que esa
enfermera y se tranquilizó: seguía siendo la número uno. Quería dar la mejor impresión al doctor y
lucía sublime. Su larga cabellera negra brillante estaba escondida bajo una peluca oscura de corte a
lo Cleopatra, el flequillos enmarcaba las cejas arqueadas y los brillantes ojos azabache. Iba
disfrazada, el médico no la reconocería, no era necesario, tan solo pensaba mejorar sus pechos y
deseaba ir de incógnito aunque ello significase tener que esperar turno en la sala de espera. Sus
hermosos y rotundos pechos habían sido deleite de sus súbditos, y sobretodo, de su espejito mágico,
comenzaban a ceder ante la innegable gravedad, de modo que deseaba recobrasen su antiguo
esplendor.
En la fastidiosa espera una recién operada de vientre le contó su vida (no le hizo falta más que
echarle un leve vistazo para considerarse a sí misma más bella que aquella mujer, de modo que
pudo hablar tranquilamente, sin el punzón de la envidia. A la chica, que debía tener unos veintiocho,
le habían quitado todo un faldón de tripa que ella denominaba colgante debido a un embarazo y
posterior pérdida de peso repentina. Estaba vendada y encantada, decía encontrarse bien aunque
algo incómoda, pese a que su operación había durado tres horas, y llevaba una semana enfajada sin
poder ducharse. Habló maravillas del cirujano, con el que decía reírse mucho y tener una relación
cercana y cómplice. Le iban a quedar en el vientre cicatrices profundas, pero ella se sentía feliz con
esa nueva barriga que le había supuesto ocho sueldos, un mes de baja y no pocos dolores. A la
madrastra no le gustó el aspecto que supuso le quedaría a la chica, pero no se lo dijo: “cada cual a lo
suyo” pensó.
Por fin la llamaron. La misma señorita de los presupuestos, con su bata y sus contoneos de putita
de cabaret la llevó a consulta. La reina no pasó a consulta hasta que la chica abrió la puerta y le
cedió el paso. Entonces dejó caer su estola para que la enfermera la colgase donde considerase
oportuno.
El cirujano era joven, más de lo que uno se espera cuando se va a encontrar con uno. De pelo rizo
despeinado, ojos muy claros y acento argentino.
-“Se parece a aquel cazador que envié a matar a Blancanieves, aquel que se acovardó y me engañó
trayéndome el corazón de un ciervo. Es atractivo, aunque algo escuchimizado”.
Explicó escuetamente que había decidido mejorar levemente el aspecto de sus senos:
- Quiero que mantengan la soberbia que les ha caracterizado hasta ahora-, dijo sin falso modestia -
No deseo eliminar ni poner volumen, solo levantarlo un poco-.
El le pidió que se desnudase de cintura para arriba.
-Por favor, desvístase y manténgase en pié apoyada a la pared de enfrente.
El permaneció sentado, la enfermera de pie detrás de la mesa. La reina se levantó de la silla casi con
odio. Con aires de ama se deshizo de su ligero pullover morado, y con seriedad y firmeza del
sujetador, sin titubeos, sin disimular que le indignaba obedecer órdenes, siempre era ella la que
decía:
- Desnúdate, quítate el pantalón, muéstrame eso...
Llevaba falda tuvo que le marcaba las caderas divinamente, y elevados zapatos de tacón negros.
Resultaba tremendamente atractiva de tal guisa ataviada, desnuda en su torso, ceñida en su mitad
inferior. Su figura era la de una mujer madurada en almíbar, sus carnes una mezcla entre firmeza y
blandura de color aceituna clara. La espalda bien erguida disimulaba que sus pesados pechos con
pezones perfectamente areolados, eran tetas con tendencia a la baja.
Una vez ella se colocó como le habían indicado, el cirujano se acercó respetuoso, con la boca llena
de agua y los ojos brillantes.
- Otro baboso más, pensó la madrastra.
El hombre, ignorante de estos pensamientos hacia su persona, acercó su mano a uno de esos
melocotones maduros y lo levanto, frunciendo con dos dedos la parte baja de la piel. Ya con el
pecho en su mano la miró a los ojos y le explicó, que habría que cortar por debajo una media luna, y
luego un corte transversal hasta el pezón, eliminar la piel sobrante y volver a coser. Como de ese
modo el pezón quedaría muy bajo, habría que recolocarlo también, subiéndolo un par de
centímetros. Le hablaba desde muy cerca y casi susurraba las palabras, el médico explicaba en
evidente excitación a su paciente las características de la operación a la que se tendría que someter.
-Sus pechos se podrán levantar unos dos centímetros, quizá tres, depende de su gusto.
Ella se horrorizó y poco le faltó para abofetearle.
- ¿De modo que le quedarían tres cicatrices, una bordeando la parte baja del pecho, otra saldría del
centro de esa cicatriz hasta el pezón, y, por último, una rodearía su areola? Ja!
-Así es- confirmó el cirujano, con un cierto cinismo, mirándole lánguidamente a los labios.
Ella negó con la cabeza, a tierra caían sus ilusiones de tener el pecho alto y enhiesto, la ira se le
arremolinó en la cara pues no estaba dispuesta a mutilar de semejante modo sus tetas, que ahora se
le antojaban preciosas.
- Menuda propuesta me hace usted señor, acaso no considera que mis pechos son más bellos
con su fisonomía actual de lo que lo serían mellados con su bisturí? NO era una pregunta lo
que hacía la madrastra, sino una orden.
- Depende de sus prioridades señora. Vestidos los pechos lucirían divinos... acaso practica
usted nudismo?-
- Sí. Practico nudismo y también follo le espetó como un puñal.
Dijo esto mientras vestía lentamente la parte superior de su cuerpo con lencería de seda y encaje
color morado de una hechura tan delicada que parecía hecha a medida. Se tomó su tiempo antes
de vestir la pullover.
- Considero que cualquier hombre preferirá un pecho caído que un pecho cicatrizado.
El médico, en alarde de verdadera profesionalidad y honestidad, asintió anonadado ante la
majestuosidad de la dama que parecía una reina allí semidesnuda en su consulta. Pero pronto su
mente mercantilista despertó, al mismo tiempo que su concupiscencia crecía a ritmo vertiginoso en
el centro de sus pantalones.
-Si lo desea usted, mi enfermera puede mostrarle sus pechos que han sido operados por mis propias
manos.
La madrastra de Blancanieves elevó las cejas, dando a entender que consentía la propuesta del
doctor. La enfermera, sin dudarlo un segundo, comenzó a desabrochar su bata blanca desde el botón
que tenía más cerca de su garganta. Miraba hacia el suelo mientras lo hacía, en una sumisión que
parecía adecuada en ese momento en que el médico y la elegante paciente la miraban con ansiedad
contenida.
Ellos no perdían detalle de lo que la señorita iba mostrando tan dócilmente. Cuando hubo
desabotonado el último se quedó quieta, como esperando, elevó la mirada hacia el médico como
pidiendo permiso. Este, a su vez, la dirigió hacia la atractiva paciente. La madrastra no dudó en
actuar, se acercó a la chica, tomando la bata por la parte superior, dejó que resbalara por la espalda
hasta que cayó al suelo. La enfermera no llevaba ropa interior. Su perfecto cuerpo de sirena
surrealista estaba surcado por cicatrices que aseguraban la inmovilidad de sus carnes. La reina se
acercó a la enfermera impresionada con lo que veía, era una belleza extraña, casi dolorosa.
-Parece una estatua griega, con las vetas del mármol.
Acercó sus largos dedos de uñas pintadas color sangre y comenzó a repasar todas esas costuras.
Comenzó por una profunda que localizó detrás de la oreja, la chica hizo un leve gesto de repulsa
pero se contuvo, siguió la linea, que era apenas perceptible por debajo de la mandíbula. Después
bajó y siguió otro surco antiguo que dividía el bajo vientre de la mujer y se bifurcaba hacia el
ombligo. Subió a sus pechos, estos mostraban una leve marca rosada alrededor de la areola. Sus
pechos eran duros, de piel brillante en la punta, eran más firmes en la punta que en la base.
El cirujano, que no perdía detalle del proceso tomó a la enfermera por los hombros y la obligó a
voltearse. La espalda de la chica era frágil y de piel casi transparente, sus nalgas destacaban en
altivez. La madrastra pasó su mano por las curvas y comprobó la finura de la piel y al tiempo
descubrió dos rayas mínimas azuladas, que bordeaban la parte inferior del trasero. El culo se
mostraba, como las tetas, firme en la punta y más fláccido en los alrededores. Era un hermoso
trasero femenino, ideal para lucir en biquini. La madrastra observó con reverencia la obra de arte
que el cirujano le mostraba. Después le miró a él, supo que debajo de su pantalón la virilidad del
caballero estaba alterada. Le sonrió, el rostro de la madrastra cobraba una belleza felina al sonreir,
enseñó todos sus dientes y tomó con calma su delicado pullover y se la puso, todavía mirando los
brillantes ojos libidinosos del hombre erecto.
- A este la que se la está poniendo tiesa soy yo, no esa monia de látex.
Todavía era la más bella del reino. Cogió su bolso y salió por la puerta. Sin decir adiós.

Susanamoo

viernes, 18 de diciembre de 2009

Seres de la noche...
Algunos os llaman vampiros... otros simplemente... ángeles.
Seres de las tinieblas que permaneceis en las sombras...
Seres bellos y poderosos, seres crueles y salvajes...
Seres capaces de alcanzar la más alta de las lujurias y la más baja de las pasiones..
Seres que vivis por y para la satisfacción de vuestros deseos...
Seres temidos y envidiados...
¿Y no es acaso eso lo que deseamos todos?




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jueves, 17 de diciembre de 2009




En este mundo, las mujeres se lo pasan mucho

mejor que los hombres, ya que a ellas les prohiben

muchas mas cosas.


Oscar Wilde

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martes, 15 de diciembre de 2009

Seamos serios por una vez...

Hoy os dejo aquí un curso acelerado de BDSM con sus correspondientes fases:

1) Negociación con la sumisa/o

2) Entrenamiento de la sumisa/o

3) La sesión propiamente dicha: Spanking manual, con fusta,
    con latigo y electro-estimulación.

4) Cuidados post-sesión de la sumisa/o

y 5) ... ¿canibalismo?

Confio en que el curso os sea de utilidad.
Sayyid


lunes, 14 de diciembre de 2009

Divertido cuento en verso, en el que una vez más se demuestra que la experiencia es un grado, y que más sabe el diablo (o la abadesa) por viejo que por diablo. O quizás lo que se demuestra es que hasta las abadesas han sido cocineras antes que frailes.
No obstante... ¿quién no se encerraría en un convento con monjas como esta?



El reconocimiento
Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas, 
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto, 
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa. 
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo, 

con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije. 
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas...
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
- ¡Miserere mei, Domine!, responde 
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento 
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
- ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente, 
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza 
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía 
y después, "no hay engendro", repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando; 
de modo que, tocándole la suerte
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso, 

al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo 
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
- ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada, 
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
- ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!


Félix María de Samaniego

(El Jardín de Venus)




domingo, 13 de diciembre de 2009


Los ojos que estaban clavados en ella hicieron vibrar su pulso. Lo miró ella. En su rostro había el frenesí de la pasión, pasión silenciosa como una tumba, y esa pasión la había hecho suya. Por fin los habían dejado solos, sin que espiaran los otros e hicieran comentarios y ella sabía que podía confiar en él hasta la muerte, un hombre de verdad, firme, constante, un hombre de inflexible honor hasta la yema de los dedos.
Su rostro y sus manos se movían
nerviosamente y un temblor la recorrió. Se echó bien hacia atrás para ver dónde estallaban los fuegos artificiales y se tomó la rodilla con las manos para no caer hacia atrás al mirar para arriba y no había nadie que pudiera ver excepto él y ella cuando ella reveló todas sus graciosas piernas hermosamente formadas, así, esbeltamente suaves y delicadamente redondeadas, y a ella le pareció escuchar el jadear de su corazón de varón, de ronco respirar, porque ella sabía de la pasión de hombres así, de sangre ardiente, porque Berta Supple le contó una vez como secreto profundo y le hizo jurar que nunca acerca del inquilino que estaba con ellas de la Oficina de Descentralización de los Distritos Congestionados que tenía fotografías cortadas de los diarios de esas bailarinas de pollerita y piernas al aire y ella dijo que él acostumbraba hacer algo no muy lindo que se podía imaginar a veces en la cama.

Pero esto era enteramente distinto de una cosa así porque ella podía casi sentirlo acercar su cara hacia la suya y el primer rápido y ardiente contacto de sus hermosos labios. Además había absolución mientras uno no hiciera eso otro antes de casarse y debería haber mujeres confesores que entendieran sin que uno lo dijera y Cissy Caffrey también a veces tenía esa vaga especie de soñadora mirada en los ojos de manera que ella también, querida, y Winny Rippingham tan loca por las fotografías de actores y además era por esa otra cosa viniendo como venía.

Y Juancito Caffrey gritó que miraran, que había otro, y ella se echó hacia atrás, y las ligas eran azules para hacer juego a causa de lo transparente, y todos vieron y gritaron miren, miren, que allí estaba, y ella se echó todavía más para atrás para ver los fuegos artificiales y algo raro estaba volando por el aire, una cosa suave de aquí para allá, oscura. Y ella vio una larga candela romana subiendo por sobre los árboles, alto, alto, y, en el apretado silencio, todos estaban sin respiración por la excitación mientras aquello subía más alto y más alto y ella tuvo que echarse más atrás y más para mirar arriba, alto, alto, casi fuera del alcance de la vista, y su rostro estaba bañado de un rubor divino, encantador por estar tirada hacia atrás y él podía ver sus otras cosas también, sus culotes de nansú, la tela que acaricia la piel, mejor que esos calzones enagua, verdes, cuatro chelines once, por ser blancos, y ella dejó y vio que él veía y entonces fue tan alto que se dejó de ver un momento y ella estaba temblando con cada miembro por estar tan inclinada hacia atrás él tuvo una vista completa muy arriba de su rodilla donde nadie nunca ni siquiera en la hamaca o vadeando y ella no tenía vergüenza y tampoco la tenía él de mirar en esa forma inconvenientemente porque él no podía resistir al espectáculo de esa maravillosa revelación semiofrecida como esas bailarinas de faldillas portándose tan inconvenientemente delante de los caballeros que están mirando y él seguía mirando, mirando.

De buena gana ella le habría gritado ahogadamente, extendiendo sus brazos blancos como la nieve para que viniera, para sentir sus labios sobre su blanca frente el grito del amor de una joven, un pequeño grito estrangulado, arrancado de ella, ese grito que ha venido resonando a través de las edades. Y entonces un cohete salió y bang estalló a ciegas y ¡Oh! Entonces la candela romana estalló y era como un suspiro de ¡Oh! Y todos gritaron ¡Oh! ¡Oh! Embelesados y se derramó un torrente de lluvia de hebras de cabello de oro y ellas vertían y ¡Ah! Eran todas gotas de rocío verde de estrellas cayendo con otras de oro. ¡Oh, tan hermoso! ¡Oh tan suave, dulce, suave!.


Después todo se deshizo como rocío en el aire gris: todo quedó en silencio. ¡Ah! Ella lo miró al inclinarse hacia adelante rápidamente, una emocionada y corta mirada de tierna protesta, un tímido reproche bajo el cual él enrojeció como una niña.

(…) Ése era el secreto de ellos, solamente de ellos, solos en la encubridora penumbra y nadie sabía ni diría nada, excepto el pequeño murciélago que voló suavemente en la oscuridad de aquí para allá y los pequeños murciélagos no son indiscretos.

Fragmento del "Ulises", de James Joyce

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viernes, 11 de diciembre de 2009




“La fuerza del Dominante no radica en

 su capacidad corporal sino en su

destreza mental"

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jueves, 10 de diciembre de 2009

Amos y esclavas...
Mansiones y mazmorras...
Dolor y placer...
Simplemente... entrega... dulce entrega... apasinada entrega...


martes, 8 de diciembre de 2009


Anhelos de sumisa, que entrega lo que tiene, que se da a si misma,
que nada pide a cambio.
Gozo del Amo que recibe tan especial regalo.
Sentimientos llevados al límite de lo permitido.
Triunfo de la entrega sobre el egoismo.
Amor y pasión en estado puro...
Enhorabuena JD.
Enhorabuena d_JD
Y gracias por dejarnos compratir tanta belleza.
Sayiid




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lunes, 7 de diciembre de 2009

Masoquismo y sadismo... o de como hacer feliz a alguién dándole lo contrario de lo que desea...





Un día, en el infierno, Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:

-¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!

El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero en el último instante se contiene y, con una sonrisa sardonica  y una cruel mirada, sadísticamente le dice:

 
-No
 
Enrique Anderson
 
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