Prologo de El Libertino

miércoles, 13 de enero de 2010

¿Esperabais con impaciencia la continuación de este excitante relato?. Os confieso que yo si, y para nada me siento decepcionado... todo lo más, le pido a nuestra anonima visitante que no nos deje así y que por favor, nos continue contando sus maravillosas experiencias en esa oficina en la que todos y todas quisieramos trabajar, sin importarnos demasiado el sueldo.
Disfrutad del relato y esperemos una pronta continuación.

Sayiid

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LA OFICINA (CAPITULO II)


Tan excitada estaba que tardé unos instantes en darme cuenta que me había soltado, abrí los ojos y me erguí… estaba mirándome, su cara estaba seria, pero sus ojos transmitían esa ironía divertida y socarrona que me había cautivado desde el primer momento…
– Date la vuelta –me ordenó.
Así lo hice y oí que abría la cremallera de la bolsa. Entonces noté que tapaba mis ojos con un pañuelo negro de seda e inmediatamente noté que el resto de mis sentidos parecía como si se hubiesen despertado de golpe. Ahora podía escuchar su respiración, mi nariz se llenó de olores… el sutil aroma de su colonia, un leve olor a sudor y deseo que emanaba mi cuerpo, también empecé a ser consciente de que mi piel entera estaba viviendo algo nuevo y vibraba sólo pensar que sensaciones desconocidas la estarían aguardando.
Me dio la vuelta y tomándome las manos, procedió a atármelas. La presión no era muy fuerte, así que no me molestaba, pero era la primera vez que un hombre me ataba y la sensación de vulnerabilidad, fue tan grande que inconscientemente mis manos trataron de desatarse.
- ¿Quieres que te las ate más fuerte?
- No mi Señor, no es necesario –dije con rapidez.
- Apoya los brazos en el borde de la mesa y abre bien las piernas.
Así lo hice e inmediatamente noté que me subía la falda e imaginé mis nalgas y mi sexo expuestos a su mirada y una ola de calor recorrió mi cuerpo.
- Hummm, bonito espectáculo, pero más excitante será dentro de un rato, es hora ya de probar cierto regalo que me ha hecho una valiente y bella dama.
Inmediatamente recordé la fusta que con motivo de su cumpleaños, le había enviado y sentí como mi frente se llenaba de gotitas de sudor. Volvía, otra vez, a sentir la excitación que provocaba en mí experimentar una situación nueva, a la vez que algo muy dentro de mí se rebelaba y aunque ya había aceptado una y mil veces lo que sabía que iba a suceder, mi mente se preguntaba por qué tenía que pasar por esto, ¿quién era él, para someterme de esa manera? ¿quién era él, para humillarme, para tener derecho sobre mí?
En ese momento sentí un pequeño golpe en mi sexo, di un pequeño respingo, más de sorpresa que de dolor, oí una breve risa y recibí otro golpe esta vez más fuerte, con cada nuevo toque mi excitación iba creciendo y fui recordando todas y cada una de las conversaciones que habíamos tenido. Los ratos en los que creí morir de placer, sólo con oír su voz y escuchar sus “relatos”, la emoción y el morbo que sentía cuando me abandonaba a sus palabras y exigencias. Entonces supe el por qué, supe por qué iba a dejar que este hombre hiciera de mí lo que quisiera hacer… porque yo le había entregado libremente ese poder sobre mí, al considerarle mi Señor, mi Dueño, porque así se lo había ganado sabiendo vencer mi voluntad, con sus palabras y su interés por mí, porque había conseguido que me sintiera la mujer más deseada del mundo y porque a su lado estaba segura de sentir lo que había soñado siempre.
Por tanto cuando la fusta golpeó mis nalgas, por primera vez, ya tenía claro el por qué de todo aquello.
Siempre me habían asaltado dudas sobre el tema del dolor, no soy masoquista y el dolor por el dolor nunca me ha atraído, por eso no tenía muy claro como iba a reaccionar ante él. Es verdad que habíamos hablado mucho sobre el tema pero faltaba comprobar si sería capaz de admitirlo cuando llegase el momento y había llegado y el escozor y el dolor que sentía en mis nalgas era la catarsis y la culminación de las palabras y los deseos vertidos en nuestros sueños, en nuestro deseo de encontrarnos.
Comprendí de pronto que el dolor que sentía en esos momentos no tenía nada que ver con el dolor de “fuera” con ese dolor frustrante y gratuito. Este era un dolor gozoso, un dolor “útil” que consumaba el rito de mi entrega al hombre que ocupaba todos mis pensamientos. Oí que de mi garganta salía un hondo suspiro y como si fuera una señal que estuviera esperando, sentí sus manos en mis caderas y su boca depositó en cada una de mis nalgas el beso más dulce que hubiera podido imaginar jamás.
Su voz más ronca y profunda que de costumbre, sonó en mis oídos como una caricia.
- Mi deseo está igual de caliente que tu culo, ya es hora que tome posesión de lo que es mío por derecho.
Que tardara uno instantes en estar preparado sirvió para que con sólo imaginarme lo que iba a suceder mi sexo, volviera a tener la humedad suficiente para recibirle. Con una salvaje embestida me penetró sin miramientos llenándome de una sensación nunca antes vivida. Sus manos aferradas con furia a mis hombros impidieron que pudiera moverme y el calor de mis azotadas nalgas volvía a mí, multiplicado en su piel.

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