Prologo de El Libertino

domingo, 31 de enero de 2010



"La amistad puede ascender a amor, y a

menudo lo hace... pero el amor nunca

desciende a amistad".



Lord Byron

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sábado, 30 de enero de 2010

Vuelven las musas...
vuelve cavabaja...
vuelve la poesía a la mansión...
Alegremonos todos y deseemos que se queden ambas, musas y cavabaja, con nosotros durante mucho tiempo.

Sayiid.

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De nuevo siento que mis poemas
quieren dejarse acariciar.

Vuelvo a notar que las musas
me susurran su cantar.

Vuelven otra vez las ganas,
esas dulces ganas de reír.

Quiero conjurar las palabras
tengo mucho que decir.

Soy otra vez la más bella
y en los espejos amigos
no envidio a ninguna estrella
la ilusión vuelve conmigo
y de nuevo busco en ella
juventud, calor y abrigo.

(cavabaja)

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viernes, 29 de enero de 2010

EL MARINERO PERDIDO (2ª parte)

Normalmente yo suelo ser un tipo rudo con las mujeres con las que he estado, ya que todas ellas iban a lo suyo, a ganarse su jornal.
Pero esta mujer, con sus ojos de bruja, con su mirada serena y sus ademanes tranquilos, me inspiraba ternura no exenta de un fuerte deseo animal.
Acercando mi mano a su cara, acaricie su mejilla un instante, aunque la retiré inmediatamente al sentir como mi encallecida mano arañaba su piel.
Ella, lejos de retirarse, tomó mi mano entre las suyas, la besó suavemente y la acercó de nuevo a su cara mientras sus ojos se clavaban fijamente en los míos.
Nuestras bocas se unieron en un beso apasionado, mientras sus diestras manos liberaban mi sexo, ya endurecido y húmedo de lujuria.
Su lengua sabia me llevaba a un mundo de sueños, de ingravidez, de olores de antaño, mientras su mano diestra acariciaba mi sexo, preparándolo sin prisas, con mimo, dejando que mi propio deseo lo lubricara convenientemente.
Su boca sabía a fruta fresca y me abandoné en ella, cayendo en un estado de ensoñación donde el tiempo parecía carecer de importancia.
Mis manos empezaron a recorrer su cuerpo, acariciándolo, apretándolo, sintiendo como adquiría un calor del que antes no me había dado cuenta.
Sin apenas darme cuenta, mis torpes dedos acariciaban su húmedo sexo, ensortijándose entre los rizos de su abundante vello púbico, mojándose con el flujo que ya se abría paso entre sus inflamados labios vaginales.
Como si aquello fuera lo más normal en el mundo, comencé a penetrarla con mi dedo medio, abriéndola y dejando que mi mano se mojara con su caliente esencia.
Ella iba respondiendo a los movimientos de mi dedo con suaves jadeos y un movimiento acompasado de sus caderas, mientras su boca no dejaba de besarme, de chuparme la lengua y los labios. Su mano, mientras tanto, seguía acariciando mi sexo, ya duro y bien lubricado, por lo que, asiéndola con firmeza, la senté sobre mis piernas, penetrándola sin la más mínima dificultad.
Rasgando su envejecida ropa, liberé sus pechos, dejando a mi vista unos pezones duros, negros, apetitosos, inhiestos, que me invitaban a lamerlos, a chuparlos, a morderlos…
A eso me dediqué mientras ella, con sabios y lentos movimientos, cabalgaba sobre mi verga, clavándome sus uñas en la espalda para que a mi vez yo me clavara en su sexo.
Jamás antes había poseído así a una mujer, sin prisas, dejando que fuera ella la que llevara el ritmo mientras la luna nos bañaba con su lechosa luz, y el murmullo de las olas nos servía como música de fondo.
No recuerdo cuanto tiempo estuve así, meciéndome en sus ardientes entrañas, saboreando el sabor de sus pechos, bebiéndome el dulce néctar de su boca…
Sólo recuerdo que poco a poco sus gemidos fueron más intensos, sus movimientos más acelerados y sus mordiscos más fuertes e intensos.
Intensas oleadas de placer recorrían mi cuerpo mientras me clavaba en ella una y otra vez, aferrando sus duras nalgas, apretándolas y sobándolas por debajo de su vestido.
El tiempo, el lugar, el entorno… todo carecía de importancia.
Me sentía poseído, embrujado, inerme ante aquella mujer que con su cuerpo me inmovilizada, me paralizaba y me llevaba a un estado tal de placer como jamás habría podido imaginar que existiera.
Sus movimientos convulsos, ascendentes y descendentes, el calor de su sexo y su fuego interno hicieron que por fin me vaciara en ella, presa de espasmos de placer, inundándola con mi espesa leche que resbalaba a borbotones sobre su sexo y sus piernas.
Me faltaba el aire y aun así no podía dejar de moverme en su interior, mezclando sus jugos con mi semen, su sudor con mi sudor, su saliva con mi saliva…
Lo que en realidad fueron unos simples instantes de éxtasis mágico, a mi me parecieron eternos minutos de placer y gozo, de deseo irrefrenable.
No quería que se acabara nunca aquel momento, pero poco a poco fui volviendo a la realidad y una sensación de sopor, de agotamiento, de plácido sueño se fue apoderando de mí.
La veía a ella como en una nube, entre sueños… pero ya no era la mujer ajada y sucia con la que yo había ido a la playa, sino una hermosa mujer morena de ojos verdes, delicadamente vestida, que me miraba con dulzura y amor…
Me desperté a la mañana siguiente sin saber aun si lo que había pasado era realidad o un simple sueño de borracho.
Ella ya no estaba allí, pero mi dinero si. Por tanto no me había narcotizado para robarme la bolsa.
¿Qué es lo que quería entonces de mí?
La busque día y noche por toda la ciudad, preguntando aquí y allá, en todas las tabernas, en todos los tugurios, en todos los burdeles… pero nadie sabía nada de ella ni la habían visto jamás.
Aún hoy, años después de aquella noche, sigo buscándola con desesperación en cada puerto, en cada país que visito, y no pierdo la esperanza de, algún día, encontrar a mi mujer ideal, esa mujer que un día conocí y de la que sólo guardo como recuerdo un tatuaje que, misteriosamente, esa mañana tenía grabado sobre el corazón.
Un tatuaje que desde ese día cambió mi vida para siempre, y que incluso cambió mi nombre…
Un tatuaje en el que, marcado a fuego en mi pecho, ponía…. Sayiid

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jueves, 28 de enero de 2010

EL MARINERO PERDIDO (1ª parte)


La calle por la que avanzaba esa noche olía a suciedad, a pobreza y a desesperación… pero después de tres semanas largas encerrado en un miserable barco que hacía agua por todas partes, sin haber parado en ningún puerto por miedo a las autoridades, en compañía de otros tantos rudos y mal encarados marineros, seleccionado entre lo peor de cada puerto, gente sucia, mugrienta y abandonada de sí misma… aquella calle me olía a libertad.
No me importaba ni que fuera el reino de las ratas, ni que me miraran con desconfianza desde cada ventana, estudiándome detenidamente para discernir si merecería la pena intentar robarme o sería un riesgo demasiado alto; presumo que el puñal que sobresalía por detrás de mi ancho cinturón habría disuadido a más de uno.
Supongo que debería estar con el resto de mis… ¿camaradas?... emborrachándome en algún sucio tugurio, y pasándolo bien con alguna ramera de las que acostumbraban a juntarse con calaña como nosotros. Pero aquella noche, sin saber porque, la luna me había llamado, y no deseaba beber o estar con sucias mujeres que solo buscaban vaciarme los bolsillos.Prefería pasear por aquel sucio barrio, apartando a patadas a los famélicos perros que se acercaban a mí con oscuras intenciones. No llevaba ningún rumbo en concreto, simplemente me dejaba guiar por el destino, cuando desde una puerta alguien me dijo:
- ¡eh, marinero!, ¿quieres pasar un rato agradable?
Ya os he dicho que aquella noche no me apetecía compañía femenina, pero al mirarla, algo en sus ojos me obligó a decirle que sí.
- Claro, ¿por qué no?. Pero no aquí, mejor acompáñame a la playa. Este barrio apesta.
- Como tú quieras, marinero. ¿quieres que llevemos algo de beber para entonarnos?. Por unas pocos dracmas puedo conseguir un aguardiente de muy buena calidad, o cerveza de la abadía de los cartujos, lo que más te guste.
- ¿Tú qué prefieres?
- Yo el aguardiente
- Pues toma y que sea aguardiente entonces.
La di unas monedas, pensando que desaparecería inmediatamente y que no volvería a verla, pero unos minutos después apareció con una jarra entre sus manos, sonriéndome alegremente.
Cuando se acercaba a mi puede observarla más detenidamente. No era ya joven, y su piel estaba agrietada por el salitre de aquel mar gaditano. Su pelo era negro y largo, ensortijado, sucio y desmadejado, pero tenía unos ojos vivaces, alegres, y una boca que, al sonreír, mostraba una dentadura aun en buen estado. Se cubría con un vestido que eran ya apenas unos harapos desgarrados, lo que permitía ver, entre la tela deshilachada, unas piernas largas, fuertes y musculosas. Sus pechos, aunque no eran muy grandes, conservaban aun la altivez de la madurez bien llevada. Era difícil calcular su edad, porque su mirada hablaba de juventud e ilusión, mientras que su cuerpo hablaba de estrecheces y de una vida dura y trabajosa.
Caminamos hacia la playa, huyendo de la fetidez de las casas, de las calles llenas de basura y excrementos, del olor a pescado refrito, y de los lloros de los niños y las peleas de los adultos.
Una vez en la playa, nos sentamos a la luz de esa luna que, misteriosamente, me había atraído esa noche.
En realidad no quería hacer uso de sus servicios, así que le dije que si quería, hablaríamos un rato mientras vaciábamos la jarra que ella se había encargado de llevar a la playa sin derramar ni una miserable gota del preciado liquido.
Ella, al contrario de otras mujeres con las que había estado, no gustaba de hablar de sí misma. Simplemente escuchaba mis historias exageradas de aventurero intrépido, mis mentiras evidentes de conquistas y riquezas. Me sonreía con los ojos, con sus verdes ojos, más que con su boca.
Me dejaba hablar y hablar sin apenas interrumpirme. No parecía tener la típica prisa de las putas de puerto, siempre deseando terminar para encontrar un nuevo cliente. Cuando ya llevábamos más de una hora hablando, me di cuenta de que ni siquiera me había pedido el dinero por su tiempo.
Eso me extrañó sobremanera, porque no era lo habitual fiarse de un desconocido, y menos de un desconocido como yo…
Poco a poco, el frescor de aquella mar gaditana, la frescura de la arena, y la luz plateada de aquella luna llena, unido al efecto del aguardiente que, prácticamente me bebí yo sólo, provocaron que el deseo acudiera a mi cuerpo, y que empezara a desear a aquella mujer con una intensidad que unos minutos antes me habría parecido increíble.

Sayiid


miércoles, 27 de enero de 2010




"Dicen que a través de las palabras, el dolor se hace más

 tangible. Que podemos mirarlo como a una criatura

 oscura. Tanto más ajena a nosotros cuanto más cerca la

 sentimos. Si uno de estos pequeños granitos enferma, el

 resto del organismo enferma también. Pero yo siempre he

 creído que el dolor que no encuentra palabras para ser

 expresado es el más cruel, el más hondo… el más injusto. "

De la película "A los que aman"

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martes, 26 de enero de 2010

He aquí la resolución del relato de nuestro amigo "Explorador del Alma".
Un final a la altura del principio.
Fuerza, poder, dominación, placer, lujuria... y deseo, mucho deseo.
Disfrutad de esta segunda parte y esperemos que la cosa no acabe aquí.
Muchas gracias por tu relato, Explorador.
Un placer compartir contigos tus fantasias.

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NOCHE DE LUNA LLENA (2ª parte)

Bajó poco a poco sus manos por su espalda desnuda, de no ser por la tira de su sujetador. Cada vez sus manos perdían ternuran, cada segundo que pasaba, ganaban fuerza, firmeza, intensidad. Se situaron sobre su falda, apretándo con una mano sus dos nalgas, mientras que con la otra mano seguía tirando con firmeza de su pelo sin dejar de susurrar: "Ahora veras el influjo que tiene este vino, sobre las Almas de las personas." Y sin terminar la frase, cogió la botella que había abierto en la comida para comenzar a echársela por su espalda, para poder así beber de su piel, mientras la seguía domando por el pelo. A medida que sus mordiscos, sus besos, se dirigían a su cadera, le bajo la falda con una mano. Dejó al aire una lencería exquisita, elegante, y muy cara, que le encantó, desde la primera vez que consiguió adivinarla al invitarla a pasar al salón.
Por eso tuvo el detalle, la gentileza de no romperla ni rasgarla, pero no pudo reprimirse a echarle vino entre sus nalgas. Él se arrodilló tras de sí. Eran sus labios, sus dientes, los que recorrían sus nalgas, los que las mordisqueaban, lamían, y devoraban. Ella no podía reprimir los latigazos que le daba su cuerpo. Y es que no entendía aún porque era tan insaciable, porque no se deteníua, porque con cada mordisco, Él cada vez era más firme, más exigente, como no paraba....Y así, sin darse cuenta, vio como la lengua del Caballero amable, educado, exquisito y galán, comenzaba a sodomizarla, a penetrarla en su ano, a devorar su alma, mientras sus uñas seguían clavándose fuértemente sobre sus nalgas. Tal era el grado de exquisita tortura a la que se estaba viendo sometida, que no podía reprimir sus gemidos, cada vez más largos, mas constantes, más irrefrenables.
Pese a ello, supo distinguir en qué momento dejo de ser la lengua, para ser un pene fuerte, vigoroso y gordo, el que penetraba su ano. Sus manos la cogían de nuevo la coleta, su pene penetraba su ano, cada vez con más fuerza, con mayor virulencia, pero también con mayor ternura si cabeza, mientras no dejaba de susurrarla, de gritarla: "Dime que te encanta que te de por el culo, zorra", a lo que ella no podía negarse, puesto que estaba disfrutando de semejante entrega, puesto que era cierto: Disfrutaba como una loca con esas embestidas salvajes, disfrutaba de su hombre lobo insaciable, disfrutaba al saber que ese cabrón se atrevía a follarla como le venía en gana, se atrevía a ordenarla, mandarla, domarla y dominarla.
Se atrevía, a hacerla feliz....

Explorador del Alma

lunes, 25 de enero de 2010

Esta noche os dejo un regalo de nuestro amigo "Explorador del alma".
Es un relato, muy de su estilo, que nos envia en dos partes.
He aquí hoy pues, la primera de ellas, donde se mezcla el romanticismo, la caballerosidad, el buen gusto y la lujuria desenfrenada.
Muchas gracias Explorador, por permitirnos también a nosotros "explorar" nuestros más ocultos deseos.

Sayiid

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NOCHE DE LUNA LLENA (1ª Parte)

Era un hombre interesante: culto, con buena planta, buena presencia, y sobre todo, muy elegante. Venía de una familia adinerada, y prueba de ello eran sus numerosas posesiones. La que más le gustaba a él era esa especia de mezcla, a mitad de camino entre caserío y castillo. Cerca de la playa y no demasiado distante de la montaña. Esa noche, había invitado a cenar a una buena amiga. Como siempre, había pedido al servicio que dejara preparada la cena a eso de las ocho. Y todo estaba listo, como no podía ser menos, siempre que él se encargaba de supervisar cualquier cosa. A las 20.10 llamarón a la puerta. Él, como auténtico caballero, se acerco a la entrada para proceder a su apertura. Léntamente, se abrió un hueco que le permitió descubrir un rostro de una gran belleza, no sólo por sus rasgos, sino por todo aquello que conseguía transmitir, por todo lo que era capaz de comunicar.
Le invitó a pasar después de los dos besos que siempre se antojan de rigor. Como buen huesped y buen anfitrión, la condujo despacio hacia el salón. Previamente le había enseñado los aposentos donde podría descansar y reposar si a bien tenía quedarse esa noche. La mesa era enorme, gigantesca, rectangular. Él sutilmente, le pidió que se sentara a su vera, cerca suyo, de forma que su mirada estuviera a mitad de camino entre el ventanal, y la chimenea. Una posición de contrastes, y es que Él nunca dejaba nada al hacer, nunca había hueco para la improvisación cuando decidía que debía entrar en acción.

Como amante de los buenos vinos, no pudo resistirse a descorchar la botella. Era un vino extraño, místico, misterioroso. La botella venía rodeada de una fina cuerda de terciopelo rojo, que la envolvía en su totalidad: "Viene de la Florencia italiana, creo sino yerro, que se dedicana a elaborarla de forma manual los descendientes de Dante Aghlieri. Dice la leyenda que es un vino que sabe totalmente distinto si es una mano ajena la que lleva la copa de vino a la boca". Después de esta breve frase, ella no pudo reprimir su sonrisa, ni su excitación. Se había puesto guapa para Él, pero sobre todo, para ella misma. Sentirse así, tan exquisita, arreglada, atractiva, la hacía sentirse más segura que nunca, feliz, animada.
A medida que transcurría la cena, Él poco a poco llevaba la conversación a su terreno. La miraba en el momento exacto, sabía cuando susurrar, cuando guiñar un ojo, o cuando subir la voz. Cogió la copa de ella, y se la acercó despacio, muy léntamente a su boca. Ella bebió, sutilmente. Una pequeña gota caía por su cara, pero él se la supo retira con la yema de uno de sus dedos. Él se levantó, y se puso tras de ella. Cogió de nuevo su copa, acercándosela otra vez a su boca, mientras la susurra: "Soy yo quien dedice cuándo has de beber, soy yo quien controla el ritmo del vino, quién sabe de tus necesidades" Ella notó como se aceleraba su respiración, notó como no era capaz de reprimir sus mayores deseos. Sabía que ese caballero ,podría saciar su sed, sabía que ese caballero conocía unos remedios que ella necesitaba sobre su piel.

Madame Buterfly empezó a sonar. Amante de la ópera, si era María Callas, mejor que mejor. No podía dejar pasar la ocasión para invitarla a un paseo por el castillo. Una habitación, la cocina, los servicios....Y lo mejor de todo, un pequeño atajo para llegar a la playa. Una playa que en esa noche de verano, debía ser el final de su destino, ya que con la luna llena, se convertía en un auténtico lujo pasear por la orilla del mar."
Cogió su mano y abrió la puerta del pasadizo. Tuvo que encender el fuego de una antorcha para poder ver. La llevaba de la mano, transmitiéndole firmeza, control, fuerza, seguridad. LLegaron a un pequeño aposento. Entonces él le explicón:
-Ésta debió de ser la sala de tortura o castigo hace muchísimos años. De hecho, para una especie de carcel. Los muros de piedra, fríos, gélidos. El olor a humedad, incesante. Los grilletes del suelo y la pared, permiten adivinar las torturas que aquí se debieron producir....Confiemos en que las cosas hayan mejorado con el paso de las generaciones...Mira, ponte ahí, sobre la pared, debajo de la ventana, cerca de los grilletes. quiero sacarteuna fota, para que veas lo bello que sería tu retrato con este fondo tan tétrico. Ella obedeció. Empezó a retratarla, cada vez acercándose más a ella, teniéndola más cerca, hasta estar frente a ella, momento en el cual decidió acariciar su cuello, despacio, para terminar rompiendo la blusa de un tirón firme, desgarrándola.

Ella no pudo reprimir el gemido que soltó. En ese segundo de incertidumbre, vio como el la giraba rápidamente y ataba sus muñecas a los grilletes de la pared, y los pies a las cadenas del suelo. Se situó tras ella, besando su cuello, mordisqueándole, mientras sus manos arrancaban sus senos de su sujetador, sacándolos fuera,apretándole los pezones,arañándoselo, a la par que le masajeaba los senos, como si tratara de de ordeñar esos pechos firmes, y turgentes....La cogió con firmeza de su pelo y tiro de su cabeza para atrás, de forma que sus ojos se levantaban...., y le obligaba a mirar la luna: -Hoy es luna llena y cuando esto sucede me transformo, me convierto en un hombre lobo salvaje, indomable, irreductible...

Explorador del alma

domingo, 24 de enero de 2010







"El amor es como la poesía de los sentidos...

pero hay poesías malísimas."

Antonio Gala

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sábado, 23 de enero de 2010

PRIMER ANIVERSARIO DE LA MANSIÓN

Un año ya…

Parece mentira pero así es. Hoy el blog cumple un añito.
Ya le han salido los dientes y se ha vuelto un poco gamberro y descarado, aunque eso ya se veía venir…
Lo cierto es que no siempre ha sido fácil, pero gracias a la colaboración de todos mis buenos amigos y amigas, esto ha ido tirando hacia delante hasta haber completado el primero de los años del blog.
Quien lo iba a decir…
Pero mejor no me enrollo y le paso el testigo a alguien que sabe escribir de verdad. Lady cava nos ha mandado una felicitación de cumpleaños que supera con creces los meritos de este humilde blog… pero ya que nos la ha mandado, no vamos a rechazársela, ¿no os parece?.
Muchísimas gracias cava por aguantar tanto ahí, a pesar del frio y de las incomodidades de la mansión. Y gracias a todos los demás por animarnos a seguir con vuestra presencia.
Yo por mi parte os dejo unas tartas para que vayáis abriendo bocado (que cada cual coja de la que más le guste) y una pequeña aportación de ese descarado del Satiricón.
Espero seguir viéndoos por aquí y si alguien se anima ya sabe… la mansión es de todos.
Besos y azotes para ellas y fraternales abrazos para ellos.

Sayiid




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Hoy hace un año que se abrieron las puertas de esta querida Mansión.
Desde el primer día que fui invitada a entrar en ella, me sentí en mi casa... había una habitación preparada para mí. Habitación que se me permitió decorar totalmente a mi gusto, sin imposiciones de ningún tipo, sin restricciones... desde su confortable intimidad, fui “asomándome” al resto de la Mansión y descubriendo que cada vez me gustaba más lo que encontraba en ella.
Poco a poco fue abandonándome la sensación de ser una intrusa, una “voyeur”, para considerarme una invitada de lujo, ya que así me hacía sentir el Señor de la Mansión... el siguiente paso fue lógica consecuencia, tan a gusto estaba, me movía con tanta naturalidad por todas y cada una de sus habitaciones que he llegado a considerarla mi casa... pues nada de lo que acontece en ella, me es ajeno.
Unas veces me río, otras veces me emociono, alguna que otra me sorprendo y pienso ¡ jo qué cosas !... pero entonces es cuando más me gusta ( jijiji )... es cuando mi imaginación se dispara y me atrevo a soñar, a desear cosas nuevas y esos sueños y esos deseos, se acomodan en mi mente alimentando y ampliando mi inspiración.
En una de esas veces que hablo antes de pensar, me tiré el farol de decirle a Milord Sayiid, que me comprometía a escribir un poema diario para la Mansión y ese “compromiso moral” con mi querido amigo, me descubrió mi capacidad de escribir (hablo de cantidad... la calidad la dejo a juicio del lector) ya que antes apenas había escrito algunas cosillas y con una tranquilidad rayana en vaguería.
Ahora sé que la voluntad, el compromiso y las ganas de complacer a una persona querida, pueden hacer milagros, aunque confieso que también hay que contar con Las Musas que en cuanto a la poesía me tienen un poco abandonada... pero ya volverán.
Querido Milord... gracias por ser el artífice de un lugar tan sugerente y por permitirme formar parte de él.
Y gracias a todos los que alguna vez os habéis asomado a la Mansión, por el trocito de vuestro interés que me corresponde en esas visitas.

cavabaja



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Primer Aniversario

Aunque a muchos les sorprenda
y les cause admiración
un añito ya ha cumplido
nuestra querida “Mansión”

Un añito lleno de cuentos
de relatos y poesías,
de momentos de ternura
y de lúgubres mazmorras frías.

Un año lleno de dicha,
de gozos y de placeres,
de visitas inesperadas
y de ausencias más bien crueles.

Un año lleno de historias,
de erotismo y de belleza,
de lujuria y perversiones
y hasta de crueles pasiones.

En la mansión todo es posible
en la mansión todo es pasión.
Tú sol@ te pones tus límites…
Y yo te pongo la habitación.

Tan solo se pide respeto
libertad e imaginación,
un poquito de ternura,
y un mucho de excitación.

Y desde aquí agradecer
su intensa participación
a alguno de sus habitantes
que me han ayudado un montón.

Comenzó siendo “la mansión”
un lugar de paz y encuentro,
y con el tiempo se ha convertido
en un antro de dulce tormento.

Por esta humilde casona
han pasado grandes poetisas,
relateros, humoristas,
y hasta algún que otro Satiricón.


Y tod@s ell@s han dejado
con su ánimo y participación
ladrillitos que me han servido
para agrandar la mansión.


Y en sus húmedas mazmorras
se han leído apasionantes historias,
de entrega y de sumisión,
que estimulando nuestra imaginación
nos llevan a mundos de fantasía
donde mujeres sometidas
controlan la situación.


Bellas, y excitantes hembras
que nos regalan sus encantos
sin pedirnos más a cambio
que una notable erección.


Así que cantemos todos
del cumpleaños la canción
para que dentro de un año
nos juntemos aquí un montón.

(Gracias a tod@s por vuestra visita)


(El Satiricon)

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jueves, 21 de enero de 2010




El amor es como los columpios, porque casi

siempre empieza siendo una diversión y casi

siempre termina dando náuseas.

Enrique Jardiel Poncela

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miércoles, 20 de enero de 2010

¿Demasiado castigo para tan poca falta?
Más bien si.
No quiero ni pensar lo que le podría ocurrir a esta pobre chiquilla si un día se le cae un plato al suelo y se le rompe... o si gasta más lavavajillas del necesario... o si...
Si es que hay trabajos que no están nunca lo suficientemente pagados.
Con lo placentero que puede resultar azotar un poco a tu sierva sin necesitar de ninguna excusa...
Pero en fin, ya sabeis, si os decidís a "servir" en casa de estos "señores", aseguraos de que al menos os dan de alta en la Seguridad Social (más que nada por eso de que mas vale prevenir que...).
Feliz noche y que disfruteis del video.
Sayiid

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martes, 19 de enero de 2010

Hay que ver como está el servicio...
En cuanto te descuidas o no estas encima, ya limpian por encima, sin poner la más mínima atención.
Y eso no es...
O eso, al menos, piensan los dueños de esta casa.
Ellos han decidido ponerse en su sitio y tomar las riendas del asunto.
Hoy os dejo la primera parte de un video sobre como estimular al servicio del hogar para que lleve a cabo sus tareas de la manera más adecuada.
De momento yo ya estoy ahorrando y ya me he puesto en contacto con una agencia para que me envien posibles candidatas.
¿Alguna se apunta?
Mañana, la segunda parte...
Que lo disfruteis.
Sayiid

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domingo, 17 de enero de 2010

¿Qué tal acabar el domingo con una buena sesion D/s?
Entrega, sumisión, dolor y placer a raudales en este relato donde tenemos de todo y en abundancía.
Espero que td@s lo disfruteis y que esta noche, al acostaros, no podais dejar de pensar en como sería vivir una experiencia así.

Sayiid

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Habían dado las doce. Germán abrió la puerta de la estancia contigua y, a la luz de la pequeña lámpara, observó a Carolina, que dormía profundamente. La muchacha, completamente desnuda, llevaba en el cuello un collar, al cual una cadena se enganchaba, atándola a un barrote del camastro. También él se encontraba desnudo, aunque calzaba unas botas de cuero negro y aspecto militar. Sobre el pecho, a modo de medalla, una pequeña llave, sin duda destinada al único mueble que en aquel cuarto parecía cerrado. ¡Eh, puta!, gritó, mientras la polla se le iba endureciendo hasta ponerse erecta, como un mástil. ¡Eh, puta, abre los ojos!, volvió gritar, ahora asiéndola por el pelo y zarandeándola bruscamente. ¡Despierta, esclava!, aulló, redoblando su rudeza.
Al fin, abrió los ojos y, como manejada por un raro resorte, saltó del lecho y se arrodilló. Pasó de esta manera unos minutos, viendo cómo del pene de Germán un blanco filamento de flujo pegajoso le caía en el rostro y, rodando por la nariz, goteaba sobre sus pechos. Se sentía feliz, llevó hasta aquel líquido sus dedos y, con breve masaje, lo extendió alrededor de los pezones. Luego bajó una mano y, visiblemente excitada, se acarició la vulva.
Y se hubiese corrido, desde luego, si su amo, Germán, no llega a evitarlo, decidido a esperar, sin duda alguna, mayores deleites. Cuando los jadeos de Carolina presagiaban un rápido final, él la atrajo hacia sí, con un fuerte tirón de la cadena y, agarrándole los pezones con fuerza, la levantó. Entonces, sin liberar su presa, antes bien intensificando el pellizco, le dijo:
-Debería azotarte, grandísima puta, pero eso te encanta, lo sé. En fin, te daré gusto o eso crees, pero antes tendrás que convencerme con una buena mamada. ¡Tírate al suelo, perra!
Obediente, se puso de rodillas y él, de una leve patada, la obligó a tumbarse, a la vez que, invirtiendo su propia posición, hacía coincidir su verga con la boca de la mujer, que comenzó a chupársela codiciosamente.
-Sigue, sigue –ordenaba Germán-.
E introducía los dedos en su coño, comprobando el efecto de aquella acción, intensificándola con pellizcos, a los que Carolina respondía chupando con más y más ansia. Él, ya fuera de sí, mordía con crueldad, le subía las piernas y golpeaba con delectación los glúteos, hasta hacerlos enrojecer.
Y ella, bien abierta la boca, resistía las feroces acometidas de Germán, cuyo falo se hundía hasta la base, cada vez más hinchado por efecto del enorme placer. Carolina era hermosa, con un cuerpo macizo e incitante. Joven, morena, el cabello le descendía en cascada hasta los grandes pechos que, firmes y erguidos, coronaban dos grandes areolas y sendos pezones, sonrosados y puntiagudos. Las caderas, amplias, a medida de un culo prominente y un vientre suave y ancho, bajo el cual se extendía una negrísima mata de pelo, cubriéndole todo el pubis.
-Basta, puta –conminó secamente-, voy a calentarte las nalgas.
Ella, soltando el pene, que salió de su boca impregnado de jugos, se incorporó.
-¡De rodillas! –dijo Germán-.
Tomó entonces la llave que le pendía del cuello y la arrojó al parqué, mientras gritaba:
-¡Vamos, perra, cógela con la boca.
Cuando ella, a cuatro patas, obedeció la orden, siguió:-Ahora, abre ese mueble que tú sabes y elige el instrumento que más te guste.
Poco tiempo tardó la mujer en presentar al hombre una fusta larga, flexible y delgada, con una empuñadura que se ajustaba a la muñeca como una pulsera, con lo que nunca podría caer al suelo, garantizando así un castigo sin interrupciones, a gusto del amo más implacable.
-Ah, zorra –dijo éste-, ya veo que te gusta lo bueno. Yo te la haré sentir en cada milímetro de cuerpo.
Y, cogiéndole la cadena, la llevó hasta un extremo de la estancia, donde un extraño artilugio, que terminaba en un par de argollas, permitía amarrarla en cualquier posición. Eso hizo Germán, de manera que Carolina tuviese levantados ambos brazos, levemente inclinada, con las piernas abiertas. Una vez que la tuvo preparada, blandió la fusta, haciéndola silbar.
El zumbido de la fusta era como el preludio de una sinfonía en la que gritos, súplicas, jadeos y el chasquido del cuero sobre la piel desnuda acababan en el allegro maestoso y sostenuto del clímax. Ella, al oírlo, mientras Germán, deliberadamente, demoraba la lluvia de azotes, se dejaba asaltar por un temor enorme. A veces, el sudor empapaba los vellos de sus axilas y, bajándole por el vientre, se mezclaba con los fluidos que liberaba la excitación. Era dichosa así, sintiéndose dominada, poseída, a merced de aquel hombre adorado que la había reducido a la esclavitud. Él, mientras la miraba, sentía en la entrepierna la dolorosa urgencia de un deseo que iba a estallar, sin duda, al iniciar el castigo, y ya saboreaba las posturas, los escorzos obscenos que el cuerpo de Carolina adoptaría al sentir la mordedura de los azotes. Sin pensárselo más, descargó el primer golpe y la fusta cruzó en diagonal la espalda de la mujer, dejando en ella una marca rojiza y en la pupila de él una torsión del torso deliciosa, rubricada con una débil exclamación:
-Oh...

Siguió otro golpe en dirección contraria y, seducido por la grupa que le mostraba, asestó los siguientes en el trasero de Carolina, que ahora acompasaba sus exclamaciones con un leve jadeo. Atraído por las dos medias lunas que, marcadas con varios trazos rojos, se le ofrecían, tiró al suelo la fusta y, agarrándolas, abrió el camino oscuro y la sodomizó.
Ella, al recibir la verga de su dueño, gimió y contrajo el cuerpo, mientras él, sin dejar de moverse, la cogió por los pechos y apretó los pezones, fuera de sí. El jadeo de ambos se volvió más intenso y, al fin, cuando todo auspiciaba el orgasmo, le dijo a la mujer, junto al oído:
-Aprieta más el ojete, que yo te apretaré los pezones hasta pulverizártelos, perra.
-Sí, mi dueño y señor –repuso Carolina-, quémame las entrañas con ese hierro candente que me está matando de gusto... así, oh, sí, mi amo, pellízcame las tetas, rómpeme, gózame...
No resistió Germán el cataclismo. Moviéndose frenético, vació en el intestino de su esclava una oleada de esperma, que la condujo al éxtasis.
-Esto no ha terminado –farfulló-. Eres una puta: no puede uno darte por el culo, sin que disfrutes como una guarra. Voy a castigarte por ello. Prepárate.

Y, apenas acabó la perorata, desató a la mujer y prosiguió diciendo:
-Aún no he desollado a este conejo, pero será un placer, no lo dudes. Pero ahora vayamos a otra cosa: te he soltado porque habrá que poner a punto la maquinaria para volver a empezar. Esto dijo, señalándose el pene que, irritado y sanguinolento, comenzaba de nuevo a centellear.
-Arrodíllate, esclava, y métetela entera en la boca. Quiero que me la chupes despacio, trabajando esa lengua...
Carolina, sumisa y genuflexa, tomó en su boca el falo y comenzó a lamerlo. Primero, dando vueltas alrededor del glande con la lengua bien mojada; luego, de arriba a abajo, succionando de forma espasmódica, hasta que, finalmente, se la metió toda entera, sin parar de moverse. Y así hasta que su amo le ordenó detenerse y volvió a conducirla hasta los amarres, donde la encadenó, de frente esta vez.
-Quiero que abras las piernas y las mantengas así, hasta que yo disponga otra cosa.
Cogió entonces un látigo no muy grande, con siete colas largas y flexibles, que le fue restregando por todo el cuerpo, viendo cómo en ella hacía presa la excitación. Cuando la propia se hizo insoportable, empezó a azotarla. Primero en los pechos, después en el vientre, luego en la cara interna de los mulos...
Ahora no se trataba de un juego, o eso parecía, al menos. Pronto, los senos se llenaron de rojos verdugones y otro tanto las zonas restantes, expuestas al castigo. Germán se detuvo.-Voy a azotarte el coño.
Y pasó en un instante de la palabra al acto, descargando en aquel lugar una buena andanada de latigazos, que le arrancaron deliciosos gritos. Carolina temblaba, suplicaba, lloraba. Y él, consciente de su victoria, redoblaba la crueldad de la azotaina.-Así, así me gustas, puta –le decía con voz trémula-; eres mía, eres mía, y ahora siento en tu carne mi posesión. Puedo romper ahora tus cadenas, destruir estos látigos y pedirte que salgas de mi vida... tú eliges...

-¡Azótame! Soy tuya. Y cuando siento el látigo en mis carnes sé que no tengo vida, placer ni voluntad, si no es arrodillada a tus pies.
Germán volvió a aplicar una tanda de azotes a los enrojecidos muslos de la mujer. Estaba sudoroso y la fuerte erección le dolía. Tiró el látigo y, poniendo su mano entre las piernas de ella, le apretó el coño. Se encontraba mojada. Germán bajó a la molla palpitante y la llevó a su boca, succionándola con ardor. Cuando advirtió que se acercaba el éxtasis, procedió a desatarla, la puso a cuatro patas sobre el suelo y la penetró…
-Germán. Germán, por favor, se hace tarde, ¿a qué esperas para levantarte?
-Anda, mujer, ¿no podemos quedarnos en la cama cinco minutos más?
-Claro que no. Recuerda que a las 10 vendrán a recogernos.
-Joder, con lo a gusto que estaba durmiendo.
-Sí, ya lo noté; estabas empalmado y por poco me ensartas... ¡A saber qué estarías soñando!
-Unos minutos más, mientras pones el desayuno.
-Ya voy, ya voy, negrero. ¡Este hombre! A propósito, ¿quién es Carolina? Me pareció escuchar que la llamabas

© Clarisa Meer, 2008

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sábado, 16 de enero de 2010


Los gozos de los elegidos
 
Iba un guardia de corps, lector amado,
a más de media noche, apresurado
a su cuartel y, al revolver la esquina
de la calle vecina,
oyó que de una casa ceceaban
y que, abriendo la puerta, le llamaban.

Determinó acercarse
porque era voz de femenil persona
la que el lance ocasiona,
y sin dudar, a tiento 
de uno en otro aposento,
callado y sin candil, dejó guiarse
hasta que, al parecer, llegó la dama
donde estaba la cama
y le dijo: - Desnúdate, bien mío,
y acostémonos pronto, que hace frío.

El guardia la obedece
metiéndose en el lecho que le ofrece,
cuyo calor benéfico al momento
le templa el instrumento,
y mucho más sintiendo los abrazos
con que en amantes lazos
la dama que le entona,
expresiva y traviesa, le aprisiona.
Entonces, atrevido,
intentó la camisa remangarla

y rijoso montarla.
Mas quedó sorprendido
al ver que ella, obstinada, resistía
la amorosa porfía,
y que, si la dejaba,

también de su abandono se quejaba,
hasta que al fin salió de confusiones
oyendo de la dama estas razones:
- ¿Cómo te has olvidado
del modo con que habemos disfrutado
siempre de los placeres celestiales?
¿Los deleites carnales
pudiera yo gustar inicuamente
cuando mi confesor honestamente
sabes que me ha instruido

de cómo gozar debe el elegido
sin que sea pecado?
¡Pues bien que te has holgado
conmigo en ocasiones 
sin faltar a tan puras instrucciones!
El guardia, deseando le instruyera
en lo que eran delicias celestiales,
dejó que dispusiera
la dama de sus partes naturales;
y halló que su pureza consistía

en que el varonil miembro introducía
dentro de su natura
por cierta industriosísima abertura
que, sin que la camisa se levante,
daba paso bastante,
como agujero para frailes hecho,
a cualquier recio miembro de provecho.
Con tal púdico modo,

logró meter el guardia el suyo todo,
gozando a la mujer más cosquillosa

y a la más santamente lujuriosa.
Mientras los empujones,
ella usaba de raras expresiones,
diciendo: - ¡Ay, gloria pura!,
¡oh, celestial ventura!,
¡deleites de mi amor apetecidos!,
¡ay, goces de los fieles elegidos!
El guardia, que la oía
y a su pesar la risa contenía, 
dijo: - Por fin, señora,
no he malgastado el tiempo, pues ahora
me son ya conocidos
los goces de los fieles elegidos.
Al escuchar la dama estas razones,
desconoció la voz que las decía;
mas, como en los postreros apretones
entorpecer la acción no convenía,
exclamó: - ¡Ay, qué vergüenza!, ¡un hombre extraño...
no te pares...! ¿Se ha visto tal engaño...? 
¡Ángel del paraíso...!, ¡qué placeres...!,
¡ay, métemelo bien, seas quien fueres!

(El Jardín de Venus - Féliz María de Samaniego)

viernes, 15 de enero de 2010




"El amor es como la salsa mayonesa: cuando

 se corta, no queda más remedio  que

 tirarlo y empezar con otro nuevo."

Enrique Jardiel Poncela

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PD: La foto de hoy es cortesía de mi amiga "La Bruji". Muchas gracias princesa, una composición realmente espectacular. Esperamos ver más obras tuyas, si es posible. :-)

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jueves, 14 de enero de 2010

¿Vino y rosas?
¿Música romántica y velitas aromáticas?
¿Champagne francés y fresitas con nata?
Todo eso está verdaderamente bien pero... ven... ven conmigo porque yo te voy a explicar otra manera muy distinta de crear ambiente y entrar en calor... y después... después será lo que los dos queramos... pero sobre todo... sobre todo será lo que yo quiera ... ¿o acaso lo dudas?
Sayiid



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miércoles, 13 de enero de 2010

¿Esperabais con impaciencia la continuación de este excitante relato?. Os confieso que yo si, y para nada me siento decepcionado... todo lo más, le pido a nuestra anonima visitante que no nos deje así y que por favor, nos continue contando sus maravillosas experiencias en esa oficina en la que todos y todas quisieramos trabajar, sin importarnos demasiado el sueldo.
Disfrutad del relato y esperemos una pronta continuación.

Sayiid

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LA OFICINA (CAPITULO II)


Tan excitada estaba que tardé unos instantes en darme cuenta que me había soltado, abrí los ojos y me erguí… estaba mirándome, su cara estaba seria, pero sus ojos transmitían esa ironía divertida y socarrona que me había cautivado desde el primer momento…
– Date la vuelta –me ordenó.
Así lo hice y oí que abría la cremallera de la bolsa. Entonces noté que tapaba mis ojos con un pañuelo negro de seda e inmediatamente noté que el resto de mis sentidos parecía como si se hubiesen despertado de golpe. Ahora podía escuchar su respiración, mi nariz se llenó de olores… el sutil aroma de su colonia, un leve olor a sudor y deseo que emanaba mi cuerpo, también empecé a ser consciente de que mi piel entera estaba viviendo algo nuevo y vibraba sólo pensar que sensaciones desconocidas la estarían aguardando.
Me dio la vuelta y tomándome las manos, procedió a atármelas. La presión no era muy fuerte, así que no me molestaba, pero era la primera vez que un hombre me ataba y la sensación de vulnerabilidad, fue tan grande que inconscientemente mis manos trataron de desatarse.
- ¿Quieres que te las ate más fuerte?
- No mi Señor, no es necesario –dije con rapidez.
- Apoya los brazos en el borde de la mesa y abre bien las piernas.
Así lo hice e inmediatamente noté que me subía la falda e imaginé mis nalgas y mi sexo expuestos a su mirada y una ola de calor recorrió mi cuerpo.
- Hummm, bonito espectáculo, pero más excitante será dentro de un rato, es hora ya de probar cierto regalo que me ha hecho una valiente y bella dama.
Inmediatamente recordé la fusta que con motivo de su cumpleaños, le había enviado y sentí como mi frente se llenaba de gotitas de sudor. Volvía, otra vez, a sentir la excitación que provocaba en mí experimentar una situación nueva, a la vez que algo muy dentro de mí se rebelaba y aunque ya había aceptado una y mil veces lo que sabía que iba a suceder, mi mente se preguntaba por qué tenía que pasar por esto, ¿quién era él, para someterme de esa manera? ¿quién era él, para humillarme, para tener derecho sobre mí?
En ese momento sentí un pequeño golpe en mi sexo, di un pequeño respingo, más de sorpresa que de dolor, oí una breve risa y recibí otro golpe esta vez más fuerte, con cada nuevo toque mi excitación iba creciendo y fui recordando todas y cada una de las conversaciones que habíamos tenido. Los ratos en los que creí morir de placer, sólo con oír su voz y escuchar sus “relatos”, la emoción y el morbo que sentía cuando me abandonaba a sus palabras y exigencias. Entonces supe el por qué, supe por qué iba a dejar que este hombre hiciera de mí lo que quisiera hacer… porque yo le había entregado libremente ese poder sobre mí, al considerarle mi Señor, mi Dueño, porque así se lo había ganado sabiendo vencer mi voluntad, con sus palabras y su interés por mí, porque había conseguido que me sintiera la mujer más deseada del mundo y porque a su lado estaba segura de sentir lo que había soñado siempre.
Por tanto cuando la fusta golpeó mis nalgas, por primera vez, ya tenía claro el por qué de todo aquello.
Siempre me habían asaltado dudas sobre el tema del dolor, no soy masoquista y el dolor por el dolor nunca me ha atraído, por eso no tenía muy claro como iba a reaccionar ante él. Es verdad que habíamos hablado mucho sobre el tema pero faltaba comprobar si sería capaz de admitirlo cuando llegase el momento y había llegado y el escozor y el dolor que sentía en mis nalgas era la catarsis y la culminación de las palabras y los deseos vertidos en nuestros sueños, en nuestro deseo de encontrarnos.
Comprendí de pronto que el dolor que sentía en esos momentos no tenía nada que ver con el dolor de “fuera” con ese dolor frustrante y gratuito. Este era un dolor gozoso, un dolor “útil” que consumaba el rito de mi entrega al hombre que ocupaba todos mis pensamientos. Oí que de mi garganta salía un hondo suspiro y como si fuera una señal que estuviera esperando, sentí sus manos en mis caderas y su boca depositó en cada una de mis nalgas el beso más dulce que hubiera podido imaginar jamás.
Su voz más ronca y profunda que de costumbre, sonó en mis oídos como una caricia.
- Mi deseo está igual de caliente que tu culo, ya es hora que tome posesión de lo que es mío por derecho.
Que tardara uno instantes en estar preparado sirvió para que con sólo imaginarme lo que iba a suceder mi sexo, volviera a tener la humedad suficiente para recibirle. Con una salvaje embestida me penetró sin miramientos llenándome de una sensación nunca antes vivida. Sus manos aferradas con furia a mis hombros impidieron que pudiera moverme y el calor de mis azotadas nalgas volvía a mí, multiplicado en su piel.

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