Prologo de El Libertino

miércoles, 30 de junio de 2010



OCTAVOS DE FINAL
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Nuestra selección ha ganado,
y en cuartos ya se ha colocado.
A nuestros hermanos hemos eliminado,
y ese es el único pesar que me ha quedado.
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Hubiera yo preferido,
sin dudarlo, mire usted,
eliminar a la Inglaterra del Capelo,
o a la Francia de “Scarface”.
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Pero ibéricos hermanos, no os pese
haber perdido con el campeón.
Habéis jugado como los grandes,
fieles, nobles… y sin trampa ni cartón.
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Y es que esta España es una furia,
un vendaval… una pasión.
Un ciclón, una locura…
una autentica selección.
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Porque aquí todos trabajan,
desde Villa hasta Piqué.
Casillas las para, Xavi las pasa…
Navas las centra y… gol otra vez.
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Y ya nos espera Paraguay el sábado,
y mira que es “guay” esta selección,
pero más “guais” somos nosotros
que ya no nos para ni la crisis…
ni la depresión.
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Y después nos tocará Alemania,
o la Argentina del feo “pelusón”.
Las dos nos tienen tanto miedo,
que perderían por evitarse la humillación
de tener que ver como en semifinales
les atropella nuestra selección.
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Así que amigos yo ya me veo,
instalando en la mansión,
la tele de 200 pulgadas
para disfrutar sin remisión
de vernos en la final de la copa
ganando a Brasil, sin compasión,
con goles de Alonso y de Iniesta,
otro de Xavi y el último… del “Torre(s)ón”,
que el “niño” cuando se despierte,
va a causar una gran conmoción.
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Y a los hermanos portugueses les digo:
- Mucho ánimo e ilusión
que con futbolistas como la de la foto…
si no ganáis el mundial, al menos…
ya os habéis ganado mi admiración.
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(El Satiricón)



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martes, 29 de junio de 2010

Hermosa es la mujer que se desviste, y muestra, poco a poco, su hermoso cuerpo.
Hermosa y lasciva, cual venus desnuda.
Lujuriosa y morbosa, como una diosa del olimpo, pero...
Cuanto más excitante es la mujer que se viste, poco a poco, prenda a prenda.
Como se disfruta de cada imagen, de cada instante, de cada momento, sabiendo que a medida que pase el tiempo, su cuerpo se irá cubriendo y nuestros ansiosos ojos anhelaran su tibia carne ya cubierto por el tenue velo.
Se anhela lo que se pierde, lo que no se tiene, lo que disipa…
Hermosa es la mujer que se desnuda… pero excitante y deseada es la que sabe cómo y cuando vestirse.

Sayiid

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LITURGIA



Me gusta verte cuando te desvistes

y, prenda a prenda, te desnudas, pero

sincera confesión hacerte quiero:

me gusta más mirar cómo te vistes,

con qué cuidado en el detalle insistes,

el viaje de las medias al liguero,

el sostén en tu busto verdadero,

el rito y esplendor en que consistes.

 

Me gusta ver cómo te arreglas,

cuando te tiñes labios y uñas con el rojo,

te miras al espejo, comprobando.

Cómo tus suaves párpados ahumas,

cómo rímel y lápiz das al ojo,

cómo te alhajas, cómo te perfumas.

 

(José Alcalá-Zamora)

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lunes, 28 de junio de 2010



Me sirvió otra copa y se sentó junto a mí en el diván. Yo me incliné y la besé. Mientras lo hacía le subí la falda y miré de reojo aquella pierna de nylon. Tenía buena pinta. Cuando terminamos de besarnos se bajó otra vez la falda, pero yo ya me había aprendido aquella pierna de memoria. Se levantó y fue al baño. La oí tirar de la cadena. Después hubo una pausa. Probablemente se estaría poniendo más lápiz de labios. Saqué mi pañuelo y me limpié la boca. El pañuelo quedó teñido de rojo. Finalmente estaba consiguiendo aquello que todos los chicos de la Universidad menos yo habían conseguido. Los chicos bonitos, ricos, dorados y bien vestidos con sus automóviles nuevos y yo con mis trajes de pelagatos y mi bicicleta rota.

Debra salió. Se sentó y encendió un cigarrillo.

- Vamos a follar, le dije.

Y ella empezó a cabalgar. Podía hacerlo, con sus 45 kilos. Yo apenas podía pensar. Hice pequeños movimientos, encontrándomela de vez en cuando. A ratos nos besábamos. Era bestial: estaba siendo violado por una niña. Se movía, me tenía clavado, atrapado. Era una locura. Sólo carne, sin amor. Estábamos llenando el aire con el olor del puro sexo. Mi niña, niña mía, ¿cómo puede tu cuerpecito hacer estas cosas?. ¿Quién inventó a las mujeres?. ¿Con qué propósito?.

El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta la sumisión.

Cuando acababa sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y las almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.

Fragmento de "Mujeres" de Charles Bukowski

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domingo, 27 de junio de 2010

Sumisas...
Esa clase tan especial de mujeres, capaces de darlo todo sin esperar nada a cambio.
O en realidad si que lo esperan, claro; todos esperamos siempre algo a cambio. Pero ellas son capaces de renunciar a sus esperanzas por amor a su Dueño.
¿Hay pues alguna clase de amor mas grande que esa?
¿Hay algo más hermoso que la entrega sin condiciones?
¿Hay algo más grande que sentirse amado hasta la muerte?
Sumisas... una clase especial y única de mujeres.
Os lo aseguro, amig@s de la mansion... no hay amor como el amor de una sumisa por su Amo.
Sayiid

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jueves, 24 de junio de 2010

El morbo de lo desconocido...
La excitación de lo extraño...
La sorpresa de lo cotidiano...
Un nuevo relato "robado" de la red; una gran maestria en describir una situación altamente morbosa, y un final inesperado.
Gracias Jacobo por escribir así de bien.
Sayiid

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Hacía mucho tiempo que a Beatriz la llamaban por teléfono. Siempre a la misma hora, la misma voz y con el mismo tono, tras saludarla con elegantes frases, iba creciendo, cálida y audaz, hasta hacerla desfallecer. No era miedo. Era como una extraña forma de indefensión, que llegó a provocarle taquicardías y le hacía sudar, quedarse sin aliento, sentir que se moría.

Y no es que las palabras, contundentes y seductoras, contuvieran ribetes de amenaza o hicieran sospechar peligro alguno, sino que, poco a poco, había ido cayendo en su tela de araña y, atrapada por ellas, se sentía en los brazos del emisor, como una marioneta.

Al principio, se inquietó. Luego, se mostró indiferente a las impertinencias que interrumpía colgando el auricular y, por último, sucumbió a los hechizos de aquel dulce desconocido y se dejó arrastrar por su lascivia.

Buenos días, Beatriz –dijo la Voz, desde el otro lado-. Te sienta bien el vestido, muy bien. Debo darte las gracias y pedirte perdón: lo primero, por haberme hecho caso; y lo segundo, por mi atrevimiento. Sí, estás hermosa. Pero, verás, te encuentro un poco incómoda, envarada... ¿Por qué no te quitas las bragas? Venga, eso es; utiliza el pulgar de tu mano libre y separa del cuerpo el elástico. Muy bien, muy bien, pequeña; ahora, ve deslizándolas hacia abajo y ¡alto ahí! Un momento, cariño, deja en paz esa ropa y acaricia tu ombligo; qué suave, ¿no es cierto? Pues baja, baja, baja la mano, eso es, eso es, detenla en los pelos del coño, rózalos con las yemas de tus dedos y deja que te excite su lisura, porque son lisos ¿verdad? Seguro que disfrutas con el calor que transmiten, sí, frótalos, enrédalos, disfruta comprobando los finos que son. Tienes una abundante cabellera, sí, pelos negros, brillantes. En cierta ocasión, penetré a una muchacha increíble... Y qué coño tenía, que parecía azabache. De tan tupido, el vello se le derramaba, alcanzando las ingles y la raja del culo. Pero, bueno, tú sigue; deja en paz esos pelos y baja con el índice a la vagina, tócala lentamente y mételo, eso es, estás mojada ¿verdad? Lleva el dedo a tu nariz, cierra los ojos y aspira, despacio, el olor. Te gusta, ya lo sé, pero no, no vayas a masturbarte. Verás, yo imagino tu olor, lo percibo a través de este aparato y la polla parece que me va a estallar. Anda, vuelve a las bragas y sigue bajándolas. Eso es, despacio. El placer no conoce la prisa. Ah, zorrona, la felpa de en medio chorrea; sí, una hebra de flujo la conecta a tu coño. Me estoy poniendo enfermo de tantas ganas. A mí también me fluye.
Sigue, sigue, bájatelas despacio y, al pasar por las ligas, roza la parte interna de los muslos, dales un buen sobeo; imagina que alguien, bueno, yo mismo, tengo allí la cabeza. Sí, la tengo entre tus piernas, sigo oliendo tu coño, que me llama, aproximo la lengua, quedo preso entre ellas y tus bragas, sin más salida que ese agujero negro y comienzo a chuparlo, lo mordisqueo, mis papilas se ensañan con el clítoris. Venga. Quítate ya esas bragas. Y qué pequeñas son. Esas prendas, cariño, solamente se usan para que alguien las vea. Eres un poco puta, pero no, no te ofendas: todos somos así cuando aprieta la carne; yo no vivo, no como, no duermo y me duele la picha del hambre en que te tengo. Pero sigue, mujer, ¿tienes que irte? ¿Ahora, en lo mejor? Vaya, vaya, maldito trabajo, malditas obligaciones. Bueno, vamos a hacer una cosa; mira, esta mañana iras a la oficina sin ponerte las bragas. Sí, las dejas en el sofá y vas a tu despacho sin ellas, ¿de acuerdo? Oye mi voz, andando por la calle y deja que te exciten tus muslos al rozarse. Mientras me lo imagino, voy a hacerme una paja.

Aquella mañana, Beatriz estuvo inquieta. Una gran desazón la empujaba al retrete una vez y otra vez, sin que nunca acabase de orinar. El frío de sus manos delataba un estado de nerviosismo que ella intentó ocultar cuando el jefe, de natural atento, le tendiera la suya para saludarla y ella, rehusándola, inclinó la cabeza, respetuosa, mientras pronunciaba una frase cortés. Al poco rato, el teléfono, encima de su mesa, volvió a sonar.

No te preocupes, no digas nada -era la Voz y estuvo casi a punto de desmayarse, ahora sí, de miedo-, sé que me complaciste y que llevas desnudos todos tus orificios. Deseas que te folle y yo quiero follarte. Mira, Beatriz, a veces pasan cosas, sucesos increíbles. Ahora, cuando cuelgue, cierra los ojos, piensa en lo que deseas y mastúrbate sin recato.

Así estaba, en efecto, cuando se abrió la puerta y entró el jefe. Totalmente azarada, trató de recomponerse, pero advirtió que el hombre, en mangas de camisa, llevaba el miembro fuera del pantalón.

No te asustes, Beatriz –dijo la Voz, con nombre y apellidos-, a veces pasan cosas, sucesos increíbles, ¿no es cierto? Y llegándose junto a ella, subió sus faldas y la encontró desnuda. Eres como te había deseado –continuó-; vamos, túmbate ahí.

Entonces, sonó el teléfono. El hombre, ya alojado en el sexo de su empleada, trató de descolgarlo, con tan escaso acierto que lo tiró. Una voz, desde el suelo, ascendió a los oídos de alguien: ¿Por qué no te quitas las bragas? Venga, eso es; utiliza el pulgar de tu mano libre y separa del cuerpo el elástico. Muy bien, muy bien, pequeña; ahora, ve deslizándolas hacia abajo y ¡alto ahí! Un momento, cariño, deja en paz esa ropa y acaricia tu ombligo, qué suave, ¿no es cierto? Pues baja, baja, baja la mano, eso es, eso es, detenla en los pelos del coño, rózalos con las yemas de tus dedos...

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© Jacobo Fabiani, 2007

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miércoles, 23 de junio de 2010



Noche de San Juan



La luna pálida y tenue, ilumina tu brillante y sudorosa piel.

Tu respiración agitada resuena en medio de la mágica floresta.

Tu cuerpo desnudo atrae a sátiros, faunos, duendes y gnomos.

El calor del fuego nos mantiene a salvo de los peligros del bosque.

El lobo, hambriento y deseoso, nos mira desde la oscuridad.

Es la noche única, la noche mágica, la noche corta…

Es la noche de San Juan…

Y tú, atada al viejo y centenario roble, desnuda y sudorosa…

Entregas tu cuerpo, tu alma y tu dolor…

Como sacrificio para el conjuro de la diosa madre.

Eres mi ofrenda a la tierra, a la naturaleza, a los dioses…

Tu piel marcada por mi látigo sirve de expiación a nuestros pecados.

Amo y sierva… sierva y Amo…

Druida que habla a la tierra, que la escucha, que la entiende…

Que la ama y la desea…

Porque esta noche, esclava mía, tu eres la madre tierra…

La diosa, la vida, la entrega…

Y te adoraré, y te llenaré, y te usaré…

Y agotado, al fin ya, cercana la aurora…

Daré la bienvenida, una vez más, al día más largo del año…

Y me sentiré feliz y satisfecho, como cada día…

De poder llamarme a mí mismo… Tu Amo

(para mi esclava magdala)

Sayyid

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martes, 22 de junio de 2010

Permitidme esta noche, asiduos y asiduas de la mansión, hacerle un excitante regalo a todos aquellos sumisos y sumisas que sueñan con hermosas mujeres embutidas en estrechos trajes de brillante cuero, portando suaves y flexibles fustas en sus manos.

Hermosas Dóminas que os provocan lujuriosos y húmedos sueños.

Diosas que os hacen hervir la sangre en vuestras venas.

Amas, amigas, compañeras…

Sed también todas bienvenidas a esta, nuestra oscura mansión.

Sayiid

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lunes, 21 de junio de 2010

LA MUJER COMO OBJETO SEXUAL



- Creo que mi mujer se ha convertido en un

 "objeto sexual" para mí.
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- ¿Y por qué crees eso?
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- Pues porque cada vez que la pido tener
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"sexo" conmigo... ella va... y "objeta".

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Y luego dirán por ahí que somos los Amos los que tratamos a nuestras pobres sumisas como "objetos sexuales"... Lo que hay que oir...  :-)
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Viva el derecho de objeción consensuada
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Sayiid
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domingo, 20 de junio de 2010

"Bondage (del inglés to bind, maniatar) es una denominación aplicada a los encordamientos eróticos ejecutados sobre una persona vestida o desnuda."
Encordamientos eroticos...
Inmovilización...
Abandono...
Confianza...
Bondage... el arte de la inmovilización.
Arte que Francisco Alvarez Hidalgo une al arte de la poesía para nuestro disfrute.
Que disfruteis del arte... y también de la poesía.
Sayiid.

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Bondage


Con jirones de nube adormecida

e hilos de luna en luz de fría plata,

teje sobre mis ojos densa venda

y sumérgeme en sombra la mirada.

Quiero encerrarme al mundo, despertando

mis sentidos a ti, sobre mi espalda,

prisionera en muñecas y tobillos

de los cuatro puntales de la cama;

equis de piel vibrante, temblorosa,

de mente libre y voluntad de esclava.

Mi oscuridad amplía los sonidos,

viéndote mis oídos cuando avanzas,

y al detenerte, se me vuelven ciegos,

y tu inmovilidad me despedaza.

Este aire fresco eriza mis pezones,

y en ansiedad irreprimible aguardan;

parecen percibir tu cercanía,

más no el tacto febril. ¿Qué te retarda?

Oh el estremecimiento de los muslos

cuando tu mano en ellos se adelanta,

y yo sin responder a la caricia,

mientras imperceptiblemente avanzas.

El retozo gentil de tibios dedos

que en los senos en círculo resbala,

cede el paso al zarpazo de la fiera,

de la entrañable fiera que avasalla.

Si apresurado, detenerte quiero;

si en lentitud, acelerar la marcha;

si en gentileza, brusquedad exijo;

si en arrebato, rogaré la calma.

Ciérnase sobre mí provocadora

el ave de rapiña que levanta

su rígida cabeza amenazante,

y penetre en el fondo de mi entraña.

No te puedo abrazar, fuérzame fiero,

sin escuchar gemidos ni demandas,

al galope, al galope, mi jinete,

mi jinete de intrépida jornada.

Intimo surtidor inaplazable,

tu estertor inequívoco presagia

blanca erupción. ¿Vendrá en mi subterráneo,

irrigará mi superficie pálida,

o inyectará su extracto intermitente

en la concavidad de la garganta?

Oh, qué abandono en mí, qué insuficiencia;

cuánta anticipación se me derrama,

sin libertad de acción; quiero y no puedo,

tensas las ligaduras que me amarran,

tensa la piel, manos y pies crispados,

y mi lascivia un tren a toda marcha.

A bordo, compañero, amante, a bordo,

ignorando estaciones y paradas,

nocturna travesía al infinito,

anégate y anúdate a mi alma.



Francisco Alvarez Hidalgo

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sábado, 19 de junio de 2010

Relatos cortos "robados" en la red.
Pequeñas y excitantes perlas llenas de ternura y lujuria.
Dulces palabras como el fruto del que habla esta pequeña historia.
Mi enhorabuena a la autora.
Sayiid

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El higo

Cómo esconder aquello. Su amiga le decía: no vayas a la higuera, que quien come de lo que tiene le crece. Y vaya si le gustaba saborear el fruto de aquel árbol. Le creció, pero no desde el higo sino él mismo. Bajaba a la playa y se tumbaba, tímida, en la arena; siempre quedaba un hueco desde donde Lucita veía su entrepierna, temerosa de que todos pudieran pasear, por el bosquejo que guardaba, debajo de la tela, su mirada. No comas más del fruto, déjalo, y el pantalón op-art, de espuma, como era moda, marcándole hasta el paso por el monte de Venus. ¿Cómo esconder a gritos tanta femineidad? La coplilla aquella o la maledicencia popular en canto se le venía siempre a la cabeza: María Rosa que bona estás, tens una figa com un cabás (María Rosa qué buena estás, tienes un higo como una espuerta).
Y nada y nunca, la boca se le hacía agua con el deleite de esa fruta carnosa y sonrosada que afloraba por la comisura de sus labios, lo mismo que su íntima flor que ya se le desparramaba por la vertiente de sus piernas, creciéndole las algas hasta acariciar, ya casi, la rodilla.

Ruth Cañizares
 
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viernes, 18 de junio de 2010

Música suave e imagenes sugerentes para iniciar bien el fin de semana.
Quien sabe, quizás sirva de estimulo a algun visitante de la mansión.
De ser así... nos encantaria que lo compartierais con nosotros.
Se apagan las luces... se encienden las velas...
Feliz viernes noche.
Sayiid
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jueves, 17 de junio de 2010

LA CENA

La noche estaba resultando muy excitante.
La idea de invitar a cenar en aquel elegante restaurante a mi esclava y a su marido, estaba resultando incluso más interesante de lo que yo había previsto en principio.

Por supuesto no estábamos solos. Había tenido la precaución de invitar también a otra pareja amiga, para que la situación no resultara tan comprometida. Aun así, estaba siendo una noche de insinuaciones veladas. Mi sierva estaba preciosa con aquel vestido de noche, su negra melena sobre los hombros, y su gargantilla de terciopelo negro que yo le había regalado unos días antes. Ella lucía con orgullo su collar de esclava.
Evidentemente su marido sospechaba algo, pero no sabía muy bien lo que pasaba, y si lo sabía, lo disimulaba muy bien.
Los camareros ya nos conocían a mi esclava y a mí de visitas anteriores, pero hacían gala de una discreción total, por la cuenta que les tenía.
El ambiente, la cena, la compañía, el buen vino que nos habían servido, y lo morboso de la situación, estaba empezando a afectarme, y empezaba a sentir un deseo enorme de follarme a mi sierva allí mismo.
No obstante, intenté calmar mis deseos, pero sin dejar de llevar la conversación a donde a mi me interesaba…
- Entonces, Marcos, ¿nunca has engañado a tu mujer?

- ¿Yo?, jamás, y menos aun estando ella aquí delante, jajajaa.

- Ya te veo ya, jajajaja. Eres un poco golfo.

- Que va, no creas.

- ¿Y que piensas de ella? ¿Crees que alguna vez te ha sido infiel?

- ¿Quién? ¿Mi mujer? Imposible. Ella jamás haría algo así

- ¿Cómo puedes estar tan seguro? Tu mujer es muy hermosa

- Si, si, hoy que esta muy arreglada. Lo cierto es que nunca la había visto así de arreglada antes. Pero tenías que verla por las mañanas, despeinada, ojerosa, jejeje

- Eso es una grosería Marcos. Estoy seguro de que tu mujer esta preciosa “en cualquier situación” (Al decir eso, una mirada viciosa se me escapó en dirección a mi esclava, recordando en que situaciones la había visto yo ya, despeinada, sudada, mojada, sucia, sudorosa, marcada… y lo hermosa que me había parecido en todas aquellas situaciones. Era evidente que su marido era un estúpido incapaz de ver la belleza aunque se la metieran por los ojos).

- Estoy seguro de que tu mujer debe tener muchos pretendientes por ahí. Muchos antiguos novios, como aquel, ¿Cómo se llamaba?, si, Manolo. ¿No le has llegado a conocer?.

- Si, claro que le he visto. Un estúpido engreído que se cree que puede dominar a las mujeres. Que iluso. Nadie puede dominar a una mujer

- Estoy de acuerdo contigo, amigo, “nadie” puede hacer algo así.

Mi esclava permanecía atenta a la conversación, y al sentir mi mirada sobre ella, no pudo evitar bajar la mirada, sabedora de que mis palabras iban dirigidas a ella. Supongo que el recordar a su antiguo amor, aquel Manolo que conoció en su juventud, y que fue el único hombre por el que había sentido algo antes de conocerme a mi, muchos años después, despertó en ella lúbricos recuerdos de sus primeras experiencias llenas de morbo.

Sabía que ella también se estaba excitando con la situación, al encontrarse entre dos fuegos, su marido y su Amo, y que cualquier palabra sacada de contexto la dejaría entre dos aguas. Se sentía desprotegida, indefensa, a merced de mis comentarios irónicos.

Sabia que su marido sospechaba de ella, por que no era normal lo de aquella cena; pero no sabía si el soportaba aquella situación tan morbosa, por placer o simplemente por que no le quedaba otra opción que hacerse el tonto.

No obstante, yo quería llevar la situación aun más al límite. Quería ver hasta donde podía llegar mi esclava en una situación como aquella.

Así que, disculpándome con los presentes, puse una burda escusa para salir del restaurante:

- Disculpadme amigos, pero tengo que ir al coche. Necesito hacer una llamada importante y me he dejado el móvil en la guantera. Soy un despistado. Siempre me pasa lo mismo. Voy a acercarme en un momento y enseguida vuelvo.

Y levantándome pausadamente, abandoné el salón dejándolos a ellos en la mesa. No obstante, justo antes de salir, y para que vieran que llevaba el teléfono encima, lo saqué y le escribí un mensaje a mi esclava.

“Pon la escusa de que vas al baño y espérame en el callejón de detrás del restaurante. No me hagas impacientarme”
Justo antes de salir, pude ver como mi esclava recibía el SMS y, pidiendo disculpas, se excusaba diciendo que tenía que ir al baño. Evidentemente todos se dieron cuenta de que algo pasaba, pero no sabían muy bien el qué.
Yo salí del restaurante y me acerqué al coche, simplemente por hacer algo de tiempo. Después, tranquilamente, me acerqué al sucio callejón que había detrás del restaurante. Era el callejón al que daba la salida de las cocinas del local, y en ese momento estaba vacío. Cuando llegaba, vi. a mi esclava esperándome allí pacientemente.

- Buenas noches, mi sierva, no has tardado mucho.

- No Señor, vine nada mas recibir su mensaje.

- Gracias. Es que esa conversación tan interesante con tu marido me ha despertados unas ganas enormes de tenerte para mi, aunque eso ya lo sabias, ¿verdad?

- Si Amo, lo vi en sus ojos cuando me miraba.

- Jajaja, eres muy lista perrita mía, y como eres tan lista, supongo que no necesitas que te diga lo que tienes que hacer ahora, ¿verdad?

Sin decir palabra, se levanto la falda para no mancharla, y arrodillándose en el suelo, delante mía, abrió la bragueta de mi pantalón, y sacando mi ya endurecido miembro, lo introdujo suavemente en su boca, dejando que creciera dentro de ella, mientras su lengua comenzaba a mojar mi glande, deseoso ya de sus caricias.
Estuve follándome su boca un breve espacio de tiempo, pero sabía que no disponíamos de toda la noche, así que, levantándola, le di la vuelta, apoyándola con sus manos sobre la sucia pared de ladrillo, y levantándola el vestido, le arranque sus finas bragas de blanco encaje. Sus piernas se abrieron para recibirme y mi polla penetro sin dificultad en su mojado coño, sediento ya de polla, que me recibió con el calor que habitualmente lo hacía.
Mientras montaba a mi esclava en aquel sucio callejón, pude ver como, por el ventanuco que daba a al cocina del restaurante, un camarero nos miraba con cara de asombro primero, y de excitación después.
Sonriéndole descaradamente, me aparte a un lado para que pudiera ver el hermoso culo de mi sierva y su coño encharcado con sus propios flujos.

Como mi amigo el camarero empezó a pajearse ante tan hermoso espectáculo, no quise ser yo menos que él, así que penetrando de nuevo en el coño de mi amada esclava, me la folle salvajemente hasta que, viniéndome ya de gusto, saque mi polla de su chorreante sexo, y me corrí placenteramente sobre su culo y sus piernas, dejando que mi leche resbalase caliente y espesa por ellas.

Inmediatamente después, mi esclava se volvió y arrodillándose de nuevo, me limpio con glotonería mi aun endurecido pene, mientras la cabeza de nuestro amigo el camarero, desaparecía del ventanuco.

- Muy bien mi esclava, una vez más me has satisfecho ampliamente. Ahora puedes regresar al baño y asearte. Te esperaré en la puerta, quiero que entremos juntos al comedor.

- Si mi Amo, así se hará.

Unos minutos después, mi esclava apareció en la puerta del baño, recompuesta y acicalada y así, juntos, nos acercamos a la mesa del comedor.

 
- Vaya, que curioso, volvéis juntos, dijo su marido.

- Pues si, así es, me la he encontrado en la puerta, cuando volvía del baño. ¿No te parece que tu mujer esta especialmente arrebatadora esta noche?

Y así era: Mi esclava tenía una cara de completa felicidad, y un brillo lujurioso en la mirada, que probablemente, solo yo era capaz de observar. Con su mirada me decía que la había dejado con más ganas que antes, que ella no había alcanzado el clímax y que, si de verdad se había portado tan bien como yo le había dicho, esperaba que su Amo la complaciera cuando el dispusiera. Y efectivamente, esas eran mis más ocultas intenciones.
Terminamos los postres y el café y pedí la cuenta. Cuando el camarero se acercó a traérmela, no pude evitar fijarme que era el mismo que nos había estado mirando por la ventana de la cocina, y el también se dio cuenta de que le había reconocido, algo evidente por el súbito enrojecimiento de su cara.
Le entregué mi tarjeta de crédito y esperamos pacientemente a su vuelta. Cuando volvió, era el mismo camarero de antes, así que, recogiendo mi tarjeta y tras firmar el resguardo, le dije:
- Muchas gracias por todo, ha sido una cena “completamente” inolvidable para mi.

- Muchas gracias Señor, me alegro de que todo haya sido de su gusto.

- Por supuesto que si, y para agradecérselo, permítame que esta noche le deje una propina un tanto “suigéneris”.

E introduciendo la mano en el bolsillo de mi chaqueta, extraje de ella las blancas y destrozadas bragas de mi sumisa que el mismo había visto como habían sido arrancadas de su cuerpo por mi, un rato antes, y las deposité en la bandeja del camarero.

Todos se quedaron un poco sorprendidos. Todos, hasta mi esclava, que sufrió un súbita enrojecimiento en sus pómulos, detalle que por lo visto, fui el único en apreciar, desgraciadamente. Solo ella, el camarero y yo, sabíamos de donde provenía aquella tela blanca de encaje, y lo que representaba.

Y el camarero, sonriéndome de oreja a oreja, me dijo:

- Muchas gracias, Señor; las guardaré como el recuerdo de una noche muy excitante. Espero que vuelvan ustedes pronto

-Por supuesto que volveremos, amigo. Pero eso será ya otra historia.


Sayyid

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(PD: Las dos primeras fotos del relato son por gentileza de nuestra amiga Brumilda;
el arte hecho mujer)

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