Prologo de El Libertino

martes, 31 de agosto de 2010

Hermosas mujeres para vuestros lascivos ojos…

Mujeres sumisas, entregadas, amantes de sus Dueños.

Mujeres dispuestas a todo con tal de satisfacerlos…

Mujeres dispuestas a renunciar hasta a ellas misma…

¿Alguien conoce alguna prueba mayor de amor?

Mujeres sumisas… mujeres especiales… mujeres únicas…

Para esa mujer que lo es todo.

Sayiid

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domingo, 29 de agosto de 2010




EXALTACIÓN DEL AMOR



Amar es una droga tan, tan, fuerte

que quien ama se pierde de sí mismo

y en éxtasis, delirio y espejismo,

confuso y extraviado, nada advierte.



Todo, el amor, en suyo lo convierte.

Cuando sube su llama a paroxismo

nos guía por su luz y oscuro abismo

al modo más dulcísimo de muerte.



Amar es deshacerse en la figura,

fundirse entre las formas del amante,

morir de esa muchísima dulzura.



Es sólo ver el rostro del amado

y con él nada más tener bastante

y todo lo demás no dar cuidado.



José Alcalá-Zamora

Poemas Del Amor Cruel

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sábado, 28 de agosto de 2010

Buenos días mansioneros.
Buenos y felices, ya que un nuevo regalo, en forma de relato, nos llega a la mansión, y yo, aquí os lo traigo, para disfrute de todas y todos.
Excitante relato el que nos deja nuestra amiga pleamar, de un clásico de las fantasías femeninas… el ser usada, vejada y humillada por un grupo de desconocidos.
Y nuestra amiga nos lo relata de tal manera que parecería que nosotros también estuviéramos allí, disfrutando de su cálido coño, de sus tetas y de su culo…
¿O es que alguno sólo se dedicaría a jugar al billar?
Muchas gracias pleamar por compartir tus fantasías con todos nosotros.
El placer que a ti te dio escribir este relato, será ahora generosamente repartido entre todos nosotros.
Feliz día.
Sayiid

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LA MANSION



Alargué la mano y toqué el timbre de aquella casa se aspecto agradable situada a las afueras de mi ciudad.

La puerta se abrió a los pocos segundos y una joven de aspecto tranquilo y agradable, vestida con un coqueto uniforme de doncella me abrió la puerta.

- Buenas noches señorita – me dijo con una breve sonrisa- adelante, los caballeros la están esperando, me permite su abrigo.

En la estancia donde me encontraba había un gran espejo, por eso al quitarme el abrigo pude contemplarme con detenimiento.

Una blusa blanca semitransparente, abrochada por delante y abierta hasta la altura del pecho, una falda negra de vuelo bastante corta, por lo que en cuanto me movía un poco dejaba ver la blonda de las ligas de mis medias también negras y unos zapatos negros con tacón fino y bastante altos. Llevaba la melena suelta e iba maquillada discretamente como se me había indicado, tuve que reconocer que la imagen que reflejaba el espejo, era bastante atractiva.

- Por aquí, señorita – la voz de la doncella me devolvió a la realidad.

La seguí por un pasillo y me dejó ante una puerta corredera.

Di dos toques suaves en la puerta y una voz grave y autoritaria me mandó entrar, Al abrir la puerta vi a cuatro hombres, vestidos con albornoces cortos y supuse que era lo único que llevaban, como comprobé más tarde; uno sentado cómodamente en un sillón, otro de pie al lado de una ventanal y los otros dos, jugando al billar. La habitación era espaciosa y muy bien amueblada y por una puerta entreabierta, vi otra habitación con una cama enorme. Los cuatro hombres me estaban mirando.

- Buenas noches señores –dije bajando la vista.

- Pasa y sírvenos unas copas, dijo el que estaba al lado de la ventana.

Me acerqué al mueble bar y después de preguntarles qué querían, me dispuse a servirlos, primero serví al hombre de la ventana, le ofrecí la copa bajando los ojos y entonces él, metió su mano por el escote de mi blusa, palpando mis pechos.

- Cálidos y suaves –dijo en voz alta y una carcajada llenó la habitación.

Tomó la copa y con la mano me hizo un gesto para que me fuera. La segunda copa se la serví al hombre sentado en el sillón, cuando estuve frente a él, alzó la mano para coger la copa e introdujo la otra bajo mi falda.

- Depilado y húmedo –dijo riendo también.

En ese momento me di cuenta que a pesar de la situación tenía que reconocer que estaba excitada. El hombre sacó la mano de mi falda y con un leve movimiento de cabeza me indicó que podía irme, al volverme para hacerlo, me dio un fuerte azote en el culo. Cogí los otros dos vasos y me dirigí hacia los que estaban en el billar, el primero tomando el taco de forma invertida, le metió bajo mi falda y con él acarició mi coño.

- Mírame puta, que quiero ver tu cara de gusto –me dijo.

Yo sentía en verdad un gran placer y el hombre al verlo reflejado en mi rostro, sacó el taco de debajo de mi falda y con un movimiento de cabeza me indicó a su compañero, que era el hombre de mayor edad, al acercarme a él a ofrecerle la copa, me dijo.

- Ponte de rodillas, puta.

Así lo hice y mientras tanto él desató el cinturón de su albornoz, dejando a la altura de mi boca su polla ya en erección.

- Cómetela toda, furcia.

Y dándome un fuerte empujón en la nuca, hizo que toda ella entrar en mi boca provocando casi el vómito. Al rato noté un fuerte tirón en mi pelo, lo que me obligó a levantarme, el hombre se sentó en el borde de la mesa y me ordenó que siguiera comiéndole la polla, apoyé mis manos en la mesa y aprovechando mi nueva postura sentí que otro de los hombres me levantaba la falda y manipulaba mi coño sin miramiento alguno, acto seguido introdujo su verga en mi coño con un movimiento brusco que me causó más dolor que placer, seguí comiendo la polla al hombre de la mesa hasta que logré que se corriera, lo hizo en mi boca y tuve que tragarme el semen para no ensuciar todo. El hombre ya satisfecho tiró de mi pelo, haciendo que le mirar para ver mi cara mientas su compañero me follaba, metiendo sus dedos en mi boca hasta casi ahogarme. Cuando el que me estaba follando terminó, el hombre de la mesa, bajándose de ella, me tomó bruscamente del brazo y me llevó delante del que estaba sentado en el sillón, que ya se había quitado el albornoz y enseñaba una polla enorme y en plena erección.

- Date la vuelta –me dijo.

Así lo hice y sentí sus manos cogiéndome de la cintura y con fuerza hizo que me sentara encima de su polla, ensartándola en mi culo. El dolor fue tan grande que solté un verdadero alarido y el hombre de más edad que estaba frente a mí, me dio una brutal bofetada y a continuación procedió a desabrocharme la blusa, sacando mis tetas del exiguo sujetador que las contenía y pellizcó y retorció con fuerza mis pezones y luego acercando su mano metió dentro de mi clítoris me introdujo cuatro dedos. Pasado el primer dolor, empecé a notar que estaba totalmente excitad y ahora era yo la que cabalgaba con frenesí encima de la polla que llenaba por completo mi culo. Cuando me llegó el orgasmo, sentí que el hombre también se corría, entonces el de mayor edad, tirando de mí, dijo.

- Fuera la camisa y el sujetador

Así lo hice y tras una indicación del viejo, me acerqué al hombre de la ventana que hasta ese momento no se había movido del sitio. Yo estaba frente a él con los ojos bajos, pero él dijo –Mírame- sopesó mis tetas masajeándolas casi con delicadeza y sin aviso pellizco mis pezones con una intensidad casi brutal, pero fue sólo un segundo, para después seguir acariciándolos, una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo, él debió notarlo y sonrió abiertamente, inclinó su cabeza y empezó a lamer mis pechos, yo gozaba de esas caricias y de la tregua en la desagradable tarea, cuando de pronto sentí un mordisco intenso en uno de mis pezones y luego en el otro mientas su mano experta manipulaba mi clítoris.

- Sigue mirándome, me gusta ver la cara de viciosa que pones al sentir placer.

Y la verdad es que lo estaba sintiendo, a punto casi de correrme de nuevo, el hombre se sentó en una silla y tumbándome boca abajo sobre sus piernas y levantando mi falda comenzó a azotarme las nalgas con su mano. Mi estado de excitación era tal que apenas notaba dolor alguno, pero estaba segura que al día siguiente sí lo notaría.

Cuando se cansó de azotarme, me levantó y para mi sorpresa, cogió mi barbilla con sus dedos alzándome la cara y rozó levemente mis labios que temblaban, diciéndome.

- ¡Chica valiente! Me has agradado mucho.

Y se volvió de espaldas mirando de nuevo por la ventana.

El hombre mayor, se acercó entonces a mí y desbrochando mi falda me dejó completamente desnuda, me llevó a la habitación de la cama, me tiró sin miramientos sobre ella y dijo con una carcajada.

- A ver lo que sabes hacer… ahora te toca a ti.

Durante un tiempo que me pareció eterno, estuve satisfaciendo a él y a los otros dos hombres, les comí la polla y el culo todas las veces que quisieron y como vi que al viejo, le encantaba, siempre que tenía ocasión le volvía a lamer todo entero, lo que le volvía loco de placer y luego me follaba con más ganas cada vez. Tan pronto estaba debajo de dos hombres, como cabalgaba encima de uno, comiéndole la polla a otro. En varias ocasiones los tres me follaron a la vez, una polla en mi coño, otra en mi culo y la tercera en mi boca.

Mientras tanto veía al hombre de la ventana, apoyado en el umbral de la puerta del dormitorio con una copa en la mano y mirando con una sonrisa socarrona, todo que acontecía en la cama. Al final los tres hombres se cansaron y después de que el último regase todo mi cuerpo con su semen, desaparecieron de la habitación riendo y haciendo comentarios soeces sobre mí.

Me quedé en la cama exhausta y vi que él seguía en la puerta, pero ahora su mirada se había vuelto seria y concentrada, me dio unos minutos para descansar, entró en la habitación y le vi cerrar la puerta echando el cerrojo por dentro, se acercó a la cama y señalando una puerta, dijo.

- Ahí tienes el cuarto de baño, lávate, arréglate y vuelve inmediatamente.

La firmeza y seguridad de su voz y la severidad que vi en sus ojos, hicieron que le contestase

- Sí mi Señor, así lo haré.

En cuanto estuve preparada volví a la habitación y un somero vistazo a lo que allí vi, me confirmó que no me había equivocado con él.

Lo primero que hizo fue vendarme los ojos con una suave venda de seda negra, sí con mis otros sentidos alerta, para compensar la pérdida momentánea de visión, esperé con impaciencia los pasos siguientes, me obligó a ponerme de rodillas en la cama con las piernas abiertas y ató mis muñecas con unas cuerdas de tacto sedoso a dos argollas que estaban en la pared en le cabecera de la cama. Pasados unos instantes de incertidumbre, acarició mis pechos y cuando los pezones estaban completamente excitados puso en ellos unas pinzas lo suficientemente fuertes para que sintiera un ramalazo de dolor por todo mi cuerpo, pero inmediatamente noté su mano explorando mi sexo y aquel dolor se convirtió en placer, totalmente excitada y acostumbrada ya al dolor que me producían las pinzas, esperaba la siguiente jugada que enseguida comprendí al sentir en mis pechos la punzada caliente de la cera, al principio gota a gota, con intervalos suficientes para que se pasara la sensación dolorosa antes de la siguiente y luego cuando aumentó la intensidad… otra vez su experta mano en mi coño, convertía de nuevo el dolor en placer. Me desató para volver a atarme esta vez de espaldas y sentí otra vez en mis nalgas los azotes, pero esta vez no eran sus manos sino una fusta. Después de los primeros cuatro azotes, oí su voz.

- ¿Me vas a hacer que te amordace?

- No, mi Señor, no va a hacer falta.

- Me alegra mucho oír eso, pero espero que sea verdad.

De vez en cuando los azotes paraban y la fusta acariciaba mi sexo con golpes suaves que me proporcionaban la ración de placer suficiente para seguir aguantando el castigo. El último azote fue tan intenso que involuntariamente mi cuerpo acusó el dolor y se me escapó un hondo suspiro que fue secundado por una risa alegre y desenfadada que hizo que me sintiera bien… volví a sentir uno más pero a la vez noté la fusta golpeando suavemente mi clítoris y el dolor nuevamente se convirtió en placer. Noté que las cuerdas que me ataban se alargaban, por lo que pude ponerme a cuatro patas sobre la cama como me indicó y sin que pudiera ni siquiera imaginarlo, con una fuerte embestida hundió su polla en mi culo, a la vez que con una mano tiraba de la cadena que unía las dos pinzas que colgaban de mis pezones y con la otra manipulaba mi coño. Cuando hubo derramado su semen en mí, volvió a darme la vuelta y esta vez atando también mis piernas abiertas al máximo… se encargó de tomar posesión de cada milímetro de mi cuerpo a su antojo.

pleamar
 
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viernes, 27 de agosto de 2010



LABIOS Y BOCAS


Al buzón de la mansión

un paquete ha llegado,

y presa de la emoción

el sobre yo he desgarrado.



Y cual no ha sido mi mayúscula sorpresa,

mi alegría, rubor y desenfreno,

al ver que de mis dos buenas amigas

eran y son las fotos que aquí os traemos.



Fotos de bocas que aspiran

a adornar nuestra mansión.

Fotos lujuriosas y lascivas

que despiertan la imaginación.



Vayamos pues por partes,

que diría “El Destripador”,

y saboreemos esas bocas

sin prisas y con pasión.



Es la primera de ellas

la foto de una pérfida monja.

Si, si, sé que no se le ve el blanco velo…

pero reconozco sus labios color toronja.



Boca de monja lasciva,

boca que sabe provocar,

y no sólo con su presencia…

sino también con su hablar.



Son los labios de una mala monja,

también conocida como… “SorBad”.

Labios de una niña ¿pura?

que ¿sin querer? invitan a pecar.



Y pasemos ahora a los otros…

a esos labios que tanto insinuan.

A esa boca y esa lengua golosas…

con ese precioso piercing en la punta.



Labios que prometen caricias…

placeres… y cosquilleos…

Labios de la llamada “purpura”…

Por su color los conoceremos.



Son las bocas de nuestras amigas…

amigas de la mansión.

Pediremos más fragmentos

de su anatomía en cuestión,

y cual puzle montaremos

sus cuerpos con emoción,

hasta tenerlas por entero

y disfrutar de la visión.



Y como regalo extra nos deja

la monja otro “presente”.

Ella dice que es una corbata…

yo aún no la vi ni de frente.

Será porque mi enferma mirada

no entiende de telas y añadidos

y se fija más en… la piel.

¿es que sólo a mi me ha ocurrido?.



Os dejo pues, mansioneros,

disfrutando del regalo.

A ver si alguna más se anima

y una exposición nos montamos.



Sean ustedes bienvenidos,

sean adorados y agasajados,

y al igual que el Satiricón…

disfruten y sean disfrutados



(El Satiricón)


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jueves, 26 de agosto de 2010

Mascotas…

Si, si… a todos nos gusta presumir de nuestras mascotas.

Nos gusta sacarlas a pasear… exhibirlas… relacionarnos con otros propietarios de mascotas…

Pero mira que os lo tengo dicho….

Antes de salir a pasear con vuestras mascotas por la calle… por favooorrrrrr… aseguraros de que están bien educadas...

Y no me refiero solo a que no se hagan sus cositas en la calle… que también…

Me refiero sobre todo… a que sepan comportarse en sociedad… que si no, luego pasa lo que pasa… y todos cogemos mala fama…

Y además… que un poquito de humor, nunca está de más… ¿no os parece?

Sayiid

 

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sábado, 21 de agosto de 2010



Nunca se debería confiar en una mujer que dice su verdadera edad. Una mujer que dice eso puede decirte cualquier cosa.

Oscar Wilde

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viernes, 20 de agosto de 2010

Arte en blanco y negro para todos los gustos.
Mujeres fatales que nos arrastran por el camino de la amargura.
Hembras de deseables cuerpos y negras medias...
Seductoras...
Clásicas...
Provocativas...
Mujeres que nos arrastran a lugares donde siempre quisimos ser arrastrados...
Sayiid
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jueves, 19 de agosto de 2010

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Cambios
 
Cambias tu pelo…
Cambias tu estilo…
Cambias tu look…
Cambias tus amistades…
Pero no puedes cambiar tus sentimientos…
Esos que siempre te acosarán, estés donde estés..
Puedes huir de todo: de lo que eras,
de lo que querías ser…
Puedes escapar de tu mundo, de tu gente,
de tus deseos…
Pero jamás podrás huir de ti misma…
Esa es y será tu maldición.
La maldición de sentir…
La maldición de saber…
La maldición de añorar…
La maldición de saber… que no tienes cura…

Sayiid

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miércoles, 18 de agosto de 2010



Marina en pleamar

Cruzó sus piernas y con los músculos de los glúteos presionó su sexo a golpecitos, como si fuera un corazón. Pensaba en el vigoroso muchacho que había conocido en la playa nudista. Fue acelerando el movimiento, al par que se tocaba los pezones. Sintió que el corazón se le venía más adentro, casi ahogándose en el líquido que comenzaba a correr entre sus piernas. Imaginó entonces que el rubio aquel se le acercaba y le cambiaba el dedo que tenía metido entre los muslos, separándolos un poco por la parte superior, la más cercana al pubis, por el pedazo de rabo que arrastrara, horas antes, contra las piedras del empinado montículo, sito en las mismas orillas de los Baños de Claudia, donde, al subir la marea, se había visto obligado a trepar. Apretó un poco más la yema de su índice contra el clítoris y emitió un bramido. Luego, se levantó y poniéndose el tanga, se dirigió nuevamente a la playa. El mar estaba quieto y las gaviotas sobrevolaban entre las irritadas arenas del Levante.

Ruth Cañizares
 
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martes, 17 de agosto de 2010

Esta noche os traigo un fragmento de uno de mis libros eróticos de cabecera.
Es un poco extenso, es cierto, pero os aseguro que merece la pena.
El despertar a la sensualidad, el aprendizaje, el descubrir nuevos mundos…
Todos hemos tenido una “Lulú”. Al menos yo la he tenido. Y aunque pueda parecer extraño, es ternura lo que me trae su recuerdo.
Disfrutad de este precioso fragmento del libro. Gozad de su sencillez, de su erotismo… y ojalá no os quedéis aquí y os decidáis a leer el libro entero. Os aseguro que no tiene desperdicio.
Felices sueños.
Sayiid
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No me podía creer lo que estaba pasando. Había alargado la mano y me estaba enjabonando con la esponja. Me lavaba como a una niña pequeña. Aquello me descolocó por completo.

- Pero... ¿qué haces?

- No es asunto tuyo, sigue.

- Sí, el coño es mío, lo que hagas con él también será asunto mío.

Mi voz me sonó ridícula a mí misma, y él no me contestó.

- Sigue hablando.

- Pues Susana lo hace mucho, por lo visto; quiero decir, meterse cosas.

Y entonces le contó que a Chelo que lo que más le gustaba era la flauta.

- Entonces decidimos que lo probaríamos, aunque la verdad es que a mí me parecía una guarrada, por un lado, pero lo hice. Chelo al final no, siempre se raya, y bueno, ya está, ya lo sabes, no hay nada más que contar.

Colocó una toalla en el suelo, justo debajo de mí.

Me resultaba imposible no mirarme en el espejo, con el pelo blanco, fantasmagóricamente cana.

- ¿Cómo te pilló Amelia?

- Bueno, como dormimos en el mismo cuarto, ella, yo y Patricia...

- Patricia, ella y yo..., me corrigió.

- Patricia, ella y yo, repetí.

- Muy bien, sigue.

- Creí que estaba sola en casa, sola por una vez en la vida, bueno, Marcelo estaba, y José y Vicente también, pero viendo la televisión y como estaban poniendo un partido, pues pensé...

Se sacó una cuchilla de afeitar del bolsillo de la camisa.

- ¿Qué vas a hacer con eso?

Me miró a la cara con su mejor expresión de: no pasa nada, aunque me sujetó firmemente los muslos, por lo que pudiera suceder.

- Es para ti, contestó. Te voy a afeitar el coño.

- ¡Ni hablar!.

Me eché hacia delante con todas mis fuerzas; intentaba levantarme, pero no podía. Él era mucho más fuerte que yo.

-Sí.

Parecía tan tranquilo como siempre.

- Te lo voy a afeitar y te vas a dejar. Lo único que tienes que hacer es estarte quieta. No te va a doler. Estoy harto de hacerlo. Sigue hablando.

- Pero... ¿por qué?

- Porque eres muy morena, demasiado peluda para tener quince años. No tienes coño de niña. Y a mí me gustan las niñas con coño de niña, sobre todo cuando las voy a echar a perder. No te pongas nerviosa y déjame. Al fin y al cabo, esto no es más deshonroso que calzarse una flauta escolar, dulce, o como se llame...

Busqué una excusa, cualquier excusa.

- Pero es que en casa se van a dar cuenta y como Aurelia me vea se lo va a cascar a mamá y mamá...

- ¿Por qué se va a enterar Amelia? No creo que os hagáis cosas por las noches.

-No.

Me había puesto tan histérica que ni siquiera tuve tiempo a ofenderme por lo que acababa de decir.

- Pero ella y Patricia me ven cuando me visto y cuando me desnudo, y los pelos se transparentan.

Aquello me tranquilizó, creí haber estado brillante.

- Ah, bueno, pero no te preocupes por eso, te voy a dejar el pubis prácticamente igual, sólo pienso afeitarte los labios.

- ¿Qué labios?.

- Estos labios.

Dejó que dos de sus dedos resbalaran sobre ellos. Yo había pensado que haría exactamente lo contrario, y me pareció que el cambio era para peor, pero ya había decidido no pensar. Por enésima vez, no pensar. Al paso que íbamos el cerebro se me fundiría aquella misma noche.

- Ábretelo tú con la mano, por favor...

Lo hice.

- Y sigue hablando. ¿Qué hiciste cuando te vio Amelia?

Noté el contacto de la hoja, fría, y sus dedos, estirándome la piel, mientas volvía a hablar, a escupir las palabras como una ametralladora.

- Bueno, pues, no sé...Cuando quise darme cuenta, ella ya estaba allí delante, chillando mi nombre. Salió corriendo de la habitación, con el paraguas, dando un portazo...

La hoja se deslizaba suavemente por encima de aquello que acababa de aprender que se llamaban también labios. No sentía dolor, era más bien como una extraña caricia, pero no lograba quitarme de la cabeza la idea de que se le podía ir la mano. Apenas le veía la cara, sólo el pelo, negro, la cabeza inclinada sobre mí.

- Y yo salí corriendo detrás de ella. No fue al cuarto de estar, menos mal, se fue directamente a la puerta de la calle, con el paraguas. Debía de haber venido solamente a buscarlo. Entonces pensé que no tenía a nadie más que a Marcelo y fui a contárselo, todavía llevaba la flauta en la mano...

La cuchilla se desplazó hacia fuera, me estaba rozando el muslo.

- Él estaba en su cuarto, tenía un montón de papeles encima de la mesa y no sé qué hacía con ellos. Se rió; se rió mucho, y me dijo que no me pusiera nerviosa, que él le taparía la boca a Amelia, que no se chivaría por la cuenta que le traía, y me habló como tú hace un rato...

Yo pensaba que no me escuchaba, que me hacía hablar a lo loco, como cuando me operaron del apéndice, para tenerme ocupada en algo, pero me preguntó qué me había dicho exactamente.

- Pues es, que era normal, que todo el mundo se hacía pajas y que no pasaba nada.

- Ya...

Su voz se hizo más profunda?.

- Y no te tocó?

Recordé lo que había dicho antes por teléfono: “Yo en tu lugar me la hubiera follado sin pensarlo”; y me estremecí.

- No...

Debía de haber dado por concluido mi labio derecho porque noté el escalofrío helado de la hoja sobre el izquierdo.

- ¿No te ha tocado nunca?

- No. ¿Pero tú qué te has creído?

Sus insinuaciones me sonaban como a ciencia ficción.

- No sé, como os queréis tanto...

- ¿Tocas tú a tu hermana?

Me respondió con una carcajada, tuve miedo que le temblara la mano.

- No, pero es que mi hermana no me gusta...

- ¿Y yo sí te gusto?

Mis amigas decía que jamás se debe preguntar eso a un tío directamente, pero yo no lo pude evitar. Él se echó para atrás y me miró a los ojos.

- Sí, tú me gustas; me gustas mucho, y estoy seguro que le gustas a Marcelo también, y quizás hasta a tu padre, aunque él jamás lo reconocería.

Sonrió

- Eres una niña especial, Lulú; redonda y hambrienta, pero una niña al fin y al cabo. Casi perfecta. Y si me dejas acabar, perfecta del todo.

Fue en aquel momento, a pesar de lo extravagante de la situación, cuando mi amor por Pablo dejó de ser una cosa vaga y cómoda. Fue entonces cuando comencé a tener esperanzas, y a sufrir. Sus palabras: “eres una niña especial, casi perfecta”, retumbarían en mis oídos durante años. Viviría años, a partir de aquel momento, aferrada a sus palabras como a una tabla de salvación.

Él se inclinó nuevamente sobre mí. La cuchilla se volvió a desplazar hacia fuera, esta vez al lado contrario.

- Muy bien, Lulú, ya casi está. ¿Ha sido tan terrible?

- No, pero me pica mucho.

- Lo sé. Mañana te picará más, pero estarás mucho más guapa.

Se había echado un instante hacia atrás, para evaluar su obra, supongo, antes de esconderse otra vez entre mis piernas.

- La belleza es un monstruo, una deidad sangrienta a la que hay que aplacar con constantes sacrificios, como dice mi madre.

- Tu madre es una imbécil ?

Me salió del alma.

(...)
Cogió una toalla, sumergió un pico en otra taza y la retorció por encima de mi pubis que, fiel a su palabra, estaba casi intacto. El agua chorreó hacia abajo. Repitió la operación dos o tres veces antes de comenzar a frotarme para llevarse los pelos que se habían quedado pegados. Me di cuenta de que yo misma podría hacerlo mucho mejor, y más de prisa.

- Déjame hacerlo a mí.

- De ninguna manera...

Hablaba muy despacio, casi susurrando, estaba absorto, completamente absorto, los ojos fijos en mi sexo.

Las edades de Lulú

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