Prologo de El Libertino

jueves, 30 de junio de 2011



"- Él se quedó dormido en el sofá. Ella se acercó muy despacio.
   Le puso cola de contacto en la polla y se la pegó al vientre.

- ¿Y él se cabreó?

- Imaginateló... ¿Cómo te sentirías tú si para mear tuvieras
  que hacer el pino?"

(Reservoir Dogs)

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miércoles, 29 de junio de 2011



¿Se puede volver de donde nunca te has ido?

¿Se puede ofrecer aquello que ya no es tuyo?

¿Te puedes entregar a quien ya perteneces?

Vas y vienes…

Subes y bajas…

Huyes y vuelves, pero…

Siempre estas y siempre estarás ahí.

No depende de ti…

Tú no lo controlas…

Y aunque a veces te rebeles…

Sabes que siempre volverás…

A ocupar tu lugar…

El lugar…

Para el cual naciste.

Bienvenida de nuevo magdala…

Bienvenida a tu casa…

Bienvenida… a tu destino…

(Sayiid)

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martes, 28 de junio de 2011

Helmut Newton, uno de los genios de la fotografía erótica, capaz de captar todas las caras del género femenino, haciéndolas aparecer deseables, sumisas, provocadoras, controladoras, indefensas, desafiantes, lascivas...
Aquí os dejo, esta noche, una pequeña muestra de su arte.
Confío en que os complazca tanto como a mí.
Sed buen@s, si podeis…
Sayiid

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lunes, 27 de junio de 2011



EN LA ARDENTÍA DEL PLACER ME HAS DESNUDADO


En la ardentía del placer me has desnudado

todo: tus senos tibios, dulces como la muerte,

tus brazos imprevistos con sus hierbas de luto,

la misteriosa pesadilla de tu vientre…


El placer ha sentido todo, bajo sus manos,

bajo sus labios, bajo sus fantasías, entre

la locura sin nombre de todos los ardores

un fuego de colores en un fuego de fiebres.


Luego, un pudor que torna de tu inocencia antigua

te hace, si te sonrío, enrojecer levemente

y te arreglas tus faldas y te guardas tus pechos

confusa, con un aire dulce y adolescente


(Juan Ramón Jimenez)
 
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sábado, 25 de junio de 2011





A nadie le faltan fuerzas; lo que a

 muchos les falta es voluntad.

Victor Hugo (1802-1885)

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viernes, 24 de junio de 2011

El regalo

Cuando a la mañana siguiente, el Conde bajó a las mazmorras para comprobar que tal se encontraba su esclava, vio con sorpresa que, efectivamente, estaba en una celda limpia y bien ventilada, pero atada y con la mordaza puesta, lo cual rebasaba con creces las órdenes que él había dado:

- ¡Carcelerooo¡. Maldita sea, ¿dónde estáis, engendro del infierno?

- Estoy aquí Sire, disculpad la tardanza, no os había oído llegar.

- Maldito puerco… ¿Por qué esta mi esclava atada y amordazada sin mi permiso?

- Sire, tuve que hacerlo. La muy cerda me escupió cuando me acerque a ella esta mañana y se niega a obedecer mis órdenes.

- ¿Y cuáles fueron esas órdenes si puede saberse?

- Sire, eso no importa, lo que importa es que me desobedeció y …

- He preguntado que cuales fueron esas órdenes, maldito bastardo

- Sire, verá… yo solo quería… bueno… aquí abajo la vida es muy solitaria y… en fin, yo solo quería que ella… yo…

- ¿Has tratado de obtener placer de ella sin mi permiso?

- No Sire… bueno, si… pero nada de follármela, Sire, tan sólo quería que ella me la… en fin ya sabe mi Señor.. yo…

- Puto cabrón desagradecido… ¿así me pagas el que te mantenga bajo mi tutela? ¿Intentando ponerme los cuernos con mi sierva?

- Sire, yo… yo lo siento, de veras… yo… no pensé que…

- Y más que vas a sentirlo… Entra en esa celda y desata a mi esclava… y luego cierra la puerta… ¡POR DENTRO¡

- Pero Sire si la cierro por dentro no podre…

- Cierto, no podrás salir… te quedarás ahí hasta que yo lo ordene… ¿algún problema?

- No Señor… ningún problema…

Y rezumando odio, pero con la cabeza gacha, el sucio carcelero obedeció al Conde, liberando a Isabella y encerrándose el mismo en su celda, lanzando las llaves a través de un ventanuco que había en la puerta.

Isabella, una vez liberada, comenzó a aproximarse a su Amo a cuatro patas, como la perra agradecida que se sentía en ese momento, sin atreverse a alzar la mirada, y satisfecha en su fuero interno de haber conseguido que castigaran, gracias a su resistencia a entregarse, a aquel sucio carcelero.

- Mi Señor, vuestra esclava se presenta ante vos entregada y agradecida.

- Que me place que así sea.

- ¿Qué deseáis de mí, Sire?

- Ayer os portasteis bien, soportando sin protestar la dura prueba a la que fuisteis sometida, y por eso hoy deseo recompensaros. Seguidme perra…

El Conde la dirigió, siempre a cuatro patas, de nuevo hasta el establo del día anterior.

Una vez allí, la tumbó de espaldas sobre un fardo de paja, procediendo después a atar, bien estirados, cada uno de sus brazos con una cuerda a unas argollas que en el suelo había. Una vez hecho esto, procedió a atarle juntos los pies a la altura de los tobillos, pasando a continuación a atar la cuerda restante a otra argolla que tras la pobre Isabella en el suelo había, de manera que ella quedo así con la espalda arqueada, las piernas tirantes hacia su cabeza, y sus orificios más placenteros completamente expuestos e indefensos.

Su Señor Conde, una vez que la tuvo atada, se entretuvo unos instantes en observar los citados orificios con mayor detenimiento, acariciando aquí, pellizcando allá, introduciendo sus dedos y moviéndolos con parsimonia, provocando tal calentura en la pobre Isabella que a punto estuvo de correrse, lo que por supuesto no le fue permitido, dado que su placer, como ella bien sabía, no le pertenecía desde que se entregó como esclava a su Señor Conde.

El, sabiéndolo, disfrutaba calentando a la pobre sumisa, y hasta se permitió el goce de arrodillarse entre sus piernas y lamerle tiernamente sus carnosos labios vaginales, y morderle su inflamado clítoris, o introducir sus lasciva lengua en su aun estrecho ano mientras tres de sus dedos estimulaban su ya mojado coño, lo que volvía loca de placer a la indefensa esclava.

Con toda probabilidad, Isabella se habría corrido sin remedio y habría sido severamente castigada si el Conde no hubiera sentido la necesidad de darse el placer, por lo que rodeando a la esclava, se puso frente a su cara, y retirándole la mordaza introdujo su ya dura y húmeda polla en la boca de la sumisa, follándosela con fuerza, introduciendo y sacando su endurecido y mojado falo de entre los lujuriosos labios de la molinera, mientras pellizcaba con fuerza sus pechos, provocando que sus aun doloridos pezones, volvieran a inflamarse de nuevo, apareciendo una vez más inhiestos y retadores.

Estuvo así un rato el Conde, dándose placer oral con la esclava, metiéndole su dura polla hasta la misma garganta, provocándole toses y nauseas, hasta que presa del frenesí decidió que ya era hora de rematar la faena.

Desatando a Isabella, la puso a cuatro patas en el suelo, y comenzó a montarla con toda la lujuria que almacenaba en sus hinchados testículos, alternado su mojado coño con su estrecho ano, el cual, poco a poco se fue dilatando, mientras oleadas de placer acosaban a la pobre esclava, que hacía enormes esfuerzos para no correrse sin el permiso de su Señor.

La inhiesta polla de este le trabajaba duramente su coño y su ano, mientras con sus fuertes manos la sujetaba por las caderas y le daba fuertes azotes que dejaban rojas marcas en su ya caliente culo. Isabella ya no podía más y presa de la desesperación rogó a su Dueño que la dejara correrse, aunque fuera una sola vez, pero este se lo negaba mientras seguía cabalgándola como a una yegua en celo, empalándola una y otra vez, pellizcando sus doloridos pezones, azotando sus rojas nalgas, arañándola la espalda y mordiéndola salvajemente en su cuello…

Aquello ya era demasiado para la pobre y excitada Isabella, por lo que, sin poder evitarlo, se corrió abundantemente, gritando de placer mientras su Amo la maldecía por haberle desobedecido…

- Zorra desobediente… ¿cómo se te ocurre correrte sin mi permiso?. Pagaras por ello, perra…

- Lo siento Sire, lo siento mucho… pagaré con gusto, pero no podía más….

- Calla puta, y cabalga… cabalga hasta que te llene con mi leche…

Y así hizo Isabela, moviendo su grupa con deseo, con fuerza, con lascivia, hasta que su Dueño, presa de placenteros estertores, se vino dentro de su dilatado ano, llenándoselo de caliente y espesa leche que resbalaba por sus muslos cuando su Amo retiro la polla de su negro agujero…

- Gracias, mi amo, muchas gracias por darme tanto placer… No imagina usted como lo deseaba…

- Y a mí que me importa, perra… Ahora sabrás lo que es bueno por no saber obedecer a tu Amo, puta…

Y llamado a gritos a sus sirvientes, les ordenó que ataran a la pobre Isabella a un artilugio que allí al lado estaba, y que consistía en una rueda dentada formada por innumerables rodillos, a los cuales fue atada Isabella de espaldas, atándoles las manos a la parte frontal y los pies a la parte trasera del artefacto, de manera que permaneciera tumbada de espaldas y encorvada mientras uno de los sirvientes daba vueltas y vueltas a una manivela, lo que hacía que los rodillos giraran sobre si mismos provocándole a la esclava un intenso dolor de espalda…

- Así aprenderás a no correrte sin mi permiso, puta. Tu placer me pertenece y sólo yo tengo el derecho a decirte como y cuando puedes sentirlo. Verás cómo después de veinte minutos en mi maravillosa máquina no se te olvida nunca más…

Y dejando instrucciones de que después de la sesión de castigo la encerraran de nuevo en su estrecha jaula de hierro, en las profundas mazmorras, el Conde se alejó de allí sin prestar, una vez más, oídos a las súplicas de la dolorida sumisa…

Sayiid
(Continuará...)

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jueves, 23 de junio de 2011

El Invento.

- ¿Y cómo decís que se llama vuestro invento, Ser Rodrick?

- Aun no tiene nombre, Sire

- ¿Y en qué consiste?

- Es un mecanismo que, mediante poleas y fuelles, ejerce un efecto absorbente y succionador

- ¿Pero ya lo habéis probado, no es así?

- Efectivamente Sire, ha sido probado varias veces

- ¿Y con que resultado?

- Pues bueno, Sire, aunque claro, desconozco aún todos los detalles de manera absoluta

- ¿Detalles? ¿Qué detalles?

- Pues los detalles Sire; el grado de intensidad, el grado de dolor, el grado de molestia… tenga vuecencia en cuenta que mis pacientes de cuatro patas no pueden contarme lo que han sentido…

- Comprendo, comprendo, Ser Rodrick… y es más, creo que estoy en situación de ayudaros…

- ¿Sí?, ¿Cómo Sire?

- Ya lo veréis… ¡Julien¡, que lleven a la perra al establo y que la dejen allí atada hasta que lleguemos nosotros. Maese Rodrick, haga el favor de coger a un par de sirvientes y lleve su invento también al establo; allí lo probaremos…

- Pero Sire, mi invento no está adaptado para ser usado en una perra…

- Tranquilo Ser Rodrick… en la perra que yo voy a proporcionaros, podréis probarlo sin ningún tipo de problema…

………………………………………………………

- Vamos zorra, el Amo ha dicho que te subamos a los establos y ya sabes que no le gusta esperar. Seguro que te tiene preparada alguna sorpresita. Espabila perra, y no me obligues a sacar la fusta.

Y así, una vez más, la pobre Isabella fue obligada a salir de su estrecha jaula, sucia y maloliente, y tras ponerla de pie y atarla de nuevo las manos a la espalda, el gordo y rechoncho carcelero le unció una cuerda al cuello, y dando fuertes tirones de ella la obligó a recorres los fríos y húmedos pasillos de los sótanos de aquel tenebroso castillo hasta salir de nuevo a la luz.

Isabella no sabía cuantos días llevaba encerrada, si fueron uno, dos toda una semana, pero la luz cegadora del sol la dejo ciega por unos instantes y aun tardo unos minutos en poder ver con normalidad.

Cuando eso ocurrió, ya estaba atada con las manos extendidas y las piernas abiertas en un establo que, comparado con su jaula, era casi el salón de un palacio. La ataron con las manos en la espalda y tirando la cuerda sobre una vida del techo, a la vez que ataron una barra de recia madera entre sus tobillos, lo que la impedía cerrar las piernas. Eso hacía que se sintiera completamente expuesta e indefensa a la mirada de los sirvientes que no dejaban de entrar y salir con cajas, tubos y demás enseres.

Instantes después, mientras un viejo caballero iba dando instrucciones a los sirvientes y comenzaba a manipular todos aquellos tubos y cajas, escuchó la voz de su Amo que, situándose delante de ella, le dijo así.

- Buenos días molinera

- Isabella, Señor, mi nombre es Isabella

- No me importa cuál sea tu nombre, no necesito saberlo. Lo único que importa es que sepas porque he hecho que te traigan aquí desde tu lujosa jaula.

- Vos diréis, Sire.

- Cuando anteanoche me mamabais tan sabiamente la polla delante de vuestro marido, allá en el molino, no pude dejar de observar con agrado vuestras hermosas y repletas ubres… ¿es que acaso habéis dejado a algún tierno infante privado de tan deliciosa leche por veniros conmigo?

- No Sire, no tengo ningún hijo, pero si estaba criando al pequeño de una prima mía a la que se le había retirado a leche, por eso mis pecho están así.

- O sea que además de molinera erais ama de cría, ¿no es así?

- Así es Sire.

- Y lleváis dos días sin vaciar vuestras enormes ubres… debéis de sentir una enorme molestia, ¿verdad?.

- No os preocupéis por mi Sire, sabré soportarlo.

- Que cosas me pedís… como no voy a preocuparme de vos, mi bella y deseada dama… es más… aprovechando la presencia aquí de mi buen amigo el inventor, Ser Rodrick, va a utilizar con vos unos de sus más recientes experimentos. Os colocara unos tubos en vuestros deliciosos y enormes pezones, y con su máquina os sacará toda la leche de vuestras bien surtidas tetas.

- Pero Señor, ¿no me dolerá?

- Eso es lo que queremos saber, pequeña furcia.

- No quiero Señor, vos hacedme lo que queráis, pero no dejaré que nadie me conecte a ninguna máquina, no, no y no

- ¿Habéis dicho no?. ¿Vos me habéis dicho no a mí?. ¡¡¡Julieeeeeeeeeeeeennnnnn¡¡¡

- Decidme Sire…

- Que azoten a esta sucia perra hasta que suplique obedecer cada una de mis órdenes. Y hacedlo YA, pero que ni uno sólo de los fustazos la toque las tetas… las necesitamos tal y como están

- Con gusto Sire…

Y ayudado por otros dos sirvientes, el “complaciente” Julien ató a la pobre Isabella a una viga que allí mismo había, y sin escrúpulo alguno, comenzó a azotarla fuertemente en sus ya doloridas posaderas.

- Aprenderás zorra; por mis muertos que aprenderás – le decía Julien mientras la azotaba

- Que os follen maricona; sois un puto eunuco que solo sirve para ser sodomizado

- Serás puta… te voy a sacar la piel a tiras, guarra.

- Sí, porque después de ver lo que lleváis bajo vuestros pantalones, es lo único que podréis sacar sin sentir vergüenza, capón de mierda.

Mal hizo Isabella en provocar al vengativo Julien, porque cuanto más dolorosas eran las risas de los presentes, mayor era la fuerza con la que empleaba el látigo contra la molinera, hasta que esta, agotada y dolorida, se rindió, dejándose caer ya sin fuerzas y quedando atada del techo por las muñecas.

- Ya es suficiente, Julien – dijo el Conde

- Como vos digáis, Sire

- Ahora atadla a cuatro patas delante de ese cajón.

Así lo hicieron. Ataron a la desdichada Isabella a cuatro patas delante de un cajón de madera. La pobre apenas podía tenerse sobre sus manos y sus rodillas, por lo que no opuso ninguna resistencia cuando Ser Rodrick le aplico unos tubos rígidos a sus pezones.

Inmediatamente después ordeno a sus criados que empezará a hacer funcionar unos fuelles que al lado de la maquina estaban, e Isabella empezó a notar como los tubos succionabas de sus erectos pezones, primero con suavidad y después cada vez con más fuerza, hasta sentir como pequeños hilillos de su leche comenzaban a circular por aquellos tubos rumbo a una jarra de barro que a su lado estaba.

- ¿Lo veis Sire?, ¿veis cómo funciona? – gritaba Ser Rodrick

- Lo veo, lo veo… pero sale poca leche, dadle más potencia

- Pero Sire, eso podría dañar los pechos de esta mujer; recordad que sólo ha sido probado en vacas anteriormente

- ¿No habéis oído lo que he dicho, Ser Rodrick? . Más intensidad, vamos…

- Como vos digáis Sire. Adelante bellacos, ¿es que no habéis oído al Señor Conde?

Y comenzaron a darle con más y más fuerza a aquellos fuelles, provocando una mayor succión, lo cual, inevitablemente provocó un intenso dolor en las tetas de la pobre esclava, la cual trataba de no protestar, aunque gemidos de dolor se escapaban de su garganta.

Así estuvieron casi diez minutos, hasta que un tercio de la jarra estaba llena de la leche de la bella Isabela; fue entonces cuando el malvado Conde, tomando la jarra en sus manos, ordenó que retiraran los succionadores de los pechos de la esclava, dejando a la vista unos pezones completamente estirados y doloridos, y unas tetas que había perdido todo su vigor y plenitud.

Y mirando a los ojos a su esclava, brindó por ella y se llevó la jarra a la boca tomándose toda la leche que tan “generosamente” había donado la pobre sumisa.

- Realmente deliciosa, mi zorra. Una leche de primera calidad. Me ha sabido tan bien que ahora os daré yo la mía para compensaros. Venid aquí a cuatro patas

Isabella intentó acercarse a él, pero le fallaron las fuerzas y cayó al suelo. El Conde, lejos de enfadarse, pareció si cabe más satisfecho, y gritándole a uno de los sirvientes que le acercara un gancho de matanza, se lo introdujo a la esclava por el culo, y tirando de la cuerda, la levantó los cuartos traseros mientras ella, apoyada en sus manos, se ponía de nuevo a cuatro patas.

- Estupendo zorra, ahora venid y mamadme la polla como solo vos sabéis hacer.

Y eso comenzó a hacer Isabella. Metiéndose la polla del Conde en la boca, comenzó a tragársela con fruición, lamiéndola en toda su longitud, y deteniéndose con sus labios en su glande, lo cual le daba un inmenso placer al Conde. Este metía y sacaba su dura polla de la boca de la esclava, a la vez que de vez en cuando tiraba de la cuerda, clavando el gancho en el culo de la sierva, lo que hacía que esta se volcara hacia delante tragándose la polla en toda su extensión y grosor.

La mamada estaba resultando tan deliciosa y tan salvaje que debajo de los pantalones de todos los allí presentes se apreciaban enormes bultos de carne caliente.

- Podéis tocaros señores; seguro q a mi puta no la importa que os corráis sobre ella

Y eso hicieron todos, meneándose sus pollas y corriéndose sobre el cuerpo de la esclava cuando ya no podían más, bañándolas con densos y calientes chorros de banco esperma, hasta que el Conde, presa ya del paroxismo sexual, se corrió en la boca de la sumisa llenándosela, una vez más, con su densa leche, y devolviéndole el favor a la molinera.

Una vez que acabó, soltó la cuerda del gancho, con lo que Isabella quedó allí tirada, sucia, agotada, bañada en semen, y jadeando de fatiga, pero satisfecha de haber servido, una vez más y de manera complaciente, al cabrón de su Amo.

- Os habéis comportado como toda una Señora Puta, Isabella. Seréis pues recompensada. Devolvedla a las mazmorras, pero asignarle una celda con un jergón en vez de la jaula de hierro, y dadla de comer bien.

- ¿La lavamos y la vestimos, Sire?

- No, la quiero así, tal y como está ahora. ¿Os complace mi regalo, Señora?

- Mi amo, me habéis llamado por primera vez por mi nombre… ese es el mayor regalo que podíais hacerme…

- Nunca aprenderás pequeña furcia…. ¡lleváosla!

Y recomponiendo sus ropajes el Conde abandonó el establo feliz y satisfecho de su malevolencia, e imaginando nuevas y más brutales torturas para su esclava… Isabella.

Sayiid
(Continuará...)
 
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miércoles, 22 de junio de 2011

Las mazmorras

Cuando regresamos al castillo, mi fiel Julien estaba ya esperándome en la puerta.

- Mi Señor, ya pensaba que tendría que ir a buscaros al poblado

- Gracias Julein, pero como ves se valerme por mi mismo.

- En ningún momento lo he dudado, Sire. Por cierto, veo que habéis encontrado una mascota.

- Así es, ¡qué te parece? ¿te gusta? ¿La quieres?

- No Sire, esta mujer es demasiado… demasiado vulgar para mi gusto, si se me permite decirlo, Sire.

- Tienes unos gustos demasiado elitistas Julien. En fin, ocúpate de ella mientras me aseo y desayuno; hoy me siento hambriento.

- ¿Deseáis que se la bañe y se la vista, Sire?

- ¿Bañarla? ¿vestirla?. Por quién me tomas, Julien… bastante cara me ha salido ya esta zorra para encima tener que adjudicarle una doncella. No, no, lo que deseo es que la lleves a las mazmorras y la cierres en una de las perreras. Me gusta como huele…

La mirada de la pobre molinera no podía esconder su sorpresa, pero aún así, se cuidó mucho de decir nada, y bajando la mirada, se dispuso a seguir a mi criado.

- Como vos digáis, Sire. ¿La damos de comer?

- Si: agua, gachas y pan duro; aún no se ha ganado una comida de verdad.

- Así se hará, Sire.

Y mientras yo me retiraba a mis aposentos, Julien tomo a la esclava por las riendas, y atravesando el patio de armas se dirigió con ella rumbo a las mazmorras del castillo.

Eran estas unas mazmorras antiguas, húmedas, frías, poco ventiladas. Las gruesas paredes de piedra amortiguaban cualquier sonido que se generase en ellas, lo cual le había sido muy útil a mis antepasados en tiempos de la inquisición. Fue siempre mi familia religiosa y cumplidora de los preceptos de la Santa Iglesia Católica… sobre todo si eso le permitía torturar y gozar de hermosas y jóvenes “brujas” de la comarca.

Como bien dice el refrán: “de casta le viene al galgo”.

- Adelante zorra, baja esas escaleras – le dijo Julien a la molinera

- Yo no tengo que obedecerte a ti, sólo a tu Señor

- Obedéceme o sabrás quien soy, sucia puta.

- Comedme el coño, mayordomo de mierda.

La cara roja de indignación de Julien fue el presagio de su castigo. Sin soltar la cuerda con la cual arrastraba a la esclava, sacó de su cinturón un corto vergajo que siempre llevaba encima, y aprovechando que la deslenguada perra llevaba atadas las manos a la espalda, la azotó con fuerza en los pecho, provocando que un alarido de dolor resonara entre los muros del pasillo que conducía a las mazmorras.

- ¿Queréis más, puta?

- No, no Señor, disculpad a esta irrespetuosa cerda; no me azotéis de nuevo, prometo obedeceros, os lo juro por lo que más queráis…

- Adelante, no te pares, zorra, o te dejaré el cuerpo en carne viva…

Y avanzando por sucios y oscuros pasillos, apenas iluminados por algunas malolientes antorchas, llegaron a la zona de las celdas. Una fina capa de verde limo decoraba las paredes, y las ratas campaban a sus anchas en la oscuridad de la mazmorra

- ¿Dónde desea dormir la “dama”?, dijo Julie con ironía

- Donde vos digáis, Señor.

- ¿Queréis una celda de lujo, o preferís una celda más coqueta con vistas al exterior del castillo?

- Quizás mejor la segunda, sire, si no es mucho pedir

- Jajajajaja, necia… ven aquí, desgraciada…

Y arrancándole la poca ropa que le quedaba la dejo completamente desnuda, para, a continuación, taparle la boca con una mugrienta mordaza que cogió de la pared. A continuación, y sin ningún miramiento, la metió a empujones en una pequeña jaula de hierro en la que apenas podía darse la vuelta.

- ¿Estáis cómoda, bella damisela?. ¿Es de vuestro agrado el aposento?. ¿Necesitáis algo quizás?.

Evidentemente la pobre infeliz no podía contestar, pero lejos de humillarse, alzó la cabeza y mirando fijamente a los ojos a Julien, extendió el dedo medo de su mano derecha, que permanecía atada a la espalda, en un claro y obsceno gesto de rebelión.

- ¿Cómo osáis, sucia zorra? ¿No habéis tenido bastante?. Muy bien, ya veo que aún no habéis entendido cual es vuestro lugar en este castillo… pero como es el primer día, seré benévolo con vos… Decidme… ¿Qué tal un baño caliente para que os reconforte?. ¿Conseguiría con eso que hiciésemos las paces voacé y yo?

Y sin más preámbulos, Julien se abrió su casaca, se bajó el pantalón, y tomando su polla con la mano derecha, comenzó a orinarse encima de la pobre esclava, la cual, debido a la estrecheces de su jaula y al hecho de tener sus manos atadas a la espalda, apenas podía moverse.

- ¿Qué tal Milady? ¿Está el baño suficientemente caliente para vos?. ¿Os sentís ya mejor?

Y una vez finalizada su micción, recogiendo su badajo bajo los pantalones, se alejo de la esclava carcajeándose sonoramente.

Isabella, que es como se llamaba la molinera, se quedó allí a oscuras, atada, amordazada y encerrada en su estrecha jaula de metal.

Nunca supo cuanto tiempo había transcurrido hasta que un gordo y seboso carcelero apareció de nuevo portando una antorcha en una mano y una escudilla con un trozo de pan agusanado y algo parecido a un puré de cebada, y una calabaza llena de maloliente agua atada al cinto.

- Vaya, vaya… así que sois vos la nueva adquisición del Conde. Hermosa, si, muy hermosa… pero vive dios que oléis a mierda como si vivierais en una pocilga. Vaya, ya veo… ¿os habéis cagado y meado encima?… que sucia sois. Seguro que por eso os eligió el Conde. Pero permitidme, permitidme limpiaros…

Y abriendo la jaula untó sus sucios dedos en las heces de la pobre Isabella, y con trazos inseguros escribió sobre su pecho la palabra “cerda”, untándola después por todo su cuerpo con el resto de las heces.

- Así mucho mejor, puta. Ahora sí que parecéis una verdadera guarra. Seguro que mi Señor Conde me premia por haberos “adornado”. Diosss, con gusto os follaría ahora mismo, puta barata… pero de momento solo sois de él. Más permaneced tranquila… pronto se cansará de vos… y yo os estaré esperando aquí, en mis dominios.

Y mientras le decía esas palabras, riéndose con bastas carcajadas y dedicándole otras muchas obscenidades similares, comenzó a menearse su ridícula y negruzca polla hasta conseguir correrse encima de la comida que había traído para la prisionera. Después de haberse desfogado, colocó la escudilla dentro de la jaula, y tras echar agua en un sucio bol de madera que recogió del suelo, le quitó a Isabella la mordaza, pero no le desató las manos, cerrando de nuevo la jaula.

- Ahí tenéis vuestra comida, perra. Que os aproveche…

De buena gana Isabella le habría escupido a la cara a aquel sucio cerdo, pero ni saliva tenia, así que haciendo de tripas corazón, y sin poder apoyarse en las manos, se inclino para beber un poco de agua, y después, superando el asco que sentía, metió su boca en la escudilla de las gachas de avena regadas con la espesa lechada del carcelero, y comió con ansia hasta la última migaja de aquel putrefacto guiso.

Esta vez el carcelero había dejado la antorcha, por lo cual no estaba completamente a oscuras, pero eso no le sirvió para calcular las horas que había pasado hasta que de nuevo apareció el criado Julien acompañado con dos jóvenes y musculosos sirvientes.

- Aquí la tenéis. Esta es la yegua que hay que domar para nuestro Señor, así que ya sabéis lo que tenéis que hacer.

No necesitaron más instrucciones los jóvenes. Con calculada frialdad, la sacaron de la jaula y la llevaron al otro lado de la estancia, atándola firmemente con unas cadenas a una argolla que sobre una puerta había.

La pobre Isabella sentía un lacerante dolor en los hombros, tras horas y horas con las manos atadas a la espalda, pero ese dolor desapareció de manera instantánea devorado por un dolor aun mayor, cuando el primer fustazo mordió la blanda carne de su trasero.

Ambos jóvenes se turnaron durante un buen rato azotándola sin piedad; le azotaron las nalgas, la espalda, las piernas, los pechos, el sexo… ninguna parte sensible de su cuerpo quedó a salvo, hasta que ya, agotada de tanto chillar y sin fuerzas para mantenerse en pie, la pobre Isabella se desmayó agotada…

- Muy bien, ha sido un espectáculo increíble; ahora atadla hasta que el Señor Conde desee disponer de ella.

Cuando la pobre Isabella se despertó, se encontraba atada del techo, bocabajo, como una gallina camino del mercado. Tenía el cuerpo sucio y dolorido, y se preguntaba porque había sido tan estúpida de creer que un Conde la trataría bien por el simple hecho de haberle mamado su noble polla.

No pasó mucho tiempo hasta que escuchó acercarse pasos de nuevo. A la luz de las antorchas pudo comprobar que estaba completamente indefensa, dado que además de colgada bocabajo estaba perfectamente atada. No podía ver quien se acercaba, y no supo de quien se trataba hasta que escuchó su voz…

- Vaya, vaya, vaya… mi esclava la molinera… ¿Te han tratado bien?. Seguro que sí, porque di instrucciones específicas de que así fuera. Déjame que compruebe que tal estas.

Y acercándose a ella la examinó, olfateando su suciedad, su sudor, su miedo… introduciendo sus dedos en su sexo mientras palmeaba su dolorido rostro, girándola para ver todos y cada uno de sus ángulos…

- Deliciosa… simplemente deliciosa. ¿no dices nada?

- No Sire

- Bien… me complace ver que tus maestros han conseguido inculcarte un poco de humildad… Ahora, puta, voy a usarte de nuevo. Dado que estás a la altura perfecta, introduciré mi polla en tu boca y me la follaré hasta correrme. Como se te ocurra siquiera pensar en morderla o arañarla con tus dientes, hare que te arranquen la piel a tiras… ¿lo has comprendido?

- Si Sire, mi cuerpo es vuestro, haced de él lo que os plazca.

- Así me gusta, zorra

Y sin más extrajo su dura polla clavándosela en la boca, metiéndola y sacándola de manera rítmica, a la vez que la empujaba, cual balancín, para darse más gusto con aquel movimiento de vaivén. No contento con ello, sus dedos jugueteaban con el coño de la esclava, abriéndolo, penetrándolo, mojándolo… para pasar después a su ano, lubricándolo con los propios jugos de la perra, metiendo un dedo, luego dos y finalmente tres, hasta dilatarlo completamente mientras su polla seguía siendo lamida sabiamente por la boca de la molinera. Poco a poco el Conde fue incrementando el ritmo de sus acometidas hasta notar que el placer le recorría la columna vertical avisándole del inminente momento de explotar en la boca de la esclava, por lo que, agarrándola con fuerza del pelo, le metió la polla hasta los mismos huevos, mientras se corría profusamente en el interior de tan acogedora boca.

Uno, dos, tres y hasta cuatro chorros de denso y caliente esperma salieron disparados dentro de la boca de la esclava, la cual, como no podía tragarlos, amén de atragantarse, expulso el sobrante de leche por sus narices, poniéndose roja de la congestión.

Afortunadamente el malvado Conde retiro su polla a tiempo de que la colgada sumisa pudiera inhalar bocanadas de tan necesario aire, a la vez que la leche le corría por su cara y la pobre escupía lo que podía para no atragantarse de nuevo.

- Eres una zorra increíble, me das mucho placer, molinera. Creo que te mantendré a mi servicio durante un tiempo. Quiero saber hasta dónde eres capaz de aguantar… Ahora descansa y no digas nada; mandaré a alguien para que te baje de ahí y te conduzca de nuevo a tu jaula. No se te ocurra rebelarte o conocerás mi ira.

- Soy vuestra Sire… haced de mi lo que os plazca.

Y mientras el Conde se alejaba, una sonrisa de triunfo hizo brillar la enrojecida cara de Isabella.

Sayiid
(Continuará)
 
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martes, 21 de junio de 2011

La visita al poblado (continuación)

- ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es esto?

- ¿Y tú quién eres? Le pregunté. ¿No ves que nos estás interrumpiendo?

- ¿Yo?. ¿Vos?... pero esa es… es mi mujer Sire… ¿Qué estáis haciendo?

- ¿Pues no lo ves lerdo?. Tu mujer me está mamando la polla; ¿acaso eres ciego o qué?

- Pero Sire, yo… yo no puedo permitir que vos...

- ¡Calla!. No digas nada y siéntate ahí. Si la puta de tu mujer me complace… o mejor dicho, si los dos me complacéis… seréis bien recompensados.

- Pero Sire…

- ¿Es que no me has oído cerdo?. Siéntate ahí y espera hasta que se me ocurra que hacer contigo.

Y allí se sentó, sobre unos sacos, mientras su mujercita seguía poniéndome la polla como una barra de pan dura y caliente.

Quizás penséis que estaba humillando de una manera gratuita al pobre cornudo, pero instantes después, el muy cabrón ya había metido su mano por debajo de su sucia túnica y se estaba meneando su patético pene con fruición.

Mientras tanto mi polla ya estaba en perfectas condiciones de uso, dura, mojada, lista para disfrutar de otros agujeros de la complaciente molinera. Así que, incorporándola, la tumbé contra un montón de sacos y levantándola la falda, ataque por detrás sus hermosas nalgas, penetrando con mi polla en su mojada raja. Lo cierto es que no me costó nada penetrarla, señal de que la muy zorra sabía cómo utilizar su coño, y mientras entraba y salía de ella, mientras gemidos de placer escapaban de su garganta, ordené a su marido que se acercara y le metiera la polla en la boca.

El tipo abrió unos ojos como platos ante la perspectiva. Y se acercó tan rápido que apenas tardo un segundo en meter su polla en la boca de la mujer. Estaba tan excitado el pobre cabrón que no aguantó ni un minuto antes de que densos chorros de caliente leche llenaran la boca de su mujercita, la cual se atragantaba al no poder retirarse, puesto que yo al tenía firmemente sujeta por detrás.

- ¿Y bien, puerco… quieres más recompensa?

- No Señor, mil gracias… es la primera vez que esta… que mi mujer me come la polla

- No me extraña, si siempre aguantas tan poco; no servirías ni para… o quién sabe… quizás sí que sirvas… Túmbate en el suelo

- Como dice Señor?

- Que te tumbes en el suelo, puerco. Bocarriba. Quiero que le des placer, por una vez en tu vida, a la golfa de tu mujer

- ¿Cómo Señor?

- ¿Cómo? ¿Tienes lengua, no?

Una vez tumbado el pobre cornudo en el suelo, obligué a la perra de su mujer a ponerse a cuatro patas sobre él, dejando su follado y mojado coño a la altura de la boca del cornudo. Con un gesto le indiqué al pobre tipo que empezara a lamerle el coño a la “dama”, mientras yo acoplaba mi dilatado y rojo glande sobre la entrada de su sucio culo.

- Señor no, por favor, por el culo no… eso no

- ¿No dijiste que todo lo que quisiera, puta?

- Señor es que nunca me follaron por ahí

- ¿Nunca? Ni siquiera tu padre o tus hermanos

- No Señor, nadie ha usado nunca mi culo, jamás lo he permitido…

- Pues para todo hay una primera vez, zorra…

Y sin dar más explicaciones apreté con fuerza mi polla hasta abrir aquel estrecho orificio, el cual me ofreció una deliciosa resistencia hasta que conseguí clavar toda mi polla en él.

Los gritos de la zorra se mezclaban con mis gruñidos de placer y con los lujuriosos lametazos que su marido, el feliz cornudo, le daba en su encharcado coño.

Poco a poco, con cada empujón de mi polla en su culo, el dolor fue dando paso al placer, y la lujuriosa hembra tuvo un orgasmo tan intenso que, al apretar los muslos y cerrar su culo sobre mi polla, me dio un placer que jamás antes había experimentado, a la vez que la muy guarra se corría en la boca de su marido, mezclando sus jugos con la saliva de este, el cual los devoraba con avidez, y, una vez relajada, dejó que su caliente orina surgiera de su abierto coño para acabar en la cara y en la boca de su cornudo marido, el cual ya se había empalmado de nuevo, presa de la excitación.

El goce de la penetración, acompañado del fuerte olor a mierda, a sudor, a semen caliente y a la orina de la sucia perra, lograron que mi excitación llegara al máximo, dejándome llevar en un intenso, largo y placentero orgasmo, vaciándome completamente en el culo de la molinera, hasta caer exhausto sobre sus espaldas.

La muy perra, acostumbrada a soportar el peso del cerdo, aguanto firme sobre sus manos y rodillas, hasta que me aparté de su lado, y entonces, mirándome con ojos lujuriosos, comenzó a contraer su esfinter, dejando que mi leche mezclada con sus heces, resbalaran por su culo hasta caer sobre la cara de su empalmado marido, el cual, estaba tan excitado por la situación, que se corrió de nuevo, dirigiendo los calientes y espesos chorros de leche sobre la cara de su mujer, la cual los recibió gustosa sin apartar su caliente mirada de la mía.

- Sois toda una puta, molinera

- Y vos sois todo un cabrón, mi Señor

- Una puta, un cabrón y un cornudo… un trio digno de ser admirado

- ¿Deseáis algo más mi Señor?

- No, nada más. Me habéis servido bien, seréis recompensados. Molinero, toma dos piezas de plata. Te las has ganado.

- ¿Y para mí, Señor? ¿Cuál es mi parte?

- ¿Tu parte?. Ya he pagado a tu marido, perra… ¿Qué más quieres?

- Esa es la parte de ese cornudo de mierda Señor, yo quiero lo mío.

- ¿Y qué quieres?. Dijisteis que me diríais el precio al final, si estaba satisfecho de vos

- ¿Y lo estáis, Sire?

- Ciertamente si… sois una puta deliciosa

- Entonces quiero mi pago, Sire

- ¿Y qué pago queréis?

- Que me llevéis con vos

- ¿Qué decís loca?

- Digo que quiero que me llevéis con vos. Seré vuestra puta, vuestra esclava, vuestra sumisa sierva. Haré todo lo que me pidáis, sea lo que sea. Os lo he demostrado

- ¿Y por qué habría de llevarte conmigo si puedo tener tantas putas como quiera?

- Porque sabéis tan bien como yo, que ninguna lo será tanto como yo.

- ¿Queréis oro? ¿vestidos? ¿joyas?

- No Sire, os quiero a vos dentro de mi tantas veces como sea posible

- ¿No queréis riquezas?

- Os deseo a vos, Sire

- ¿Estáis segura de eso?

- Segura Señor

- ¿Y vuestro marido?

- Dadle a él el oro y me dejará partir con vos

- ¿Lo harás molinero?

- Depende de cuánto oro me deis, Señor. Mi mujer es muy buena, ya lo habéis visto

- Si… demasiado buena para un cornudo como tu

- Sire… yo

- Callaos. Tomad dos monedas de oro y alejaos para siempre de mí; si la puta no me complace… os al devolveré

- ¿Y habré de devolveros el pago?

- Largaos de aquí, sucio porquerizo… fuera de mi vista.

El molinero recogió las monedas y salió corriendo de la estancia, cornudo, follado y un poco más rico que a la hora de cenar.

- ¿seréis pues mi puta?

- Ya lo soy Sire.

- Pues que así sea.

- ¿No deseáis conocer mi nombre?

- No… aún no.

Y recomponiendo mis vestimentas, ambos partimos hacia el castillo: yo delante y mi puta detrás, con las manos atadas a la espalda, los pechos al aire, descalza, y una cuerda alrededor del cuello de la que yo iba tirando para que no perdiera el paso. Así la pasee por la plaza del pueblo, delante de todos los que a aquella hora, ya con las luces del amanecer comenzando a relucir, salían de sus casas para dirigirse a su trabajo.

Y lo más increíble que es que aquella mujer, atada, humillada, vejada, sometida y usada… no iba con la cabeza baja, sino que miraba a todos a los ojos con un lascivo brillo en su mirada, orgullosa de su calidad de esclava sexual.

Rememorando la noche, había de considerar que había sido productiva… pero… ¿Qué nos depararía el día?.

Volved y lo sabréis.

Sayiid
(Continuará)
 
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