Prologo de El Libertino

sábado, 30 de julio de 2011

Sigamos, una noche más, con la serie de “Fantasías eróticas de alto riesgo”.

Y es que siempre os lo tengo dicho… ante todo, seguridad, y nunca dar nada por sentado.

Que una cosa es hacer “el salto del tigre”…. Y otra muy diferente es hacer “el salto de la rana”.

Así que ya sabéis… antes de meteros en faena, comprobar bien el equipo: la textura, la resistencia, la presión… Que noooo, que no os estoy hablando de la Formula 1… que sigo hablando de fantasías sexuales… bueno… más o menos.

Feliz noche mansioner@s

Sayiid


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jueves, 28 de julio de 2011

Habían dado las doce. Germán abrió la puerta de la estancia contigua y, a la luz de la pequeña lámpara, observó a Carolina, que dormía profundamente. La muchacha, completamente desnuda, llevaba en el cuello un collar, al cual una cadena se enganchaba, atándola a un barrote del camastro. También él se encontraba desnudo, aunque calzaba unas botas de cuero negro y aspecto militar. Sobre el pecho, a modo de medalla, una pequeña llave, sin duda destinada al único mueble que en aquel cuarto parecía cerrado. ¡Eh, puta!, gritó, mientras la polla se le iba endureciendo hasta ponerse erecta, como un mástil. ¡Eh, puta, abre los ojos!, volvió gritar, ahora asiéndola por el pelo y zarandeándola bruscamente. ¡Despierta, esclava!, aulló, redoblando su rudeza.

Al fin, abrió los ojos y, como manejada por un raro resorte, saltó del lecho y se arrodilló. Pasó de esta manera unos minutos, viendo cómo del pene de Germán un blanco filamento de flujo pegajoso le caía en el rostro y, rodando por la nariz, goteaba sobre sus pechos. Se sentía feliz, llevó hasta aquel líquido sus dedos y, con breve masaje, lo extendió alrededor de los pezones. Luego bajó una mano y, visiblemente excitada, se acarició la vulva.

Y se hubiese corrido, desde luego, si su amo, Germán, no llega a evitarlo, decidido a esperar, sin duda alguna, mayores deleites. Cuando los jadeos de Carolina presagiaban un rápido final, él la atrajo hacia sí, con un fuerte tirón de la cadena y, agarrándole los pezones con fuerza, la levantó. Entonces, sin liberar su presa, antes bien intensificando el pellizco, le dijo:

-Debería azotarte, grandísima puta, pero eso te encanta, lo sé. En fin, te daré gusto o eso crees, pero antes tendrás que convencerme con una buena mamada. ¡Tírate al suelo, perra!

Obediente, se puso de rodillas y él, de una leve patada, la obligó a tumbarse, a la vez que, invirtiendo su propia posición, hacía coincidir su verga con la boca de la mujer, que comenzó a chupársela codiciosamente.

-Sigue, sigue –ordenaba Germán-.

E introducía los dedos en su coño, comprobando el efecto de aquella acción, intensificándola con pellizcos, a los que Carolina respondía chupando con más y más ansia. Él, ya fuera de sí, mordía con crueldad, le subía las piernas y golpeaba con delectación los glúteos, hasta hacerlos enrojecer.

Y ella, bien abierta la boca, resistía las feroces acometidas de Germán, cuyo falo se hundía hasta la base, cada vez más hinchado por efecto del enorme placer. Carolina era hermosa, con un cuerpo macizo e incitante. Joven, morena, el cabello le descendía en cascada hasta los grandes pechos que, firmes y erguidos, coronaban dos grandes areolas y sendos pezones, sonrosados y puntiagudos. Las caderas, amplias, a medida de un culo prominente y un vientre suave y ancho, bajo el cual se extendía una negrísima mata de pelo, cubriéndole todo el pubis.

-Basta, puta –conminó secamente-, voy a calentarte las nalgas.

Ella, soltando el pene, que salió de su boca impregnado de jugos, se incorporó.

-¡De rodillas! –dijo Germán-.

Tomó entonces la llave que le pendía del cuello y la arrojó al parqué, mientras gritaba:

-¡Vamos, perra, cógela con la boca.

Cuando ella, a cuatro patas, obedeció la orden, siguió:-Ahora, abre ese mueble que tú sabes y elige el instrumento que más te guste.

Poco tiempo tardó la mujer en presentar al hombre una fusta larga, flexible y delgada, con una empuñadura que se ajustaba a la muñeca como una pulsera, con lo que nunca podría caer al suelo, garantizando así un castigo sin interrupciones, a gusto del amo más implacable.

-Ah, zorra –dijo éste-, ya veo que te gusta lo bueno. Yo te la haré sentir en cada milímetro de cuerpo.

Y, cogiéndole la cadena, la llevó hasta un extremo de la estancia, donde un extraño artilugio, que terminaba en un par de argollas, permitía amarrarla en cualquier posición. Eso hizo Germán, de manera que Carolina tuviese levantados ambos brazos, levemente inclinada, con las piernas abiertas. Una vez que la tuvo preparada, blandió la fusta, haciéndola silbar.

El zumbido de la fusta era como el preludio de una sinfonía en la que gritos, súplicas, jadeos y el chasquido del cuero sobre la piel desnuda acababan en el allegro maestoso y sostenuto del clímax. Ella, al oírlo, mientras Germán, deliberadamente, demoraba la lluvia de azotes, se dejaba asaltar por un temor enorme. A veces, el sudor empapaba los vellos de sus axilas y, bajándole por el vientre, se mezclaba con los fluidos que liberaba la excitación. Era dichosa así, sintiéndose dominada, poseída, a merced de aquel hombre adorado que la había reducido a la esclavitud. Él, mientras la miraba, sentía en la entrepierna la dolorosa urgencia de un deseo que iba a estallar, sin duda, al iniciar el castigo, y ya saboreaba las posturas, los escorzos obscenos que el cuerpo de Carolina adoptaría al sentir la mordedura de los azotes. Sin pensárselo más, descargó el primer golpe y la fusta cruzó en diagonal la espalda de la mujer, dejando en ella una marca rojiza y en la pupila de él una torsión del torso deliciosa, rubricada con una débil exclamación:

-Oh...

Siguió otro golpe en dirección contraria y, seducido por la grupa que le mostraba, asestó los siguientes en el trasero de Carolina, que ahora acompasaba sus exclamaciones con un leve jadeo. Atraído por las dos medias lunas que, marcadas con varios trazos rojos, se le ofrecían, tiró al suelo la fusta y, agarrándolas, abrió el camino oscuro y la sodomizó.

Ella, al recibir la verga de su dueño, gimió y contrajo el cuerpo, mientras él, sin dejar de moverse, la cogió por los pechos y apretó los pezones, fuera de sí. El jadeo de ambos se volvió más intenso y, al fin, cuando todo auspiciaba el orgasmo, le dijo a la mujer, junto al oído:

-Aprieta más el ojete, que yo te apretaré los pezones hasta pulverizártelos, perra.

-Sí, mi dueño y señor –repuso Carolina-, quémame las entrañas con ese hierro candente que me está matando de gusto... así, oh, sí, mi amo, pellízcame las tetas, rómpeme, gózame...

No resistió Germán el cataclismo. Moviéndose frenético, vació en el intestino de su esclava una oleada de esperma, que la condujo al éxtasis.

-Esto no ha terminado –farfulló-. Eres una puta: no puede uno darte por el culo, sin que disfrutes como una guarra. Voy a castigarte por ello. Prepárate.

Y, apenas acabó la perorata, desató a la mujer y prosiguió diciendo:-Aún no he desollado a este conejo, pero será un placer, no lo dudes. Pero ahora vayamos a otra cosa: te he soltado porque habrá que poner a punto la maquinaria para volver a empezar. Esto dijo, señalándose el pene que, irritado y sanguinolento, comenzaba de nuevo a centellear.

-Arrodíllate, esclava, y métetela entera en la boca. Quiero que me la chupes despacio, trabajando esa lengua...

Carolina, sumisa y genuflexa, tomó en su boca el falo y comenzó a lamerlo. Primero, dando vueltas alrededor del glande con la lengua bien mojada; luego, de arriba a abajo, succionando de forma espasmódica, hasta que, finalmente, se la metió toda entera, sin parar de moverse. Y así hasta que su amo le ordenó detenerse y volvió a conducirla hasta los amarres, donde la encadenó, de frente esta vez.

-Quiero que abras las piernas y las mantengas así, hasta que yo disponga otra cosa.

Cogió entonces un látigo no muy grande, con siete colas largas y flexibles, que le fue restregando por todo el cuerpo, viendo cómo en ella hacía presa la excitación. Cuando la propia se hizo insoportable, empezó a azotarla. Primero en los pechos, después en el vientre, luego en la cara interna de los mulos...

Ahora no se trataba de un juego, o eso parecía, al menos. Pronto, los senos se llenaron de rojos verdugones y otro tanto las zonas restantes, expuestas al castigo. Germán se detuvo.-Voy a azotarte el coño.

Y pasó en un instante de la palabra al acto, descargando en aquel lugar una buena andanada de latigazos, que le arrancaron deliciosos gritos. Carolina temblaba, suplicaba, lloraba. Y él, consciente de su victoria, redoblaba la crueldad de la azotaina.-Así, así me gustas, puta –le decía con voz trémula-; eres mía, eres mía, y ahora siento en tu cerne mi posesión. Puedo romper ahora tus cadenas, destruir estos látigos y pedirte que salgas de mi vida... tú eliges...

-¡Azótame! Soy tuya. Y cuando siento el látigo en mis carnes sé que no tengo vida, placer ni voluntad, si no es arrodillada a tus pies.

Germán volvió a aplicar una tanda de azotes a los enrojecidos muslos de la mujer. Estaba sudoroso y la fuerte erección le dolía. Tiró el látigo y, poniendo su mano entre las piernas de ella, le apretó el coño. Se encontraba mojada. Germán bajó a la molla palpitante y la llevó a su boca, succionándola con ardor. Cuando advirtió que se acercaba el éxtasis, procedió a desatarla, la puso a cuatro patas sobre el suelo y la penetró.

-Germán. Germán, por favor, se hace tarde, ¿a qué esperas para levantarte?

-Anda, mujer, ¿no podemos quedarnos en la cama cinco minutos más?

-Claro que no. Recuerda que a las 10 vendrán a recogernos.

-Joder, con lo a gusto que estaba durmiendo.

-Sí, ya lo noté; estabas empalmado y por poco me ensartas... ¡A saber qué estarías soñando!

-Unos minutos más, mientras pones el desayuno.

-Ya voy, ya voy, negrera.

-¡Este hombre! A propósito, ¿quién es Carolina? Me pareció escuchar que la llamabas.

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© Clarisa Meer, 2008.

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martes, 26 de julio de 2011

 
 
“No estoy loco, ahora lo entiendo.
 
Es sólo que soy mentalmente divergente” 

Bruce Willis en 12 monos

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lunes, 25 de julio de 2011

Después de unos días de ausencia… que mejor manera de retomar el contacto que mediante una oda a esas maravillosas, dulces, sensuales, puras y castas mujeres que han dado en llamarse monjas…

¿Cuál será su morbo?.

Quizás sea, digo yo, el placer de arrebatarle la mujer, no a un simple mortal, fontanero o abogado, sino el poder presumir de haberle arrebatado la mujer al mismo Dios, ¿pues no presumen ellas de estar casadas con el Señor?

Monjas… hasta al mismo rey de los seductores, sedujisteis, y así acabó el pobre Don Juan por culpa de la pérfida Doña Inés…

Monjas, al fin y al cabo… mujeres vestidas con hábitos.

Felices noches mansioner@s y gracias por vuestra visita, un día más.

Sayiid

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El autor a unas monjas sus devotas

 

Las que estáis en religión

muy castas y continentes,

suplicos que, con perdón,

me soltéis una qüestión

que se me viene a las mientes,

porque no soy adivino

ni alcanço vuestros primores,

y es que, pues creçe contino,

¿qué hazéis del vellocino

de las partes inferiores?

Porque si no lo cortáis,

respondedme dónde os llega,

pero si le desmontáis

dezidme si deseáis

aquello que se os deniega;

y si vuestro corazón,

remirando aquella alhaja

siente que aquel boquerón

no estava allí sin razón

ni fue para ençerrar una paja.

(Sebastián Orozco)

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sábado, 23 de julio de 2011

Del por qué doce de cada diez urólogos recomiendan lavarse los dientes con “Sensodyne”, o “Juegos eróticos de alto riesgo, segunda parte”… eso si, esta vez, sin japonesitas…
Seguiremos buscando nuevos deportes de “alto riesgo”.
Sed felices y ya sabéis… no practiquéis esto en casa sin la presencia de alguna persona responsable que tenga cerca el número de urgencias médicas.
Feliz velada.


Sayiid


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miércoles, 20 de julio de 2011

¿JUEGOS ERÓTICOS ?

Hay que quitarse el sombrero ante el ingenio erótico de nuestros amigos asiáticos…

Ell@s, para gozar, no necesitan vibradores, ni bolas chinas (estas chicas deben ser japonesas…), ni fustas o látigos, ni tan siquiera necesitan a alguien que las discipline.

Lo cierto es que son autosuficientes: ellas se lo guisan y ellas se lo comen.

Son como McGuiver… dos amigas, una gomita (versus profiláctico o condón), mucha imaginación y... a gozar.

Bueno, lo de gozar ya depende de los hábitos de cada un@.

A mí, sólo de imaginarlo, me entran sudores fríos…

Y es que yo de siempre he sido de carácter generoso… es decir… siempre me ha gustado más “dar” que “recibir”.

Quien sabe, a lo mejor es cosa de mi "católica" educación.

PD: No intentéis esto es casa sin tener cerca el número del teléfono de urgencias… por si acaso

Feliz noche, amig@s de la mansión.

Sayiid.
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martes, 19 de julio de 2011



LAS ROSAS PALPITABAN ENCIMA DE TUS SENOS

Las rosas palpitaban encima de tus senos
duros. Como una flora de las blancas batistas
que tus brazos rosaban cálidamente llenos,
los encajes tentaban con carnes entrevistas

¡Qué cándida lujuria en tus bucles con lazos
rojos! ¡Oh, tus mejillas, mates como jazmines,
bajo la llama negra de los hondos ojazos
sobre la pasión cálida de las rosas carmines!

Ibas hacia la vida con todo tu tesoro
intacto… Me mandaste tus pájaros de amores…
¡y te besé, temblando, tu alegría de oro
con un miedo doliente de poner tristes tus flores!

(Juan Ramón Jimenez)

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lunes, 18 de julio de 2011

Buenas noches amig@s...

En esta ventosa noche de Julio, retrocederemos en el tiempo y en el espacio, hasta posarnos suavemente en los primeros años del siglo pasado.

Años de buenas maneras, de modales victorianos, de damas emperifolladas (y conste que no sé qué significa eso de “emperi”…) y de caballeros de puntiagudos bigotes y repeinadas barbas…

Tiempos en los que surgían mágicas tecnologías, como la de poder ver imágenes plasmadas en un papel, o incluso imágenes en movimiento.

Imágenes en movimiento… el cine… el séptimo arte…

El cine… si… el cine… ese invento del diablo… el cine mudo y en blanco y negro…

Grandes y grandilocuentes películas, faraónicos decorados, actores de leyenda…

Un nuevo arte… lleno de belleza y glamour… de luces y atractivos…

Pero también un arte con sus sombras… con sus películas prohibidas… con sus locales oscuros a los que sólo era posible acceder a través de contactos muy especiales…

¿O acaso, amig@s, os imaginabais que ya no existían películas no aptas para determinados públicos?

¿Acaso pensabais que nuestr@s abuel@s no disfrutaban del morbo del vouyerismo igual que nosotr@s?

Amigos… amigas… tomad asiento… Las luces se apagan… el proyector tabletea… el piano comienza a sonar…

Venid… venid conmigo a ese maravilloso pasado y disfrutad de los placeres de nuestros ancestros…

Ya veréis que nada hay nuevo bajo el sol…

Que disfrutéis del maravilloso espectáculo…

Sayiid

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viernes, 15 de julio de 2011




El voto de los benitos


Un convento ejemplar benedictino

a grave aflicción vino

porque en él se soltó con ciega furia

el demonio tenaz de la lujuria,

de modo que en tres pies continuamente

estaba aquel rebaño penitente.


Al principio, callando con prudencia,

hacía cada monje la experiencia

de sujetar con mortificaciones

las fuertes tentaciones.


No se omitió cilicio,

ayuno, penitencia ni ejercicio,

mas fueron vanas medicinas tales;

que, irritadas las partes genitales,

el demonio carnal más las apura, 

dando a más penitencia más tiesura.


Supo el caso el abad; quien, aturdido

del feroz priapismo referido,

a capítulo un día

llamó a la bien armada frailería 

y, después de entonado

el himno acostumbrado,

a cada cual, con humildad profunda,

pidió su parecer, por que se hallase

un medio que cortase

en la comunidad tal barahúnda.


Los monjes del convento

poltronamente estaban en su asiento

discutiendo los modos diferentes

de alejar con remedios convenientes

el bullidor tumulto

que a cada fraile le abultaba el bulto.




 
Viendo lo ejecutado vanamente

hasta el caso presente,

los sapientes y místicos varones

con santidad y ciencia propusieron

diversas opiniones,

pero en ninguna dieron

que a propósito fuese

para que luego la erección cediese. 


En esta confusión, con reverencia,

pidió el portero para hablar licencia.

El portero, no importa aquí su nombre,

era un legazo de tan gran renombre

que, después de rascarse aquello a solas, 

hubo vez de jugar diez carambolas.

- Hable, clamó el abad. Y él, humillado,

dijo: - Dios sea loado,

que a mí, vil gusanillo, ha concedido

lo que a Sus Reverencias no ha querido. 

Yo un tiempo tentaciones padecía,

mas, por fortuna mía,

hallé un remedio fácil y gustoso

con que al cuerpo y al alma doy reposo.

- ¿Y cuál es?, preguntaron, admirados,

a una voz los benitos congregados.

- Padres, dijo el portero,

tengo una lavandera, cuyo esmero,

cuando a traerme viene

ropa con que me mude,

tanto cuidado tiene

de limpiarme de manchas exteriores

como de las materias interiores,

y a este fin de tal modo me sacude

que en toda la semana

no se alborota más mi tramontana.


Luego que oyó el abad y el consistorio

el medio tan sencillo y tan notorio

de obviar las tentaciones,

decretaron los ínclitos varones 

que un voto, de común consentimiento,

se añadiese en las reglas del convento,

por el cual no pudiera

fraile alguno vivir sin lavandera.


El abad, con presteza, 

dejó al punto aquel voto establecido

y a los monjes, alzando la cabeza,

dijo: El Señor, hermanos, nos ha oído,

cuando remedia así nuestras desgracias.

Cantemos, pues: Agimus tibi gratias.


El jardín de Venus
Félix María de Samaniego

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miércoles, 13 de julio de 2011



“No soy honesto. Y de un hombre que no es honesto, sólo se puede esperar que no sea honesto.
Honestamente..., es con los honestos con los que hay que tener cuidado, porque nunca puedes prever cuando harán algo extraordinariamente absurdo”


(Johnny Deep en Piratas del Caribe).

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martes, 12 de julio de 2011



El beso de Safo

 

Más pulidos que el mármol transparente,

más blancos que los blancos vellocinos,

se anudan los dos cuerpos femeninos

en un grupo escultórico y ardiente.


Ancas de cebra, escorzos de serpiente,

combas rotundas, senos colombinos,

una lumbre de labios purpurinos,

y las dos cabelleras un torrente.


En el vivo combate, los pezones

que se embisten, parecen dos pitones

trabados en eróticas pendencias,

y en medio de los muslos enlazados,

dos rosas de capullos inviolados

destilan y confunden sus esencias.


(Efrén Rebolledo)



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lunes, 11 de julio de 2011

Continuemos, una noche más, con el repaso de algunas oscuras perversiones, según algún@s, o de eróticas fantasias, según otr@s.

Y dado que algunos de nosotros, a pesar de nuestra edad, aún no hemos superado la fase lactante… (¿Será quizás que nos alimentaron a base de biberones en muestra más tierna infancia, en vez de darnos el producto de su envase original?).

Como decía… dado que algunos aún no hemos superado nuestra fase lactante y la venimos arrastrando desde nuestra más precoz infancia, me permito poneros esta noche un video que seguro que estimulará las glándulas salivares (amén de otras glándulas del cuerpo) de más de uno y más de dos.

A mí, he de decirlo, ya se me está haciendo la boca agua :- ).

Feliz noche, y si alguno o alguna tiene alguna oscura e irreverente fantasía, por favor, no dejéis de compartirla con tod@s nosotr@s.

Que disfrutéis el video.

Sayiid.

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domingo, 10 de julio de 2011



HAY SITIO PARA LOS DOS

Una hermosísima burguesa de la calle Saint-Honoré, de unos veinte años de edad, rolliza, regordeta, con las carnes más frescas y apetecibles, de formas bien torneadas aunque algo abundantes y que unía a tantos atractivos presencia de ánimo, vitalidad y la más intensa afición a todos los placeres que le vedaban las rigurosas leyes del himeneo, se había decidido desde hacía un año aproxima-damente a proporcionar dos ayudas a su marido que, viejo y feo, no sólo le asqueaba profundamente, sino que, para colmo, tan mal y tan rara vez cumplía con sus deberes que, tal vez, un poco mejor desempeñados hubieran podido calmar a la exigente Dolmène, que así se llamaba nuestra burguesa. Nada mejor organizado que las citas concertadas con estos dos amantes: a Des-Roues, joven militar, le tocaba de cuatro a cinco de la tarde, y de cinco y media a siete era el turno de Dolbreuse, joven comerciante con la más hermosa figura que se pudiera contemplar. Resultaba imposible fijar otras horas, eran las únicas en que la señora Dolmène estaba tranquila: por la mañana tenía que estar en la tienda, por la tarde a veces tenía que ir allí igualmente o bien su marido regresaba y había que hablar de sus negocios. Además, la señora Dolmène había confesado a una amiga que ella prefería que los momentos de placer se sucedieran así de seguidos: el fuego de la imaginación no se apagaba de esta forma - sostenía -, nada tan agradable como pasar de un placer a otro, no cabía el fastidio de tener que volver a empezar; pues la señora Dolmène era una criatura encantadora que calculaba al máximo todas las sensaciones del amor, muy pocas mujeres las analizaban como ella y gracias a su talento había comprendido que, bien mirado, dos amantes valían mucho más que uno sólo; en cuanto a la reputación, daba casi lo mismo, el uno tapaba al otro, la gente podía equivocarse, podía tratarse siempre del mismo que iba y venía varias veces al día, y en lo que atañe al placer, ¡qué diferencia!

La señora Dolmène tenía un miedo cerval a los embarazos y convencida de que su marido no cometería nunca con ella la locura de estropearle el tipo, había asimismo calculado que con dos amantes existía mucho menos peligro de lo que tanto temía que con uno sólo, pues -decía ella como bastante buena anatomista- los dos frutos se destruyen entre sí.

Cierto día, el orden establecido en las citas se alteró y nuestros dos amantes, que no se habían visto nunca, se hicieron amigos de una manera bastante divertida, como vamos a ver. Des-Roues era el primero, pero había llegado demasiado tarde y, como si fuese cosa del diablo, Dolbreuse, que era el segundo, llegó un poco antes.

El lector inteligente se dará cuenta enseguida de que la combinación de estos dos pequeños errores debía abocarles a un encuentro inevitable; se produjo, por supuesto. Pero mostremos cómo sucedió y si es posible aprendamos de ello con todo el recato y el comedimiento que exige semejante materia, ya de por sí de lo más licenciosa.

A instancias de un capricho bastante singular - y los hombres son propensos a tantos- nuestro joven militar, cansado del papel de amante, quiso interpretar por un momento el de amada; en lugar de tenderse amorosamente abrazado por los brazos de su divinidad, prefirió abrazarla a su vez; en una palabra, lo que suele quedar debajo, él lo puso encima, y tras este intercambio de papeles quien se inclinaba sobre el altar en el que habitualmente tenía lugar el sacrificio era la señora Dolmène, que desnuda como la Venus Calipigia y tendida como estaba sobre su amante, enseñaba, en línea recta con la puerta de la habitación en la que se celebraba el misterio, eso que los griegos adoraban con tanta devoción en la estatua que acabamos de citar, esa región tan hermosa, en una palabra que, sin que tengamos que irnos demasiado lejos para poner un ejemplo, cuenta en París con tantos adoradores. Tal era su postura cuando Dolbreuse, que tenía la costumbre de entrar sin más preámbulos, abre la puerta tarareando una cancioncilla y por todo panorama se le presenta aquello que, según se dice, una mujer verdaderamente honesta no debe nunca mostrar.

Lo que habría colmado de júbilo a tantísima gente, hace retroceder a Dolbreuse.

-¡Qué veo! -exclamó-, ¡Traidora... ! ¿Esto es, pues, lo que me reservas?

La señora Dolmène, que en ese preciso instante se encontraba en una de esas crisis en las que la mujer actúa mejor de lo que razona, se apresura a contestar a semejante pretensión:

-Pero, ¿qué diablos te pasa?- pregunta al segundo Adonis sin dejar de entregarse al primero-. No veo porqué ha de decepcionarte nada de esto; no nos molestes, amigo mío, y acomódate aquí, que puedes; como bien puedes ver hay sitio para los dos.

Dolbreuse, que no puede contener su risa ante la sangre fría de su amante, comprendió que lo mejor era seguir su consejo, no se hizo de rogar y parece ser que los tres ganaron con ello.
 
CUENTOS, HISTORIETAS Y FABULAS (Extracto)
Edimat Libros. Madrid, 1999.
AUTOR: Marqués de Sade.
PROLOGO: Leopoldo María Panero.

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