Prologo de El Libertino

viernes, 30 de noviembre de 2012





Lo apreté con fuerza hacia mí con esos cojines regordetes cuyo encanto hace olvidar las vergüenzas de la naturaleza; unos movimientos deliciosos terminaron de aclararle la situación al feliz muchacho.
Sus manos de deleitaban oprimiendo dos recias manzanas de ardiente carne, o pasaban, crispadas y frenéticas, a buscar encantos más encendidos, mientras mi boca, ávida de goce, lamía y mordía, enardeciéndole en juego deleitoso.
Sentí el momento en que Venus recibió su primera ofrenda: el placer nos aniquiló al mismo tiempo, pero a mí me invadían las sensaciones más deliciosas y me asombraba de la prodigiosa distancia que hay entre la felicidad de un hombre que transforma a una niña en mujer y el de una mujer que recibe las primicias de un candidato al amor.

La hija seducida (Restif de la Bretonne)

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miércoles, 28 de noviembre de 2012




"Las pasiones del hombre no son otra cosa que los medios que emplea la naturaleza para lograr sus designios"

Marqués de Sade
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martes, 27 de noviembre de 2012





Dominada todavía por el dolor, Séptima quiso sonreír para decir, en tono aún más quedo:

—¿Tan puta como tú?

—No. Todavía os queda mucho...

—Pero ¿cuando una virgen tiene un mango como éste en el trasero...?

—Eso demuestra que es virgen.

—¿Y cuando el mango es el de su padre?

—Eso es una prueba de amor filial.

—¿Y cuando el mango de su padre acaba de salir del culo de su bollera...

—Entonces la pobre bollera es, además, cornuda.

—¡Qué descaro!¡Resulta que la cornuda soy yo!

La historia del rey Gonzalo y de las doce princesas (Pierre Louys)

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lunes, 26 de noviembre de 2012





“Las mujeres lo negarán o lo aceptarán, pero lo que siempre quieren es que se lo pidamos.”

Publio Ovidio Nasón

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domingo, 25 de noviembre de 2012





–Eres un salvaje –me dijo.

Llevaba el pelo suelto, con raya en medio, y era realmente un magnífico ejemplar. Pero me mantuve en calma. El ron me ayudaba.

–Haces demasiado ruido –repliqué–. Jean va a oírnos.

–Hay un cuarto de baño entre nuestras habitaciones.

–Perfecto.

Reincidí y abrí su deshabillé. Conseguí arrancarle las braguitas antes de que me golpeara de nuevo. La cogí de las muñecas y le mantuve las manos detrás de la espalda. Cabían holgadamente en la palma de mi mano derecha. Luchaba sin ruido, pero con rabia, e intentaba golpearme con las rodillas, pero yo le pasé el brazo izquierdo por la espalda y la estreché contra mí. Entonces quiso morderme a través del pijama. Y yo no conseguía librarme de mi maldito slip. La solté bruscamente, empujándola hacia la cama. 

–Después de todo –le dije–, hasta ahora te las has arreglado sola. Sería estúpido de mí parte cansarme por tan poca cosa. Estaba al borde de las lágrimas, pero sus ojos brillaban de cólera. Ni siquiera intentó volverse a vestir, y yo me regalaba la vista. Su vello era negro y tupido, brillante como el astracán.

Di media vuelta y me dirigí a la puerta. –Duerme bien –dije–. Perdona que te haya estropeado ligeramente la lencería. No me atrevo a proponerte remplazarla, pero cuento con que me envíes la nota.

Escupiré sobre vuestras tumbas ( Boris Vian)

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sábado, 24 de noviembre de 2012


Hoy se nos ha ido una de esas personas cuya única misión en la vida era hacernos felices.
Cuantas tardes viendo sus películas, pasando ratos felices con sus historias, con sus ocurrencias…
Un golfo, un don juan, un vivelavida, un listillo, un pillo, un liante, un socarrón, un buscavidas, … pero ante todo, uno de los nuestros.
Tony Leblanc… genio y figura hasta la sepultura.
Descansa en paz; siempre nos quedarán tus películas.
Sayiid.
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viernes, 23 de noviembre de 2012





ANTONIA: Mi parecer es que en seguida hagas puta a tu Pippa, porque la religiosa traiciona su voto y la casada asesina el santo matrimonio, pero la ramera no perjudica ni al monasterio ni al marido, sino que la puta hace lo que un soldado a quien se paga por causar mal y que cuando lo causa no piensa que lo cause, puesto que su tienda vende la mercancía que tiene, y nada mas. ....... haz puta a la Pippa del primer intento, que ya tiempo tendrá de hacer penitencia, y con dos gotas de agua bendita bastante habrá para que le limpien el alma de toda puteria. Eso aparte de que he deducido de tus palabras que los pecados de las rameras son virtudes. Y por sobre todo, cosa es halagüeña el ser llamada señora hasta por los señores y comer y vestir como tal señora, y constantemente andar en fiestas y convites....

NANNA: ....la reverenda paternidad llamó a los tres legos, y, apoyado en la espalda de uno de ellos, que era un pobrecillo nacido antes de tiempo, débil y flaco, hizo a los otros que le sacasen el pájaro del nido. El mas avispado y más bonito de la banda lo tomo sobre la palma de la mano, y acariciándole el lomo suavemente (como se acaricia la cola a la gata que, runruneando, comienza a enderezarse), hizo que el pájaro alzase la cabeza, lo que obligó al bravo General a llevar sus zarpas hacia la mas graciosa y lozana monja, a la que alzo las ropas sobre la cabeza, la hizo que apoyara la frente en el borde de la cama, y, abriéndole dulcemente las hojas del misal culares con ambas manos, empezó a mirar extasiado, el agujero. No estaba el misal en los huesos, ni colgaba por su gordura, sino que con la vía de en medio trémula y redonduela, lucía como marfil que tuviese vida. Los mismos hoyuelos que hay en la barba y en las mejillas de las mujeres hermosas se veían en sus chiappetine, por decirlo al modo florentino. Su blancura superaría la de una rata de molino, nacida y cebada en la harina. Todos los miembros de la monja eran tan finos que si se le ponía una mano en los riñones resbalaba al punto hasta los muslos como el pie por el hielo, y tanto se atrevía a brotar el vello en tales partes como en la cascara de un huevo.

ANTONIA: ¿Y el General gasto todo el tiempo en la contemplación, o qué?

NANNA: No, sino que metiendo el pincel a la monjita en el tarrito del color luego de humedecerlo con saliva, la hacía retorcerse como las que tienen mal de madre o dolores de alumbramiento. Y para que el clavo estuviese más firme en su agujero, con la mano llamo tras si a un frailecillo, que, bajándole las bragas hasta el suelo, puso la lavativa visibilium y se la metió a Su Reverencia, la cual tenía los ojos fijos en los otros dos jóvenes, que, luego de haber acomodado suave y holgadamente en la cama a dos monjas, les cuajaban la salsa en los morteros. Con todo esto se desesperaba la cuarta hermanita (la cual, por ser algo bisoña y oscura de carnes, era rechazada de todos) y, al fin, llenando el Bernardo de cristal (Consolador) con el agua caliente que había allí para lavar las manos al señor, se sentó en un cojín y, apoyando los pies en el muro, empujo el báculo pastoral y se lo introdujo en el cuerpo como se introduce la espada en la vaina. Y yo, excitada por su placer, restregábame el chisme con la mano, como los gatos en enero se restriegan en los tejados el culo.

ANTONIA: ¿Y en que paró aquello?

NANNA: Después de menearse y más menearse durante media hora, mandó el General: «Ahora obremos todos a un tiempo; y tu, pichón mío, bésame, y tu también, mi alma». Y poniendo una mano en la breva de la angelita y acariciando con la otra las manzanas del angelón, besando ya a él, ya a ella, ponía el mismo gesto que en el Belvedere pone aquella estatua de mármol a la que asesinan en medio de sus hijos. Por fin, las monjas yacentes en el lecho, y los jovencitos, y el General y aquella otra a quien este montaba, y el frailecito que le montaba a él, y también la del nabo de Murano, se pusieron de acuerdo para obrar a un tiempo, como se acuerdan los cantores, o los herreros al martillear; y, atentos todos a concluir, se oía un «¡ay, ay!», un «abrázame», un «dame tu dulce lengua», «dámela», «tómala», «aprieta», «espera», «sigue», «estrújame», «ayúdame»; y unos hablando con voz sumisa y otros maullando descompuestos, se parecían a los del la-sol-fa-mi-re-do; ponían los ojos en blanco, jadeaban, se movían y se revolvían de tal modo, que los bancos, las áreas, las tablas del lecho, los escabeles y las casullas se resentían como las casas con los terremotos.

Vida de las monjas y Sonetos lujuriosos (Pietro Aretino)

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miércoles, 21 de noviembre de 2012





El sexo, el dolor y el amor son experiencias límite del hombre. Y solamente aquel que conoce esas fronteras conoce la vida; el resto es simplemente pasar el tiempo, repetir una misma tarea, envejecer y morir sin saber realmente lo que se estaba haciendo aquí.

Paulo Coelho

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martes, 20 de noviembre de 2012




De los calzones de un Fraile, y cómo se convirtieron
 en reliquias sagradas:

Una mujer casada fue a confesar sus pecados a un fraile de las órdenes menores. Durante la confesión, el fraile estaba fuertemente movido por el deseo y la importunaba ardientemente, hasta que al fin la ganó para sus pasiones, sólo restando arreglar el encuentro. Llegaron al plan que la mujer fingiría una enfermedad y llamaría al monje a su recámara, siendo la costumbre el dejarlos solos para que el alma fuera libre de expresarse.
La mujer cayó en cama, quejándose de graves dolores, y llamando a su confesor. Éste vino y pronto, hallándose a solas en su habitación, se quitó los calzones y procedió a escuchar su confesión de la manera acordada.
Como la confesión tomó un largo tiempo y el esposo sin sospechas, se preguntó por la tardanza,  repentinamente entró al cuarto. El monje, horrorizado al ser descubierto, huyó dejando sus calzones atrás en su prisa.
Cuando el marido vio los calzones, protestó escandalosamente que el hombre no era un fraile, sino un amante, y buscando al prior del monasterio, se quejó amargamente y pidió la pena de muerte para el hombre. El prior, quien era un hombre anciano, lo persuadió invocando a la familia y al honor, diciéndole que era mejor mantener aquello en secreto. El marido respondió que el asunto de los calzones se había hecho suficientemente público como para callarlo.
Sin embargo, el anciano padre encontró la manera, diciéndole que los calzones podrían pasar por aquellos de San Francisco, las cuales habían sido tomadas como una reliquia sagrada para curar a la mujer enferma. Y que debía devolverlas con solemnes pompas y ceremonia pública.
El prior arregló a los monjes, y, vestidos en sus santos vestuarios, procedieron a casa del ofendido. Allí, el prior tomó los calzones devotamente y los colocó en un cojín de seda, y acompañados por cantos y ceremonias, fueron devueltos al monasterio y puestos junto a las otras reliquias.
Cuando el engaño fue descubierto, los oficiales de la ciudad comenzaron una investigación por sacrilegio.

"El anillo de Hans Crável"  (La Fontaine en fábulas libertinas)

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lunes, 19 de noviembre de 2012





“Si no viví más,
 fue por que no me dio tiempo.”

Marqués de Sade

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domingo, 18 de noviembre de 2012






Después de ésta escena y de otras parecidas con el portentoso garrote del padre Clemente, Mourier y Verbouc, el tío de Bella traman participar en la perversión de un libidinoso señor Delmont, que tiene una hermosa hija, Julia. Deciden que Delmont debe acostarse con su propia hija, antes de que ambos la disfruten:

—Aguardad un momento —continuó el buen padre—. Hasta este momento todos hemos estado de acuerdo. Ahora Bella será vendida a Delmont. Se le permitirá que satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no deberá verlo a él, ni él a ella, a fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.

El propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en lugar de a Bella, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria. Si Delmont cae en la trampa, podremos revelarle el incesto cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de Bella, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.


Así la intriga, narcotizan a la muchacha y luego engañan al tío tapando el rostro de Julia mientras Delmont la monta. Aquí siguen muchos capítulos de interesante aunque monótona serie de orgías e intrigas, al final de las cuales, ambos, Delmont y Verbouc mueren de éxtasis y las dejan "huérfanas"

Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación; presionando contra la apretada vulva de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se estremecía de gozo de pies a cabeza.
—¡Oh, esto es el mismo cielo! —murmuró, mientras hundía su gran miembro hasta los testículos pegados a la base del mismo.

~—¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite!

Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.

Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas de la joven Bella, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.

—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre! ¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente.., más despacio. . . Siento vuestras grandes bolas contra mis nalgas.

—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya leche estaba a punto de verterse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo mío? Creo que la idea es atractiva.

—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la delicia en persona.

—Estate quieta, querida Bella, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan arrebatadoramente.

—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa. ¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido.., padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte.., más.., matadme si así lo deseáis!

Bella pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.

Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.

—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Bella, olvidando todo sentido de recato, y arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo. . . lo siento...! ¡Dios ..... . qué leche! iOh, qué chorros!

Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él.

Al fin se levantó de mala gana de encima de Bella, la cual, libre de sus tenazas, se volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.

Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante.

-¡Aaaarrr!, ¡Oh, más aprisa reverendo padre! ¡Ay! Vuestro dedo va a provocarme un desmayo.... ¡Oh! ¡Oh! ¡Conténgase, reverendo padre, hasta que yo esté a punto también! ¡Más adentro! ¡más adentro de mí! ¡Se lo ruego! ... ¡Oh, que felicidad, qué goce me proporciona!

Memorias de una pulga (anónimo)

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sábado, 17 de noviembre de 2012





Si me atas

Si me atas a tu mano
cíñeme el collar igual que un beso
sellado piel con piel
y haré de tu mirada mi mundo
con la fuerza de tus silencios encadenada.

Entonces bendeciré tus pies con mi boca
para ser perra que aúlla tu nombre
más allá del fuego
en esta pasión que atrapa el alma.


Pura Salceda  ("Versos de perra negra")

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viernes, 16 de noviembre de 2012





Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella.


José Ortega y Gasset (1883-1955)

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jueves, 15 de noviembre de 2012





Entonces ella, desnuda de todas sus vestiduras, quitóse asimismo una faja con que se ligaba, y llegada cerca de la lumbre sacó un botecillo de estaño y untóse toda con bálsamo que allí traía, y a mí también me untó y fregó muy largamente, pero con mucha mayor diligencia me untó la boca y narices. Esto hecho, besome muy apretadamente, no de la manera que suelen besar las mujeres que están en el burdel u otras rameras demandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen, sino pura y sinceramente, sin engaño, y comenzome a hablar muy blandamente diciendo:
-Yo te amo y te deseo, y a ti solo, y sin ti ya no puedo vivir, y semejantes cosas con que las mujeres atraen a otros y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel negocio, fácilmente me hizo bajar, mayormente que yo bien veía que en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más al cabo de tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa y que tanto me deseaba; además de esto, yo estaba harto de muy buen vino, y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho más el deseo y aparejo de la lujuria. Verdad es que me fatigaba entre mí, no con poco temor pensando en qué manera un asno como yo, con tantas y tan grandes piernas, podría subir encima de una dueña delicada, o cómo podría abrazar con mis duras uñas unos miembros tan blancos y tiernos, hechos de miel y leche, y también aquellos labios delgados colorados como rocío de púrpura había de tocar con una boca tan ancha y grande, y besarla con mis dientes disformes y grandes como de piedra. Finalmente, que aunque yo conocía que aquella dueña estaba encendida desde las uñas hasta los cabellos, pensaba en qué manera había de recibirme. Guay de mí, que rompiendo una mujer hijadalgo como aquélla, yo había de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, y haría fiesta a mi señor. Ella, entre tanto, tornaba a decir aquellas palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos halagos dulces con los ojos amodorridos, diciendo en suma: «Téngote, mi palomino, mi pajarito», y diciendo esto mostró que mi miedo y mi pensamiento era muy necio, porque me abrazó fuertemente; y cuantas veces yo, recelando de no hacer daño, me retraía, tantas veces ella, con aquel rabioso ímpetu me apretaba y se allegaba a mí, tanto, que por Dios, yo creía que me faltaba algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado. Ya que la noche trabajosa y muy veladera era pasada, ella escondiose de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto precio para la noche venidera.

Ovidio ("Las metamorfosis")

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miércoles, 14 de noviembre de 2012





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martes, 13 de noviembre de 2012





“En el amor no basta con atacar, 
hay que tomar la plaza.”

(Publio Ovidio Nasón)

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lunes, 12 de noviembre de 2012





La amada y el amado dejaron la habitación hecha un asco, toda llena de residuos amorosos. Adornos y pétalos marchitos, restos de vino y esencias derramadas. Sobre el lecho revuelto, encima de la profunda alteración de las almohadas, como una nube de moscas flotan palabras más densas y cargadas que el áloe y el incienso. El aire está lleno de te adoro y de paloma mía. Mientras aseo y pongo en orden la alcoba, la brisa matinal orea con su lengua ligera pesadas masas de caramelo. Sin darme cuenta he puesto el pie sobre la rosa en botón que ella llevaba entre sus pechos. Doncella melindrosa, me parece que la oigo cómo pide mimos y caricias, desfalleciente de amor. Pero ya vendrán otros días en que se quedará sola en el nido, mientras su amado va a buscar la novedad de otros aleros. Lo conozco. Me asaltó no hace mucho en el bosque, y sin hacer frases ni rodeos me arrojó al suelo y me hizo suya. Como un leñador divertido que pasa cantando una canción obscena y siega de un tajo el tallo de la joven palmera.

Epitalamio (Juan José Arreola)

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domingo, 11 de noviembre de 2012




"Nunca sabes lo que puede traerte la marea".

Tom Hanks en Náufrago

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viernes, 9 de noviembre de 2012





Una vez Nadia asomó la parte superior de su cuerpo detrás de las cortinas corridas mientras yo la copulaba more ferarum. Cuando nos veíamos primero solíamos leer una obra lasciva, los cuentos de Boccacio por ejemplo, o las novelas naturalistas francesas; cuando ya estábamos lo bastante excitados por la lectura, nos desvestíamos y hacíamos el amor. Guiado por los libros, se me ocurrió la idea de practicar con Nadia el coitus inter mammas y la irrumatio; mientras yo trabajaba sus órganos sexuales con la boca y la lengua, ella cogía mi pene con la boca y hacía la fellatio. Como yo le había explicado que las mujeres se introducían en la vagina diferentes objetos, me pidió que la masturbase metiéndole velas, llaves, lápices, barras de lacre, etc., en la vagina. Le dije que el cosquilleo del orificio de la uretra debería resultar particularmente agradable para las mujeres (así lo había leído); más tarde, me autorizó a excitarle la uretra con toda clase de objetos afilados, por ejemplo, con horquillas de concha para el pelo. Nadia no sabía nada de la pederastia, tuve que explicarle cómo se llevaba a cabo el coito entre varones. Cuando le dije que había individuos que gozaban cuando les introducían el pene por el ano, el hecho le interesó tanto que me preguntó si no podía practicar con ella la paedicatio. Accedí a su deseo y sólo pude consumar el acto con gran esfuerzo y tras numerosos intentos infructuosos. Esta forma de copulación agradó a Nadia, aunque al principio el acto le resultó doloroso. A partir de entonces, practicamos la paedicatio bastante a menudo. Nadia decía que no era lo mismo que el coito vaginal, pero que era agradable para cambiar.

Confesión sexual de un anónimo ruso

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jueves, 8 de noviembre de 2012





"¿Debemos permitir que alguien castigue nuestros pensamientos?. Sólo Dios, que es el único que los conoce de verdad, tiene tal derecho.”

Marqués de Sade (Carta a Gaufridy, 1774)

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martes, 6 de noviembre de 2012





ESCLAVA mía, témeme. Ámame. Esclava mía!
Soy contigo el ocaso más vasto de mi cielo,
y en él despunta mi alma como una estrella fría.
Cuando de ti se alejan vuelven a mí mis pasos.
Mi propio latigazo cae sobre mi vida.
Eres lo que está dentro de mí y está lejano.
Huyendo como un coro de nieblas perseguidas.
Junto a mí, pero dónde? Lejos, lo que está lejos.
Y lo que estando lejos bajo mis pies camina.
El eco de la voz más allá del silencio.
Y lo que en mi alma crece como el musgo en las ruinas.

(Pablo Neruda)

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(Gentilmente enviada a la mansión por Lady sayuri)
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lunes, 5 de noviembre de 2012





La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.
De repente profirió un gemido extraño.
Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?
Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.
¿O sería mejor decir «tigresa»?
Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.
Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre.
Apenas si podía respirar.
A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario.
Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.
Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.
¡Puf!
Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

El gran cambiazo (Roald Dahl)

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domingo, 4 de noviembre de 2012





"La Esperanza. La quinta esencia del engaño humano. Que es al tiempo la fuente de vuestro mayor poder y vuestra mayor debilidad".


Helmut Bakaitis en Matrix

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sábado, 3 de noviembre de 2012





Me lancé cabeza abajo, en picado, como un avión kamikaze, impulsándome primero con las alas y dejando después que el cuerpo en tensión alcanzara por sí mismo la velocidad necesaria. Todo eso lo hice en un metro y medio. Y procurando dar en el blanco.
Hubo suerte. Entré por la empapada brecha de Esther más quemado que un coche de carreras.
--¡Oooooooooooooooooohhhhhhhhhhhhhhhhh!
 ¡Qué guuuuuuuuuusssssssstoooo! Eres u......
Sólo pude oír el principio de este discurso final. El resto me lo perdí. Estaba demasiado atareado arrancando a golpe de pico, sobre la marcha, el repliegue membranoso que obturaba el orificio. Y deslizándome acto seguido por en medio de  aquellas paredes carnívoras que me chupaban como sanguijuelas, jugando a chafarme el esqueleto. Pero era demasiado tarde para volverme atrás. No podía. Iba disparado y no pude frenar hasta que choqué con el final de la vaina. Entonces fue peor. Todo el cuerpo de Esther fue presa de arriba a abajo de terribles terremotos, mientras algún duende malparido abría a presión los grifos de la fuente del flujo. Dudaba entre morir ahogado en aquella sabrosa catarata o aplastado como un sello real. No acababa de decidir qué tipo de muerte resultaría más grandilocuente cuando, sin apenas darme cuenta, estiré la pata. La izquierda si quieren ser más precisos. Y con una de las uñas atiné a hacerle cosquillas en los labios de aquella garganta glotona que acababa de engullirme y llegar al clímax al mismo tiempo.

El bajel de las vaginas voraginosas  (Joseph Bras)

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viernes, 2 de noviembre de 2012




“La diferencia de la infidelidad en los dos sexos es tan real 
que una mujer apasionada puede perdonar una infidelidad, 
cosa imposible para un hombre.”


Stendhal (1783-1842) Escritor francés.

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jueves, 1 de noviembre de 2012





Me arrodillé frente a ella y le pedí que extendiera las manos; sólo quería saber si alcanzaba con ellas el teclado.

      –Ahora –sollocé–, ¿puedes tocar?

      Echó su cuerpo hacia delante, sólo las puntas de sus nalgas descansaban en la banqueta, y yo, sentado ya en el suelo, hundí la cabeza entre sus muslos.

      –La danza... –suspiró–, ¿vuelvo a tocarla?

      El confite, toda la miel del mundo, estaban allí, bajo mi lengua, y las manos de Alejandrina Sanromá tocaban a despecho de mi voracidad, pero también a despecho de su locura. Se había vuelto loca y de Chaikovski saltó a alguna otra pieza que no fui capaz de identificar. El ruido de sus gemidos se entremezclaba con las campanitas de la celesta, y en el momento en que la sentí venir, la oí golpear el instrumento, lo aporreó con furia. Alejandrina dejó de tocar y sollozó largamente, puso sus manos sobre mi cabeza –sobre mi rostro de duende confitado– y fue calmándose poquito a poco.

      Me incorporé y le chupé los pezones. Ya no me importaba que en aquel estudio no hubiese un sofá, ni siquiera una butaca. La empujé suavemente hacia el suelo y me tendí sobre ella. Nunca había tenido bajo mi cuerpo un cuerpo tan delgado, pensé que no me gustaban las huesudas. Pero me equivocaba. Los huesos de Alejandrina empujaban mis propios huesos, sobre todo a la altura de las caderas, y la sensación que me produjo aquel duelo me llenó de un regocijo macabro: éramos dos esqueletos batiéndonos a muerte, tratando de rompernos el uno contra el otro, destrozándonos a ver cuál de los dos se deshacía primero.

      Levanté las piernas de Alejandrina y las retuve en alto con mis manos antes de adentrarme brutalmente en ella. Ésa iba a ser la estocada final, el golpe de gracia para un montoncito de carne que, tocado por la varita de un hada, estaba a punto de convertirse en polvo luminoso. Alejandrina chilló, y si yo no lo hice con la misma intensidad fue porque me abrumó en ese momento la dicha de haber recuperado la pasión, que no es otra cosa que la sensación de nacer y morir en un segundo, y renacer sabiendo que ya nada te podrá matar.

      Yo era inmortal, prácticamente invencible cuando me retiré del cuerpo de Alejandrina Sanromá. Tropecé con la celesta antes de poder llegar a la mesa para encender la lamparita. Alejandrina estaba inmóvil, tendida en el suelo, y yo busqué entre mi ropa un pañuelo. Volví a su lado y le enjugué la entrepierna como si le enjugara unas lágrimas.

      Nos vestimos y fuimos a cenar. Alejandrina no bebió una gota de licor, nunca bebía, pero parecía borracha. Me rogó que fuéramos a su casa y le advertí que lo iba a lamentar. Se lo advertí con malicia y me respondió que no le importaba. Que lo único que deseaba esa noche era lamentarlo todo, impacientarse por todo, llorar de ganas de llorar. Quería que la tomara al derecho y al revés, a la buena y a la mala, de golpe y sin aviso y sin misericordia. Enrojecí, nunca había conocido a una pianista, virtuosa o no, tan deslenguada. Alejandrina deliraba en voz baja, pero pensé que, aun así, desde alguna mesa cercana la podían oír. Tomábamos el postre y le confesé que me gustaba mucho. Ella tembló dentro de su vestido negro: una cerrazón tan anegada y bruja como el sendero de su propia sangre.

Púrpura profundo (Mayra Montero)

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