Prologo de El Libertino

lunes, 31 de diciembre de 2012



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sábado, 29 de diciembre de 2012





¿Sabéis que dice esta carta
Que halle del claustro en los suelos?
Pues dice... lloro al pensarlo;
Pues dice... sudo al leerlo;
Dice: -si queréis, hermana,
Desahogar conmigo el pecho
De las malas tentaciones,
Que, decís, estas sintiendo,
Preparaos para mañana,
Que a Sevilla iré, por veros;
Y os ruego que estés calzada,
Y aún peinada con esmero,
que Dios quiere, en sus devotas,
Limpio el alma y limpio el cuerpo.
Ya lo escucháis, (el Prior
Gritaba con voz de trueno);
¡Calzaditas, peinaditas
La queréis hombres protervos!
Así perdemos los frailes
De ser humildes el crédito.
Cuando se trata de dar
Á una dama tierna consuelo,
Prior y todo, ¡yo nunca
Me paro en limpio ni en puerco!


Humildad frailuna (Fragmento)

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jueves, 27 de diciembre de 2012





— ¿Tienes buenos recuerdos? ¡Cuéntamelo todo!
— Tenía una amiga a la que lo que más le gustaba era que le lamieran el culo. Lo pedía sin cesar. La polla era demasiado para ella, pero lo que es la lengua, la reclamaba a menudo. Ya te he hablado de ella, Marine.
— ¡Qué cerda, esa chica! ¿Y luego quién más?
— Pauline. ¿Sabes? Quería que yo la azotara mientras...
....
— Había una, la pequeña Ludivine, que gritaba indecencias.
— ¿De verdad?
— Sí. Sobre todo cosas del estilo: «Perfórame el culo, hazme daño, ¡destrípame!», pero no habría soportado la menor rudeza, ¿eh? Era un poco como tú, la excitaban las palabras
— ¿La querías?
— No, no lo sé, era muy rara. Un poco agobiante.
— ¿Qué hacía?
— Además le gustaba que le meara encima.
...
— ¿Y qué más hacía?
— Se masturbaba el ano debajo de la ducha, decía. Nunca supe si era verdad o no.
...
— ¿Te he hablado ya de mi Ondine?
— Ya no lo sé, ¿quién era?
— La de Estrasburgo.
— Esa me suena, ¿y...?
— Hacía una cosa muy loca con su culo: follábamos de formas muy corrientes, pero cuando teníamos que separarnos (cada uno estudiaba en un sitio), por la mañana, antes de irse, me pedía que la enculara muy deprisa, el tiempo justo de que el petardo se corriera y, hop, se iba. ¡Daba para dos o tres sacudidas, nada más!
— Bah, ¿y cómo hacía luego para...? Ay, a mí no me gustaría...
— Me importa un bledo; ahora lo que tengo es ganas de metértela otra vez...
Hemos hablado tanto, ella se ha acariciado tanto, que ya no puedo más; ella lo presiente y se da la vuelta ofreciendo su trasero adorable a mi concupiscencia y su ojo marchito a mi glande. Es una anfitriona delicada.
La ensarto de un golpe. ¡Está blanda como una miga golosa!
...
Sin embargo, recuerdo que me contó varios delirios sexuales extremos que corrían en ciertos back-rooms del ambiente. Era cuestión de establecer récords fabulosos , fist-fucking, arm-fucking, foot-fucking y, con esplendores de gran guiñol, ¡la loca esperanza de un amante homo que buscaba una pareja mítica y una solución práctica para un último y apocalíptico head-fucking!
Hay que aceptarlo: nosotros, los heterosexuales, éramos como niños. Mejor no digo esta boca es mía.

Los amantes (Pierre Bisiou)

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martes, 25 de diciembre de 2012


Feliz Navidad, amigos y amigas de la mansión. Permitidme felicitaros desde este, mi humilde blog, tan señaladas y azucaradas fiestas, regalándoos a tod@s un fragmento de un hermoso cuento de Navidad. Tranquilos, tranquilos, no es de Dickens. Este cuento es un poco más, digámoslo así, acorde a las tendencias lascivas y libertarias de nuestro blog.
Esperando que ya hayáis hecho al digestión de la cena de anoche, yo os dejo aquí mi particular postre. Que lo disfrutéis.
Besos, azotes y abrazos.

Sayiid.

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El pavo navideño

Llamaba a la puerta y, mientras esperaba a Nadine, su dominadora, se sentaba en el suelo, juntaba las rodillas contra el pecho y pegaba los codos a las mejillas...
El ama Nadine abría la puerta y exclamaba: -¡Vaya! Me han traído el "pavo" de Navidad. Agarraba a su cliente por los pelos, por la parte de la nuca, y lo arrastraba a la cocina, donde le introducía una ristra de bolas en el ano y otra en la boca del "pavo". Colocaba unas ramitas de tomillo bajo los sobacos, y dientes de ajo en las orejas y en la nariz. Después lo ataba.
Se había construido él mismo un horno, adecuado a su tamaño, con un plato de ducha de plástico y tres paneles de plexiglás. Mediante unos mandos se regulaba la temperatura e iluminación interior. Una vez el "pavo" se hallaba dentro, su ama tenía que pasar una y otra vez por delante del horno, ataviada con botas de charol, tacones de aguja y body de cuero, pero sin perder nunca el aire marujón de un ama de casa que prepara la cena.
Él podía oír los ruidos: el del cuchillo, la batidora, las idas y venidas, el agua del grifo, etc. Ella abría el horno de vez en cuando, pinchaba con la punta del cuchillo para vigilar el punto de cocción, recogía la salsa del fondo de la cubeta con un cucharón enorme y rociaba el "pavo" asado para que estuviera más jugoso.
Cuando parecía ya en su punto, el ama ponía la mesa, sacaba el asado del horno, y lo preparaba junto con ensalada, arroz y otros acompañamientos. Invitaba a sus amigas, y todo se desarrollaba con  la mayor seriedad...
-¡Nadine! -exclamaba una amiga-, ¡a tu asado le faltan unos cinco minutos de cocción!
-¡Vuelve a meterlo en el horno! -añadía otra. Mientras acababa de asarse, ellas intercambiaban recetas de cocina. Por fin Nadine, armada con un enorme cuchillo y un tenedor, simulaba el trinchamiento. En ese instante, el ave eyaculaba...

Fragmento de "El ama, memorias de una dominadora" (Annick Foucault)



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sábado, 22 de diciembre de 2012





El vino de Borgoña fue escanciado con los entremeses, el Burdeos se sirvió con los primeros platos, el champaña con los asados, el ermitage con los platos ligeros y el tokay y el madeira durante los postres.
 Poco a poco las cabezas se calentaron; los jodedores a los cuales en aquellos momentos les habían sido concedidos todos los derechos sobre las esposas, las maltrataron un poco. Constance, incluso, fue empujada y golpeada además por no haber traído inmediatamente un plato a Hercule, el cual, advirtiendo que contaba con el favor del duque, creyó poder llevar la insolencia hasta el punto de golpear y molestar a su esposa, cosa que sólo hizo reír al duque. Curval, muy borracho a la hora de los postres, lanzó un plato al rostro de su mujer, que hubiera resultado descalabrada si no lo hubiese esquivado. Durcet, advirtiendo que a uno de sus vecinos se le empalmaba, no se le ocurrió otra ceremonia, aunque estaban en la mesa, que desabrocharse los calzones y ofrecer su culo. El vecino lo enfiló y efectuada la operación, continuaron bebiendo como si nada hubiese sucedido. El duque imitó pronto con Bande-au-ciel la pequeña infamia de su antiguo amigo y apostó, aunque el pito era enorme, beberse tres botellas de vino a sangre fría mientras lo enculaban. ¡Qué práctica, qué calma, qué sangre fría en el libertinaje! Ganó la apuesta, pero como antes de aquellas tres botellas había bebido ya quince, se levantó de allí un poco aturdido. El primer objeto que se presentó a sus ojos fue su mujer, que lloraba por los malos tratos de Hercule, y esta vista lo animó hasta tal punto que se lanzó con ella a excesos que aún no podemos mencionar. El lector, que se da cuenta de lo incómodos que nos sentimos en estos comienzos para poner orden en nuestros materiales, nos perdonará que dejemos todavía sin desvelar muchos pequeños detalles.

Las 120 jornadas de Sodoma ( Marqués de Sade )

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viernes, 21 de diciembre de 2012





Podría simular una pasión que no sintiera, 
pero no podría simular una que me
 arrasara como el fuego.

Oscar Wilde

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jueves, 20 de diciembre de 2012





Después se hincó y en forma reverencial bajó los cierres de nuestros pantalones, y uno a uno fue saboreando lenta y amorosamente nuestros penes, que estaban firmes y ansiosos de dar inicio a la erótica batalla. Sin perder tiempo nos desvestimos mientras ella, sensualmente se despojaba de la bata.
Como K. era el más excitado, tuve que recordarle las reglas acordadas y obedientemente se recostó en el suelo para que Z. lo montara como a un corcel brioso, hincando las piernas sobre sus costados; después Z. hizo una seña para que se acercara el ulano, a quien ayudé, con crema, a penetrar sus candentes profundidades. Ella se revolvió de placer cual potra en brama y proseguí con nuestro plan, trasladándome a su boca, que recibió mi sexo con toda pasión. Combinando armonía y ritmo, empezamos a ejecutar en alegro ma non troppo nuestro concierto sexual.
—No olviden que deben seguir mis indicaciones. Nadie puede llegar al orgasmo hasta no satisfacer plenamente a nuestra dama
Mis  ayudantes aseguraron una vez más cumplir con mis órdenes y Z. me agradeció con una mirada llena de satisfacción y de lujuria.
Como antes de llegar habíamos bebido unas copas de champaña, se había incrementado nuestra resistencia, favoreciendo el goce de este grandioso rito sexual.
El final se acercaba y Z. empezó a emitir gemidos de pasión, haciéndome saber con sus dientes y con los movimientos voluptuosos de su lengua y de sus labios que había que incrementar el ritmo, pero el impulso de las caderas de Z. era tan claro que no tuve que dirigir. Como la cadencia aumentaba, mis ayudantes también aumentaron la velocidad y la fuerza. Gozábamos con nuestro gozo y con el de ella, que se agitaba con tal energía que nos llenaba de placer a todos. Al llegar al clímax Z. lanzó un grito orgásmico en el preciso instante en que yo eyaculaba en su boca, llenándola de espuma. Los otros dos socios llegaron al orgasmo al mismo tiempo. Los cuatro habíamos alcanzado el máximo placer sexual jamás soñado.

Diario secreto de Alexandr Pushkin

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miércoles, 19 de diciembre de 2012


En la noche de Barracas la gente era bronca, irónica, gustosa de cortes y quebradas. De arrimarse la hembra al macho, de meter pierna y de chulería; como esa tanguera rubia y su acompañante. Si aquella manera de tocar música se ejecutase en un baile popular, de familias y domingo, o de gente joven, casi nadie saldría a bailar. Ni por moralidad, ni por gusto.


El tango de la Guardia Vieja (Arturo Pérez Reverte)

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martes, 18 de diciembre de 2012





LOS PECHOS DE MNASIDIKA

Ella abrió escrupulosamente, con una mano su túnica y me ofreció sus suaves y tibios pechos, tal como se ofrecen a una diosa un par de palomas vivientes.
"Ámalos bien", me dijo "¡Yo los amo!". Ellos son venerados, son como chiquillos pequeños. Yo me deleito con ellos cuando estoy sola. Me recreo y les brindo placer. Los riego con leche. Los visto con flores. Sus minúsculos vértices se enamoran del fino cabello con el que los acaricio. Los halago con un estremecimiento. En lana reposan ellos en su sueño.
Ya que nunca tendré niños. Y ya que están tan lejos de mi boca.
Bésalos por mí.

Las canciones de Bilitis (Pierre Louys)

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lunes, 17 de diciembre de 2012





Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

(Oliverio Girondo)

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domingo, 16 de diciembre de 2012





Ambos estuvieron de acuerdo en empezar sus placeres por la Recompensa del Guerrero Muerto. Hacía años que Hsi Men no se había atrevido a confiar en una mujer para esta delicada diversión, distinguiendo bien entre el drama serio y la farsa, el prestidigitador y el bufón: es bien sabido que si un niño encuentra agria la primera ciruela que come, no llegará nunca a descubrir la dulzura de la fruta en sazón.
Como se acostumbra, Hsi Men, acostado sobre la pálida seda del lecho, controló su relajado diafragma para que ningún aire de vida entrara ni saliera de sus pulmones. Su cuerpo estaba rígido como bambú cubierto de laca. Loto Dorado, se arrastraba llorando sobre el cuerpo inerte de su amante, mientras le quitaba sus ropas de seda; sus dedos expertos volaban entre botones y cierres hasta que Hsi Men quedo yacente, desnudo y pálido, bajo la angustiada actividad de la mujer, que apretaba sus carnosos labios de durazno contra el corazón masculino y hundía su boca en la curva del cuello varonil. Ni el más leve latido contestaba a aquella pasión; la boca del guerrero estaba cerrada en una fina línea de final absoluto.
Loto Dorado se arrancó su bata azul pavorreal y después, siguiendo con sus lamentos según el procedimiento adecuado, quitose su enagua amarillo jazmín. Cuando se hubo librado de su última prenda —los ceñidos pantalones de satén negro— sentose sobre el pecho del guerrero muerto oprimiéndolo con sus firmes nalgas de rayo de luna, luego se levantó de pronto, pero Hsi Men no dejó precipitarse el aire en sus anchos pulmones; recordaba muy bien la disciplina del guerrero muerto; en su papel inmóvil, era la perfección misma.
Con un sollozo que partía el corazón, Loto Dorado volvió a sentarse suavemente sobre el pecho, se dobló y extendió su cuerpo de modo que sus muslos rozasen la cara de Hsi Men y su cabeza de pajarito descansó sobre el liso y musculoso vientre, acatando el magnífico sable que se erguía ante sus ojos. La lengua de Loto Dorado era perversa y segura como un camaleón atormentado por las moscas; asaetaba la cabeza de la orgullosa serpiente que se erguía en solemne rigidez; su boca de lirio, tierna e inteligente, chupaba ruidosamente.

Loto Dorado, las mujeres de Hsi Men (Anónimo)

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viernes, 14 de diciembre de 2012





"¿No los odias?, esos silencios incómodos. ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos? 
Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un miserable minuto y disfrutar del silencio".


Uma Thurman ( Pulp Fiction)

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jueves, 13 de diciembre de 2012





La dulce Julia, acurrucada contra él y con el brazo rodeando la cintura del clérigo inglés, astutamente había levantado la sotana y, metiéndole los delgados dedos en los calzones, le había sacado la picha, violentamente hinchada.

-Oh, es fuerte y firme y muy buena, y no es fea como la del padre Ambrosio, ni monstruosa como la del padre Clemente -suspiró Julia. Luego se arrodilló y besó la tensa y roja punta 

- Preferiría serviros a vos y ser vuestra humilde criada, padre, a permanecer aquí como concubina de todos esos implacables curas

-Tu muestra de devoción me deleita, hija mía. Sí, os ayudaré a ti y a Bella. Ah, qué dulcemente tomas mi arma entre tus labios; a pesar de lo que te hayan enseñado, adivino que tienes aptitudes propias e imaginativas, hija mía,- Jadeó mientras ella empezaba a chuparlo con el más lánguido y atento cuidado

Memorias de una pulga (Anónimo)

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miércoles, 12 de diciembre de 2012





Apresúrate; no te fíes de las horas venideras. El que hoy no está dispuesto, menos lo estará mañana.



Publio Ovidio Nasón

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martes, 11 de diciembre de 2012





—Ella te lubrica el coño con sus besos húmedos. Tienes ganas de un dedo, pero no te atreves a pedirlo. Tienes ganas también de que todo se detenga, de estar besándote con ella toda la noche allí, en la habitación señorial, pues acabas de enamorarte de esa pelirroja recubierta de encajes y lacitos preciosos.

»Pero se aparta, pues los hombres entran en la sala. Detrás de ti, sientes como vuelve a coger la correa anudada alrededor de tu cuello.
...
—Los hombres ocupan su puesto. Como en una película porno afectada, visten de frac, de traje, pero a menudo, por la bragueta desabrochada, cuelga una verga blanda y enorme. Algunos llevan antifaz. Las asistentes, en corsé, dirigen tus miembros con las cadenitas: quieren que tengas la cabeza muy inclinada, las piernas en M, las manos a lo largo del cuerpo, agarradas firmemente al relieve de la poltrona. Todo con elegancia.
»Entra un tipo que no toma asiento, sino que se dirige derecho hacia ti, detrás de ti, empalmado como un asno, ¡y hunde directamente el rabo en tu boca! Te ahogas, mi novicia, te ahogas pero no por mucho tiempo. Has tomado lecciones. Transfieres el aliento de la boca a la nariz, abres mucho la garganta. La saca, apartado por la guía. Ella te babea la boca con una especie de miel, se retira, vuelve a colocar al hombre, lo empuja por las nalgas y en ese mismo instante sientes cómo alcanza tu campanilla. Te satura con su polla enorme.

Los amantes (Pierre Bisiou)

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domingo, 9 de diciembre de 2012





...no tarda en volverse más audaz, cubre mi pecho de besos, coge mi mano y la lleva suavemente a ... ¡0h!, exclamé, ¡Oh!. Sin embargo, mi mano, como retenida por una fuerza magnética, no lo soltaba; ni siquiera para detener la suya, que iba avanzando y me devolvía las deliciosas titilaciones que yo procuraba el temerario, de suerte que ambos consumamos recíprocamente nuestro sacrificio juntos, pero con tal espasmo de mi parte que tuve un síncope. Tras recuperar pronto su vigor primero, él aprovecha mi estado para entrar por la ruta de la verdadera felicidad y asaltarme de un modo tan terrible que el dolor me vuelve a la vida: estaba a punto de gritar justo en el momento en que el placer hizo expiar mi queja en mis labios. Cuando, tras varios éxtasis repetidos, uno tras otro, tuve tiempo de recuperarme y hablar, quise saber quién era y cómo había urdido aquella estratagema...

Confesión de una joven (Pidansat de Mairobert)

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viernes, 7 de diciembre de 2012





Una vez roto el hielo, Franklin no se portó como un perezoso en el amor, me acarició las piernas, alabando mis formas, admirando mis bonitos z apatos y medias y también los finos encajes de mis calzones. No tardó en meter las manos debajo de las enaguas y, desatando los cordones de los calzones, me los bajó. Luego sus manos me recorrieron las asentaderas y no descuidó el lugar entre los muslos, sin embargo, no perdió mucho tiempo en estos escarceos y quedó preparado en un momento. Luego, levantándome las enaguas, me extendió las piernas y abriéndose camino con los dedos, insertó la punta de su miembro en el lugar, que estaba ya pronto para recibirlo.
Después, estrechándome en sus brazos y oprimiendo sus labios contra mi boca, suave pero firmemente introdujo hasta el fondo la flecha en mi cuerpo y con algunos vertiginosos movimientos de su cintura, empezó a poseerme con gran fuerza. Era ocho años más joven que Randolph, de cuerpo más grande y mucho más vigoroso; la fuerza del ataque casi me dejó sin aliento, en tanto que el tamaño de su arma distendía su funda en su mayor extensión.

Lo único que experimenté fue una sensación de intenso placer al ser poseída al fin por el hombre al que amaba. Todos mis sentimientos de voluptuosidad estaban excitados al máximo por la fricción de su enorme miembro en los pliegues del sensible lugar, así que no me retrasé en el combate del amor. Apretándolo contra mi pecho y envolviéndole la cintura con las piernas, salí al encuentro de cada una de las acometidas con la rápida elevación de mis posaderas. Aumentó la longitud de sus embestidas, su miembro pareció entrar más profundamente en mí. Al aproximarse el final de sus movimientos se tornaron cada vez mas rápidos en tanto que yo rebotaba debajo de él, arqueando la cintura, suspirando y gimiendo el éxtasis del dolor voluptuoso.

Por fin con la última acometida terminó y se vació mientras yo movía las asentaderas convulsivamente y me retorcía hasta que hube recibido hasta la última gota de la ofrenda de mi amado.

Luego, dejando escapar un hondo suspiro de deseo satisfecho, me quedé inmóvil en sus brazos mientras él me besaba y acariciaba.

Memorias (Dolly Morton)

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jueves, 6 de diciembre de 2012





"La felicidad solo está en lo que excita, y sólo el pecado excita: la virtud,
que no es más que un estado de inacción y reposo, jamás puede conducir a la felicidad."

Marqués de Sade

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martes, 4 de diciembre de 2012




Por fin la mujer se levantó, enlazándose a Max con desenvoltura profesional. De cerca parecía más joven que de lejos, pese a las huellas de cansancio bajo los ojos, mal disimuladas por el espeso maquillaje. Tenía unos ojos azules ligeramente rasgados, que con el cabello rubio recogido tras la nuca, acentuaban su aire eslavo. Posiblemente fuera rusa o polaca, dedujo Max. Sintió, al abrazarla, la intimidad del cuerpo muy próximo; tibieza de carne fatigada, olor a tabaco en el vestido y el pelo, aliento del último sorbo de grapa con limonada. Colonia de baja calidad sobre la piel: Agua Florida mezclada con talco húmedo y el suave sudor de hembra que llevaba un par de horas bailando con toda clase de hombres. Sonaban los compases de otro tango, en los que reconoció, pese a lo desgarbado de la orquesta, las notas de Felicia. Salían a bailar más parejas. Arrancaron la mujer y Max bien sincronizados, dejando éste que el instinto y la costumbre guiaran los movimientos. No era una gran bailarina, comprendió a los primeros pasos; pero se movía con soltura displicente, profesional, perdida la mirada en la distancia, dirigiendo rápidas ojeadas al rostro del hombre para prevenir pasos e intenciones. Pegaba con indiferencia el torso de Max, que sentía las puntas de sus pechos bajo el percal escotado de la blusa; y evolucionaba, obediente, con piernas y caderas alrededor de su cintura en los pasos más atrevidos a que la música y las manos de él la conducían. Lo hacía sin alma, concluyó el bailarín mundano. Como una autómata melancólica y eficaz, sin voluntad ni impulso; semejante a una profesional que accediera al acto sexual sin experimentar placer alguno. Por un momento la imaginó así de pasiva y sumisa en un cuarto de hotel barato como el de la calle, con su letra fundida en el rótulo luminoso, mientras el malevo del mostacho se guardaba los diez pesos de la tarifa en el bolsillo del saco. Despojándose ella del vestido para tumbarse en una cama de sábanas usadas y somier que rechinaba. Complaciente, sin obtener a cambio placer ninguno. Con el mismo aire fatigado que ahora mostraba al trazar los pasos del tango. Por alguna razón, que no era momento de analizar, la idea lo excitó. Qué otra cosa era el tango así bailando sino sumisión de la hembra, se dijo, asombrado de sí mismo; sorprendido de no haber llegado antes a esa conclusión, pese a tantos bailes, tantos tangos y tantos abrazos. Qué otra cosa era aquello bailado a la manera de siempre, lejos de los salones y la etiqueta, sino una entrega absoluta, cómplice. Un avivar de viejos instintos, rituales deseos quemantes, promesas hechas piel y carne durante unos instantes fugaces de música y seducción. El tango de la Guardia Vieja. Si había un modo de bailar idóneo en cierta clase de mujeres, era sin duda aquél. Considerarlo desde esa perspectiva hizo sentir a Max una punzada de deseo inesperado hacia el cuerpo que se movía obediente entre sus brazos. Ella debió de notarlo, pues por un momento clavó en él sus ojos azules, inquisitiva, antes de que una mueca de indiferencia retornase a sus labios y la mirada volviera a perderse en los rincones lejanos del almacén. Para desquitarse, Max hizo un corte, fija una pierna y simulando la otra un paso hacia adelante y hacia atrás; obligando, con la presión de su mano derecha en la cintura de la mujer, a que ésta pegase de nuevo su torso al suyo y, deslizando la cara interna de los muslos a uno y otro lado de la pierna inmóvil, retornase a la sumisión perfecta. Al gemido silencioso, agudamente físico, de hembra resignada sin posibilidad de fuga. Tras esa evolución, deliberadamente procaz por ambas partes, el bailarín mundano miró por primera vez hacia la mesa donde estaba el matrimonio De Troeye. La mujer fumaba un cigarrillo puesto en la boquilla de marfil, impasible, mirándolos con fijeza. Y en ese momento comprendió Max que la tanguera que tenía entre los brazos era sólo un pretexto. Una turbia tregua.

El Tango de la Guardia Vieja (Arturo Pérez Reverte)

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lunes, 3 de diciembre de 2012





“La gota horada la roca, no por su fuerza sino por su constancia.”

Publio Ovidio Nasón

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domingo, 2 de diciembre de 2012





El piñón

Compró un turco robusto
dos jóvenes esclavos, que un adusto
argelino vendía.
Los llevó a la mazmorra en que tenía
otros muchos cautivos,        
y, cerrando la puerta,
detrás de ella a escuchar se quedó alerta
los modos expresivos
con que los más antiguos consolaban
a los recién venidos que allí entraban.  
Eran un andaluz y un castellano,
y el que hablaba con ellos italiano,
que dijo en voz de tiple, muy doliente,
a los nuevos llegados lo siguiente:
- Compagni aventurati al par che cari, 
i vostri affani amari
io voglio consolar: nostro padrone
e un turco di bonissima intenzione,
pietoso cogli schiavi che la guerra
riduce al suo servizio;  
solmente li destina per l'uoffizio
che si costum là, nella mia terra,
strapazzando l'occhio del riposo
col suo membro, che e troppo lungo e grosso.
- Compadre, el andaluz dijo temblando,        
¿qué me eztá uzté jablando?
¿Conque ha dado eze perro en eza maña
que en Italia ze eztila? ¡Ay, pobrecito
de mí, dezfondacao en tierra extraña!
¡Yo, que tengo un ojito        
lo mezmo que un piñón! ¿Zerá baztante
pa rezguardarle ezte calzón de ante?
Iba a darle respuesta el italiano,
pero el turco inhumano
gritó entonces: - ¡No haber ante que valga!
¡El ojo de piñón al aire salga!
Al punto, cuatro moros,
sin atender las quejas ni los lloros,
afuera le sacaron
y a su señor por fuerza le llevaron.
En tanto que él la operación sufría,
el italiano al otro le decía:
- Giovinetto garbato,
anche tu sia al momento preparato
a soffrir del padron membruto e fiero   
il colpo assalitor dell'occhio nero,
perche di bianca faccia o color bruno
il turco buzzarron non lascia alcuno.
El fuerte castellano con arrojo
la argolla de un cerrojo        
arrancó de una puerta al oír esto,
y, habiéndosela puesto
de su gran nalgatorio en la angostura,
pudo con tal diablura
guardar el centro y pliegues del contorno,
y el ataque esperó con este adorno.
Pasada media hora, allí trajeron
al andaluz lloroso y derrengado,
y al castellano hicieron
ir a dar gusto al turco bien armado.
Éste al momento en cuatro pies le pone,
los calzones le baja y se dispone
a profanarle: se unta con aceite,
para obviar el camino del deleite
aquel globo cerdoso,   
fondo en color de cardenillo oscuro,
y, potente y rijoso,
no quiere dilatar el choque impuro.
Considere el lector, aunque yo callo,
qué magnitud tendría           
lo que sacó, criado en un serrallo
sin sujeción de bragas ni alcancía,
y después se figure allá en su mente
que esta mole indecente,
enfilando la argolla en la trasera,
quedó como ratón en ratonera.
Por sacarlo se agita,
empuja, hace desguinces, y al fin grita
para que en su trabajo
no le guillotinasen por abajo.         
El castellano, astuto, se endereza,
tirando de la argolla con presteza
porque no se la viesen
los que en favor del turco allí viniesen;
pero esto fue de un modo tan violento, 
que le quitó el turbante al instrumento.
Quedó por el dolor amortecido
el turco en la estacada,
y el castellano, habiendo conseguido
ver la naturaleza así vengada,        
mientras al desgorrado socorrían
los moros que acudían,
a la prisión volviose,
en donde a poco tiempo divulgose
su valerosa hazaña.    
Y el italiano preguntole ansioso:
- Ma dica, ¿che cucagna
l'a salvato del caso periglioso?
Y el andaluz decía:
- ¡Qué piñón tendrá uzté tan duro, hermano,         
cuando pudo jazer tal jechuría!
A lo que respondiole el castellano:
- Tengo para ese perro,
no un piñón natural, sino de hierro.

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El jardín de Venus
(Félix María de Samaniego)
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