Prologo de El Libertino

jueves, 31 de enero de 2013





Por lo que se levantó y, sin hacer ruido, se acercó a la cuna, la cogió y sigilosamente la llevó al pie de su propia cama. Poco después, la mujer del molinero dejó de roncar y se despertó. Se fue a orinar, regresó y no encontró la cuna. En la oscuridad buscó a tientas aquí y allá, pero no la pudo localizar. «¡Dios mío! -pensó-. Por poco me equivoco y me meto en la cama de los estudiantes. Dios me proteja, pues me habría encontrado con un buen lío.»
Y siguió buscando hasta que localizó la cuna.
Entonces siguió tocando los objetos con las manos a tientas hasta que encontró la cama, pensando que era la suya, pues la cuna estaba junto a ella. No sabiendo exactamente dónde estaba, se introdujo en el lecho del estudiante. Se quedó quieta y se hubiese dormido si Juan, cobrando vida, no se hubiera echado encima de la buena mujer. Ésta pasó el mejor rato que había gozado en años, pues él la trajinó como un loco, entrando a por uvas con fuerza. Así fue cómo los dos estudiantes lo pasaron tan ricamente hasta bien avanzado el alba.
Por la mañana, Alano empezó a cansarse de tanto trabajo nocturno y susurró:
Adiós, dulce Molly; ya llega el día; no me puedo quedar más. Pero, por mi vida, que mientras viva y respire seré tu hombre, dondequiera que esté.
-Entonces ve, cariño, y adiós -dijo ella-; pero te diré una cosa antes de irte: cuando os marchéis a casa, al pasar frente al molino, detrás de la puerta, encontraréis un pastel hecho con dos arrobas de vuestra harina, que ayudé a mi padre a robar. ¡Que Dios te bendiga y te proteja, cariño!
Y al decir esto casi se puso a llorar.
Alano se levantó y pensó: «Me deslizaré dentro de la cama de mi amigo antes de que rompa el día.» Pero su mano tropezó con la cuna y pensó: «Dios mío, sí que estoy errado. Mi cabeza me da vueltas después del trabajo de esta noche, y por esto no sé caminar recto. Por la cuna, veo que me he equivocado de ruta. Aquí duermen el molinero y su mujer.»
Así quiso el diablo que el estudiante se metiera en la cama en la que dormía el molinero. Pensando que se metía al lado de su amigo Juan, se colocó al lado del molinero, le echó el brazo alrededor del cuello y dijo en voz baja:
-Tú, Juan, imbécil, despierta, por Dios, y escucha, ¡por Santiago! Esta noche he jodido a la hija del molinero tres veces, mientras tú has estado aquí hecho un flan, temblando de frío.
-¿Qué has hecho, bandido? -gritó el molinero-. ¡Por Dios que voy a matarte, mequetrefe, traidor! ¿Cómo te atreves a deshonrar a mi hija, ella que es de cuna tan noble?


Los cuentos de Canterbury  (Geoffrey Chaucer)


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miércoles, 30 de enero de 2013





Manos

Yo no sueño con manos gentilicias
blancas como las blancas azucenas.
Albas las sueño, más las sueño plenas
de pasión y de eróticas primicias.

Manos para los rezos impropicias.
Pálidos nidos de azuladas venas.
Manos sabias en íntimas caricias.
Manos para borrar todas las penas.

Manos que entre las uñas afiladas
guarden cruentas lujurias ignoradas.
y al mandato de sádicos fervores,
clavaran su febril concupiscencia
en la misma maniática inconsciencia
con que otras manos deshojaran flores.

(Alberto Ángel Montoya)


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martes, 29 de enero de 2013





Raphaël ve que es hora de pensar en cosas más serias, no está en situación de esperar, se apodera de la víctima, la coloca según sus deseos, y como aquella no se pliega a sus deseos, ruega a Clément que la sujete. Octavie llora, no la oyen; el fuego brilla en las miradas de este execrable italiano; dueño de la plaza que tomará por asalto, se diría que no considera sus avenidas sino para prevenir todas las resistencias; ningún ardid, ningún preparativo es empleado. Por mucha desproporción que exista entre el asaltante y la rebelde, aquel no deja de lanzarse a la conquista; un grito conmovedor de la víctima nos anuncia al fin su derrota.
Pero nada enternece a su orgulloso vencedor; cuanto más pide gracia la muchacha, con más ferocidad la estruja él, y la desgraciada, siguiendo mi ejemplo, es ignominiosamente infamada sin dejar de ser virgen.

– Jamás laurel alguno me resultó más difícil, dijo Raphaël mientras se reponía, creí que por primera vez en mi vida iba a fracasar al intentar obtenerlo.

– Yo la tomaré por ahí, dijo Antonin sin dejarla levantarse, hay más de una brecha en la muralla y vos no habéis tornado más que una. Así dijo, y se lanzó fieramente al combate, en un minuto era dueño de la plaza; se oyen nuevos gemidos...

– Alabado sea Dios, dijo aquel monstruo horrible, sin las quejas de la vencida habría dudado de la derrota, y no aprecio mi triunfo más que cuando cuesta lágrimas


Justina o los Infortunios de la virtud (Marqués de Sade, Versión de 1787)

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lunes, 28 de enero de 2013





El amor propio, al igual que el mecanismo de reproducción del género humano, es necesario, nos causa placer y debemos ocultarlo.

Voltaire (1694-1778) Filósofo y escritor francés.

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domingo, 27 de enero de 2013





El cuelga un gran espejo dorado en mi habitación y yo se la mamo delante, de perfil, probando el reflejo.: merece la pena. Luego se sienta en la cama y dice "ahora échate hacia atrás y siéntate sobre mi polla..." Estamos los dos mirando en la misma dirección. Obediente, me muevo demasiado deprisa, demasiado ansiosa, y me traspasa el culo ese dolor de virgen anal. "Calma, calma" me tranquiliza, "ya lo haré yo..."
Me da la vuelta, me coloca en el cuadrante rosa, y apoya la verga en la entrada de mi culo. Sin moverse, tiende la mano, me rodea la cadera, encuentra mi clítoris y lo estimula hasta que relajo el culo. Después embiste contra mi culo y lo lleva el Reino de los Cielos.

La rendición (Toni Bentley)

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sábado, 26 de enero de 2013





Tu pie

Nardo y rosa, tu pie guarda una clave
de voluptuosidad que me estremece,
cuando en la alfombra silenciosa y suave,
bajo tu bata, al caminar, florece.

Si en las manos lo tomo, me parece,
transido al roce de mi tacto, un ave
que al sentirse cautiva, desfallece:
tan pequeño es que entre mi mano cabe.

Ni en la húmeda curva de tu labio,
ni en tu seno rotundo, ni en el sabio
giro sensual mi esclavitud persiste.

Ese pie, nardo y rosa, diminuto,
en el espasmo breve de un minuto
tornó mi beso eternamente triste.

(Alberto Ángel Montoya)

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jueves, 24 de enero de 2013





Tan solo unos pocos días después de su primera visita, Claire consintió en masajearme el pezón. Si se hubiera puesto a llorar a cierta distancia de mí, nunca habría podido sugerirle que lo hiciera, pero en cuanto noté el peso de su cabeza sobre mí, todas las posibilidades se abrieron en mi mente, y solo fue cuestión de tiempo (y no demasiado, por cierto) antes de que me atreviera a pedirle el supremo acto de esperpento sexual, dadas las circunstancias.
.......
Sucedió durante su cuarta visita en cuatro días. Le había contado por primera vez cómo me atendía la enfermera por la mañana, con la intención de no decirle más que eso, por lo menos de momento, pero Claire me lo planteó.
- ¿Te gustaría que te hiciera lo mismo que ella?
- ¿Me harías… eso?
- Pues claro, si quieres que te lo haga.
Pues claro. ¡Una chica fría e imperturbable!
- ¡Quiero que lo hagas! -grité-. Hazlo, por favor.
- Entonces dime qué es lo que te gusta -dijo ella-. Dime qué es lo que resulta más agradable.
....
¿Qué ocurre, David, vida mía? ¿Quieres que te chupe? ¡Sí! ¡Sí!
¿Cómo es capaz de hacerlo? ¿Por qué lo hace? ¿Lo haría yo?
Es demasiado pedir -le digo al doctor Klinger-. Es demasiado terrible. Es preciso que ponga fin a esto. Quiero que ella lo haga continuamente, durante todo el tiempo de la visita. Ya no quiero hablar, no quiero que me lea, ni siquiera la escucho. Solo deseo que me apriete, me chupe y me lama. Nunca me canso de eso. Cuando ella se detiene, es insoportable. «¡Sigue! ¡Más! ¡Sigue!», le grito. Pero si no pongo fin a esto, dejará de venir a verme, lo sé. Y entonces no tendré a nadie. Entonces tendré a la enfermera por la mañana, y eso será todo. Vendrá mi padre y me hablará de quién se ha muerto y quién se ha casado. Y usted vendrá y me hablará de la fortaleza de mi carácter y mi voluntad de vivir. ¡Pero no tendré una mujer! ¡No estará Claire ni habrá sexo ni amor nunca más! Quiero que se desnude, doctor, pero ¿cómo puedo pedírselo? No quiero alejarla de mí, las cosas ya son bastante extrañas tal como están, pero quiero que se desnude, quiero que su ropa esté en el suelo, alrededor de sus pies. Quiero que se ponga encima de mí y se mueva. ¡Quiero tirármela, doctor! ¡Con el pezón! ¡Pero si le digo eso, se marchará! ¡Se irá corriendo y nunca volverá!

La enfermera lo excita tanto que la molesta continuamente hasta que pide que la cambien por un hombre, con quien no sentía la excitación sexual.

No fue a Claire a quien le hice entonces mi «grotesca» propuesta, sino a mi enfermera.
- ¿Sabe lo que me gustaría hacer cuando me lava así? -le pregunté-. ¿Puedo decirle en qué estoy pensando ahora mismo?
- ¿En qué, profesor Kepesh?
- Me gustaría tirármela con mi pezón.
- No le oigo, profesor.
- ¡Me excito tanto que quiero tirármela! ¡Quiero que se siente sobre mi pezón… que me ponga ahí el coño!
- Solo un poco más y ya estará…
- ¿Me has oído, puta? ¿Has oído lo que quiero?
- Ahora lo estoy secando…

El pecho (Philip Roth)

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miércoles, 23 de enero de 2013





"Ocultadme lo que soy y sed mi ayuda, pues este disfraz acertadamente dará forma a mi propósito".

(Noche de Reyes)

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lunes, 21 de enero de 2013





Fui hasta mi escritorio y saqué dinero; se lo di a la mujer, que entretanto había compuesto su desorden. Enseguida, alcé su camisa y experimenté cierta pena al encontrarme desnudo ante una mujer casada y embarazada.

Agarré la mano carnosa de la regidora y la puse sobre mi miembro. El contacto era exquisito. Ella apretaba con dulzura y luego un poco más fuerte. Yo había empuñado sus pechos, que me atraían. La besé en la boca y ella me dio sus labios con fuerza.

Todo en mí tendía al placer. Me puse entre los muslos de la mujer sentada que me dijo:

-Me hace daño por encima, no puedo hacerlo por delante.

Bajó de la cama, se volvió y se curvó el rostro sobre la cama. No agregó palabra, pero mi instinto me dio la clave del enigma. Recordé cómo lo hacían los perros y tomando a Medor como ejemplo, alcé la camisa de Diana, que era el nombre de la regidora.

Todo el culo se me apareció, pero un culo como nunca había soñado. Si el culo de Bertha era hermoso, carecía de importancia junto a éste. Mis dos nalgas juntas no hacían la mitad de una sola de éste culo milagroso, en el que la carne era tan firme, tan blanca, como los pechos y los bellos muslos.

En la hendidura, había algunos pelos rubios y esta abertura dividía perfectamente éste culo maravilloso en dos soberbias nalgas.

Al final de éste culo espléndido, entre los muslos, se dejaba ver un coño grueso y jugoso en el que cosquilleó mi dedo.

Puse mi pecho contra el culo desnudo de la mujer y traté de rodear con mis brazos su vientre inaprensible, que colgaba como un globo majestuoso.

Entonces abracé sus nalgas; después las froté con mi miembro, pero mi curiosidad no estaba aún satisfecha. Abrí las nalgas para inspeccionar el agujero del culo. Estaba en relieve, como el ombligo, y era marrón, pero muy limpio.

Metí mi dedo, pero ella reculó y temí haberle hecho mal. Ya no insistí. Puse mi aguijón ardiente en su coño, como un cuchillo en una barra de mantequilla. Después me moví como un hermoso diablo haciendo golpear mi vientre contra el culo elástico.

Eso me puso por completo fuera de mí. Ya no sabía lo que hacía y de este modo llegué al término de la voluptuosidad, eyaculando por primera vez mi semen en el coño de una mujer.

Hubiera querido permanecer en ésta agradable posición tras la descarga, pero la regidora se volvió para cubrirse púdicamente. Mientras ella abotonaba su camisa, escuché el ligero tic-tac, era mi esperma, que escurría de su coño y cayó al suelo. Ella lo esparció con el pie y frotó con su falda entre los muslos para secarse.

Cuando me vio frente a ella con mi cosa medio bamboleante, roja y toda húmeda, sonrió, sacó su pañuelo y limpió cuidadosamente el miembro que la había festejado.

-Vístase ahora, señor Roger- dijo ella - es necesario que me vaya. Pero por el amor del cielo que persona sepa jamás - agregó sonrojada - lo que ha ocurrido entre nosotros; sin eso no lo amaré ya.

Aventuras de un joven Don Juan (Guillaume  Apollinaire)

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domingo, 20 de enero de 2013





Potra de los cuatro vientos

Muéstrate desnuda ahora,
que están erectos tus senos
y tienen sus altas combas
suavidad de terciopelo,
y saben a frutas rojas
tus labios color de sueño,
y tu vientre es una ofrenda
de los más dulces venenos,
donde florece la felpa
en un triángulo perfecto.
Muéstrate desnuda ahora,
¡potra de los cuatro vientos!

(Ángel Facal)

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viernes, 18 de enero de 2013





El compadrón la guiaba milonguero, gustándose, los ojos oscuros fijos en el vacío y bajo el mostacho un rictus de artificial indiferencia; cual si, en su caso, alternar con mujeres de aquella clase fuera cosa de diario. De pronto, al compás de la música, el hombre hizo una salida de flanco con parada en seco, solemne, acompañándose con un talonazo de mucha intención orillera. Sin desconcertarse en absoluto, igual que si hubieran previsto de antemano el movimiento, la mujer lo rodeó, rozándole el cuerpo de lado a lado, entregada. Con una sumisión de hembra obediente que a Max le pareció casi pornográfica.


El Tango de la Guardia Vieja (Arturo Pérez Reverte)


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jueves, 17 de enero de 2013





Dentro de la casa hacía mucho calor, y el escritor de novelas eróticas se asomó a la ventana que daba al patio interior, y que a aquella hora del día quedaba en sombra, para refrescarse. Había una amplia vista de los tejados. No muy lejos, un hombre sentado en una mecedora leía un periódico. De pronto la vio a ella, a unos setenta u ochenta metros, tendida boca abajo sobre una toalla blanca. Llevaba un pañuelo negro alrededor del cuello y una braga de bikini también negra.
Mientras el escritor la miraba, la lectora se sentó con la espalda contra la pared de la azotea. El libro, de tapas de color de rosa, parecía de la misma colección erótica en la que él publicaba. Buscó unos prismáticos, pero la mujer tenía el libro apoyado sobre las piernas cruzadas y no podía identificarlo. Al final volvió a cambiar de postura y lo reconoció por la portada. Era "La curvatura del empeine", uno de los suyos. Se preguntó si sería lo suficientemente excitante para ella, si estaría disfrutando de la lectura. Se acordó de otra mujer, que le había dicho, quizás para ponerle a prueba, que había tenido un orgasmo leyendo una novela suya.
Sin dejar de leer, la mujer volvió a acostarse sobre la toalla. De vez en cuando cambiaba de postura. Se estiró con languidez, tomó un frasco de aceite bronceador y lo extendió desde los dedos de sus pies a las rodillas y a los muslos, y luego, lenta y elegantemente, en torno a la braga del bikini. Miró en torno, pero debía parecerle que nadie podía verla, y acabó quitándose el pañuelo que hacía las veces de sostén, y ungiendo también sus senos.
Leyó un poco más y empezó a acariciarse. Con una mano sostenía el libro y con la otra se masturbaba. El escritor se preguntaba qué pasaje habría provocado la crisis, y si estaría lo suficientemente agradecido para pensar en él, en el autor. Imaginó la proximidad de su cuerpo cálido, lustroso y resbaladizo, y sin dejar de mirarla por los prismáticos, se masturbó a su vez.
Advirtió después, que el hombre de la mecedora, que estaba en la otra azotea, había dejado el periódico a un lado y miraba a la mujer mientras perseguía su propio disfrute, e imaginó que el placer proporcionado por el libro que él había escrito irradiaba por toda la ciudad, a través de ventanas y azoteas.

El placer de los sentidos y Fantasías Eróticas (Vicente Muñoz Puelles)

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miércoles, 16 de enero de 2013





"Los poetas vivos"

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores: el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes. Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron,
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

(Walt Whitman)

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martes, 15 de enero de 2013





Satanás en cambio, me abrazaba y me envolvía con sus alas, cobijándome y protegiéndome con esa ternura viril que a vuestras mercedes les falta. Sus alas son tibias y la caricia del ala inmensa en torno de mi cuerpo me daba un goce como jamás pudo darlo mano alguna. ¿Ay señores jueces, lo que es sentirse dentro de esas alas!....
Con los ojos que tiene en el falo, dice ella, me miraba por dentro "tiene completamente rojo el guardainfante", me decía, "Me recuerda a mi casa. Ya la conocerás".
Y mientras me penetraba por delante, también dábame por detrás con la punta de su cola. Cuando yo comenzaba a gemir, clavada por delante y por detrás, él me acariciaba la punta de los pechos con sus cuernos, y después abría las alas y los dos nos alzábamos en el aire hasta que me desmayaba en sus brazos.

Me gustan sus cuernos  (Antonio Elio Brailovsky)

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domingo, 13 de enero de 2013





"Lo que más me gusta de las 
cuerdas es que una misma
 talla sirve para todo el mundo..."


Jay Wiseman

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sábado, 12 de enero de 2013





Una voz demasiado humana me sacó de mi perplejidad. La voz de Madame Edwarda, como su cuerpo grácil, era obscena:
—¿Quieres ver mis entresijos? —me dijo.
Con las manos agarradas a la mesa, me volví hacia ella. Sentada frente a mí, mantenía una pierna levantada y abierta; para mostrar mejor la ranura estiraba la piel con sus manos. Los “entresijos” de Edwarda me miraban, velludos y rosados, llenos de vida como un pulpo repugnante. Dije con voz entrecortada:
—¿Por qué haces eso?
—Ya ves —dijo-, soy DIOS ...
—Estoy loco ...
—No es verdad; debes mirar: ¡Mira!
Su voz rasposa se suavizó y se hizo casi infantil para decirme lánguidamente, con la sonrisa infinita del abandono: “¡Cuánto he gozado!”.
Había guardado su postura provocante.
Ordenó:
—¡Besa!
—Pero ... —dije—, ¿delante de todos? ...
—¡Claro!
Temblaba; yo la miraba inmóvil; ella me sonreía tan dulcemente que me hacía estremecer. Al fin, me arrodillé; titubeando, puse mis labios sobre la llaga viva. Su muslo desnudo acariciaba mi oreja: me parecía escuchar un ruido de olas como el que se escucha en los caracoles marinos. En la insensatez del burdel y en medio de la confusión que reinaba a mi alrededor (me parecía que me asfixiaba, estaba congestionado y sudaba), yo permanecía extrañamente en suspenso, como si Edwarda y yo nos hubiéramos perdido en una noche de vendaval frente al mar.

Madame Edwarda (Georges Bataille)

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jueves, 10 de enero de 2013





Sergio era amante de traseros por convicción y por tendencia. Ante todo, no quería que sus muchachas quedaran embarazadas; además, encontraba que la parte trasera era más pequeña y estrecha. Finalmente, no quería satisfacer a las chicas; quería todo el placer para sí y prolongar su diversión a su antojo sin ayuda de su pareja. Por lo tanto, la cabeza de la verga de Sergio estaba ahora bregando por penetrar en Grushenka... por detrás. Empujaba, luchaba, se retorcía; a ella le dolía, aunque no fuera la primera vez; el príncipe Leo había inaugurado aquel orificio y más de un dedo lo había penetrado y frotado desde entonces. Pero Sergio no empleaba ungüentos, ni dirigía o ayudaba con la mano, mientras ella gemía y gruñía bajo su ataque prolongado. El hombre tenía práctica; sabía que el músculo que cerraba aquella puerta estaba arriba y lo ablandó con su presión; el músculo cedió y su verga entró entera.
Al tenerla dentro, se detuvo un instante, se puso cómodo y emprendió un movimiento lento de adentro afuera. Grushenka, echando una mirada por entre sus piernas hacia los muslos fuertes, morenos y peludos y la punta de la verga que aparecía y desaparecía, quiso ayudar un poco y movió las nalgas. Pero Sergio la golpeó en un muslo y le ordenó que se estuviera quieta. Ella sintió que el instrumento aumentaba y aumentaba; sentía como si fuera a defecar. Recorrió sus ingles una extraña sensación a medida que se prolongaban los minutos. Las demás muchachas estaban sentadas alrededor, cuchicheando. Finalmente Sergio llegó al orgasmo sin apresurar sus movimientos; no sacó la verga al terminar, sino que se quedó allí parado, esperando, hasta que el pito se achicó, se ablandó y salió solo. Entonces abandonó el cuarto sin decir palabra......

Grushenka, tres veces mujer

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martes, 8 de enero de 2013





RAPSODIA DEL OJO PELIGROSO DEL APRENDIZ DE SACRISTAN

Con sus senos redondos y opulentos,
saltando del corpiño enardecidos,
Gamunda estaba releyendo cuentos
de doncellas raptadas por bandidos.

La sacudían ya los ardimentos
y estaban tan obsesos sus sentidos
gustando los diabólicos tormentos
entre espasmos de goces y gemidos.

En el espejo oval, que estaba enfrente,
de pronto vio su imagen esplendente,
y admirada quedó de su hermosura.
¡Poco a poco se fue quitando todo...!
y Gastón, sin hallar blando acomodo,
vichando estaba por la cerradura.

(Ángel Facal)

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lunes, 7 de enero de 2013





Me gusta fornicar y, en cierto sentido, diría que soy un voluptuoso. Es verdad que a menudo experimento fiascos o la humillante eyaculación precoz. Pero, otras veces, tengo orgasmos prolongados y repetidos que me dan la sensación de ser aéreo y radiante como el arcángel Gabriel. La repugnancia que inspiro a mis amantes se troca en atracción, e incluso en delirio, una vez que —con ayuda del alcohol o la droga casi siempre— vencen la prevención inicial y aceptan trenzarse conmigo sobre una cama. Las mujeres llegan a amarme, incluso, y los chicos a enviciarse con mi fealdad. En el fondo de su alma, a la bella la fascinó siempre la bestia, como recuerdan tantas fábulas y mitologías, y es raro que en el corazón de un apuesto jovenzuelo no anide algo perverso. Nunca lamentó alguno de mis amantes haberlo sido. Ellos y ellas me agradecen haberlos instruido en las refinadas combinaciones de lo horrible y el deseo para causar placer. Conmigo aprendieron que todo es y puede ser erógeno y que, asociada al amor, la función orgánica más vil, incluidas aquéllas del bajo vientre, se espiritualiza y ennoblece.

Elogio de la madrastra (Mario Vargas Llosa)

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sábado, 5 de enero de 2013



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viernes, 4 de enero de 2013





Saben bien los amantes instruidos  que quiere decir "sí" 
tres "no" seguidos.

Ramón de Campoamor (1817-1901) Poeta español.

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jueves, 3 de enero de 2013





Con las manos sujetas a sus caderas, apretaba mi boca y toda la parte inferior de mi rostro contra su vulva desnuda, de tal manera que yo también me encontraba con las nalgas separadas y el sexo expuesto. Y en el mismo momento en que sentía brotar entre mis labios la savia feroz y mareante de Nawa-Na, la verga casi monstruosa de Ra-Hau, se hundió entre mis nalgas y me penetró en la vagina hasta las entrañas. Realmente me dio la sensación de que chocaba con mi corazón en lo más hondo de mí. Ra-Hau, que era todo un semental, emitió un vibrante y potente « ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! », que evocaba el grito de un caballo, y casi al mismo tiempo, bajo una punzada de goce que creí que me destornillaría la vagina, lancé un larga queja, ululante, que la pequeña vulva mofletuda y toda mojada de Nawa-Na, que me llenaba la boca, no logró amortiguar. Con salvajes sacudidas, mis riñones respondieron a los ataques bruscos y violentos de Ra-Hau, hasta el último segundo en que todo se desgarró en él y en mí.

Cruel Zelanda (Jacques Serguine)

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miércoles, 2 de enero de 2013




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martes, 1 de enero de 2013





Aguza el oído para escuchar lo que ocurre en la vecina habitación. Aquí las cosas van mucho mejor, quizás porque el hombre de la habitación vecina está ya en términos íntimos con su cortesana, o quizás también es hombre experimentado que incluso en su primer encuentro ha hecho que se despoje de toda reserva. Escuchando en la oscuridad oye a la mujer decir "tu cuerpo desnudo parece más regordete de lo que esperaba cuando te vi vestido" . Después llega el sonido de amorosos abrazos. Los movimientos del hombre se hacen más vehementes, y en este ataque hace poco caso de la almohada o del biombo circundante. La mujer deja escapar un grito de placer auténtico. En su alegría espontánea echa aparte la almohada y hay el sonido de un peine ornamental en su cabello, según salta en dos pedazos.
Mientras tanto, del suelo de arriba llega la voz ¡Ah, ah! ¡Qué bendición es! seguida por el crujido de pañuelos de papel y en todavía otra habitación un hombre que había estado apaciblemente dormido es despertado por las cosquillas de su compañera que le dice "ya hay luz afuera ¿no me dejaras otro recuerdo de esta noche?" Al oír esto, el hombre todavía medio dormido dice "Por favor perdóname, pero no puedo hacerlo otra vez" Una se pregunta si pudiera ser que hubiera bebido demasiado sake la noche anterior; pero después una oye el ruido de su taparrabos al ser desatado. Esta lagarta es claramente de naturaleza más sensual que muchas. No es verdaderamente una bendición para una cortesana estar dotada de un gran deseo de amor.

Vida de una cortesana (Saikaku Ihara)

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