Prologo de El Libertino

jueves, 27 de febrero de 2014




CUERPO QUE DESEO Y QUE RECHAZO...


Tu cuerpo que deseo y que rechazo
mi voluntad domina. Como el vino
mi mente turba, excita y reconforta.
Después, saciado, siento oscuramente
vergüenza del placer así logrado.
Mas al cabo de un tiempo, tu apetencia
resurge en mí acuciante y desespero
y te busco si no te hallo cercana.
No eres joven ni hermosa, sin embargo.
Pero he de conseguirte nuevamente.
A ti, aunque se me ofrezcan las más bellas.
Y no me importa entonces el orgullo,
vileza, sumisión o servilismo.
Embriagarme en tu cuerpo es lo que importa.
Mi voluntad domina. Como el vino
que la garganta exige, imprescindible,
necesito obtener, poseer tu cuerpo:
esta dosis que viaja hacia mí mismo.


( José María Fonollosa )



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miércoles, 26 de febrero de 2014




La mujer es la reina del mundo
 y la esclava de un deseo.

Honoré De Balzac


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martes, 25 de febrero de 2014





DRÉNCULA
(Extractos del diario de David Benson)

Apenas hacía una hora que me encontraba en el castillo del conde Dréncula y ya el aspecto siniestro de aquel lugar despertaba en mi corazón los más sombríos presentimientos.
La morada del conde se alzaba en una de las regiones más salvajes del gran bosque de Transilvania, que lanza contra las primeras estribaciones de los Cárpatos sus hordas negras de grandes pinos de Austria y alerces de frente desdeñosa. El castillo, en lo más alto de un promontorio rocoso, dominaba un barranco profundo, por el que rugía en lo más hondo un espumoso torrente. El conde había rogado al bufete de abogados de Londres para el que yo trabajaba que le enviará uno de sus representantes, para poner orden en determinados documentos importantes; en mi maletín tenía la copia de la respuesta que me acreditaba ante él, y esa hojita blanca era lo único que, en ese momento, podía disipar un poco mi angustia.
En efecto, hacía una hora que había franqueado el umbral del austero edificio de piedra gris y aún no había visto un alma. Únicamente algunos murciélagos revoloteaban de un modo extraño, poblando con sus agrios chillidos el opresivo silencio, y sólo el recuerdo de mi gran despacho de techo artesonado me hacía recobrar el aplomo.
Después de recorrer uno tras otro los salones desiertos, acabé descubriendo, escondida en una torreta cuadrada, que se levantaba al norte, una habitación donde crepitaba un fuego de leña. Colocada sobre la mesa, junto a una copiosa comida, había una nota que me informaba de que el dueño de la casa había salido de caza dos días antes, se excusaba por recibirme de un modo tan poco conveniente y me rogaba que me instalase lo mejor que pudiera mientras aguardaba su regreso.
Y, cosa extraña, el aspecto misterioso del asunto, lejos de incrementar mi inquietud, la disipó, y así cené opíparamente sin la menor preocupación.
Más tarde, me desnudé por completo, pues hacía un calor asfixiante, y me tumbé delante del fuego sobre una inmensa piel de oso negro que aún conservaba un ligero olor a fiera, sin duda, por los métodos rudimentarios que los montañeses del lugar habían aplicado para conservarla.
Me sacaron del sopor una sensación de ahogo y otra sensación, ésta completamente desconocida. Mi vida de soltero formal no me había preparado, claro, para semejante experiencia; y al tiempo que un peso, que me pareció considerable, se apoyaba en mi pecho, me daba la impresión de que todo mi sexo se encontraba sumergido en una caverna cálida y de singular movilidad, y que con esa excitación nueva para él ganaba fuerza y volumen de un modo completamente anormal. Poco a poco recuperé la lucidez y me di cuenta de que una mata de vello me rozaba la nariz y la boca; un olor particular, un poco mareante, me llenaba la nariz y, cuando levanté las manos, me topé con dos globos lisos y sedosos que se estremecieron al tocarlos y se levantaron ligeramente; en éstas, percibí cierta humedad en mi labio superior, lamí esa humedad y mi lengua entró en una raja carnosa y ardiente que, en ese instante, inició una larga serie de contracciones. Sorbí el suculento jugo que entonces se me derramaba en la boca y me percaté de que alguien estaba tumbado sobre mí boca abajo todo lo largo que era y me comía el miembro mientras yo le devolvía la cortesía por el otro lado; yo, David Benson, estaba chupándole el órgano a una criatura, y eso me producía un placer extremo.
Esa revelación se me impuso en el mismo momento en que, preso de un violento arrebato, dejé escapar gran cantidad de esperma que fue tragado según salía. Al mismo tiempo, los muslos que me ceñían la cabeza se tensaron; yo me comporté lo mejor que supe, hundí y saqué la lengua tan deprisa como era capaz, y absorbí todo lo que pude extraer del cáliz exasperado que bailaba contra mi boca. Mis manos no permanecían inactivas, recorrían de arriba abajo la raya perfumada donde mi nariz rebuscaba el aroma afrodisíaco; y mis dedos entraban por momentos en una fosa diferente de acceso más difícil.
«Estoy perdido... —pensé—. El conde es un vampiro y esta persona está a su servicio. Ahora también yo me convertiré en vampiro...»
En ese momento, la criatura empujó un poco más su culo contra mi nariz y sentí llegar al asalto contra mi barbilla una cosa gorda, peluda y dura. Palpé el objeto y descubrí que se prolongaba en un miembro rígido y turgente que se revolvía para introducirse en mi boca.
«Estoy soñando —pensé—. Los dos sexos no pueden estar juntos en una misma persona.»
Y, como hay que saber aprovechar los sueños para enriquecer tu experiencia, chupé el miembro lo mejor que pude, recogiendo la lengua contra el paladar para que recorriese el surco que dividía en dos el glande, porque quería llevar hasta el final esas investigaciones topográficas. La actividad del vampiro continuaba alrededor de mi vientre y, no sé cómo, con ayuda de un quiebro que debí de hacer sin darme cuenta, me lamía los bordes del ojete con una lengua puntiaguda y ágil como la cabeza de una serpiente. Ese contacto hizo que mi verga flácida recuperase vigor.
Un último estirón del tallo que yo mamaba con avidez me advirtió de un cambio repentino y la boca se me llenó de cinco o seis chorros de un esperma suculento, cuyo sabor a lejía pronto daba paso a un aroma discreto a trufa. Sin darme tiempo a tragarlo todo, el vampiro, de pronto, se dio la vuelta y su boca se pegó contra la mía, explorando mis encías y mi gaznate para recuperar los pocos filamentos que aún quedaban. Entre tanto, mi sexo invadía un pasaje angosto, tórrido y suave, mientras una mano ligera, alcanzaba mi ano, donde introducía un falo aún tímido pero que se afirmaba con cada sacudida, enloqueciéndome con los más ardientes e inesperados arrebatos.
Luché por volver en mí, y me dio tiempo a pensar que por fuerza estaba soñando, pues la vagina que un momento antes se abría entre el ano y los testículos, ahora se encontraba encima de la verga y seguía dándome gusto. La bestia me recorría el rostro con lametadas rápidas y fugaces, cerca de los ojos, de las orejas y de las sienes, lugares que jamás hubiera imaginado pudieran ser tan sensibles. Me estaban entrando ganas de ver a aquella criatura, sin embargo, el resplandor mortecino del fuego apenas me permitía distinguir una parte de su sombra que se recortaba a contraluz sobre el rojo apagado de la chimenea.
No obstante, se apoderó de mí una nueva oleada de placer que puso fin a esas reflexiones, y expelí un río de semen al fondo de la jaula que me oprimía el miembro, mientras en lo más profundo de mis entrañas sentía derramarse el de mi súcubo. Crispé las manos en sus senos agudos y duros hasta el punto que sentía sus pezones taladrarme la carne y, agotado por estas impresiones tan terribles y fuertes, perdí el conocimiento.

EL DIARIO DE DAVID BENSON acababa ahí. Esas pocas hojas se descubrieron cerca de su cuerpo, en los alrededores de un castillo deshabitado en Radzaganyi, Hungría. A David Benson lo habían devorado parcialmente las fieras salvajes que, cosa curiosa, se cebaron en su bajo vientre, que estaba completamente roído, y habían cubierto su rostro de excrementos y orina.



Dréncula (Boris Vian)

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lunes, 24 de febrero de 2014




CUANDO, DESPUÉS DE AMARNOS


Cuando, después de amarnos, te coges el cabello
desordenado, ¡cómo son de hermosos tus brazos!
cual en un libro abierto, surge la letra negra
de tus axilas, fina, dulce sobre lo blanco.


Y en el gesto violento, se te abren los pechos,
y los pezones, tantas veces acariciados,
parecen, desde lejos, más oscuros, más grandes…
el sexo se te esconde, más pequeño y más blando…


¡Oh, qué desdoblamiento de cosas!

Luego, el traje
lo torna todo al paisaje cotidiano,
como una madriguera en donde se ocultaran,
lo mismo que culebras, pechos, muslos y brazos.


( Juan Ramón Jiménez )

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domingo, 23 de febrero de 2014




Hay quien tiene el deseo de amar, 
pero no la capacidad de amar.

Giovanni Boccaccio


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sábado, 22 de febrero de 2014




¿Cuál es el objetivo del hombre que disfruta? ¿No es el de dar a sus sentidos toda la excitación de que son capaces, a fin de llegar mejor y más cálidamente, por medio de ello, a la última crisis... crisis preciosa que caracteriza el placer de bueno o de malo, según la mayor o menor actividad con que se ha alcanzado esta crisis? Ahora bien, ¿no es un sofisma insostenible atreverse a afirmar que es necesario para mejorarla que sea compartida por la mujer? ¿Acaso no es evidente que la mujer no puede compartir nada con nosotros sin arrebatárnoslo, y que todo lo que ella roba debe ser necesariamente a nuestras expensas? Y me pregunto entonces, ¿qué necesidad hay de que una mujer goce cuando nosotros gozamos? ¿Existe en esta actitud otro sentimiento que el halago que recibe el orgullo? ¿Y no se obtiene de una manera mucho más estimulante la percepción de este sentimiento orgulloso obligando, al contrario, con dureza a esta mujer a dejar de gozar, a fin de hacernos gozar, a fin de que nada le impida ocuparse de nuestro goce? ¿La tiranía no halaga el orgullo de una manera mucho más viva que las buenas obras? En una palabra, ¿el que impone no es el amo con mucha mayor seguridad que el que comparte? Pero ¿cómo se le pudo ocurrir a un hombre razonable que la delicadeza tuviera algún valor en materia de placer? Es absurdo querer defender que sea necesaria; jamás añade nada al placer de los sentidos: digo más, lo perjudica.

Justine (marqués de Sade)


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jueves, 20 de febrero de 2014

Esta noche os traigo un descubrimiento que no ha sido mío, si no de mi sumisa, sayuri[S]
Poesía sensual y excitante, que literalmente nos ata a las palabras y nos deja inmovilizados hasta disfrutar del final.
Confío y deseo que sea del gusto de tod@s tanto como lo ha sido del mío.
Feliz velada en la mansión

Sayiid

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"Te tengo de brazos y manos atada,
desnuda para mi,
felizmente inmovilizada,
se dibuja tu silueta de hembra,
me complaces, totalmente rendida..
Dijiste que hiciera de ti mi ofrenda,
que creara una obra de arte con la cuerda,
para pintarte en el lienzo de la cama,
sometida,
buscando agradarme y por ello ser premiada..
Te duelen las muñecas,
y los brazos arden fuertemente atados,
con ello disfrutas,
conteniendo el placer que escaparía entre gemidos..
De espaldas,
para que contemple tu figura,
esperando mis azotes o caricias,
la incertidumbre te excita, te moja..
El cuello erguido,
atado a los brazos y manos,
y el clímax retenido,
esperando ser llevada por mi a los cielos..
Como bella escultura,
paciente te muestras,
como la presa lujuria,
que espera la orden, para ser desatada..
Imaginas porque no até tus tobillos,
que llegará el momento en que te tumbaré con fuerza,
y abriré ansioso tus muslos,
gozando de mil formas de tu ofrenda..
Mas tarde sujetando tu cabeza en la almohada,
gemirás mientras disfruto de tus nalgas,
gritarás de placer al enrojecerlas con la fusta,
y alcanzarás mil orgasmos cuando explore y posea
tus húmedas y ardientes entrañas..."

(Mr. Möjõrisin)


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miércoles, 19 de febrero de 2014




Todo deseo estancado es un veneno.

André Maurois


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martes, 18 de febrero de 2014




En las deliciosas fiestas de la señora Johnson imperaba la discreción. El tono de las conversaciones era amable, distendido, modélico.
Durante el segundo plato, el señor Smith pasaba cinco minutos mirando fijamente y sin parpadear el encantador escote de la señora Ferguson. La señora Ferguson se sacaba una de las tetas del escote y le permitía al señor Smith que la acariciara durante otros cinco minutos exactos. Luego la señora Ferguson miraba con actitud culpable hacia su esposo, pero el señor Ferguson estaba profundamente dormido sobre la mesa. Entonces la señora Ferguson se levantaba y, henchida de súbita pasión conyugal, se dirigía hacia su marido, lo besaba ardientemente en la boca, éste se despertaba, correspondía amablemente al beso de su esposa y la comida proseguía con toda normalidad.
Pero durante el resto de la velada la señora Ferguson sufría enormemente porque su marido no era celoso. Todos los invitados compadecían a la señora Ferguson, menos el señor Smith.
El señor Smith estaba seriamente resentido con la señora Ferguson porque ella no le permitía ir más allá de su teta derecha. Ni siquiera le había dejado ver la izquierda.
La señora Johnson ofrecía todos los sábados una fiesta deliciosa. La señora Johnson era una estupenda cocinera. La deliciosa crema de café con frutos secos triturados y chocolate que la señora Robertson se empeñaba en comer en el interior de la vulva de la señora Smith era una de las especialidades de la señora Johnson.
La señora Smith siempre consentía.
La señora Robertson desaparecía bajo la mesa para comerse los postres.
Nadie espiaba la expresión del rostro de la señora Smith mientras la señora Robertson se alimentaba en su coño.
En las deliciosas fiestas de la señora Johnson imperaba la discreción.
Pero todos los invitados sabían que a la señora Smith le encantaba lo que la señora Robertson hacía en su coño.
Cuando la señora Robertson acababa su deliciosa ración de crema de café con frutos secos triturados y chocolate, volvía a sentarse en la mesa junto a la señora Smith y formulaba verbalmente su extrañeza ante la ausencia del señor Robertson.
Todo el mundo sabía lo que estaba haciendo el señor Robertson, pero todos ellos fingían compartir la extrañeza de la señora Robertson.
La señora Robertson proponía invariablemente que registraran la casa en busca del señor Robertson.
Como en las deliciosas fiestas de la señora Johnson imperaban la solidaridad y el compañerismo cordial, todos se precipitaban a buscar al señor Robertson.
El señor Robertson los esperaba ansiosamente.
Todos lo sabían.
Lo encontraban siempre en la sala de billar, intentando empujar las bolas con su polla. El señor Robertson tenía un falo de casi cuarenta centímetros de longitud.
El señor Robertson sufría enormemente porque su esposa era lesbiana y amaba a la señora Smith. La señora Smith también sufría porque se sentía culpable.
Al señor Robertson lo único que le gustaba realmente era exhibir su miembro y jugar con él al billar.
Nadie se asombraba al contemplar el desmesurado miembro del señor Robertson. La única persona que parecía preocupada al ver la polla desnuda del señor Robertson era el señor Adams. El señor Adams se acercaba al señor Robertson, se sacaba su propio miembro de los pantalones, lo comparaba con el del señor Robertson y se echaba a llorar desconsoladamente.
La señora Adams nunca estaba allí para calmarlo.
Todo el mundo sabía dónde estaba la señora Adams.
Cuando decidían ir en su busca, daban unas cuantas vueltas infructuosas por la casa. El señor Adams lloraba cada vez más fuerte. Todos sabían que sólo la señora Adams podía consolado.
Cuando hallaban a la señora Adams en el jardín, la viuda Peterson descubría que había perdido a su canario.
Todos miraban hacia el escote de la viuda Peterson. El espacio que separaba los dos senos prominentes de la viuda Peterson ostentaba un doloroso vacío.
Entonces todos los invitados oían un trino procedente del interior de la señora Adams y diez pares de ojos clavaban sus miradas en la señora Adams.
La señora Adams se sacaba un canario del interior de su vulva, lo entregaba a su propietaria y corría arrepentida a consolar al señor Adams. El señor Adams aceptaba sus mimos. El señor Adams olvidaba la polla del señor Robertson.


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lunes, 17 de febrero de 2014




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viernes, 14 de febrero de 2014





SAN VALENTÍN

Un año más hemos llegado
al día de febrero señalado,
donde el Corte Ingles ha marcado
a San Valentín como “el amado”.

Santo que dicen ha de  ser
el patrón de los enamorados,
que se quieren hoy todo el día
aunque ayer se tiraran los trastos.

Y se regalan flores y bombones,
libros, poemas y confituras,
para demostrarse, que finura,
lo mucho que se han amado.

Lástima no fuera cada viernes
San Valentín el venerado,
y así tendríamos más amor,
más cariño y  menos desamparo,
y hasta las grandes superficies
ingresos extraordinarios,
lo que generaría a espuertas,
trabajo, ilusión y desenfado,
y viviríamos más felices,
ilusionados y embelesados,
y comeríamos perdices…,
como comen los  enamorados.

Pero sólo un día al año
es obligado estar prendado…
Es el catorce de febrero…
yo este año ya lo he superado.

Y aun así, y por precaución,
en este día, desde la mansión,
os arenga el Satiricón,
y os insta a disfrutarlo,
no sea que el “santurrón”,
manía a mí me haya pillado.

Enhorabuena a los acaramelados
y paciencia a los abandonados,
pues ya solo quedan 365 días
para volver a celebrarlo…

(El Satiricón)


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jueves, 13 de febrero de 2014






¡Qué bien te siento bajar!
¡qué despacio vas entrando
caliente, viva, en mi cuerpo,
desde ti misma manando
igual que una fuente, ardiendo!

Contigo por ti has llegado
escondida bajo el viento,
- desnuda en él -, y en mis párpados
terminas, doble, tu vuelo.
¡Qué caliente estás! Tu brazo
temblando arde ya en mi pecho.

Entera te has derramado
por mis ojos. ya estás dentro
de mi carne, bajo el árbol
de mis pulsos, en su sombra
bajo el sueño:
¡Entera dentro del sueño!
¡Qué certera en mi descanso
dominas al fin tu reino!

... Pero yo me salvo, salto,
libre fuera de mí, escapo
por mi sangre, me liberto,
y a ti filtrándome mágico,
vuelvo a dejarte en el viento
otra vez sola, buscando
nueva prisión a tu cuerpo.

(Emilio Prados)


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miércoles, 12 de febrero de 2014




En el mundo de sexo, no existe 
una felicidad única y establecida
 para todos.

Yukio Mishima


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lunes, 10 de febrero de 2014




Hay burgueses casados, que aprovechan que su legítima está en misa para ir por su cuenta a llevar un cirio a la capilla de Las Odaliscas. Infieles, para llamar a las cosas por su nombre. Acompañan a la esposa a su reclinatorio, y desaparecen con la excusa de que un amigo acaba de entrar en la iglesia. Entre el Introito y el Ite, missa est, tienen el tiempo suficiente de hacer que les ablanden el cirio y de regresar, tan tranquilos, para ofrecerle el agua bendita a su cónyuge.

La mañana del domingo tiene, pues, sus habituales. Por nuestra parte también: Fanny, Rosa la Flor y yo, que preferimos hacer el turno de once a nueve de la noche y acabar a la hora más pesada; en cuanto a la cuarta, ya que siempre debe haber cuatro de guardia, las demás se van turnando.

Esta mañana, apenas habíamos entrado en el salón cuando llegó un cliente. Más bien joven, con buena pinta, clac y guantes de piel, un misal en la mano y bastante excitado. Nos observa un instante y me tiende la mano. Subimos, deposita tres monedas en la chimenea y se desnuda. Cuando le invito a reunirse conmigo en la cama, me pregunta a boca de jarro:

-        -  Garita, ¿sabes dónde está mi mujer en este momento?

YO (sin inmutarme):

-       -  Supongo que en misa.

ÉL (atónito):

-      -   ¡Cielos! ¿Cómo lo has adivinado?

YO:

-  Veamos, pichoncito, a no ser que se sea cura, nadie pasea el domingo a las once de la mañana con un misal en la mano. En cualquier caso, gracias por los tres francos.

ÉL (amable):

-     -    ¡Oh, es mejor que echarlos al cepillo!

Entonces me explica que la noche pasada, e incluso esta misma mañana, ha intentado sin éxito colocarle la mercancía a su mujer, que, según él, es apetecible e incluso amorosa. ¡Imposible! «Después de misa, si insistes, sí; pero antes, ni hablar. Iría derecha al infierno.»

Hablando claro, me meo en sus explicaciones. He dormido bien y desayunado mejor, tengo apetito, así que jodamos y no se hable más; sobre todo teniendo en cuenta que, como a menudo les sucede a los hombres, el lavado le ha hecho empalmarse. Por desgracia, también como sucede a menudo, su divisa parece ser: ¿Por qué hacer simple algo que puede ser complicado?

-        - Cuando pienso que ella me está esperando en la iglesia, repite sin moverse, mientras le atrapo el cirio con la boca para ayudarlo a decidirse

-         - ¿Sabes qué me gustaría hacer?

-            -  ¿...?

El hombre interrumpe mi actividad, va a buscar el misal que ha dejado en la repisa de la chimenea y me lo entrega.
-        Fingirás que sigues la misa mientras jodemos.

Si no es más que eso... No obstante, replico que no está bien burlarse de las cosas santas, lo cual me hace ganar dos francos suplementarios. Ahora hay que tomar posiciones. Me arrodillo en el sillón, apoyada contra el respaldo y con el misal abierto en las manos, separo las piernas, me unto discretamente con saliva para facilitar las cosas y espero. Él se acerca, me acaricia la espalda, los pechos y las nalgas, y susurra con la voz un tanto ronca:
-        Las oraciones... Debes decir las oraciones...

¡Este excéntrico hará que me condene! Al mismo tiempo que lo guío hacia el tabernáculo, farfullo al azar las pocas frases que recuerdo de mi piadosa infancia:

-      -   Inilium sancti evangili secundum Joannem...

- - ¡Sí, conünúa, continúa! —implora, penetrándome enérgicamente.

-       -  ln illo tempore, pater noster qui es in caelis, ora pro nobis...

  El, agarrándome de las caderas, se menea como un verdadero demonio.

-       -  ¡Pero qué bien jode este condenado!, exclamo buscando desesperadamente el modo de proseguir la plegaria

-       -  ¡Ah, sí! Veni..., veni, sánete..., sánete Spiritus... ¡Más que bien, el muy guarro! Va a hacerme..., va a hacerme... ln sécula..., aaah..., seculo..., oooh..., seculorum... ¡Amén!

Feliz y orgulloso, me obsequia con una última arremetida, y yo me dirijo presurosa en busca del agua bendita. Cuando regreso al salón, con las piernas temblequeando, Fanny me pregunta, un tanto sorprendida:

 - ¿Qué te pasa, Lucienne? Estás rara.

Y yo, desplomándome en el sofá, contesto:

- ¡Oh, nada! Son los efectos de cinco púas y un trocito de misa.


"En los salones del placer" (Jacques Cellard)


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domingo, 9 de febrero de 2014




EL INSECTO


De tus caderas a tus pies
quiero hacer un largo viaje.

Soy más pequeño que un insecto.

Voy por estas colinas,
son de color de avena,
tienen delgadas huellas
que sólo yo conozco,
centímetros quemados,
pálidas perspectivas.

Aquí hay una montaña.
No saldré nunca de ella.
¡Oh qué musgo gigante!
¡ Y un cráter, una rosa
de fuego humedecido!

Por las piernas desciendo
hilando una espiral
o durmiendo en el viaje
y llego a tus rodillas
de redonda dureza
como a las cimas duras
de un claro continente.

Hacia tus pies resbalo,
a las ocho aberturas,
de tus dedos agudos,
lentos, peninsulares,
y de ellos el vacío
de la sábana blanca
caigo, buscando ciego
y hambriento tu contorno
de vasija quemante!


( Pablo Neruda )


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viernes, 7 de febrero de 2014




Un capricho se diferencia de una 
gran pasión en que el capricho
 dura toda la vida.

Oscar Wilde


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jueves, 6 de febrero de 2014

Una nueva amiga se suma a la mansión regalándonos, además de sus siempre acertados comentarios, una muestra de su maestría en el arte de la poesía.
Palabras llenas de sentimiento y sensualidad que aquí expongo para disfrute y deleite de todos y todas las amigas de la mansión.
Que gocéis de ellas lo mismo que yo las he gozado, y a vos, lady Ame, daros las gracias por vuestro siempre agradecido regalo.
Sean felices.
Sayiid
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"Gotas tinta de tu esencia"

Sostiene en su vientre el brillo de su mirada,
mientras se abre a la posibilidad de descubrir sus fantasías,
húmeda y deliciosa se ofrece en cuerpo y alma
al recibir complacida los besos que Él le ofrece,
cierra los ojos y bebe del aliento sus caricias,
los párpados se inundan de gotas perla que deja caer por sus mejillas,
Él las bebe ávido de conocerla,
aspira el vapor que de su boca brota
tratando de descubrir en esas volutas de su aliento
el último rincón de sus pensamientos,
la devoción que de ella brota estremece el sentimiento de su alma,
Él la graba con la tinta de su esencia
cuando asciende por sus peldaños
y desciende con los suspiros que su alma exhala,
porque son dos almas que se enlazan
afianzando con su entrega cada eslabón de sus cadenas.

(Ame)

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