Prologo de El Libertino

domingo, 30 de marzo de 2014




Al día siguiente, por la noche, se decidió que la elegida fuera Prima. Entonces Chloris manifestó que su presencia sería inútil, no se sabe si porque creía que los dieciocho años de la princesa no necesitaban el consejo de nadie, o quizá porque temía mostrarse desnuda junto a una belleza tan perfecta.

Así pues, Prima se presentó sola y sin turbación aparente, ataviada con un sucinto vestido desprovisto de corchetes, aunque sujeto holgadamente a su talle con un cinturón.

Era alta, tan morena como sus hermanas, y todo en ella tenía formas admirables: el contorno de su rostro, las líneas de los ojos y de la boca, la elegancia del cuello, la proporción del torso y de las piernas.

Aleccionada sobre aquello que le aguardaba, se acercó al rey con lentitud, lo besó en la frente y, acto seguido, se sentó sonriente en sus rodillas.

El rey se sintió tan conmovido que olvidó lo que tenía previsto decir. Por fortuna, la sistematización de sus cuestionarios acudió en su ayuda para sacarle del apuro.

—A tus hermanas les he preguntado sobre aquello que mejor conocían. Una me ha respondido muy bien acerca del pudor, y la otra acerca de la moral. ¿Y tú? ¿Qué es lo que mejor conoces?

Prima le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído:

—Esta noche, lo que mejor conozco es el modo de excitarte.

— ¿Es eso una ciencia?

—Conseguir que se ponga tiesa una picha sin tocarla es todo un arte. Es un arte de cuya experiencia carezco, pero cuyos secretos conozco a la perfección. Es, en suma, el Arte del Amor.

—Demuéstramelo.

—Tengo toda la noche.

— ¿Cuántos secretos hay en el amor?

—Conozco un millar de ellos, e inventaré muchos más. Claro que los secretos de amor no se dicen en ningún otro lugar que no sea la cama...

El rey empezaba a comprender que la mayor de sus doce hijas era demasiado lista para él. Prima se percató de sus pensamientos y, sabiendo que una enamorada no debe intimidar a aquel a quien desea seducir, se acostó sobre la colcha, atrajo al rey y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvistió sin apenas dejar entrever sus encantos, pues se tendió sobre él, cuerpo contra cuerpo, mostrando tan sólo sus pechos pero haciéndole sentir todo lo demás.

—Prima, eres demasiado hermosa —afirmó el rey—. No podré permanecer durante mucho tiempo en el estado al que me has llevado.

—No temas nada. El primer secreto del amor es conseguir estar excitado. El segundo es conseguir dejar de estarlo.

—Eso me parece más prudente.

—No, no, me siento segura de mí. Me amas ya lo suficiente como para dejar de mi cuenta la dosificación de tu placer. Acabas de decirme que soy demasiado hermosa, aunque apenas si has visto mi rostro. Pues bien, será eso lo primero que vas a desvirgar: mi rostro.

— ¿Cómo has podido adivinar mi pensamiento?

—No lo pensabas. He sido yo quien te ha hecho pensar en eso antes de decírtelo. Se trata de otro secreto... Esta boca mía, que te habla, desea que la desvirgues. ¿Consientes en ello?

—Con urgencia y del modo que mejor te plazca.

—Si yo fuera hombre, desearía empalmarme más abajo del vientre de una muchacha que ofrece su boca de virgen antes incluso de mostrar sus demás virginidades. Creo que le diría: "He aquí dos labios hechos para chupar una picha".

— ¡Oh! ¡Esto es demasiado!

— ¿Qué opinión te merece mi lengua, entre mis dos labios?

—No sé qué hacer con ella... Prima, ¿has jurado martirizarme?

—Por el momento no sabes qué hacer, ya lo sé. Más adelante será ella la que te lo pida. Ahora basta con mis labios, con mi boca, que te chupará con toda el alma porque está segura de que, al final, tendrá su recompensa: la leche que tanto ansía.

Dejando de torturar al rey con las tentaciones y la impaciencia, la joven princesa se deslizó a los pies de la cama, tomó entre sus labios el miembro real..., y su espera fue tan corta como larga había sido la de su padre. Luego, inmóvil y como ensimismada, bebió todo cuanto manó, antes de abrir los ojos y sonreír con ternura.

Transcurrió una media hora sin que al rey se le ocurriera retirarse a una estancia contigua, como había hecho la noche anterior. Charlaba con Prima, que parecía entregada a su indolencia, aunque cambió el tomo del diálogo a su antojo cuando consideró llegado el momento de hacerlo. En efecto, habiéndole preguntado el rey por qué permanecía acostada sobre su vientre, ella respondió con mirada impúdica y frente altiva:

—Estoy acostada sobre el coño.

— ¿Por qué?

—Es otro de los secretos: mostrarse desnuda, pero no dejar ver el coño.

—Pues también me gustaría comprender ese secreto. Tú que tienes tan hermosa boca...

— ¿Y si tuviese el coño más hermoso aún, quizás, que mi hermosa boca? ¿De qué le sirve a una muchacha enamorada toda la belleza del cuerpo si no está dotada, por encima de todo, de la belleza del coño? ¿Sabes de qué te estoy hablando?

—Creo que...

—Escucha. Tengo cinco coños. El primero es mi boca, que esta noche quiere atiborrarse de leche. El segundo está muy poblado de pelo, bajo mi brazo derecho; mira: hoy no te lo ofreceré, como tampoco el tercero, éste que tengo en la axila izquierda, aunque conozco la manera de convertirlos en tan suaves como mi boca. El cuarto coño se halla entre mis nalgas. ¿Lo verás esta noche? Tal vez sí, tal vez no. Y el quinto es aquel sobre el que ahora estoy acostada.

Prima se tendió de nuevo sobre el cuerpo del rey y, en esta ocasión, le hizo sentir aquello de lo que hablaba. El resultado que esperaba se produjo antes incluso de lo que le mismo rey podía imaginar.

—Me dijeron que te afeitabas. ¿Por qué motivo?

—Por el mismo que acabo de decirte. Si no tuviera un coño hermoso, no lo afeitaría. La belleza se muestra siempre desnuda.

— ¡Pues tú ésa no la muestras!

—La belleza se muestra a quien la ama. Tu picha la toca y se empalma entre sus labios, ¿no? Pues que tu rostro haga otro tanto y también él la verá.

—No sé a qué te refieres. Sólo sé que me pones fuera de mí con tantos toqueteos, tanta contención y tanto deseo exacerbado.

—No me prometas nada. No necesito promesas. Mi capricho es no enseñar el coño sin que éste reciba un beso. Si tú encuentras mi coño lo bastante hermoso como para acordarte de mí capricho, entonces sabré si me amas.

Acercándose a las almohadas, Prima se puso de rodillas apretando las piernas. Apenas si podía verse aquello que pretendía mostrar y, sin embargo, aquélla parecía ser en efecto la más perfecta de sus formas. Aguardó a que el rey manifestar impaciencia por ver lo que ella todavía ocultaba. Por fin, con la cabeza vuelta hacia la cabecera de la cama, se arrodilló justo encima del real rostro con las piernas abiertas. Acto seguido, se agachó ligeramente y vio satisfecho el capricho del que ya no hablaba. Pero el rey dijo en seguida:

— ¡No me tientes más! Sería una locura...

— ¿El qué? ¿Desgarrarme el virgo del coño? ¿Y cómo podrías haber elegido ése si todavía no te he mostrado el otro?

—Esta muchacha acabará haciéndome perder el sentido, con su belleza, su lujuria, su reserva y su actitud desafiante. ¿Acaso no te basta la satisfacción de verme reducido a no atreverme más que a lo que tú me...?

—Atrévete a todo cuanto te plazca atreverte. Mis órdenes tienen una sola justificación: que adivino tus deseos antes de que tú los sientas. ¿Verdad que ya te he hablado de mi otro virgo? ¡Pues búscalo! Mete la mano entre mis muslos. ¿Lo notas?

—No sé lo que noto... Pierdo la cabeza...

Prima se zafó de la mano que la tocaba y, tendiéndose junto al rey, musitó:

— ¿Notas mis pelos?

—Pero si te rasuras.

—No ahí. Ni tampoco las axilas. Mira, si no, este mechón negro que me llega casi hasta el pezón del pecho. Dime, ¿qué piensas tú que me afeito? ¿El coño y el pubis? Pues me afeito también el vientre, hasta el ombligo. En cambio, por debajo del coño está todo intacto.

— ¡Eres una diablesa!

—Sí. Tengo tanto pelo por detrás como la mayoría de las chicas por delante, y, desde que me afeito la vulva, se diría que ésta ha cambiado de lugar. A mis hermanas les gusta. Según ellas, yo tengo una boca donde ellas tienen el coño, y un coño entre las nalgas. ¿Acaso no sabes que soy su sultana y que vivo en un harén donde basta una palabra mía para que se rindan?

— ¿Quiénes?

—Todas. La que más me plazca, según el capricho de mis fantasías. ¿Quieres saber quiénes son mis preferidas? Te lo diré después. Pero a todas, incluso a la más pequeña, que tiene siete años, le encanta meterme la lengua en la boca del vientre o en el coño del culo. No hay nada que no fueran capaces de hacer para conseguirlo, y la verdad es que me satisface mucho tentarlas.

—Eres una verdadera maestra en eso de tentar a quienes te aman.

—A mis tres hermanas más jóvenes no las amo, pero, como a las jovencitas les gusta sobre todo lo que es salado, es a ellas a quienes concedo, cuando demuestran ser lo suficientemente habilidosas, el derecho de hundirme la lengua en el trasero. Mi verdadero coño se lo doy a la lengua de mi favorita, y cada noche ambas dudamos entre qué es más grato, si para mí gozar de ella, o para ella saborear entre mis muslos el néctar que consigue extraer de mi cuerpo.

— ¡Calla!

— ¿Qué puede ser más agradable al paladar de una virgen que beber el néctar destilado por otra virgen? Por curiosidad, he querido probar el de todas mis hermanas la misma noche en que alcanzaban la pubertad. Tan pronto como alguna de ellas venía a decirme, alborozada: "Prima, ¡me corro!", yo le regalaba mi boca con fruición. Pero hoy, contigo, he probado la leche de hombre. ¿Por qué me llamas reservada? Deseo seguir bebiéndola, y deseo dar la mía.

— ¡Prima!

— ¿Por qué dices que me contengo, si acabo de revelarte todos mis gustos, y ahora voy a mostrarte todos mis secretos? No tengo nada que ocultar. Mira:

Y, como si hiciera el gesto más natural del mundo, se puso a horcajadas sobre la cara del rey, dándole la espalda y abriendo al mismo tiempo sus nalgas peludas y su vulva recién rasurada. Acto seguido, sin esperar lo que tenía la seguridad de conseguir, dibujó con la punta de la lengua un minucioso arabesco alrededor del órgano viril.

Hacía mucho tiempo que el rey no había concedido a nadie el favor de la caricia que las jovencitas se hacen unas a otras, y en consecuencia carecía de inclinación natural para ello. Pero, hallándose "fuera de mí", como él mismo había dicho, no supo lo que hacía..., y a pesar de todo lo hizo.

Por su parte, el cuerpo de Prima comenzó a arquearse espasmódicamente y a ser presa de un irreprimible desenfreno. Ella, que nunca decía una palabra cuando sus hermanas le rendían aquella clase de homenaje, esta vez sintió que no sólo debía hablar, sino incluso exagerar sus sensaciones mediante temblores y frases.

— ¡Sí! ¡Oh, sí! — Exclamó, con un hilo de voz—. ¡Oh! ¡Deseo correrme!

Apoyándose en los brazos, tensos como pilares, levantó la cabeza y curvó la grupa, abierta en toda su redondez.

— ¡Mira qué excitada estoy! ¿Lo ves bien? ¡Por eso me rasuro! Cuando me lanzo, mi dardo se pone tan tieso y tan rojo que mis once hermanas se pelean por ver la picha empalmada de Prima... Sabía que esta noche me tomarías... ¡Por eso no he gozado en todo el día!...

Había gozado por tercera vez desde la mañana a las cinco de la tarde, pero su decisión de fingir un apasionamiento absoluto le hizo explicar:

—Cuando he gozado y estoy tan extremadamente excitada como ahora, digo cosas que no quisiera decir... ¡Te amo! ¡Te adoro! ¡Me mojo por ti! ¡Tengo empalmados hasta los pezones! ¡Sé que me encularás dentro de un instante, y lo deseo!... ¡Ah, si ahora me metieras el dedo en el culo!... ¡Sí, así! ¡Húndelo más!... ¡Me vuelves loca! Mi vientre está repleto de un néctar que pugna por salir, salir... Te devolveré más leche de la que tú me has dado a beber... Lo noto... Voy...Voy... ¡Oh, me corro! ¡Toma, gozo, me fundo! ¡Ah, toma, toma!

Gozaba sinceramente, pero por cuarta vez desde que se había despertado. Y para que no se notara que su voluntad física no llegaba a la abundancia de sus palabras, de pronto tomó en su boca en miembro del rey, como si sintiera la irresistible necesidad de hacerlo...
Hasta encontró valor para decir, en cuanto pudo abrir de nuevo los labios:

— ¡Oh, qué bueno es! ¡Vuelvo a gozar! ¡Nunca imaginé que una virgen pudiera sentir esto cuando bebe leche de hombre mientras ella, a su vez, se corre!

Y para dar respuesta a todo, incluso al pensamiento, musitó al oído del rey:

—Puesto que lo sabes ya, voy a repetírtelo: me moría de ganas de ser enculada, pero cuando he gozado..., entonces no he podido contener mi boca.


La historia del rey Gonzalo y de las doce princesas (Pierre Louys)


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jueves, 27 de marzo de 2014




"Sólo el latido al unísono del sexo y del corazón puede crear el éxtasis."


Anaïs Nin


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lunes, 24 de marzo de 2014




MUJER CON ANILLO


Mujer que estas un poco en este anillo,
casi un poco, tal vez
lo que dura en el lecho
la palabra mujer.

Mujer que cabes en un ruido rubio.
Mujer,
que pasas por mi boca como el agua
que no quita la sed.

Mujer que te repartes en mis cosas.
Mujer,
te estoy tocando ahora, pero ahora
sólo toco tu piel.

Cuando estás en mis dedos
me pareces de viaje.
Tal vez,
es así como quiero,
pero no como amo.

Déjame que me quite
este lujo del cuerpo.
No ves,
que me pesa este anillo...
¿no lo ves?

Déjame que te use con los ojos.
¡Qué bien!
Los ojos se me llenan
de paisajes de tren.

Es que hay algo pasando ...
¿No lo ves?
Tú del tamaño de mi lujo sólo.
Mujer,
que rodeada estás por este anillo
de honradez.

Me quitaré tu nombre repartido,
tal como cuando llego de la calle:
que me quito del cuerpo
cotidianos detalles.

Ya ves,
mujer que eres a veces propiedad de mi alma,
y a ratos,
propiedad de mi piel


(Manuel Cabral)


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domingo, 23 de marzo de 2014




Respecto a la flagelación activa, ¿puede haber en el mundo una voluptuosidad mayor para seres endurecidos como nosotros? , ¿hay alguna que dé mejor la imagen de la ferocidad, que satisfaga más, en una palabra, esa inclinación a la crueldad que hemos recibido de la naturaleza?... ¡Oh Juliette!, someter a esta degradación a un objeto joven, interesante y dulce, y que tenga la mayor cantidad de afinidades posible con nosotros, hacerle experimentar duramente esta forma de suplicio, cuyos alcances tienen todos por emblema la voluptuosidad, divertirse con sus lágrimas, excitarse con sus penas, exaltarse con sus saltos, inflamarse con sus brincos, con esos retorcimientos voluptuosos que arranca el dolor de la víctima, hacer correr su sangre y sus lágrimas, encarnizarse con ellas, gozar sobre su bonito rostro de las contorsiones del dolor y de los juegos musculares impresos por la desesperación, recoger de su lengua esos chorros púrpura que tan bien contrastan con el tinte de los lirios de una piel suave y blanca, aparentar que te calmas un momento para aterrorizar a continuación con nuevas amenazas, y no realizar las amenazas más que con otros refinamientos más ultrajantes y más atroces todavía, no ahorrar nada dé cólera, y recorrer con la misma rabia las partes más delicadas, las mismas que la naturaleza parece haber creado para homenaje sólo de los tontos, como el pecho o el interior de la vagina, como el mismo rostro.

Juliette (Marques de Sade)


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sábado, 22 de marzo de 2014




En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan
 mejor con menos luces.

Gabriel García Márquez


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viernes, 21 de marzo de 2014




La primavera ha llegado,
y todos lo hemos notado,
con sus verdes y sus flores,
sus cantores ruiseñores,
sus alergias y constipados.


La primavera ha venido,
Perséfone nos la ha traído,
y habremos de estar contentos,
y olvidarnos de lamentos,
de oscuridades y fríos.


La primavera ha arribado,
con sus arroyos dorados,
sus colores repetidos
y sus ánimos renovados.


La primavera nos ha abordado,
y a todos nos ha encantado,
sobre todo a este, su servidor,
pues en este día nació
una rosa que vale por un rosal,
pues no hay en el mundo una flor
que a mi sierva haya ganado
en belleza, fragancia y ardor.


Rosa fresca sin espinas,
que yo mismo he cultivado,
con talento y con cuidado,
hasta conseguir, no sin dolor,
una hembra superior,
en entrega y en estima,
que me sirve y que me mima
con sumisa devoción.


Por eso deseo, mi sierva,
en este señalado día,
festejar con alegría
y con renovado candor,
que en el día de tus días,
compartamos vida los dos,
y que cumplas muchos años,
pero que sean en la mansión.


(El Satiricón)



Felicidades sayuri[S] en el día de tu cumpleaños

miércoles, 19 de marzo de 2014




"Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje."

Octavio Paz


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martes, 18 de marzo de 2014




EL ÉMBOLO BRILLANTE Y ENGRASADO...

El émbolo brillante y engrasado
embiste jubiloso la ranura
y derrama su blanca quemadura
más abrasante cuanto más pausado.

Un testigo fugaz y disfrazado
ensaliva y escruta la abertura
que el volumen dilata y que sutura
su propia lava. Y en el ovalado

mercurio tangencial sobre la alfombra
(la torre, embadurnada penetrando,
chorreando de su miel, saliendo, entrando)

descifra el ideograma de la sombra:
el pensamiento es ilusión: templando
viene despacio la que no se nombra.


( Severo Sarduy)


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domingo, 16 de marzo de 2014




"El deseo nos fuerza a amar 
lo que nos hará sufrir."

Marcel Proust


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viernes, 14 de marzo de 2014




“—¡A lo perrita, Lulú, a lo perrita! ¡De cara a mí! Julien, hijo mío, a ti corresponde el honor. ¡Ya verás qué caliente lo tiene esta pequeña! Y usted, querida amiga, empezará a mamarme cuando él haya entrado.
Dado que la tiene muy tiesa, más bien larga que gruesa, y que yo vuelvo a estar mojada, Julien entra arrancándome sólo gemidos de satisfacción.

—¿Ya está, Lulú? —pregunta el señor—. ¿Te gusta su minga?

Yo (sincera). —¡Oooh, oooh, aaah! ¿Sí, me encanta! Ahora dame la tuya para que la mame.

¡El muy lascivo lo ha calculado todo al milímetro! A cuatro patas, estoy justo a la altura precisa para que la introduzca entre mis labios y yo la devore, mientras Julien realiza su faena al otro lado.

—¡Esta criatura chupa como una diosa! le confía el señor por encima de mi hombro—. ¡Una maravilla de lengua, querido, una maravilla de lengua!

Pero, señor se permite decir Julien, ¿la señorita Lucienne se comportará tan correctamente en el momento de la crisis del señor?

Porque el señor le ha pedido claramente a la señora Armand una chica que no le haga ascos a tragarse los hijos del señor que el señor no quiere...

Cuando llegue el momento, tragará, respondo de ello replica el señor. ¿No es cierto, Lucienne? me pregunta, apartándome la cabeza.

Yo me contento con murmurar:

Sí, por supuesto, querido, con sumo placer.

Porque no faltaría más que eso, que no me tragara el humo de un hombre tan generoso, cosa que por otra parte no resulta desagradable cuando no hay en exceso. Lo principal es aprender a percibir como asciende la savia, para respirar a fondo antes de que empiece a manar y no asfixiarse.
Aspiro, pues, sin perder tiempo, y sin preocuparme de vigilar el momento en que el otro tendrá «su crisis», como él dice. De hecho, le viene un instante después, ya que tiene los cojones llenos, y yo parto al mismo tiempo que él.

—¡Aaah, hijos míos! —gruñe el señor—. Veo que habéis gozado. Julien..., ese conejo... ¿Cuál es tu opinión?

—¡Delicioso, señor, delicioso! —suspira el interesado—, ¡Terciopelo puro! ¡Y qué calidez! ¡Ah, el señor ha tenido un ojo clínico al invitar a la señorita Lucienne!

—Ya lo creo..., amigo mío... —replica jadeando el rajá—. La he probado... antes que tú... Y su boca... vale tanto... como su coño... ¡Aaah, aaah, me está mamando..., la zorra...!

¿Qué estoy mamándolo? Para eso me paga, y no poco bien, me digo mientras ellos intercambian tales cumplidos. Ello, sin embargo, no impide que comience a fatigarme. Permanecer apoyada en rodillas y manos no es en absoluto una postura de reposo. Y si, además, hay que estar atenta para no dejar escapar ni la minga que te atraviesa la cotorrita, ni la que te atraviesa el gaznate, ¡la cosa resulta dura!

No digo «desagradable», no. Entre las golosinas, el vino dulce y el calor, cualquier mujer de constitución normal encontraría placentero dejarse acariciar por dos hombres como los míos: bien provistos, divertidos y nada brutales. Sin embargo, yo ya tenía la entrepierna irritada cuando Julien se añadió al señor para trabajarme la alcancía, y, a decir verdad, ahora preferiría repantigarme en esta estupenda cama sin pensar en nada.

Por tal motivo, una vez medio libre del sirviente, que, aliviado de lo más urgente, va y viene indolentemente entre mis nalgas, precipito la maniobra que atañe al amo. Para decidirlo a descargar, confío mi equilibrio a la mano derecha y, con la izquierda, le acaricio los zurrones. No es ninguna novedad, pero los efectos son espléndidos.

—¡Aaah, oooh, los cojones, los cojones...! —gime—. ¡Sí, rasca, preciosa, rasca! Yo..., yo... ¡Ah, Lulú!

¡Lulú ha ganado! Lulú no le ha hecho ascos a tragarse los hijos del señor que el señor no quiere, como dice tan elegantemente Julien. ¡Lulú se lo ha engullido todo! ¿Aún tiene la boca llena? ¡Glups! ¡Adentro! Llevo mi conciencia profesional y el deseo de hacer las cosas bien hasta el extremo de apretársela con los dedos para extraer las últimas gotas. Todo esto se une, sin ningún problema, con los patés trufados, las tetas de monja y el vino dorado. Y yo, por fin, me dejo caer en la cama como un fardo.

Mis héroes se han ablandado. Les sucede a todos, una vez que han derramado el veneno... Son como bebés enormes... Julien, no sé cómo, ha logrado permanecer en la cama. Su señor se reúne con nosotros, y me duermo entre ambos, con la nariz contra el bigote de uno y las nalgas contra el vientre del otro.”

En los salones del Placer (Jacques Cellard)


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miércoles, 12 de marzo de 2014




"Yo, con un instinto profundo, elijo un hombre que obliga a mi fuerza, que hace enormes exigencias a mí, que no duda de mi coraje ni mi dureza, que no cree en mí ingenuo o inocente, que tiene el coraje
 de tratarme como una mujer".

Anaïs Nin

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martes, 11 de marzo de 2014




LAS ROSAS PALPITABAN ENCIMA DE TUS SENOS

Las rosas palpitaban encima de tus senos
duros. Como una flora de las blancas batistas
que tus brazos rosaban cálidamente llenos,
los encajes tentaban con carnes entrevistas

¡Qué cándida lujuria en tus bucles con lazos
rojos! ¡Oh, tus mejillas, mates como jazmines,
bajo la llama negra de los hondos ojazos
sobre la pasión cálida de las rosas carmines!

Ibas hacia la vida con todo tu tesoro
intacto… Me mandaste tus pájaros de amores…
¡y te besé, temblando, tu alegría de oro
con un miedo doliente de poner tristes tus flores!


( Juan Ramón Jiménez)


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lunes, 10 de marzo de 2014




Yo no era más que un receptáculo para el hombre, deshumanizado y pasivo. También es evidente que probaron, para sacarme de esa insensibilidad, todos los estúpidos medios habituales. Me vistieron, para tener el placer de desnudarme públicamente, doblada sobre el potro en medio de la aldea. Me dieron una azotaina más, que me puso el trasero superficialmente en erupción, sin arrancarme de mi indiferencia. Incluso tuvieron la crueldad de hacer que Nawa-Na me pegara a varazos, y aullé de dolor. Pero si eso logró satisfacer a uno o dos hombres, que me encontraron más sinuosa, más caliente, y la vagina más enfebrecida poco después, no dejé de caer de nuevo en una apatía casi invencible. Entonces llamaron a Ra-Hau, consultaron a las ancianas. Una de estas brujas, tras unos conciliábulos, correteó hasta su choza y volvió llevando en el hueco de sus manos, como si fuese un tesoro muy frágil, dos bolas de un blanco ceroso, que tenían aproximadamente el tamaño y la forma de un huevo. En mi agotamiento, me divertía con la estupidez de los indígenas.
« Sin duda, ahora quieren injertarme unos testículos », me decía, conteniendo con dificultad las ganas de reír de puro eretismo.
Pronto deje de reír. La horrible vieja, tras confiar su tesoro a una de las mujeres que se encontraba por allí, cuchicheando a la luz de las hogueras, me puso tan desnuda como vine al mundo. Tras lo cual se sentó en uno de los bancos naturales y me tendió sobre sus rodillas. Afortunadamente, las viejas de allá usan taparrabos más largos que las jóvenes. Por nada en el mundo hubiese deseado tocar su piel ajada. Cuando estuve así tendida, las nalgas expuestas, la vieja me acarició con bastante habilidad, rozándome con la palma de la mano y la punta de los dedos la convexidad de las nalgas, luego el pliegue entre éstas, la zona anal propiamente dicha y, por último, el pliegue de la vagina entre los muslos, haciéndolo tan furtivamente, aumentando la presión sólo de forma imperceptible, que sin querer me distendí poco a poco y me abrí. Entonces, siguiendo una de las tácticas preferidas de los salvajes, en el preciso instante en que por fatiga, por olvido, por abandono de todo el cuerpo, lo dejaba abrirse, la maldita vieja cogió prestamente de la mano de su vecina uno de aquellos huevos de firme y butirosa consistencia y me lo introdujo a la fuerza en el recto. Confieso que chillé de miedo, de sorpresa y de dolor. Al principio me distendió espantosamente el ano y, a continuación, en cuanto estuvo dentro de mí, su forma ovoide y la compresión del esfínter pareció propulsarlo en el estrecho canal intestinal a una velocidad fulgurante. Sentí que iba a alojarse como un proyectil en lo más profundo de mi vientre. Al atenuarse en ese momento el dolor, siempre sin pensar en ello, dejé de nuevo que todos mis músculos se relajasen. La vieja aprovechó al momento la situación para meterme el segundo huevo entre los muslos. Al igual que el primero, prorrumpió en mí y me dio la sensación de que iba a alojarse en la matriz. Sin darme tiempo a gritar esta vez, la vieja de una sacudida me volvió a poner de pie. Enloquecida, consciente de aquellas dos abominables esferas en mis entrañas, perdí todo pudor y realicé violentos esfuerzos para expulsarlas, flexionando las rodillas y haciendo fuerza hasta que mis muslos temblaron y mi vientre pareció agarrotarse. En vano.
Los dos huevos parecían pegados a lo más hondo de mí, en la pared de mis entrañas y de la matriz. De nuevo aullé, y las mujeres batieron palmas, mientras se encendían los ojos de los hombres. Entonces, como me ensañaba en empujar y contraerme con todas mis fuerzas, tuve la impresión de que los cuerpos ovoides perdían dureza, consistencia e incluso forma, parecían fundirse, penetrando y empapándome poco a poco la carne íntima. Y, a medida que se fundían, que a mi pesar los absorbía por todos los poros de las mucosas, una especie de tenebroso fuego líquido empezó a impregnarme todo el cuerpo, a correr solapadamente por todas mis venas con mi sangre. Incluso mis esfuerzos para rechazar, hacer salir de mí dos abominables objetos, parecían haber apresurado esa difusión, esa invasión. Me puse a aullar sin parar, y las palmadas hicieron furor. El fuego líquido, al haber envuelto como en un gran latigazo todo el habitáculo del cuerpo, volvió a localizarse y fijarse, con una fuerza tenaz, desesperante, en la vagina y el recto. Recuerdo que de niña me había reído, aunque haciendo muecas de malestar y repulsión, la primera vez que sorprendí a un criado empleando la expresión: llevar fuego en el culo. Ahora lo llevaba en el mío. Hubiese podido jurar que esa parte tan secreta de mi cuerpo estaba, al quemarse, en carne viva. El dolor, sin embargo, había dejado de ser intolerable, pero en realidad hubiera podido decirse que una hoguera ahogada roncaba dentro de mí. Rechinaba los dientes y quise empezar a correr, buscando agua, hierba, aire, noche, algo que apagara por poco que fuese esta monstruosa combustión. Las mujeres, riendo, se colgaron de mis brazos para retenerme. Sentía que estaba volviéndome loca. Sin embargo, la vieja bruja no había actuado desatinadamente. Cuando vi claramente que no podía escapar, mi cuerpo pareció comprender por sí mismo dónde encontraría alivio. Tirando con todas mis fuerzas de las manos de las mujeres que me agarraban, corrí a pegar mi cuerpo entero al primer indígena a mi alcance. Por suerte estaba desnudo, y el solo contacto con esa desnudez me proporcionó un fugaz enfriamiento, una promesa. Pero el miserable cretino, con el choque de mi cuerpo, y también porque mi extravío y mi furiosa carga le produjeron una irrefrenable risa, desempalmó en cuanto le toqué. Por lo que, liberándome furiosamente de las mujeres que todavía me sujetaban, le masturbé frenéticamente y, en cuanto estuvo en condiciones, me la metí de un golpe dentro de mí. Pienso que debió creer que era asaltado y violado por una zarza ardiente, porque poco faltó para que los ojos le saltaran. Bailé literalmente sobre su verga, totalmente despreocupada de que él se afanase o no. Al mismo tiempo enseñé los dientes a Ra-Hau, como una hiena, demasiado atareada y demasiado despavorida para ni tan sólo poder pronunciar su nombre. Comprendió, y a su vez se situó junto a mi espalda, abriéndome salvajemente las nalgas y enculándome con el mismo movimiento. Creí que mi ano explotaba y, sin embargo, nunca fui tan bien satisfecha como cuando su enorme aparato me dilató las entrañas. Realmente era como beber cuando se tiene sed. Muy aprisa, demasiado aprisa, saltando sobre sus dos pollas, les arranqué una doble ola de esperma, vaciándoles los cojones como bolsillos que se vuelven del revés. La mandíbula de los dos brabucones les pendía y rodaron por el suelo con ojos de buey. El fuego en realidad no me abandonaba, renacía como de sí mismo bajo la breve caricia del esperma. Por eso expulsé sin ceremonia alguna a los dos leños fuera de uso y de nuevo me abalancé sobre el primer indígena. Los otros esta vez me impidieron violarlo. Me agarraron, me echaron de espaldas sobre una especie de banqueta y me doblaron las rodillas sobre el pecho. No dejaba de jadear y de palpitar, no de placer ciertamente, sino porque la infernal quemadura me aguijoneaba. Los hombres empezaron a metérmela casi uno detrás de otro. Esa noche ni se habló de lavarme. Incluso me pregunto si todos mis servidores estuvieron ni tan sólo el tiempo de gozar. Uno me atacaba de pronto lo mejor que podía la vagina y, a pesar de mi posición, le sacudí los riñones casi para rompérselos. Seguía rechinando los dientes, echaba espumarajos cuando tenía un apaciguamiento pasajero y cuando la nueva verga, cuyo calor incluso me parecía refrescante, se abría camino en el corazón de las mucosas inflamadas. Luego, llena de impaciencia, enloquecida, tan pronto como ese pequeño frescor empezaba a disiparse, con una contracción espasmódica de la entrada de la vagina, cizallaba la picha del hombre, con el fin de sacarle todo el jugo y rechazarla. Al instante, otro tomaba su lugar, o más bien estaba entre mis nalgas y me atiborraba el recto. Con ayuda de un furioso balanceo de las caderas y de una súbita contracción del ano, lograba sacarle tan deprisa como a su compañero. Las mujeres incluso tuvieron que sentarse sobre mis brazos y manos para impedirme balancear los testículos de estos miserables endebles, al igual que si tañeran campanas, al mismo tiempo que me jodían. Por mi propia voluntad, valga la expresión, esa noche creo que despaché a más de la mitad de los hombres disponibles de la tribu. « Todos los perfumes de Arabia no purificarían esta pequeña mano », a veces citaba a mi padre « All the perfumes of Arabia will not sweeten this little hand », Macbeth. La pretendida virilidad de cualquier rebaño de hombres no podría agotar la minúscula vulva de una mujer.
Sin embargo, estaba molida. Era como si me hubieran apaleado con barras de hierro. En aquel momento hubieran podido hacerme trizas o hacer que montase un caballo de verdad, y no habría esbozado el más mínimo movimiento de defensa.

Cruel Zelanda (Jacques Serguine)


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