Prologo de El Libertino

miércoles, 30 de abril de 2014




Para que nada nos separe,
 que no nos una nada.


Pablo Neruda (1904-1973)


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martes, 29 de abril de 2014




LA MANO DE ONÁN SE QUEJA

Yo soy el sexo de los condenados.
No el juguete de alcoba que economiza vida.
Yo soy la amante de los que no amaron.
Yo soy la esposa de los miserables.
Soy el minuto antes del suicida.
Sola de amor, mas nunca solitaria,
limitada de piel, saco raíces...
Se me llenan de ángeles los dedos,
se me llenan de sexos no tocados.
Me parezco al silencio de los héroes.
No trabajo con carne solamente...
Va más allá de digital mi oficio.
En mi labor hay un obrero alto...
Un Quijote se ahoga. entre mis dedos,
una novia también que no se tuvo.
Yo apenas soy violenta intermediaria,
porque también hay verso en mis temblores,
sonrisas que se cuajan en mi tacto,
misas que se derriten sin iglesias,
discursos fracasados que resbalan,
besos que bajan desde el cráneo a un dedo,
toda la tierra suave en un instante.
Es mi carne que huye de mi carne;
horizontes que saco de una gota,
una gota que junta
todos los ríos en mi piel, borrachos;
un goterón que trae
todas las aguas de un ciclón oculto,
todas las venas que prisión dejaron
y suben con un viento de licores
a mojarse de abismo en cada uña,
a sacarme la vida de mi muerte.


(Manuel Cabral)


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lunes, 28 de abril de 2014




Mientras que el corazón tiene deseo, 
la imaginación conserva ilusiones.

François René De Chateaubriand

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domingo, 27 de abril de 2014




La unión de los animales, dicen, se parece a una disputa, porque el amor tiene la naturaleza de una disidencia y enfado. Los golpes forman parte de la pasión. Los lugares son los hombros, la cabeza, el espacio entre los senos, las espaldas, el pubis, los costados; pertenecen a cuatro variedades: con el revés de la mano, con la mano en forma de copa, con el puño y con la palma de la mano.
De éstos, a los que corresponde un dolor, se origina la emisión de gemidos de muchas clases; hacen ocho con los gritos, que son: pronunciar el sonido hinn, tronar, arrullar, llorar, emitir los sonidos sut, uf y pufff. Luego hay palabras que quieren decir "mama", que expresan oposición, deseo que le dejen a uno libre, "basta" y otras con significado parecido. Además se pueden imitar (los gritos) de la tórtola, del cuclillo, de la paloma y del papagayo, el zumbido de las abejas y (las voces) de la gallineta, de la oca, de la pata y de la perdiz, todos mezclados con gemidos.
Cuando la mujer se sienta de rodillas, se la puede golpear con el puño en la espalda. Entonces, como si estuviera enfadada, ella tiene que imitar el ruido del trueno, llorar, arrullar y devolver el golpe. Durante la unión, el hombre la golpee entre los senos con el revés de la mano, comenzando suavemente y aumentando según va creciendo la pasión, hasta el clímax. Entonces, cuando se le pega, ella emite el sonido hinn y todos los demás, sin restricción, insistiendo y variando.
Cuando se le pega en la cabeza con los dedos un poco curvados mientras ella se muestra arisca y emite el sonido pufff, se tiene el golpe con la mano "en forma de copa". Entonces ella arrulle desde lo más profundo de la garganta e insista con el sonido pufff. Al terminar la unión, se expresará con suspiros y llantos. Pronunciar el uf significa imitar el ruido, poco más o menos, de una caña de bambú que se parte; el pufff se parece, por el contrario, a una baya de yuyuba que se cae en el agua.
En los casos en que recibe besos y otras prácticas de amor la mujer debe corresponder con gemidos. Si, por la pasión, se le pega con insistencia, utilice palabras que expresen oposición, deseo de que le dejen libre, "basta", invoque a su madre y grite, imitando, a la vez, el ruido del trueno entre suspiros apagados y llantos. Cuando está a punto de concluir la excitación, él golpee el pubis y los costados, desahogándose, hasta el clímax. Aquí eleve de prisa el grito de la perdiz o de la oca. Son los distintos modos de utilizar los sonidos y los golpes.
Llamamos esencia del hombre a la rudeza y a la impetuosidad; la impotencia, el dolor, el retirarse y la debilidad, esencia de la mujer.
En ocasiones, por la pasión y la costumbre, puede tener lugar una permuta, pero no por mucho tiempo, y, al terminar, se vuelve a la naturaleza de cada uno.


Sir Richard Burton

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viernes, 25 de abril de 2014




El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.

Anaïs Nin (1903-1977)

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jueves, 24 de abril de 2014




Inmediatamente forman un círculo, me sitúan en el centro, y allí, durante más de dos horas, soy examinada, valorada, manoseada por los cuatro frailes, recibiendo sucesivamente de cada uno de ellos elogios o críticas.

––Me permitiréis, señora, ––dijo sonrojándose nuestra bella prisionera––, ocultaros una parte de los detalles obscenos de la odiosa ceremonia. Que vuestra imaginación suponga todo lo que el desenfreno puede dictar en tal caso a unos malvados; que los vea pasar sucesivamente de mis compañeras a mí, comparar, relacionar, confrontar, discurrir, y sólo obtendrá verosímilmente una débil imagen de lo que realizaron en estas primeras orgías, muy suaves, sin duda, en comparación con todos los horrores que no tardaría en experimentar.

––Vamos ––dice Severino cuyos deseos prodigiosamente exaltados ya no pueden contenerse, y que en este horrible estado parece un tigre dispuesto a devorar a su víctima––, que cada uno de nosotros la someta a su placer favorito.

Y el infame, colocándose en un canapé en la actitud propicia para sus execrables proyectos, haciéndome sostener por dos de sus frailes, intenta solazarse conmigo de aquella manera criminal y perversa que sólo nos hace semejarnos al sexo que no poseemos degradando el propio. Pero, o ese impúdico está demasiado vigorosamente dotado, o la naturaleza se rebela en mí ante la mera sospecha de esos placeres: no consigue vencer los obstáculos; tan pronto como se presenta, es inmediatamente rechazado... Abre, empuja, desgarra, todos sus esfuerzos son inútiles; el furor de ese monstruo se dirige contra el altar que sus deseos no pueden alcanzar; lo golpea, lo pellizca, lo muerde. Nuevas posibilidades nacen del seno de tales brutalidades; las carnes reblandecidas ceden, el sendero se entreabre, el ariete penetra. Yo lanzo unos gritos espantosos. La masa entera no tarda en ser engullida, y la culebra, arrojando inmediatamente un veneno que le arrebata las fuerzas, cede finalmente, llorando de rabia, a los movimientos que yo hago para soltarme. En toda mi vida no había sufrido tanto.

Se adelanta Clément; está armado con varas; sus pérfidas intenciones estallan en sus ojos:

––Me toca a mí ––le dice a Severino––, me toca a mí vengaros, padre mío; me toca a mí corregir a esta pécora por resistirse a vuestros placeres.

No necesita que nadie me sostenga; uno de sus brazos me rodea y me aprieta contra una de sus rodillas, de manera que, presionando mi vientre, pone más al descubierto lo que servirá a sus caprichos. Al principio tantea sus golpes, parece que sólo tenga la intención de prepararse; pronto, inflamado de lujuria, el depravado golpea con todas sus fuerzas: nada queda a salvo de su ferocidad; de la mitad de las caderas hasta las pantorrillas, todo es recorrido por el traidor; atreviéndose a mezclar el amor con esos crueles momentos, su boca se pega a la mía y quiere absorber los suspiros que los dolores me arrancan... Mis lágrimas corren, las devora, sucesivamente besa y amenaza, pero sigue golpeando; mientras actúa, una delas mujeres le excita; arrodillada delante de él, lo trabaja diferentemente con cada una de sus manos, y cuanto más lo consigue, con más violencia me llegan sus golpes. Estoy a punto de ser desgarrada cuando nada anuncia todavía el final de mis males: de nada sirve que se prodigue por todas partes. El final que yo espero sólo dependerá de su delirio. Una nueva crueldad lo determina: mi pecho está a la merced de ese hombre brutal, le excita, hunde en él sus dientes, el antropófago lo muerde: este exceso provoca la crisis, el incienso se escapa. Unos gritos espantosos y unas terribles blasfemias han señalado su arrebato, y el fatigado monje me abandona a Jérôme.

No seré más peligroso para tu virtud que Clément ––me dice el libertino acariciando el altar ensangrentado donde acaba de sacrificar el otro fraile––, pero quiero besar esos surcos; si yo también soy capaz de entreabrirlos, les debo algún honor. Quiero aún más ––prosigue; hundiendo uno de sus dedos en el lugar donde se había metido Severino––, quiero que la gallina ponga, y quiero devorar su huevo... ¿Está ahí?... ¡Sí, pardiez!... ¡Oh, hija mía, qué delicado es!...

Su boca sustituye los dedos... Me explican lo que tengo que hacer, lo hago con asco. En la situación en que me encuentro, ¡ay de mí, no me está permitido negarme! El indigno está contento... traga, y después, haciéndome arrodillar delante de él, se pega a mí en esa posición; su ignominiosa pasión se satisface en un lugar que me impide cualquier protesta. Mientras actúa así, la mujer gorda lo azota, y otra, situada a la altura de su boca, cumple el mismo deber al que yo he acabado de ser sometida.

No basta ––dice el infame––, quiero que cada una de mis manos... siempre nos quedamos cortos...
Las dos jóvenes más bonitas se acercan, obedecen: estos son los excesos a que la saciedad ha conducido a Jérôme. En cualquier caso, las impurezas le llenan de felicidad, y mi boca, al cabo de media hora, recibe finalmente, con una repugnancia que os será fácil adivinar, el asqueroso homenaje de aquel hombre depravado.
Aparece Antonin.

––Vamos a ver ––dice–– esta virtud tan pura; estropeada por un solo asalto, ya no debe notarse.

Sus armas están en ristre, se serviría gustosamente de los procedimientos de Clément. Ya os he dicho que la fustigación activa le gusta tanto como al otro monje, pero como está apresurado le parece suficiente el estado en que me ha dejado su compañero. Me examina, disfruta, y dejándome en la postura que todos ellos prefieren, manosea un instante las dos medias lunas que impiden la entrada. Zarandea furiosamente los pórticos del templo, no tarda en llegar al santuario: el asalto, aunque tan violento como el de Severino, realizado en un sendero menos estrecho, no es sin embargo tan rudo de soportar. El vigoroso atleta coge mis dos caderas, y supliendo los movimientos que yo no puedo hacer me sacude contra su cuerpo con vigor; diríase, por los esfuerzos redoblados de ese Hércules, que, no contento con ser dueño de la plaza, quiere reducirla a polvo. Unos ataques tan terribles, y tan nuevos para mí, me hacen sucumbir; pero, sin inquietarse por mis penas, el cruel vencedor sólo piensa en aumentar sus placeres; todo le circunda, todo le excita, todo contribuye a sus voluptuosidades. Frente a él, subida a mis caderas, la joven de quince años, con las piernas abiertas, ofrece a su boca el mismo altar en el que realiza su sacrificio conmigo, sorbe gustosamente el precioso jugo de la naturaleza cuya emisión acaba ésta de conceder a la chiquilla. Una delas viejas, arrodillada delante de las caderas de mi vencedor, las mueve, y avivando sus deseos con su lengua impura, consigue su éxtasis, mientras que para calentarse aún más el libertino excita a una mujer con cada una de sus manos. No hay uno de sus sentidos que no sea provocado, ni uno que no contribuya a la perfección de su delirio; lo alcanza, pero mi constante horror por todas sus infamias me impide compartirlo...
Lo consigue solo, sus gestos, sus gritos, todo lo anuncia, y me siento inundada, a pesar mío, por las pruebas de una llama que sólo contribuyo a encender en una sexta parte. Me desplomo finalmente sobre el trono donde acabo de ser inmolada, sintiendo únicamente mi existencia a través del dolor y de las lágrimas... de la desesperación y de los remordimientos...

Entonces el padre Severino ordena a las mujeres que me den de comer, pero muy lejos de prestarme a estas atenciones, un acceso de furiosa pena asalta mi alma. Yo, que ponía toda mi gloria, toda mi felicidad, en mi virtud, yo, que me consolaba de todos los males de la fortuna, con tal de ser siempre decente, no puedo soportar la horrible idea de verme tan cruelmente mancillada por aquellos de quienes debía esperar el máximo socorro y consuelo: mis lágrimas manan en abundancia y mis gritos hacen resonar la bóveda. Ruedo por los suelos, me golpeo los pechos, me meso los cabellos, invoco a mis verdugos, y les suplico que me den muerte... ¿Creeréis, señora, que tan espantoso espectáculo sólo consigue excitarlos más?

   ¡Ah! –– dice Severino––, nunca he disfrutado de una escena más hermosa. Ved, amigos míos, en qué estado me pone; es increíble lo que consiguen de mí los dolores femeninos.

   Sigamos con ella ––dice Clément––, y para enseñarle a gritar de este modo que, en este segundo asalto, la bribona sea tratada con mayor crueldad.

Dicho y hecho; Severino toma la iniciativa pero, por mucho que dijera, sus deseos necesitaban un grado de excitación superior, y, sólo después de haber utilizado los crueles medios de Clément, consiguió reunirlas fuerzas necesarias para la realización de su nuevo crimen. ¡Qué exceso de ferocidad, Dios mío! ¡Cómo era posible que esos monstruos la llevaran al punto de elegir el instante de una crisis de dolor moral por la violencia que sentía para hacerme sufrir otro dolor físico tan bárbaro!

   Sería injusto que no utilizara como principal con esta novicia lo que tanto nos sirve como accesorio ––dice Clément comenzando a actuar––, y os aseguro que no la trataré mejor que vosotros.

   Un momento ––dice Antonin al superior al que veía a punto de cogerme de nuevo––; mientras vuestro celo va a exhalarse en las partes traseras de esta hermosa joven, me parece que yo puedo incensar al Dios opuesto; la pondremos entre los dos.

Me colocan de tal manera que todavía puedo ofrecer la boca a Jérôme; se lo exigen. Clément se coloca en mis manos; me veo obligada a masturbarlo. Todas las sacerdotisas rodean el espantoso grupo. Cada una de ellas presta a los actores lo que sabe que más debe enardecerlo. Sin embargo, yo soporto todo; el peso entero recae exclusivamente sobre mí. Severino da la señal, los tres restantes no tardan en seguirle, y ya me tenéis, por segunda vez, indignamente mancillada por las pruebas de la repugnante lujuria de unos indignos bribones.


"Los infortunios de la virtud"  (Marqués de Sade)

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miércoles, 23 de abril de 2014




"Lo que ocurre es que piensa en mí placer, me habla, me sonríe. Con él, al igual que con el señor Raoul o el señor Gimnasta, dejo de ser un animal de labor que se pasa días enteros dando vueltas al mismo ritmo. Con él soy una mujer"


En los salones del Placer (Jacques Cellard)


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martes, 22 de abril de 2014




Esclava mía

ESCLAVA mía, témeme. Ámame. Esclava mía!
Soy contigo el ocaso más vasto de mi cielo,
y en él despunta mi alma como una estrella fría.
Cuando de ti se alejan vuelven a mí mis pasos.
Mi propio latigazo cae sobre mi vida.
Eres lo que está dentro de mí y está lejano.
Huyendo como un coro de nieblas perseguidas.
Junto a mí, pero dónde? Lejos, lo que está lejos.
Y lo que estando lejos bajo mis pies camina.
El eco de la voz más allá del silencio.
Y lo que en mi alma crece como el musgo en las ruinas.

( Pablo Neruda )

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lunes, 21 de abril de 2014




Los hombres que no perdonan a las mujeres sus pequeños defectos jamás disfrutarán de sus grandes virtudes.

Khalil Gibran (1883-1931)


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viernes, 18 de abril de 2014

Gracias Don Gabriel, por todo lo que nos ha dado y enseñado.
Jamás morirá…, pues jamás será olvidado.
Se lo juro por Macondo

(Sayiid)

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...Ella no hubiera permitido que él le tocara ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal, pero tampoco él lo había intentado. Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el camisón embutió trapos en la rendija de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacía, dijo de buen humor:

-      Qué quieres doctor, es la primera vez que duermo con un desconocido.

El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de Paris que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo "Yo lo sé hacer sola". Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.

Al cabo de un rato volvió agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. El la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. "Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco". La sintió sonreír y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.

-      Lo recuerdo muy bien, dijo, y todavía no se me pasa la rabia.

Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida y se la cubrió de besitos huérfanos...Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo "es un escapulario". Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. "Más fuerte" dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él ni se dejó entrelazar los dedos, sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación, pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil como si lo hubiera tirado en la basura.

-      Nunca he podido entender cómo es ese aparato, dijo.

Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba y ella se la dejaba llevar con obediencia de alumna ejemplar. El sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo "Yo veo mejor con las manos". En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella sin que nadie se lo ordenada, y así fue. El la vio entonces en posición fetal, y además cubierta por la sábana bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con tal interés que ya empezaba a parecer más que un científico, y dijo en conclusión "Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres". Él estuvo de acuerdo y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: "Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana"....

...Ella se rio divertida de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio, un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.

-      No vamos a seguir con la clase de medicina, dijo.

-      No, dijo él, ésta va a ser de amor.

Entonces le quitó la sábana de encima y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.

Él era consciente de que no la amaba....pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en la que hablaron de todo hasta el amanecer, ni habrían de hablarlo nunca. Pero, a la larga, ninguno de los dos se equivocó.

Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía siendo virgen, pero no habría de serlo por mucho tiempo. La noche siguiente, en efecto, después que él le enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándolo desnuda en la cama. Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigio de ceremonia sangrienta que la rosa del honor en la sábana. Ambos lo hicieron bien, casi como un milagro y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendían como amantes antiguos.

El amor en los tiempos de cólera (Gabriel García Márquez)


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jueves, 17 de abril de 2014




Con una especie de gruñido de satisfacción, mi tío se incorporó. Yo doblé las rodillas, giré sobre un costado y me recliné en una esquina del sofá. La gruesa polla de mi tío vertió la última gota de su rocío. Ambos volvimos un instante la mirada hacia Elaine, que ahora yacía con la cabeza y los hombros sobre una larga mesa, apoyada en un segundo semental cuyos testículos sobresalían bajo el trasero de ella. Con las piernas levantadas, los tobillos de Elaine abrazaban la cintura de él.
-Lo está cabalgando realmente muy bien-Murmuró Davina, sentándose al otro lado de mi tío, de modo que él quedara en medio de nosotras.
Tomó su pene entre las manos, con una exquisita delicadeza. Los ojos de él aparecían vidriosos. Arrodillado junto a Elaine se encontraba el joven que la había besado antes y que ahora introducía un rígido miembro en su trasero. Unos metros más lejos, alguien estaba follando a nuestra anfitriona.

Deliciosamente Libertinas (Georges Bernard)


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lunes, 14 de abril de 2014




Escribir es como hacer el amor. No te preocupes por el orgasmo,
 preocúpate del proceso.


Isabel Allende


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domingo, 13 de abril de 2014




Yo observé que no podía concebir cómo era posible que los hombres tuvieran un gusto universalmente considerado odioso y que además era absurdo e imposible de gratificar ya que, según mis ideas y la experiencia que tenía de las cosas, la naturaleza no podía forzar una desproporción tan grande. La señora Cole se limitó a sonreír ante mi ignorancia y no dijo nada para desengañarme, cosa que sucedió ante una demostración ocular que me proporcionó un singular accidente pocos meses después, y que os relataré aquí para no tener que volver sobre un asunto tan desagradable.
Con el plan de visitar a Harriet, que había alquilado una casa en Hampton-court, había contratado una carroza para ir hasta allí. La señora Cole había prometido acompañarme, pero algún negocio impostergable intervino para retenerla y tuve que partir sola; apenas había recorrido un tercio del camino cuando el eje de las ruedas se rompió y yo me consideré afortunada cuando entré, sana y salva, en una posada de bastante buena apariencia que había allí. Allí me dijeron que la silla de postas llegaría dentro de dos horas, como máximo y yo decidí que era mejor aguardarla que desistir de mi excursión, de modo que fui conducida por dos tramos de escaleras hasta una habitación muy limpia y decente de la que tomé posesión por el tiempo que debía esperar, con derecho a pedir todo lo necesario para hacer justicia a la posada.
Allí, mientras me entretenía mirando por la ventana, llegó una silla de posta tirada por un solo caballo, de la que saltaron ágilmente dos jóvenes caballeros, porque eso parecían, que entraron como si sólo desearan comer algo y refrescarse un poco, ya que dieron orden de que su caballo se mantuviera listo para proseguir viaje. Después escuché el ruido de la puerta de la habitación vecina, donde los hicieron entrar y dieron unas apresuradas órdenes; en cuanto fueron servidos oí que cerraban la puerta y echaban el cerrojo por dentro.
Un espíritu de curiosidad, nada súbito por demasiado frecuente, me impulsó, sin sentir ninguna sospecha especial, a observar cómo eran sus personas y conducta. La separación de nuestras habitaciones era un tabique de esos que se retiran ocasionalmente para hacer de las dos habitaciones una, cuando lo requieren los huéspedes; ahora mi cuidadosa búsqueda no me proporcionó ni la sombra de una mirilla, circunstancia que probablemente no había escapado al examen de los sujetos del otro lado, a quienes mucho les interesaba no errar en ello. Finalmente observé un parche de papel, del mismo color del friso que, según supuse, escondía alguna falla; estaba tan alto que me vi obligada a subirme en una silla para alcanzarlo, cosa que hice en el mayor silencio posible; con la punta de un alfiler lo atravesé, obteniendo suficiente espacio para espiar. Y ahora, acercando el ojo, dominé perfectamente la habitación y pude ver a mis dos jóvenes galanes retozando y empujándose en lo que consideré travesuras y juegos inocentes.
El mayor podía tener, según supongo, unos diecinueve años; era un muchacho alto y agraciado que llevaba una levita de fustán, una capa verde de terciopelo y una peluca rizada.
El más joven no podía tener más de diecisiete, era rubio, saludable, bien formado y, para decir la verdad, un mozuelo guapo y dulce. Era, supongo, un campesino, a juzgar por sus ropas que consistían en una chaqueta de felpa verde y calzones iguales, chaleco y medias blancas; una gorra de chalán cubría sus cabellos rubios, largos, rizados y sueltos.
Después vi que el mayor echaba una mirada de inspección a todo el rededor de la habitación, aunque probablemente estaba demasiado apurado e inflamado para no haber pasado por alto el pequeño agujero en que yo estaba apostada, especialmente porque era muy alto y mi ojo, muy próximo a él impedía que pasara la luz, traicionando mi presencia; entonces dijo algo a su compañero que modificó rápidamente el aspecto de las cosas.
Porque ahora el mayor comenzó a abrazar y besar al más joven, a poner sus manos en su pecho y a dar señales tan evidentes de sus intenciones amorosas que me hicieron concluir que el otro era una mujer disfrazada; un error en el que coincidí con la naturaleza que, ciertamente, había errado otorgándole el sexo masculino.
Entonces, con la impulsividad de sus años y decididos como estaban a cumplir sus proyectos de descabellado placer, arriesgándose a las peores consecuencias, ya que no era nada improbable que fueran descubiertos, llegaron a extremos tales que pronto supe quiénes eran.
Finalmente, el mayor desabotonó los calzones del otro y retirando la barrera de lino puso a la vista una vara blanca, de tamaño medio y apenas madura; después de palparla y jugar un poco con ella y otros coqueteos —todo lo cual era recibido por el chico sin más oposición que una cierta timidez vacilante, diez veces más agradable que repulsiva— hizo que se volviera, dando la cara a una silla que estaba allí; este Ganímedes que, supongo, conocía su oficio, inclinó obsequiosamente su cabeza contra el respaldo y proyectando su cuerpo hacia atrás ofreció un buen blanco, aún cubierto por la camisa; yo lo veía de lado pero su compañero de frente. Este desenmascaró su artillería y exhibió una macana muy adecuada para convencerme de que era imposible que las cosas se llevaran a extremos tan odiosos, a causa de la desproporción de las partes; empero iba a ser curada de mi incredulidad, incredulidad de la que todos los jóvenes deberían curarse por intermedio mío para que su inocencia no sea atrapada en una celada semejante, por más de desconocer la importancia del peligro. Nada es más cierto que la ignorancia de un vicio no nos preserva de él.
Entonces, haciendo a un lado la camisa del chico y sujetándola debajo de sus ropas, puso a la vista esas eminencias carnosas y globulares que componen los montes del placer de Roma, y que ahora, con el angosto valle que los separa estaban en exhibición y expuestos a su ataque; no pude contemplar las disposiciones que tomó sin estremecerme. Primero, humedeciendo bien con saliva su instrumento, obviamente para ayudarlo a deslizarse, y luego apuntándolo y embutiéndolo, como pude discernir claramente, no sólo por la dirección y porque lo perdí de vista sino por los retorcimientos, las contorsiones y las quejas suavemente murmuradas del sufriente joven. Finalmente, cuando los primeros estrechos de la entrada fueron atravesados todo pareció moverse y funcionar con mucha normalidad, como en un sendero alfombrado, sin roces ni barreras; ahora, pasando un brazo alrededor de las caderas de su querido, se apoderó de su juguete de marfil coronado de rojo que estaba perfectamente rígido y mostraba que aunque por detrás fuera como su madre, por delante era como su padre; así se entretuvo mientras con la otra mano jugueteaba con sus cabellos e, inclinándose hacia adelante cogió su cara, de la que el chico sacudió los rizos que la cubrían a causa de su postura, y acercándola a la suya recibió un largo beso. Después renovó sus impulsos y, continuando el castigo de su trasero, alcanzó la culminación del acceso con los síntomas habituales, dando por terminada la acción.
Tuve la paciencia de contemplar hasta el fin esta criminal escena simplemente para poder reunir más hechos y certezas contra ellos, en mi deseo de hacer justicia con estos desertores; por tanto, cuando recompusieron sus ropas y se prepararon para marcharse, ardiendo como estaba por la rabia y la indignación, salté de la silla con ánimo de alborotar a toda la casa en contra de ellos; lo hice con tanta impetuosidad y mala suerte que algún clavo o aspereza del suelo enganchó mi pie y me hizo caer de cara, con tanta violencia que quedé sin sentido y debo haber quedado allí bastante tiempo ya que nadie acudió a ayudarme. Ellos, alarmados, supongo, por el ruido de mi caída tuvieron más tiempo del necesario para retirarse sin riesgos. Lo hicieron, según me enteré, con una precipitación que nadie comprendió hasta que volví en mí y lo suficientemente compuesta para poder hablar, enteré a los de la casa de la transacción de que había sido testigo.
Cuando volví a casa y narré mi aventura a la señora Cole ella me dijo, con mucha sensatez, que no había duda de que tarde o temprano, el castigo alcanzaría a esos malvados, aunque por ahora escaparan de él y que si yo hubiese sido el instrumento momentáneo de ese castigo, hubiese sufrido mucho más angustia y confusión de lo que imaginaba. En cuanto a la cosa en sí misma, cuanto menos se hablara, mejor, pero que aunque ella podía ser sospechosa de parcialidad por hacer causa común con todas las mujeres, de cuyas bocas esta práctica quitaba algo más que el pan, no podía ser acusada de pasión haciendo una declaración que surgía del amor a la verdad, a saber, que fuesen los que fuesen los efectos de esta infame pasión en otros tiempos y otros países, parecía existir una particular bendición en nuestro aire y nuestro clima, porque la marca de la plaga está visiblemente impresa en quienes están corrompidos por ella, al menos en esta nación, ya que entre todos los de esa calaña que había conocido, o por lo menos, de las que eran universalmente sospechosos de escándalo, no podía nombrar ni a uno cuyo carácter no fuera en todos los otros aspectos indigno y despreciable y desprovisto de todas las virtudes varoniles de su propio sexo, y llenos sólo de los peores vicios y locuras del nuestro; que in fine, eran apenas menos execrables que ridículos en su monstruosa inconsistencia de despreciar y condenar a las mujeres y, al mismo tiempo, imitar sus modales, sus aires, sus gestos y su volubilidad y, en general, todas sus afectaciones que, por lo menos, las favorecían más que a esas señoritas-macho sin sexo.


Fanny Hill (John Cleland)



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jueves, 10 de abril de 2014




Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar
 por ocuparme de tareas pendientes
 o por virtud puritana.

Isabel Allende


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miércoles, 9 de abril de 2014




MARCADA

Marcada…

Por la fuerza de mi deseo,
por la señal de mi dominio,
por mi fuerza y mi carácter,
por mis múltiples apetitos…

Marcada…

Por el destino atrevido,
que a mi lado te ha traído,
por tu terca decisión,
y tu espíritu contrito,
que te permitió luchar,
donde otras se han rendido…

Marcada…

Por el apetito que despiertas
en mi cuerpo ya marchito,
por el dolor que me ofreces,
por tu espíritu ya sumiso,
y por tu alma sometida
al Dueño por ti elegido.

Marcada…

Marcada ya sin retorno,
no a fuego, sino a líquido.
Marcada tu piel, tu carne,
tu alma, tu esencia y tu espíritu…
Marcas que ya no se borran,
por mucho que hayas vivido,
pues  quien a su Amo se entrega,
para siempre la libertad ha perdido,
y pase lo que pase…
y vivas lo que vivas…
mía eres, serás y has sido…
(por siempre)

(Sayiid)



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martes, 8 de abril de 2014




Aunque diga que la has poseído con violencia, no te importe; esta violencia gusta a las mujeres: quieren que se les arranque por fuerza lo que desean conceder. La que se ve atropellada por la ceguedad de un pretendiente, se regocija de ello y estima su brutal acción como un rico presente, y la que pudiendo caer vencida sale intacta de la contienda, simula en el aspecto la alegría, más en su corazón reina la tristeza. Febe se rindió a la violencia, lo mismo que su hermana, y los dos raptores fueron de sus víctimas muy queridos.


El arte de amar (Ovidio)

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lunes, 7 de abril de 2014




La crueldad misma está motivada 
por algo más profundo: 
el deseo de conocer el secreto de las cosas y de la vida.


Erich Fromm

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