Prologo de El Libertino

viernes, 30 de mayo de 2014




Lo peor de la pasión es cuando pasa, cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos.

Joaquín Sabina


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jueves, 29 de mayo de 2014




"No somos niños de Jesús ni de María, eso no, pero, de todas formas, vivir del culo no es impedimento para tener buen corazón, ¿no?. Ni vivir de rentas tampoco."


En los salones del Placer (Jacques Cellard)

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miércoles, 28 de mayo de 2014




Bajo tu clara sombra

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena....
Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas
(Octavio Paz)

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martes, 27 de mayo de 2014




En el amor, uno y uno son uno.

Jean Paul Satre (1905-1980)


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lunes, 26 de mayo de 2014




Me desvestí lo más rápidamente que pude, y me uní a él para escoltarlo hasta la recámara de su amada, la que, en efecto, estaba abierta, y en cuyo oscuro interior penetró sin hacer ruido.
Era evidente que ella estaba despierta y que esperaba su visita, pues pude oír sus apasionados besos, y las exclamaciones de deleite cuando él acariciaba el lindo cuerpo de la muchacha.
— Amor mío, es preciso que encienda las luces para que mis ojos puedan solazarse con tu belleza. ¿Por qué las apagaste?
Ella opuso una débil resistencia, pero pronto estuvo la habitación iluminada por media docena de candelas.
Yo observaba al través del ojo de la cerradura, escuchando con ansia cada palabra que decían.
— Sentémonos uno junto al otro, amorcito, y disfrutemos del contacto de nuestros cuerpos desnudos antes de dedicarnos a besarlos.
Pude ver cómo las camisas de noche de él y de ella estaban levantadas lo más arriba posible, así como la forma en que palpitaba la verga de él apuntando hacia el vientre de ella. El hizo que Rosa lo asiera, y pasando una de sus piernas por encima de los muslos de la joven trató de colocar la cabeza de su verga entre las piernas de la muchacha.
— ¡Ah! ¡No, no! ¡Nunca! ¡Me lo prometió usted por su honor, caballero! — Casi gritó ella alarmada, mientras luchaba por desprenderse del estrecho abrazo en que él la tenía sujeta
—.¡No! ¡No! ¡No se lo permitiré nunca!
Sus buenos modales parecieron trocarse en furia desenfrenada.
Pero él; de repente, la colocó de espaldas, con las piernas de él embutidas entre sus muslos.
— ¡Honor! ¡Honor! — Decía riendo —¿Cómo es posible que lo tenga cuando me estás tentando así, Rosa? Me has puesto al borde de la locura con las libertades que me permitiste. Es inútil que te resistas. Antes moriré que dejar de poseerte ahora, queridita.
Ella luchó desesperadamente, en silencio, durante unos momentos, pero la desigualdad de fuerzas era patente.
Poco a poco se colocó él en posición, y luego, rápida y despiadadamente, se aprovechó de que estaba exhausta para violarla.
En un principio ella parecía insensible, y me aproveché del corto lapso en que permaneció inconsciente para entrar en la alcoba y arrodillarme al pie de la cama, desde donde pude contemplar a gusto cómo el arma ensangrentada de mi amigo entraba y salía en su despedazada virginidad.
Al cabo de un rato ella pareció empezar a gozar con aquellos movimientos, especialmente después que él le lubricó la vagina con su primera inyección de jugo de amor. Sus nalgas avanzaban al encuentro de sus acometidas, y sus brazos se abrazaban convulsivamente en torno a su cuerpo, aparentemente reacia a dejarlo ir, hasta que, ambos a una, se vinieron deliciosamente.
Mientras permanecían exhaustos tras de este asalto salí de mi escondite para besar a la muchacha.
Como ella abrió los ojos, puse mi mano sobre su boca para evitar cualquier grito de sorpresa inconveniente, y la felicité por haberse desprendido tan lindamente de su estorbosa virginidad.
Después reclamé mi derecho a participar en la versión, llamando la atención de ella sobre el rampante estado de mi verga, en contraste con el desmayado pene de Frank.
Pude darme cuenta de que en aquellos momentos ella ansiaba repetir el placer que acababa de experimentar.
Sus ojos estaban llenos de lánguido deseo cuando coloqué su mano sobre mi verga.
De acuerdo con lo que previamente habíamos convenido, la convencimos para que cabalgara sobre mí.
Al efecto, fui insertando mi verga con sumo cuidado en su todavía tierno cono para que se preparara lentamente a entrar en acción, pero mi excitación era tan grande, que con una exclamación de deleite descargué una corriente de esperma en sus mismas entrañas, lo cual enardeció a la muchacha, que comenzó a moverse despacio encima de mí, apresando mi arma con su palpitante coño del modo más delicioso.
Pronto estuvimos, pues, emprendiendo otra carrera frenética. Esto era demasiado para Frank, cuya verga estaba de nuevo endurecida como el acero. Ansioso de colocarlo donde fuera, se arrodilló detrás de ella y trató de insertar su pene en el coño de Rosa, al lado del mío, pero tuvo que abandonar la tentativa por resultar demasiado difícil la operación.
Entonces fijó su atención en el rugoso orificio que aparecía entre las nalgas, encantadoramente rosado. Como quiera que la punta de su pene estaba húmeda por el contacto con nuestras emisiones, no encontró gran dificultad, por medio de vigorosas embestidas, para conseguir adentrarse. En aquel momento yo la estaba jodiendo con ímpetu, y ella estaba demasiado excitada para oponerse a nada, de manera que sólo dejó escapar un grito sofocado cuando sintió que él se deslizaba en su interior por un conducto que ella siempre había creído que no tenía más que un solo objeto.
Les pedí que se detuvieran unos instantes para poder gozar la sensación resultante de las posiciones que habíamos alcanzado.
Nuestras vergas latían una contra otra de manera verdaderamente deliciosa, únicamente separadas por la membrana del recto.
Nos vinimos inmediatamente, con gran deleite de parte de Rosa, que a continuación nos apremió para que continuáramos...
Este fue el combate de amor más delicioso que jamás haya librado.
Ella nos lo hizo repetir una y otra vez, y cuando caíamos exhaustos, nos chupaba las vergas para revivirlas.
Duró hasta que el alba vino a advertirnos que era necesario tomar precauciones, y entonces nos retiramos a nuestras respectivas alcobas.


Bajo las Sombras (Anónimo Victoriano)

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domingo, 25 de mayo de 2014




Tu silueta

"Esa silueta poblada de maravillas,
Tus caderas perfectas bien definidas,
Tus piernas suaves,
Tus pechos amables,
Tu piel que me lleva a la locura,
Que me incita a tocarte,
A explorarte con mis manos,
A tocar tú regazo,
A palparte sin retraso…”


(Luis Hidalgo)


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Otra poesía “robada” a lady Isabel SD
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jueves, 22 de mayo de 2014




He de rogar a mis bellas lectoras que no me atribuyan por aquel entonces la menor idea o deseo sobre los favores de la bonita Fanny. Me es imposible no ver bellezas que admiro, pero puedo mirar a un melocotón sin querer devorarlo al punto. Admiré a Fanny desde el principio, ciertamente, pero fue sólo después, cuando ella hizo que mi arma se levantase y me doliesen las ingles de deseo voluptuoso, cuando empecé a desearla. Por más que supiese que debía tener una rajita de lo más deseable, no deseé al punto jugar con ella.


Venus en India (Charles Devereaux)

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miércoles, 21 de mayo de 2014




"La ternura es el reposo de la pasión."


Petrus Jacobus Joubert

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lunes, 19 de mayo de 2014




Es posible que nunca hombre alguno se haya encontrado en una situación tan grotesca como la que ahora me abruma. Me encuentro echado boca arriba en una cama que no es la mía. Naturalmente, esto no sería excepcional si la cama en cuestión no perteneciera a una mujer de cuerpo superlativo, inmenso y blando, cuyo sexo estoy lamiendo. Para que yo pudiera llevar a cabo tan delicada misión, ha colocado la inmensidad sofocante que son sus nalgas sobre mi atribulado rostro.
Desde el primer momento sospeché que me asfixiaría sin remedio; ahora, en cambio, la sospecha ha crecido hasta convertirse en ineludible certidumbre: me estoy asfixiando. El aire se ha enrarecido tanto que ya casi no puedo respirar: he aquí el motivo de mi prisa. Ustedes pensarán probablemente, y con toda la razón del mundo, que la solución a mi problema no deja de ser bastante banal y que me bastaría con abrir la boca y gritar: «¡Detente Daniela, por favor, que me ahogo!». Pero es ahí, precisamente ahí, donde está el meollo de la cuestión: cada vez que intento abrir la boca encima de la que Daniela restriega una y otra vez su vulva, la caricia involuntaria de mis labios le provoca más placer aún, con lo cual, su movimiento se hace más perentorio y el grado de mi asfixia aumenta notablemente. Por ello he decidido serenar mis ánimos y gozar de esta muerte lenta y elefantiásica, amorrada a un sexo enorme que se me traga poco a poco y donde supongo que acabaré enteramente sumergido y con los pies colgando. Una excelente mortaja, sí señor. Y como al parecer el útero de esta mole humana, de esta catarata de carne succionadora, es lo suficientemente elástico como para albergarme enterito, es posible que la pobre no se enterara hasta unos días más tarde. Y yo ya estaría violeta y tieso, macerado en toda clase de jugos de globo gigante.


Pascualino y los Globos (Mercedes Abad)
                                                        
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jueves, 15 de mayo de 2014




Para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto G está en los oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo.

Isabel Allende


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miércoles, 14 de mayo de 2014




La condesa no había sido madre, así los labios y la vagina eran de una tersura y frescor perfectos, de ese maravilloso color rosado que se llama muslo de ninfa. Abrió los grandes labios, y como en esos instantes sus ojos se posaron en el cesto de uvas, de melocotones, de plátanos, tomó el más pequeño pero el más amarillo de los melocotones, y lo puso sobre los pequeños labios, recubriéndolo a medias con los grandes.
—¿Qué me estás haciendo? —preguntó Odette.
—Déjame hacer —dijo Florence— te estoy injertando. No tienes ni idea de lo bien enmarcado que queda este melocotón; desearía ser pintor de bodegones y hacer el retrato de ese melocotón, no por la fruta en sí, sino por el marco.
—Es posible —prosiguió Odette—, pero su terciopelo tan cantado por los poetas, que lo comparan al de nuestras mejillas, me pica como si fueran agujas.
—¡Bueno, espera! —dijo Florence.
Y con un cuchillo de plata quitó la piel del melocotón que, igual que el pétalo de rosa doblado en dos había impedido dormir en toda la noche a un sibarita, irritara en su susceptibilidad femenina la mucosa de la condesa; luego partió el melocotón en dos partes, quitó el hueso y lo volvió a su marco.
—Ahora —dijo Odette—, qué bueno, qué fresco! ¡Y delirante...!
—¡Oh, si lo pudieras ver...! esa mitad de melocotón parece una parte de ti misma y te confiere una nueva virginidad. Ahora voy a comerte; párame cuando sientas los dientes, o soy capaz de devorarte.
Con la mitad del melocotón apretada por los grandes labios, pegó su boca a la concavidad rosa formada por la ausencia del hueso; luego, con la lengua y los dientes empezó a morder y a rebañar esa concavidad, gozando por el gusto; mientras que Odette con un inenarrable placer, preparada para gozar por el movimiento que impulsaba el melocotón, sentía cómo se le iba acercando el instrumento demoledor que hurgaba y destrozaba el obstáculo que le impedía ponerse en contacto directo con ella.
Por fin, el obstáculo desapareció y nada impidió al ariete que había superado tantos obstáculos, ponerse en contacto con la propia ciudadela.
¡Oh!, la ciudadela estaba totalmente abierta, y no pedía otra cosa que recibir al enemigo; tan abierta estaba que Florence sintió su impotencia y mirando, sin dejar de operar, otra vez la cesta de frutos, alargó la mano y cogió la mejor de las bananas, le quitó la piel sin que Odette, a la que no había abandonado ni un segundo, se enterara de nada; de modo que le colocó la banana y tomando una extremidad entre sus dientes, empujó de repente la otra hasta el fondo de la vagina, aplicando con el fruto un movimiento de vaivén que haría un amante con otra cosa. Odette dejó escapar una exclamación de sorpresa y de placer.
—¡Oh! —dijo— no te habrás convertido en un hombre... ¡Cuidado... voy a detestarte...! ¡Oh... oh... te detesto... te detesto! ¡Oh, qué placer... y... te quiero... oh...!
La condesa se había desmayado.
Florence, al pie de la cama, acostada en el parquet, probó sobre sí misma las virtudes del maravilloso fruto; pero aunque disminuida considerablemente por el roce, la banana, detenida en el orificio de la vagina por la membrana virginal, no pudo ni romper el obstáculo, ni colarse.
—¡Ah —exclamó de repente—, tengo que gozar!
Impotente, tirando la banana volvió a poner a la condesa temblorosa en la cama, se le montó encima como habría hecho con un caballo y le puso sus muslos abiertos en la boca, al mismo tiempo que aplicaba la suya entre las piernas abiertas de Odette.
Entonces, como dos culebras en celo en el mes de mayo, los dos cuerpos se convirtieron en uno, los senos se aplastaron contra los vientres, los muslos arrebujaron las cabezas, las manos se amoldaron a las nalgas; durante unos instantes se hizo el mayor silencio, sólo se oían respiraciones ahogadas, suspiros de placer, estertores de amor, grititos de voluptuosidad. De repente, se hizo de nuevo el silencio más absoluto, los brazos estaban laxos, los muslos yacían a los lados y cada una, murmurando el nombre de la otra, había gozado a un mismo tiempo.
Esta vez hubo un largo descanso. Parecían dos atletas muertos o dormidos; al final se oyó salir de sus labios esa palabra, la primera y la última que escapa del corazón en los grandes placeres, como en los grandes dolores:
¡Dios mío!
Estaban volviendo en sí.
Unos instantes después, abrazadas, sudorosas, los ojos velados de languidez, las piernas rendidas, se dejaron caer de la cama, y fueron a acostarse en una larga y amplia gandula.
¡Ah mi bella Florence, cuánto placer me has dado! —Dijo Odette—. ¿Quién tuvo la idea de comerse el melocotón de esa forma?
—La naturaleza; no todos los frutos están hechos para ser comidos allí donde brotan. ¿Era la primera vez que te acariciaban de este modo?
—Sí.
—Mejor, así descubrí algo nuevo. .. ¿Y con la banana...?
—¡Ah, mi amor!, ahí creí que moría.

La novela de Violeta  (Dumas)


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La condesa no había sido madre, así los labios y la vagina eran de una tersura y frescor perfectos, de ese maravilloso color rosado que se llama muslo de ninfa. Abrió los grandes labios, y como en esos instantes sus ojos se posaron en el cesto de uvas, de melocotones, de plátanos, tomó el más pequeño pero el más amarillo de los melocotones, y lo puso sobre los pequeños labios, recubriéndolo a medias con los grandes.
—¿Qué me estás haciendo? —preguntó Odette.
—Déjame hacer —dijo Florence— te estoy injertando. No tienes ni idea de lo bien enmarcado que queda este melocotón; desearía ser pintor de bodegones y hacer el retrato de ese melocotón, no por la fruta en sí, sino por el marco.
—Es posible —prosiguió Odette—, pero su terciopelo tan cantado por los poetas, que lo comparan al de nuestras mejillas, me pica como si fueran agujas.
—¡Bueno, espera! —dijo Florence.
Y con un cuchillo de plata quitó la piel del melocotón que, igual que el pétalo de rosa doblado en dos había impedido dormir en toda la noche a un sibarita, irritara en su susceptibilidad femenina la mucosa de la condesa; luego partió el melocotón en dos partes, quitó el hueso y lo volvió a su marco.
—Ahora —dijo Odette—, qué bueno, qué fresco! ¡Y delirante...!
—¡Oh, si lo pudieras ver...! esa mitad de melocotón parece una parte de ti misma y te confiere una nueva virginidad. Ahora voy a comerte; párame cuando sientas los dientes, o soy capaz de devorarte.
Con la mitad del melocotón apretada por los grandes labios, pegó su boca a la concavidad rosa formada por la ausencia del hueso; luego, con la lengua y los dientes empezó a morder y a rebañar esa concavidad, gozando por el gusto; mientras que Odette con un inenarrable placer, preparada para gozar por el movimiento que impulsaba el melocotón, sentía cómo se le iba acercando el instrumento demoledor que hurgaba y destrozaba el obstáculo que le impedía ponerse en contacto directo con ella.
Por fin, el obstáculo desapareció y nada impidió al ariete que había superado tantos obstáculos, ponerse en contacto con la propia ciudadela.
¡Oh!, la ciudadela estaba totalmente abierta, y no pedía otra cosa que recibir al enemigo; tan abierta estaba que Florence sintió su impotencia y mirando, sin dejar de operar, otra vez la cesta de frutos, alargó la mano y cogió la mejor de las bananas, le quitó la piel sin que Odette, a la que no había abandonado ni un segundo, se enterara de nada; de modo que le colocó la banana y tomando una extremidad entre sus dientes, empujó de repente la otra hasta el fondo de la vagina, aplicando con el fruto un movimiento de vaivén que haría un amante con otra cosa. Odette dejó escapar una exclamación de sorpresa y de placer.
—¡Oh! —dijo— no te habrás convertido en un hombre... ¡Cuidado... voy a detestarte...! ¡Oh... oh... te detesto... te detesto! ¡Oh, qué placer... y... te quiero... oh...!
La condesa se había desmayado.
Florence, al pie de la cama, acostada en el parquet, probó sobre sí misma las virtudes del maravilloso fruto; pero aunque disminuida considerablemente por el roce, la banana, detenida en el orificio de la vagina por la membrana virginal, no pudo ni romper el obstáculo, ni colarse.
—¡Ah —exclamó de repente—, tengo que gozar!
Impotente, tirando la banana volvió a poner a la condesa temblorosa en la cama, se le montó encima como habría hecho con un caballo y le puso sus muslos abiertos en la boca, al mismo tiempo que aplicaba la suya entre las piernas abiertas de Odette.
Entonces, como dos culebras en celo en el mes de mayo, los dos cuerpos se convirtieron en uno, los senos se aplastaron contra los vientres, los muslos arrebujaron las cabezas, las manos se amoldaron a las nalgas; durante unos instantes se hizo el mayor silencio, sólo se oían respiraciones ahogadas, suspiros de placer, estertores de amor, grititos de voluptuosidad. De repente, se hizo de nuevo el silencio más absoluto, los brazos estaban laxos, los muslos yacían a los lados y cada una, murmurando el nombre de la otra, había gozado a un mismo tiempo.
Esta vez hubo un largo descanso. Parecían dos atletas muertos o dormidos; al final se oyó salir de sus labios esa palabra, la primera y la última que escapa del corazón en los grandes placeres, como en los grandes dolores:
¡Dios mío!
Estaban volviendo en sí.
Unos instantes después, abrazadas, sudorosas, los ojos velados de languidez, las piernas rendidas, se dejaron caer de la cama, y fueron a acostarse en una larga y amplia gandula.
¡Ah mi bella Florence, cuánto placer me has dado! —Dijo Odette—. ¿Quién tuvo la idea de comerse el melocotón de esa forma?
—La naturaleza; no todos los frutos están hechos para ser comidos allí donde brotan. ¿Era la primera vez que te acariciaban de este modo?
—Sí.
—Mejor, así descubrí algo nuevo. .. ¿Y con la banana...?
—¡Ah, mi amor!, ahí creí que moría.

La novela de Violeta  (Dumas)


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martes, 13 de mayo de 2014

Hoy es fiesta en la mansión, pues una gran amiga, sin saber muy bien por qué extraño motivos, nos ha bendecido con un reconocimiento que, a buen seguro, no me merezco.
Pero aún así, sin merecerlo, no seré yo el que renuncie a un regalo, y más aún viniendo de quien viene…
Así que aquí lo dejo, para disfrute de todos los que, gracias a vuestra fidelidad y paciencia conmigo y mis rarezas, sois los que de verdad os lo merecéis.
Muchísimas gracias, Puramente infiel, por acordarte de esta humilde mansión donde cada noche nos juntamos los raros, los repudiados, los oscuros, los ausentes y hasta algún que otro “no vivo”, para gozar con las palabras de nuestros mayores.
Un beso muy grande desde la mansión

Sayiid


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Cuerpo a la vista

 Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:

tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,

tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, 
prisioneros en llamas,

 tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,

sitios en donde el tiempo no transcurre,

valles que sólo mis labios conocen,

desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,

cascada petrificada de la nuca,

alta meseta de tu vientre,

plata sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre

y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos

como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla

y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,

el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre 
con sus dos alas grises

la noche de los cuerpos,

como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,

bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,

cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,

boca del horno donde se hacen las hostias,

sonrientes labios entreabiertos y atroces,

nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible

(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)

Patria de sangre,

única tierra que conozco y me conoce,

única patria en la que creo,

única puerta al infinito.

(Octavio Paz)

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lunes, 12 de mayo de 2014




"Se acerca a mí, me levanta la bata, palpa. Yo paso la mano entre mis piernas, se la coloco en el sitio adecuado, ¡y adelante! No resulta más desagradable aquí que en otra parte; ni tampoco menos placentero, pues el sacristán en cuestión me jode como los mismísimos ángeles. ¿Que tengo la nariz metida en el asunto? ¿Y qué? No huelo a nada. El dinero no tiene olor."

En los salones del Placer - Jacques Cellard


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sábado, 10 de mayo de 2014




En un beso, sabrás todo 
lo que he callado.

Pablo Neruda (1904-1973)

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viernes, 9 de mayo de 2014




Cuando tuvo que ponerse en cuclillas en el pedestal de porcelana, se encontró, en medio de tantos reflejos, tan en evidencia como cuando, en la biblioteca, unas manos desconocidas la forzaban.
—Espera que entre Pierre y verás.
— ¿Por qué Pierre?
—Cuando venga a encadenarte, quizá te haga ponerte en cuclillas. O palideció.
—Pero, ¿por qué?
—No tendrás más remedio —dijo Jeanne—. Pero eres afortunada.
— ¿Afortunada, por qué?— ¿Es tu amante el que te ha traído aquí?—Sí.
—Contigo serán mucho más duros.
—No comprendo...
—Pronto lo comprenderás. Llamaré a Pierre. Mañana por la mañana vendremos a buscarte.
Andrée sonrió al salir y Jeanne, antes de seguirla, acarició la punta de los senos de O, quien se quedó de pie, junto a la cama, desconcertada. Salvo por el collar y los brazaletes de cuero que el agua del baño había endurecido y contraído, estaba desnuda.

—Vaya con la hermosa señora —dijo el criado al entrar. Le tomó las manos y enganchó entre sí las anillas de sus pulseras, obligándola a juntarlas manos, y éstas, en la del collar. Ella se encontró, pues, con las manos juntas a la altura del cuello, como en oración. No quedaba sino encadenarla a la pared con la cadena que caía encima de la cama después de pasar por la anilla. El hombre soltó el gancho que sujetaba el otro extremo y tiró para acortarla. O tuvo que acercarse a la cabecera de la cama, donde él la obligó a tenderse. La cadena tintineaba en la anilla y quedó tan tensa que la mujer sólo podía desplazarse a lo ancho de la cama o ponerse de pie junto a la cabecera. Dado que la cadena tiraba del collar hacia atrás y las manos tendían a hacerlo girar hacia delante, se estableció un cierto equilibrio y las dos manos quedaron apoyadas en el hombro izquierdo hacia el que se inclinó también la cabeza. El criado la cubrió con la manta negra, no sin antes haberle levantado las piernas un momento para examinarle el interior de los muslos. No volvió a tocarla ni a dirigirle la palabra, apagó la luz que proporcionaba un aplique colocado entre las dos puertas y salió.
Tendida sobre el lado izquierdo, sola en la oscuridad y el silencio, caliente entre las suaves pieles de la cama, en una inmovilidad forzosa, O se preguntaba por qué se mezclaba tanta dulzura al terror que sentía o por qué le parecía tan dulce su terror.


Anne Desclos (La Historia de O)

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jueves, 8 de mayo de 2014


Y si se lo imaginara…, con toda seguridad se escandalizaría…
Feliz noche a tod@s en la mansión.

Sayiid

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miércoles, 7 de mayo de 2014



Nueva colaboradora en la mansión. Lady Haydeé nos regala sus palabras, sus versos, sus sensaciones, su inspiración…
Palabras pasionales, excitantes, intensas…, palabras de entrega que, a buen seguro, serán lentamente paladeadas y saboreadas por todos los habitantes de la mansión…
Muchas gracias, lady Haydeé, por tan hermoso regalo. Estamos…, estoy…, en deuda con vos.

Sayiid

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Arrodillada y dispuesta,
anhelando ser tocada,
en gritos silenciosos...

Arrodilla y a la espera,
que sus manos aplaquen su ansía
y su cuerpo sirva de fuente,
de humedad deseada y boca hambrienta...


(Haydeé)

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