Prologo de El Libertino

jueves, 31 de julio de 2014




Después de almorzar Frank vino a mi alcoba a fumar un cigarrillo.
Los sucesos de la mañana nos habían dejado intranquilos y excitados.
- ¡Por Jove, viejo! - exclamó - me resulta completamente imposible esperar hasta mañana para gozar de la encantadora Rosa.
- Además, cuando estamos tantos juntos cabe en lo posible chasquearse.
- No, no, tiene que ser esta misma noche.
- Me muero de deseo.
- Su habitación está ahí, junto a la de mis hermanas.

Traté de disuadirlo para que no cometiera cualquiera imprudencia, ya que, aun cuando la habíamos visto tan excitada y accesible, no podíamos en modo alguno tener la seguridad de que estuviera dispuesta a rendir su virginidad tan fácilmente. Argumentaciones y razonamientos fueron, empero, vanos:

- Ve, cómo sólo el pensar en ella, inflama mi verga - exclamó abriendo su bragueta para extraer un hermoso miembro de cabeza colorada, gloriosamente erecto, henchido y duro como el mármol, cuya ardiente sangre parecía que iba a reventar las turgentes venas.
El espectáculo era demasiado tentador para poder resistirlo.
Se me cayó el cigarrillo que tenía en los labios, y arrodillándome frente a él, besé, succioné y froté aquella deliciosa verga hasta que se vino en mi boca con una exclamación de arrobo, mientras yo bebía con avidez hasta la última gota de su copiosa emisión.
Una vez que hubimos recobrado un tanto nuestra serenidad, discutimos cuál sería el mejor plan para la noche, ya que yo estaba dispuesto a tomar parte en la diversión.
Frank se avino gustoso a esta participación mía, a condición de que él fuera primero al cuarto de Rosa para convencerla de que accediera a sus deseos.
Luego, cuando todo estuviera en regla, les sorprendería yo en pleno juego y me sumaría a la fiesta erótica.

Bajo las Sombras, Anónimo Victoriano (Revista la Perla)


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miércoles, 30 de julio de 2014




"Tenerlo en la boca es una sensación extraña. Es como si de pronto todo el cuerpo del hombre, todo, se hubiera encogido y reducido a esa única cosa. Y entonces crece y te llena la boca. Se convierte en algo rebosante de fuerza, pero a la vez sigue siendo frágil y vulnerable. Podría asfixiarme. O yo podría arrancarlo de un bocado. Y cuando crece, soy yo quien le da vida; mi aliento lo mantiene, y se desenrosca como una lengua enorme. Me ha gustado lo que ha salido de ti: como cera caliente, se fundía de pronto sobre mí, en mi cuello y mis pechos y mi abdomen. Me sentía como si me bautizaran: era tan blanco y puro."

Jerzy Kosinski


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lunes, 28 de julio de 2014




Decimos una necedad, y a fuerza de repetirla acabamos por creérnosla.



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domingo, 27 de julio de 2014




El erótico espectáculo estimuló las inclinaciones lesbianas de Pearl, que se dejó caer al suelo, relamiéndose, y serpeó hasta deslizarse debajo de Connie, con las piernas extendidas entre los brazos de su amiga y la cara justo debajo de su coño.
 —Yo, de momento, me retiro —anunció John Gibson. Se levantó y fue en busca de la botella de coñac.
 —Intenta no moverte, querida —gruñó Pearl, porque Connie, al sentir la insinuación de la lengua femenina entre los labios fruncidos de su coño, había comenzado a agitar las caderas.
  Los dos caballeros contemplaban extasiados la escena. Tenían delante la cabeza de Pearl y las rollizas nalgas de Connie. Sus vergas se alzaron al unísono al ver cómo la lengua de Pearl besaba y acariciaba delicadamente la blanda vulva de Connie, moviéndose como una serpiente, cada vez más deprisa en torno a la dulce raja.
 —¡Oooh! ¡Oooh! ¡Aaahh! —exclamó Connie—. ¡Chúpame el clítoris, me muero por correrme! ¡Aaaahhh, qué bien! ¡Sí! ¡Sí! ¡Así! —Recorrida por un fuerte estremecimiento, entrelazó las piernas en torno al cuello de Pearl, con las rodillas dobladas sobre sus hombros y le vertió en la boca su cálido tributo en forma de fina lluvia salada. Corcoveó un poco y luego suspiró y relajó las piernas, mientras Pearl seguía besando su almizcleña gruta.
  La herramienta de Bruce, de roja cabeza, despertó con una sacudida. Él se la sobó hasta tenerla tiesa como el mármol. Pearl, como presintiendo su necesidad, se puso a gatas para exponer los espléndidos globos de su culo, sin dejar de besuquear el coño saciado de Connie, y se abrió las nalgas para invitar a uno de los caballeros a satisfacerla.


La pasión del conde (Anónimo)

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jueves, 24 de julio de 2014




Era soberbia, radiantemente bella, una rubia de tipo perfecto cuya tez hacía pensar en crema y melocotones, y cuyo cabello suelto brillaba bajo la luz como si fuera oro puro.

Confesiones de una doncella inglesa (Anónimo)


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martes, 22 de julio de 2014




Quito la polla, la refresco dos segundos y vuelvo a deslizarla en el chocho; después, rozo el botón que se hincha enseguida. ¿Todo bien, gatita? Muy bien, querido. No me has hecho ningún daño. Puedes volver a hacerlo, ¡pero no dejes de frotar! Salgo del conejo y vuelvo a abrir el ojete. Esta vez la penetración se hace sin problemas. Impresión de succión. Aumenta el placer. Suculento deslizar. Entro y salgo con facilidad. Perfecta flexibilidad del ojete. Noemia también empieza a gozar; me aprieta la mano y gime. Termino antes que ella, pero sigo entrando y saliendo sin dejar un segundo de frotarla. Goza. Caemos de lado.

Duende nocturno (Arnaud Delacompté)


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lunes, 21 de julio de 2014

Robo con alevosía, premeditación y nocturnidad a mi querida amiga lady PI
Supongo que con cosas así me estaré ganando el infierno, pero… es que este vídeo estaba hecho para la mansión :- )
Mi querida lady PI (también conocida como Puramente Infiel)…, os diría que lo siento… pero es que me enseñaron que mentir a una dama era una cosa muy fea…, así que mejor me callo y no digo nada, que hay silencios que lo dicen todo :- )
Besos desde la mansión y gracias por dejaros robar (aunque sólo haya sido un video)

Sayiid

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jueves, 17 de julio de 2014




"Lo que realmente te hace saber que tu Amo es tu Amo,...es la capacidad que tu tengas de
 hacérselo sentir a Él."

mimi sum {M.V.}

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miércoles, 16 de julio de 2014




"La coincidencia no existe, 
sólo la ilusión de la coincidencia".

V de Vendetta


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Yo tuve un gran amor durante un chaparrón
y sentí aquella vez tan profunda pasión,
que ahora el buen tiempo me da asco.
Cuando el cielo está azul no lo puedo ni ver,
que se nuble ya el sol, que se ponga a llover,
que caiga pronto otro chubasco.

Confirmando el refrán una noche de Abril,
la tormenta estalló, mi vecina febril
asustada con tanto trueno
brincó en un santiamén del lecho en camisón
y se vino hacía mí pidiendo protección

-Auxílieme usted, sea bueno-.

-Ábrame por piedad, estoy sola y no sé
si podré resistir, mi marido se fue.
Pues, tiene entre otros muchos fallos,
que en las noches así abandona el hogar
por la triste razón de que va a trabajar:
es vendedor de pararrayos-.

Bendiciendo al genial Franklin por su invención
en mis brazos le di curso a su petición,
y luego el amor hizo el resto.
Mira tú que instalar pararrayos por ahí
y olvidarte poner en tu casa ¡caray!.
Cometiste un error funesto.

Varias horas después cuando al fin escampó,
ella se hubo de ir pero antes me citó
para la próxima tormenta.
-Mi esposo va a llegar y si en casa no estoy
se me va a resfriar. Así que ya me voy
a secarle la cornamenta-.

Desde entonces jamás he dejado el balcón
no hago más que poner la máxima atención
en cirros, cúmulos y estratos.
La menor nube gris me colma de placer
aunque a decir verdad sé que no han de volver
tan torrenciales arrebatos.

A base de vender palillos de metal
su marido reunió un pingüe capital,
y se hizo multimillonario.
A vivir la llevó a un imbécil país
donde si se oye llover será porque haga pis
algún niño del vecindario.

Ojalá mi canción llegue al Sahara aquél
a decirle que yo le seré siempre fiel,
que la llevo dentro del alma,
y aunque sople el simún con seca realidad,
un día nos reunirá una gran tempestad
tras la que no vendrá la calma

(Javier Krahe)

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martes, 15 de julio de 2014




Inés era especial, ya lo creo. No porque fuese guapa ni fea ni tuviera un gran cuerpo o todo lo contrario. Quiero decir que, a sus cincuenta y tantos, conservaba una interesante figura y un rostro que, enigmático, confería al conjunto un enorme atractivo, a lo cual el cabello, una melena de azabache cosmético, que se desparramaba sobre los hombros con rebuscado descuido, contribuía. En fin, que estaba buena, tan buena que su edad, lejos de provocar aprensión o rechazo, invitaba a adentrarse en los misterios, sin duda gozosos, de su veteranía.

La encontré una mañana, sentada en un café, dando cuenta de un amaretto y fumando con tal profusión que parecía, envuelta por el humo, una meiga chuchona, a punto de lanzar un maleficio.

Quiso mi buena suerte –pues también la fortuna escribe recto con renglones torcidos- que todos los veladores se hallaran ocupados, y yo, torciendo el gesto, mirase ansiosamente a mí alrededor, buscando una mesa. Entonces me encontré con los ojos de Inés.

-Busca mesa, ¿verdad? Hay mucha gente...

Le contesté que sí, que la lluvia era, a veces, un solemne coñazo, y ella, sin más, me indicó con la mano que me sentara: Por favor..., susurró, acompañando la frase con una turbadora sonrisa. En fin, nos presentamos, pedí un café con leche y pasamos el tiempo charlando de esto y aquello hasta que, columbrando que la conversación no iba a dar más de sí, disparó la andanada:

-¿Le gusta la fabada? ¿Disfruta con el buen vino? ¿Le importaría acompañarme a casa y compartir conmigo el almuerzo?

No pude resistirme –o no supe ni quise- y acepté, de manera que, media hora más tarde, tras un corto trayecto bajo el paraguas, estaba arrellanado en un sillón, mientras ella ordenaba el espacio y hacía preparativos.

Así anduvo, de acá para allá, durante un buen rato, hasta que, al apagar la colilla de mi Player Navicut, una extraña sensación de vacío se desplomó en la atmósfera de aquella habitación y su ausencia se hizo notar. Sin embargo, cuando empezó a asaltarme la inquietud, escuché unas pisadas en el pasillo. Sí, era ella. Apareció vestida con un albornoz y sujetaba su cabello húmedo con una felpa, también azul, haciendo juego con las chinelas. Para despejar dudas, la obertura inferior de la prenda y la amplitud del escote denotaban que nada había debajo sino la piel desnuda.

-Acabo de ducharme –dijo-. El agua está riquísima. Le sugiero que haga lo mismo. He dispuesto otro albornoz, por si quiere ponerse cómodo. Con toda confianza. Solamente vamos a estar los dos.

Situación tan inusual era por sí un indicio de la intención de Inés, su forma de pedirme una tarde de goce refinado e intenso, envuelto en la elegancia que se me suponía y a la cual ella misma intentaba contribuir, creando ambientes propicios y un escenario en consonancia con su deseo. ¿Cómo explicar si no que hubiese preparado otro albornoz y un par de zapatillas, al lado de la bañera? Así que me duché, intrigado por estos pensamientos que, acaso sin pretenderlo, me estaban provocando una intensa erección.
El almuerzo transcurrió como yo esperaba. Sentada frente a mí, se había abierto discretamente el escote, sólo lo necesario para mostrarme la sabrosa caída de sus pechos y cerciorarse de que los veía, en tanto analizaba mis reacciones con la matemática precisión de una computadora. Se lo puse muy fácil, pues la miraba con total descaro y hubo un momento en que, al bajarle una gota de vino por el busto, me apresuré a secársela y ella, convencida de que las cosas rodaban a su gusto, siguió desinhibiéndose, mientras el albornoz se abría cada vez más y la enorme areola de los pechos me dejaba adivinar dos pezones magníficos que, de buena gana, le hubiese succionado en aquel mismo instante. Pero opté por jugar y me contuve.

Referiré, no obstante, que la fabada estaba deliciosa, a la altura del Vega Sicilia con que mi refinada anfitriona me agasajaba continuamente, solícita a llenarme la copa cuando estaba vacía y haciendo con la propia otro tanto. Comimos y bebimos en razonable exceso. Mi veterana amiga sabía que el sopor y lasitud subsiguientes a una comida excelsa eran, sin duda alguna, la mejor antesala del sexo, segura de lo cual fue aliviando su compostura y aligerando, cada vez más, la clausura del albornoz.

Cuando sirvió el café y se sentó a mi lado, dejó que sus dos muslos mostraran sus poderes.

-Ven –me dijo, con voz trémula-, pongámonos cómodos. Siéntate en el sofá, voy a poner un brandy, ¿te apetece?

Y le dije que sí, a ver si sus efluvios aflojaban un poco mi erección, pues me dolía la polla y empezaba a sentir una incómoda urgencia. Que le hablara de tú, me pedía, sentada ya a mi lado con las piernas cruzadas y descalza, mientras saboreaba la bebida y pasaba la lengua sobre el labio inferior con lascivia evidente. Entonces, apurando mi copa de un trago, me recosté y, abierto mi albornoz, se irguió el pene, enrojecido por la excitación.

-Uy, pobrecito mío –exclamó, mientras lo agarraba-. Esto es lo que se dice todo un estado de necesidad. Tendremos que aliviarlo.

Lo tomó, como un cetro, y se quedó mirándolo, no sé, treinta segundos. Luego, manteniendo la mano izquierda en la empuñadura, subió con suavidad la derecha por aquel tronco y, a la altura del glande, rodeando a éste con el índice y el pulgar, movió de arriba a abajo la piel hasta que, excitado como me encontraba, segregó grandes hebras de flujo y ella, encendida como se encontraba, pasó la lengua en torno y fue aumentando el ritmo de la succión. Finalmente, introdujo la verga en su boca y comenzó a chuparla de arriba a abajo, mientras su mano libre presionaba mis testículos, colocándome al borde del desmayo.

No ocurrió tal porque, temiendo precipitarme, extraje el miembro y la invité a tenderse. Una vez recostada en el sofá, le abrí las piernas y, dobladas por las rodillas, las flexioné hacia arriba, de manera que el coño quedase en primer plano, lo cual me permitió un buen rato de maliciosos juegos. Primero, con el índice, recorrí lentamente los labios mayores y, cuando percibí la eficacia de mis caricias, pasé a los interiores, cuidando que rozaran el clítoris sin llegar a tocarlo directamente, lo cual produjo a Inés una ansiedad deliciosa, a juzgar por sus secreciones, que yo aproveché para lubricarle el ano e introducirle sin dificultad el más largo de mis dedos, en tanto acariciaba con el pulgar la entrada de la vagina. 

Inés se revolvía como posesa y yo porfiaba en mis tocamientos, obligándola con el brazo contrario a mantener tan lúbrica posición. Cuando estimé llegada la ocasión y ella gritaba sin pudor alguno, aproxime mis labios a su coño y, sin dejar de acariciarla, comencé a devorárselo con fruición.

Había que ver sus muslos, separados, y la leve, incitante prominencia del vientre; o los glúteos que, de vez en cuando, mordía complacido. Y ella iba y venía, en todas direcciones, venteando ya el éxtasis y pérdida del todo su aristocrática compostura.

-Ay, cabrón, ¡a qué esperas para dejar tus manos y reventarme el chocho con la polla! ¡Venga, métemela! ¿No ves que estoy muriéndome de gusto?

-Eso haré –repuse, restregándosela por el filo de la hendidura-, pero antes tendrás que confesarme que no eres más que una puta...

-Una puta –me interrumpió-, una puta, la más zorra y caliente que habrás visto jamás; pero fóllame, fóllame de una vez y ahógame con tu leche.

En ese momento, la penetré y comencé a moverme con dureza, mientras ella jadeaba, cada vez con mayor intensidad, y yo, sin dejar de embestirle, estrujaba sus senos y mordía con saña sus enormes pezones, a punto de verterme en sus entrañas.

-Córrete, de una vez –le grité-, o cambiaré mi polla por una buena azotaina.

No hizo falta. Confieso que me hubiera gustado fustigarla, pero hube de dejarlo para otra ocasión, pues Inés se corrió salvajemente y yo, aguijado por sus convulsiones, le derramé un torrente de semen.

Lo que ocurrió después, sería para contarlo. Pero, al modo de Sherezade, mejor si lo dejamos para la próxima noche...
.

Jacobo Fabiani


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lunes, 14 de julio de 2014




Bastó con que le rozara el trasero para que se convirtiera en la cochina puta que íntimamente deseaba ser. Obligarle a ponerse un cinturón de castidad fue un juego. Tuvo que separarse las nalgas para que yo le introdujera el grueso consolador. No quedaba sino cerrar el cinturón, sin olvidar meterle la polla entre los anillos destinados a impedirle que se empalmara. Después vino el corsé, ceñido como es debido. Las medias completaron la panoplia. Una hembra. Ya no era un hombre, sino una mujer, abierta a todo, con el culo en venta. Sólo faltaba azotarla y someterla. Le hice ponerse encima su atuendo de hombre para salir a cenar. Esa basura ni siquiera podía correr en libertad: una correa atada a los cojones salía de su bragueta abierta.
El Ama: Memorias de una Dominadora (Annick Foucault)

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sábado, 12 de julio de 2014




El amor es lo único de lo cual nunca 
tenemos bastante, y también es lo
 único de lo que nunca damos suficiente.

Henry Miller (1891-1980)


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viernes, 11 de julio de 2014





Podría contar muchas anécdotas relacionadas con el uso que durante años hice del esfínter, tan regularmente, si no más, en ocasiones, como de mi vagina. En un apartamento precioso, situado detrás de los Invalides, durante una orgía entre pocas personas, en una habitación en un altillo, cuyo largo ventanal sin canapé y las numerosas lámparas que alumbran a ras de la cama me recuerdan un decorado de película norteamericana, absorbo por esa vía la estaca de un gigante. A causa de una gigantesca mano abierta de resina ahumada que hay en el salón a modo de mesa baja, y donde una mujer puede tenderse fácilmente, el lugar en sí posee un carácter desmesurado e irreal. Temo el sexo del gato gordo de Cheshire cuando comprendo por qué conducto intenta penetrar, pero lo consigue sin forzar demasiado y yo me quedo asombrada, y casi me enorgullezco, al comprobar que el tamaño no constituye un obstáculo. Tampoco lo es el número. ¿Por qué razón (¿periodo de ovulación?, ¿blenorrea?) en una fiesta en la que, por el contrario, había mucha gente, me dio por follar sólo por el culo? Vuelvo a verme en la rue Quincampoix, dubitativa al pie de una escalera muy estrecha, antes de decidirme a subir. Claude y yo hemos obtenido la dirección casi por casualidad. No conocemos a nadie. El apartamento tiene techos bajos y es oscurísimo. Oigo a los hombres que están cerca de mí cuchichearse el mensaje: «Quiere que la enculen», o prevenir a alguien que se orienta mal: «No, sólo deja que se la metan por detrás». Aquella vez, al final, me dolió. Pero tuve también la satisfacción completamente personal de no haberme sentido impedida.

La vida sexual de Catherine Millet (Catherine Millet)


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jueves, 10 de julio de 2014




Sólo hay una fuerza motriz:
 el deseo.

Aristóteles


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martes, 8 de julio de 2014




—Ahora que acaba de pasar el Año Nuevo judío —dijo Gilheeny—, me viene a la cabeza la maravillosa historia de una criada irlandesa que entró a trabajar para una familia judía, ¿la conoce?
No, no la conocía.
—¡Ajá! Bien, pues es una agradable mujer irlandesa que busca trabajo en una casa judía por las fechas de Rosh Rashanah, el Año Nuevo judío, y pregunta al portero que qué tal es el empleo que ofrecen. «Bien», dice el hombre, «es un buen trabajo, querida. Celebran todas las fiestas; por ejemplo, en el Año Nuevo dan un gran banquete familiar, y el cabeza de familia se levanta ante los comensales y, en señal de gratitud, toca el shofar». Entonces a la criada se le encienden los ojos y dice: «¡Se la chupa al chofer! ¡Joder, tío, pues no tratan poco bien al servicio en esta casa...!»

La casa de Dios (Samuel Shem)


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lunes, 7 de julio de 2014




"El procedimiento perfecto, parece ser el de encapotar el glande con una piel de durazno vuelta hacia dentro, esto favorece el pasaje del miembro por el esfínter sin ser tan resbaladizo como la vaselina”

Manuel de Gomorrhe  (Pierre Louys, consejos para el sexo anal)


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domingo, 6 de julio de 2014




La verdad es que el foie-gras queda mucho mejor presentado así, que en un insulso plato servido por un insulso camarero. Resulta más cremoso, más sabroso. Con la cabeza entre sus muslos y los ojos cerrados para degustar mejor, lamo, mamo, y... siento que dos manos me separan las nalgas, mientras una tercera me embadurna la entrada de los artistas con el exquisito producto. Un dedo, dos dedos, tres dedos, y tanto en el pasillo como en la puerta. ¡Debe de haberse gastado por lo menos diez francos! Aunque diez francos, para un diputado...
A él le divierte mucho su broma. Yo, por mi parte, no estoy enfadada. Es del dominio público que nadie se muere por dejar que le den por el saco, ni siquiera con un ariete, siempre y cuando el dolor no estropee el placer. Y la mantequilla no resulta tan elegante como el foie gras.
—Estoy preparada, tesoro —digo, tumbándome boca abajo—. ¡Tú turno, diputado!
—¿Y yo? —Pregunta inquieta Emma—. ¿Qué hago yo en vuestro negocio?
—Masturbarás a Lulu, palomita —responde el señor—. Y me acariciarás los perendengues, por supuesto.
—Vosotros a gozar y yo a trabajar —dice suspirando—. Pues me habías prometido...
—Sí, sí, que te daría por detrás —replica el señor con impaciencia—. Y no se acabará la noche sin que lo haga, encanto. Mientras tanto, o nos ayudas o nos dejas en paz.
Ella no insiste y se arrodilla a mi lado para separarme las nalgas más cómodamente. El señor presenta el arma, yo muerdo la almohada porque, incluso con foie gras... Y heme aquí debidamente enculada en unas pocas embestidas. La zorra de Emma, a quien el espectáculo está poniendo caliente, desliza una mano entre mi vientre y la cama. Yo me levanto un poco para dejarle sitio, mientras el rajá me martillea tranquilamente.
—Mastúrbala bien —le ordena a Emma—. ¿Y mis alforjas? ¿Te has olvidado de ellas? ¡Demonios, tienes dos manos! ¿Lulú?
YO. —¿Sí, cariño?
ÉL. —Tu..., tu culito... es delicioso. ¡Ah! Vas a gozar... por delante..., ¿eh, pillastra?
¿Cómo saberlo? Entre una mano que te causa estragos en la pepitilla, y una minga que te invade el pasillo, ¿cómo establecer la diferencia?
Por otra parte, inundo la mano de Emma, gritando como una tonta:«¡Me viene! ¡Me viene!», al mismo tiempo que él me lanza una tromba como para repoblar toda Francia si los niños se hicieran por ahí, y experimento un segundo orgasmo al sentir que se corre. ¡Y tres, y cuatro! Esta vez estoy realmente exhausta, y quedo sumida en un profundo sueño.


"En los salones del placer" (Jacques Cellard)


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jueves, 3 de julio de 2014




La miré fugazmente. Todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si supiera usted cuantas veces he estado enamorado de esa manera!

Fiodor Mijailovich Dostoievki (1821-1881)


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