Prologo de El Libertino

domingo, 31 de agosto de 2014




—¡Esta vez te voy a convertir en marica! ¡Tu regalo de cumpleaños será mi culo!

Nos desnudamos y colocó de un modo especial sobre la cama, almohada, cuadrantes y cojines (tras quitar el patchwork, naturalmente, y abrir las sábanas). Luego fue hasta lo que constituía su especie de cuarto de baño y volvió provista de un tarrito de loza blanco. Para mi instrucción, y sin duda también para demostrarme que estaba dispuesta a que sus actos fuesen acordes con sus palabras, me anunció:

—¡Ensayo de la gran escena del palacio de V...!

Como jugando, revistió el extremo de mi verga erecta con un ungüento fresco y untuoso con el que ungió también, con dedo vivaz, el surco entre sus nalgas. Luego se arrodilló sobre los cojines con el culo en pompa al borde del lecho, de tal manera que, agarrándome a sus caderas, bastaba con flexionar las rodillas para mantenerme a su nivel.

El exceso de lubrificante tuvo un efecto idéntico al de una capa de hielo: derrapé varias veces, tanto al norte como al sur del objetivo. Aquello nos hizo reír, pero noté que se ponía nerviosa: no debía continuar con mi torpeza mucho tiempo. Me eché hacia atrás primero y acaricié ligeramente su sexo, luego hice circular un dedo por el estrecho pasadizo que me estaba destinado. Los temblores que le recorrieron el espinazo preludiaban una suavización adecuada: a despecho de la aparente desproporción, conseguiría cruzar el umbral. De hecho, me interné por allí como una piedra se hunde en un pozo, mientras ella lanzaba una especie de rugido sordo cuya única motivación no estaba, evidentemente, en el dolor. Mi deseo, incierto por un momento, se hacía más y más imperioso, y una a modo de televisión interior destellaba en mi cráneo, permitiéndome suponer con breves intermitencias de luz, que ponía en función todos los órganos internos de Teresa hasta el punto de florecer ya en los labios (¿traspasada?) al extremo de mi crecimiento subterráneo. Nunca más he vuelto a experimentar la novedad de las sensaciones que me proporcionaba aquella unión.

Por su parte, Teresa rugía más y más fuerte, y nos entrechocábamos con empellones brutales, de una bestialidad total, yo esforzándome por sumergirme aún más profundamente en su culo, y ella tornándose (o así me parecía) más y más abisal. La fatiga se presentó antes que el éxtasis. Perdí pie y me derrumbé sobre la cintura de Teresa. La liberación se presentó en aquel momento en que la inmovilidad nos tenía fijos en península desconocida, lejos de las tierras exploradas: oímos largo rato, entre el fragor tempestuoso de nuestras respiraciones encabalgadas, algo como el cabrilleo de una fuente entre la arena.
                                    
                                     ¿Qué es Teresa? Es... los castaños en flor (José Pierre)


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miércoles, 27 de agosto de 2014




Olvidas, creo, que todo puede hacerse, a condición de mantener la compostura.
Apoyándose en el brazo del niño, la condesa suavizó la reprimenda con una sonrisa:

—Ten en cuenta, Sebastián, que es preciso guardar las formas, única manera de servirnos de ellas de acuerdo a nuestros deseos.

Sebastián la escuchaba frunciendo el entrecejo.

—¡Pero entonces —adujo pensativo— es necesario doblegarse, esclavizarse! —e hizo una mueca de desdén.

—Naturalmente —respondió Luisa, con un encogimiento de hombros—. ¿Contra qué, si no, irías a construir tus caprichos?

—¿Pero por qué —insistió el niño— obedecer para desobedecer? No te comprendo.

—¡Ah! —la condesa agitó la mano enjoyada— debes obedecer para sobrevivir, Sebastián; y desobedecer para vivir, esto es, para buscar tu placer. Es tal vez complicado, pero exacto. Todavía eres un niño — murmuró, mirando con ternura la carita afilada y morena—. Ya tendrás tiempo y ocasión de pensar en estas cosas

La educación sentimental de la señorita Sonia (Susana Constante)


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martes, 26 de agosto de 2014




Es una desdicha despreciable que, para el incremento de la voluptuosidad del hombre, tenga que descuidar o turbar la de la mujer, pues si bien esta turbación le hace ganar algo, lo que pierde el objeto que le sirve no le afecta en nada. Debe resultarle indiferente que este objeto sea feliz o desdichado, con tal de que le resulte deleitable; no existe realmente ningún tipo de relación entre este objeto y él. Sería, pues, una locura ocuparse de las sensaciones de este objeto a expensas de las propias; absolutamente imbécil si, para modificar estas sensaciones ajenas, renuncia al mejoramiento de las propias. Dicho eso, si el individuo de que hablamos está desdichadamente estructurado de manera que sólo se conmueve si produce, en el objeto que le sirve, sensaciones dolorosas, confesarás que debe entregarse a ellas sin remordimientos, ya que está ahí para disfrutar, prescindiendo de todo lo que pueda resultar para ese objeto.


Justine (Marqués de Sade)


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domingo, 24 de agosto de 2014




Cómeme (Part. 2ª)

Él movió la cabeza de un lado a otro, pero sólo consiguió que el roce de su cabeza y de su barba incipiente excitaran todavía más el sexo hinchado y anhelante de Ava.
-Cómeme, mancha de café, rodaja de queso rancio, filete de carne de caballo viejo -lo humilló ella, acariciándole la nuca con el mango del látigo.
-¡No! -protestó él-. ¡No, no lo haré! ¡Y no puedes obligarme! ¡Soy un chico bueno!
-Eres un chico malo -lo contradijo Ava-. Peor que unas patatas fritas con sal y vinagre, peor que una gran tarta de chocolate.
-¡No es verdad! -se quejó Adam agarrándose a los muslos de Ava con las dos manos- Soy tan intachable como Sara Lee, tan puro como una barra de pan integral. No participaré en tus asquerosos juegos. -Ava le dio un fuerte tirón de orejas. Adam gimió de dolor y dejó de forcejear- Está bien -susurró en la entrepierna de Ava-. Está bien. Te comeré. Lo haré. Serás mi paté, mi pulpo, mi arroz con calabaza, mi estofado. -y empezó a comer, a comer como si estuviera muerto de hambre. La devoró con la lengua, con los labios, con los dientes y las manos. Comió hasta no dejar rastro del higo, ni de la fresa ni de las uvas ni del kiwi que la batidora de amor de Ava habían convertido en un yogur caliente y salado de frutas tropicales. .

Ava dejó caer el látigo. Mientras se deslizaba hacia el suelo, su mano encontró un racimo de plátanos. Adam seguía arrodillado, bebiendo de su abrevadero. Extendió los brazos, le cogió la mano a Ava y se la apretó contra el suelo, obligándola a soltar los plátanos. Ella levantó la cabeza y lo miró con rabia. Forcejeó, pero fue inútil. Ahora era él quien sonreía. Volvió a concentrarse en el sexo de Ava, pero esta vez a su propio ritmo, dolorosamente lento. Ava gimió, dando patadas al aire, y se corrió en la boca del vigilante. Uno de sus zapatos de tacón salió volando y resbaló por el pasillo hasta la sección de cereales para el desayuno. Adam le dejó libres las manos y siguió chupándola mientras buscaba el racimo de plátanos a tientas. Peló uno. Sin levantar las manos del suelo, Ava respiró hondo. Adam le metió el plátano hasta el fondo. Después se levantó y la observó de reojo mientras ella se provocaba un nuevo orgasmo con expertas arremetidas del plátano. No paró hasta convertir la fruta en papilla.
-¡Eres una puta asquerosa! -exclamó Adam mientras se acercaba a la sección de verduras. Cuando volvió con un pepino, Ava lo esperaba de pie, con el látigo en la mano.
-¿Qué has dicho? -Aunque la voz le temblaba un poco, sonaba imperiosa-. Maldito pedazo de salami podrido -le espetó con voz ronca.
-Que eres una puta asquerosa -repitió él con un poco menos de convicción sin apartar los ojos del látigo-. Me das más asco que una sopa de sobre, me das más asco que... que un bizcocho de cabello de ángel, que el queso con gusanos.
-Quítate los pantalones -dijo ella acariciando el mango de cuero del látigo.
-Ni lo sueñes, manitas de cerdo.
-He dicho que te quites los pantalones, pedazo de colesterol.
-Puta. Zorra. Huesos de caldo.

Ava hizo chasquear el látigo con un rápido movimiento de la muñeca. La punta afilada lamió el muslo de Adam.

Resoplando, Adam se bajó los pantalones; él tampoco llevaba ropa interior. Tenía una erección monumental. Ava se la acarició suavemente con el látigo y se rió con sorna.
-Así que lo estás disfrutando, mofletes de requesón.
Adam rehuyó su mirada.
-Agáchate.
-No.
-No hagas que me enfade.
Él frunció el ceño, se agachó con el culo apuntando hacia ella y apoyó las manos en el estante de la fruta.
-Dame el pepino -le ordenó ella.

Al volver la cabeza, Adam vio que Ava lo estaba lubricando en su vagina. Hasta que se lo empezó a meter lentamente por el culo. Él gimió y se retorció de dolor y de placer al mismo tiempo.
De repente se hizo el silencio. Alguien había apagado el hilo musical. Ava y Adam escucharon la voz metálica de Sarah por el sistema de megafonía:
-Señores clientes, les recordamos que estamos a punto de cerrar. Por favor, procedan a pasar por caja. Gracias por su visita. Esperamos volver a verles pronto.
Ava sacó el pepino del ano de Adam y lo lanzó al estante de las verduras; cayó justo al lado de los demás pepinos.
- Bonito tiro, bollito.
-Gracias -dijo ella. Los dos se rieron y se arreglaron la ropa a toda prisa. Ava recuperó su zapato y se guardó el látigo en el bolso- Será mejor que compre algo -susurró; leche de coco y un frasquito de estragón, pensó, como podía haber pensado en cualquier otra cosa.
-¿Nos vemos la semana que viene, tarrito de miel? -preguntó Adam-¿Donde siempre a la hora de siempre?
-No lo dudes, guisantito mío.
-Hasta pronto, entonces.
-Hasta pronto.
Adam observó alejarse a Ava por el pasillo. Al verla llegar, Sarah se preguntó por qué llevaría una media a la altura del tobillo. ¿Sería posible que no se hubiera dado cuenta?
-¿Qué tal el libro? -le preguntó Ava al tiempo que le entregaba su compra.
-Muy bueno -suspiró Sarah sin apartar los ojos del muslo desnudo de Ava-. Me encantan las historias de amor. ¿A usted no?
-Claro que sí -contestó Ava guiñándole un ojo a la cajera- Tengo una detrás de otra.


Cómeme (Linda Jaivin)


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sábado, 23 de agosto de 2014




Cómeme (Part. 1ª)

Acarició los higos frescos con las yemas de los dedos. Realmente, eran unos saquitos sorprendentes: extraños, oscuros y arrugados, pero exquisitos al paladar. La madre naturaleza debía de estar pensando en el padre naturaleza cuando inventó los higos.

Ava levantó la mirada, echó hacia atrás la larga melena negra y miró a su alrededor con ojos azules como el hielo. No parecía que hubiera nadie más en el supermercado. Sarah, la única cajera del turno de noche, acababa de despachar al último cliente y estaba absorta en la lectura de una novela rosa de la colección Harlequin. Lo único que se oía era el murmullo de las cámaras frigoríficas y la melodía casi imperceptible del hilo musical. El frío artificial del potente aire acondicionado mitigaba lo que, sin su presencia, hubiera sido una cornucopia de aromas increíblemente excitante, desde la dulce madurez de los plátanos hasta la acritud cítrica de los limones y las limas. En los supermercados todo es frío: los brillantes suelos recién fregados, el gélido acero de los estantes, la fluorescencia polar de las luces...

Ava cogió un higo y lo olfateó. Sacó la lengua y lo lamió. ¿Si a los conejos les gustan las zanahorias, por qué no les van a gustar también los higos? Se subió lentamente la minifalda negra hasta dejar al descubierto los remates de encaje de sus medias. No llevaba bragas. Nunca llevaba bragas. ¿Para qué iba a llevadas? Al tocarse, notó que ya estaba caliente y húmeda. Con la otra mano, se acercó el higo a la entrepierna y se acarició la boca del sexo con la fruta, primero suavemente, después con vigor. Notó cómo la piel del higo se iba rasgando. Algunas de las semillas se pegaron a sus labios vaginales y a otros lugares secretos del interior de sus muslos. Volvió a meterse el higo en la boca -un dulzor salado- y lo chupó hasta dejado seco.

Ava dejó caer los restos de la fruta en el estante y avanzó hacia las fresas. Grandes, rojas y firmes, sabía exactamente cuál era su sitio: dentro de ella. Dio varios pasos sin separar los muslos, colocando un tacón justo delante del otro, concentrándose en las sensaciones que le provocaban las fresas al deslizarse unas sobre otras, aplastándose entre sí. En su imaginación, creía poder distinguir el cosquilleo de cada rabillo verde. Se paró, apoyó la espalda contra uno de los estantes y cerró los ojos mientras los jugos se derramaban entre sus muslos.

Adam, el vigilante del supermercado, tragó saliva. Se movió para poder observar mejor a Ava desde detrás del estante de las patatas fritas. La nuez le descendió por el cuello hasta el botón de la camisa. Adam ya estaba ahí, detrás de las bolsas de patatas, cuando ella había llegado a la sección de' frutas y verduras. Lo había visto todo. Sabía que debería haberle llamado la atención en cuanto empezó a juguetear con el higo, pero estaba paralizado por...¿Por qué? Sintió un escalofrío. Se ajustó los pantalones caqui y se pasó la mano por la cabeza rapada. Sus movimientos eran torpes. Una brillante bolsa de aperitivos de maíz bajos en colesterol cayó al suelo con estruendo.

Si Ava se dio cuenta, desde luego no hizo nada para demostrado. La expresión de su cara no cambió; parecía extasiada. Se subió la falda un poco más, hasta dejar el liguero al descubierto, se metió dos dedos en su propio fruto, lleno de jugos frescos y punzantes, y empezó a frotárselo al tiempo que movía las caderas, cada vez más rápido. Se sacó los dedos, muy despacio, se los introdujo en la boca y se los chupó con fruición. Un hilo de papilla de fresa le resbaló por la barbilla. Hurgó en su bolso hasta encontrar un espejo. Agachada, con el culo apuntando hacia Adam, situó el espejo entre sus piernas, se abrió el sexo con los dedos y se estudió a sí misma con atención.

Uvas. Eso es lo que pensó.

Las eligió cuidadosamente. Frutas firmes en un racimo prieto. Uvas grandes, redondas, moradas. Se dio la vuelta y apoyó la espalda contra el estante. Abrió las piernas de par en par y empezó a dibujarse pequeños círculos en el clítoris. Con la otra mano, se fue metiendo las uvas, poco a poco, tirando levemente de ellas antes de cada nuevo empujón. El racimo le arañaba y le hacía cosquillas, y eso le gustaba.

Sin previo aviso, Ava levantó la cabeza y miró fijamente a los ojos al hombre que la había estado espiando todo este tiempo. Sus labios, rojos como la sangre, dibujaron una sonrisa maliciosa. Cogió una uva chorreante y se la ofreció. Adam se quedó rígido, como los alimentos de la sección de congelados. Dibujando un beso con los labios, Ava se llevó la uva a la boca y la succionó sonoramente. Después devolvió el racimo al estante. Sin apartar ni un momento los ojos de Adam, tanteó a su espalda hasta encontrar un kiwi maduro. Enseguida lo levantó delante de ella y clavó las uñas en la piel velluda. La fruta estalló y el líquido verde resbaló entre sus dedos. Ava clavó sus ojos en los de Adam y se introdujo la fruta herida en la cueva hambrienta que tenía entre los muslos, por los que ya chorreaban todo tipo de jugos.

Adam dio un paso vacilante hacia ella. Ava hizo como si no se diera cuenta. Se sacó el kiwi y se comió la mitad, sin ninguna prisa. Extendió el brazo hacia Adam y le ofreció la otra mitad al tiempo que arqueaba una ceja. Adam siguió avanzando hacia ella, ahora con paso decidido. Cogió la fruta, se la comió con desenfreno y se dejó caer de rodillas delante de Ava.

Ella abrió las piernas un poco más. Extendió los brazos, le agarró de la nuca y le apretó la cara contra su fruto. Adam gimió.
-¡Cómeme! -le ordenó ella.
-Pero... -protestó él con voz temblorosa.
-¡Cómeme, patata asquerosa! -repitió ella, esta vez con tono amenazante.
-Pero...
Ava escarbó en su bolso con la otra mano y sacó el pequeño látigo que siempre llevaba con ella. Lo hizo chasquear en el suelo, justo al lado de Adam.
Cómeme (Linda Jaivin)


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jueves, 21 de agosto de 2014




Sin el animal que habita dentro de nosotros, somos ángeles castrados.

Hermann Hesse


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miércoles, 20 de agosto de 2014





EL MONO Y EL CONSOLADOR

Un cachorro de mono que había visto cómo su dueña llenaba el consolador con crema, esperó hasta que ella hubo acabado de usarlo, pues había recibido una llamada de fuera.

—Bien —dijo el mono—, ahora me despacharé la crema.

Y empezó a chupar el consolador.

Pero la dama había contraído sífilis y el mono terminó muriendo entre convulsiones.

La moraleja de esta fábula es que habiendo pollas tan hermosas para qué gastar el tiempo chupando consoladores tan apestosos.


Revista la Perla VI (Anónimo, diciembre 1879)


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martes, 19 de agosto de 2014




Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.

Bernard Le Bouvier de Fontenelle


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lunes, 18 de agosto de 2014




En cierta ocasión, el vasco pidió a uno de los pintores su pipa. La deslizó bajo la falda de Bijou y la colocó contra su sexo.
–Está caliente –dijo el vasco–. Caliente y suave.
Bijou apartó la pipa, pues no quería que los circunstantes se percataran de que las caricias del vasco la habían puesto húmeda. Pero la pipa, al salir, puso de manifiesto este detalle: estaba como si la hubieran sumergido en jugo de melocotón. El vasco se la devolvió a su dueño, que de este modo recibió un poco del olor sexual de Bijou.


El vasco y Bijou de Delta de Venus  (Anais Nin)



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domingo, 17 de agosto de 2014

Que llueva, que llueva… que hay que acabar con la sequía…
 y con la abstinencia…





LA TORMENTA

Yo tuve un gran amor durante un chaparrón
y sentí aquella vez tan profunda pasión,
que ahora el buen tiempo me da asco.
Cuando el cielo está azul no lo puedo ni ver,
que se nuble ya el sol, que se ponga a llover,
que caiga pronto otro chubasco.

Confirmando el refrán una noche de Abril,
la tormenta estalló, mi vecina febril
asustada con tanto trueno
brincó en un santiamén del lecho en camisón
y se vino hacía mí pidiendo protección
-Auxílieme usted, sea bueno-.

-Ábrame por piedad, estoy sola y no sé
si podré resistir, mi marido se fue.
Pues, tiene entre otros muchos fallos,
que en las noches así abandona el hogar
por la triste razón de que va a trabajar:
es vendedor de pararrayos-.

Bendiciendo al genial Franklin por su invención
en mis brazos le di curso a su petición,
y luego el amor hizo el resto.
Mira tú que instalar pararrayos por ahí
y olvidarte poner en tu casa ¡caray!.
Cometiste un error funesto.

Varias horas después cuando al fin escampó,
ella se hubo de ir pero antes me citó
para la próxima tormenta.
-Mi esposo va a llegar y si en casa no estoy
se me va a resfriar. Así que ya me voy
a secarle la cornamenta-.

Desde entonces jamás he dejado el balcón
no hago más que poner la máxima atención
en cirros, cúmulos y estratos.
La menor nube gris me colma de placer
aunque a decir verdad sé que no han de volver
tan torrenciales arrebatos.

A base de vender palillos de metal
su marido reunió un pingüe capital,
y se hizo multimillonario.
A vivir la llevó a un imbécil país
donde si se oye llover será porque haga pis
algún niño del vecindario.

Ojalá mi canción llegue al Sahara aquél
a decirle que yo le seré siempre fiel,
que la llevo dentro del alma,
y aunque sople el simún con seca realidad,
un día nos reunirá una gran tempestad
tras la que no vendrá la calma.

(Javier Krahe)

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sábado, 16 de agosto de 2014




Vi después una orgía, una bacanal del infierno. Era una caverna profunda y tenebrosa, alumbrada por pestilentes teas, cuyos resplandores rojizos, verdosos y azulados, caían sobre cien diablos espantosos, de formas de macho cabrío y de actitudes grotescamente lúbricas.
Unos, lanzándose desde la cuerda de un columpio, soberbiamente armados, caían sobre una mujer, la penetraban con su dardo y le causaban la horrible convulsión de un goce repentino. Otros, más retozones, echaban boca abajo a una vieja beata y, riendo locamente, a martillazos le hundían entre las nalgas un nervudo príapo. Y aún había algunos que, mecha en mano, ponían fuego a un cañón, del que salía un miembro espantoso, que recibía impertérrita, con los muslos abiertos, una frenética diablesa.
Los más traviesos de la tropa ataban por las manos y los pies a una furiosa mesalina, y ante ella se entregaban a todas las lascivias, a los placeres más desenfrenados. La desdichada se retorcía jadeante, echando espumarajos por la boca, ávida de un placer que no podía alcanzar.
Aquí y allá, mil menudos diablillos, feos, saltarines, trepadores, iban, venían, chupaban, pellizcaban, mordían, bailaban, daban vueltas en corro. Todo eran risas, carcajadas, gritos, suspiros, desmayos, frenesíes de lujuria.
En un lugar más elevado, los diablos de mayor categoría entretenían jovialmente en parodiar los misterios de nuestra santa religión.
Una monja desnuda, arrodillada, con la mirada dulcemente perdida como en éxtasis, recibía con mística unción la blanca hostia que le ofrecía en la punta de su tremendo hisopo un gran diablo con báculo y con mitra episcopal caída sobre una oreja. Más allá, una diableja recibía a oleadas en la cabeza el bautismo de la vida, en tanto que otra, haciéndose la moribunda, era despachada con una horrenda profusión de santo viático.
Un señor diablo, llevado majestuosamente en andas, balanceaba orgulloso el enérgico signo de su goce eróticosatánico, y de vez en vez esparcía a chorros el licor bendito. Todos se prosternaban a su paso. ¡Era la procesión del Santo Sacramento!
Pero, de pronto, suena una campanada, y al instante se juntan los diablos, se agarran por las manos formando un corro inmenso y empiezan a girar vertiginosamente. Sucumben los más débiles en el furioso galopar de aquél desenfrenado torbellino. Su caída da en tierra con los otros; es una horrible confusión, una atroz mescolanza de grotescos enlaces y apareamientos monstruosos; un caos inmundo de rendidos cuerpos, manchados de lujuria, que al fin viene a ocultar el velo de una fétida humareda.


Gamiani o dos noches de placer (Alfred de Musset)


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viernes, 15 de agosto de 2014




- “Mi Amo, llevo el plug puesto”

Un simple mensaje en el Line y todo mi cuerpo se estremeció.
Seis breves palabras y el deseo acudió a mí con presteza.

-       Maldita sea mi estampa…, tengo que estar en el trabajo en menos de una hora y ahora a mi esclava se le ocurre ponerme cachondo…

-       Esta va a saber lo que es bueno.

Sin demora cambié mis planes sobre la marcha y me dirigí a  su casa. No me pillaba muy lejos. En cinco minutos estaba aparcando delante de su puerta.
Sin perder la calma me acerqué a su portal. Ella debió de verme desde la terraza, pues la puerta ya estaba abierta. Subí con rápidas zancadas hasta su piso y comprobé, con satisfacción, que la puerta estaba entreabierta.
Entre deprisa para no llamar la atención de los vecinos y cerré la puerta por dentro con llave.
Cuando avance unos metros por el pasillo, a la sorpresa inicial se sumó el morbo de comprobar cómo me estaba esperando.
Allí, en medio del salón, mi esclava me esperaba, completamente desnuda, en posición sumisa, con sus manos entrelazadas en la espalda, con la respiración agitada, y escrito sobre sus hermosos pechos la frase “propiedad de Sayiid”.
Ante tan maravillosa visión, me acerqué a ella por la espalda y, rodeándola con mis brazos, al tiempo que acariciaba sus ya endurecidos pezones, le susurré al oído…:

-       Buenas tardes mi sierva, que delicioso recibimiento el tuyo

-       Lo que os merecéis, mi Señor.

-       ¿Sabías que vendría?

-       No Amo, contigo nunca se nada, pero lo esperaba ansiosa y excitada.

No quería hablar más. No teníamos mucho tiempo. La ayudé a levantarse y dejé que me llevara hasta su habitación que ya estaba preparada para mí.
Una vez allí la atraje hacía mí, juntando nuestros cuerpos, y la besé en los labios…, primero suavemente…, después más profundo…, hasta acabar mordisqueando su delicioso y regordete labio inferior. Mis manos no dejaban de recorrer su joven y fresco cuerpo. Sus pechos, sus caderas, sus glúteos…, todo me parecía poco mientras me dejaba envolver por su suave olor a hembra en celo, a hembra deseosa de ser poseída una vez más por mí.

-       Desnúdame, le dije

Y obedientemente se puso a ello. Primero mi camiseta, que cayó rápidamente al suelo; después mis pantalones, lo que le costó algo más, pues tuvo que desabrochar antes mis botas que yo, para no ponérselo fácil, llevaba anudadas con doble vuelta. Después de quitarme los calcetines me tumbé en la cama y le indiqué que se tumbara a mi lado.
Así lo hizo, y nos besamos de nuevo, como si hiciera años que no lo hacíamos. Nos comíamos el uno al otro con salvaje lujuria, mientras nuestras manos buscaban los más recónditos lugares del mutuo placer. Los gemidos se sucedían uno tras otro, hasta que, con un leve gesto de mi cabeza, le indiqué el siguiente paso que tenía que llevar a cabo.
No necesitó más. Con felina lujuria bajo hasta mi entrepierna y retiro mi bóxer que ya marcaba mi dura excitación. Una vez eliminado aquel pequeño impedimento, su golosa boca y su sabia lengua se aplicaron a excitar aún más mí ya excitada polla.
Con la sabiduría de la práctica, comenzó a lamerme suavemente, mojando mi miembro endurecido, lubricándolo y metiéndolo en su boca para sentir como crecía dentro de ella.
Poco a poco sus suaves caricias y sus sabios movimientos hicieron crecer mi excitación hasta niveles inimaginables, y cada mimo de su lengua me provocaba un espasmo de placer.
Su boca mamaba mi polla, y mi polla se follaba a su boca hasta provocarle arcadas de lo dentro que me clavaba en ella. Momentos de éxtasis y placer que no parecían tener fin.
Pero el tiempo pasaba y yo quería más de ella, así que atrayéndola hacia mí, la coloqué a mi lado y la indiqué que se subiera encima de mí, montándome como una lujuriosa amazona ansiosa de llegar a su placentero destino.
Una vez más, obediente y sumisa, y al mismo tiempo complacida y deseosa, se acomodó entre mis piernas y, con suavidad, se clavó mi miembro es su ya encharcado sexo, dejando que entrara hasta el fondo, y soltando un gemido de placer. Gemido que se repetiría después tantas veces como su pelvis subía y bajaba, mientras su sexo aprisionaba al mío, y mis manos aferraban sus nalgas para indicarle el ritmo que debía llevar.
Mientras mi sumisa me cabalgaba, mi boca hambrienta succionaba, lamía y mordía sus deliciosos pechos, sus duros pezones, provocando que, entre gemido y gemido de placer, se le escapara algún gritito de dolor.
Poco a poco su ritmo se fue incrementando de manera incontrolada, lo cual me excitaba en demasía, y no quería acabar aun, pues en mis planes entraba usarla aun de otras varias maneras, así que, empujándola hacia mi lado izquierdo, la tumbé sobre la cama y me giré sobre ella, clavándole mi duro miembro en su abierto coño, y entrando y saliendo de él repetidas veces, mientras azotaba sus pechos y torturaba sus pezones.
Ella gemía, se quejaba, suplicaba clemencia y al momento siguiente me pedía que la diera más fuerte, que la destrozara, que la follara hasta dejarla rota y dolorida. Y eso es lo que yo hacía, no por complacer sus suplicas, sino porque es lo que yo deseaba también en ese momento.
Su coño chapoteaba de placer, y mi polla me dolía de entrar y salir de su sexo una y otra vez, una y otra vez.
Hubiera estado follándola así horas y horas…, pero el tiempo apremiaba, así que saliéndome de ella, la giré de nuevo sobre su cintura y, bajándome de la cama, la atraje hasta el borde de ella, dejándola tumbada bocarriba con la cabeza en el mismo borde.
Una vez en tan cómoda postura para ella, me incliné sobre su cara e introduje mi polla en su boca, sujetándole la cabeza entre mis muslos, y fallándomela de nuevo hasta el fondo.
Mis embestidas le dificultaban el respirar, pero ni una sola queja salió de su boca, y ni por un momento trató de hacer el signo que me indicaría que debía de parar. Aguantó firmemente las embestidas cuando mi sexo entraba en su boca hasta la garganta, y aunque la saliva le chorreaba  borbotones por las comisuras de sus labios, ni por un instante dejo de mamarme la polla con deseo y fruición.
Mi excitación era ya intensa y sentía que si seguía follándome así aquella maravillosa boca, acabaría por derramar en ella hasta la última gota de mi denso semen…, así que una vez más, contra mi propia voluntad y deseo, hube de parar, y, dándole la vuelta, la volví a colocar sobre el borde de la cama, pero esta vez a cuatro patas mostrándome su sexo y su culo que, efectivamente, aún llevaba su negro plug puesto en él.
Sin perder un instante, la agarre por la cintura y clave mi polla en su coño húmedo y caliente, y mientras con mi mano derecha azotaba su nalga, mi polla continuaba torturando su sexo.
De esa dulce manera estuve follándola un rato, mojando y lubrificando mi polla para lo que se venía a continuación.
Ella gemía y suspiraba, y se movía a mi ritmo, acompasándose a mis embestidas, mientras yo azotaba su culo con mi mano, dejándolo hermosamente colorado y caliente o la agarraba por el pelo desde atrás y tiraba de su cabeza como tiraría de las riendas de una briosa y sudorosa yegua al cabalgarla.
Pero ya era suficiente…, ya había llegado el momento de gozar de mi presente, del regalo que mi sierva me había prometido, de la placentera y cálida estrechez de su culo.
De un tirón extraje el plug anal, y sacando mi chorreante polla de su coño, la aproximé al orificio de su negro agujero. No tuve que esforzarme demasiado. Dilatado por la excitación y por su juguetito, el culo de mi esclava me recibió amigablemente, abriéndose para mí como una flor madura, invitándome a clavarme en el hasta el mismo fondo, e iniciando un vaivén magistral que arrancaba de mi gruñidos de placer animal mientras mi esclava, que se había dejado caer manteniendo tan solo su culo en alto, acariciaba con su mano su coño y estallaba en un orgasmo de puro placer que, al explotar intenso, hacía que su culo se contrajera sobre mi polla regalándome a mí un placer adicional.
Fue tan deliciosa la experiencia que no paré de follarme tan delicioso culo hasta que mi sierva se corrió dos, tres y hasta cuatro veces, en una sinfonía de gruñidos, jadeos, gemidos y palabras obscenas y malsonantes que no mantenías activos y sudorosos como una vieja máquina a vapor incapaz de detenerse.
Cuando ya mi sierva se rendía presa del agotamiento y era incapaz de sostenerse en esa postura tan placentera para mí, decidí que era el momento de atacarla a fondo, y aumentando el ritmo, la frecuencia y la potencia de mis embestidas, no paré de sodomizarla hasta que chorros de espesa, caliente y densa leche salieron de mi escocida polla para aplicarle una deliciosa lavativa en su dilatado ano.
Uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco chorros de denso esperma acabaron en las entrañas de mi esclava, mientras gruñía como un animal salvaje al que estuvieran apuñalando y gruesas gotas de sudor me corrían por la frente, por la espalda, por el pecho…
Aun después de acabar…, aun seguí follándome aquel hermoso culo…, más por inercia que por fuerza, hasta caer agotado en la cama a su lado…
Durante unos minutos todo fue quietud. Ni ella ni yo podíamos movernos. Tan solo se escuchaban nuestros jadeos, nuestras respiraciones aceleradas, nuestros pulsos desbocados…
Durante unos minutos el mundo se paró y nada más existía, a no ser nosotros dos, agotados, sudados, rotos de placer y deseo.
Durante unos minutos nada que no estuviera en aquella habitación importaba.
Justo hasta que, con un supremo esfuerzo, me incliné para mirar mi reloj y …

-       ¡Mierda, joder, cojones….!. Otra vez que llego tarde al trabajo.

Sayiid


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jueves, 14 de agosto de 2014




Fanny:

  ¡Cómo me enardeces, Gamiani! ¡Voy ya sintiéndome sin fuerzas!... Di: ¿y por qué te saliste de aquel convento endemoniado?

Gamiani:

  Vas a verlo: una noche, en medio de una orgía insensata, se nos ocurrió transformarnos en hombres colocándonos miembros prodigiosamente imitados, y ensartarnos las unas a las otras persiguiéndonos en una loca danza. A mí me tocó ser el último eslabón de la cadena, y era, por tanto, la única que cabalgaba sin que la cabalgasen. ¡Cuál sería mi sorpresa al sentirme atacada por un hombre desnudo, que había sabido, no sé cómo, introducirse entre nosotras! Lancé un grito de espanto y, al oírme y verle a él, todas las monjas se desbandaron y  fueron a caer incontinentes sobre el audaz intruso. Todas querían dar remate real al goce comenzado con un insuficiente simulacro. El festejado macho se quedó pronto hueco y seco. Daba lástima ver su abatimiento idiota, su antena flácida y colgante como sucia piltrafa, y toda su virilidad, en fin, en la más negativa exposición. Cuando me llegó a mí la vez de disfrutar el elixir prolífico, era casi imposible reavivar tales miserias. Pero lo conseguí, a pesar de todo. Inclinándome sobre el moribundo, sepulté la cabeza entre sus ingles, y tan constante y hábilmente chupetée al señor Príapo, que se despertó rubicundo y juguetón que daba gusto verlo. Acariciada yo a mi vez por una lengua experta, sentí bien pronto que se acercaba un supremo placer, el cual gusté sentándome orgullosamente sobre el cetro que acababa de conquistar, de modo que di y recibí un diluvio de deleite.
  Aquel espasmo agotó a nuestro hombre. Todo fue en vano para reanimarlo. Y ocurrió, ¡oh, femenina ingratitud!, que así que las hermanas comprendieron que el infeliz no servía para nada, determinaron, sin titubear, matarle y sepultarlo en una cueva, para evitar que sus indiscreciones comprometieran la buena fama de la casa de Dios. Inútilmente combatí la atroz sentencia: en menos de un segundo fue descolgada de su cuerda una lámpara y colgada la víctima en un nudo corredizo. Yo aparté mi mirada del horrible espectáculo. Pero hete aquí que la estrangulación produce su ordinario efecto y el miembro del ahorcado se alza rígido con enorme sorpresa de las monjas. La superiora, maravillada por aquella virilidad inesperada y póstuma, se monta sobre un escabel, y entre los aplausos frenéticos de sus infames cómplices, se desposa en el aire con la muerte y se ensarta a un cadáver. No acaba aquí la historia. O muy delgada o muy gastada para sostener tanto peso, la cuerda cede y se parte. Muerto y viva ruedan por tierra, con tan fuerte golpe, que la mujer se rompe dos o tres huesos y el pobre ahorcado, cuya estrangulación no había sido completa, vuelve a la vida e en su tensión nerviosa está a punto de ahogar a su infeliz pareja.
  El rayo que cae entre una multitud causa menos espanto que el que esta escena produjo entre las monjas. Todas echaron a correr despavoridas, creyendo que era Satanás quien había venido a gozar su infame orgía. Sólo la superiora quedó en la sala, entre las garras del resucitado inoportuno.


Gamiani, o dos noches de pasión (Alfred de Musset)


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miércoles, 13 de agosto de 2014




Cuerpo a la vista

 Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:

tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,

tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales,
prisioneros en llamas,

 tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,

sitios en donde el tiempo no transcurre,

valles que sólo mis labios conocen,

desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,

cascada petrificada de la nuca,

alta meseta de tu vientre,

plata sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre

y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos

como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla

y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,

el viento sopla por mi boca
su largo quejido cubre con sus dos alas grises

la noche de los cuerpos,

como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,

bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,

cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,

boca del horno donde se hacen las hostias,

sonrientes labios entreabiertos y atroces,

nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible

(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)

Patria de sangre,

única tierra que conozco y me conoce,

única patria en la que creo,

única puerta al infinito.


(Octavio Paz)

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