Prologo de El Libertino

martes, 30 de septiembre de 2014

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(Algunas) Normas para una buena sumisa.
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lunes, 29 de septiembre de 2014




Sonia lo miró, tendiéndole la mano derecha, y acariciando con la izquierda el cuello enrojecido de Alexei, mientras emitía sonidos consoladores, tales como:

—Ya, ya, ya. Vamos, vamos, vamos, etcétera.

Tomó, entonces, su mano y le dijo:

—Ven Nicolás —acomodándolo sobre su pecho libre.

Fascinado, Nicolás permaneció tendido allí, temeroso de decir algo que pudiera arruinarlo todo y mirando con un resto de prevención la cabeza abatida del Capitán de húsares que, no obstante, ya no le parecía tan terrible como cuando la miraba de abajo, esto es, hallándose Alexei bien plantado sobre sus pies. Se quedó allí, decía, hasta que captó un casi imperceptible cambio de ritmo en la respiración de la señorita, que acariciaba ahora su espalda y la del Capitán con los ojos cerrados y la boca anhelante. Alexei se inclinó sobre esa boca, lamiéndola dulcemente y deslizando una mano por la comba del vientre de Sonia, hasta apoyarla sobre el sexo con una presión exigente. Sonia apretó la cabeza de Nicolás contra su pecho y desatando los lazos del vestido le ofreció un pezón sonrosado y erecto.

—Chúpalo —le pidió, muy seria.

La mirada de Nicolás se encontró con los ojos atentos y algo espantados del Capitán que, al parecer, acababa de notar su presencia. Por un momento, el hombrecito sintió una contracción de miedo, pero sostuvo —inmóvil— la mirada de Alexei, y acabó por tranquilizarse pensando que siempre estaba a tiempo de matarlo, si la ocasión lo exigía, aunque rogando, también, que eso ocurriera —acaso debiera ocurrir— un poco más tarde.

Se encontraban, los tres, en una situación a un tiempo comprometida y lejana, como si sus gestos —cuerpos y palabras— les sucedieran, en cierta forma, por procuración. Pero también había — cada vez más a medida que pasaban los minutos— una suerte de concentrada colaboración. Cada uno de ellos (¿pero quiénes eran ellos?) procuraba adivinar, adelantarse al deseo de los otros, satisfacerlo satisfaciéndose. Atrapados en un mareo casi ensordecedor, sabían que actuaban, pero no sabían (no sabían) el nombre exacto de quienes llevaban adelante la acción. Y lo que en un principio había sido una situación en cierta forma clara —dos hombres y una mujer— se transformó imperceptiblemente en un sofocante e intenso vacío de placer, donde se movían tres cuerpos sin precisa y definitiva identidad. Este embudo amenazaba tragárselos (o al menos esto es lo que pensaba cada uno, perdido en su activa soledad), lo cual no hacía más que lanzarlos frenéticamente por encima de sus bordes, reclamando, tentando ese olvido pavoroso. Y es así cómo, al amanecer, estirada sobre la alfombra, desnuda, fresca y como recién lavada, Sonia murmuró:

—¡Oh, quisiera morirme! —y lo dijo con una sonrisa distendida y abierta, muy joven y sin ulterioridades.

El hombrecito, sin ropas, era casi hermoso. Delgado y enjuto.

—Yo también —dijo— quisiera morirme.
Y de todos ellos él era, tal vez, quien lo deseaba más ardientemente. Alexei, en cambio, se puso de pie con un gesto brusco.

—Yo —aseveró— hubiera preferido morir un poco antes de ahora.

Volvían, de pronto, a ser tres gestos precisos. La luz mezquina de un amanecer lluvioso no restituía los rostros, sino las funciones; no bautizaba, condenaba: una señorita, un caballero, un esclavo.

Retirándose a lo más oscuro de la habitación, Nicolás sufrió el golpe de este conocimiento, que lo sumió en una desesperación infinita. Permaneció acurrucado largo rato, con los ojos fuertemente apretados, sin ver (sin querer ver) nada, hasta que, como un relámpago, una idea se abrió paso en el lodazal de su padecimiento: «Yo, se dijo, soy el único que ha elegido. Yo sé de ellos todo lo necesario, mientras que ellos nada conocen. ¡Yo tenía una vida distinta, yo era otro, antes de ser éste!», y entonces abrió los ojos.

La educación sentimental de la señorita Sonia (Susana Constante)


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domingo, 28 de septiembre de 2014

Buenas noches amig@s. Hoy os traigo un regalo que le he robado a una fiel amiga de la mansión que nos visita hace años, pero que siempre ha permanecido en las sombras…, en esas sombras que tanto nos gustan a todos. Gracias Sirenia, por dejarte robar esta hermosa poesía.

Sayiid

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Piel de durazno,
en el cuenco de mi beso,
late tu hombría.
Me ofrendas,
turgente,
tu agua sexual.
Recorres cual pabilo
el surco de mi escote
para ungirme de lujuria,
bendito mal.
Bebo la humedad salada
de tu lágrima,
postrándome a tu aliento,
mi dulce dueño.
Porque invade mi alma
un arcano ancestral.
Y no hay placer
más sublime
que el de sentir tu éxtasis
atravesándome.
Bañada en ti, toda,
invoco a los dioses
del perdón.

Any Carmona
Del libro Impulso
(Poemas sensuales a la hora del té)

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viernes, 26 de septiembre de 2014




EL ÚLTIMO INVENTO

Informan que existe una nueva patente de calzador para poder meter grandes pollas en apretados ojos de culo; la misma ha sido inventada por una dama que pertenece a la Comedie Française. También nos dicen que el tal invento consiste, según lo practica su inventora, en colocar media piel de un melocotón, vuelta para arriba, sobre el capullo de la picha de su amante, antes de permitirle que le dé por culo a su querida Amie, quien prefiere un buen polvo por detrás, que no la ortodoxa y antigua jodienda por delante.

La Perla no. 4, Londres, Oct 1879


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jueves, 25 de septiembre de 2014





Bruce McGraw no tardó ni un instante en colocarse tras la apetecible muchacha. Se humedeció el glande con champán e introdujo la verga entre las voluptuosas nalgas, hasta encontrar el fruncido rosetón que se ocultaba entre ellas. Atacó su objetivo con vigor pero no con demasiada rapidez, para no hacer daño a la joven. Entraba y se retiraba con cuidado del suculento túnel, y le alegró comprobar, por el modo en que ella agitaba el trasero, lo mucho que Pearl disfrutaba de la penetración. Una vez que estuvo firmemente asentado, le rodeó la cintura con los brazos y le acarició el coño con los dedos para proporcionarle un placer adicional.

  Pearl seguía agitando la lengua en torno a la empapada vulva de su amiga, pero John Gibson encontró la forma de convertir el trío en cuarteto anodinándose sobre un cojín junto a Connie, que de inmediato tomó con los labios su gruesa polla y se puso a lamerla, besarla y chuparla con tal energía que pronto tuvo la boca llena de una copiosa eyaculación. Tan deprisa tragó el semen que no pudo evitar un pequeño eructo.

 —Calma, calma —dijo Bruce McGraw—. Recuerda lo que nos decían de pequeños: hay que masticar bien cada bocado antes de tragar.

 —No hay tiempo —replicó Connie—, ¡Además, me voy a correr otra vez!

  Hizo honor a su palabra, y Bruce y Pearl se unieron a ella en un triple grito de éxtasis. Los cálidos fluidos de Connie manaron por segunda vez en la boca de Pearl. Bruce McGraw inundó el orificio menor de Pearl con un chorro de cremoso semen, mientras los jugos de la joven le empapaban los dedos que él tenía hundidos en su coño.

  John Gibson sugirió entonces una variación de un luego muy popular entre las clases altas de Kirkudbrightshire, para el que era necesaria la presencia de dos muchachas, un hombre, un consolador y un plumero. Pero en la casa no contaban con los complementos requeridos, y además las jóvenes objetaron que el tiempo apremiaba y que estaban preocupadas por la vuelta a casa.

La pasión del conde (Anónimo)


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miércoles, 24 de septiembre de 2014




El cuerpo desnudo de la mujer se precipitó a la charca. Su figura se reflejaba en el agua ofreciendo un color blanquecino, coronado de un rubio como el oro y Goemon no dio crédito a sus ojos. Como si respondiera a su llamada, la fláccida verga se le endureció de repente mientras el resto de su cuerpo seguía helado. La joven se inclinó sobre el agua, salpicándosela por el cuerpo mientras sus generosos pechos caían hacia adelante, balanceándose, acariciando con los rosados pezones la superficie de agua. Irguió la espalda y percibió la figura inmóvil de Goemon, al que reconoció al instante, lo que provocó que su mirada languideciera. Vio aquella verga erecta y se ruborizó de tal manera que sintió un calor en la cara que le fue descendiendo hasta los senos. Los pezones, encogidos por lo fresca que estaba el agua, adoptaron un color rosáceo oscuro y comenzaron a hincharse. Vio entonces la espada desenfundada, que él llevaba todavía en la mano y, lanzando un grito, se escapó corriendo.
Su actitud hizo que Goemon diera un salto.
—No te vayas —le gritó con desespero.
Debido a su estado de confusión, le gritó en japonés, persiguiéndola por un bosque de bambú en el que ella se había internado huyendo de él.
Okiku se había despertado perezosa cuando Rosamund la dejó para ir a bañarse. Contemplaba abstraídamente el cielo sin pensar en el futuro. Finalmente, se desnudó y se dispuso a unirse a Rosamund en el baño. La imagen de aquel hermoso cuerpo extranjero hizo que se le encendiera el vientre y se le humedeciera la entrepierna. Se retorció los dedos, ante la idea de lo que iban a hacer durante y después del baño, contemplando diferentes posibilidades.
De repente oyó el grito de un hombre y el pavoroso chillido de Rosamund. En un abrir y cerrar de ojos, desenvainó la espada que tenía en un lugar oculto y corrió apresuradamente en la dirección de donde procedían los gritos.
El hombre que perseguía a Rosamund estaba completamente desnudo y sus intenciones eran obvias, dada su desnudez. Sin pararse a considerar los ruegos del hombre que decía: «No por favor, espera...», Okiku cargó sobre él, tratando de propinarle un golpe certero y homicida que le rebanara la cabeza.
Goemon tuvo suerte de que, a pesar de estar concentrado en otras cosas, sus reflejos fueran buenos y gozara además de una excelente condición física. Rechazó el golpe de Okiku con su propia espada y, de repente, ella se le echó encima. Cayeron al suelo, cada uno sosteniendo la mano en la que el otro tenía la espada, Okiku tenía mucho nervio y había aprendido en una escuela de lucha que no era peor que la de Goemon. La lucha era equitativa. Okiku le agarró con una pierna alrededor de las caderas y rodaron por el suelo, buscando cada uno un momento de debilidad de su contrincante. Estaban apretados el uno contra el otro y la erección de Goemon no cedía sino que, por el contrario, comprobó sorprendido que aumentaba. De forma instintiva la embistió, y Okiku, cuyo sexo se había lubricado cuando pensaba en Rosamund, no opuso resistencia, succionando aquel pedazo de carne de Goemon que entraba en su gruta.
Mientras las partes superiores de ambos cuerpos luchaban enconadamente, las partes inferiores se enzarzaron en una batalla no menos virulenta. Goemon empujaba lujuriosamente con la esperanza de hacer llegar al clímax a su oponente antes de que él lo hiciera. Okiku oprimía su gruta cada vez que él se salía de su interior. Ambos sabían que el primero en correrse sería el perdedor y probaría la espada del oponente; ya fuera durante los estertores del orgasmo o en el posterior estado de extenuación en el que se sumergirían.
Ambos respiraban agitadamente, sin rendirse al otro, luchando con sus cuerpos. Estaban cara a cara, ceñidos entre dos gruesos troncos de bambú, sin olvidarse de sus mortíferas armas, aunque la batalla en la que estaban enzarzados no les daba margen de maniobra.
Oyeron confusamente los distantes sollozos de Rosamund al tiempo que aceleraban el movimiento de caderas, acaso estimulados por ese sonido que tanto significaba para ellos. Los embistes se hicieron más cortos y violentos y por entre los dientes emitían un silbido. Elevaron el pecho y de nuevo lo dejaron caer, y el sudoroso contacto de sus cuerpos desencadenó en ambos un clímax simultáneo.
Goemon, que sentía en la verga el inicio de los espasmos, sabía, como el hombre que se aclara la garganta antes de hablar, que iba a morir. Movió violentamente las caderas hacia fuera, sin ya importarle. Sucumbió a la intensidad de aquella sensación al tiempo que por el interior de la verga fluían corrientes intermitentes de caliente esperma.
Okiku no pudo soportar por más tiempo aquella presión y aunque sabía que podía correrse de nuevo una y otra vez, no ignoraba que el hombre que estaba en su interior era un luchador experimentado y que aprovecharía cualquier momento de debilidad como el que ahora..., comenzó a sentir. La humedad de su coño se desató, al correrse frenéticamente mientras gemía de placer y de pena por Rosamund y por su propia vida.

Los placeres del samurái (Akahige Namban)


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lunes, 22 de septiembre de 2014



Elementos con los que se debe contar en el lugar donde se realiza la orgía:

Una mesita ratona no muy baja y pantuflas por si alguno de los invitados desea hacer La Tortuguita.
Buen servicio de agua caliente para los que quieran ducharse después. Y antes si fuera necesario. (Se recomienda agua caliente central y no termotanque si los participantes son muchos.)
Varios juegos de vibradores con diferentes cabezales. Asegúrese de que sean tan fáciles de sacar como de introducir: queda muy feo tener que llamar al ginecólogo o al plomero a las tres de la mañana por un vibrador atascado.
Más de una cama para evitar discusiones. También puede servir una alfombra mullida.
Si no se cuenta con una alfombra mullida, proveerse de varias colchonetas.
Si se cuenta con una alfombra mullida, tener a mano limpialfombras y quitamanchas.
Un simpático surtido de forros de varias marcas y colores, con distintos adminículos incorporados.
Vaselina y otras cremas lubricantes que no contengan vaselina. (Hay orgiastas alérgicos de todo tipo).
Un juego de destornilladores y una linterna.
Uno o varios sets de parafernalia sadomasoquista.
Un botiquín de primeros auxilios.
Los teléfonos del Servicio Sacerdotal de Urgencia, y de Emergencias Psiquiátricas para los que se arrepienten espantosamente en cuanto acaban por tercera vez. (Siempre hay alguno).
Una o varias plantas carnívoras.

Usted se preguntará para qué el set de destornilladores y la linterna. O las plantas carnívoras. No tengo por qué decírselo. Es uno de los secretos de la Casa Badmington. Use su imaginación y averígüelo por su cuenta.


Manual Nacional de Cortesía Sexual (Lord Badmington )

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domingo, 21 de septiembre de 2014


Mujeres perfectas?
No gracias…
En la mansión queremos mujeres de verdad.
Besos para todas en esta noche de domingo.

Sayiid

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sábado, 20 de septiembre de 2014




Teresa

 En cuanto a mí me embrutecí
de ti oliéndote al galope todo el cuero, esto es
toda la fragancia de la armazón, el triángulo
convulso, me
_a lo largo de tu espinazo_ embrutecí
de ti, por
viciosilla arcángélica, aleteante
la nariz, por pájara
afro y a la vez exenta, por
motora a diez mil, por
oxígena de mi oxígeno me
embrutecí de ti, por
esas dos rodillas
que guardaron todo el portento
diáfano, por
flaca, por
alguna otra vertiente
que no sé, por adivina
entre las adivinas esto quiere decir por puta
entre las putas, por santa
que me dio a comer visiones en
la mácula de la locura
del castillo interior que ando buscando en
la reñiñez, por
la gran Teresa caliente de Babilonia que eres, alta
y sagrada, por
cuanta hermosura enloquecedora hay en la Poesía para mí
me embrutecí de ti.

(Gonzálo Rojas)

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viernes, 19 de septiembre de 2014




Pronto, entre sus muslos, la blancura de una vaina, al agitarse, hacía relampaguear la apretada violeta que descubría y ocultaba. Marcos, susurraba la cinta, Marcos... voy a correrme, voy a vaciar mi leche sobre ti, voy a ahogarte. Y los labios de Marcos se entreabrían y, al igual que un animal estira inútilmente la cadena que lo atrapa, su lengua oteaba, succionaba el aire para arrancarle alguna gota del denso aluvión garantizado. Una gasa transparente y resbaladiza relucía en su boca. Marcos, continuaba la cinta, Marcos... voy a encularte, voy a romperte el culo con mi polla. Y la saliva de Marcos, como el aceite sobre una herramienta, inundaba la mano inactiva que, al instante, comenzaba su labor. Llegaba a los aledaños de la grieta que dividía sus nalgas y se deslizaba hasta el fondo del valle. Allí sus dedos presionaban con sabiduría hasta que la carne cedía al fin, alisaba el borde arrugado de su hermético agujero, distendía su conducto acolchado para, una vez absorbida su presa, estrecharse, ajustarse en torno a ella como un molde. Marcos, Marcos... tengo aquí lo que quieres, lo que te mereces, Marcos. Tengo un látigo con nudos, con púas para destrozarte. La espalda de Marcos se arqueaba, se tensaba impulsando su vientre en un espasmódico vaivén. Y su cuerpo se crispaba como horadado por uñas de diamantes y aceleraba su ritmo como sacudido por invisibles lenguas de cuero. Marcos... voy a reventarte, voy a clavarte el mango de mi fusta, voy a hincarte el cañón de mi revólver, Marcos. Y un, dos, tres dedos de Marcos desaparecían en el elástico túnel y volvían a emerger con la precisión de un pistón bien lubricado. Voy a dispararte el chorro de mis cojones, a orinarme en tu boca. Marcos. El aro que formaban el pulgar y el índice sobre la húmeda ciruela del glande se ocupaban frenéticamente de que fuera eyaculando todo el nácar, abatida la altivez, la dureza amansada, mientras la cinta exhalaba un penetrante pitido señalando el final de la ceremonia.

Alevosías (Ana Rossetti)


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jueves, 18 de septiembre de 2014




Heme aquí de nuevo,
amigos de la mansión.
Mucho os he añorado…,
os lo digo de corazón.

Una nueva etapa empieza,
una nueva y feliz ocasión,
en la que todos y todas juntos,
engalanaremos este salón.

Lo vestiremos de lujuria,
de deseo y de pasión,
de historias tremebundas,
de humor y mucha acción.

De cuerpos y caras hermosas,
de sátiros y lujuriosas diosas,
de dominantes, de sumisas,
de perversos masoquistas,
de románticos y de optimistas,
de putas y sodomitas,
y hasta de algún culebrón,
donde en plena copulación,
un sádico y su sumisa,
se enterarán, veréis que risa,
de que padre e hija son.

Pues aunque parezca increíble,
todo es posible en esta mansión.

Os lo dice el Satiricón,
que con las pilas cargadas,
y lleno de morbosa ilusión,
abre de nuevo las puertas,
de esta…
Su querida mansión

(El Satiricón)

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miércoles, 3 de septiembre de 2014




Deseadas vacaciones de verano,
que ya casi sois de cálido otoño,
miradme como revivo y  retoño
cuando os tengo ya en mis manos.

Sé que no seréis duraderas,
ni la mitad de lo que merezco,
por eso os cojo rápido y  presto,
y con buen ánimo me apresto,
a apuraros sin ningún decoro.

Cercana estará ya la vuelta,
en cuando me haya despedido,
más os dejo, mis amig@s,
un recado:

El de cuidarme, con presteza,
esta mansión del pecado,
cuya puerta dejo abierta
para acoger al cansado,
al sediento, al excitado,
al curioso y al degenerado.
Al puritano y al lascivo,
al dominante, y al sometido,
al que busca su camino
y a aquel que ya lo ha encontrado.


Tod@s sois bienvenidos,
al  calor de la mansión,
y aunque el dueño se ausente,
no espero menos de vos,
que hagáis lo que yo haría,
si estuviera en vuestra situación,

Me voy, pues, unos días
amig@s de la mansión,
más volveré enseguida,
con renovada energía,
para gozar cada día,
de vuestra buena compañía,
de la literatura prohibida,
y de los vicios de la mansión.

Muchos abrazos y besos,
azotes y latigazos,
que cada cual coja presto
lo que quiera ser probado,
pues aparte del incesto,
y ni eso está probado,
no hay límites impuestos
a los que a la mansión han llegado,
tan solo el  de guardar respeto,
y hacerlo sano y consensuado,
que en la guerra, como en el sexo,
todo vale si es bien  tolerado.

Os lo dice el Satiricón…
que de esto…
sabe un montón  J

(El Satiricón)


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martes, 2 de septiembre de 2014




“La posición más normal y poco placentera por sus movimientos limitados es ‘el misionero’ (el hombre acostado sobre la mujer). No brinda una penetración profunda y se siente mucho el peso del hombre sobre la mujer, lo que le causa dificultad para respirar, y ni se diga si el hombre es barrigón. Es la posición favorita de los malos amantes”.

Esperanza Gómez, actriz porno.


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lunes, 1 de septiembre de 2014




"Si he decirlo todo, esperaba la llegada de la sanguina de un momento a otro (soy más puntual que un reloj), y el señor Vajilla era mi último hombre del día. Guarrada por guarrada, prefería sentirlo chapotear en los restos de mi digestión que en la sangre de los pintores"

En los salones del Placer  (Jacques Cellard)


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