Prologo de El Libertino

viernes, 31 de octubre de 2014





Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.


Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.


Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.


A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.


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Llamé al cielo, y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, y no yo.


Don Juan Tenorio (Zorrilla)


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jueves, 30 de octubre de 2014




La comida prosiguió sin más incidentes, aparte de que, entre los quesos y los pasteles, volví a deslizar la mano bajo el mantel para toquetear aquella minina que crecía, no puedo decir a simple vista, por supuesto, pero exactamente igual, al tiempo que me restregaba de lo lindo el trasero contra la silla. Esta vez, Max comprendió. Un momento después, mientras me comía mi ración de pastel, él también deslizó una mano por debajo de la mesa y me pellizcó amablemente el culo con toda la mano. Yo lo levanté un poco, sin dejar de comer y de escuchar la conversación de los mayores y  sentí que su dedo buscaba el ojete para introducirlo allí a través de las enaguas. Lo que más me excitó fue que pudiéramos pensar en lo mismo los dos a la vez sin que la familia sospechara nada y que mantuviéramos un secreto tan sucio y agradable.
Aquello sólo duró un minuto, o quizá menos, pero descubrí que podía fingir estar allí, en familia o, más tarde, en sociedad, y en realidad estar en otra parte, en el interior de los pantalones de un hombre, por ejemplo.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)


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miércoles, 29 de octubre de 2014




“Si te he visto no me acuerdo, 
pero si te desvisto no te olvido”

Vox populi


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martes, 28 de octubre de 2014




Ya que no he olvidado, al menos debería avergonzarme pensar en ello con tanta complacencia. Una noche de bodas es diferente. Se desarrolla mejor o peor, nunca realmente bien, y no vale la pena volver a hablar del asunto; en eso todo el mundo está de acuerdo, desde los padres hasta el cura, pasando por el alcalde. ¡Pero yo, a los catorce años, delante de una criada viciosa y con mi hermano, con mi verdadero hermano! Al menos tendría que haber amañado mis recuerdos. Si hubiera sucedido de noche, por casualidad, con un primo lejano que se hubiese deslizado en mi cama mientras yo dormía... O incluso en pleno día, en el bosque, a manos de un infame personaje que pasaba por allí mientras yo recogía setas, y había visto que mi culo asomaba un poco bajo las bragas. No se puede culpar a Caperucita Roja de haber sido víctima del lobo, ¿no es cierto? Aun cuando, en el fondo, la pobrecilla se muriera de ganas de que la devorara... Y, sobre todo, el primo o el lobo me hubieran desflorado en toda regla: en una cama o sobre la hierba fresca, pero por delante, por la hendidura, y haciéndome mucho daño. Con acompañamiento de sangre y lágrimas, pero en toda regla, si se me permite decirlo así.
Pues bien, no. No he amañado nada porque todo estaba del mejor modo posible. A la criada viciosa todavía la bendigo por su vicio. Gracias a ella no he vivido como una idiota ni he sido una desgraciada. Pocas madres hay que puedan decir otro tanto de su hija. ¿Que era mi hermano? Sí, ¿y qué? Compadezco a las chiquillas que no tienen un hermano mayor a mano para facilitarles las cosas. O, como mucho, un primo. Yo tuve uno para sustituir a mi hermano cuando llegó el momento, y lo aproveché bien. Sin embargo, resulta mucho más incómodo. Es preciso que tenga la edad adecuada, que te guste y que comprenda que puede hacerlo; por no hablar de encontrar el momento, la ocasión y un lugar tranquilo. En cambio, un hermano siempre está más al alcance, más disponible para utilizarlo sin preocupaciones ni alborotos. Y el asunto no pasa a mayores mientras quede reducido a los devaneos tradicionales. Él lo olvida todo en cuanto encuentra a otra chica para joder; y tú, cuando encuentras a otro chico para que te la meta, ya sea al estilo normando o al estilo paterno.


Lo llamo «estilo normando» en recuerdo de Adéle y porque resulta fácil de recordar. Cuando Max acabó de descargar y ella le limpió la minina, que estaba, todo hay que decirlo, un poco manchada de caca, Adéle dijo:

—Bien, palomita, ya has hecho otra cosa buena. Y tú también, Max. Pero no se os ocurra hacerlo en vuestra habitación, porque os cansaríais demasiado y vuestros padres sospecharían algo. Además, el domingo, en la bañera, estoy yo para ayudaros. Los dos solos, acabaríais haciendo tonterías.

Yo no entendía lo que quería decir con aquello de hacer tonterías.

—Dédéle —le pregunté—, ¿es eso lo que hacen las personas mayores cuando están casadas? Dime, ¿es eso lo que hace» para tener hijos? Así lo creía yo, y me parece que la mayoría de niñas a esa edad, e incluso más mayores, y no pocos muchachos, creen lo mismo. Al menos Max acababa de aprender que el rabo denlos chicos no sólo sirve para hacer pipí; aunque eso, supongo que Vincent Vierneau ya lo sabía y se lo había contado. En cualquier caso, Adéle se encogió de hombros.

—No, no, no es eso. ¡Santa inocencia! —me respondió—. Al contrario. Las chicas lo hacen así mientras no están casadas, para no tener hijos. Creo que las personas casadas siguen haciéndolo cuando les gusta. Lo que sé es que en mi pueblo, en Maizy le Thou, en el Orne, las chicas de mi edad no se privan de ello cuando quieren satisfacer a sus galanes sin correr riesgos. Y ellos no se quejan demasiado. Saben perfectamente que, de otro modo, acabarían con el anillo en el dedo tras el paso del cura. Perdón, quiero decir después de pasar por delante de él... —añadió riendo.

—Pero, Dédéle —insistí—, ¿a ti ya te la han metido por ahí? Podrías hacerlo con Max para que yo lo viera.

Al oír aquello, Adéle se enfadó un poco. Comenzó a refunfuñar, diciendo que estaba completamente loca y que si no me daba vergüenza proponerme semejante cosa. Max no decía nada. Durante el tiempo que pasamos charlando, nos habíamos secado casi por completo y sólo nos faltaba vestirnos. Adéle puso orden en la cocina con la ayuda de Max. El seguía desnudo y, al guardar la bañera en su sitio, bajo el aparador, se frotó un poco contra su blusa mientras ella estaba arrodillada empujando la bañera. Adéle se dio cuenta y, al incorporarse, tomó entre sus manos la minina de mi hermano como si quisiera jugar. Ya estaba más grande que de costumbre, cuando me la enseñaba mientras hacía pipí, y todavía creció y se puso más dura entre las manos de Adéle. De pronto, el rostro de ella cambió de expresión. Hoy sé que se moría de ganas, como Caperucita Roja, y que ya no podía esperar más tiempo —hacía casi dos meses— que alguien se la metiera por el ojete.

Dejó escapar un profundo suspiro, sin soltar el miembro, y dijo:

—¡Mucho debo quereros, bribones, para consentiros tantos caprichos! Si de mí dependiera, aceptaría de buen grado por daros gusto, pero ya hace rato que estamos encerrados en la cocina y vuestra madre podría preguntarse qué está pasando. Quedaos aquí calentitos, que yo iré a verla.

Salió de puntillas y regresó un momento después.

—La pobre señora duerme como una bendita —dijo—. Además, no tardaremos mucho.

Max volvía a estar como antes, cuando me la había metido. A mí aquello me parecía de lo más natural, y me hubiera encantado que empezara otra vez conmigo, pero no podía decirlo, ya que la idea de que lo hiciera con ella había sido mía. ¡En fin, hay que saber ser egoísta! No obstante, Adéle lo enjabonó un poco para que se le pusiera bien tiesa. Yo me apresuré a proponerle si la enjabonaba a ella, pero Adéle dijo riendo:

—No te preocupes, entrará con la misma facilidad que en el tuyo. ¡Pobre querubín! —añadió, acariciando a mí hermano bajo la minina, alrededor de las bolas—. Todavía no la tiene bastante grande para que me cause mucho efecto, pero no nos hará daño ni a él ni a mí. ¿No es cierto, gatito? —le preguntó a Max sin dejar de rascarle las bolas—. Te sentará bien descargar otra vez, pero ahora en una mujer de verdad. Y prefiero ser yo, antes que cualquier tirada del barrio. ¡Vamos, hombrecito, a la faena!

Aquello planteaba una dificultad. Max me sacaba a mí media cabeza, pero, flexionado las piernas, se había situado justo a la altura apropiada para ensartarme. ¡Con Adéle habría tenido que subirse a un taburete! Sin embargo, ella ni siquiera lo intentó; en lugar de eso, se puso a cuatro patas en el suelo, aplastando la nariz contra un paño como si hubiera estado fregando suelos toda la vida, y se arremangó las enaguas hasta la cintura. En aquella postura, realmente se le veía un trasero enorme para una mujer como ella, dado que estaba con la espalda arqueada y que no tenía mucha cintura. Max y yo permanecíamos allí, plantados como mojones y mudos como estatuas, tan fascinados estábamos por aquellas gruesas nalgas blanquísimas entre las que se distinguía a la perfección la raja y el oscuro agujero rodeado de pliegues, y más abajo una mata de largos pelos rubios que colgaban totalmente mojados, pues ella había separado las rodillas para darle facilidades a Max. Mirar su ojete y su cosa, que me parecía enormemente grande y roja, me excitaba sobremanera, y pensaba que si yo fuera chico ya me habría metido dentro de ella y estaría moviéndome como un verdadero diablo. Pero Max no parecía muy decidido a hacerlo. En el fondo, le pasaba lo mismo que a mí. Con su hermana era algo natural; con otra, aunque fuera Adéle, dejaba de ser un juego para convertirse en una primera vez, y una primera vez siempre da cierto miedo.

A Adéle no le hacía ninguna gracia esperar con el culo al aire, pero estaba demasiado excitada para abandonar. Levantó la cara del paño para decirnos:

—Bueno, ¿os habéis dormido o qué? Vamos Lulu, ya que te has ofrecido, muévete un poco.

—Acércate, Max —le dije en voz baja—. Nunca lo conseguirás si no te arrimas bien a ella. Venga, decídete, será todavía mejor que conmigo, ya lo verás.

El avanzó entre sus rodillas y ella pasó un brazo por detrás para cogerle la minina e introducirla. Sin embargo, la diferencia de altura era demasiado grande. Max empezó a empujar contra sus nalgas, pero demasiado arriba. Entonces, Adéle se volvió para decirle:

—Así no funcionará, querubín. Arrodíllate entre mis piernas y acércate todo lo que puedas.

Así lo hizo, pero en esta ocasión estaba demasiado abajo. Al empezar de nuevo a empujar, creo que se metió en su cosa en lugar de hacerlo en el ojete, porque ella exclamó: —¡No, no, gatito, ahí no! Me harías daño, y eso no puede ser.

Sin levantarse ni dejar de frotar a Max por debajo, entre sus muslos, me dijo que fuera a buscar las dos almohadas grandes de nuestra habitación y que las trajera sin hacer ruido. Cuando volví, se puso uno debajo de cada rodilla y por fin logró situarse a la altura adecuada. Yo no veía lo que hacían, pero tampoco necesitaba imaginármelo, porque ella lo iba contando todo a medida que sucedía y la oía muy bien, pues había cruzado los brazos y tenía la cabeza apoyada sobre ellos, ligeramente vuelta hacia mí. Decía más o menos lo siguiente:

—¡Oh! El muy guarro la tiene más gorda de lo que parecía. ;Ay! Me hace un poco de daño... No, ahora ya no, ya ha entrado. Vamos, querubín, empuja hasta el fondo, menéate bien,.. No tan deprisa, Max, no tan deprisa, quiero disfrutar de tu minina más tiempo... ¿Sabes, Lulu? —Ahora se dirigía a mí—. Su chisme todavía tiene que crecer, pero ya se pone tan tieso como el de un hombre... ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que está tieso! Eso es porque va a descargar, el muy guarro... Está caliente... Va a descargar para su Adéle..., para su Dédéle... ¡Sí, sí! Ya viene, ¿verdad? Ya viene, marrano mío.,. ¡Ah! Un poco más... Otro chorro, hombrecito... ¡Ahí,..

Al mismo tiempo, ponía los ojos en blanco y babeaba un poco. Yo estaba sorprendida por todas aquellas expresiones y movimientos, ya que meneaba el culo como si estuviera poseída. Por supuesto, yo no sabía que cuando una mujer goza no puede controlar ni su lengua ni sus nalgas. Más adelante, hice lo mismo que todas las prostitutas y muchas mujeres honradas, es decir, cuando no sentía nada, cosa que sucedía a menudo, fingía gozar para contentar al cliente.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)

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lunes, 27 de octubre de 2014




“Las mujeres son como la sopa: 
no hay que dejarlas enfriar”

Jean Anouilh

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domingo, 26 de octubre de 2014




Como diría el señor De La Palice, sólo hay una primera vez, al menos para estas cosas. Está la primera vez en que se coge entre las manos la tranca de un hombre, la primera vez que te la meten en alguna parte, la primera vez que sientes, e incluso aunque lo hagas diez mil veces después y sea mucho mejor, ya no será la primera, la única que, en mi opinión, no se puede olvidar. La prueba está en lo que me sucedió hace tres o cuatro años.

Yo ya vivía aquí, en la calle Provence, en un piso con mis propios muebles. En aquella época, mi doncella era Julie Froument, una descarada que me vi obligada a despedir porque me quitaba los clientes. Además, no lo hacía por dinero, sino por placer y para engañarme. Yo trabajaba mucho, pero aun así los hombres me dejaban bastante tiempo libre por las mañanas. Aprovechaba aquellos momentos para engalanarme, pasar una hora en la bañera, y soñar con todo lo que ya había vivido y todo lo que aún podría vivir.

Julie me ayudaba a preparar el baño y me secaba. Era un poco tortillera, como todas las doncellas, por lo que de vez en cuando le permitía que ganara algún luis extra organizando un pequeño espectáculo de mujeres para los aficionados a ese tipo de cosas. No se parecía en nada a Adéle (era muy morena y más bien rechoncha), y no experimentaba hacia ella los sentimientos que Adéle provocaba en mí. Por lo demás, era una doncella lista y juiciosa. Tenía un amante poco menos que titular, un joven de veinte años que sólo pensaba en llevársela a casa, cosa que al final consiguió cuando ella se quedó sin trabajo. Tenía un aspecto de granuja que me recordaba bastante al de Max a su edad.

Un día —era previsible—, quise rememorar la sesión de marionetas que significó mi debut, con mi hermano. Le dije a Julie que me gustaría que su Théodore me secara un día, e incluso algo más, si ella no tenía inconveniente. En cualquier caso, les pagaría cinco francos a cada uno. Ella se hizo un poco la estrecha, pero dos días después, tras haber hablado con su Dodore, aceptó. Para abreviar, una mañana nos encontramos los tres tal como vinimos al mundo en la cocina de mi casa, y yo intenté imaginar que Julie era Adéle, y él Maximilien.

Pues bien, aquello no me causó ningún efecto. Tal vez sentí algo mientras lo enjabonaba para que se empalmara. Cuando lo hube logrado, acerqué mi cuerpo a su vientre y separé mis nalgas mientras me repetía: «Lo hacíamos así, y daba gusto, mucho gusto». Pero en esta ocasión no, porque no era más que un jovenzuelo del montón jodiéndome al estilo normando, y ni siquiera bien, porque lo hacía demasiado deprisa y con demasiada violencia. La verdad, había tenido mejores entretenimientos: artistas que se tomaban su tiempo y cuidaban los detalles hasta dar el toque final con maestría. ¿Con maestría? ¡Vaya que sí! Se retiró de golpe como si ya hubiera hecho bastante por los cinco pavos y, lo que es peor, me dio una palmada en el trasero exclamando:

—¡Tienes un bonito culo, preciosa! Y como veo que te gusta, ¿lo hacemos otra vez?

Sin embargo, se daba perfecta cuenta de que no había funcionado, de que yo no había gozado. Y, para colmo, la otra idiota no dejaba de repetir:

—Mi Dodore es un macho, ¿eh? ¿Verdad que es un macho, señora? 

Los hubiera matado a los dos. Les dije que había estado muy bien, pero que tenía una migraña terrible y que quería quedarme sola. Ellos no insistieron. Una vez superada la decepción, llegué a una conclusión. Los recuerdos de infancia sólo existen en nuestra mente, y es maravilloso poder evocar a voluntad los mejores. Pero el cuerpo no tiene recuerdos. Sólo tiene apetitos.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)


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viernes, 24 de octubre de 2014




“A cualquier mujer le gusta ser fiel; 
lo difícil es hallar al hombre
 a quien serlo.”

Marlene Dietrich

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miércoles, 22 de octubre de 2014




Poco faltó para que nos olvidáramos de Max.
Adéle vació la mitad de la bañera y yo le ayudé a echar más agua caliente, tras lo cual salió de la cocina y empezó a gritar en el pasillo para que la oyera mamá:

—¡Señorito Max! ¡Lucienne ya ha acabado de lavarse, ahora le toca a usted!

¡Señorito Max! ¿Y qué más? ¡Señorito minina, eso sí! Max llegó en camisa de dormir, quejándose de que había cogido frío porque le habíamos hecho esperar mucho rato.

—¡Quítese de una vez la camisa, señorito Max! —ordenó Adéle—, Su hermana y yo nos encargaremos de hacerle entrar en calor. ¿Verdad, Lucienne?

Él se metió en la bañera y ella empezó a enjabonarlo, como la vez anterior. Aquello no parecía causarle mucho efecto, al menos en lo que se refería a la cuca, que había crecido un poco, pero no se erguía. Seguramente era a causa de la espera, que lo había puesto nervioso. Yo esperaba ver algo, cuando Adéle declaró:

—Hoy habrá un cambio, gatito. Te frotará tu hermana, así cogerá práctica. Estoy segura de que con su pequeña mano te hará venir mejor que yo.

¡Otra cosa nueva! El hecho de que fuera mi hermano no me turbaba demasiado. Entre parientes hay que mostrarse servicial, ¿no es cierto? Y para mostrarse servicial, es preciso saber cómo hacerlo, por supuesto. Yo no lo sabía, pero Adéle me lo explicó:

—Colócate a su lado dentro de la bañera, palomita. Sí, a ese lado. Pásale el brazo por la espalda para apoyarte. Así, muy bien. Ahora enjabónate bien la palma de la mano y frota con suavidad, como hice yo el otro día, ¿te acuerdas?

¡Vaya si me acordaba! A medida que mi mano subía y bajaba a lo largo del plátano, más suspiraba Max, y más crecía y se endurecía el chisme. Ya no veía a Adéle, pero mientras me encontraba ocupada con Max, noté que ella me separaba un poco las piernas y me metía un dedo en el ojete. Sin soltar la minina de mi hermano, me dejé hacer, evidentemente, e incluso me sentía muy orgullosa de ello. Casi enseguida, no sé cómo comprendí que iba a suceder algo y grité:

—¡Dédéle, Dédéle! Creo que a Max le va a venir. Está muy caliente. ¿Qué tengo que hacer?

Ella se levantó de inmediato y me apartó la mano.

—Quédate así, Max —dijo—. Voy a enseñarte otra cosa. Y tú, Lucienne, aprovecha para mirar lo que se hace con un hombre.

Yo observé con atención, y me entretuve en hacer que la tranca descendiera empujando la punta. Bajaba un poco, pero, cuando la soltaba, volvía a subir y chocaba contra el vientre.

—Tu hermano ya se empalma muy bien, ¿sabes? —me dijo Adéle—.
¡Pobre criatura! Como no hagamos algo, su jugo se perderá en la nada.

—¿Cómo que mi jugo se perderá en la nada? ¿Qué quieres decir? — preguntó Max.

—Eso significa que descargarías completamente solo, como los curas. Podrías cogerle gusto y no querer saber nada de las mujeres, y eso sería una pena. Pero ya veréis, polluelos míos, vamos a arreglarlo ahora mismo.

Entonces, se enjabonó bien las dos manos. Con una, cogió otra vez la minina de mi hermano con suavidad, sin apretar; y la otra la deslizó entre mis nalgas, volviendo a introducir dos dedos en el ojete. Ya entraban solos, y de pronto comprendí adonde quería ir a parar. Sin embargo, me callé porque temía estar imaginando cosas imposibles. Aunque la verdad es que parecía una buena idea. Adéle nos hizo salir de la bañera y colocarnos uno frente a otro, yo de espaldas a Max, cuyo chisme seguía entre sus manos, y le dijo a él:

—Vamos, pequeño guarro, demuéstranos que eres un hombre de verdad.

Sepárate un poco las nalgas con las manos, Lulu, yo guiaré a tu hermano.
Y así, enjabonados como íbamos los dos, su chisme entró enseguida en mi trasero, ocupando el lugar donde estaban los dedos de Adéle, con la misma facilidad con la que el cuchillo se sumerge en un trozo de mantequilla. Sin embargo, cuando empujó para llegar hasta el fondo, sentí una quemazón e intenté retirarme, pero Adéle no sólo no me dejó, sino que al mismo tiempo empezó a acariciarme por delante. Así daba mucho gusto, y hubiera deseado que no se acabara. Pero entonces el chisme se puso muy caliente, y Max se agarró a mis caderas para apretarme todavía más contra él. Sentí que descargaba dentro de mí y que la minina seguía estando dura. Yo sudaba a chorros a causa del calor que hacía en la cocina y de la agitación, y a ellos les sucedía lo mismo. Luego, la minina se desinfló y, al salir de mi trasero, sonó como cuando se destapa el fregadero.


(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)

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martes, 21 de octubre de 2014





Bésense en la boca, 
lésbicas baudelerianas, 
árdanse, aliméntense o no 
por el tacto rubio de los pelos,
 largo a largo el hueso gozoso,
 vívanse la una a la otra
 en la sábana pervesa 
y áureas y serpientes ríanse del vicio
 en el encantamiento flexible, 
total  está lloviendo peste por todas partes 
de una costa a otra de la Especie,
 torrencial el semen ciego
 en su granizo mortuorio del Este
 lúgubre al Oeste,
a juzgar por el sonido 
y la furia del espectáculo.
Así, equívocas doncellas, 
húndanse, acéitense locas de alto a bajo, 
jueguen a eso, 
ábranse al abismo,
 ciérrense como dos grandes orquídeas,
diástole y sístole de un mismo espejo.
De ustedes se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.

(Gonzálo Rojas)


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lunes, 20 de octubre de 2014




El baño de aquel domingo supuso un cambio en nuestra vida. Adéle no hablaba de ello, pero, cuando venía a despertarnos para ir al colegio, deslizaba una mano bajo mis sábanas y me acariciaba un momento entre las piernas, como si quisiera recordármelo. Después se dirigía a la cama de Max, y yo sabía que también ponía la mano allí y que la dejaba más rato, porque una mañana me dijo al salir de la habitación:

—¿Sabes, palomita? Esta noche, el pequeño guarro de tu hermano se ha descargado en la cama. Seguro que ha soñado con alguna chica.

…………………………………………………………

La semana pasó muy deprisa. Antes de dormirnos, Max y yo hablábamos del próximo baño con embriaguez y cierta inquietud. ¿Habría sido sólo por una vez? ¿O quizás Adéle volvería a acariciarnos? El viernes, Max no pudo aguantar más y se lo preguntó.

—Ya lo verás —respondió ella riendo

…………………………………………………………..

Mientras Max esperaba su turno, yo me reuní con Adéle en la cocina, que ya estaba caldeada, y las caricias se repitieron. Aunque no fueron exactamente iguales. Cuando me estaba frotando con suavidad entre las piernas, me preguntó:

—¿Te gusta que te meta el dedo en el agujerito al mismo tiempo? ¿No te hace daño, tortolita?

Precisamente yo estaba pensando que tenía muchas ganas de que me lo metiera, y le respondí:

—No, no me haces ningún daño. Creo que es una guarrada, pero lo encuentro divertido y me gusta.

Ella llevaba las uñas muy cortas, y es verdad que resultaba divertido y agradable sentir como un dedo caliente se hundía ahí. Uno, e incluso dos. Primero el medio y, como me retorcía de placer, después el índice. Al mismo tiempo, intentó introducir el dedo medio de la otra mano en la hendidura, pero yo dejé escapar un débil grito de dolor y no insistió. Sin duda, mi clítoris empezaba a crecer y a adquirir mayor sensibilidad, pues la sensación que experimenté fue mucho más intensa que la primera vez. A continuación, Adéle se incorporó y me dijo:

—Ahora te toca a ti, palomita. Acaríciame bien, mejor aún que el domingo pasado.

Esta vez no tuvo que guiarme. Enseguida encontré la hendidura y el clítoris, que podía coger entre los dedos de tan hinchado como estaba. Ella se apoyaba en mis hombros con las piernas muy separadas y emitía una especie de suspiro interminable. Luego, me pellizcó un hombro y se puso en tensión.

—Sí, Lulu —murmuró—, ya viene, ya viene... ¡Ah, qué bueno es! ¡Tenía tantas ganas!

Al mismo tiempo, soltó en mi mano un líquido caliente que parecía pipí y se dejó caer en el taburete. Yo me senté en la bañera porque las piernas no me sostenían a mí tampoco. Las mujeres nunca se decepcionan unas a otras, es algo que después tuve ocasión de comprobar a menudo. Saben mucho mejor que los hombres lo que hay que hacer para proporcionar placer. De hecho, basta con reflexionar un poco, pero los hombres no reflexionan nunca en esas cosas.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)




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domingo, 19 de octubre de 2014


Día Internacional contra el cáncer de mama

El cáncer de mama es el cáncer más frecuente en las mujeres, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo.

La detección precoz con vistas a mejorar el pronóstico y la supervivencia de esos casos sigue siendo la piedra angular del control del cáncer de mama.

Las estrategias de detección precoz recomendadas se basan en la exploración clínica de las mamas y en la detección mediante mamografía.

Por eso, amig@s de la mansión, aprovechando que hoy, 19 de octubre, es el día internacional contra el cáncer de mama, os animamos a llevar a cabo esos controles de detección precoz y no dejarlos olvidados en ningún momento.

Y claro, como no, aquí en la mansión, conmemoramos este día mundial contra el cáncer de mama, pero eso si, como siempre…, a nuestra manera.

A todos nos gustan vuestros preciosos pechos, así que, por favor… a cuidarse.

Besos para todas desde la mansión

Sayiid

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viernes, 17 de octubre de 2014




Cuando entré en la cocina y ella corrió el pestillo detrás de mí, Max estaba de pie en la bañera completamente desnudo.


—Lucienne —me dijo Adéle mirándome a los ojos—, vas a ayudarme a enjabonar a tu hermano. Entre las dos lo haremos mejor. Echa otra paletada de carbón en la hornilla, ¿quieres?


A Maximilien no parecía turbarle demasiado permanecer así, en traje de Adán, ante nosotras. De hecho, no hacía más que mirar a Adéle, que se había quitado otra vez el vestido y volvía a ir en cotilla y enaguas, con los pies descalzos. Yo observaba a mi hermano tal como él lo hacía con Adéle, aunque bajé la mirada para intentar ver un poco mejor aquel plátano que él ya me había enseñado furtivamente dos o tres veces estando en nuestra habitación. ¿Acaso Max tenía aún frío? ¿O quizá se sentía intimidado delante de Adéle? El caso es que su plátano estaba más bien fláccido, y yo me preguntaba que podía tener aquello de interesante.
Entonces, Adéle empezó a pasarle la esponja por las piernas, igual que me había hecho a mí. Y, como antes, hizo que un pecho escapara de la cotilla sacudiéndose un poco. Ni ella ni Max decían nada, como si esperaran que yo diese el primer paso. Así pues, le dije a mi hermano mirándole a los ojos:


—¿Sabes una cosa, Max? Le he acariciado las — a Adéle. A ella le gusta mucho. ¿Puede tocártelas él, Adéle?


La joven sacó el otro pecho e hizo un gesto afirmativo. Para ser la primera vez, me pareció que Max se desenvolvía muy bien, hasta tal punto que Adéle empezó a suspirar y a gemir con suavidad, sin dejar de enjabonarle las piernas. Yo estaba despierta del todo, y ligeramente excitada de verlos. Me senté en el taburete de la cocina, justo enfrente de ellos, porque todavía sentía las piernas algo flojas. Y entonces sucedió algo interesante: Adéle dejó caer la esponja en la bañera y, con la pastilla de jabón en una mano, comenzó a recorrer el plátano enjabonándolo bien, mientras con la otra sujetaba las nalgas de Max como había hecho conmigo. Mi hermano soltó las — para incorporarse y agarrarla del pelo. Ella continuaba moviendo la mano sin apresurarse, y el plátano empezó a crecer y a erguirse. Cuando estuvo bien tieso y voluminoso, Adéle retiró la mano y me dijo:


—¿Ves, Lulu? Así es como se sabe que un chiquillo se está convirtiendo en un hombre, cuando su minina puede ponerse bien tiesa. ¿La habías tenido alguna vez así, gatito mío? —prosiguió dirigiéndose a Max—. Vamos, puedes decírnoslo con toda tranquilidad.


—Sí..., a veces, por la mañana —murmuró Max—, Pero ni daba tanto gusto ni se ponía tan tiesa. ¡Oh, Dédéle! ¡Qué sensación! Para...


¿Parar? No tenía ninguna intención de hacerlo. Por suerte para mí, porque precisamente me estaba preguntando si aquello podía crecer más y cuál era la finalidad. «Aunque —pensaba yo—, si Adéle me ha hecho venir debe de ser para que vea algo nuevo.»


—Acércate, Lulu —me dijo ella en ese preciso momento—, creo que tu hermano está a punto de soltarlo.


Antes de que lograra entender qué era lo que Max iba a soltar, ella formó con sus dedos enjabonados una especie de anillo alrededor de la minina, y la frotaba cada vez más deprisa. Max jadeaba, y los dientes le rechinaban. De pronto, su plátano soltó un grueso chorro de líquido cremoso que fue a parar a la nariz y los ojos de Adéle, la cual exclamó entre dientes:


—¡Ya está! ¡Mi gatito ha descargado! ¡Y lo ha hecho a conciencia el pequeño guarro! Lulu, fíjate cómo ha descargado tu hermano. Eso es lo que les gusta a los hombres, descargar para una mujer.


A continuación, sin dejar de sujetarlo, acercó el rostro al miembro de Max, que todavía estaba bastante grande, pero apenas duro, y se lo pasó por los ojos, las mejillas, e incluso por la boca, como si quisiera limpiarse. Me pareció que el plátano comenzaba a ponerse tieso otra vez, pero entonces Adéle se incorporó bruscamente y nos dijo:


—¡Se acabó por hoy, niños! Id a vuestra habitación a vestiros, y rápido, por favor. Tenéis que estar arreglados dentro de cinco minutos.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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jueves, 16 de octubre de 2014

La de cosas que aún me faltan por ser…
Aunque cada día, la lista es ya más corta J
Animo, amig@s, que el tiempo pasa volando…
Sayiid


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miércoles, 15 de octubre de 2014




Las piernas me temblaban, y dejé que me enjabonara y me enjuagara sin decir una palabra. Antes de secarme, se levantó, con los pechos todavía al descubierto, y me dijo:

—Ahora que me has visto las tetas,  debes tocar también el resto, palomita. Mira.

Adéle se levantó las enaguas sosteniéndolas con las dos manos, pero a mí no me pareció que hubiera gran cosa que ver: tan sólo un gran triángulo de pelo muy rubio, casi dorado, bajo el vientre. Yo no tenía nada ahí; apenas un fino vello que percibía al pasar la mano por encima.

—Otro día lo verás mejor —me dijo—. De todas formas, pasa la mano igual que lo he hecho yo contigo, me sentará bien.

Yo obedecí. Aquel lugar donde ella me había acariciado, en su cuerpo lo noté húmedo, e incluso un poco pegajoso. Me guio para que encontrara el clítoris. Estaba hinchado y, en cuanto lo toqué, percibí que empezaba a crecer hasta alcanzar el tamaño de mi dedo meñique. Adéle se puso tensa y suspiró. Inmediatamente después, apartó mi mano y me besó en la boca, chupándome la lengua. Luego me hizo salir de la bañera.

—Venga, se acabó por hoy—decidió—. Sécate, ponte el camisón y ve a tu habitación a vestirte. Tu padre estará intrigado y, además, todavía tengo que lavar a tu hermano.

Pero enseguida cambió de opinión. Se le debía de haber ocurrido alguna idea. Mientras se ponía el vestido, me dijo:

—No, mejor ve a acostarte en mi cama para no coger frío. Ya iré yo a buscarte cuando llegue el momento.

¿El momento de qué? Me dirigí de puntillas a su habitación preguntándomelo y me deslicé bajo las sábanas sin haber encontrado una respuesta. Oí murmullos, el ruido del agua al verterla en la bañera y el de puertas que se abrían y cerraban. Estaba adormilada cuando noté que alguien tiraba de mi camisón. Era Adéle. No sé cómo se las había arreglado para que la dejaran tranquila con nosotros, pero había encontrado la manera...
(Continuará…)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)


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martes, 14 de octubre de 2014




TÚ ME GUSTAS TOTAL, ENTERA Y TODA 

Tú me gustas total, entera y toda,
no por el fuego de tu pelo húmedo,
ni por tus senos de canela tibia,
ni el pecado del ritmo de tu cadera.

Tú me gustas total, entera y toda,
no por tu boca tan intacta al beso,
ni por las llamaradas de tu carne
que se te está calcinando entre las venas.

Tú me gustas total, entera y toda,
no porque eres mía y no me perteneces,
ni porque la envidia de los demás la siento
como si se tratase de propia envidia.

Tú me gustas total, entera y toda,
no porque me la pase junto a ti
bebiéndome tu aliento, ni rumiando
los pedazos de amor que tú me tiras.

Tú me gustas total, entera y toda,
por ese olor a carne que tú tienes;
olor de carne de mujer que es tuyo,
porque nadie más huele así en la tierra.

Tú me gustas total entera y toda,
porque ese olor es tuyo y lo encontré para mí.


(Cesar Díaz Martínez)
(Letras acercadas a la mansión por Don Juncal. Gracias amigo)

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domingo, 12 de octubre de 2014




Cuando entré, mi padre se había ido a charlar con mamá. Yo iba en camisón, y me preguntaba si me atrevería a quitármelo sin más delante de Adéle. Esta sudaba a chorros, embutida como iba en un vestido gris que le llegaba hasta los tobillos. Corrió el cerrojo de la cocina y se enfadó un poco al ver que seguía allí plantada como una tonta con el camisón todavía puesto.

     Y bien, Lulu, refunfuñó, ¿estás esperando a que se enfríe el agua para decidirte?

 Y como, en efecto, yo seguía sin atreverme a quitarme el camisón, añadió

 —  Pues yo, desde luego, voy a quitarme el vestido. No soporto este calor.

 Bajo el vestido, llevaba una cotilla abierta y unas enaguas que le llegaban hasta las rodillas. Realmente era una mujer muy hermosa, por lo que yo podía ver: brazos, pantorrillas, y un pecho que hinchaba la cotilla. Mequedé boquiabierta. Ella se echó a reír y me espetó:

— Ya que te haces la remolona, te meteré yo misma en la bañera.

Al mismo tiempo, se arrodilló y me subió el camisón con las dos manos, aprovechando para apoyarlas con firmeza en mis caderas junto mis pechos. Al entrar enla bañera di un pequeño grito porque el agua todavía estaba un poco caliente. Ahora Adéle llevaba la cotilla totalmente desabrochada, y uno de sus grandes pechos quedó al descubierto, firme, blanco, con una gran areola rojiza y un pezón muy oscuro y puntiagudo. Cogió la esponja y se puso a enjabonarme empezando por los pies. Entonces le dije:

 — Dédéle, tu teta es muy bonita. Nunca había visto ninguna por entero, ¿sabes? ¿Crees que algún día las mías serán así? ¿Me dejas que la toque?

De rodillas aún, levantó la cabeza, me miró con expresión divertida y sacó lentamente de la cotilla el otro pecho, incorporándose para que lo viera bien. Luego, la mano que tenía enjabonada ascendió por mi muslo y sedeslizó entre mis piernas obligándome a separarlas un poco; entonces comenzó a acariciarme allí, extendiéndose hasta mis nalgas.

 — Déjate hacer, palomita, susurró

 —  Ya verás qué gusto da. Si quieres, puedes tocármelas, me gusta. Enjabónate un poco las manos y acaricia los pezones. Así se pondrán más bonitos. Un día, los tuyos también serán así, no te preocupes.

Hice lo que me pedía. Con la mano libre, Adéle me sujetaba la cintura por detrás para no caerse, mientras seguía deslizando su dedo por mi hendidura. ¡Oh! ¡Qué gusto daba! La sensación era tan intensa que dejé de frotarle los pechos, y ella me lo recordó:

 — ¡Acaríciame los pezones, pajarito! Vamos, más fuerte, es una delicia. Y ati, ¿te gusta lo que te hago, Lulu?

No necesitaba mi respuesta. Me retorcía lo suficiente como para que ella se diera cuenta de que me gustaba

 — ¿Te habías acariciado así alguna vez tú sola, mi pequeña guarra?, me preguntó

 — Vamos, ahora puedes decírmelo. 

Yo me sentí avergonzada. Permanecí un momento en silencio y le acaricié las dos tetas a la vez con más ímpetu.

 — Sí, Dédéle, respondí por fin, un poco. Pero no me había dado tanto gusto como ahora. ¡Oh! Sigue, sigue, estoy sintiendo algo.

En ese momento deslizó entre mis nalgas la mano izquierda, bien enjabonada, e introdujo con suavidad un dedo... ¡en el ojete! Y al mismo tiempo que metía y sacaba el dedo de allí, por delante me frotaba el clítoris. Creí enloquecer. Le solté los pechos para agarrarme a sus cabellos y, de  repente, por primera vez en mi vida, a los catorce años recién cumplidos, sentí. Ni demasiado pronto ni demasiado tarde. En el momento justo.

Confesiones de una desvergonzada (anónimo)


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