Prologo de El Libertino

sábado, 29 de noviembre de 2014

Buenas noches amig@s de la mansión. En esta noche de sábado, me permito regalar vuestra vista con unas hermosas palabras donadas (aunque también pudieras ser que robadas), a nuestra amiga Sirenia.
Sea lo uno o lo otro, da igual; lo importante es que todos y todas podamos gozar de ellas.
Feliz velada en la mansión, mis querid@s amig@s

Sayiid

======================================================================================================





Sáciame con tus besos
colmando el vació en mi boca
con manantiales de tu esencia.
Confúndete con mi piel
como si fuera tuya,
úsame como arcilla
para moldear la mujer de tus sueños.
Conmuéveme
con el roce de tu cuerpo,
buscando el recoveco
donde depositar tu lujuria.
Sin prisa, ardiente, deseoso de mi,
aclamas incesante
fundirme en tu vientre.
Tus movimientos palpitando
en mis entrañas,
jugando con las miradas
que hablan de pasiones.
Déjame agotada, débil
sin aliento,
dormida junto a ti.
Al despertar
recobrare las fuerzas
para que este momento de fuego
que nos consumió
convirtiéndonos en cenizas
vuelva a empezar.


(Alecalo)


======================================================================================================


jueves, 27 de noviembre de 2014




"Crecí besando libros y pan. 
Desde que besé a una mujer, mis actividades con el pan y los libros perdieron interés".

Salman Rushdie.


============================================================================================================================

miércoles, 26 de noviembre de 2014




Seguro de nuestro entendimiento —mucho más que si hubiéramos continuado hablando—, se levantó, me indicó que me sentara en el sofá y fue a cerrar la puerta con pestillo. Yo permanecía a la espera, más excitada que inquieta. Cuando se volvió, ya se la había sacado del pantalón y la sostenía con las manos colocadas bajo las dos gruesas bolas. La puso ante mí como si estuviera ofreciéndome un ramo de flores y me lo acercase a la nariz para que aspirara su aroma. Al margen de ser la misma parte del cuerpo, no guardaba ninguna relación con la de Max o la de Vincent: era tan gruesa como mi puño, menos erecta y blanca que la de los muchachos, y la punta, casi totalmente al descubierto, muy roja, casi violeta. Me quedé pasmada, con el miembro a la altura de los ojos y apenas a medio metro de distancia, sin saber muy bien lo que debía hacer.

—Arremángate el vestido hasta el vientre, pequeña —me dijo con la voz sofocada y tartamudeando ligeramente—, quiero ver tus muslos.

Hice lo que me pedía, procurando enrollar las enaguas hasta la cintura para que pudiera admirar a placer.

—Está bien..., muy bien —prosiguió en el mismo tono bajo y cálido—.
Tienes unos bonitos muslos... Y eres muy amable, mi pequeña Lucienne...
Separa esos muslos tan preciosos y muéstrame lo más hermoso...

Obedecí de nuevo con el mismo placer.

—¿Así, señor Boulay? ¿Es el chichi lo que quiere ver?

—El chichi, no —respondió—, el coñito. Eso se llama coño. La amable pequeña Lucienne me enseña su coñito... Sí... Sepáralos más, por favor... Con los dedos... Sí, así...

—Señor Boulay —dije entonces tímidamente—, usted puede verlo, pero yo ni siquiera sé cómo es. ¡No es justo!

—Tienes razón, pero hoy no... El próximo día que vengas te lo enseñaré en un espejo... Y la gran picha del doctor Boulay —continuó, levantándola aún más—, ¿la ha visto bien la amable pequeña Lucienne?

—No hago otra cosa —respondí, abriendo los ojos como platos para divertirme—. Tendría que medir la picha del amable doctor Boulay... con una cinta...

—No, no —exclamó con precipitación— Con una cinta no..., con tus dedos... A ver si puedes rodearla con una sola mano... Querías tocarla, ¿no es cierto?

Era una idea excelente, que me permitía evitar una situación embarazosa. Desde el principio, mi deseo era hacer que descargara como había hecho con Max, pero temía que me encontrara excesivamente desvergonzada si la tocaba sin su permiso. Bien, el caso es que con una mano no conseguía rodearla.

—No puedo —suspiré—. La picha del amable señor Boulay es demasiado grande...

—No, no —replicó riendo—. Una picha nunca es demasiado grande, señorita. Lo que sucede es que tus manos todavía son algo pequeñas... Y si quieres ver como descarga, debes deslizar la mano de un extremo a otro apretando un poco... Prueba, a ver si sabes hacerlo...

¿Probar? Prescindiendo del tamaño, eso ya lo había hecho. Deslicé varias veces la mano y le pregunté con aire de inocencia:

—¿Así, señor doctor? ¿No aprieto demasiado?

—No, no, lo haces muy bien, pero debes llegar hasta la punta, sobre todo hasta la punta... Pero ¿en qué estaré pensando? —exclamó, apoyándose con ambas manos en mis hombros—. ¡La graciosa boquita de mi amable Lucienne todavía no ha saludado a la pichita de su Lucien! Un saludo de verdad... Con beso incluido...

Decididamente, ¡el doctor lo adivinaba todo! Más tarde supe que yo no era la primera chiquilla que pasaba por sus manos y que tenía el número bien ensayado. Un hombre atractivo de su edad, con su posición, y siendo médico, obtiene todo cuanto desea, no de una mujer, pero sí de una jovencita de catorce años, siempre y cuando no exija lo imposible el primer día. Entre la curiosidad, el orgullo de sentirse tratada como una mujer, la diversión y el temor a decir que no a un personaje tan poderoso, ninguna le negaría nada a poco que tuviera un ápice de vicio para gastar o pudiese ganar unos pavos con ello. Es así.
No se rechaza lo que se desea. Así pues, me atreví a darle un besito en la punta, y luego, sin soltarla, otro y muchos más hasta llegar a la base, a los recios pelos oscuros y rizados que cubrían también las bolas: y, como seguía sin saber qué sabor tenía aquello, regresé a la punta para dar unos breves lametones, igual que hacen los niños con los pirulís de chocolate. El ya empezaba a soltar algo de jugo, pero despacio, una especie de licor claro que fluía por la fisura de la punta.
Se había acercado para que yo no tuviera que inclinarme, y me pellizcaba los hombros con las manos, respirando a fondo y hablando entrecortadamente:

—¡Oh! ¡Qué lengua tan deliciosa tiene mi Lucienne!... ¡Qué lengua tan deliciosa!... Ahora, mi pequeña va a cerrar los ojos y a abrir una boca bien grande..., escondiendo los dientes para no morderle la picha a su amable doctor... Sí, señorita, eso es... Pero cierra bien los ojos... Es para darte una sorpresa, una agradable sorpresa...

En el punto al que habíamos llegado, lo único que podía sorprenderme era que nevase en el mes de julio. En esos casos, cerrar los ojos es algo instintivo; no sé por qué, pero es así. ¿Quizá para abrir la boca con más facilidad? Yo, desde luego, la abría tanto como cuando el médico nos examinaba la garganta en el colegio. Pensaba en ello mientras sentía como su grueso miembro avanzaba entre mis labios, en tanto que yo adelantaba la cabeza para demostrarle que no tenía miedo. A pesar de mi buena voluntad, aquello no podía llegar muy lejos; tal vez la punta violeta un poco más. El doctor la sacó, volvió a meterla, la sacó de nuevo y luego la metió otra vez, diciendo: 

—¡Ah! ¡Mi Lucienne tiene una boca deliciosa! ¡Qué caliente! ¡Oh! Ya veo que te gustará hacer esto cuando seas más mayor.. Entonces entrará... entera... ¡Ya lo verás! ¿Verdad que está bueno, señorita glotona?

Me había acostumbrado con rapidez a tener aquella cosa enorme en la boca, y acudía a su encuentro para hacer que entrara aún un poco más, de tal modo que de pronto me atraganté. La alejé de mí, y él se retiró del todo. Necesité un momento para recobrar el aliento. Se me saltaban las lágrimas, y para que se tranquilizara me apresuré a decirle:

—Su picha está buenísima, señor Boulay. La culpa de lo que ha sucedido es mía. He querido comerme un trozo demasiado grande. Pero me gustaría volver a empezar poco a poco.

—No, no, pequeña, de ningún modo —replicó—. No debes ser tan glotona.
¿Quieres seguir complaciendo a papá Boulay?

—¡Oh, sí, papá Boulay! —respondí—. A usted y a su gran picha, que parece aburrirse desde que ha salido de mi boca.

No es preciso decir que, en adelante, volví a ver a Lucien Boulay con bastante frecuencia, como amigo y como cliente. Era un hombre demasiado galante para recordarme nuestro primer encuentro, pero yo no lo había olvidado. Todavía hoy leo en su mente, como si lo tuviera delante, lo que pensaba de mí en aquella época: que estaba destinada al vicio y a la calle del mismo modo que otras lo están al ganchillo y las obras de caridad, porque una joven de quince años,, bien educada, que habla de complacer a la picha de un señor con el que se mantiene relaciones, es que tiene ya alma de puta. Por lo demás, yo no reflexionaba en lo que iba a decirle. Me salía con toda naturalidad, por el placer de oír como salían de mi boca aquellas palabras groseras, y también porque recordaba lo que había dicho Adéle el día del baño, que «lo que les gusta a los hombres es descargar para una mujer». El hecho de que el doctor aún no lo hubiera hecho para mí, me contrariaba. Al menos en eso coincidimos con las mujeres honradas, en que no nos gusta que nos decepcionen cuando nos entregamos a un hombre. Max y Vincent se corrían en dos minutos; sin embargo, yo era demasiado joven para saber que un hombre habituado al amor jamás tiene prisa por acabar. Por otra parte, aquella atractiva enferma a la que el doctor acompañaba cuando yo le lloví del cielo... ¡No estaba precisamente falto de afecto el artista de las vías urinarias!

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



=============================================================================================================================




lunes, 24 de noviembre de 2014




"Un arqueólogo es la mejor pareja para
 una mujer: cuanto mayor se hace
 ella, más le gusta a él". 

Agatha Christie


==========================================================================================================

domingo, 23 de noviembre de 2014




Un jueves por la mañana, mientras yo bajaba por la barandilla, casi de un tirón, los cuatro pisos que separaban nuestra vivienda de la del señor Boulay para ir al catecismo, que era a las once, él acompañaba a una paciente con un aspecto en apariencia tan bueno como el mío, de modo que nos encontramos cara a cara delante de la puerta de su casa.

—¡Vaya! ¡Aquí está mi amiga Lucienne! —exclamó riendo—. Eres muy oportuna, precisamente quería hablar contigo. No tienes prisa, ¿verdad? Siendo jueves por la mañana, no creo... Bien, entra y charlaremos un rato.

 Dado que había estado en casa el día antes y que a papá se le veía preocupado mientras cenábamos, pensé que quería tranquilizarme. En cuanto al catecismo, iba bastante adelantada, y no me pareció que hubiera realmente ningún motivo para oponer resistencia. Desde hacía tiempo, el señor Boulay era casi como de la familia.
Me hizo pasar delante de él, y entré. La casa era todavía más bonita que la de los Vierneau. Había muebles dorados, espejos inmensos, plantas tan grandes como árboles en macetas de todos los colores, y flotaba un aroma cálido, de medicamento, o más bien de perfume, como el del cuarto de baño de la señora Vierneau. Me señaló con la mano un sofá más largo que una cama, en mi vida había visto nada igual. Me senté allí, y él lo hizo frente a mí, en un sillón tapizado. Yo esperaba que me hablara de mamá, pero no fue así.

—No deberías bajar por la barandilla como lo haces, Lucienne —dijo, increpándome con un dedo prácticamente debajo de mi nariz, aunque con una sonrisa en los labios
—. Eso está bien para los niños, y tampoco demasiado. Pero tú ya eres una jovencita, y las jovencitas no deben arrastrar las bragas por la barandilla. Apuesto a que las llevas sucias. ¿Me equivoco?

Lucien Boulay tenía una voz suave y profunda; justo la que necesita un médico para tranquilizar o atemorizar, según los casos. Y sus manos me fascinaban. Eran muy grandes, aunque no tanto como las de un campesino, y estaban cubiertas de vello hasta los dedos. La verdad es que no sé lo que me sucedió en aquel momento. Probablemente fue porque me había hablado de las bragas. Me levanté y le respondí sin pensarlo dos veces:

—No, señor Boulay, las bragas no están sucias. Al menos, no demasiado. Véalo usted mismo.

Entonces, me arremangué el uniforme y comencé a deshacer los lazos de las bragas, por debajo de la camiseta. El permanecía tranquilamente sentado, con los ojos brillantes, y esperó hasta que las bragas cayeron a mis pies para cogerlas con tanta presteza que me quedé un poco parada. Les dio vueltas y más vueltas entre sus manos, y las olfateó una y otra vez. Luego dijo, esta vez muy serio:

—Tienes razón, están casi limpias. Pero no son ellas las que me preocupan, sino tú.

—¿Yo, señor Boulay? ¡Oh, no vale la pena! Sé bajar por la barandilla tan bien como cualquier chico. Y en caso de que cayera…

Al ver que tenía respuesta para todo, se quedó un tanto confundido. Sin levantarse, alargó el brazo, me cogió por la falda y me atrajo hacia él para sujetarme entre sus rodillas. Sentía tal emoción que mis mejillas estaban mojadas de sudor, aparte de que en la casa hacía mucho calor.

—Aunque no caigas —dijo—, no te conviene hacerlo. Es una parte del cuerpo muy delicada y que se irrita con facilidad.

Al mismo tiempo que decía esto, me pasaba la mano por esa parte del cuerpo tan delicada. Era igual que con Adéle, pero me producía más impresión porque su dedo había encontrado de inmediato el lugar donde debía frotar y porque era un hombre. No pude evitar suspirar y gemir.

—¡Ah, señor Boulay! ¡Ah!... ¡Ah!... Más..., más...

En efecto, hubo más, pero cuando sentí que el placer ascendía por mis rodillas, él se detuvo y comenzó a acariciarme las nalgas diciendo:

—Es mejor que la barandilla, ¿verdad?

—¡Oh, sí! —respondí—. ¡Mucho mejor! Pero no pare, por favor...

—Está bien, accedo con la condición de que me digas si algún chico te ha acariciado alguna vez así (su dedo había reanudado el movimiento, aunque sin prisas).

—No, señor Boulay, ningún chico..., se lo juro... pero no pare, por favor...

 —Entonces, ¿otra mujer? ¡Ah, ya lo sé! —exclamó, mientras el placer comenzaba a ascender de nuevo—. Adéle, por supuesto.

—Sí, señor Boulay..., Adéle... Pero ella no lo hace tan bien como usted...

—Así pues —prosiguió, sin dejar de acariciarme y esta vez mirándome a lo ojos—, ¿no has visto nunca una minina?

Temblorosa, me preguntaba lo que debía responder para darle gusto. ¿No? ¿Sí?

—No, señor Boulay —me decidí a contestar—. Bueno, sí. Quiero decir que he visto la de mi hermano. Me la enseñó un día en el baño... Y sé que se llama picha, no minina.

El emitió un silbido de admiración.

—¡Exacto, se llama picha! ¿Y yo también tengo una picha igual que tu hermano?

Mientras tanto, aquel dedo iba y venía entre mis piernas, daba vueltas en torno a mi clítoris haciendo que contoneara las caderas, y se desplazaba hacia las nalgas después de cada pregunta, como para darme a entender que debía responder si quería que regresara adelante. Era como para volverse loca. ¡El doctor me preguntaba si él tenía una picha!

—¡Oh, sí, señor Boulay! Sin duda... En fin, creo...

—No hay que creer, hay que saber, señorita Lucienne —me respondió con severidad—. ¿Usted lo cree," o lo sabe?

Parecía que estuviéramos en el colegio, y yo empezaba a encontrarlo divertido.

—No lo sé, señor Boulay. ¿Cómo puedo saberlo? La de Max, la he visto, y por eso lo sé. Pero la suya...

—¿Te daría miedo? ¿Es eso lo que quieres decir? —dijo él, comenzando a desabrocharse el pantalón con la mano que tenía libre.

—¿Miedo? ¡Oh, no! Si no me hace daño con ella, no, señor Boulay — respondí, mirándolo yo también a los ojos—. Y si la toco, ¿también descargará usted, igual que mi hermano? —proseguí, sin dejar de mirarlo y preguntándome si lograría sacarla del pantalón.

—Ahora seré yo quien le dé una lección, señorita Lucienne. No se dice «descargar», sino «correrse». Al menos en mi caso...

Continuábamos mirándonos fijamente, como para averiguar hasta dónde estábamos decididos a llegar uno y otro. Por mi parte, la respuesta era: lo más lejos posible, a condición de que mis padres no se enteraran nunca de nada, por supuesto, y de que él no me asustara. Yeso era exactamente lo que yo leía en sus ojos, que me hacían la misma pregunta muda: ¿guardarás silencio? Los viciosos se reconocen siempre con ese simple intercambio de miradas. Hoy lo sé por haberlo comprobado cientos de veces. Entonces, lo intuí. ¡Y la ocasión era inmejorable!

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



=============================================================================================================================

viernes, 21 de noviembre de 2014




"Una mujer puede cambiar
 la trayectoria vital 
de un hombre". 
Severo Ochoa.

=============================================================

jueves, 20 de noviembre de 2014




La primavera no le sentó bien a mamá. Al contrario, con las borrascas de abril comenzó a toser.

……………………………………………………………

Por las noches, más de una vez sorprendí a papá llorando, y a Adéle se le llenaban los ojos de lágrimas cuando oía el timbre que anunciaba una de las frecuentes, aunque inútiles visitas del doctor Boulay, cuyo consultorio estaba en el primer piso del inmueble donde vivíamos.

Lucien Boulay

Doctor en medicina por la Facultad de París

Enfermedades contagiosas y de las vías urinarias citas concertadas

…………………………………………………………….

El señor Boulay era un hombre atractivo de la edad de papá, al que se parecía bastante, aparte de ser más corpulento, tener barriga y llevar una barba negra con forma cuadrada, mientras que mi padre lucía perilla y no llevaba binóculos. Los del señor Boulay eran de oro, al igual que la cadena de su reloj, los dijes que colgaban de la misma y el gran cronómetro que observaba fijamente cuando tomaba el pulso a los enfermos.

………………………………………………………………..

Fue por entonces cuando comencé a interesarme por algo más que mi trasero; me refiero a lo de delante. Era natural, pues ya tenía catorce años cumplidos, y al parecer lo que no estaba bien era lo otro. Sin embargo, yo no lo creo así. Bougrot, mi pintor, que estuvo en África pintando cuadros, me contó que allí hay chiquillas que se casan a los once años y que son madres a los doce. Pero claro, son salvajes. En nuestra civilización, hasta los dieciséis años una chiquilla bien educada no puede ofrecer a un señor que la pretende más que su trasero o su boca. La mano también, por supuesto, pero eso en último extremo. Y no es tanto por el mito que rodea a la virginidad de delante, mientras que nadie le pregunta nunca a una por las demás; ni siquiera porque todas las señoritas sepan por dónde se hacen los niños. La verdad es que, de no ser por Adéle, yo habría seguido mucho tiempo creyendo que la cigüeña los traía y los depositaba directamente en la cuna; o, como mucho, en el vientre de su madre. En cuanto al papel que los muchachos o los hombres desempeñan en la aventura, suelen descubrirlo más tarde, con frecuencia demasiado tarde, para su desgracia.
Se me dirá también que el placer que siente una mujer cuando la joden al estilo normando no se parece, ni de lejos, al que siente cuando la joden como mandan los cánones. Eso es cierto, pero también lo es que no necesitamos a los hombres (en fin, no nos resultan imprescindibles) para eso. Las tortilleras lo saben, y así lo demuestran. A una mujer de la vida pueden meterle veinte pichas en una noche y no sentir nada; el placer se lo proporcionará su amiguita en el dormitorio. Y, para las que no son bolleras, existen instrumentos muy satisfactorios.
En cualquier caso, a la edad que yo tenía entonces ni me había pasado por la mente la idea de que lo que entraba por detrás sin demasiadas dificultades, y proporcionándome un tipo de placer del que jamás he renegado, podría proporcionármelo aún mucho mayor entrando por delante. ¡Afortunadamente! ¡Dios sabe de qué tonterías hubiera sido capaz, si semejante horror se me hubiese metido en la cabeza! Incluso mi amiga Lydie, que se limitaba a su plumero y se negaba, aunque cada vez con menos convencimiento, a probar otra cosa, hubiera puesto el grito en el cielo ante tal posibilidad.
Yo adopté su sistema; no con un plumero, sino con un borrador que cogí del colegio y con el que me frotaba la hendidura hasta experimentar tanto dolor como placer. En realidad, más bien dolor, pero no encontré nada más. El caso es que empecé a mirar a los chicos y, poco a poco, a los hombres, más bien a la altura de la bragueta que a la de los ojos. Rondaba los quince años, era guapa y, sin ser demasiado consciente de ello, tenía ya esa forma de mirar de reojo y con disimulo que delata el vicio al igual que el farolillo advierte de la existencia de una casa de placer.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 





=============================================================================================================================

miércoles, 19 de noviembre de 2014




"Mi opinión sintética de las mujeres 
es que con ellas es preciso
 atreverse a todo".

Stendhal.


====================================================================================================================

martes, 18 de noviembre de 2014




Extendí en el suelo una toalla grande para no tener frío en las manos y las rodillas, y me instalé encima a cuatro patas, con las enaguas arremangadas y echadas sobre los hombros, y la nariz aplastada contra mi codo, al igual que hiciera Adéle.

—¿Así? —preguntó Vincent a mi hermano por encima de mi espalda—. ¡Qué divertido! Dime, Max, ¿tu criada tiene el culo grande?

—Enorme, viejo, enorme —respondió Max—. No alcanzaba a rodearlo con los dos brazos, pero eso no me impidió ensartarla.

—¡Y un cuerno! —replicó Vincent—. Quieres hacérmelo creer, pero ni siquiera se la metiste. Es imposible.

¡Menuda pinta debía de tener yo, con el culo al aire y escuchando su conversación! Volví la cabeza y dije:

—Yo estaba allí, Vincent, y te aseguro que es verdad. Además, ¿por qué no iba a ser posible? Max te lo demostrará.

Por fin sentí que alguien se instalaba entre mis piernas. Era Max. Reconocí su forma de meterla, de golpe y sujetándome por la cintura. Solté un gruñido, pero de satisfacción, porque no se me había ocurrido lavarme y, con todo el jugo que quedaba entre mis nalgas, entró sola. Supongo que también era porque ya empezaba a estar bastante formada por esa parte. Resultaba placentero, por supuesto, pero seguía pensando que lo hubiera sido todavía más con Vincent.
Al fin y al cabo, con un hermano no deja de ser una diversión, los sentimientos no cuentan, mientras que con un enamorado son éstos los que prevalecen. Y eso ayuda.
Cuando Max hubo terminado, me dio mucha pereza levantarme. Me sentía tan bien que casi me hubiera dormido en aquella posición. A mi mente acudió la historia del pretendiente de Adéle, que podía volver a empezar sin salir de ella. Era un hombre, desde luego, pero Max también lo había hecho dos veces seguidas aquel domingo, una conmigo y otra con Adéle, y Vincent tenía un año más que él. Debo reconocer que todo resultaba misterioso y confuso, pero aun así no pasó ni un minuto antes de que dijera:

—Ahora te toca a ti, Vincent. Inténtalo. Si no lo consigues, no te guardaré rencor, pero inténtalo.

Me arremangué las enaguas, con las que Max me había tapado el trasero, y separé bien las piernas como si no hubiera hecho otra cosa en toda mi vida. Vincent tomó posiciones justo a la altura adecuada. En parte por instinto y en parte por habérselo visto hacer a Adéle, pasé una mano entre mis muslos para tocar su picha. Tenía la misma consistencia que la primera vez, y aún estaba pringosa. A mí cada vez me salía más jugo por el culo, de manera que apenas lo sentí entrar. Una vez que se colocó y llegó casi hasta el fondo, descubrí que todavía daba más gusto si meneaba el trasero como si fuera el péndulo de un reloj, pero mucho más deprisa. Él me había agarrado las nalgas con las dos manos, pellizcándome como si quisiera comprobar que no lo tenía tan gordo como Adéle, y empezó a moverse con violencia hacia adelante y hacia atrás, mientras yo me contoneaba a un lado y a otro.
Balanceo y cabeceo... Ningún hombre puede resistirlo mucho tiempo... Descargó otra vez, lanzando abundantes chorros, y permanecimos así durante un buen rato, el más agradable.


(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




=============================================================================================================================



lunes, 17 de noviembre de 2014




"La fuerza hidráulica más 
poderosa del universo, 
es la lágrima de una mujer".

Carlos Fisas.


==========================================================================================

domingo, 16 de noviembre de 2014




¡Menuda carrera de chulo hizo más tarde Vincent Vierneau! A los quince años ya había comprendido que a una mujer no se le debe decir: «Me gustaría» o «Quisiera», sino «Quiero». Hay que reconocer que tuvo suerte de empezar conmigo, con una verdadera pequeña odalisca tan carente de voluntad como una marioneta o un trapo mojado. Una chiquilla sumisa... Sí, eso es exactamente lo que fui desde entonces, por lo menos a los hombres. Así y todo, yo quería saber más cosas. 

—¿Es el primero que ves? —le pregunté. 

—¡Claro que no! ¿Qué te has creído? —respondió pavoneándose—. 
Pero no exactamente así. No tan bien. Y tú, ¿le habías visto alguna vez la picha a un chico?

—¿A un chico? —repliqué—. Bueno, a una chica no, desde luego, porque no tienen. Si te interesa saberlo, he visto la de mi hermano. Pero la tuya es mucho más bonita —me apresuré a añadir.

La verdad es que había adquirido consistencia. No era más larga que la de Max, pero sí más gorda, y ya estaba muy tiesa. En fin, es esos momentos resulta difícil distinguir con exactitud, y en aquel más, porque en el excusado no había demasiada claridad. Alargué la mano y le pregunté: 

— ¿Puedo cogerla?

—Claro que sí. Puedes hacer todo lo que quieras, y yo haré todo lo quiera con tu trasero. ¿De acuerdo, mi Lulu?

Me había llamado «su Lulu». ¡Qué maravilla! Era como estar en el cielo.

 —De acuerdo, hombrecito mío—respondí de inmediato, ya como una muñeca bien adiestrada—. Todo lo que quieras... Puedes seguir mirando el trasero de tu Lulu. Y puedes seguir tocándolo.

Volví a colocarme de cara a la taza, con el vestido arremangado, y estiré por detrás de mí aquella famosa picha, cuyo calor ya pasaba a través de todo mi cuerpo. En aquel momento recordé lo que había dicho Adéle: que un chico empalmado puede dejar «perderse su jugo en la nada»; y a mí no me interesaba de ningún modo que eso sucediera.

Por fortuna, Vincent tenía más instinto que mi hermano. Experiencia, no creo; estoy convencida de que yo fui la primera. Se había acercado a mí por detrás e intentaba introducir su chisme entre mis nalgas. Yo le dije: 

—Espera un segundo, Vincent, así me harías daño... Mójate bien los dedos con saliva y mételos entre mis nalgas... Eso es, así... Creo que ahora irá mejor.

Pero no fue así. No estaba lo suficientemente mojado, y yo me contraía. Le dije que volviéramos a empezar. Vincent era un muchacho práctico e ingenioso.

—¿Sabes una cosa, Lulu? —dijo—. Voy a mojarte el trasero directamente, así no se perderá nada por el camino.

Me pareció una idea estupenda y acepté. Se arrodilló detrás de mí, me separó las nalgas y empezó a mojar el ojete besándolo y chupándolo. Me resultaba tan placentero sentir aquella boca en mi ojete, que perdí la cabeza.

—Más, hombrecito mío, más. ¡Ah! ¡Vaya con el ojete! Mira que no querer recibir a mi Vincent. ¡Qué malo es! Métela ahora...

Él era demasiado alto, y no hacía más que resbalar entre mis nalgas. Pero el instinto de las jovencitas es admirable, pues me puse de puntillas apoyándome con las dos manos en la taza. Él, por su parte, se agachó un poco y entró de golpe, con la energía de un pequeño toro. Como ya he dicho, yo estaba enamorada; de lo contrario, sin duda hubiera gritado y puesto fin al asunto, ya que realmente tenía una picha un tanto gorda para una chiquilla de mi edad. Más que un portaplumas dentro de un servilletero, parecía un rodillo de amasar dentro de un anillo. Pero deseaba tanto que entrara hasta el fondo, que no paraba de animarlo:

—Empuja un poco más, Vincent... Un poco más... No me hace nada de daño (mentía, pero cuando se ama las cosas se ven de un modo muy distinto)... Vas a descargar, ¿verdad? Cuando llegues al fondo de todo... Ya verás qué gusto da descargar dentro de mí...

Mucho gusto debía de dar, a juzgar por el ardor con que se agarraba a mis caderas y con que me lanzaba un chorro tras otro. Cuando se retiró, su jugo se deslizaba por mis muslos

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




=============================================================================================================================

sábado, 15 de noviembre de 2014





Te besaré en la punta de las pestañas
 y en los pezones,
te turbulentamente besaré,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis...
¿Qué más te dijera por dentro?
¿griega, mi egipcia,
romana por el mármol?
 ¿fenicia, cartaginesa,
o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos, 
tensa la cítara de Dios,
en la danza del fornicio?
Te oyera aullar,
te fuera mordiendo
hasta las últimas amapolas,
mi posesa,
te todavía  enloqueciera allí,
en el frescor  ciego,
te nadara en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
 riera frenético el frenesí con tus dientes,
me arrebatara el opio de tu piel
hasta lo ebúrneo de otra pureza,
oyera cantar las esferas
estallantes como Pitágoras, 
 te lamiera, te olfateara
como el león a su leona, 
 para el sol, fálicamente mía, 
¡te amara!

(Gonzálo Rojas)


=================================================================================================================

viernes, 14 de noviembre de 2014




"Los hombres que no perdonan a las mujeres sus pequeños defectos jamás disfrutarán 
de sus grandes virtudes".

Khalil Gibran.


=================================================================================================

jueves, 13 de noviembre de 2014




Dado que mi experiencia apenas se remontaba a unas semanas, y que yo tenía catorce años y Maximilien más de quince, sólo tendría que dejarme llevar. Nos pasamos una media hora mirando los soldados y el caleidoscopio, y bebiendo agua fresca con jarabe de casis. Bebimos tanta que empecé a retorcerme de las ganas que tenía de hacer pipí. Cuando no pude aguantar más, le dije:

—Vincent, quisiera ir a hacer pipí. ¿Podrías mostrarme el camino? Al llegar al excusado, interné cerrar la puerta detrás de mí, pero él la bloqueó con un pie y dijo:

—Eres mi invitada, así que tengo derecho a ver cómo lo haces. Si no, no te dejo.

Protesté, pero enseguida cedí. Tenía demasiadas ganas y, en el fondo, no me molestaba bajarme las bragas delante de él porque, con las enaguas, no podría ver gran cosa. Cuando terminé y me levanté, él me empujó contra la pared y me dijo:

—Ahora me toca a mí. Yo no necesito sentarme como las chicas. Ya verás, ¿qué te apuestas a que desde donde estoy llego hasta la taza? ¡Mira!

Entonces se desabrochó la bata. Debajo no llevaba nada. Yo miré y, en efecto, el chorro llegaba muy lejos, aunque al final Vincent tuvo que acercarse a la taza. Por lo demás, su cosa era igual que la de mi hermano, tal vez un poco más gorda. Verla me infundió valor.

—Vincent, ¿puedes hacer que se ponga más gorda y tan dura como un tronco de leña? —le pregunté.

El no vaciló como le había sucedido a Max cuando Adéle le hiciera esta misma pregunta.

—No depende de mí, pequeña —me respondió—. Crece ella sola por las mañanas, cuando me despierto... A veces durante el día, en el colegio... Y también por las noches, cuando me la toco... Oye —añadió—, voy a intentarlo para complacerte, pero con la condición de que te quites las bragas y me enseñes el trasero.

Estuve de acuerdo. En el excusado y a solas con un muchacho como Vincent, creo que cualquier chiquilla de mi edad lo habría estado. Quienes conocen el alma de las escolares nunca han puesto en duda que sólo sueñan con acariciarse y enseñar el culo. Además, dejando a un lado el decoro, era precisamente por eso por lo que había deseado tanto ir a su casa. Y, en definitiva, puesto que el decorado me iba a las mil maravillas, no vacilé ni un instante en bajarme las bragas, volverme hacia la taza y apoyarme con una mano, mientras con la otra sostenía el vestido, arremangado hasta la cintura.

—¿Es así como querías verme? —le pregunté del hombro.

—Sí, pero agáchate un poco más para que pueda verlo bien todo... ¿Sabes, Lulu? Tienes un culo precioso —se dignó añadir, decidiéndose a acariciarlo.

Yo ya empezaba a estar bastante caliente, y confiaba en que la cosa no quedara ahí, siempre que Max no viniera a molestarnos. Le dejé admirarlo y tocarlo durante un momento. Pero, en amor, todo el mundo sabe que los anticipos hay que darlos a inedias.
Así pues, me volví y le dije:

—Ahora que ya lo has visto bien, me gustaría tocarte la minina. ¿Puedo? —Se llama picha, tonta —respondió con brusquedad—. Me lo ha dicho mi padre. Minina es la de los niños. La mía ya es una picha.

—Está bien, la picha —acepté, conciliadora y siempre deseosa de aprender cosas nuevas—. ¿Puedo tocarla? Él respondió, todavía un poco gruñón:

—Sí, pero luego te vuelves otra vez. Lo de delante no me interesa. Lo que quiero ver es tu trasero.

¡La de veces que he oído esas mismas palabras! Quiero ver eso, quiero ver lo otro, esto me excita, aquello no... Yo jamás he sabido decir que no. ¡Mejor para mí! O peor, ¿quién sabe? No me gustan los hombres que no piden nada en particular, que me dejan tumbarme boca arriba como una idiota con las piernas abiertas, cuando en realidad no han venido a verme para eso; en todo caso, no sólo para eso. Me gusta obedecer a un hombre que me gusta o que me paga, y, por consiguiente, me gusta que me dé órdenes.


(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



=============================================================================================================================



martes, 11 de noviembre de 2014




"La más tonta de las mujeres puede manejar a un hombre inteligente, pero es necesario que una mujer sea muy hábil para manejar a un imbécil".

Rudyard Kipling.


==================================================================================================
______________________________________________________________________________________________________________________________________________