Prologo de El Libertino

miércoles, 31 de diciembre de 2014



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martes, 30 de diciembre de 2014




Admiro a los hombres que han pasado 
de los setenta; siempre ofrecen a las 
mujeres un amor para toda la vida

(Óscar Wilde)


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lunes, 29 de diciembre de 2014

Mis querid@s amig@s..., el año llega, paso a paso, minuto a minuto, a su fin…
Y cuando pensábamos que ya nada podría sorprendernos, que ya todo lo que podía ocurrir, había ocurrido, que ya no quedaba tiempo para el asombro…, he aquí, que una vez más, lo inesperado surge de repente, sin previo aviso, dejándonos, una vez más boquiabiertos y prendidos.
O al menos así me he quedado yo cuando una nueva amiga de la mansión, me ha hecho llegar este breve, pero intenso relato, que aquí os traigo.
Me dice en su correo que es su primera incursión en el mundo del relato erótico, y si es así, yo la animo a seguir regalándonos sus historias, sus fantasías, sus lujurias literarias, pues a mí, personalmente, me ha sabido a poco…
Qué, mis buenos amigos… ¿la animamos a que continúe con la historia? Yo creo que si….
Mientras tanto disfrutad de este original relato que nos regala nuestra nueva amiga Thea Taryn.
Gracias Thea Taryn, por tu regalo… Yo, personalmente, espero la continuación :-)
Besos desde la mansión
Sayiid

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Callejón sin salida

Aquella noche, Ares y Elma, habían bebido unas cuantas copas de más en la fiesta en la que habían sido invitados. Los ojos de Ares empezaban a nublarse, por lo que, decidió detener el coche en un callejón sin salida.

Elma, entre sonrisas y bromas, desinhibida por completo por el alcohol, empezó a acariciarle la bragueta sintiendo cómo la polla de Ares iba creciendo por debajo del pantalón, susurrándole al oído: Mmmmm cómo te deseo. 

Ares se acercó a Elma, para confirmar su mismo deseo, besándole y mordiéndole los labios, apasionadamente, y empezó a desabrocharle la ceñida blusa dejando entrever sus firmes y grandes pechos. Sus manos inquietas comenzaron a sobar sus tetas acariciándolas con ansiedad, acercando sus labios a uno de sus pechos atrapándolo y chupándolo con su lengua, mientras Elma le apretaba la cabeza para sentir, en su duro y turgente pezón, más profundos los mordiscos, acercando Ares su boca al otro pezón, chupándolo, y atrapándolo contra su lengua y sus dientes mordisqueándolo, emborrachándose de deseo de sus grandes pechos, sin detenerse, mientras que Elma no dejaba de jadear y gemir.

La polla de Ares estaba más dura que una piedra a punto de estallar el pantalón, Elma, hambrienta como una gata en celo, deseosa de que Ares la follara por todos lados, rompió la cremallera del pantalón al desabrocharla con tantas ansias, sacando la dura y erecta polla de Ares.

Elma cogió con los dedos de su mano derecha la polla de Ares y empezó a masturbarle, primero, lentamente, mientras con su húmeda lengua lamía los huevos, y los succionaba como una ventosa;  acercando, con ansiedad la polla para tragársela entera hasta tocar la campanilla de la garganta, porque deseaba que Ares la penetrara hasta lo más profundo, produciéndole, con ello, el placer de una arcada, comenzó a succionar su polla, primero despacio, después algo más deprisa, cada vez más y más deprisa, con todas sus ansias, hacia arriba, hacia abajo, su boca danzaba sin parar al igual que las caderas de Ares follando de gozo la húmeda boca de Elma, mientras ésta, con la mano izquierda apretaba con fuerza el culo de Ares para notar aún más la grandeza y dureza de su polla, hasta la profundidad de su garganta, que apenas la dejaba respirar.

Los gemidos de Ares eran cada vez más fuertes e intensos, a Elma le excitaban con locura, su coño chorreaba de jugo, estaba muy excitada, comiendo con toda su hambre la polla de Ares, y sin más dilación, Elma, la sacó de su boca, para suplicarle entre gritos y jadeos: ¡¡¡No te detengas!!!! ¡¡¡¡fóllame, viólame con tu polla mi boca!!! ¡¡métemela hasta más allá de la garganta!!!! ¡¡la quiero entera toda para mí!!!! 

Elma volvió a metérsela en su boca, y Ares, ante sus súplicas, follaba como un loco la lujuriosa boca de Elma, y sin poder contenerse más, orgasmado de placer, inundó con su semen caliente la garganta de Elma, siendo violada y follada de placer.

(Thea Taryn)


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domingo, 28 de diciembre de 2014




Ha pasado, ha ocurrido,
la mansión yo he vendido.
Y ha sido un negocio genial,
pues aparte del pingüe capital,
le he asegurado,
para cuando llegue mi final,
un hermoso lugar de descanso,
a mi negra alma inmortal,
pues según consta en contrato,
además de los dineros,
se me perdonan todos mis pecados,
los cometidos y los venideros.

¿Qué con quien yo he tratado?
la respuesta sencilla es…
no podía ser con otros…
a la Iglesia yo me entregué.

Hartos como ya estaban,
de este lugar de perdición,
y al no poder desbaratarlo
ni con la misma inquisición,
han decidido comprarlo,
y transformar su gran salón,
en una hermosa capilla,
como lugar de oración.

Y así exorcizan la pena,
el pecado y la exaltación,
acudiendo al refranero
en pos de la solución,
pues como ya dijo el sabio,
en aquella olvidada ocasión,
“Si con tu enemigo no puedes,
su espíritu cierra en un cajón.”

Así que este vil mendigo,
en quien tanto confiabais,
y a quien tanto alababais,
por su firmeza y tesón,
se ha vendido al enemigo,
cual Judas indigno de compasión,
por un puñado de euros,
y unas misas de perdón.

Que tristeza, que desilusión…
que engañados nos tenía,
con perdón,
este falso y traidor ladino,
que se vende por un vellón,
en el día de los santos Inocentes…
perdonen ustedes la decisión…

Y aquel que se lo haya creído…
es que no conoce a este mamón,
o es que se ha visto poseído,
por el deseo de la desaparición,
de esta humilde casa suya, que,
por mucho que lo intenten…
no será de nadie que no seamos nos.

Así se lo promete, amigos,
Este, su humilde servidor,
que siempre está a su servicio…
y no es otro que… El Satiricón.

(El Satiricón)


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sábado, 27 de diciembre de 2014




Algunas personas enfocan su vida de modo que
 viven con entremeses y guarniciones.
 El plato principal nunca lo conocen.

(José Ortega Y Gasset)

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viernes, 26 de diciembre de 2014




Al día siguiente nos levantamos tarde, a las diez, justo a tiempo para que yo llegara al catecismo. Estuve todo el rato distraída, cosa lógica teniendo en cuenta los recuerdos del jueves anterior. Al separarme de mi apuesto doctor, le había dicho que no quería faltar dos jueves seguidos para no afligir inútilmente a mamá si llegaba a enterarse. Aquella insistencia en desear con semejante firmeza dos cosas tan contradictorias — santurronerías, como él decía amablemente, y juegos de culo—, le había hecho gracia, pero no se burló de mí; tan sólo masculló una frase que yo le pedí que me explicara: «Mujer de mucha misa, mujer de mucha picha». Total, que quedamos en que, si la escalera estaba tranquila, daría dos timbrazos cortos y uno largo al pasar ante su puerta cuando regresara de la iglesia. El estaría solo, y podríamos vernos al menos un momento antes de la hora de comer; después, ya veríamos.
Yo me sentía muy orgullosa de tener una cita con un hombre, como una verdadera dama. Mientras el abate Ballandin, el vicario de los niños, nos hablaba de la próxima comunión solemne, yo le daba vueltas a lo que podría hacer con mi amable doctor para llevarme de él un recuerdo realmente consistente. Por desgracia, el vicario me atrapó en el momento en que me disponía a escabullirme discretamente, y no tuve más remedio que dejar a un lado mis proyectos y fantasías para responder como una niña buena a sus preguntas: que cómo se encontraba mamá, que si me había portado bien desde que ella cayera enferma y que si le había rogado al Buen Dios que se curara para poder regresar a mi querida parroquia de la Santísima Trinidad.
Se aprende rápido a ser hipócrita cuando uno se ve obligado a ello. Respondí, con lágrimas en los ojos, que me sentía demasiado triste por todo lo que me sucedía para pensar en otra cosa que no fuera el Buen Dios, y que había comenzado una novena a la Santísima Virgen para que mamá recobrara la salud. En resumen, cuando por fin conseguí llegar a casa del doctor, jadeante, hubiera debido estar ya sentada a la mesa.
No sabía muy bien cómo actuar con él. ¿Debía arrojarme en sus brazos y ofrecerle la boca? No sentía ningún deseo de hacerlo. Sobre todo porque, en tal caso, habría tenido la sensación de estar visitando a un respetable tío, y él no era ni lo uno ni lo otro. Y también porque los niños se forjan una idea muy distinta a la de las personas mayores, acerca de lo que resulta o no apropiado en los inicios de una relación amorosa. Para éstas, el beso apasionado es de rigor entre dos amantes. Invierten en ello el mayor tiempo posible, y sólo mucho después las manos del señor se aventuran por la grupa de la señora, la cual, cuando se abandona a la pasión, aventura a su vez sus manos por la bragueta del señor. Para los niños, en cambio, lo correcto es abordar cuanto antes las ocupaciones serias: la picha para ella, y el culo para él. ¡Nada de remilgos! ¡Directamente al grano! Las mujeres de la vida no razonan de un modo muy distinto. Sus clientes se sentirían bastante violentos si se comportaran con ellos como amantes de una hora. Pero, después de todo, aquella mañana mi querido doctor no estaba para bromas. Me cogió en brazos como si fuera una muñeca, me arrojó sobre la cama y comenzó a bajarme las bragas a tirones.

—Pero, señor Boulay—protesté riendo—, me quitaré yo misma las malditas bragas que le impiden disfrutar del trasero de su Lucienne... Así, ¿ve? Ya no están. Y sin necesidad de rasgarlas... ¡Al diablo las bragas! — exclamé, enviándolas de un puntapié lejos de la cama—. No dispongo de mucho tiempo, ¿sabe, señor Boulay?

—Tienes razón, soy un bruto —se excusó, colocándose detrás de mí—. ¿Qué quieres? Hace una hora que no paro de dar vueltas por el consultorio como un león enjaulado, esperando el momento en que por fin podría comerme el delicioso culito de mi Lucienne.

—Pues come, come, mi fiero león —dije—. Pero no con los dientes, ¿eh? Sólo con los labios y la lengua—

Yeso era precisamente lo que ya había comenzado a hacer, gruñendo y separando mis nalgas con las dos manos. Así descubrí la brutalidad, o, mejor dicho, el amor brutal, que es al mismo tiempo cariñoso y solícito. Le tomé gusto aquel día y jamás lo perdí. Me agitaba entre sus manos como si un ejército de hormigas rojas me recorriera la espalda, y apenas me dio tiempo a darme cuenta de que me había dado la vuelta como si fuera una tortilla, cuando empezó a chuparme por delante con el mismo frenesí. Se detuvo un instante para ver si yo lo aceptaba, y balbuceó:

—Ahora tu coñito... El coñito más precioso del mundo... ¡Oh, cómo va a gozar mi Lucienne! Aquí, sí, aquí...

Yo no podía responder nada. Gemía cada vez más fuerte, casi como una verdadera mujer, hasta que en efecto gocé, o en cualquier caso sentí lo que yo entendía por gozar, y que para mi edad lo era. Me quedé exhausta, y permanecí un buen rato incapaz de realizar el más mínimo movimiento, ni siquiera abrir los ojos. El se había incorporado, y cuando vio que salía de aquel estado de embotamiento me dijo:

—Hay que ser razonable, pequeña. Ahora debe vestirse y subir a casa. Y, sobre todo, procurar no bostezar demasiado en la mesa.

—Pero, señor Boulay, yo quería hablar con usted acerca de mamá. Y también decirle adiós a la picha de mi amable doctor...

—Adiós, no, hasta pronto —rectificó, igual que había hecho la señora Vierneau—. Bien, podríamos vernos mañana...

—¿Mañana? ¿Por qué no esta tarde? —pregunté.

—Porque su fornido doctor todavía tiene que visitar a cinco enfermos hoy, señorita. Y porque tú debes descansar. ¿Puedes salir de casa mañana muy temprano, pequeña hada? ¿Hacia las ocho?

¿Cómo podía decir que no? Al día siguiente ya era viernes, y estaría mucho más ocupada y vigilada el sábado para confiar en poder escabullirme.

—Sí... Creo que sí... Pero un poco más tarde, cuando papá se haya marchado a la oficina. Le diré a Adéle que debo entregarle los cuadernos al maestro antes de que empiece la clase, eso se lo creerá.

—De acuerdo, mi preciosa mentirosa —dijo riendo, mientras yo ponía en orden mis ropas—. Y ni siquiera tendrás que llamar al timbre. Dejaré la puerta entornada, bastará con que empujes... Como en las novelas, pequeña, como en las novelas

Para mí lo era, en efecto.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



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miércoles, 24 de diciembre de 2014







FELIZ NAVIDAD 
AMIGOS Y AMIGAS DE
 LA MANSION

Sayiid

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martes, 23 de diciembre de 2014




"Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantos poemas 
escribió sin firmarlos, era a 
menudo una mujer".

Virginia Woolf.


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lunes, 22 de diciembre de 2014

Mis queridos y queridas amigas, mi apreciado Qarpatian… Muchos son los misterios insondables e inexplicables que nos rodean sin darnos cuentas…
Espíritus…, premoniciones…, visiones…, incluso alienígenas y extraterrestres….
Misterios todos dignos de ser explicados por Iker Jiménez, sin duda…
Pero hay un misterio que supera, con creces, a todos ellos…, y es el hecho de que mi humilde mansión haya recibido, por segundo año consecutivo, el premio a “mejor blog de BDSM” que otorga mi buen amigo Qarpatian en su excelente blog “La ciudad tras el sol”
Haberlo recibido el año pasado ya fue toda una sorpresa…, pero recibirlo este año, por segunda vez, ya supera lo imaginable.
No os diré que no me hace ilusión recibirlo, porque no me gusta mentir…
Me siento muy honrado de recibir de nuevo este galardón, pero, en serio, amigos y amigas de la mansión… yo de vosotr@s me lo haría mirar…
Sois muyyyyyyyyyyyy raros…, encantadora y entrañablemente raros. 
Menos mal que, por lo que se ve, yo soy más raro aun que vosotr@s
Muchas gracias a tod@s los que me habéis votado y a todos y todas los que, visitando mi humilde mansión cada día, conseguís que este lugar permanezca aquí, año tras año, recordándonos que en la vida las cosas se pueden ver desde diferentes puntos de vista y que nosotros y nosotras, elegimos verlo desde el punto de vista de la sensualidad, la belleza y el humor.
Gracias a tod@s, el premio no es mío, sino vuestro


Sayiid

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¡¡¡ ME HA TOCADO EL GORDO !!!
(De navidad)

Paseaba yo muy tranquilo,
en esta invernal mañana,
pensando en mis cosillas,
añorando mi blanda almohada…

Ni siquiera me acordaba,
y no por falta de ilusión,
que hoy se celebraba
el reparto de un montón
de millones de euritos
en el sorteo de la emoción.

Y cuando menos lo esperaba,
en un sucio callejón,
me ha asaltado un obeso,
vestido para la ocasión,
con un traje rojo y blanco,
y no era del Athletic, no ,
pues un rojo gorro llevaba
el orondo y vil ladrón.

A punta de afilada navaja,
 El gordo me ha amenazado,
y pensaba yo: “Pobre de mi,
este tío me deja sin un chavo”

Lo cierto es que no lo vi venir,
no imaginaba lo que pasaría,
aunque tendría que haberlo sospechado
cuando me dijo: “Quítate lo de arriba”

Yo me quedé alucinado,
no sabía que decir…
“Que te desnudes el torso,
o te rajo, ahora y aquí”

Y pese al frío que hacía,
la ropa yo me quité,
la chaqueta, la camisa,
la bufanda… y hasta el corsé.

Y así, desnudo del todo,
en pelotas yo me quede,
con los pezones como escarpias,
y no de la excitación, no…
sino del frío que yo pasé….

Y acercándoseme el gordo,
con su navaja amenazando,
el cabrón me fue sobando,
desde el cuello… hasta el fondo…

Que mal rato yo pasé,
no os lo podéis imaginar,
sentirse así de sobado,
y sin poderse uno excitar…

Cuando el obeso Santa Claus,
se hartó de magrearme el cuerpo,
se fue, silbando por la calle,
el “Jingle Bells”…, ¡¡ole sus muertos!!…

Y yo, todo acongojado,
asustado y muy corrido,
salí gritando a la calle,
buscando de la gente auxilio…

EL GORDOOOO.
EL GORDOOOO.
ME HA TOCADO EL GORDOOO…

Y he aquí que la gente,
en vez de sentir compasión,
me abrazaban y me aplaudían,
“Que suerte has tenido, cabrón…”

¿Qué yo he tenido suerte?.
No me lo puedo creer…
¿Pero esta gente esta tonta?.
Yo ya no sabía que hacer…

Hasta que un elegante paisano,
traje caro y puro gordo,
se acerca y me dice a la cara…
“Que suerte tienes, pirata.
Todos aquí, esperando,
aunque sea una pedrea,
y vas tu, sin merecerlo,
y te toca, de esa manera,
el más gordo de los gordos,
El gordo de Navidad,
¿Qué más se puede esperar?”

Y mirándole a los ojos,
con rencor y sin disimulo,
le dije al elegante gachí:
“¿Qué que más puedo esperar?
Qué el gordo no me dé por culo…

Y así ha sido la odisea,
de este pobre Satiricón,
que sin comprar ni un billete,
le tocó el gordo más vacilón.

(El Satiricón)


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viernes, 19 de diciembre de 2014




Cuando llegué a casa, Max aún no había regresado. Me dirigí directamente al excusado, diciéndole a Adéle que se trataba de «una urgencia»; una vez allí, me puse las bragas. Todavía se deslizaba jugo entre mis muslos, y me froté con él. Más tarde, evidentemente se impuso la necesidad de que cuidara con esmero mi aseo íntimo para los clientes y amigos. Sin embargo, he conservado la afición a no lavarme ni limpiarme inmediatamente después de hacer el amor, siempre que puedo. Ayuda a recordar.
Papá había recibido una carta de su cuñado esa misma mañana. Mi tía no había encontrado un internado apropiado para mí, de manera que iría al colegio de las Ursulinas de Nogent—le—Rotrou y viviría en casa de los Crapart. En definitiva, era un mal menor. En cuanto a Max, el tío estaba buscándole un empleo como aprendiz que fuera honorable. Partiríamos el lunes por la mañana, como se había convenido; y a mamá la trasladarían el martes al hospital. Papá hablaba de aquello con gran calma, como un hombre que se ha resignado a lo inevitable y que ve mucho más allá. No me faltaba trabajo: preparar mis tres pobres mudas, mis cuadernos del colegio, mi estuche de costura, mi servilletero..., y las cosas de Max, que era un dejado. Según me contó, la tarde pasada con Lydie había acabado muy bien, excepto que la señora Pasquier había estado a punto de sorprenderlos enganchados uno a otro como un perro a una perra. ¿Sospechó algo al encontrar juntos en su casa a su hija y a un muchacho de dieciséis años, tan sofocados y violentos? Es probable, como también lo era en el caso de la señora Vierneau y su marido respecto a Vincent y a mí. Pero padres como ésos tienen la prudencia de comportarse como si no se hubieran dado cuenta de nada. Con frecuencia, ellos hicieron lo propio a la misma edad, y no por eso fueron peores. No es ese tipo de distracción el que puede resultar perjudicial para una chica, y mucho menos para un chico, porque a un chiquillo ni se le ocurre desvirgar a una jovencita mientras puede encontrar placer enculándola amablemente.
El caso es que la mamá de Lydie se había mostrado encantadora con Max, al que sin duda encontraba ya lo bastante guapo como para hacer planes respecto a él. La virginidad de mi hermano había naufragado entre los muslos de Adéle, pero la señora Pasquier lo ignoraba. Y, de cualquier modo, debía de pensar ella, dos o tres años pasan volando. Virgen o no, un joven tal como Max prometía serlo a los dieciocho años constituye un instrumento de placer perfecto para una mujer cuyo marido se dedica a joder moras a miles de kilómetros de allí.


Aquella noche dormí como un tronco. Estaba agotada, igual que Max, y, al ver que la cabeza se nos caía sobre el plato durante la cena, Adéle no tuvo que esforzarse mucho para adivinar que no nos habíamos pasado el día haciendo flanes de arena. Papá también sospechaba algo, al menos respecto a Max, que debía de tener unas ojeras enormes, pues le dijo en un tono extraño:

—Me parece que te has dedicado a visitar a tus amigos para despedirte, Max. No te lo reprocho, hijo mío, pero no deberías olvidar que tendrás que trabajar mucho en cuanto llegues a Nogent. Así que procura no fatigarte demasiado aquí.

La cosa quedó ahí, con gran alivio por mi parte. Por lo demás, mis ocupaciones del día más bien me habían estimulado que extenuado. Sin embargo, había trajinado no poco, porque tuve que bajar de nuevo a toda prisa, apenas volver a casa, para recoger de la farmacia una caja de pastillas que Adéle había olvidado al ir de compras. Así pues, sentía que los ojos se me cerraban y que el sueño me vencía, cuando Adéle vino a arroparme.
Metió una mano bajo las sábanas y a continuación la deslizó entre mis nalgas, que todavía estaban impregnadas del jugo de Vincent. Luego introdujo dos dedos de golpe y me dijo al oído:

—Lulu, ¿no te da vergüenza hacer que te la metan sin parar en el trasero, cuando vas a separarte de tu mamá quizá por mucho tiempo?

—Pero, Dédéle —protesté débilmente, de tantas ganas que tenía de dormir—, ¿qué crees que he hecho? Te aseguro...

—Te aseguro que tengo los dedos empapados del jugo que has hecho que te metan —respondió, al tiempo que los hundía un poco más—. ¿Es de tu hermano?

—No, Dédéle, es de Vincent. Pero no tiene importancia, puesto que mañana nos vamos.

—¡Sí, nos vamos, pero tú sólo piensas en una cosa, grandísima guarra! — exclamó—. En fin, después de todo, es tu problema. Y mañana os dejaré dormir lo que sea necesario.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 


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miércoles, 17 de diciembre de 2014




Como mala persona soy un completo desastre. 
Hay montones de gente que afirman que no he hecho nada malo en toda mi vida. Por supuesto, sólo se atreven a decirlo a mis espaldas.

(Óscar Wilde)


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martes, 16 de diciembre de 2014




No había perdido el tiempo, por supuesto, porque ahora sabía que algún día, cuando tuviera unos años más, podría proporcionar placer a los hombres de ese modo. Sin embargo, lo que divierte a la boca no contenta al trasero; beber resulta delicioso cuando se tiene sed, siempre y cuando se coma cuando se tiene hambre. Así pues, decidí subir con Vincent a casa de sus padres. En primer lugar por cortesía, ya que íbamos a dejar París; y en segundo lugar para darle tiempo a que recuperara las fuerzas y le entraran ganas de ensartarme. Tal como le había dicho a Lydie, con muchachos de esa edad es cuestión de esperar un cuarto de hora.
Los dos estaban allí, la señora y el señor. Eran muy amables, bulliciosos y más bien parlanchines. Me causaron buena impresión, incluso cuando me reprocharon no haberles visitado más a menudo, siendo como era mi hermano el mejor amigo de su hijo. La señora improvisó una merienda con pastelillos que la criada fue a comprar a la calle Blanche y jarabes. El señor me hizo un montón de preguntas acerca de lo que iba a ser de Max y de mí en caso de que mamá no se curara de aquí al otoño. Por lo que decía, comprendí que no creía en absoluto en la curación de mamá y en nuestro regreso a París. De vez en cuando, su mujer y él me miraban como si estuvieran pensando lo mismo sin decirlo. Pero ¿qué podía ser? ¿Que sería una lástima que la atractiva joven en que prometía convertirme se enterrara en una pequeña ciudad de provincias, cuando él podía forjarme una carrera parisina mucho más divertida y lucrativa? Sin duda había algo de eso, pero no podían ser más que proyectos aventurados y lejanos. Sabiendo, como hoy sé, que la señora estaba asociada a las actividades de «corredor» de su marido, creo que, al mirarme y escucharme, tuvieron al mismo tiempo una especie de reflejo profesional, algo así como: «Esta pequeña no reúne las condiciones para casarse. Sin un céntimo y sin relaciones, por muy bonita que sea no le interesará más que a algún patán. Por el contrario, sin madre y con un padre más bien indiferente, será un milagro si permanece virtuosa por mucho tempo. No la perdamos de vista».

—Vincent, ¿sabes que tu amiguita es muy mona? —dijo de pronto la señora Vierneau. E inmediatamente añadió—: Sí, sí, Lucienne, le aseguro que en pocos años se convertirá en una joven encantadora. Claro que sería preciso poder vestirla un poco mejor, pequeña. ¡Tal como va, parece el as de picas, hijita! ¿No eres de la misma opinión, Émile?

Emile alzó los brazos al cielo para manifestar su conformidad y su impotencia a este respecto. Su mujer se empeñó en conducirme a su tocador para «pasarme el peine». En realidad, era para decirme:

—Lucienne, tengo un gran interés por usted, igual que mi marido lo tiene por su hermano. Se enfrentará a años difíciles. Si es necesario, no dude en recurrir a nosotros.

En aquel momento, yo tenía la estúpida idea de que quería casarme con su hijo. Nada más lejos de la realidad. Con toda aquella historia, mis asuntos no habían avanzado, y veía que se acercaba el momento en que tendría que despedirme de ellos y regresar a casa sin que Vincent me la hubiera introducido. Con todas aquellas preguntas y reflexiones, sentía menos deseos que antes, pero pensar en los meses que tendría que pasar en casa de los Crapart sin poder acceder a una picha, ni siquiera un instante en un rincón oscuro, me exasperaba. Quería, al menos, hacer provisión de recuerdos, del mismo modo que los marinos hacen provisión de galletas y agua potable antes de embarcarse con destino al cabo de Hornos.
«Si hoy consigo sacar provecho de la de Vincent — pensé al regresar al salón—, será necesariamente en un abrir y cerrar de ojos, y a condición de que no perdamos ni un minuto en preparativos y destapes.» Por consiguiente, le pregunté a la señora Vierneau, por cortesía, dónde estaba el excusado, pues conocía el lugar, ¡y de sobra! Una vez allí, me quité las bragas y las escondí bajo el corpiño, apretando bien el cinturón del vestido para que no cayeran a mis pies delante de todo el mundo. Resultaba realmente agradable y curioso ir así, preparada para cualquier cosa, con el trasero accesible a una mano o una picha, a conceder favores y rendir tributos. Ya sentía como si Vincent estuviera levantándome las enaguas, y pensaba en la sorpresa que se llevaría al encontrarme con el culo al aire y poder ensartarme en dos minutos.
Cuando el señor Vierneau me recordó que había llegado el momento de que volviera a casa, pregunté:

—Señor, ¿podría acompañarme Vincent? Sólo serán cinco minutos.
¿Quieres, Vincent?

Mientras lo decía, le dirigía tiernas miradas, como en el pasillo del Folies— Bergére, para que comprendiera que contaba con él. Fue que sí, por supuesto. Dije adiós a sus padres y le di un beso a la señora con las lágrimas asomando a los ojos.

—No, Lucienne, adiós no, hasta pronto —corrigió ella.

Al llegar al patio, tiré de Vincent hacia el cobertizo de los arneses; él dudó, porque pensaba que el señor Cuvier había regresado a la portería. —Vale, pero sólo un momento. Se armaría un escándalo si nos descubriera.
No importaba. Pasé delante de él y, apenas estuvimos dentro, me arremangué el vestido y le pregunté:

—¿Crees que podrás enseguida, Vincent? Enséñamela. 

El se la sacó, y como no parecía estar lo bastante erecta para entrar, la mojé con saliva y la froté entre mis manos. Enseguida se irguió, y yo me puse enferma de ganas de sentirla en mi trasero y de que se corriera. Nos quedamos de pie para que yo pudiera bajarme rápidamente el vestido y él abrocharse si oíamos que el señor Cuvier se acercaba al cobertizo. Coloqué los pies en un estribo para quedar más alta y me apoyé en los sacos, sujetando el vestido para que no se me bajara. Dado que no estaba muy mojada, la picha no entró con tanta facilidad como de costumbre y sentí un ligero dolor, pero preferí no decir ni hacer nada; fue una medida prudente, pues un instante después mi ojete estaba totalmente lubricado y permitió el habitual vaivén sin ningún problema. Tras diez o doce idas y venidas, Vincent se corrió estrechándome contra él y permaneció un buen rato inmóvil. Sentí que el líquido me inundaba el vientre, y apreté el ojete varias veces seguidas para conservar el máximo posible.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



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lunes, 15 de diciembre de 2014




"Si falla la diplomacia, 
recurrid a la mujer". 

Carlo Goldoni.


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domingo, 14 de diciembre de 2014




Así pues, fui a buscar mis bragas a la cocina y me las puse en un santiamén, así como los zapatos, que también me había quitado. Ellos acabaron en ese preciso instante, con gran acompañamiento de gruñidos, de gemidos, de «ay, ay», de «ah, ah» y de «oh, oh».

—Yo me largo —le anuncié a Lydie mientras ella se sentaba en la cama junto a Max—. Vuelvo a casa. Pero vosotros podéis quedaros. Ya verás, Lydie, dentro de un cuarto de hora Max volverá a empezar y te lo pasarás todavía mejor.

Me largué corriendo, en efecto, y llegué más de diez minutos antes de que Vincent saliera. No pareció muy sorprendido al verme sin mi hermano, y me saludó con un beso.

—Vincent —le dije—, me gustaría que me llevaras a tu casa. Quiero pedirte algo.

—Pero ¿tú qué te has creído? —replicó él—. A esta hora mis padres están en casa, al menos mamá, además de la criada. Yo quisiera, pero seguro que mi madre no te quitará el ojo de encima.

—Es igual, Vincent, vamos. Me gustaría estar sola contigo una vez, porque podría ser la última en mucho tiempo, ¿sabes?

Él lo sabía. Incluso le había explicado a sus padres nuestra situación, confiando en que su padre le propondría albergar a Max en su casa a la vuelta y le encontraría un empleo como aprendiz; tal vez incluso a mí, como complemento.
Yo ya no estaba tan enamorada de él desde que había pasado por las manos del doctor Boulay, una conquista mucho más halagadora que la suya para una chica de mi edad. No olvidaba que precisamente al día siguiente debía despedirme del sátiro del primer piso, pero lo uno no quitaba lo otro; al contrario, la perspectiva de los meses que pasaría interna o en casa de los Crapart, sin ninguna posibilidad de divertirme, enardecía mis ansias de pichas y esperma. Ahora ya sabía que es así como se llama el jugo de los hombres.
Por el camino no dijo nada; apenas se tardaba unos minutos, y los pasó reflexionando. Al entrar en el patio de su casa, llamó al timbre de la portería. No acudió nadie.

—Bueno, el señor Cuvier no está y supongo que tardará —dijo—. Ven por aquí.

El patio estaba atestado de pequeñas construcciones bastante ruinosas: un establo (se oía ruido de cascos al golpear contra las tablas), una cochera, dos o tres cobertizos y un excusado. Vincent me condujo hacia uno de los cobertizos, que debía de conocer, donde había colgados arneses y fustas; al fondo había amontonados sacos de avena y paja. Resultaba más bien agradable para alguien como yo, a quien le gusta el olor de los caballos y del estiércol. Empujó la puerta; se podía incluso cerrar cogiendo la llave que estaba fuera. El cobertizo debía de servir también de trastero a los Vierneau, pues en un rincón había un maniquí de costurera, un viejo patinete y unos cuantos aros. Seguramente por eso se le había ocurrido a Vincent ir allí.

—¿A qué se está bien aquí, mujercita mía? —Me preguntó, mientras yo me sentaba en los sacos—. Y puedes acomodarte, ¿sabes? Nadie vendrá a molestarnos hasta la noche, y a lo mejor ni eso.

—Sí, se está muy bien, Vincent. Y ya que disponemos de un rato de tranquilidad —añadí—, ¿qué quieres hacer? De momento, voy a quitarme las bragas para que puedas mirarme el chichi... Y yo..., yo miraré tu picha...

Eso fue precisamente lo que hicimos. Yo mantenía los muslos muy separados, y él se sacó la minina del pantalón, ya hinchada pero no muy tiesa. Me preguntaba si ya se la habría chupado alguna chica, pero pensándolo bien me daba exactamente igual. Incluso lo habría preferido, porque así estaría al corriente y no haría aspavientos. Lo estaba, sin duda, aunque tal vez por haberlo comentado entre chicos, pues no mostró sorpresa cuando la atraje hacia mí y me la metí en la boca, llevando mucho cuidado de no hacerle daño con los dientes. «Si Lydie ha conseguido meterse la de Max hasta el gaznate —pensaba—, no hay ninguna razón para que yo no pueda hacer lo mismo. Además, quiero que se corra en mi boca.»

Así pues, me metí en faena. Digo «en faena», como dicen todas las prostitutas y mujeres de la vida que le hacen un francés a un cliente, porque ponía todo mi empeño, sin calentarme, en que mi hombre quedara satisfecho y no se le ocurriera que otra podría hacérselo mejor. Era la máxima de la abuela Chauron: «Todo cuanto merece hacerse, merece hacerse bien, hijita». Cocinar, zurcir, bordar a punto de cruz o mamar un dardo son actividades que constituyen un auténtico arte, y es preciso realizarlas con amor. En el estudio de Bougrot (Adolphe, mi pintor), cuando los alumnos estaban juguetones cantaban:


A los catorce años, chupando pollas,  nuestra amiguita se graduó,  tachín, tachan, tachón...


Por lo que a mí se refiere, ponía el máximo interés en graduarme, ayudada por el azar y con enorme placer. Nunca lamenté haber empezado pronto. En aquel momento me sentía un tanto inquieta por el desenlace, pues una cosa es lamer o chupar, y otra muy distinta tragar. La primera vez es la decisiva. He conocido prostitutas que eran incapaces de hacerlo y les entraban ganas de vomitar cuando se veían en tal situación, simplemente porque se habían dejado vencer por la náusea la primera vez. Y otras, como yo, que lo único que pedían era eso.

En parte gracias a la suerte, y en parte al instinto, salí bien parada de aquélla. Acababa de ponerme en marcha tras el movimiento anterior, igual que el pistón de una máquina de vapor que ha llegado al final de su itinerario y se dispone a partir en sentido contrario, cuando él comenzó a correrse, de manera que pude conservar todo el jugo y tragármelo a continuación. La sorpresa del primer chorro me hizo apretar ligeramente los dientes, y él gritó:

—¡Ay, ay! ¡Lulú, no me muerdas!

Para que me perdonara, y porque me gustaba hacerlo, mantuve su picha en mi boca mientras se desinflaba soltando aún pequeños chorros.

—¡Ah, sí! ¡Qué gusto da ahora, Lulu! —exclamó, agarrándome del pelo—. Chupa bien, aún queda un poco... Así... Un poco más...

Yo obedecí. Como dice el anuncio de un licor de los monjes de Fécamp, era «sabroso hasta la última gota».

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 


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