Prologo de El Libertino

jueves, 23 de abril de 2015




Después de comer, mi hermano y Odette desaparecieron con la excusa de «ir a buscar nidos». Al cabo de un momento, saqué la carta del bolsillo de mi delantal y le pregunté a Adéle si sería tan amable de ir a echarla al correo enseguida, porque así saldría aquel mismo día. ¿Por qué no iba yo? Porque no iba peinada, y además prefería quedarme para arreglar mis cosas y coser un poco. Al final aceptó, fingiendo que lo hacía a regañadientes, pero yo sabía que para ella cualquier momento era bueno para ir a dar una vuelta por el pueblo. Con la cantidad de conocidos con los que se encontraría, me dejaría tranquila durante media hora larga.
Tenía la intención de hacerle una visita a mi coracero— jardinero, pero el azar decidió otra cosa. Cuando cruzaba el jardín, el primo León empujó la puerta de la calle. Había comido en el pueblo, en casa de unos amigos de la familia Crapart, y regresaba a casa. No había manera de escapar y, por otra parte, ¿por qué iba a hacerlo? Se acercó a mí y nos besamos como buenos primos, tres veces en ambas mejillas.

—¿Ha ido bien la comida? —pregunté.

—¡Oh! Ya conoces a los Mouchain, son bastante pesados —dijo, pasándose la mano por la mejilla—. Les he presentado mis respetos y me he escabullido. Y tú, ¿estás sola? ¿Dónde se ha metido tu hermano?

—No soy la niñera de mi hermano —respondí con cierta brusquedad—. Supongo que estará haciendo la siesta.

¡Menuda siesta! En esos momentos debía de estar haciendo que Odette se la chupara, o quizá ya estaba ensartándola. «Y encima, en mi habitación — me dije con pesar—, mientras yo tengo que quedarme aquí con León, plantada en medio del jardín como una idiota. Lo que más rabia me da es que, desde que ha llegado, es la primera vez que me encuentro a solas con él.»

Aquello era cierto, pero también lo era que había estado lo bastante ocupada con mi hermano, Odette y Lucas, para no haberme preocupado del primo León. Algunas veces me había pasado por la cabeza que mi deber de prima era pervertirlo, como lo hubiera sido de él iniciarme si yo hubiese sido más tonta, y él un poco menos. ¡Hablar de las mujeres del Barrio Latino con medias palabras, sí sabía! Pero mi instinto me decía que los más habladores suelen ser los que menos pasan a la acción. Max, por ejemplo, jamás le hubiera contado a nadie, excepto a mí, ni una palabra acerca de sus aventuras. Sin embargo, yo tenía mis propias ideas sobre León, del mismo modo que él podía tenerlas, aunque falsas, sobre mí. Al fin y al cabo, no llevaba escrito en la frente que corría detrás de las pichas desde hacía aproximadamente seis meses, y que la de mi primo me interesaba tanto como las demás. Y, como él podía perfectamente tomarme, si no por un corderito (me faltaba la lana), sí al menos por una chiquilla despierta, pero en el fondo formal, era a mí a quien correspondía dar el primer paso. Evidentemente, durante los dos minutos que tardamos en intercambiar tres frases, no tuve tiempo de pensar en todas aquellas buenas razones. Ni siquiera una mirada insinuante me hubiera servido de nada; al cabo de un momento, hubiésemos entrado en casa, y una vez allí, no dispondría de ningún medio para retenerlo. ¡Si por lo menos mi habitación estuviera libre! Ahora me arrepentía de haber hecho el favor.

—Y tú, Lucienne, ¿no duermes? —preguntó sin moverse—. ¡Con el calor que hace!

—Precisamente por eso —respondí vivaz—. En mi habitación hace demasiado calor para dormir. Iba a mojarme los pies al arroyo.

Lo que ellos llamaban el arroyo cruzaba la propiedad, al fondo del jardín, en un rincón invadido por los matorrales y las malas hierbas del que Lucas no se ocupaba nunca porque no se podía hacer nada en aquel terreno, y salía de ella pasando bajo una reja. El arroyo no era ni ancho ni profundo, y cerca de la reja había un vado de gruesas piedras que permitía pasar al otro lado, igual de descuidado que el resto. Yo conocía el lugar porque había ido allí con Max y Lucas, que se dedicaban a pescar pececillos para divertirse, y a veces algún cangrejo despistado.

—Me gustaría ir contigo —dijo León—, pero llevo mi traje de paseo y, si me lo mancho, mamá me preguntará qué he ido a hacer al arroyo.

 ¡El muy imbécil! ¡Su traje de paseo! ¡Su mamá! Lo miré con el aire más vicioso de que fui capaz y, arrimándome todo lo posible a él, le dije:

 —Yo si que voy, porque llevo el vestido de estar por casa. Podrías darle ese gusto a tu prima, León, ya que la tienes tan abandonada. No es que sea un reproche, pero...

—Lucienne, iría encantado si...

—Pues sube a cambiarte en cinco minutos y te reúnes conmigo en el arroyo, ¿vale? Tu madre está descansando, Adéle ha ido a hacer unos recados, y si te encuentras a tu padre, basta con que no le digas que me has visto. Es sencillo, ¿no?

En cuanto acabé la frase, se marchó. Yo me dirigí hacia el fondo del jardín, sin hacer ruido por si Lucas andaba por ahí, cosa muy improbable a aquellas horas. El corazón me latía con cierta agitación. Cuando llegué al arroyo, pasé a la otra orilla por encima de las piedras, me instalé detrás de un gran arbusto, me quité las bragas, hice una bola con ellas para esconderlas entre la maleza, y me dispuse a esperar. Empezaba a impacientarme cuando oí que me llamaba en voz baja desde la otra orilla:

—¿Lulu? ¡Soy yo, León! ¿Dónde estás?

—¡Aquí! —respondí, levantándome—. ¡Ven!

Descendió hasta el vado, cruzó el arroyo y se reunió conmigo sin manifestar el menor signo de excitación o placer. «Un primer paso no basta me dije—, hay que dar el segundo.» Me dejé caer al suelo con la suficiente torpeza como para que mis pantorrillas quedaran al descubierto.

 —Pero, Lucienne, ¡vas a arañarte las piernas! —exclamó, sentándose frente a mí—. ¿Estás segura de que aquí no hay serpientes? ¿Y hormigas?

—¡Sabes de sobra que no, imbécil! —repuse riendo—. Y mis piernas han pasado por trances peores. ¡Mira! —añadí, arremangándome el vestido bastante—. Hace quince días fui al campo de fresas silvestres que hay en el parque, y todavía voy toda arañada.

Ver mis piernas le hizo entrar en calor, pero no lo suficiente como para atreverse a tocarlas. Así pues, di un tercer paso.

—Puedes tocar —dije—. Ya no me hace daño.

León acercó la mano y rozó el lugar pretendidamente arañado, que en realidad no lo estaba mucho. Yo fingí tambalearme y me agarré a su camisa, desde donde dejé deslizar la mano hasta la bragueta. Al mismo tiempo, abrí un poco las piernas.

—Pero, Lucienne, ¡si no llevas bragas! —exclamó volviendo la cabeza.

—¡Claro que no! ¡Con el calor que hace! Además, así mi querido primo León podrá ver cómo está hecha su prima Lucienne. ¡Mira! ¡Mira! —dije, levantando con descaro el vestido, mientras él clavaba la mirada en mi mata de vello negro—. Y es verdad que eres mi primo querido, León — añadí al tiempo que le frotaba la bragueta—. Cuando estuviste en casa, en París, antes de la muerte de mamá, pensé que me gustaría mucho ser tu mujercita algún día.

—A mí también me gustaría —balbuceó.

—Pues, para que lo sea, tienes que jurarme que no has estado nunca con esas mujeres del Barrio Latino de las que tanto hablas —dije—. Vamos, jura que no has estado nunca con ninguna... Y que no has visto nunca a ninguna como me estás viendo a mí en este momento.

Lulu —respondió embarazado—, yo cuento esas cosas porque mis compañeros también lo hacen. Cuando se está interno, todo lo que se puede hacer es hablar.

—Entonces, Júralo! Si no, me levanto y nos vamos.

—Te lo juro, Lucienne. Y te juro que no le había visto nunca la..., la..., en fin, la cosa a ninguna mujer. Sólo una vez, en una fotografía guarra que me enseñó un externo. Pero no se veía casi nada.

Su historia de la fotografía me interesó. Sabía que existían dibujos guarros, pero no fotografías. Creía que sólo se hacían en las bodas y las primeras comuniones.

—Y en esa fotografía —pregunté—, ¿estaba la mujer sola o con un hombre?

—Con un hombre completamente desnudo. Bueno, llevaba calcetines, igual que ella.

—¿Y observaste algo de particular en el hombre?

—Sí, pero no merece la pena decirlo. El.... él...

—¿Estaba empalmado? —dije—. ¿Muy empalmado?

—Sí. Ya sé que se dice así, pero tú, Lucienne, ¿cómo lo sabes si nunca has visto a ninguno?

—Lo sé porque las chicas se enteran de todo mucho antes que los chicos — afirmé tajantemente—. Y tú, León, ¿has estado empalmado alguna vez? — pregunté por preguntar, ya que tenía la prueba en mis manos, y la tocaba a través de la tela del pantalón.

—¡Oh, sí! En el dormitorio, cuando no está el vigilante, comparamos nuestras..., nuestras cosas...

—¡Vuestras pichas! —exclamé en tono cortante.

—Sí, nuestras pichas —prosiguió estupefacto—, y cuando estoy empalmado yo soy uno de los que las tiene más grandes. Pero, dime Lulu, ¿es posible que tú ya le hayas visto la picha a algún chico?

-        ¡Oh, yo no estoy en un internado! —respondí con indiferencia—. Y los amigos de mi hermano tampoco, así que tendrás que enseñarme la tuya, ya que estás tan orgulloso de ella...
-         
¡Dios mío! ¡Lo que cuesta hacer que un primerizo se decida! En el burdel sabemos que vienen a eso, y, una vez que entran, no salen hasta que no han sido estrenados. En el caso que nos ocupa, era yo quien tenía que hacerlo todo, y me dije que aquí no acabarían mis males, ¡ni mis pollas! Sin embargo, entre los dos —él más bien molestando que otra cosa— logramos sacar la suya de su refugio. Era de un tamaño aceptable; y, como de costumbre, al empuñarla me asaltó un deseo furioso de metérmela en el cuerpo. «¡También es desgracia tener un temperamento como el mío! — pensé - Si por lo menos se sintieran obligados a suplicarme, tendría una excusa. ¡Pero no! En fin...»

—Es verdad, ¡qué grande es! —exclamé con convicción—, ¡Y qué dura! Se me ha ocurrido una cosa, León. Podrías acercarla a mi hendidura y hacer como si fuéramos marido y mujer. No te preocupes, es sólo un juego — añadí, al ver que le asustaba un poco el rumbo que tomaban los acontecimientos—, ¿Sabes al menos cómo se hace?

—¡Oh, sí! El hombre empuja, y la cosa entra. ¿Tú lo sabías? ¿Lo has hecho alguna vez?

No respondí, y él no insistió. Había calculado, contando los días en el calendario, que el período tenía que venirme dentro de dos días, tres a lo sumo, y me fiaba de lo que Adéle me había explicado. Incluso teníamos agua corriente a dos pasos, como en los apartamentos de París. Me dije que iba a hacer con León lo mismo que ella había hecho con mi hermano, para probar esa postura que las prostitutas practican de buen grado, ya que les permite retirarse si el hombre la tiene demasiado larga o demasiado gorda, o cuando está a punto de correrse, o incluso cuando no quieren sentir su aliento en el rostro. La llaman «montar a caballito».

En cualquier caso, voy a hacerlo contigo —acabé por responder—. Pero no debes decírselo nunca a nadie, ¿me oyes bien, primo León? Repítelo: no se lo diré nunca a nadie...

—No se lo diré nunca a nadie...

—Y júrame que nunca lo has hecho con otra. Repítelo: no lo he hecho nunca con nadie.

—¡No lo he hecho nunca con nadie! —repitió, mientras le obligaba a tumbarse en la hierba para montar a horcajadas sobre él.

Me enrollé la falda hasta la cintura, le dije que se bajara los pantalones hasta los tobillos para no arañarme los muslos con los botones, y me instalé encima de él.

—¿Qué haces? —preguntó, más asustado todavía al ver que me chupaba los dedos y los pasaba varias veces por mi hendidura.

—Me preparo el coño para que mi querido primo pueda meter su picha sin hacerme daño —respondí.

—¿El qué?

—El coño. Se llama así. ¡Ya está! Ahora, primo, acaríciame los pechos por debajo del corpiño. Con las dos manos, por favor. Es para excitarme y que los dos nos lo pasemos mejor, ¿comprendes? La próxima vez lo haremos en mi habitación y me desnudaré, te lo prometo.

—¿La próxima vez?

—Pues claro, tonto, siempre y cuando esta vez me lo hagas bien. ¡Oh! ¡Es verdad que la tienes muy dura! —añadí, mientras recorría los labios de mi coño con la punta de su miembro—. ¡Aaaah! ¡Quisiera que estuviese ya dentro!

—Pero, Lucienne —gimió—, habías dicho que se trataba de un juego...

 —¡Calla, adorado imbécil! ¡Mira cómo juego! —grité, al tiempo que me dejaba caer sobre él con todo mi peso.


El miembro entró de golpe hasta más de la mitad, y yo dejé escapar un débil grito, de sorpresa más que de dolor, pues me había embadurnado bien con saliva y, además, descubrí que mi coño también segregaba jugo por sí solo; como el de una mujer, hubiera dicho Lucas. Se debía a la excitación causada por todo lo que le había dicho y al hecho de saber que él era virgen; seguramente también gracias a aquella postura, que me había permitido humedecerme el coño con el primer jugo que soltó, ése que es más líquido y que expulsan todos los hombres cuando se disponen a hacer el amor. Me incorporé un poco, agarrándole las manos para obligarlo a que me frotara los pechos, y volví a dejarme caer. Su picha entró hasta el fondo, y continué subiendo y bajando como si estuviera en la montaña rusa por lo menos una veintena de veces. Estaba cada vez más mojada, y empecé a gozar de lo lindo. Él se corrió un poco pronto para mi gusto, pero yo le seguí de cerca, lanzando unos gemidos de placer que debían de oírse desde casa.


(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




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