Prologo de El Libertino

domingo, 19 de abril de 2015




La llegada del primo León no trastornó nuestra rutina cotidiana, por lo menos los primeros días. Al principio se pasaba las tardes haciendo visitas de cortesía a las damas del pueblo, y las mañanas en la cama, de modo que no lo teníamos encima más que a partir de la hora de cenar. Lo de «tenerlo encima» resulta un tanto exagerado, pues en realidad aún no habíamos encontrado más ocupación común que la partida de chaquete de la noche, que no incitaba precisamente a los devaneos. 

Odette sólo venía por las tardes, ya que su madre había regresado a Nogent. Sin embargo, ello no le impidió lograr su propósito, que era el de hacer que mi hermano la ensartara. Yo no era su carabina, así que me enteré unos días después por Max, que, aparte de no tener ningún motivo para ocultarlo por mucho tiempo, más bien se sentía orgulloso de añadir una más a su lista. —Yo no tenía demasiado interés —me dijo—. Ahora prefiero hacerlo con Adéle. Casi todas las mañanas pasa por mi habitación antes de bajar a la cocina, ¿sabes? Yo no corro nunca el pestillo; y, cuando está preparada, ella da unos golpecitos en el tabique para despertarme. Pero a esas horas yo siempre estoy despierto. Por las mañanas, yo..., en fin, casi siempre estoy empalmado, así que no perdemos mucho tiempo.

—¿Y se acuesta contigo?

—No, porque mi cama hace mucho ruido y nos da miedo que te despiertes. O, como máximo, en el borde, igual que aquella vez que te expliqué. Yo me quedo de pie y me coloco entre sus piernas, y ella me frota la..., la..., bueno, ya me entiendes, contra su coño, hasta que siente que le viene. Entonces me dice que entre, o me da una palmada en el culo para que sepa que ya la puedo meter. Así resulta más excitante que en el otro agujero, ¿sabes? —añadió doctamente—, por eso lo prefiero. Yo suelto mi jugo, y a continuación ella goza. Otras veces...

—Entonces —le interrumpí—, cuando llama a mi puerta para que me levante, ¿acaba de joder con mi hermano? ¡Si el tío Crapart llegara a sospechar algo! Sigue, sigue, ¿qué decías de otras veces?

—¡Oh! Con sus aires de mosquita muerta, Dédéle está hecha una guarra redomada. Hace que me tumbe en el suelo, con una almohada bajo la cabeza, y ella se monta a horcajadas encima de mí para que le acaricie las — al mismo tiempo que le meto el chisme. Incluso...

—¿Incluso qué? —pregunté, al ver que se quedaba en silencio.

—La semana pasada subió un día expresamente desde la cocina. Me dijo que estaríamos tranquilos porque los patronos aún no se habían levantado y a ti te había encargado que hicieras una cosa.

—¡Ya me acuerdo! —exclamé furiosa—. Fue el jueves. Me envió a buscar pan como si se tratara de un asunto urgentísimo. ¿Y qué pasó?

—Pues me dijo que me lavara el chisme, y luego se pasó un buen rato chupándolo para ponerme bien cachondo. Después, hizo que me sentara en el taburete, se sentó encima de mí y se lo metió. Era ella quien lo hacía todo; yo sólo tenía que chuparle los pezones al mismo tiempo. Y, como tú no estabas en tu habitación, no se privó de suspirar y gritar. Me lo pasé muy bien, porque a mí me gusta que haya mucho culo y muchas —. ¡Hay más material para divertirse! Así que, como comprenderás —concluyó—, tu Odette y sus huevos al plato...

Fingí que me enfadaba, pero en realidad estaba muy contenta de aprender tantas cosas. Olvidé pedirle que me explicara con detalle cómo lo había hecho con Odette, pero de todas formas me lo imaginaba. De todos modos, pocos días después, una mañana Max me llevó aparte para decirme: 

—Lulu, Odette y yo quisiéramos que nos prestaras tu habitación a la hora de la siesta.

—¿Y nada más?

—Bien, también quisiéramos que te las arreglaras para que Adéle no subiera, ni tampoco los tíos.

—Por lo que respecta a los tíos, puedes estar tranquilo —dije—. El tío regresa al despacho después de tomar café, y la tía se va a su habitación a echar un sueñecito. Le pediré a Adéle que me enseñe a hacer una tarta, y así no tendrá ningún motivo para subir. Pero, estoy sorprendida, hermanito yo creía que «mi» Odette no te interesaba.

—¡Desde luego que no! Te doy mi palabra. Pero ¿qué quieres que haga? — dijo con resignación—. Ahora que lo ha probado, lo necesita.

—Entonces, ¿le gusta?

—¡Vaya que sí! —exclamó—. No tienes más que preguntárselo esta noche, cuando la acompañemos a casa. A mí me divierte. Le enseño guarradas. Esta tarde le diré que si quiere que la ensarte tiene que chuparme la minina, y seguro que acepta. Con Lydie ocurría lo mismo, y con Adéle pasa también. Primero se hacen las remilgadas, pero a todas les gusta —afirmó el chulo que ya llevaba dentro.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




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