Prologo de El Libertino

lunes, 13 de abril de 2015




Regresé a casa sin tropiezos, con las manos vacías porque, evidentemente, no habría sabido cómo explicar por qué había ido a casa de Lucas, y haciendo un alto en mi habitación para tranquilizarme y refrescarme la cara. En cuanto a lo otro, antes de irme le había preguntado a él sin demasiado embarazo:

—Lucas, ¿podría..., en fin, ya sabe, lavarme un poco el..., el...? Usted me entiende, ¿no? ¿Se puede en su casa?

—¡Por favor, señorita! ¿Cree que Adéle no ha pensado en eso? — respondió, riendo a carcajadas—. Ya estoy acostumbrado. ¡Venga! Está al otro lado del tabique.

Aquello era un punto a su favor. En un rincón de la habitación había un palanganero, una jarra de agua y, ¡oh sorpresa!, incluso el pequeño mueble indispensable para ese tipo de abluciones. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¡Misterio! Seguramente era la compra que les había parecido más necesaria para sus amores rústicos, y que aquel día lo fue para mí. «Hay una primera vez para todo», pensé en actitud filosófica mientras estrenaba el bidet. Hoy me doy cuenta de que, del modo en que me lavé, impaciente por marcharme de su casa, me quedó en el vientre lo suficiente para dos o tres herederos. Pero aún no había llegado el momento...
Odette y mi hermano todavía no habían vuelto de hacer las compras cuando llegué al comedor, con las piernas aún temblorosas, pero en conjunto bastante presentable. Aquella noche dormí como una bendita. Hubieran tenido que darme una paliza para que compartiera el lecho con Odette, que por su parte estaba tan agotada por las experiencias vividas a lo largo del día como yo. En consecuencia, nos besamos como dos hermanas antes de caer en los brazos de Morfeo, como decía Bougrot, mi embadurnador de lienzos, a quien el gobierno encargó un cuadro que debía representar el sueño de una diosa de tres al cuarto, Psique o algo así se llamaba, pero eso es lo de menos.
Nos despertamos temprano y totalmente repuestas. Yo digería en silencio la aventura de la víspera, mientras que Odette ya empezaba a preguntarse cómo podría reanudar la suya y obtener un poco más de instrucción y de distracción antes de que su madre regresara. A la edad que ella tenía, los primeros escarceos que se permite una señorita pueden dar dos resultados contrarios, según ésta tenga o no un temperamento amoroso: o bien se le quitan las ganas de volver a las andadas durante una larga temporada, o bien la excitan. También he observado que, a este respecto, resulta muy acertado decir «De tal palo, tal astilla», aunque en mi caso no sea cierto en absoluto. Sí lo era, en cambio, en el de Lydie Pasquier, que acabó mal, y en el de Odette de Courmanche, que se casó tres años después del verano que pasamos juntas en Nogent—le—Rotrou, aunque, por lo que tuve ocasión de enterarme, no tardó demasiado en hacérselas pasar de todos los colores a su marido.

—Mi querida Lucette —me dijo mientras nos levantábamos—, me hubiera encantado que volviéramos a abrazarnos sin camisón anoche, y pasar la noche divirtiéndonos, pero me quedé dormida en cuanto me dejé caer en la cama. ¡Perdóname! Da mucho gusto hacer esas cosas con otra chica, o con un chico, pero resulta agotador, ¿no te parece? La prueba es que tú estabas tan cansada como yo, y eso que no viniste de compras con nosotros.

 —¡Oh! Me dediqué a otras cosas —respondí evasiva—. ¿Se portó bien mi hermano contigo?

—¡Calla, calla! ¿Sabes lo que me propuso?

—No lo sé, pero me lo imagino. Quiere que te dejes ensartar por detrás, ¿a que sí?

—Sí —respondió con las mejillas encendidas—, pero me aseguró que iría muy despacio y que no me haría nada de daño...

—Bueno, la decisión depende de ti —interrumpí con cierta brusquedad—. No serías la primera en pasar por ese trance, y si una chica tuviera que morirse por hacerlo, se sabría. Además, tu precioso agujerito tiene ganas de intentarlo, ¿verdad? —añadí, al tiempo que deslizaba una mano bajo su camisón y le acariciaba con un dedo.

—¡Oh! No te creas que tantas si pienso en otras cosas, excepto a veces cuando estoy en el excusado. Te reirás, pero ahora que sé que se puede hacer, cuando estoy allí casi siempre pienso en eso. Y, por supuesto, cuando siento que tu dedo intenta entrar —añadió contoneándose.


Yo estaba empezando a excitarme, pero no tenía la más mínima intención de dedicarme a jueguecitos para chiquillas deseosas de enculadas. A pesar de todo, me resultaba tan placentero toquetear a Odette que continué. Creo que también deseaba ponerla a punto para que no pudiera resistirse a Max, en caso de que insistiera en ensartarla, porque cuando un chico o una chica de nuestra edad se interna en el camino de la lujuria, como dicen los curas, no para hasta que consigue arrastrar tras de sí, quizá por vicio, al mayor número posible de discípulos. A todas las chicas les gusta preparar a sus amiguitas para que accedan a los deseos de su hermano, y lo mismo les sucede a los chicos con sus hermanas. Es lo que yo llamo «velar por los intereses de la familia».

—Dédette, te quiero —le dije—. Arremángate el camisón sin moverte. Quiero mostrarte una cosa.

Me arrodillé detrás de ella y acerqué la cabeza a su culo hasta encontrar lo que buscaba. Cuando mi boca estuvo en el lugar indicado, te separé las nalgas con las dos manos para poder respirar mientras chupaba. Ella se inclinó y se apoyó en la cama, y entonces yo hice lo que deseaba, lamerle la flor del culo. Por supuesto, yo ignoraba que hacer aquello se llamara así, pero tiene un nombre tan divertido que hago como si entonces lo hubiera sabido. Me lo enseñó más tarde Adolphe, que me hacía lo mismo cada vez que pasábamos la noche juntos, e incluso me explicó que había una obra de teatro con un título alusivo, La olorosa flor del culo, aunque no la conocía. Sea como fuere, e hiciera o no teatro, lo cierto es que Odette enseguida se puso como loca, igual que todas las chicas y todas las mujeres amantes del placer. Tras lavarle bien el agujero y pasear la lengua por su interior, me acerqué a su rostro para preguntarle en voz baja:

—¿Te ha gustado lo que te he hecho, guarra mía? Por toda respuesta, Odette colocó su boca contra la mía, y nos besamos mezclando nuestras salivas. Luego me dijo en voz baja:

—Es curioso, tu boca acaba de chuparme el..., el... 

—¡Atrévete a decirlo, boba! El agujerito, el ojete. 

—Eso, el ojete, y al besarte en la boca siento como si yo misma me lo estuviera chupando. No te rías —añadió—, lo digo muy en serio. Te juro que he identificado el olor en tu lengua.

—Entonces, mi querida Dédette, lo que sucede es que eres tan guarra como yo. Dímelo, dime que eres una guarra...

—Sí, es verdad —respondió en voz tan baja que apenas la oía—. Contigo me convierto en una auténtica guarra... Antes de darme cuenta de lo que me está pasando, ¡ya está hecho!

Después, bajamos a desayunar. Max ya estaba allí, y Dédette se lo comía con los ojos. Adéle nos había preparado un espumeante chocolate, que encontré todavía mejor que de costumbre.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



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2 comentarios:

sayuri de S dijo...

Oscuro y fruncido como un clavel violeta
respira, tímidamente oculto bajo el musgo;
el licor del amor todavía lo humedece
y fluye por el leve declive de las nalgas.

Filamentos parecidos a lágrimas de leche
lloran ante el triste soplo que los arrastra
a través de piedritas de abonos arcillosos
hacia el declive que ahora los reclama.

A menudo mi boca se acopla a su ventosa
y allí mi alma, del coito material envidiosa,
cava su lagrimal feroz, su nido de sollozos.

Es la argolla extasiada y la flauta mimosa,
tubo por donde baja el celestial confite,
Canaan femenino de humedades nacientes.

SONETO AL HUECO DEL CULO de Rimbaud y Verlaine.

Espero que lo disfrutes..a mi me ha traido a la memoria deliciosos recuerdos :)

Besos AMO

Sayiid Albeitar dijo...

Mmmmmm, preciosa poesía que desconocía.
Yo me había quedado en el celebre escrito de "Gracias y desgracias del ojo del culo", obra chusca de mi siempre admirado Don Francisco de Quevedo y Villegas :-)
Pero he de reconocer que este poema no le va a la zaga...

PD: Creo que compartimos recuerdos... ;-)

Un beso, mi sierva...

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