Prologo de El Libertino

lunes, 11 de mayo de 2015




Al pobre León le quedaban pocas semanas de vacaciones, y estaba dispuesto a aprovecharlas ahora que había descubierto la fórmula para pasarlas del modo más agradable posible.
La tarde de aquel famoso día de las corbatas, le pedí, delante de sus padres, que me acompañara a Correos. Por el camino, cuando él intentaba cogerme de la mano, yo le rechazaba, regañándole por ser tan poco prudente.

-        Pero, Lucienne, es que te quiero. ¿Tú ya no me quieres tanto como esta mañana?

—Sí, más aún —repliqué—. Pero, cuanto más me quieras, más debes guardar las distancias conmigo. ¡Me mirabas de un modo en la mesa! ¡Menos mal que tus padres estaban distraídos con otra cosa y no se han dado cuenta! Nos meterías a los dos en un buen lío si sospecharan lo que hay entre nosotros. Porque —añadí—, ¿acaso crees que te permitirían casarte conmigo aunque descubrieran el pastel? Ni se te ha ocurrido pensar en ello, ¿verdad? Además —proseguí—, ¿quién te dice que yo aceptaría?

—Pero, querida Lucienne, ¡nos entendemos tan bien!

Querida Lucienne por aquí, querida Lucienne por allá...
Yo deseaba con toda el alma saciar mi deseo con él, e incluso estaba un poco enamorada. Pero los arrumacos, las carantoñas... A mí eso me parecía muy poco.

—Lo primero que tenemos que hacer es ponernos de acuerdo para repetir sin que nos pillen —dije—. Tu habitación queda descartada, incluso de noche. Además, la noche está hecha para dormir —añadí.

—Entonces, ¿en la tuya?

Hice un mohín. A Odette o a mi hermano nadie se extrañaría de verlos allí, mientras mantuvieran la compostura. Pero a mi primo...

—No, tampoco puede ser. Cualquiera podría buscarte, o buscarme... Y no se puede acariciar bien cuando se tiene miedo.

—Entonces, ¿en el arroyo? Igual que la primera vez, Lu...

 —¡De eso nada! Yo estaría temiendo que apareciera Lucas y tú que te atacaran las hormigas. En el arroyo, no. Tal vez en el parque — dije.

Aquello tampoco era fácil. Si íbamos juntos, sus padres empezarían a preguntarse qué nos dedicábamos a hacer allí. Si cada uno iba por su lado, se preguntarían dónde estaba yo y pronto empezarían a sospechar.

—Escucha, querido primo —concluí durante el camino de vuelta—, no se me ocurre más que una cosa. ¿Conoces el... el cobertizo que hay detrás del establo?

—Sí, claro. El cobertizo...

—Bueno —dije riendo—, el cobertizo donde uno va cuando tiene una necesidad y no quiere entrar en casa. El que utilizan Lucas y Adéle.

—Pero, Lulu...

—Pero ¿qué? Esto también es una necesidad. Por lo menos podríamos quedar allí.

Conseguí convencerlo. No era mucho menos imprudente que en otro sido, pero, desde que lo había probado con Vincent Vierneau, la idea de joder, no digo de hacer el amor, en ese tipo de estancia, acudía de vez en cuando a mi mente. No es algo tan extraño. En el burdel conocí a un cliente que reservaba el excusado para ir allí conmigo y con Rosa la Flor. Las otras hacían muecas de asco, incluso Rachel la Judía, que no era de las más delicadas; la prueba está en que la madame le reservaba a los «niños creciditos», esos que sólo lo consiguen si su mamá los sienta en el orinal y... Pero ya estoy divagando otra vez. El caso es que a mí me gusta, lo mismo que a Rosa la Flor. Al margen de que el cliente paga por ello un suplemento de cinco francos, cifra nada despreciable por cierto.
Así pues, León y yo acordamos que al día siguiente nos quedaríamos despiertos hasta mucho después de que todos se hubieran acostado; por lo menos hasta las doce de la noche. El cogería una linterna, saldría para agitarla bajo mi ventana, y yo bajaría a reunirme con él.
¡Era una idea encantadora! La víspera yo había dormido muy bien, y durante toda la tarde me sentí muy excitada pensando en nuestra cita. Aquella noche, mientras quitaba la mesa conseguí que me viera hacerle un guiño disimulado y humedecerme furtivamente los labios. No creo que comprendiera nada. Después de fregar los platos y ponerlo todo en orden, me quedé charlando un momento con Adéle, que bostezaba de fatiga, y más tarde subí a mi habitación para prepararme y esperar. «Muchas ganas ha de tener para lanzarse a una empresa como ésta», me dije. Y, justo cuando estaba a punto de sonar la medianoche, vi la linterna. Bajé en camisón y zapatillas, pues la noche era calurosa, y sin encender la luz; conocía perfectamente la escalera y el camino que debía recorrer. Cuando llegamos al cobertizo en cuestión, le dije al oído que sería mejor apagar la linterna para no atraer la atención de Adéle, que podría ver la luz desde su ventana.

—Pero no te preocupes, duerme como un tronco —añadí—. ¡Venga! Vamos a entrar.

El lugar, como todos los de ese tipo, era bastante grande y albergaba una tarima con encofrado de madera, un común en el que muy bien podían sentarse dos personas, y también, evidentemente, su tapadera con el pomo en el centro. Una vez cerrada la puerta, el recinto resultaba confortable, y hacía casi tanto calor como en una habitación. En cuanto estuvimos a cubierto, dejé la linterna en un rincón y tomé a León entre mis brazos para besarlo en la boca, a lo cual él me respondió con ardor. Al mismo tiempo, tanteé el terreno a través de su camisa de dormir. Tal como me imaginaba, estaba completamente plano. ¡Pobre querubín! Entre los nervios, la inquietud y las tinieblas que nos rodeaban, ¿cómo hubiera podido empalmarse?

—Querido León, me alegro mucho de que hayas venido. Vas a amar intensamente a tu Lucienne, ¿verdad?

—Me... Me gustaría mucho. Pero no sé...

—¡Sí, sí! ¡Ya verás como sí! Siéntate —le ordené, empujándole hacia la banqueta—, y déjame hacer.

Cuando estuvo sentado, me arrodillé ante él separando sus piernas, sintiéndome más a gusto en aquella oscuridad y sobre la tarima de madera, que en el carruaje del señor..., ¿cómo era?... ¡Ah, sí! León. Me gusta ocuparme de un hombre de ese modo, yo de rodillas y él sentado. El calor te invade, sus muslos te rodean como si fueran brazos, y he observado que les viene con más facilidad que estando tumbados o de pie, tal vez porque la sangre circula con mayor libertad. Le quité la camisa y comencé a chuparle el dardo con suavidad. Estaba encogido a causa del fresco de la noche, de modo que pude tomarlo por entero en mi boca, así como los cojones, y retenerlo así, dándole calor, hasta que sentí que empezaba a crecer. Luego, continué haciendo que entrara y saliera de mi boca. Le había pasado un brazo alrededor de los riñones, mientras acariciaba sus cajones con la mano que me quedaba libre. El me agarraba del cabello y suspiraba. No tardó en estar empalmado Ahora y en crispar sus manos sobre mi cabeza.

—Se la meterás a tu amada Lucienne —murmuré, incorporándome—. Pero antes debes acariciarme. Sí, ahí, con el dedo... Junta las piernas para que yo pueda abrir las mías. Sí, muy bien, con el dedo... Recorre toda la hendidura... Sí, sí, León... No digas nada... Continúa... Ahí, ahí, en el clítoris... ¿Notas lo mojada que estoy ahora, para que mi León pueda metérmela sin hacerme daño? Y, mientras tanto, yo sigo masturbando a mi León para que me dé... ¡Oh, oh! ¡Espera, mi vida! —exclamé, jadeando—. ¡Para un momento!

Ya no sentía las piernas. Me arremangué con presteza el camisón y me dejé caer lentamente sobre su picha, guiándola con la mano. Cuando noté que la punta estaba situada en el lugar adecuado, proseguí el descenso separando las piernas todo lo que pude; y, cuando la mitad del miembro estuvo dentro, me senté a horcajadas sobre sus muslos.

—¡Ah, qué gusto! ¡Qué gusto da así! —suspiró Léon—. No sabía... ¡Oh, cómo aprieta! Lucienne, qué caliente se está dentro de tu..., de tu...

 —¡Dentro de mi coño! Sí, es verdad, pero tu picha también está ardiendo. Cógeme de la cintura para ayudarme... ¡Vamos, cabalga, cabalga, amor mío!

Estaba tan excitado, que su miembro se salió dos veces de mi conejo, pero yo volví a meterlo enseguida. No me atrevía a gemir, y me asía con fuerza a sus brazos para calmarme un poco. Ahora, el olor de pipí que flotaba en el ambiente, y que al principio no había percibido, me inundaba los sentidos. Era delicioso, delicioso... Léon se corrió abundantemente y a continuación yo gocé, una sola vez, pero destilando más jugo que en otras ocasiones. Cosas del ambiente, como decía mi masturbador de pinceles, Adolphe Bougrot, a quien también le gustaba hacerlo en el retrete de su taller, que había pintado de colores chillones.

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



=============================================================================================================================

No hay comentarios:

______________________________________________________________________________________________________________________________________________