Prologo de El Libertino

martes, 26 de mayo de 2015




Unos ocho días después de la marcha de Adéle, murió un tío del señor Crapart, uno bien situado, dueño de una heredad, que vivía en Chaudé— sur—Sarthe, cuna de todos los Crapart de la cristiandad. Veintitrés leguas por caminos empinados, arenosos, penosos. Un día entero para ir, otro para enterrarlo y otro para regresar. La casa era exclusivamente nuestra durante tres largos y hermosos días, ya que Lucas también iba al entierro con objeto de conducir el cabriolé.

Cuando éste desapareció tras el primer recodo del camino, saludado desde el umbral por nuestros pañuelos, me arrojé en brazos de Léon y exclamé: —¡Gocemos del amor y del buen vino, querido Léon! ¡Hace tanto tiempo que sueño con pasar contigo una noche entera! ¡Por no hablar de los días! Estoy tan contenta, que pagaría una misa con mis ahorros en memoria del tío de Chaumont.

Apenas eran las seis de la mañana. Estábamos muertos de hambre, así que preparé un desayuno de lujo para mi hombre. Después, recogí las cosas, eché una paletada de carbón al fogón de la cocina y le pregunté:

—¿Dónde, querido primo? ¿En tu habitación? ¿En la mía? ¡Si quieres, aquí mismo! O en el excusado, ¿por qué no?

Eligió su habitación, cuya cama era, todo hay que decirlo, mucho mejor que la mía, y subimos allí cogidos de la mano. Me quité la ropa con toda tranquilidad, incluida la camiseta, a pesar del frío de la mañana, y revoloteé un momento a su alrededor, completamente desnuda, para obligarle a que se la quitara él también, avergonzado como un zorro atrapado por una gallina a causa de su pudibundez. Luego me tumbé en la cama sin esperarlo, boca arriba y con las piernas abiertas. Tenía una colita diminuta, pero a mí eso nunca me ha preocupado, por lo menos con un hombre joven, a quien un poco de calor basta para ponerse cachondo. Después de todo, lo que tienen los hombres ahí no es un hueso. ¡Ni siquiera relleno de tuétano! Realmente, mi primo estaba haciendo grandes progresos. Puedo afirmar que llegué a convertirlo en un amante aceptable. Tomó posiciones lo mejor que pudo, doblando las piernas, que tropezaban contra los pies de la cama, y empezó a trabajar con la lengua. Yo me fui desplazando poco a poco hasta quedar atravesada, sin interrumpirlo ni dejar de suspirar, de tal modo que acabé por encontrarme lo suficientemente cerca de su cuerpo como para poder pasar un brazo bajo su vientre y atraerlo hacia mí. El comprendió entonces lo que yo pretendía hacer. Colocó su cabeza entre mis piernas, sin soltar el caramelo, y yo por fin pude amorrarme a su picha de la forma que llevaba días soñando hacerlo con él.


Todo el mundo conoce esa postura, salvo quizá los zulúes, que tan sólo saben contar hasta veinte. Es el sesenta y nueve, una especialidad nacional cuyo nombre y uso nuestro audaz país ha extendido por todas las tierras habitadas o no, hasta el punto que entre los prusianos y los ingleses no se conoce otra. ¡Viva Francia, mi general!

Debería decir los sesenta y nueves, porque existen tres y hasta cuatro maneras de hacerlo. Nosotros, o, mejor dicho, yo, habían decidido acostarme de lado, frente a él, que para mi gusto es la variante más tierna y menos fatigosa. Esa es una. En realidad, dos, porque yo habría podido tumbarme tanto apoyada en el costado derecho como en el izquierdo. Cuando volvimos a hacerlo, unos días después, me subí poco a poco encima de él, mientras ambos ejercitábamos activa y amorosamente nuestras respectivas bocas, él en mi clítoris, y yo en su picha. Esa es la tercera. Resulta más agradable para la mujer que para el hombre, pues en cierto modo ella tiene libertad de movimientos, mientras que todo el peso de su culo descansa sobre el hombre. No obstante, muchos hombres la prefieren a las otras precisamente por eso, porque les gusta que la mujer los aplaste y porque les deja las manos libres para ocuparse de las nalgas de la elegida; y, en particular, delicia entre las delicias, para meterles el dedo de honor, o, si se prefiere, para ofrecerles el honor de un dedo, lo cual, possibly, como decía mi milord, prepara la entrada de los artistas al episodio siguiente.
Esta tercera variante, la más revoltosa y sabrosa, no es más que la recompensa de la cuarta, que tan sólo es la anterior, pero al revés, con ella montada en clara alusión a la nata del mismo nombre.

Aquélla fue la primera vez que pasé toda la noche con un hombre. Por un lado me gusta y por otro no. Me gusta cuando está nevando y no me atrevo a levantarme a media noche para echar más carbón al brasero, cuando la habitación está fría y el lecho glacial.

Entonces, sí, es una suerte tener al lado de una un calentador de cama que te toca las nalgas y las tetas, te frota la espalda y te acaricia los hombros para hacerte olvidar que es enero, y cuya picha se hincha contra tu vientre hasta el momento en que te abres de piernas. Y todavía es mejor cuando, de madrugada, después de dar media vuelta para dormir plácidamente, de pronto te despierta un dedo masturbador que acaba por mojarte y abrirte, y hacerte desear que entre y te haga gozar sin llegar a interrumpir del todo tu sueño. ¡Eso sí que me gusta!

Y por la mañana también. ¡Ah, esas triunfales mañanas de los jóvenes amantes! Las que yo he vivido, seguían por buen camino. El primero en salir del sueño, despierta al otro con suavidad. Con la boca. Si es él (depende de los hombres, pero no es habitual), debe deslizarse hacia los pies de la cama evitando destaparme porque en la habitación hace frío, separar mis muslos muy despacio e instalarse ante mi tesoro para hacerle el aseo matutino. Entonces, me despierto como en un lecho de rosas, y raro es si no tengo ante mis narices el tesoro correspondiente, que despierta a su vez, aún húmedo a causa de las hazañas de la noche. No hay nada mejor que un sesenta y nueve antes de desayunar, para empezar con buen pie el día que se inicia.

Si me despierto yo primero, la maniobra es a la inversa. Me deslizo bajo el cobertor, subo las piernas para darle calor en el bigote, y me centro en el objeto. En cuanto consigo ponerlo en estado de operar, me instalo sobre él como una amazona, y partimos al galope.

En pleno verano la cosa no es tan agradable. ¡Dios mío! Duermo fatal junto a un hombre sudoroso, incluso aunque sienta algo por él; así que con mayor razón si no siento nada. Pero así es el oficio, con sus alegrías y sus tristezas. Las primeras veces pedí cinco francos, pero me di cuenta de que estaba malgastando mi talento. Cuando un amante me bautizó como Lulu la Chic y empecé a ser bastante conocida en la Chaussée d'Antin, subí la tarifa a diez francos, y luego a un luis. Debo decir que, por veinte francos, yo daba mucho juego: todo lo que se le antojara al cliente, ¡incluida una visita al vecino!

Con Léon, para ser la primera vez (no cuento las noches que pasé con Odette de Courmanche, porque pasar la noche con una mujer siempre es mejor que con el mejor de los hombres), fue perfecto: ni demasiado caliente, ni demasiado frío, ni demasiado quieto, ni demasiado bullicioso, y cariñoso como el personaje de una novela.

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)




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2 comentarios:

María dijo...

¡Este sí que es un buen número! es que estas imágenes me ciegan jajaja y no me dejan leer.

Un beso.

Sayiid Albeitar dijo...

Otra vez, milady? Jejejejejeje
Voy a tener que poner los textos sin imágenes... en plan "tocho de filosofía" jejejejeje
En fin, al menos me alegra que la imagen le haya gustado jejejeje
Disfrútela como se merece :-)

Besos desde la mansión

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