Prologo de El Libertino

lunes, 15 de junio de 2015




Cuando los padres de Léon regresaron de Chaudé sur Sarthe al día siguiente por la noche, encontraron la casa en orden, la mesa puesta, la sopa hirviendo en el fogón, a su hijo en el dormitorio estudiando el Código Civil, y a su sobrina pelando zanahorias en la cocina. Aunque aquella mañana Léon estuviera aún rebosante de savia, yo no le había permitido demasiadas libertades: tan sólo un sesenta y nueve, pues, a pesar de que no hubiera puesto la mano en el fuego, me decía que es imposible que un niño te hinche la barriga simplemente por tragarte el licor. Un poco más tarde fui a buscar a la pequeña cretina que mi tía había cogido, para que me ayudara a fregar el alicatado y la escalera, de modo que no nos quedó más que el tiempo justo para toquetearnos un poco la picha y la hendidura antes de la noche. Se me ocurrió que, a modo de despedida, sería divertido conseguir que nos viniera a los dos al mismo tiempo, pero el deseo estaba ya demasiado aplacado.
No sé muy bien cómo su madre adivinó que había sucedido algo entre su hijo y yo durante su ausencia. ¿Tal vez nos había encontrado con aspecto de estar demasiado cansados? ¿Quizá le había sorprendido que hubiera puesto a lavar tres sábanas y un mantel de golpe? ¿O acaso, sin estar realmente segura de nada, había observado que contábamos cosas demasiado triviales a propósito de esos tres días, que evitábamos sonreímos y hablarnos, en resumen, que se nos veía excesivamente limpios para ser honrados? El resultado de sus sospechas fue que decidieron enviar a su retoño, en el acto, a pasar la última semana de vacaciones en casa de su abuela, que vivía en Chartres y que fue la primera sorprendida por aquel detalle inesperado. No hay mal que por bien no venga, pues después de haber estado con él sin tener que escondernos, yo no habría aceptado volver a encontrarnos a medianoche en el... común del jardín, para montar la nata deprisa y corriendo.
Dado que mis tíos habían organizado el viaje de Léon sin que nos diera tiempo a reaccionar, nos despedimos como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros; y, sin embargo, salimos beneficiados, cada uno por su lado, al abandonar definitivamente el verde paraíso de los amores infantiles...


Mis vacaciones también tocaban a su fin. Tras la partida de Léon, me juré no volver a dejarme tentar por nada ni por nadie durante las tres o cuatro semanas que me separaban del día en que subiría la escalerilla del tren de
París, y en cambio multiplicar los cuidados, atenciones y servicios prestados a los Crapart, con objeto de evitar que me impidieran marchar en el último momento. Ignoro si se debió a cierta desconfianza por parte de mi tía, o simplemente por comodidad en relación con la casa, pero el caso es que me instaló en la habitación de su hijo el mismo día que éste se fue. Me sentí contrariada y, al mismo tiempo, aliviada por aquel cambio. No hice ningún comentario, por supuesto, pero confieso que había pensado vagamente en la posibilidad de que, tras la partida de Léon y con Adéle aún ausente, Lucas tuviera la audacia, en una noche sin luna, de ofrecerle su pepino a la crema a la señorita desvergonzada que ya se había dejado servir una buena ración. Debía renunciar a ello, por mi bien, desde luego, pero con todo el dolor de mi corazón. O de mi culo, para ser más exactos. En cierto modo, la predicción de Lucas se había cumplido. No habían pasado semanas sin que yo pidiera más; sin embargo, el afortunado no había sido él, sino mi primo. Lucas lo ignoraba y, en consecuencia, debía de creerme lo suficiente hambrienta de hueso con tuétano como para recordar con placer lo sucedido entre nosotros. Así pues, al día siguiente de su regreso de Chaudé, cuando yo me dirigía al jardín a tender la ropa, se plantó delante de mí y, sin decir una palabra, se desabrochó rápidamente para dejar paso, no a mí, sino a su empalmado armatoste. Yo me había acostumbrado al de Léon, que sin duda era tan largo como el suyo y no mucho menos duro, aunque tenía el grosor de un bonito ejemplar de espárrago, mientras que el de Lucas, lo recordaba y pude verificarlo, alcanzaba el de mi puño, por lo menos hasta donde se perdía en la maleza. Había calculado muy bien el ataque. Al verme salir de casa, se había dirigido a mi encuentro como para desearme los buenos día o ayudarme a llevar el cesto de ropa mojada, y esperó hasta estar a dos pasos de mí para exhibirse, de manera que yo no pudiera ni volverle la espalda, ni escabullirme sin correr el riesgo de que lo vieran en tal estado desde la casa.

—Buenos días, Lu..., señor Lucas —balbuceé, dejando el cesto en el suelo—. Voy..., voy a tender la ropa...

—Ya lo veo, señorita Lucienne —respondió sin turbarse, e incluso cogiéndose el paquete, con bolas y todo, para obligarme a que me fijara en lo empalmado que estaba—. Esta también le saluda —añadió en voz más baja y riendo—. ¡A su servicio mientras Adéle no esté, señorita guarra!

Yo hubiera deseado resistirme, pero ¿cómo? Pese a todo, respondí con toda la dignidad de que era capaz:

—Déjeme pasar, señor Lucas. —Y, buceando en el recuerdo de los folletines que había leído, añadí—: Se aprovechó de un momento de debilidad por mi parte, pero no crea que podrá seguir abusando de mí. ¡Déjeme pasar! —repetí.

—¡Calma, calma! —dijo, avanzando un paso más—. La lengua dice una cosa, pero el culo piensa otra, ¿no es cierto, señorita?

¡Si! ¡Claro que era cierto! Hoy rindo honores al jardinero de los Crapart, que entonces fue el único, ¡por fortuna!, en adivinar desde nuestro primer encuentro lo que yo era sin ser realmente consciente de ello: una zorra redomada, una tómame-toda-entera de quince años. ¿Abusar de mí? ¿Por qué iba a hacerlo, cuando yo le había dejado usarme sin ninguna clase de remilgos?

— Y, para demostrarle que soy un buen caballero —prosiguió—, le ayudaré a llevar la canasta. ¡Si no es una osadía decir tal cosa a una inocente chiquilla como usted!

Entonces, se volvió con presteza, sin abrocharse y tan empalmado como antes, cogió la canasta por un asa, me indicó que yo la cogiera por la otra, y se puso en camino hacia la zona del jardín donde estaban los alambres para tender la ropa. ¿Cómo podía yo negarme a ir con él? Si por casualidad mi tía me estaba espiando desde la ventana de su habitación, no hubiera podido ver más que una escena normal, es decir, al jardinero prestándome un servicio de lo más natural, ya que el montón de ropa era, en efecto, pesado.
Aquella parte del jardín quedaba bastante apartada de la casa, por lo que, si alguien se acercaba, se le distinguía desde lejos. Una vez allí, Lucas sacó del cesto dos grandes sábanas, las sujetó a un alambre con las pinzas que yo le iba pasando, y cuando finalizó se secó las manos en el pantalón, que seguía desabrochado. Yo temblaba de nerviosismo e inquietud, paralizada y con la mirada fija en aquel enorme chisme que no descendía ni un milímetro.

—¡Rápido! ¡Quítese las bragas, señorita! —me ordenó en cuanto estuvimos ocultos tras las sábanas—. Tranquilícese, no pueden vernos, pero debemos apresurarnos.

Yo obedecí como si fuera una muñeca mecánica y dejé las bragas sobre el montón de ropa.

— Lucas, por favor —balbuceé—, vaya con cuidado. Si me hace daño, me veré obligada a gritar y tendríamos que salir corriendo.

— No hay por qué preocuparse. ¿Está ya bastante mojada. Desde luego, el calibre de mi aparato no es para tomárselo a risa —dijo, tomando mi mano para obligarme a tocárselo—. Aunque ya asoma una perla por la punta, así que todo irá bien, ¿verdad, preciosa?

Efectivamente, tenía el ciruelo impregnado del primer jugo, que comenzaba a fluir por la fisura y que yo extendí con la mano, frotándoselo dos o tres veces para excitarlo aún más.

— Ahora déjeme a mí —dijo, mientras me agarraba con ambas manos de las nalgas y me levantaba—. Abra un poco las piernas.

Dada su fuerza y corpulencia, el coracero Lucas me izó sin ninguna dificultad a la altura de su pecho. Yo pasé las piernas en torno a su cintura y me así a su cuello, al tiempo que él me separaba las nalgas y me dejaba caer lentamente sobre su rabo. En el regimiento debía de ser un tirador de primera, el aguerrido Lucas, pues apuntó con tal exactitud que el miembro se introdujo en la abertura sin ningún tropiezo. Acostumbrada a Léon, había olvidado que un hombre pudiera tenerla tan gorda, y me mordí un brazo para no gritar cuando sentí entrar la punta. Sin embargo, me separaba tanto las nalgas, y estábamos tan excitados y mojados, que todo funcionó de maravilla, como él me había anunciado. Yo le ayudaba con los brazos y los riñones a que me subiera y bajara ensartada en su picha, y cuanto más repetíamos la operación, más gusto daba, hasta el punto que comencé a soltar jugo sin parar, gozando y mordiendo su camisa para no gemir demasiado fuerte. Aquello no duró demasiado, por lo menos para mi gusto; tras meterla y sacarla unas diez veces, Lucas se corrió, clavándome las uñas en las nalgas y mascullando expresiones como «¡Toma zorra!», o «¡Toma mujerzuela!», cada vez que lanzaba una descarga a mis entrañas.
Me sentía agotada, y de buena gana me hubiera dejado caer al suelo para dormir si él no me hubiese seguido manteniendo adherida a su cuerpo, resoplando como un caballo. Su picha apenas había menguado de tamaño y, justo en el tiempo de contar hasta veinte, tal como dijera Adéle, sentí que el jardinero volvía a empalmarse y a deslizar el miembro de arriba abajo y de abajo arriba, sumergiéndolo en el pantano de mi entrepierna.

—¡Ah! ¡Te gusta el semen!, ¿verdad, grandísima guarra? —farfullaba—. ¡Pues toma! ¡Aquí tienes más!

El me obsequió con otro manguerazo, y yo le correspondí con una nueva inundación. Luego me dejó en el suelo, sacó un inmenso pañuelo a cuadros del bolsillo y me dijo:

—¡Vamos, pequeña! límpiate las piernas y ponte las bragas. Yo tenderé su maldita ropa en un momento.

Cuando acabó de tender, se dirigió hacia el arroyo para dejar que regresara sola a casa, con la canasta bajo el brazo y las piernas tan flojas que apenas me sostenían. Un cuarto de hora después, todavía resbalaba jugo entre mis muslos.
Ese polvo descarado, el último que eché en Nogent le  Rotrou, continúa siendo el mejor recuerdo que guardo de aquellos cuatro meses en el campo.


(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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6 comentarios:

María dijo...

Pero qué caritas se les ha puesto de placer a los dos, solo falta escucharles los gemidos.

Un beso.

Amando SPH dijo...

Casi casi... me he sentido allí mirando...
ya se me había olvidado lo bien que nos llevas a tu terreno...
Un besote
P.D te perdí de vista en la mudanza.. ya estoy de vuelta...

Sayiid Albeitar dijo...

Ah, es que usted no los escucha, milady?
Vaya, me temo entonces que lo que yo escucho debe ser fruto de mi imaginación...
Imaginación en estéreo dolby-surround :-)
Besos desde la mansión, lady María, y feliz velada.

Sayiid Albeitar dijo...

Es fácil dejarse llevar, Amando SPH, y tiene mucho morbo el poder mirar, sin que nos vean... Se lo dice un vouyer convencido :-)
En cuanto a lo de llevaros a mi terreno..., que más quisiera yo :-)
Yo sólo me limito a traeros pequeños retazos que, vistos desde nuestra perspectiva, adquieren otro sentido mucho más..., intenso. Aunque el sentido es más fruto de la propia imaginación de cada uno que de lo que aquí se pueda leer jejejeje.

PD: Me alegra que me hayas reencontrado. Si te vuelves a perder, búscame en las paginas amarillas. Como van por orden alfabético, voy justo detrás de Sade, marqués de... :-)

Besos y feliz velada en la mansión.

María dijo...

Jajaja siiii ahora si les escucho...es que antes tenía los altavoces apagados jajaja :-)

Un beso, mi buen amigo Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Ah, que eran los altavoces jejejejeje.
A veces, mi querida amiga, para oír, sólo hay que escuchar ;-)

Un beso y gracias por tu siempre apreciada y deseada visita.

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