Prologo de El Libertino

miércoles, 10 de junio de 2015




Por más que se tengan quince y diecisiete años respectivamente, haya amor y se disponga de todo tipo de facilidades durante tres días, la naturaleza es la naturaleza. Tras la copa, ordenamos el comedor y subimos a dormir la siesta como dos niños buenos; luego fuimos al pueblo, donde yo tenía que hacer algunas compras para cuando volvieran sus padres, y cenamos una loncha de jamón. Por la noche, decidimos acostarnos en mi habitación para variar. Me quité toda la ropa delante de él, incluso la camiseta, a pesar del frío que hacía, y empecé a dar vueltas a su alrededor mientras él se desnudaba. Cuando se dignó a reparar en mi presencia, le dije:

—Nunca me has hablado de mi culo, primo del alma. De lo demás tampoco me has dicho gran cosa, pero del culo, ni una palabra. ¿Es que no te gusta mi trasero? ¿Lo encuentras demasiado grande? ¿O demasiado pequeño?

—No, no, está muy bien como está. Lo que pasa es que a mí, el culo...

—¿Cómo? ¿Qué es eso de que «a mí, el culo...»? Si me quieres a mí, debes quererlo a él también.

El hecho es que no le interesaban en absoluto mis nalgas. Por más que yo me empeñaba en realzarlas, contoneándolas voluptuosamente ante sus narices, sin duda él no imaginaba que pudiera hacerse con ellas nada distinto de lo que se hace con las de una sufrida hermana, o sea, sentarse encima. Eso no habría sido un problema con una chica a la que tampoco le hubieran interesado. ¡Pero conmigo! Yo tengo esa zona muy sensible. Siempre ha sido así, y no sólo a las caricias. Ni papá ni mamá me pegaron jamás, pero algunas veces me gané algunos azotes bien aplicados, tres o cuatro seguidos, que más bien incitaban mis deseos de recibir unos cuantos más en la otra nalga, en lugar de persuadirme de que me estuviera quieta. Yeso que los recibía a través de la falda o del camisón, con lo cual apenas los sentía. Más adelante, no me faltaron hombres dispuestos a administrarme una ración de pam—pam al culo. Aunque, por desgracia, no tan abundante como yo hubiera deseado. Y no me refiero al látigo o la vara, ¡qué horror!, que es lo que ahora se ha puesto de moda. En París hay por lo menos un burdel, El Experto Azotador, en la calle de la Lune, donde todas las mujeres deben aceptar que les zurren; incluso van allí auténticas mujeres de mundo a las que les gusta recibir. Educación inglesa, así es como se le llama desde hace unos años. Pues por mí, los ingleses pueden quedarse con su educación.
Pese a todo, no está bien criticar lo que no se conoce. Yo nunca me he sentido tentada por el látigo, pero Fanny la Blanca Doble, que trabajaba precisamente en El Azotador, me confesó un día que ella fingía los gemidos y el llanto para satisfacer a los clientes, pero que en realidad le había tomado tanto gusto que ya no podía gozar más que cuando sus amantes le habían puesto las nalgas al rojo vivo. Pero, he vuelto a salirme del tema otra vez.
Así pues, mientras me lamentaba de la indiferencia de mi primo respecto a mi «blanca doble», mi mente no paraba de darle vueltas a la idea de conseguir que Léon me jodiera al estilo normando, tal como se lo había visto hacer, hacía ya algunos meses, a Adéle con mi hermano, y como yo misma lo había hecho con otros chicos, con la diferencia, por una parte, de que yo pretendía obligar a Léon, mientras lo tuviera bajo control, a abandonar sus costumbres burguesas, y, por otra, que quería sentirlo por detrás, en efecto, pero como una mujer.

— ¿Me has oído, querido Léon? — repetí al ver que guardaba silencio—. Debes querer a mi culo y proporcionarle placer.

El respondió que nada le gustaría más, pero que no veía la manera de hacerlo. Me acerqué a la cama, donde él se había recostado para esperarme, con la picha empezando ya a apuntar hacia el cielo (en ese sentido, no tenía motivos para quejarme), y le dije que, realmente, había que enseñárselo todo, que era una cosa de lo más sencilla, etcétera. Luego me arrodillé delante de él, con la cabeza apoyada en la almohada para presentarle una buena panorámica del culo, y las piernas bien abiertas para mostrarle el camino. Yo no veía a Léon, pero sin duda aquella novedad había despertado su apetito carnal, pues, cuando pasé la mano entre mis muslos para ayudarle a que me la metiera, la tenía tan tiesa como si no hubiéramos hecho nada desde la víspera. ¡Qué hermoso es ser joven!

 ¿Te das cuenta como es muy fácil? —dije, volviendo la cabeza hacia él mientras guiaba con suavidad su picha

—. ¿Y ahora? ¿Todavía sigues burlándote del culo de tu prima? —añadí.

 ¡Oh, no, Lucienne! Tenías razón. Da mucho gusto hacerlo así. ¡Oh! ¡Qué bien entra! —exclamó—. Iré muy despacio, querida prima, para no hacerte daño.


—Eres muy amable, porque todavía está un poco irritado de esta tarde. Ahora puedes empujar, ya entra mejor... Un poco más... ¡Oh, qué dura está! Me frota el interior... ¡Qué delicia! ¡Qué delicia!...

Realmente era delicioso. Esta postura se conoce con el nombre de «el gemido», aunque ignoro por qué. Es cierto que yo no podía evitar gemir cada vez más fuerte, a medida que su picha me iba llenando y que sentía su calor, pero gemir mientras se hace el amor es algo más característico de la mujer que de la posición. La mayoría de ellas, por no decir nueve de cada diez, o bien no gozan, o bien lo hacen dejando escapar apenas un lamento parecido al chirrido de una puerta, ya sea porque no les nace, o porque se reprimen de gemir y gritar porque no está bien visto, al menos en el caso de las mujeres honradas. Otras, en cambio, no paran de gritar mientras tienen un cipote en el vientre, estén en la postura que estén. Bougrot, mi follador de diosas sobre lienzo, tuvo antes de conocerme a mí una amante a la que se le oía desde la calle gritar que le venía y llamar a su mamá, hasta el punto de que el portero debía aporrear la puerta del taller para calmarla. Al final, Dodolphe le indicó amablemente el camino de salida. De hecho, le gustaba presumir ante los inquilinos por hacer gemir a una mujer de aquel modo, pero muy pronto se cansó.
El caso es que, aunque no se gima, «el gemido» es una postura excelente desde todos los puntos de vista, sobre todo por el que ofrece al amante o cliente. Hay una cosa que aumenta todavía más el placer, por lo menos a mí. Se trata de que el hombre me agarre de las caderas y me pellizque en el momento de correrse, con objeto de acercarme todo lo posible a su vientre. ¡Eso me vuelve loca! Casi todos lo hacen instintivamente, y no por brutalidad, sino para tener ocupadas las manos y avisar de que van a soltar el licor.
Léon también lo hizo, y sentí que se me metía tan adentro, que temí realmente que me dejara preñada; así pues, casi sin darle tiempo a que la sacara, salté de la cama para lavarme con abundante agua, acuclillada en la palangana. Como él se quedó sorprendido, tuve que explicarle por qué no había esperado ni un segundo después de sentir su chorro, y añadí que le quería lo suficiente como para no hacerle salir antes de acabar, pero no hasta el punto de verme, y además con él, a la cabecera de un primito llorón.

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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4 comentarios:

* dijo...

La naturaleza es la naturaleza y si, además, le echamos algo de picardía... entonces el resultado es el resultado...
Besos de Pecado.

María dijo...

Creo que para la próxima vez tendré que venir provista con gafas de sol, porque estos gifs tan excitantes, se ponen delante y me impiden leer jajaja.

Un beso.

Sayiid Albeitar dijo...

Y "el conceto es el conceto", sin duda alguna, lady PI, jejejeje
Y contra la naturaleza y los "concetos básicos" no se puede, ni se debe luchar, mi querida amiga; es mucho mejor dejarse llevar y descubrir hasta donde podemos llegar :-)

Besos muy naturales desde la mansión, milady.

Sayiid Albeitar dijo...

Vaya, jejejeje, lo siento, lady María, había olvidado su "problemilla" con los gifs jajajaja
Habrá que hacer algo al respecto..., pero mientras tanto, usted insista, insista...; es posible que cualquier día de estos, sin darse cuente, se haya "curado" usted jejejeje

Yo por mi parte, me temo, seguiré provocando sus deslumbramientos siempre que pueda :-)

Besos polarizados, milady :-)

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