Prologo de El Libertino

miércoles, 8 de julio de 2015




Decidieron ir a la habitación, donde había un brasero de carbón encendido desde por la mañana, que todavía debía de estar caliente. Subimos hasta allí provistos de candelabros, yo entre ellos dos para no coger frío, y manteniendo viva con la mano la excitación del conde. Un instante después estábamos los tres en la cama, acariciándonos, mezclándonos como jóvenes perros, y disputándonos ella y yo la picha del conde para chuparla, mientras él nos masturbaba a cada una con un dedo, extasiado con la belleza del culo de su amante y con la frescura del mío. Cuando hubo retozado bastante, a la condesa (le mantengo el título) empezó a preocuparle si yo soportaría sin sufrir daños el chisme del conde.

—Pero, Lulu, ¡míralo! —me dijo, sosteniéndolo entre sus manos—. Hay cierta diferencia con la del primito, creo yo. Sé muy bien que es tan delicado como fuerte —añadió, volviéndose hacia el conde—, pero... ¡No!
¡No me parece razonable!

Yo (decepcionada). —¡Es que tengo tantas ganas, señora! ¡Estoy completamente mojada!

Ella (comprobándolo con sus propias manos). —Sí, es verdad... ¿No te da miedo?

Yo. —¿Miedo, señora? Intentémoslo ahora mismo. Usted quédese junto a mí, y, si oye una sola queja, ocupe mi lugar.

 Él (con la picha erguida como una columna). —¡Por favor, queridas mías! Esas ingenuidades me ponen terriblemente cachondo. ¡Si prolongan la espera un minuto más, acabaré decidiendo por ustedes!

Ella. —¡Dicho y hecho! Permanezca tal como está, Jean— Charles, si no, podría aplastarla. Y tú, Lulu, monta encima de él.

El hecho de que las mujeres de la aristocracia presten su amante a su mejor amiga, es algo tan habitual que apenas se habla de ello. Lo que no lo es tanto es que participen en sus devaneos. Yo no era «una amiga» de la condesa de Bresles; tan sólo su camarera durante unos días. Sin embargo, ella me confió en el tren, cuando volvimos juntas a París, que la velada en el castillo había sido su primer ménage á trois, y que de pronto se había sentido enormemente excitada ante la idea de ver como su amante me follaba. «Con todas las aventuras que he vivido —me explicó—, ver gozar a una mujer no era nada nuevo para mí. Pero ver de cerca como la jodia un hombre, sí. En el fondo, era algo que deseaba. Sobre todo con mi hombre, y con una muchacha tan gentil como tú.»

Así pues, dejé que me instalara encima del conde como si fuera la primera vez en mi vida que me montaba a horcajadas encima de un hombre. Me acarició la hendidura durante un breve instante con el miembro de su marido, y me ayudó a descender sobre él con tantas precauciones que creí volverme loca de impaciencia. La polla del conde era grande, lo admito, pero no más que la de Lucas, y como se había corrido hacía menos de una hora, tampoco la tenía tan dura. Me hizo un poco de daño al abrirse camino, y apreté los dientes; luego, entró sola. La condesa se había recostado sobre él para verlo bien: se extasiaba con el espectáculo, besaba apasionadamente al conde, lo dejaba para acariciarme los pechos, y así hasta que, al final, metió las manos en la masa, tan pronto masturbando su picha como mi clítoris, mientras nosotros seguíamos nuestra marcha. En resumen, la condesa demostró ser una desaforada calentorra como pocas veces he visto serlo a una mujer. Una «bacante», hubiera dicho Dodolphe, que en una ocasión me hizo posar durante tres semanas con otras dos mujeres para pintarnos, y me explicó lo que eran.
Así y todo, tuvo tiempo para preguntarme dos o tres veces:

—¿Todo va bien, Lulu? ¿Seguro que no te hace daño? ¿No es demasiado grande?

Yo. —¡Oh, todo va de maravilla, señora! ¡Aaah! ¡Qué grande es! ¡Llega hasta el fondo! ¡Oh, señor, no la meta tan adentro!

Ella (sosteniéndome!. —Jean—Charles, despacio, por favor! ¿Le gusta?

Él. —¡Es una criatura exquisita, querida! ¡Exquisita y ardiente! ¡Oh, cómo me aprieta la polla! Voy..., voy a...

Ella (inquieta y apresurándose a hacerlo salir). — ¡Ah, no! ¡Eso no, amigo mío! ¡Podría dejarla preñada!

Yo (sintiendo que el conde se va a correr, y a punto yo misma de gozar). — ¡Oh, señora, se lo suplico! ¡Déjelo! Yo... me lavaré bien... Se lo prometo... ¡Pero deje que me lo suelte!

Él (jadeando). —¡Demasiado..., demasiado tarde! En su coñito... ¡Oh, cómo me aprieta! ¡Oooh!...

En cuanto acabé de gozar, inundando la picha del conde, la señora me arrastró del brazo y me obligó a sentarme en el pequeño mueble de su cuarto de baño. ¡Horror, el agua estaba fría! Me lavó a fondo con jabón, y metió los dedos para hacer que descendiera el semen de su marido, cuyos espesos filamentos veía flotar en el agua. Luego, extenuadas, fuimos a la cama a reunimos con él.


(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)




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1 comentario:

María dijo...

Sigo atenta con los relatos de las confesiones de una desvergonzada, ¡ah! y esta vez la imagen no me distrajo para nada :-).

Un beso.

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