Prologo de El Libertino

viernes, 3 de julio de 2015




El conde regresó temprano, encantado de haber renovado el arriendo de forma ventajosa para él, y con un hambre «canina», según sus propias palabras, porque no había querido perder tiempo quedándose a comer en casa del granjero. Subió a refrescarse y ponerse la bata; ella también se puso su salto de cama, una especie de hopalanda forrada que le llegaba hasta los pies, abotonada de arriba abajo por delante, de color azul y con el interior rojo, que yo había colgado en un perchero el día de nuestra llegada, boquiabierta de admiración, pero que aún no le había visto puesta y que aquella noche se puso sin mi ayuda, según dijo para no alejarme de la cocina, donde tenía muchas cosas que hacer. Yo, más modesta, llevaba mi vestido de sarga, sobre el cual me había puesto el uniforme de camarera, con delantal plisado y cofia de encaje, que mi tía me había comprado para servir. La condesa decidió que se pusiera un cubierto en la mesa para mí, «por justicia y para nuestro placer», y que ella misma me ayudaría a ir y venir de la cocina al saloncito. El señor se encargaría de mantener encendido el fuego.
La cena se desarrolló estupendamente. El señor comió como un monje y bebió como un carretero, aunque con la elegancia de un juerguista parisiense. Los cangrejos estaban deliciosos. En cambio, a los pichones les faltaba un punto de cocción, y a la tarta de manzana le sobraba. La señora la sacó del horno, la llevó ella misma a la mesa, decorada con crema, y le pidió a su marido que descorchara el champán. Él sirvió dos grandes copas hasta el borde, una para su mujer y otra para él.

—¿Y Lucienne? —Preguntó la condesa—. ¿Se olvida usted de ella, amigo mío, o acaso le niega el derecho a beber? Sin embargo, es a ella a quien debe en gran parte el placer de esta cena.

Al levantarse el conde para coger una tercera copa, ella le detuvo con un gesto y me ofreció la suya, diciendo:

—¡No! ¡Beberá de la mía, mal hombre! ¡Vamos, Jean— Charles, brinde con ella y pídale perdón!

Él lo hizo riendo, y brindamos. Por supuesto, era la primera vez que bebía champán, y, para mostrarme a la altura de las circunstancias, vacié de un trago dos tercios de la copa. Luego se la devolví a la condesa, que se bebió el resto a pequeños tragos, con los ojos cerrados, tras lo cual la dejó en la mesa y dijo, en un tono de pitonisa en trance:

—¡Oh! Amigos míos, estoy leyendo el pensamiento de la persona que acaba de beber en esta copa. Sí, estoy leyendo... Se llama Lucienne y tiene quince años... ¡Vaya! Son unos pensamientos más bien... juguetones... Sí, juguetones..., e incluso yo diría que... retozones... ¡Vaya, vaya!

Él (divirtiéndose como un niño al que hacen carantoñas). —Mi querida Clotilde, las dejaré solas. A no ser que esté exagerando...

Ella (enérgicamente). —¡No, quédese! No exagero; al contrario, más bien lo atenúo. Diré lo que leo, y la señorita Lucienne dirá si exagero. Por ejemplo, en este momento está pensando en mis pechos. ¿Es cierto, señorita?

Yo (Alegre por el champán y también muy divertida). —Es cierto, Señora.


Ella (Tendiendo la mano para tomar la mía, mientras el Conde
alargaba una pierna por debajo de la mesa para tocar mi pie).

—Está pensando en mis pechos y en su boca... Los ve, ¿Cómo usted lo diría?, casados... ¡Sí! ¡Eso es! ¡Oh, la muy atrevida! Piensa que debería abandonarlos a ella..., como todas las mañanas...
Él (Fingiendo sentir su dignidad ofendida). —Querida amiga, ¡Quiero pensar que no se trata más que de un juego!

Ella, (Cada vez más acalorada). —¡Desde luego! En el luego, ella me jame mis senos y... chupa los pezones... los pezones se ponen duros, y yo..., yo gozo... ¿Es así, Señorita?

Yo (Respondiendo con el pie al Conde y comenzando a deslizar la mano por la hopalanda). —Es exactamente así, Señora. Lamo sus senos porque son hermosos y porque me gusta proporcionarles placer... sin duda la señora puede leer la continuación.

Él (Tras acercar su silla y aventurar una mano en mi rodilla). — Ya me parecía a mí que la señora y tú os entendíais muy bien. ¡Bueno, oigamos la continuación!

Ella (Ayudándome a desabrochar la parte superior de su bata). — Mientras Ella... rinde honores a mis pechos, yo..., yo... —Tras hacer una pausa, abre de nuevo los ojos, se aparta los cabellos y exclama—: ¡Oh, me ahogo, me ahogo'. Jean— Charles, por favor, desabrócheme!


Entonces, el conde se levanta, se dirige hacia ella, le desabrocha la hopalanda hasta el ombligo y libera los pechos de la condesa. A continuación, me dice:

—Mi pequeña Lucienne, supongo que no será capaz de dejar a su señora sin asistencia, ¿o me equivoco?

Yo (muy acalorada). —¡Desde luego que no, señor conde! Pero supongo que usted tampoco dejará que su camarera se muera de sed, ¿verdad?

Ella (cogiendo sus pechos con ambas manos para presentárnoslos). — Lucienne tiene razón, amigo mío. Por favor, sírvale en mi copa para que también ella pueda leer mis pensamientos.

Bebí a pequeños sorbos, como ella había hecho, el contenido de la copa que el conde me tendía. Luego me incliné sobre el pecho de la señora, que comenzó a suspirar y gemir. Mientras tanto, el señor me acariciaba la nuca y la espalda, con la mirada fija en su mujer.

Él (deslizando la mano hasta mis nalgas). —¡Mis felicitaciones, querida! ¡Mis felicitaciones, señorita! ¡Oh, Clotilde, leo en sus ojos que va a gozar! ¡La señora va a gozar, pequeña, no la abandones!

La condesa gozó, en efecto, con gran acompañamiento de exclamaciones y un profundo suspiro como colofón, mientras intentaba frenéticamente desabrocharse la bata hasta abajo. El señor la tomó entonces entre sus brazos, la besó con suavidad y me dijo:

—Es usted un ángel, señorita Lucienne. Le doblaré el sueldo.

Yo (sin aliento). —¿He oído bien, señor?

Él. —Sí, hija mía. Le pagaré el doble de lo acordado. Espero obrar bien. La condesa se recuperó de la conmoción, continuó desabrochándose y le dijo a su marido:

—Jean—Charles, me temo que la pequeña también se esté ahogando. Permítame que la ponga más cómoda mientras usted aviva el fuego.

—¡Por supuesto, querida! —respondió, dirigiéndose hacia la chimenea—. De todas formas, no olvide que soy responsable de su salud ante su honorable tía —añadió—. Déjele algo de ropa sobre los hombros y cualquier cosa que le tape el resto del cuerpo.

Ella se echó a reír y me liberó con presteza de mi uniforme de camarera, mis escarpines y mis bragas, dejándome tan sólo el sucinto vestido de lana. El conde se sentó de nuevo junto a mí, en apariencia tan tranquilo como si hubiéramos estado jugando al dominó, aunque con el rostro encendido; pero sin duda era a causa del calor que despedía la chimenea, que ardía y rugía como una forja. A continuación, ella me hizo beber lo que quedaba en la copa, se sentó a su vez y dijo:

—Ahora, señorita, cierre los ojos, concéntrese en mis pensamientos y hable.

Yo (tomando su mano y con una voz de ultratumba). —Sí, comienzo a ver... ¡Ah! Leo... Hay cierta impaciencia en sus pensamientos... Sí, está usted impaciente por...

Él (interesado). —¿Por qué, señorita?

Yo. —Por..., por... ¡Oh! Leo «lamerme». ¿Es eso, señora?

Ella (cuya mano se crispa sobre la mía). —Sí, es eso. Por lamerte, por comerte el clítoris, por devorarte la vulva mientras...

Yo (interrumpiéndola). —Silencio, señora. Ahora me toca a mí leer. Veamos... Mientras..., mientras yo me ocupo del señor, ¿es eso?

Ella y él (al mismo tiempo). —Sí, sí, exactamente... Esta criatura es maravillosa... Sorprendente... ¡Qué dotes!...

Yo (reanudando mi discurso). —Esto tengo dificultades en leerlo... Es algo así como «masturbar». La señora piensa que yo debería masturbar al conde mientras usted me lame, pero no se atreve a pedírmelo, ¿no es cierto?

Ella (simulando confusión). —Es verdad, no me atrevía, pero en vista de que usted lo propone... Sólo masturbar, evidentemente. ¿Qué dice usted, Jean—Charles?

Él (cuya mano ha encontrado sin dificultad el camino del susodicho clítoris y se ha unido a la de la condesa). —Me parece estupendo, querida Clotilde. Empezaba a preguntarme si se acordaban de mi presencia.

Ella se levantó, fue hacia él, abrió su bata, bajo la cual el conde iba desnudo, al igual que ella bajo su hopalanda, cosa que me hizo suponer que la escena no era improvisada, y le hizo volverse hacia mí para que exhibiera ante mis ojos una hermosa picha, muy blanca y erecta, sobre cuyo extremo, de un rosa intenso, se inclinó y depositó un tierno beso.

Él (protestando para guardar las formas). —Querida Clotilde, no permitiré que pervierta a esta criatura que nos ha sido confiada. —Y, dirigiéndose a mí, añadió—: Jamás la tomé por ninguna santa, señorita Lucienne, y me alegro de que no lo sea. Sin embargo, lo que le pide la señora..., así..., de buenas a primeras..., por primera vez...

Ella (sin poder contener la risa). —¡Por primera vez! ¡De buenas a primeras!

Yo (al mismo tiempo, retorciendo una punta del vestido y con la mirada gacha). —¡Oh, señor! Tengo cierta experiencia...

Él (resignado y satisfecho). —Si usted lo dice...

Entonces, a un gesto de ella, me izaron con silla incluida, cada uno por un lado, para acercarme al fuego, y la señora se arrojó a mis pies, me separó enérgicamente los muslos, y se dispuso a lamerme con ardor. «Por eso no me ha tocado desde hace cuatro o cinco días —me dije—. Para preparar a su marido y estar segura de que yo ardería en deseos.» La verdad es que, entre el champán, la lengua de ella y el conde, la cabeza me daba vueltas. ¡Era un hombre magnífico! Menos corpulento y velludo que el doctor Boulay (el único hombre que conocía que le fuera comparable), pero, en cambio, más alto y mejor formado. ¡Y qué picha! «Aunque la condesa no está precisamente escuchimizada, debe de enterarse bien cuando se la mete», pensé, mientras la acariciaba con las dos manos, sin prisa, apenas a diez centímetros de mis ojos debido a su tamaño. El tenía la mirada clavada en mis muslos y en el cabello de su mujer.

Cuando sentí que el placer ascendía por mi vientre, aparté una mano para hundirla en los cabellos de la condesa, al tiempo que con la otra situaba la picha a la altura de mi boca. Comencé a lamerla, y logré atraparla entre mis labios al mismo tiempo que ella se bebía mi goce asiéndome los muslos con fuerza. Entonces, él se arrodilló frente a ella y se besaron. Sospecho que no era, ni mucho menos, la primera vez que el conde degustaba el fruto de una a través de la boca de otra. Hay millones de hombres a los que les vuelve loco ese tipo de cosas. Poco a poco recuperamos la calma, nos levantamos, y el conde propuso que volviéramos a sentarnos a la mesa para comernos los pichones que habían sobrado y el resto de la tarta. Nosotras nos mostramos de acuerdo, con eso y con acabar el champán.

—Jean—Charles —dijo la señora mientras se sentaba—, ¿sabe que estoy loca por esta pequeña?

Él conde (mientras echaba con calma más leña al fuego). —¿Y  quién no lo estaría? De no ser por mi fidelidad, yo sería el primero.

La condesa (sobresaltada ante la idea). —¡Eso habría que verlo! A ella le arrancaría los ojos, y a usted...

Yo (dolida, porque al fin y al cabo...). —¡Oh, señora! ¿Cómo puede creerme capaz...?

Él (sentándose a su vez, tras acariciarme las nalgas al pasar). —Bueno, además... Nada indica que yo sea del gusto de la señorita Lucienne...

Yo (con prontitud y demasiada sinceridad). —¡Oh, señor conde! Muy exigente tendría que ser...

La condesa (suspicaz, y atrayéndome hacia ella). —¡Vaya, vaya! Parece que ninguno de los dos pierde el tiempo. ¡Sería más que imprudente dejarles a solas un minuto!

Él (entre bocado y bocado). —En absoluto, querida. Intervendría el diablo, a quien respeto demasiado...

Y dicho esto, se levanta, llena la copa de su esposa y musita, pellizcándome la barbilla:

Lisette temía al lobo feroz, cuando paseaba sólita...

La condesa (en tono irónico).—¡Oh! El lobo, el lobo...

Él (soltando mi mentón, sorprendido). —¿Cómo? ¡Señorita Lucienne! ¿Es posible...?

Ella (sin vacilar, mientras yo bajo la cabeza). —Bueno, ¿y qué? Al fin y al cabo, todo ha quedado en familia.

Él. —¡Ufl ¡Qué descanso! El..., el primo, supongo.

Yo (sobresaltada). —¡Sí, por supuesto! ¿Quién si no?

Él (con ánimo apaciguador). —"Tiene razón. En cualquier caso, ¡feliz mortal!

La cena, preciso es reconocerlo, estaba adquiriendo un cariz indecente. Para no tener frío, ellos se habían sentado en un inmenso y exuberante diván dorado que el conde y yo habíamos acercado a la chimenea, mientras yo iba y venía de la mesa a la cocina trajinando los últimos cadáveres de pichones y cangrejos, para ellos y para mí misma. Al cabo de un rato, la condesa dejó su plato en el suelo y me dijo:

—¡Lucienne, venga a mi regazo! Apenas ha comido. Jean—Charles, debería avergonzarse de descuidar hasta tal punto a esta criatura, que es tanto nuestra invitada como nuestra servidora.

—¡Descuidar! —exclamó el conde—. Querida Clotilde, no hay manera de acertar con sus deseos. Tan pronto me reprocha interesarme por ella, como descuidarla. Me niega el derecho a engañarla con ella, y lo comprendo. Pero usted no se priva de hacerlo, ¡y encima ante mis propios ojos!

La condesa (tomándome en su regazo y riendo). —¡Vamos, amigo mío, no pretenda parecer pudoroso! ¡Le sienta peor que una corbata a un toro! Y, a propósito de toro...

El conde (carraspeando púdicamente). —¡En efecto, querida! Puesto que ya no queda nada de comer y beber, quizá deberíamos pensar en...

Ella (interrumpiéndole). —¿Pensar en qué?

Él. —Pues... ¡En retirarnos a nuestros aposentos, Clotilde! ¡Esta criatura se ha ganado un buen descanso!

Yo, evidentemente, no tenía ningunas ganas de acostarme. ¡Me sentía tan bien entre los brazos de la señora de Bresles! Al acogerme en su regazo, había abierto ampliamente su hopalanda y arremangado mi vestido, de tal forma que me encontraba sentada con las nalgas desnudas sobre sus muslos, y con sus pechos bajo mis labios, en tanto que su mano acariciaba con suavidad mi coño y mi vientre. Ciertamente formábamos una pareja cuya contemplación debía de resultar muy agradable para un hombre, aunque también muy irritante, a juzgar por las prisas del conde en enviarme a la cama para... poseer a su mujer.

—¡Oh! Si es por mí, señor —protesté—, le aseguro que no tengo ni pizca de sueño. Me quedaré ordenando todo esto —añadí suspirando.

—¡Ni hablar! —exclamó la señora—. Juntos estamos y juntos seguiremos, para lo bueno y para lo malo —dijo riendo. Y, dirigiéndose a su marido, añadió—: Venga a pedir perdón por esas maldades, señor. Bien, ¿a qué espera? ¡Venga! —repitió—. No nos lo comeremos, ¿verdad, Lucienne?

 El conde se levantó y se acercó, con la bata abierta y empalmado como el animal con el que su mujer lo había comparado. Ella le cogió el rabo como para sopesarlo y murmuró:

—Amigo mío, está claro que debemos hacer algo por este desdichado. ¿No opinas lo mismo, Lucienne?

Yo (serena y envalentonada). —Lulu, señora, si no le importa. ¿Qué debo hacer?

Ella (muy excitada, y repartiendo ahora los favores de su boca entre mis labios y la picha de su marido). —Bien, nos iremos turnando. ¡Empiezo yo!

Nada más decir esto, engulle el objeto con decisión, logra meterse más de la mirad en la boca, realiza así una docena de movimientos, sin olvidar acariciar los huevos del conde con la yema de los dedos, y se detiene.

—¡Tu turno, Lulu! —me dice.

El conde (escabullándose para guardar las formas). —Mi querida CloClo, ¡eso sería pasarse de la raya! Esta pequeña ha visto al lobo, ¡de acuerdo! Pero de ahí a... Además, yo no aseguro que pueda conservar la sangre fría en boca tan deliciosa. ¡No, Lulu, no! ¡No escuches a tu señora!

Yo (acariciando el objeto). —¡Señor conde, me sentiría vejada si me rechazara! Mi boquita se comportará del mejor modo posible, ya que lo demás no ha lugar.

La condesa (observándome actuar con cierta inquietud y una gran dosis de excitación). —¡Cuidado con los dientes, Lulu! ¡Oh! Pero... ¡está claro que no es la primera vez que lo haces, pequeña pervertida! ¡No! ¡No digas nada! ¡Una novata no haría un francés con semejante ardor! Se la chupa muy bien, ¿verdad, Jean—Charles?

Él (con una mano crispada en los cabellos de su mujer y la otra en los míos). —¡Como una auténtica diosa! ¡Ah, la muy tunanta! ¡Traga tanto como tú, querida!

Yo. —¡Glup, glup... gluuup!

El (apartándome). —¡Dios bendito! ¡Por muy maravillosa que sea, debo retirarme de esta boca divina! ¡Depositaría en ella mi semen, querida, y usted se vería privada de él!

 Yo (sin aliento y relamiéndome). —¡Seré yo quien me vea privada de él! ¡Usted se follará a la señora, y yo tendré que conformarme con aguantar la vela! Se trata de eso, ¿no?

La condesa (recogiendo de mi boca el sabor de la picha marital). — ¡Qué le vamos a hacer, Lulu! ¡Así es la vida! pero, de un modo u otro, tú también te llevarás tu parte.

El conde (que no quiere seguir por más tiempo empalmado en balde). — Confío en usted, querida. Bien, subamos.

La condesa no tenía demasiado interés en subir. Argumentó que allí estábamos muy bien, que el diván sería suficiente para los tres, que las corrientes de aire de la escalera enfriarían a su marido, y que ella ya no podía seguir controlando su deseo. Me hizo tenderme boca arriba, con la cabeza en el centro del diván y las rodillas replegadas; luego se colocó encima de mí, a horcajadas, y dijo:

—¿Qué problema hay? Jean—Charles, yo chuparé a Lulu mientras usted me la mete. O, mejor aún, será Lulu quien me la introduzca. Tal como está situada, estará en el palco de honor para lo que vendrá después. ¿Sabrás hacerlo, preciosa?

Yo (más caliente que nunca ante aquella idea). —¡Oh! ¡Sí, señora! ¡Enseguida, por favor, enseguida!

El conde (en el mismo tono). —¡Tiene razón, CloClo! ¡Enseguida! ¡Va a regalarse, querida! ¡Y tú también, Lulu!

Ella se inclinó entre mis muslos y comenzó a trabajarme, mientras yo veía, o más bien adivinaba en la semioscuridad donde estaba, a diez centímetros de mi rostro, como el enorme rabo del conde avanzaba entre las piernas de su mujer. Lo cogí con delicadeza, lo paseé un momento a lo largo de la hendidura de la señora para asegurarme de que estaba lo bastante mojada para acoger el miembro, y cuando él notó que lo tenía en el lugar adecuado, empujó con firmeza y lo metió. Yo estaba estupefacta de ver hasta qué punto podía dilatarse y ensancharse un coño para alojar en su interior aquella auténtica pieza de artillería. Lucas, que no debía tenerla menor que la del conde, me había penetrado como ahora veía que le hacían a la condesa. ¡Y yo no había gritado! ¡Apenas unos gemidos! Decididamente, la naturaleza es sabia. Se diría que una mujer que desea con todas sus fuerzas ser follada, está hecha de goma.
Yo estaba en el palco de honor, en efecto, tal como había dicho el conde. Podía, a mi capricho, acariciar el vientre de la condesa, que se arqueaba a causa de las embestidas de su marido, acariciar con la yema de los dedos los voluminosos cojones de éste, que se balanceaban sobre mi nariz, tomar entre mis manos los pechos de ella, que pendían sobre mi estómago, e incluso, cuando casi perdí la cabeza entre todo aquel amasijo de carnes y sensaciones, frotarle el clítoris al mismo tiempo que la picha del conde entraba y salía. Llevada por mi excitación, llegué a formar una especie de anillo con mis dedos, y en cierto modo a másturbarlo a la entrada del coño de su mujer. Al principio, ella me había lamido con ganas, y resultó delicioso; luego, me abandonó para poder gemir, reír como una loca y bramar —no puede decirse de otro modo—que su Jeannot le estaba horadando el conejo y que aquello le invadía todo el vientre.

—Lulu, ¡mastúrbame al mismo tiempo! —suplicó—. ¡Mastúrbame! ¡Oh! ¡Me viene! ¡Me viene! ¡Lo siento venir!

El conde se mantenía relativamente más tranquilo. Iba y venía con calma, como un hombre habituado a los desbordados accesos de su mujer, y tan sólo repetía de vez en cuando:

—¡Sí, querida! ¡Sí, es muy bueno! ¡Oh! Esa pequeña de abajo me está... Su manita... ¡Un luis! ¡Un luis por eso! ¡Ah! Ya sale..., ya sale el semen...

 Yo no osaba unirme a su conversación, si es que puede llamarse así a esa especie de gritos y susurros que una pareja de amantes deja escapar en tales momentos. Por lo demás, me había quedado con hambre. La condesa me había lamido, es cierto, pero de forma intermitente, e incluso me había mordido la cara interna de un muslo al gozar. Estar en el palco de honor o entre bastidores, por interesante que pueda ser, no es lo mismo que salir a escena.
Así pues, ambos gozaron bien, él un poco antes que ella. Y, dado que el conde se retiró antes de acabar de correrse, recibí los últimos chorros en el pecho y la cara. El retrocedió, y ella se dejó caer encima de mí, aplastándome y gimiendo:

—Lulu..., cariño..., lámeme..., lámeme otra vez..., otra vez... ¡Oooh! Viene de nuevo, viene de nuevo...

Yo le obedecí sin entusiasmo, porque tenía la nariz sumergida en un auténtico mar de semen y, fundamentalmente, porque me ahogaba. Cuando me hubo liberado, me tumbé sola en el diván para recuperar el aliento y las fuerzas. £1 conde había echado otro leño al fuego, y los dos permanecían allí delante de pie, apenas a un paso de mí, diciéndose tonterías de amantes como si yo hubiese dejado de existir.
Cuando se les agotaron las bobadas, se sentaron uno a cada extremo del diván. Mi cabeza reposaba en el regazo de la señora, contra su sexo, y mis pies en el vientre del señor, contra sus pelotas, que no estaban mucho menos abultadas que un momento antes.

—Lulu, gracias a ti ha sido todavía más enloquecedor que de costumbre — dijo la condesa mientras me acariciaba el cabello—. ¡Te estamos muy agradecidos, preciosa!

Yo (adormecida y frotando mi nariz contra su cuerpo). —¿Agradecidos, señora? ¡Yo también he recibido mimos!

Ella. —¡No, Lulu, no! En cualquier caso, no los suficientes. Yo no me he encontrado nunca en la... posición, en la— situación en que tú estabas, pero sé perfectamente que me sentiría..., ¿cómo decirlo?... ¡Ayúdame, Jean— Charles!

El conde (plácidamente, al tiempo que su picha recobraba vigor bajo la acción de mis pies, que la cosquilleaban). —¡Con el vientre vacío, querida!

Ella. —¡Exacto! ¡Pobrecilla! Con el vientre vacío... Aunque, en realidad, todavía es un vientre muy pequeño.

Yo. —¡Oh, señora, se puede tener un vientre pequeño y un apetito desmesurado!

Él (echándose a reír). —¡Buena respuesta, Lulu! Querida CloClo, usted se lo ha buscado. Bien, ¡basta de charla! Ahora sí que ha llegado el momento de irse a la cama.

Ella. — ¿ Y dejar que esta encantadora criatura se aburra sola en su cuartito helado, soñando inútilmente con..., con...?

Yo: —¿Con qué, señora, en su opinión?

Ella (que se ve presa en su propia trampa). —No sé... Con un..., un novio..., un amiguito...

Yo acababa de descubrir, gracias al conde, que se puede masturbar un rabo con los pies tan bien como con las manos. Incluso resulta más divertido y excitante, según dicen los hombres que aprecian esta fantasía. ¿Era una novedad para él? En cualquier caso, mis piececitos habían hecho maravillas. Al oír a su Clotilde hablar de «novio», el conde y yo nos miramos sonriendo.

—¿Un novio, Lulu? —preguntó él—, ¿Es posible que ya pienses en hacer un buen matrimonio?

Yo (con energía). —¡Eso es poco para mil Quiero decir que no tengo ninguna prisa. Y, de todas formas, no tengo muchas posibilidades de casarme.

Tuve que explicarles por qué, disfrazando lo mejor posible la aventura de papá, y concluyendo que preferiría cualquier cosa antes que un marido como el que me proponía la tía Yvonne.

—Sin embargo, Lulu —me dijo la condesa—, en la vida no queda más remedio que hacer algo, tener un estado... ¿Qué serás si no te casas?

Yo (con toda tranquilidad). —Dama de placer, señora. No se me ocurre otra cosa, y creo que ese oficio me irá como anillo al dedo.

Mi franqueza les divirtió sobremanera. Sin embargo, acababa de cometer una enorme torpeza a causa de mi irreflexión. La señora de Bresles (lo hubiera adivinado de haber tenido más experiencia con la «buena» sociedad) no era más condesa que yo. Era una ramera de altos vuelos, de la que el conde se había prendado hasta el punto de vivir con ella y presentarla más o menos como su mujer. Por otra parte, estaban sinceramente enamorados el uno del otro; o, por lo menos, después de cinco o seis años de relaciones sin problemas, se apreciaban lo suficiente como para permanecer unidos. Así pues, ¿por qué habían de odiarme por mi torpeza? Después de lo sucedido entre nosotros, la moral estaba completamente fuera de lugar.

—¡Pardiez, mi pequeña Lucienne! —exclamó el conde—.
No seré yo quien la desanime. Sus dotes son tan evidentes, que tendrá el éxito asegurado en la carrera que ha elegido. ¿Qué piensas tú, CloClo?

La condesa, —Creo que ya se hecho rica con los luíses que usted le ha prometido hace un momento.

Él.—¡A fe mía que es cierto! Mañana los tendrá.

Ella. —Y creo que la..., en fin, la habilidad con la que le ha, por decirlo de algún modo, reavivado, merece..., merece... ¡Oh! Seamos claros de una vez por todas: ¡merece también su recompensa!

Él. —¿Aceptaría, querida...?

Yo (al mismo tiempo). —Pero, antes ha dicho...

Ella. —Antes lo he dicho y ahora me desdigo. Soy una buena chica y no me gustan los remilgos. En el fondo, mi pequeña Lulu, los hombres y las mujeres siempre han sentido deseos de satisfacer sus sentidos, y como, en definitiva, eso no era mucho más limpio que sonarse, nunca le han hecho ascos a las sensaciones animales. Yo, francamente, soy animal.

El conde. —Y yo le estoy agradecido por ello, amiga mía... Entonces, ¿aquí o en la habitación?

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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2 comentarios:

María dijo...

El Señor sí que sabe echar leña al fuego :-).

Esperaremos la continuación de las confesiones de la desvergonzada.

Un beso, mi querido amigo Sayiid, y muy feliz fin de semana.

Sayiid Albeitar dijo...

Hay que saber encender el fuego y... y avivarlo, mi querida amiga.
Y seguro que estos tres saben hacerlo muy bien :-)

Un beso, mi buena amiga, y feliz velada, en la mansión

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