Prologo de El Libertino

lunes, 20 de julio de 2015




Nos quedamos dormidos como troncos unos en brazos de otros, la condesa en el centro. El frío de la mañana nos despertó temprano. El señor tuvo el valor suficiente para levantarse, atizar el brasero, echar una paletada de carbón y lavarse rápidamente. Después volvió a acostarse, cubriéndonos con la sábana, las mantas y el edredón, y dormimos durante una hora larga más. Yo salí la primera del sueño, me aparté un poco de la señora, que dormía como un niño, y permanecí allí con los ojos abiertos, sin moverme para no molestarles. Al cabo de un momento, el conde me preguntó en voz baja si estaba despierta.

—En ese caso —susurró—, tenga la amabilidad de bajar sin hacer ruido a la cocina y preparar un desayuno rápido. Yo debo salir, pero quiero que la señora se quede durmiendo el máximo tiempo posible.

Me deslicé como una serpiente, me eché un poco de agua a la cara, me puse el vestido y me dirigí apresuradamente a la cocina mientras él se vestía. Debían de ser las nueve, pero la condesa tenía costumbres de parisiense ociosa y no solía estar en pie antes de las doce. En cuanto al conde, seguramente le quedaba por hacer alguna risita a las granjas, de modo que se dirigió a los establos y ordenó que engancharan los caballos. Cuando entró en la cocina, el fuego estaba encendido, el pan cortado y el té humeante; en resumen, yo había logrado en un abrir y cerrar de ojos darle la sensación de estar servido, y bastante bien, por cierto. Era un hombre cortés, y supo apreciarlo. Al sentarse, sacó una moneda dorada y me dijo
—Tenga, Lucienne, lo prometido es deuda. Aquí está el luis del que hablamos. Y gracias por el desayuno improvisado. ¡Estoy muerto de hambre!

Le serví el desayuno, y él devoró en silencio una montaña de tostadas, dos huevos, una costilla y no sé cuántas tazas de té; yo comí mucho menos, pero sin privarme. Me encontraba de pie junto a él, dejando la garrafa de aguardiente en la mesa, cuando sentí que su mano me acariciaba una corva, luego el muslo y, a continuación, las nalgas.

—¡Pero, señorita, si no lleva bragas! —exclamó con suavidad, sin dejar de tocarme.

yo (turbada). —No, señor. Se quedaron anoche en el salón y no me ha dado tiempo...

Él (aprovechando las facilidades que le daba). —Bueno, ¡pues mejor! ¿Y cómo se encuentra este precioso coñito esta mañana?

yo (con el coñito ya en llamas). —¡De maravilla, señor, de maravilla! ¡Y a su servicio!

El conde me masturbaba con tal destreza, que me apoyé en la mesa con las dos manos para que el goce no me pillara por sorpresa. De pronto, él se desabrochó con la mano que le quedaba libre y me dijo:

—¡Vamos! ¡El último galope! Ya sé que eso no está bien, pero ¿qué quieres? ¡Tu culito lograría condenar a un santo!

Cuando se la sacó del pantalón, la tomé entre mis manos y la miré con admiración. A menudo, los hombres jóvenes tienen erecciones más intensas por la mañana, aunque su duración es menor que por la tarde. El conde, que en ese momento tenía la picha más dura que la justicia, me enlazó por el talle y me preguntó:

—¿Tú también quieres? ¿No estás asustada?

yo:  Oh, sí que quiero! Sólo le pido una cosa: que no llegue hasta el fondo. Si es que puede... ¡Oh, es tan grande! ¡Y qué dura está! Por favor, mastúrbeme primero con ella para que fluya jugo...

El conde se sentó en un taburete más bajo que la silla para que yo pudiera apoyar los pies en el suelo, y me izó con objeto de instalarme a horcajadas sobre él y que me agarrara a sus hombros. Es lo que se llama el «sacacorchos americano», el capricho de todas las modistillas: se dejan meter el «sacacorchos» (lo de «americano» no sé por qué es) en el coño lo más profundamente posible, se lo sacan, se ensartan de nuevo en él y se refocilan así hasta quedar absolutamente exhaustas.
En cuanto al conde, me había masturbado con la punta del chisme tan bien, que yo estaba más mojada que una fuente, por lo que me la metió sin demasiados esfuerzos. Me había arremangado el vestido hasta la cintura, que me sujetaba con ambas manos, y yo le cabalgaba con desenfreno apoyándome en la punta de los pies. Los dos gozamos en menos de tres minutos, jadeando y suspirando, aunque sin hacer ruido para que no nos oyera nadie. Cuando acabó de correrse, hizo que me levantara y me dijo:

 —Ahora ve a lavarte. ¡Vamos, al trote, pequeña! ¡Ha sido delicioso! ¡Y no olvides guardar tu luis!

Un montón de buenos consejos, pero ni un ápice de ternura. ¡Bah! ¡Cada cosa tiene su momento!

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)





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4 comentarios:

* dijo...

Tremendo este momento, ese balance a caballito.
Besos de Pecado.

Sayiid Albeitar dijo...

Son momentos que nunca se olvidan, que se quedan grabados para siempre en la mente, pero no en la racional, sino en la más profunda y animal, la mente de nuestros deseos e instintos...
Vivamos todos esos momentos especiales, con total intensidad, y así siempre serán nuestros, pase el tiempo que pase...

Besos balanceados, milady

* dijo...

Besos que me quedo... Y sí, a vivir esos momentos.

María dijo...

No hay nada mejor que cabalgar con desenfreno, con furia, con pasión, con lujuria, con ...

Me encanta la imagen, tengo que reconocer que estos gifs son mi pasión.

Un beso y muy buenas noches, mi querido amigo Sayiid.

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