Prologo de El Libertino

martes, 28 de julio de 2015




Paso por alto los días que siguieron, durante los cuales sólo dejamos de hacer el amor para comer y beber, y de dormir para hacer el amor. El conde estaba muy ocupado y se marchaba por la mañana temprano. No tanto, sin embargo, como para que no encontráramos otro momento para un galope, esta vez en el establo y por sorpresa. Yo le había acompañado para ayudarle a cepillar a la yegua y, al agacharme para coger un cepillo, sentí que me levantaba el vestido hasta la cintura y posaba una mano en mis nalgas. Loca de contento, pues le había tomado gusto a los polvos matutinos, me abrí de piernas, estiré los brazos para apoyarme en la pared y me dispuse a recibir su polla, cosa nada fácil a causa de su tamaño. Sin embargo, bajo su apariencia de parisiense lánguido, el conde era fuerte como un normando. Cuando me hubo empalado convenientemente, agachándose un poco, me agarró de las caderas y me levantó, de modo que quedé mejor servida que una reina.

—¡Gracias, señor conde! —dije cuando me depositó en el suelo—. ¡Voy corriendo a lavarme el trasero! ¡Ya empieza a resbalar por mis muslos!

En cuanto a la condesa, desde que se había iniciado en las delicias del amor a tres, ya no pensaba en otra cosa. Su marido no estaba siempre del mismo humor, bien porque volvía cansado, bien porque prefería dormir tranquilo y reservarse para la mañana, de manera que, aparte de algunas sesiones de lamidas y mamadas compartidas por el trío, tan sólo recuerdo una vez en que lo hiciéramos realmente, una noche en que, a falta de champán, vaciamos dos botellas de vino del Rhin entre los tres.
A la condesa Clotilde, cuyos únicos pensamientos serios se centraban en el placer, se le ocurrió aquella noche hacer que me acostara encima de ella, colocando mi cuerpo exactamente sobre el suyo, de forma que permitiera a cada una introducir la lengua en la boca de la otra y frotarnos los pechos mutuamente, mientras que el conde nos la metería a las dos, una vez en mi coño y la siguiente en el de la señora, con la orden estricta de no correrse más que en este último.
Aquello suponía un excelente aprendizaje para mí; por no hablar del placer, pues ahora estaba totalmente formada y gozaba de la frescura de una muchacha que, como había dicho la condesa, era a todas luces animal. Y por no hablar tampoco (aunque, ¿por qué no?) de lo que mi... hucha con bigote (¡oh, una tupida pelusilla sin más!) le reportaba a mi hucha a secas. Los señores de Bresles se divertían enormemente recompensando los servicios lúbricos que les prestaba con una moneda por aquí, otra por allá, un franco un día, un luis al siguiente, de manera que, al regresar a Nogent—le—Rotrou, me encontré poseedora de una fortuna de cuarenta y tantos francos, que sobrepasó los cincuenta cuando mi tía me hubo entregado los diez de mi sueldo. ¡Cincuenta francos! La cifra me hacía pensar en aquella famosa paga de Pascua que La Fourmi Franfaise concedía generosamente a papá, y que servía para vestirnos a Max y a mí durante un año. Se puede decir que había recorrido un largo camino desde aquella época no tan lejana.
Llegó el día fijado para el retorno de los de Bresles a París, tras detenerse uno o dos días en Nogent—le—Rotrou para permitir al señor poner en orden sus asuntos con el notario, y a la señora devolverme, fragante como una rosa, alegre como unas castañuelas y formal como una santa, a la tía Yvonne. Aunque alegre es mucho decir, pues, tras la felicidad de aquellos diez días pasados en el castillo, me esperaban semanas de aburrimiento bajo el techo familiar, hasta el día en que la señora Vierneau viniera a buscarme para conducirme a París, si es que mantenía su promesa. En poco tiempo me había encariñado mucho con los señores de Bresles, sobre todo con la condesa. Ellos representaban todo aquello que yo deseaba amar y compartir: el placer, el ingenio, la amabilidad y, por supuesto, el dinero y la vida parisiense. Me sentí muy triste la mañana en que tuve que despedirme del castillo; tan triste que besé llorando el diván donde habíamos hecho el amor juntos por primera vez. La condesa me sorprendió mientras me enjugaba una lágrima. Corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos con ardor:

—¡Lulu! ¡Mi pequeña Lulu! ¿Qué sucede?

Yo (sollozando y besándola). —¡Oh, señora, me sentía tan a gusto aquí, con ustedes! ¡Y ahora habré de verme otra vez en esa triste casa de mi tío, entre la criada y el jardinero! Si no llorara...

Ella (lamiendo las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas). — Vamos, Lucienne, sólo serán dos o tres semanas por lo que nos has contado...

Yo (sentándome en sus rodillas). —Tres semanas es mucho tiempo, señora... Tres semanas sin ser besada...

Ella. —¡A quién se lo has ido a decir! Escucha, Lucienne, hablaré ahora mismo con Jean—Charles, te lo prometo. No estés triste y déjame hacer.

En efecto, habló con el conde en cuanto estuvimos instalados en el tílburi. Él me hizo muchas preguntas, hizo que le explicara con todo detalle la historia de los Vierneau, y decidió que le pediría a mis tíos autorización para que partiera con ellos a París; al menos, con la señora, que debía tomar el tren sola, mientras que su marido regresaría con el tílburi a la capital, deteniéndose un día en Chartres.
Cuando llegué a Nogent con los señores de Bresles, el tío Augustin acababa precisamente de recibir una carta del señor Vierneau, en la que le confirmaba que me recibirían en su casa a mediados de noviembre, y que la señora Vierneau le comunicaría la fecha exacta en que iría a buscarme.
Así pues, aceptó sin reparos (¡los señores de Bresles eran unos clientes tan respetables!) confiarme a ellos durante aquellas tres semanas, al cabo de las cuales me pondrían en manos de los Vierneau.
Para abreviar, fue así como, un hermoso día de finales de octubre, me encontré con mi pequeña maleta en la mano, un sinfín de recomendaciones de prudencia y sentido común por parte de la tía Yvonne, y dos billetes de cien francos por parte del tío Augustin, en el andén de la estación de Nogent—le—Rotrou, cabeza de partido, departamento de Eure—et—Loir, bendiciendo mi destino y maldiciendo a la Compañía de Ferrocarriles del Oeste, cuyo expreso procedente de Le Mans y con destino París tardaba tanto en aparecer, elevando en el horizonte su columna de humo grisáceo.
Junto a la señora de Bresles, por fin vi aparecer aquella columna, y luego la locomotora. Un empleado con gorra ribeteada condujo respetuosamente a la condesa al compartimento de primera clase donde teníamos dos asientos reservados. Cerró la portezuela tras nosotras y, gritando a través de una especie de embudo de metal negro, instó a los viajeros con destino Chartres, Rambouillet y París a prepararse para la salida.
¿París? Ya me sentía allí.

(¿Continuará?)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)


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Por desgracia, mis queridos amigos y amigas de la mansión, aquí concluyen las excitantes historias de nuestra desvergonzada amiga. Se rumorea que existe una segunda parte a la que este, vuestro humilde anfitrión, no ha podido acceder, así que, si por casualidad alguien tuviera conocimiento de ello, no deje de hacérnoslo saber para seguir deleitándonos con las excitantes aventuras de nuestra querida guarrilla. Yo espero impaciente el poder disfrutar de ese seguro, excitante segundo tomo.
Besos y abrazos, amigas y amigos de la mansión, y disfrutad de la velada.

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2 comentarios:

María dijo...

No sé por qué todo lo bueno se tiene que acabar, pero en fin, así pasa con todo en esta vida, esperemos que nuestra amiga escriba una segunda parte, desde aquí la animo a ello.

Un beso, mi querido amigo Sayiid, y muy buenas noches.

Sayiid Albeitar dijo...

Todo lo bueno acaba, mi querida amiga, e incluso lo malo, también, de ahí que se diga eso de que no hay mal que cien años dure..., ni cuerpo que lo soporte :-)
Y mientras esperamos esa segunda parte que ni siquiera sabemos si existe, no se preocupe vuesa merced, que seguiremos trayendo excitantes relatos de nuestros abuelos e incluso bisabuelos, porque, aunque nos creemos que hemos inventado el mundo del placer y la lujuria, le aseguro, mi querida Maria, que ya esta todo visto bajo el sol..., así que aprendamos de ellos y, si es posible, tratemos de mejorarlos :-)

Un beso para vos, mi querida amiga, y feliz velada en la mansión

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