Prologo de El Libertino

martes, 18 de agosto de 2015




Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Bella parcialmente en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y rigidez la dejaron completamente confundida.
 Es imposible describir las sensaciones despertadas en Bella por el repentino descubrimiento de aquel formidable instrumento.
 Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo su asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se apoderó de Bella un terrible estado de excitación.
 Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático.

 —¡Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Bella—. ¡Oh, padre, quién hubiera creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!

 Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había planeado todo, puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
 Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo de la joven Bella, y colocándola sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus rollizas piernas y separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como pudo en la húmeda vaina, dióse a succionar tan deliciosamente, que Bella, en un gran éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer, eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.  Siguieron unos instantes de calma.
 Bella reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas por el lujurioso proceder del reverendo padre.
 Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos permanecían entornados en lánguido reposo.
 El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había aprendido    a      controlar      sus pasiones         hasta      la mortificación. 
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
 El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos animales, su ardiente y vigorosa constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y mental del sátiro de la antigüedad. 
Pero Bella sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
 El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que Bella podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
 Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos. 
Tan pronto como la joven Bella se hubo recuperado del ataque que acabamos de describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto. 
Bella pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
 Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la tentación la tomó de nuevo entre sus manos.
 La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara

        —¡Oh, padre!   ¡Qué       cosa        tan maravillosa!                   
—exclamó—. ¡Qué grande! ¡Por favor, padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les causan!

 El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando la mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
 Su placer era intenso, y el de Bella no parecía ser menor. 
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.
 Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.

—Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por lo bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco. 

—¿Se vendrá, padrecito? —inquirió Bella ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso? 

—¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán divinamente llevas a cabo tu excelsa misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe. 

Bella recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería. 

—¿Y este derrame le proporcionaría alivio, padre?

 —Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me proporciones ese alivio bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes servidores de la iglesia. 

—¡Qué delicia! —murmuró Bella—. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me proporciona poderle causar semejante dicha!

 Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó ardientemente el reluciente miembro. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)
  

===========================================================================================================================


4 comentarios:

* dijo...

¡Tonta de las que hacen tontear!
¡Y tonto el cura... hostias consagradas!
Se ha juntado el hambre con las ganas de comer y, en ese caso, los dos andan con hambre atrasada. El uno por saber controlar la gula se beneficia del Pecado. La otra, viste su fogosidad con inocencia...
Bien me temo que este Pecado de la "inocente" Bella se convierta en una larga, larguísima penitencia para este estratega cura.
Siempre he pensado que en la sacristía se comían muchas cosas. Ahora lo confirmo.

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.


María dijo...

¡Vaya cómo nos ha salido el padre Ambrosio! es la auténtica lujuria personificada, con instinto salvaje, además, menuda corpulencia la suya, para Bella es todo un auténtico placer su penitencia, como para seguir pecando más veces y así la siga castigando de esa manera, tendremos que seguir esperando más sorpresas de éste relato, mi querido amigo Sayiid.

Un beso.

Sayiid Albeitar dijo...

En las sacristias, mi querida lady Pi, se han cocinado grandes momentos de la historia y, como no, seguro que también momentos sublimes y lascivos..
Curas son, más también son hombres, y las tentaciones están ahí, al alcance de la mano..., y el perdón se creó para el que peca, no para el que es santo...
Aunque, me temo, en este caso no hay propósito de enmienda que valga....
En cuanto a ella..., me da que sabe, o intuye, mucho más de lo que aparenta, y nació más Lilith que Eva...
Puede que el Padre Ambrosio la dirija en estos momentos iniciales pero, me da a mi, que no pasará demasiado tiempo antes de que ella sea la que tome las riendas...
Y si no..., tiempo al tiempo :-)

Besos religiosos, mi querida amiga...

Sayiid Albeitar dijo...

Que gran paradoja, no le parece, lady María?
Cumplo la penitencia porque he pecado, y peco para poder seguir cumpliendo la penitencia..., pues disfruto con ambos: pecado y penitencia...
Tantos siglos buscando encontrar la cuadratura del circulo..., y esta hermosa chiquilla la ha encontrado sin ningún esfuerzo, tan sólo dejándose guiar por la lujuriosa y lasciva mente del Padre Ambrosio...

Feliz velada, milady María, y no se preocupe..., pues es seguro que más sorpresas habrá...

______________________________________________________________________________________________________________________________________________