Prologo de El Libertino

miércoles, 26 de agosto de 2015




Bella, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta que, llena de las descargas viscosas, y semi-asfixiada por su abundancia, se vio obligada a soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro. 

-¡Madre santa! —exclamó Bella, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado el preciado alivio que necesitaba?

 El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con húmedos besos de gratitud y de placer.
 Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación exterior vino a interrumpir.
 La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.
 Mientras tanto Bella, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas proporciones de Carlos.
 Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento que adquiría ya rigidez entre sus piernas.

 —Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura — y Bella colocó la ancha mano de él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una abundante cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentirla derramarse dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?

 Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Bella, así como la inocencia e ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del sacerdote. Saberse triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada sensualidad.

 —¡Por Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.

 —Lo soportaré todo —replicó Bella— con tal de poder sentir esta cosa terrible dentro de mí, y gustar de los chorros de leche. 

—¡Santa madre de Dios! Es demasiado para ti, Bella. No tienes idea de las medidas de esta máquina, una vez hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche caliente. 

—¡Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial! 

—Desnúdate, Bella. Quítate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que te prometo serán en extremo violentos.

 Cumpliendo la orden, Bella se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo. 
El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el blanco y plano vientre con su adorable monte, y, por sobre todo, la encantadora hendidura rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los rollizos muslos, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria. 
Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran aparato en el interior de su vulva. 
Bella acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco presionando los calientes y húmedos labios de su orificio casi virginal. 
El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los calientes labios de la vulva de Bella, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina. 
La pasión enfervorizaba a Bella. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.
 Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y caliente emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa muchacha.
 Tan pronto como Bella se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no guardarle consideraciones. 

—Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del paraíso. 

—Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto hasta donde podáis.

—Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente, pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que poseerte... o morir. 



Las partes de Bella se relajaron un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba deliciosamente comprimida por la vaina de Bella. 

—Adelante, padrecito. Estoy en espera de la leche que me habéis prometido. 

El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Bella.
 Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar. 
Con un desmayado grito de angustia física, Bella anunció que su estuprador había vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borro la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque. 
Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de la hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro. 

—Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso cosquilleo. Bésame, Bella, y luego la tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy sintiendo yo. ¡Aprieta, Bella! ¡Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de nuevo, ¡Oh...! ¡Oh...!

 Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual la linda hendidura de Bella estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida. 
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Bella.
 Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la bella penitente.
 No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven sobre la que estaba accionando. 
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Bella. El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su ser, que expresaban su deleite. 

—¡Padre mío! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad: puedo soportarlo. Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento? 

Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Bella a cada nueva embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que cubrían sus testículos.
 Al cabo, Bella no pudo resistir más, y obsequió al arrebatado violador con una cálida emisión que inundó todo su rígido miembro.
 Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se apoderó de la joven y encantadora Bella. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos. 
Pero ni aún en su éxtasis Bella perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria. 
Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en la vulva de Bella, para anunciar entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos vitales.

Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Bella con profundas manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones.

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)
  

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6 comentarios:

María dijo...

Mmmmmmm hoy sí que me lo has puesto muy difícil, mi querido Sayiid, porque con estos gifs, tan excitantes, las pupilas se me humedecen y dilatan, y me impiden leer el texto, así que tendré que volver en otro momento mas relajado :-).

Besos pecaminosos desbordaditos, mi querido Sayiid.

* dijo...

Cuando he visto la imagen en pequeño ya me imaginaba yo que la cosa tendría su aquél. Y no me equivoco. Le conozco ya creo que muy bien. Nunca demasiado, pero sí bastante bien. Y sí, la primera imagen muy apropiada. Será que me recuerda al badajo de una campana, muy ad hoc al tema del santo varón, que la gloria lo tenga en su acogimiento.
Por otra parte, no sé si pedir audiencia o dejarlo para otro momento. Creo que mejor lo segundo o podría hacer del santo varón un monaguillo :-)

Intenso el relato y si en vez de sotana el hombre, vistiera un traje oscuro bien perchado... ¡Dios Santo, las plegarias del infierno!

Y debo retirarme ya o acabaré siendo tan incipiente como nuestra pequeña Pulga.
Amén.

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Por cierto, ¿a usted cómo le sienta el traje? La sotana ya sé que en sus tiempos ancestrales la lucía con esmero, tanto o más como sabía del uso de sus artilugios inquisidores :-), pero con traje...

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida María..., volved, volved, por favor, y no dejéis de gozar de las letras que nos regala nuestra querida pulga, pues los gifs, por muy excitantes que sean, no hacen honor a las palabras ni a los hechos que en su historia se relatan...
Os aseguro que, en este caso, y sin que sirva de precedente, una imagen no vale más que mil palabras :-)

Besos pecaminosos también par vos, mi querida amiga.

Sayiid Albeitar dijo...

¿Tan bien me conoce ya, mi querida lady PI?
Le aseguro que no tiene demasiado mérito, pues soy un hombre bastante simple y fácil de conocer. Previsible, diría alguna amiga mía :-)
En cuanto al "badajo", digamos que lo puse en honor de nuestro padre Ambrosio, hombre de "arma" tomar, según nos cuenta nuestra amiga la pulga, y que, aunque de todos es sabido "que el tamaño no importa", luce un miembro que ya quisiéramos muchos...
Claro que no todo es tener una buena herramienta..., luego hay que saber usarla...
Y en cuanto a que como me sienta a mi el traje..., le diré que cuando lo llevo es por obligación, y trato de no desentonar, pero me siento mucho más cómodo con uno vaqueros usados, unas botas viejas y una camiseta sin mangas...
Y con sotana también, por supuesto...
¿O me dirá usted que una sotana, en este país nuestro tan católico, no es motivo de morbo y lascivia?

Besos desencorbatados, mi querida lady PI..., y feliz velada, en la mansión

María dijo...

Lo prometido es deuda, y hoy me he propuesto, no mirar las imágenes que me distraen para volcarme de lleno en el texto, como así he hecho, y tengo que decirte mi querido Sayiid, que tienes toda la razón, una imagen no vale más que mil palabras :-).

Muy excitante el relato en el que Bella ha estado en el paraíso terrenal lujurioso siendo embestida con fuerza, penetrada y violada, con todo su poderío, por el sacerdote, no sólo con su aparato descomunal, sino también, con sus testículos, mientras ella gritaba y disfrutaba con locura por el placer que Ambrosio la daba, y es que se le ve que es un auténtico Maestro del Sexo, que sabe cómo hacer gozar a las mujeres.

Perooo ¿y qué más sigue, mi querido Sayiid? aysss siempre se termina en lo más interesantes, esperaremos a la continuación.

Un deleite haber disfrutado de éste relato, pero no tardes en volver a poner la siguiente entrega.

Un beso lujurioso, mi querido Sayiid, y gracias por hacernos disfrutar de tanta riqueza como hay en ésta lujosa mansión de emociones.

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida lady María..., habrá de irse acostumbrando a saber que que yo siempre tengo la razón..., incluso cuando no la tengo :-). Manías mías jejejeje
En cuanto a la continuación de este excitante relato..., no se preocupe que en breve nos llegarán nuevas noticias...
Hay que estimular el deseo de saber más, mi querida María :-)

Besos lujuriosos también para vos, mi querida María..., y seguid disfrutando de esta, mi humilde mansión, que es también la vuestra

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