Prologo de El Libertino

domingo, 16 de agosto de 2015




Curiosa por sabe el desarrollo de una aventura en la que ya estaba verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Bella, me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no molestarla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.
No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre el sino de la infortunada Bella. Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante la puerta de aquélla y llamó. 
La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral. A un signo del sacerdote Bella entró, permaneciendo de pie frente a la imponente figura del santo varón.
 Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre Ambrosio lo rompió al fin para decir:

 —Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino.

 Al oír aquellas bondadosas palabras Bella cobró aliento y pareció descargarse de un peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín que cubría una gran arca de roble. 

—He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente llegué a poseer. 
Hizo una pausa, y Bella, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.

 Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él, mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:

 —Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación. Ella me señaló un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la obediencia absoluta. 

Bella, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual. 
La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza sobre la postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición. 
El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia. 
Bella reiteró la seguridad de que sería muy paciente, y de que obedecería todo cuanto se le ordenara.
 Entretanto resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios. 

El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente, hasta que sus lindos brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa resignación, casi sumido entre sus manos.  —Y ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.
 Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:

 —Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales, sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación —o mejor dicho, Bella, por la participación en ellas— de las intensas y fervientes emociones que el delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.

 Bella oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
 Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
 El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y estampó un largo y cálido beso en sus rosados labios.

 —Madre Santa —murmuró Bella, sintiendo cada vez más excitados sus instintos sexuales—. ¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé qué decir!

 —Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás el mejor y más apto preceptor para la realización de los ejercicios que de hoy en adelante tendrás que llevar a cabo.

 El padre Ambrosio cambió de postura. En aquel momento Bella advirtió por vez primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
 También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo. 
El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus intenciones.
 Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente. Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)



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5 comentarios:

* dijo...

Peca y será la mejor forma de que tus pecados se conviertan en tu virtud.
Así sea. Amén.

Peca para mí y mis iguales, y tendrás todos les beneplácitos que como puta consentida te mereces de mí y de tus secuaces, que a bien los tendrás, pues carne joven eres y mucho por aprender tienes.
Así sea. Amén.

Después de tantos partir tantas hostias consagradas, solo cabe meter la mía: Ser carne de tu carne, en ti y en mí, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por el venerado nombre de la Santísima Virgen que por ti tocarán las campanas y tú tocarás el badajo.

Y, ahora, hija mía, besa la gloria que Dios me ha dado para el perdón de tus pecados.

Mi querido D. Sayiid, será cuestión de orar:-)
Besos de Pecado.

María dijo...

¡Vaya como nos ha salido el padre Abrosio! jajajaja ¿quién iba a decir que la iba a perdonar el pecado y además permitirla disfrutar de esas sensaciones tan placenteras? y menudas intenciones las suyas jajajaaj para que luego digan que los sacerdotes son unos santos xxxdddd si resulta que son los primeros en "pecar" jajajaja.

Me ha encantado el capítulo de hoy, peroooo quiero más, que me ha sabido a poco, jajajaj, mi querido amigo Sayiid, aysss mira que siempre se tiene que terminar en lo mejor. Pues nada, a espera sea dicho.

Un beso, mi querido amigo Sayiid, y feliz tarde de lunes.

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida lady PI..., si esa va a ser vuesa religión, yo me declaro devoto y seguidor de vos, y con vuestro permiso, me pediré ser el primer ministro, monje, cura o abate de vueso lascivo culto...
Recuerde que yo, en alguna de mis anteriores vidas, ya ejercí de real inquisidor, así que la teoría y las practicas ya las llevo hechas :-)
Concédame pues, vuesa merced, el placer de "catequizar" a todas esas pobres y virginales criaturas carentes de la sabiduría que vuesa devoción atesora, y yo prometo que me esforzare at extremun, para sacar de ellas lo mejor y lo peor, y así, convertirlas en reverandas maternidades de vuesa lujuriosa religión.
Pecad, pues, lascivas jovenzuelas, para que vuestro pecado, se convierta en virtud, como bien nos dice lady PI..., y si así no fuera, y acabáramos todos ardiendo en el infierno..., al menos que nos quiten lo baila, lo comido y lo follao...

Oremos, lady PI..., de rodillas o tumbados..., pues con la iglesia hemos topado...

Besos religiosos desde la mansión, mi querida y admirada amiga...

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida lady María..., todo pecado, para ser perdonado, ha de ir acompañado de su correspondiente penitencia..., y si el padre Ambrosio ha decidido que esa ha de ser la penitencia de Bella..., por algo será. Le diré que yo le comprendo perfectamente y que, en su lugar, haría lo mismo..., con tal de salvar su pecaminosa alma, por supuesto, no por vicio como pensará el común de la gente ;-)
Y no tema, mi querida amiga, que la continuación de esta excitante aventura por folletos, está ya a punto de llegar y, seguro, no nos defraudará a ninguno de nosotros...
Pronto, pronto, pronto...

Besos, mi querida lady María, y que tenga el mejor de los días...

* dijo...

Mi querido, D. Sayiid, tendréis que superar la prueba y os aseguro que, pese a ser usted en otra vida santo inquisidor, yo atesoré saberes y haceres que me ponen a vuestra altura. Es más, siempre fingí ser demasiado ignorante en según qué faenas... y eso me ha preservado a través de los siglos para mirar desde arriba o desde abajo, en función de mis intereses, en trono o en púlpito, no penséis mal...

Sea pues, querido D. Sayiid, que uno de los dos tendrá que subir primero los escalones... para que un@ mire desde abajo y otr@ desde arriba... ¡Sepa Dios quién!
Amén.

Y en el infierno no se está tan bien. En el santo limbo, mi querido D. Sayiid, en el santo limbo.

Besos de Pecado.

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