Prologo de El Libertino

domingo, 30 de agosto de 2015




No creo que en ninguna otra ocasión haya tenido que sonrojarme con mayor motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos. Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
 Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!", o como el más práctico descendiente del patriarca: "¡Por las barbas del profeta!" 
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Bella después de las experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta. 
Lo que pasó con su juvenil amante, jamás me he preocupado por averiguarlo, pero me inclino a creer que el padre Ambrosio no permanecía al margen de esos gustos irregulares que tan ampliamente le han sido atribuidos a su orden, y que también el muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su joven amiga, a darle satisfacción a los insensatos deseos del sacerdote. 
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Bella. 
Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad. Podemos escribir —por lo menos puede hacerlo esta pulga, pues de otro modo estas páginas no estarían bajo los ojos del lector— y eso basta.
    Transcurrieron varios días antes de que Bella encontrara la oportunidad de volver a visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que ella la aprovechó de inmediato.     Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su linda huésped como la vez anterior.
    Tan pronto como Bella se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
    Pero Bella no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo. Ambrosio no estaba menos excitado.
    Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.      Bella advirtió la situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
   Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista despertó deseos frenéticos en Bella. En cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los juveniles encantos que se le ofrecían.
   Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella. Su miembro en erección se clavaba en el vientre de Bella, cuyas ropas estaban recogidas hasta la cintura.
  Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios. Empujó, luchó por entrar… y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro. 
    Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Bella recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos. 
    Bella, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante. 
    Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Bella trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria. 

    —¡Qué delicia!—murmuró Bella, besando arrobadoramente sus gruesos labios—. Empujad más… todavía más. ¡Oh, cómo me forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán cálido, cuán… oh... oh!  
   Y soltó un chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito. 
    El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su placer hasta el máximo. 
    Bella comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más íntimo de su persona, y sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su juvenil matriz. 
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su viscoso líquido. 

    —¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo siento a chorros. ¡Oh, dadme más… más! ¡Derramadlo en mi interior… empujad más, no me compadezcáis…! ¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! ¡Desgarradme si queréis, pero dadme toda vuestra leche! 

    Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar, pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una semana, y Bella recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella descarga parecía más bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos genitales de un hombre.     Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Bella se puso de pie nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus rollizos muslos. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)
  

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4 comentarios:

* dijo...

No sé quién de los dos es más pecaminoso, si quien tiene en sí el perdón de Dios o quien tiene el perdón subliminal del Señor.

Dicen que más sabe el demonio por viejo que por demonio, pero esta chica tiene todos los diablos en su cuerpo y sabe cómo satisfacerlos. Y el santo varón, tiene en su poder las armas perfectas para bendecirlos.

Sea como sea, bendito maná, mi querido D. Sayiid.
Besos de Pecado.

Sayiid Albeitar dijo...

Yo creo, mi querida amiga, que aquí vendría bien traído aquello de... "Dios los cría, y ellos solitos se juntan"...

Y en cuanto a la sapiencia femenina, mi querida lady PI, hay mujeres (qué le voy a contar yo que vuesa merced no sepa), que ya nacen con ese Don, y lo único que hacen es ir perfeccionándolo a lo largo de su vida...

Un Don que, a mi humilde parecer, no tiene precio :-)

Besos pecaminosos también para vos, mi querida lady PI, pero dado que hablamos de maná bendito, por favor, que no sean besos blancos :-)

María dijo...

Este Sacerdote sí que tiene, ademas, de un gran miembro viril, una gran empuñadura, y más que bravura, es un lujurioso semental, un torrente sexual, y Bella ha encontrado la gloria divina con él, ¡está más alta que el cielo!

Un placer estar en tu mansión, Sayiid.

Un beso.

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida y lujuriosa María, cualquiera diría que nuestro Padre Ambrosio ha conseguido atraeros al oscuro mundo de la religiosidad...
Voy a empezar a imaginaros como a una "Santa Teresa e Jesús", en continuo "éxtasis" religioso :-)
Si no fuera porque yo se, feacientemente, que jamás alcanzaría las cualidades de nuestro admirado padrecito..., me compraría ahora mismo una sotana :-)

Besos y feliz velada en nuestra excitante mansión, mi querida amiga...

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