Prologo de El Libertino

jueves, 17 de septiembre de 2015




Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Bella me impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos más tarde, determinaron mis movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
En esta oportunidad Bella había puesto mucha atención en su "toilette", y como resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de los sacerdotes, y Bella se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Bella.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos besos sus labios y su rostro. 
Bella estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores, conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.

—¡Empuja! ¡Oh, empuja más hondo! —murmuró
Bella.

Entretanto Ambrosio y Clemente, cuyo deseo no admitía espera, trataron de apoderarse de alguna parte de la muchacha. 
Clemente puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Bella se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de Clemente estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Bella estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.

—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra, propongo pasar yo por delante. Desde luego, Clemente debería ocupar el tercer lugar, ya que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder nuestro juego.

—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó Clemente—. No veo razón alguna para que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.

—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido resbaladizo.

—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y Clemente tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y así verteré mi ofrenda por otra vía.

—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Bella—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos, daos prisa en comenzar.

Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Bella recibió con todo agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó Clemente. Su monstruoso instrumento se encontraba ya entre las rollizas piernas de la joven Bella. La desproporción resultaba evidente, pero el cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas violentas e infructuosas, consiguió introducirse, y comenzó a profundizar en las partes de ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Bella, como vano sería también intentar describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el inmenso órgano genital del padre Clemente.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Bella acabó por recibir aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Bella se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo de sus encantos.
Clemente no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Bella las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado Clemente su monstruoso miembro del interior de Bella, cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio.
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre los tiernos pliegues del orificio trasero.
En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Bella ejercían un especial atractivo sobre el lascivo sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles partes íntimas de ella.
Bella lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del febricitante cuerpo de Bella, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás. 
Como es lógico, este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores. Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras emociones.
Pero el espectáculo despertó, además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos, cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban satisfechos.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)



===========================================================================================================================

4 comentarios:

* dijo...

Esto me recuerda a la Antigua Roma. Cuerpo con cuerpo y a contracuerpo :-) ya me entiende usted.
Pero para los griego, esto no es hamartia porque en no fallan sino que dan perfectamente en el blanco con blanco...

La chica va a ir bien servida. No me cabe la menor duda y sin rechistar, encantada de la vida. Desde luego, no hay mayor perdón para sus pecados que tapar unos con otros :-)

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Como bien dice el refranero español: "la mancha de una mora, con otra verde se quita"
Y me parece a mi que de "manchas", nuestra querida Bella, ya sabe un montón..., y lo que le queda por aprender...
estaremos atentos a los nuevos capítulos que nos traiga nuestra amiguita, la pulga :-)

Besos, sin mancha, desde mi humilde mansión, lady PI

María Perlada dijo...

Tú dirás, mi querido amigo Sayiid, si crees que voy a poder comentar ésta entrada, con todo lo que se está cociendo en el gif, jajaajajaj, la imagen me distrae bastante jajaja, tendré que venir en otra ocasión, creo es que creo que soy un caso aislado, de lo que no hay, jajaj.

Un beso.

Sayiid Albeitar dijo...

Vos y vuestro eterno problema con mis gifs, jejejejeje
Tendré que personalizar mis entradas para vos, lady María, o jamás sereis capaz de disfrutar de las lúbricas historias que nos cuenta nuestra amiga la pulga... :-)

Mientras tanto, os aconsejo que, con una cartulina oscura, tapéis el gif y tratéis de disfrutar de las letras que son, tanto o más excitantes que la misma imagen :-9

Besos desde la mansión, milady

______________________________________________________________________________________________________________________________________________