Prologo de El Libertino

lunes, 28 de septiembre de 2015




Tres días después de los acontecimientos relatados en las páginas precedentes, Bella compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de recibimiento de su tío. 
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto. 
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero. 
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto padre Ambrosio. 
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa. Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de sus objetivos. 
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus confreres en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él como completamente ajeno a la maniobra.
 En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Bella, y le relató cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del muchacho, y correspondido a ella. 
Al dar este paso el malvado sacerdote perseguía una finalidad ulterior. Conocía sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío. 
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Bella. 
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado. 
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza hacia el sexo opuesto. 
La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió consejo. 
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el premio. 
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente. 
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto (la tía de Bella era una minusválida que no salía de su habitación), y Ambrosio preparó a Bella para el suceso que iba a desarrollarse. 
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
 El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a Bella, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter. 
Evidentemente Bella no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella. 
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Bella, el embarazo con que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras. 
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se había formulado de poseerla.

—No debes ofrecer una resistencia tonta, Bella — explicó su tío—. No dudaré ni aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu consentimiento. 

Bella estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente. 
Bella temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta nueva actitud la ofendía. 
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó profundamente, aturdiéndola y disgustándola.
 Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos. 
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y su lujuria. 
En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)


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4 comentarios:

* dijo...

Este cura tiene todos los delitos a su favor para arder en las llamas del Infierno. No cabe duda de que es un concienzudo estratega, mentiroso e interesado, embaucador y confabulador...
Amante del ver y del sentir... Y es que su lujuria desborda todos sus pensamientos.
No había caído yo en el tío de la joven. Otro que tal cual. Bajo las bendiciones están las proclamas.
Digamos que no me ha sorprendido pues esperaba yo alguna otra cosa. Aún sigo esperanzada en ello... Y si no, me confesaré a usted, mi querido D. Sayiid, para que confirme que mi cabeza piensa mucho.

Besos de Pecado, confesados y confesionales, mi querido D. Sayiid.


María Perlada dijo...

Este señor Verbouc, mira que es ¿eh? que ni tiempo quiere concederle, y tan excitado coge a su sobrina en brazos llenándola de besos mmmmmm prohibidos, y yo me pregunto ¿cómo serán esos besos prohibidos mi querido amigo Sayiid?

Un beso dulce de seda.

Sayiid Albeitar dijo...

Estratega, mentiroso, interesado, embaucador, confabulador...
¿Sabe vuesa merced que empiezo a sentir envidia de nuestro querido padre Ambrosio, a la par que admiración y respeto?
"Su lujuria desborda sus pensamientos". ¿Quién no querría algo así?
En cuanto al tío, creo que simplemente es un aprovechado, pero carece de la malicia, la inteligente y la perversidad de nuestro querido padrecito. vamos, lo que se dice, un simple aficionado..., de momento, claro :-)

Y en cuanto a su espera..., ya sabe vuesa merced que la que espera, desespera..., y no lo digo yo porque quiera hacer firme y lujurioso oído de vuesas confesiones, no, no... Bueno, o quizás si..., pero ya sabe, bella dama, que toda fantasía inconfesable que alcance mi oído, quedará, como no, bajo estricto secreto de confesión..., a no ser que desee hacerlo publico, claro :-)

PD: Conozco vuesa cabeza y se que pensar, lo que se dice pensar..., piensa mucho y bien :-)

Besos inconfesables desde la mansión, mi querida lady PI

Sayiid Albeitar dijo...

Decía un buen amigo mío aquello de que "la cosa de la jodienda, no tiene enmienda"...
Y es que, mi querida lady maría, cuando el deseo aprieta, las prisas aparecen, y el hombre poco avezado en los secretos amatorios, le puede la ansiedad y las prisas, y no goza de la lujuriosa hembra como debería hacerlo, pues eso es como comer con gula sin saborear la comida...
Una mujer, mi querida amiga, ha de ser tratada con paciencia, con deleite, sin prisas, con moderación...
eso siempre y cuando las ganas no nos ganen..., que por suerte o por desgracia, es cosa bastante común en la mansión :-)

Besos prohibidos también para vos, mi querida lady María, que, como todo lo prohibido, siempre sabe mejor...

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