Prologo de El Libertino

jueves, 1 de octubre de 2015




Bella era joven e infinitamente impotente, por comparación, bajo el firme abrazo de su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía, Verbouc se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus nerviosos dedos apresaban el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no obstante que Bella seguía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano alcanzó los rosados labios del mismo, y los dedos temblorosos separaron la cerrada y húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su pariente. 

—Por caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida! 

—En modo alguno estás perdida linda sobrina — replicó el tío—. Sólo despierta a los placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen la valentía de disfrutarlos mientras les es posible hacerlo. 

—He sido espantosamente engañada —gritó Bella, poco convencida por esta ingeniosa explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! ¡No puedo permitíroslo, no puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadme, tío! ¡Oh! ¡Oh! 

—Estate tranquila, Bella, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera, lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto, Bella! 

Sin embargo, Bella ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando firmemente. 

—¡Oh, qué hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas manos por los aterciopelados muslos de la pobre Bella, y acariciaba los redondos mofletes de sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será debidamente festejado en el momento oportuno. 

—¡Soltadme! —gritaba Bella—. ¡Oh, oh! 

Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas sobre un sofá próximo. 
Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio, mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que Bella se veía forzada a hacer.

—Tío ¿estáis loco? -gritó Bella una vez más, mientras que con sus temblorosas extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su crudeza—. ¡Por favor, soltadme! 

—Sí, Bella, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por poseerte, por disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda. 

Al tiempo que decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del incestuoso drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubicundas proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su sobrina. 
Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Bella, el disgusto y horror que se habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes, constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó conseguir fácilmente. 
Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil Bella, con el cuerpo de una pulga, pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al rescate. 
Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le hicieron detenerse. El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el vientre de la joven Bella se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su incestuoso pariente. 
Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo, siguieron a este inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil. 
No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la molesta situación en que se encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba satisfacción al sentido del tacto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a Bella, su hábito no podía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su miembro había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute. 

—¡Ah! exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su confesor—. He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite. 

—¡Qué monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!

 El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido del rostro, y colocando a la asustada Bella en posición más propicia, llevó su roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado esfuerzo. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)


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4 comentarios:

* dijo...

¡Bien por la pulga, las cosas como son!
Lástima no tener un aguijón del ocho y medio...

Veremos qué hace al pulguilla con el cura. Si lo santigua, si lo hace poner de rodillas y dejarle un dolor que tenga que hacer penitencia una novena, con salmos y veinte rosarios :-)

Sí, hoy vengo guerrera. Hoy vengo como una jodida pulga a dar un poco de mal... porque hoy tengo motivos para animar más que nunca a la pulguilla...

Aich, mi querido D. Sayiid que hoy sacaría mis látigos y todo mi armamento, que hoy cogería las cuerdas, los cueros y todos los demás aperos de faena... Hoy sí que sí, mi querido. Hoy sí.

Besos de Pecado, castigadores esta noche, que sé que le encantan :-)

Sayiid Albeitar dijo...

Pero bueno, mi querida lady PI, pero... ¿ que pulga os ha picado?
¿Como es que estáis tan soliviantada y enfadada...?
¿Pero que os han hecho?
Contadme, contadme..., que yo sabré vengaros, si no con la espada, al menos con la pluma...
Y calmaros, mi querida amiga, que no hace daño quien quiere, sino quien puede..., y en eso del poder ya se sabe que a los humanos nos gusta siempre exagerar un poco :-)

Besos reconciliadores, que si bien no son tan lascivos como los castigadores, en este caso creo que han de ser más necesarios, mi buena amiga...

* dijo...

Se agradecen esos besos, mi querido D. Sayiid, porque muevo los cimientos y los altares y como Cristo en el mercado, me sublevo, y es que hay cosas que me alteran, y gracias que la pulga puso algo de cordura a la locura, aunque haya locuras que sean las más cuerdas...

No, no es necesario que desenvaine la espalda, no al menos esa de doble filo y empuñadura pesada, ni siquiera la pluma... me quedo con esos besos que no los preciso reconciliadores sino que los tomo como reconfortadores y placenteros... pues calma necesito más no venganza... La pulga obró en su momento, solo espero que tenga fuera para picar más... o sí, deberé, entonces, solicitar protección al Señor :-)

Besos, mi querido D. Sayiid. Voy a dejar el Pecado a un lado esta noche para no mancillarlo pues honor merece, ¿no cree usted? :-)

Sayiid Albeitar dijo...

Mancille usted todo lo que considere necesario, mi querida amiga, pues, en mi caso, si yo picara, sería por envidia y no por desdén.
Y si bien nuestra amiga la pulga se justifique diciendo que su picadura era protectora, no descarto yo que sentimientos similares al mío estimularan su irritante reacción, pues cuando creemos que algo nos pertenece, nos molesta sobremanera que otro u otros tomes disposición de ello...

No, no defenderé yo a la pulga esta noche, pues si la pulga se sale con la suya..., nos quedaremos sin historia, y yo espero aun mucho más de nuestra amiga Bella

Besos sin picaduras desde la mansión, mi querida amiga.

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