Prologo de El Libertino

miércoles, 28 de octubre de 2015




Bella seguía proporcionándome el más delicioso de los alimentos. Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento. Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.
Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza y del recato propio de una doncella, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites sexuales. 
Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración urdida. Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel. 
No tardó mucho en encontrarse Bella en la mansión del señor Delmont, y tal vez por azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas con él. 
El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente general, se dispuso al asalto. Se encontró con que su linda compañera, o estaba en el limbo en cuanto a sus intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarlas.
 El señor Delmont había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Bella y, como por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el varonil miembro de él. 
Lo que Bella podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Bella no dejó de experimentar otro similar de placer sensual. 
El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente hacia sí, y abrazó su cuerpo complaciente.
Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras halagüeñas para apartar su atención de sus maniobras. Intentó algo más: frotó la mano de Bella sobre el duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que la excitación podría ser demasiado rápida.
 Bella se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: era una muchacha inocente y recatada. 
El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de Bella, y acarició sus complacientes pantorrillas. Luego, de repente, al tiempo que besaba con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar su rollizo muslo.
 Bella lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel perfectamente. 

—¡Oh, qué atrevimiento el de usted! —gritó la jovencita—. ¡Qué groserías son éstas! ¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En todo caso nunca antes de... 

Bella dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
 El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo. 

—¿Antes de qué, Bella? 

—¡Oh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo sus rudos modales me lo han hecho olvidar. 

—¿Olvidar qué? 

—Algo de lo que me ha hablado a menudo mi tío — contestó sencillamente Bella. 

—¿Pero qué es? ¡Dímelo! 

—No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa. 

—Te lo explicaré si me dices de qué se trata. 

—¿Me promete no contarlo?

—Desde luego. 

—Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello. 

—¿Dijo eso, realmente?

—Sí, claro que sí. Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que hay muchos caballeros ricos que pagarían por lo que usted quiere hacerme, y dijo también que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad. 

—Realmente, Bella, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera un hombre de esa clase. 

—Pues sí que lo es —gritó Bella—. Está engreído con el dinero, ¿sabe usted?, y yo apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez. 

—¿Es posible? —pensó Delmont—. ¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los negocios ha de tener!

 Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la verdad que encerraba la ingenua explicación dada por Bella. Estaba en venta, y él iba a comprarla. Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por sus relaciones secretas. 
Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. Aunque renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Bella y componer sus ropas debidamente. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)



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6 comentarios:

María Perlada dijo...

¿Así que ahora Bella estaba en venta y el señor Delmont la iba a comprar? parece que prefiere ir a lo seguro y no arriesgarse, eso sí que es ser un buen hombre de negocios ¿no crees mi querido amigo Sayiid?

Pues a esperar a ver qué pasa.

Un beso dulce de seda.

* dijo...

En algún momento me he perdido... No sé si habrá coincidido con ese momento en que se ha ido la luz y me ha cogido en medio de un nuevo pasillo o le han cambiado la cara, pero ya no sé quien es quién ni por qué... Hoy vengo espesa así que ya vendré otro rato...
Sigo caminando a oscuras por aquí... a ver a dónde llego... Sé que para abajo no he de ir.

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida María, me temo que en este caso, aunque respete todas las opciones, no puedo estar de acuerdo con vos, pues para mi, el hombre que ha de pagar para tener a una mujer, es porque no se la merece.
No estoy en contra de que una mujer, por propia voluntad, y sólo en ese caso, comercie con su cuerpo, incluida nuestra amiga Bella, pero me parece que quien ha de recurrir al dinero para conseguir a una fémina, es porque no vale para hacerlo de otra manera.
Quizás en este caso peque de tradicional, pero ya sabe usted que soy un hombre muy heterogéneos de ideas :-)

Aún así, alegrémonos de que el Señor Delmont llegue a un acuerdo con Bella, pues eso nos va a permitir seguir gozando de tan excitante historia :-)

Besos, mi querida amiga, desde la mansión...

Sayiid Albeitar dijo...

Buenas noches mi querida Lady PI.
¿Necesita usted que la guíe?
¿O quizás prefiera, por miedo a llegar a donde no desea, que le proporcione un candelabro? :-)

Mi querida amiga..., todos tenemos días así, y la mansión engaña, pues es mucho mas grande e intrincada de lo que a simple vista parece, así que no se preocupe, pues siempre puede sentarse a descansar y continuar su paseo más tarde...
Y ya sabes, si necesita ayuda..., sílbeme ... :-)

Besos a oscuras desde la mansión.

María Perlada dijo...

No me has entendido, mi querido amigo Sayiid, yo no he dado mi opinión respecto al tema de vender el cuerpo a cambio de un dinero, por supuesto que estoy de acuerdo contigo, porque el placer no se compra ni se vende, se entrega, y se da sin necesidad de lucrarse nada mas por placer, no se trata de una compraventa, pero respeto a quienes se dediquen a esa profesión que debería estar legalizada para que estuvieran cubiertas por la Seguridad Social como cualquier otra profesión. Respeto a quienes de su cuerpo vivan pero no estoy de acuerdo en comprar el placer.

Un beso dulce de seda.

Sayiid Albeitar dijo...

Me alegra saber, mi querida María, que, entonces, una vez más estamos de acuerdo y compartimos opinión :-)

Besos, de los que no hay que pagar, desde la mansión :-)

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