Prologo de El Libertino

sábado, 17 de octubre de 2015




Bella temía una amiga, una damita sólo unos pocos meses mayor que ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia, sin embargo, era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Bella comprendió pronto que no había madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los fuertes instintos que despierta el placer.
Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos rolliza, pero con formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su corte y lo exquisito de sus detalles. 
Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas, ni siquiera la de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente adorador de Venus.
 El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones. 
El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por otros lados. 
El señor Delmont tenía una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, no estaba satisfecha con limitarse a su adinerado protector. 
El señor Delmont en modo alguno limitaba sus atenciones a su amiga; sus costumbres eran erráticas, y sus inclinaciones francamente eróticas. 
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso cuerpo de aquel capullo en flor que era la sobrina de su amigo, Bella. Ya había tenido oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar —desde luego con aire paternal— su blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa —claro que por accidente— sobre sus rollizos muslos. 
En realidad, Bella, mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad para llevar las cosas a sus últimos extremos. 
Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Bella, pero era vigilada demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba todos sus pensamientos. 
El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario, para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente. 
Así fue como Bella llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont. 
El padre Ambrosio le dio buenos consejos, y puso inmediatamente a Bella a la tarea de succionarle el pene. 
Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer, el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de que acababa de tener conocimiento. 
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud yo, un humilde insecto, no sé qué haya sido nunca igualada. 
Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la pasión que indiscutiblemente Bella había despertado en el señor Delmont, concibió una doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo plan que jamás haya oído el lector. 
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella los latentes fuegos de la lujuria. 
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Bella, la que, debidamente instruida, se comprometió fácilmente a realizarla. 
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Bella, a decir verdad, no deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la tarea de corromper a su joven amiga. Cómo lo logró, vamos a verlo a su debido tiempo.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)





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3 comentarios:

* dijo...

Le robo la imagen, mi querido D. Sayiid...
Alimentar la mente y poseerá su cuerpo... Así de sencillo.

Este depredador se frota las manos ante el nuevo manjar que, de bien seguro, caerá en sus fauces... y ya me veo yo, lo enserio que se va a tomar, ser maestro y guía de la ingenua Julia... ¿O Julia nos sorprendera?

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.
Tenga una buena tarde de domingo y una esplendida noche.

Sayiid Albeitar dijo...

Toda suya, mi querida lady PI...
Quien posee la mente lo posee todo, mi querida amiga...
Y si, me temo que nuestro buen padre, ya está urdiendo como hacerse con una nueva victima de su lujuria y desenfreno. Este es uno de esos hombres que no ceden ante nada ni ante nadie cuando desean obtener algo, y no dudan en utilizar las armas y las personas que crea necesario para conseguir aquello que desea.
La pregunta es... ¿le convierte eso en un ser digno de admiración por su inteligencia y empeño? ¿O en un desalmado sin sentimientos que no duda en manipular a la gente en su beneficio?
Supongo que todo dependerá, como en el resto de las cosas de la vida, del color del cristas con que se mira..., ¿no le parece a vuesa merced?

Besos desde la mansión, mi querida amiga, y feliz velada para vos...

* dijo...

Pues, mi querido D. Sayiid, no voy a ser yo quien responda a semejantes cuestiones, pues bien sabe que si la sangre, muerdo.

Besos para usted con todo mi corazón.

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