Prologo de El Libertino

martes, 13 de octubre de 2015




No he de incomodar al lector con el relato de cómo sucedió que un día me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre Clemente; ni me detendré a explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico recibió en confesión a una elegante damita de unos veinte años de edad. 
Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca con personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de los más ricos terratenientes de la población. 
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de esta linda penitente. 
Después que el confesor hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven señora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña sacristía donde Bella recibió su primera lección de copulación santificada. 
Pasó el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de esta aparición, la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de deleite que no le es de ninguna manera desconocido. 
Su delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas proporciones. 

—Tienes que metérmelo por detrás —comentó la dama—. En leorette. Pero debes tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande! 

Los ojos del padre Clemente centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla. 
Un segundo después la damita se había arrodillado sobre la silla, y el padre Clemente, aproximándose a ella, levantó sus finas y blancas ropas interiores para dejar expuesto un rechoncho y redondeado trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos turgentes muslos, se veían los rojos labios de una deliciosa vulva, profusamente sombreada por matas de pelos castaños que se rizaban en torno a ella. 
Clemente no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro, colocó su cálida cabeza entre los húmedos labios y después, tras muchas embestidas y esfuerzos, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos. 
Se adentró más... y más… y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales. Entre tanto el rostro de ella reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco miembro. 
De pronto el padre Clemente se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos. Sus pelos rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas de la dama. Esta había recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vaina del cura. Entonces comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación. 
Asiéndose con ambos brazos en torno al frágil cuerpo de ella, el sensual sacerdote se tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que la dama comenzó a estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal naturaleza. A poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, derramó sobre el invasor la cálida esencia de su naturaleza. 
El padre Clemente, entretanto, seguía accionando en el interior de la caliente vaina, y a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero sólido. 
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su vara no pudo resistir más, y sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis. 
Llego por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior de la dama, y derramó en su matriz un abundante chorro de leche. Todo había terminado, había pasado el último espasmo, había sido derramada la última gota, y Clemente yacía como muerto. 


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)



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6 comentarios:

Anónimo dijo...

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Espero que sea de Su agrado Señor

* dijo...

Primero, he de reaccionar a lo que han visto mis ojos porque tiene tanto realismo que casi me han dado ganas de sacar los látigos y demás historias que, con el arte que tengo, seguro que acierto y doy, porque donde pongo la mano parece que pongo el cuerpo.

No sé, puede que ande equivocad, pero al santo varón igual le va carne que pescado. Obvio a mis ojos.

Y tal vez, solo tal vez, a veces la miel no está hecha para según que morros... O hay hembras que requieren un gran esfuerzo y sacrificio, pero no hay penitencia mala si el pecado es perdonado, ¿está de acuerdo conmigo, mi querido D. Sayiid?


Por esta noche me retiro a mis aposentos. No sé bien a cuál de los dos ir... Decidiré sobre la marcha.
Y sepa usted que me encanta vivir en esta Mansión aunque sigo sin bajar a las mazmorras.

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida anónima..., que bien conoces mis gustos...
Empiezo a preguntarme quién puedas ser, y qué deseas de mi...
Porque está claro que sabes manejarte muy bien...
Cualquiera diría que me conoces....
Hasta yo mismo lo diría :-)

Besos y azotes, mi anónima admiradora, y gracias por ofrecerte tu deliciosa boca..., y todo lo que viene con ella...

Se feliz :-)

Sayiid Albeitar dijo...

Vos con látigos y fustas, mi querida lady PI?
pero quién os ha visto y quien os ve...
Acabareis por bajar a las mazmorras a este paso, y, quien sabe, quizás os gusten tanto que ya no queréis volver a subir ;-)
Y dicho esto, estoy con vos que no siempre la miel está hecha para la boca del asno, como dicen por mi tierra.
La miel, y lo que la miel endulza, mi querida amiga, hay que ganárselo con esfuerzo, tenacidad, constancia, perseverancia y paciencia...
Pues sólo lo que uno se gana así, tiene merito y valor...
Claro que no todos tenemos el mismo "precio". Cada persona es un mundo y no se puede medir a todo el mundo con el mismo rasero, no os parece?
esfuerzo, tenacidad, constancia, perseverancia y paciencia..., las claves de cualquier éxito :-)
Descansad, milady, en cualquiera de vuesas alcobas, la que más os apetezca, pero nunca olvidéis que el Señor de la mansión, es el único que tiene una "llave maestra" :-)

Besos, mi querida amiga, y disfrutad de mi humilde mansión..., mazmorras incluidas...

María Perlada dijo...

¡Pues vaya con el Padre Clemente! ¡qué bien la confesó! no solo de manera verbal también práctica, una gran bendición la impartió, sí señor, que hasta la poseyó bien hasta sus adentros, y además, en la mismísima sacristía, para que nos fiemos de los Curas ¿eh, mi querido amigo Sayiid? pero si es que son los más santos-demonios ¿no crees? jajaajaj.

Ave María Purísima... jajajaja

Un beso puro.

Sayiid Albeitar dijo...

Es lo bueno de ser cura, milady..., que una vez cometido el pecado, puede perdonaros las faltas cometidas y, mediante la adecuada penitencia, absolveros de vuestros pecados y dejaros limpia e impoluta..., para volver a pecar otra vez...
Así completan el ciclo de "pecado-perdón-pecado-perdón"
Anda y que no son listos los curas (o al menos algunos de ellos :-) )

Sin pecado concebida, mi querida María...

Besos totalmente impuros, si se me permite :-)

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