Prologo de El Libertino

jueves, 19 de noviembre de 2015




Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los más extravagantes cumplidos. 
Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya llamada doncellez. 
Cuando por la noche el tío de Bella anunció que la venta había sido convenida, y que el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados. El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió, según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar. El señor Verbouc, que como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su confrere, atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente, simplemente para aceitarle el paso a su amigo. 
Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en el éxito de su estratagema.
Desde su encuentro con el rústico mozuelo  cuya simpleza tanto le había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Bella no dejó de pensar en los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales. Estaba claro que su amante era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por su observación de que "mi padre no es tan listo como yo" suponía que el defecto era congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía —tal como lo declaró el muchacho— un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo. 
Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta, yo sabía a la perfección que a Bella no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio. Sin duda alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me admiré lo más mínimo cuando al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, la vi encaminarse hacia la pradera. 
En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el caballo y la yegua, Bella descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años.
 Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella, y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción. 

—Este es mi padre —dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas—, ven y pélasela. 

—¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo! —repuso Bella más inclinada a reírse que a enojarse—. ¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje? 

—¿A qué viniste?— preguntó el muchacho—. ¿No fue para joder? 

En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo hacía el chico. 
Era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, Bella pudo comprobar que si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista. 

—Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo—. ¡Deberías verlo joder! 

No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos una sensualidad que se reflejaba en el brillo de sus ojazos negros. 
Bella comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar. 

—Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre —dijo el jovenzuelo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su respetable progenitor. 

Bella se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó el paso, cortándole el acceso al camino. 

—Me gustaría joderte —exclamó el padre con voz ronca—. A Tim también le gustaría joderte, de manera que no debes irte. Quédate y serás jodida.

Bella estaba realmente asustada.
 
—No puedo -dijo—. De veras, debéis dejarme marchar. No podéis sujetarme así. No me arrastréis. ¡Soltadme! ¿A dónde me lleváis? 

Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera. 

Bella echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación. 

—Quiero que veas la verga de mi padre ¡y también tienes que ver sus bolas! 

Y siguió desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular. 

—¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo—. Déjale ver a la señorita tu macana. 

Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Bella un miembro tremendamente erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy fuera de lo común. Se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre. El arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada. 
La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor. El muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.

—¿No le dije que era mayor que el mío? -siguió diciendo el jovenzuelo—. Véalo, el mío ni siquiera se aproxima en tamaño al de mi padre. 

Bella se volvió. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del padre. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)



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4 comentarios:

María Perlada dijo...

Hoy con esta imagen que has puesto tan provocativa, mi querido amigo Sayiid, me es imposible leer jajaja, la imagen ha imantado mis ojos jajajaja, así que tendré que volver de nuevo en otro momento jajaja ¿sabes? a ti te imagino como al primer caballero en cuanto al físico y rostro.

Un beso dulce de seda.

* dijo...

Yo no digo nada que luego todo se sabe... Creo que aquí hay trampa y cartón...
Poco atractivos estoy hombres, la verdad, aunque digan que con las luces apagadas todo vale...
:-)

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid. Hoy necesito croquis y resumen, vamos.

Sayiid Albeitar dijo...

Buenas noches, mi querida María...
Veo que su imaginación no para de funcionar :-)
Y si, un aire me doy a nuestro amigo..., aunque mi perilla es mucho más elegante que la suya jejejejeje

Besos, mi querida amiga, y feliz velada...

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida lady PI, también dicen que "al buen hambre no hay pan duro"..., y me da que nuestra amiga Bella, más que hambre, lo que tiene es gula..., pero una gula exagerada, por lo que no desprecia ningún "manjar" que se le cruce por el camino..., por poco apetitoso que sea...

En fin, dejémosla que siga creciendo, ella y su inmensa lujuria...

Besos desde la mansión, mi querida amiga

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