Prologo de El Libertino

miércoles, 25 de noviembre de 2015




Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont había de perder el codiciado tesoro que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan irreflexivamente se pierde por otra. 
Era todavía temprano cuando Bella oyó sus pasos en las escaleras, y no bien estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a una conversación animada, hasta que Julia advirtió que habla algo que Bella se reservaba. En efecto, su hablar animoso no era sino una máscara que escondía algo que se mostraba renuente a confiar a su compañera. 

—Adivino que tienes algo qué decirme, Bella; algo que todavía no me dices, aunque deseas hacerlo. ¿De qué se trata, Bella? 

—¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios. 

—¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —preguntó Julia—. ¡Oh, me siento tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que no había malicia en lo que hizo!

  —No la había, de eso puedes estar segura. Pero, ¿qué fue lo que hizo? 

—¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas… y luego pasó su brazo en torno a mi cintura y me besó hasta casi quitarme el aliento. 

—¿Y luego? —preguntó Bella. 

—¡Qué quieres que te diga, querida! Dijo e hizo mil cosas, ¡hasta llegué a pensar que iba a perder la razón! 

—Dime algunas de ellas, cuando menos. 

—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias… y luego deslizó su mano más arriba… hasta que creí que me iba a desvanecer. 

—¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias. 

—Claro que sí. ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes había sentido en toda mi vida. 

—Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes. 

—¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después. 

—¡Déjate de niñerías! —exclamó Bella, simulando estar molesta por la reticencia de su amiga—. ¿Por qué no me lo confiesas todo? 

—Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo para mí, y sin embargo tan sin malicia... Después de haberme hecho sentir que moría por efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño. Me invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacia abajo y vi una cosa roja, de piel completamente blanca y con venas azules, con una curiosa punta redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y rizado. 

Julia dudó un instante.

—Sigue —le dijo Bella, alentándola. 

—Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era tan larga, estaba tan rígida y tan caliente! 

No cabía dudarlo, sometida como estaba a la excitación por parte de aquella pequeña beldad. 

—Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me tranquilizó. Me llamó querida niña, y, levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa dura con mis senos. Me la mostró muy cerca de mi cara. 

—¿Fue todo? —preguntó Bella, en tono persuasivo.

—No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza...! ¿Debo continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y deliciosamente, me pidió que lo besara. Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un aroma sensual. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que frotara la punta de aquella cosa entre ellos. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y unos instantes después un espeso chorro de cálido fluido se derramó sobre mi boca y bañó luego mi cara y mis manos. Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado, “porque —dijo— la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he permitido hacer". Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Bella, ¿cuáles eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.

—Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces... o placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.

—Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un mérito. 

—Supongo que después de casarse, por ejemplo. 

—No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa matrimonial. 

Bella sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del cura. 

—Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces? 

—Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a los servidores de la religión. 

—Ya veo —comentó Bella—. Sigue. 

—Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Bella, tú tienes algo qué decirme, estoy segura de ello. 

—Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio. Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que te iniciaras luego, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy. 

—¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente tímida! 

—¡Oh, no, querida! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él te vea a ti.

—¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces?

—De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta su ilusión el querido padre Ambrosio. 

—Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Bella. Pero entonces, ¿cómo sucederán las cosas? 

—A plena luz —explicó Bella en el tono en que una madre se dirige a su hija—. Será en una linda habitación de mi casa; se te acostará sobre un diván adecuado, y tu cabeza quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más interior, de modo que únicamente tu cuerpo, totalmente desnudo, quede a disposición de tu asaltante. 

—¡Desnuda! ¡Qué vergüenza! 

—¡Ah, Julia, mi dulce y tierna Julia! —murmuró Bella—, al mismo tiempo que un estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo—. ¡Pronto gozarás grandes delicias! ¡Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de que te estás aproximando al periodo llamado pubertad, cuyos goces estoy segura de que ya necesitas! 

—¡Por favor, Bella, no digas eso! 

—Y cuando al fin —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción—      termine la lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante dispare su viscoso torrente de líquido enloquecedor. . . ¡Oh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda. 

—¿Qué es lo que murmuras?

Bella se levantó. 

—Estaba pensando —dijo con aire soñador— en las delicias de eso de lo que tan mal te expresas tú.

Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba, encontré oportunidad para oír otro diálogo, no menos interesante para mí, y del cual, sin embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)




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2 comentarios:

María Perlada dijo...

Pero mi querido amigo Sayiid tú te crees que con un gif así yo puedo mirar a otro sitio mas? Jajaja imposible!!!! Incapaz de leer nada, solo mirar y nada más que mirar el gif.

Un beso dulce de seda.

Sayiid Albeitar dijo...

No me culpe a mi, mi querida amiga, sino a la pulga que, con sus libidinosas historias, provoca que tenga que adornar sus palabras con las imágenes más adecuadas...
Le recomiendo tapar la imagen, aunque sea con un trozo de cartulina, y leer el texto..., que también se las trae jejejejeje

Un beso, mi querida María.

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